Datos personales

Doctor en Ciencias Sociales (UCV, 2009). Magister en Filosofía. Graduado con Honores (USB, 1998). Sociólogo (UCV, 1992). Profesor e Investigador Asociado de la Universidad Central de Venezuela y Titular de la Universidad Católica Andrés Bello. Autor de varios libros, ensayos en revistas especializadas y artículos de opinión en El Nacional, Últimas Noticias y El Globo. PPI Nº 8625. Dirección Postal: Apdo. 17399, Caracas 1015, Venezuela. E mail: javier.seoane@ucv.ve

miércoles, 5 de septiembre de 2007

A propósito del rol del educador en Venezuela (1997)

Intentaremos esbozar algunas reflexiones, desde el ángulo sociológico, del rol del educador en la Venezuela de los noventa. Ello lo hacemos con motivo de la próxima Asamblea Nacional de Educación a celebrarse durante el venidero mes de enero.

No me referiré a lo que debe ser o es el rol del educador, es decir, a su lado positivo, sino, más bien, a lo que no debe ser y a lo que efectivamente no es, esto es, trataré el papel del educador en un sentido negativo.

Cuando hablamos del papel del educador no hablamos de uno más entre otros, pues, si seguimos la sentencia que el novelista e historiador inglés H. G. Wells nos deja al final de su libro Breve historia del mundo, entonces comprendemos que el problema máximo en que se debate la cultura occidental es aquel que nos pone entre el regreso a la barbarie, y en este caso una barbarie con un alto grado tecnológico, o la posibilidad de salir de esta cueva por medio de la educación, como alguna vez lo pensó aquel viejo filósofo griego llamado Platón. Y este dilema histórico entre educación y barbarie se nos manifiesta a los venezolanos de una manera realmente descarnada. No hace falta esforzarse mucho para percatarse el drama de nuestro aparato escolar: cerca de la mitad de la población posible está fuera de él, no asiste a clases o sólo se inscribe para cobrar las limosnas de un gobierno que ya no quiere tener mayores problemas políticos. Esta información que ya conocen ustedes, que se ha vuelto ya un lugar común, es realmente mucho más preocupante cuando la ponemos en relación con otros aspectos sociales de nuestra población, a saber, la ausencia, en términos generales del agente socializante primario por antonomasia, me refiero a la familia estructurada; y, por otro lado, la programación de la televisión y la cultura efectivamente existente en nuestras zonas más empobrecidas.

Las familias venezolanas se encuentran en su gran mayoría quebradas, esto es, no existe propiamente una familia que se encargue de la educación no formal del niño. En los sectores socioeconómicos más bajos porque no existe esa tradición y porque la presión económica obliga a la mujer a salir a trabajar y a abandonar dramáticamente a sus pequeñuelos. La figura del padre es allí, en términos generales, inexistente; además las herramientas culturales mínimas para poder planificar sus vidas son realmente precarias y muchas veces los hijos son considerados más como medios para el logro de algún favor que fines en sí mismos. En los sectores medios, que a duras penas han logrado sobrevivir, la familia como modelo tradicional ha cedido su lugar a una familia efímera, de microondas como suele decir Kenneth Gergen. Este modelo, a tono con los últimos desarrollos tecnológicos, se caracteriza porque los hijos se encuentran esporádicamente con sus padres; los esposos a veces conversan de algo porque se consiguen en el “hogar” sin que alguno de ellos esté dormido (esto en el sentido amplio de dormir); los hermanos suelen verse en el colegio y a veces en la casa uno que otro fin de semana. En fin, la mesa comedor, otrora lugar de reunión familiar, da paso al horno microondas. Con esta metáfora sólo queremos significar que los miembros de la familia han sido absorbidos por sus actividades económicas y de diversa índole social. Además, son precisamente los sectores medios donde el índice de divorcios es mayor. De los estratos socioeconómicos altos no vale la pena hablar mucho, primero, porque estos se encuentran reducidos al 2% de la población, segundo, porque allí más o menos se repiten los fenómenos de la clase media, sólo que a mayor escala.

En los sectores altos y medios, así como en muchas guarderías u “hogares de cuidado diario”, la verdadera niñera es la televisión. Y entiéndase bien, no estamos contra la televisión per se, esto es, no consideramos que el aparato televisor sea algún “geniecillo maligno” que debamos sistemáticamente destruir para poder redimirnos del mal; no, no se trata de eso. De lo que si se trata es de la pésima programación de televisión que nuestros canales, privados o del Estado, nos proporcionan. No creo que sea muy positivo que nuestros niños se entretengan desde la mañana hasta la noche viendo cómo D´jango arrastra el féretro de su próxima víctima; o cómo algún superpolicía norteamericano acaba con medio mundo para hacer “justicia”. Además, es sabido que la programación televisiva juega a la saturación de identidades, esto es, después de ver a D´jango usted puede seguir con “El Chavo”, después con “Dimensión”, luego con “Atracción Violenta”, más tarde con algún hermoso reportaje de la “National Geographic” y, finalmente, podrá ver algún “programa de opinión” que trate el interesante problema de “por qué son tan violentos nuestros niños y jóvenes”.

