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viernes, 28 de noviembre de 2025

De la Escuela de Frankfurt, la emancipación, la educación y los juegos infantiles de otrora

 

En los años cuarenta Horkheimer y Adorno publicaron "Dialéctica de la ilustración", un texto que denunciaba que la dominación ideológica estaba instalada en el mismo desarrollo de la razón occidental, una razón con una clara orientación instrumental y estratégica cuya expansión exitosa transformaba el mundo en un gran objeto de manipulación, incluido el ser humano mismo. Ya in nuce en los mitos homéricos de la antigüedad, nos cuentan que esta razón "conquistó" con el advenimiento de la modernidad, por medio de la revolución científico-técnica, a la naturaleza externa y, después, con la conformación de las ciencias sociales y humanas, la naturaleza interna, la humana. Con la ayuda de estos aparatos cognoscitivos, la sociedad contemporánea se vuelve un mundo administrado y autárquico, al modo de las narrativas distópicas de Kafka, Huxley y Orwell, o en el cine la filmografía de Stanley Kubrick. Kubrick, por ejemplo, nos deja una metáfora visual de lo dicho. Su versión de "2001, Odisea del espacio" es precisamente esa odisea homérica de conquista del universo completo por el hombre y su tecnología, aunque con un final trágico. En cambio, en "La naranja mecánica" presenta el dominio de la mente humana por las ciencias humanas y sociales destinadas al estudio de la conducta y la tecnología del comportamiento. Con un final terrible en su ambigüedad, "La naranja mecánica" relata con meridiana claridad el uso de estas ciencias por el poder político, representado en la película por el Ministro del Interior y un intelectual opositor. Así, en una época previa a la presente de la posverdad y las mal llamadas redes sociales, de teorías de la conspiración y su uso pornográfico por los poderes económico-políticos de nuestras sociedades, ya se visualizó y conceptualizó una gran jaula de hierro perfectamente solidificada por una organización estratégicamente racionalizada de la sociedad.

La nueva perspectiva distanció a la Escuela de Frankfurt, término usual para agrupar a Horkheimer, Adorno y Marcuse, del campo teórico del marxismo. Al entender de la Dialektik y los posteriores escritos de Horkheimer y Adorno, la obra de Marx y de los marxistas posteriores se asentaba en la matriz de la racionalidad instrumental y estratégica occidental. La lógica del dominio sobre la naturaleza ─externa e interna─ quedaba clara en el optimismo marxista con relación al desarrollo de las fuerzas productivas. De la obra de Marx, el totalitarismo estalinista de la Unión Soviética y Europa del este, podía obtener elementos para su discurso, si bien haciendo las necesarias filtraciones para acomodar ideológicamente la obra del gran pensador a las terroríficas prácticas soviéticas, especialmente censurando conceptos "juveniles" de Marx como alienación. La Unión Soviética supo emplear bien el desarrollo de las fuerzas productivas poniéndose al día con la industrialización occidental, pero triturando aún más que las sociedades capitalistas las libertades políticas