Hoy sería interesante re-escribir la obra clásica de don Calderón de la Barca La vida es sueño. ¿Se imagina el relato? El padre, guiado por el “I Ching” encierra a su hijo en el cuarto oscuro, pues el exagrama le ha vaticinado que su hijo lo asesinará. Dentro del cuarto no hay nada, sólo un televisor para que el muchacho, metido allí siendo bebé, se entretenga en su pequeño universo. Solamente tiene contacto con el mundo exterior cuando le lanzan bajo la puerta algo de comida. Pasan dieciocho años y el padre, convencido ahora de que el “I Ching” es pura supertechería, tan sólo un mito, decide soltar al mundo a su hijo. ¿Qué tenemos? No es difícil imaginar que de allí sólo pueda salir un individuo esquizoide, alguien que ahora sea “Hunter”, más tarde “Marcel Granier”, luego, “El hombre araña” y, finalmente, en pocos segundos, se transforme en “Freddy Gruber”. Y es que el punto es el siguiente, la programación televisiva no ofrece al joven que se está formando un perfil definido de personalidad como si se lo pueden ofrecer los padres, el maestro o algún otro adulto significante en su vida.
Así, llegamos al siguiente punto: la familia se desvanece y el niño queda sólo frente al televisor. En el otro lado, la Escuela, si acaso asiste a ella, con suerte solamente abierta 180 días al año y durante 4 horas, supone que la familia está allí, supone que la familia tiene un nivel cultural y que ha de ayudar al niño en sus tareas y en su educación general. Pero la familia, como ya vimos, difícilmente esté allí. Y así nuestro joven queda socializado fragmentariamente, siempre a medias y a medias malas.
Pero volvamos a nuestro punto, el rol del educador en la Venezuela de hoy. Lo primero que el educador debe hacer para desenvolverse lo mejor posible es saber dónde está pisando, tener un diagnóstico mínimo de la realidad venezolana. No debe dar por sentado que la familia está allí, no debe suponer, si en este caso es maestro de primer grado, que sus pequeñuelos han pasado por el preescolar, pues en nuestro país apenas hay la mitad de cupos de los que se necesitan para cubrir esta fase. No debe arroparse bajo el manto de que la educación debe fundarse en la enseñanza de contenidos meramente científicos y de que por tanto, debe obviar todo aquello que sea moral o político. Nuestro educador debe tratar de no atragantar a nuestros jóvenes con contenidos tales cómo qué es un batracio o similares.
Evidentemente, el rol del educador hoy es sumamente complejo. Dentro del aula tiene que competir con la televisión y otros artefactos massmediaticos que entretienen al niño, que lo divierten. Esto es, tiene el educador que hacer del aula un recreo y de lo que hasta hoy hemos llamado recreo un deseo por regresar al aula. Y eso lo podrá hacer en la medida en que se arme de una pedagogía lúdica, una pedagogía que enseñe jugando y que forme autodisciplina por medio de la diversión y no del castigo. Para eso el aula tiene que salir de sus cuatro paredes mal pintadas hacia el mundo.
A la vez que hace esto, el educador tiene que enseñar a ver la televisión, a no dejarse manipular por la propaganda o el politiquero de turno; el educador tiene que formar ciudadanos que encarnen las leyes, y eso jamás lo podrá hacer recitando la Constitución en algún grado perdido durante cuarenta y cinco minutos a la semana. La única manera de formar hombres democráticos es ejerciendo la democracia dentro del aula, como también fuera de ella. Eso lo enseñó hace mucho tiempo John Dewey, y nosotros todavía no lo aprendemos. Como dijo el actual Presidente de la República, en 1992 nuestros hombres no se inmolaron por la democracia; pero si no lo hicieron no fue, como dijo Caldera en aquel entonces, por hambre, la cual siguen pasando ahora más que en aquel entonces, pues, precisamente, si había y hay hambre es porque nunca hubo democracia en Venezuela, es porque los 200.000 millones de dólares que ingresaron en 15 años no se democratizaron. Y es menester recordar que esa ausencia de democracia comienza en el seno de nuestras familias y en el aula de clases, después continúa en la calle, en nuestro día a día.
Sin duda, pudiéramos seguir detallando muchos más aspectos del rol del educador en la Escuela, pero me extendería demasiado y ahogaría la rica discusión que vamos a tener. Lo que si quiero destacar en mayúsculas, negrillas, subrayado e itálicas es que, entre los múltiples papeles que tiene que llevar a cabo el educador en nuestra Venezuela, hoy parece sobresalir uno, uno que consiste en revertirse críticamente hacia el sistema educativo que tenemos, fuertemente excluyente, dividido en circuitos de escolarización, y mutilador de los potenciales intelectuales y humanos de los hombres. Esta es una tarea que no puede esperar más y prueba de ello bien podría ser un ejercicio imaginario de la Venezuela del 2010.
Javier B. Seoane C.
Caracas, julio de 1997
Inédito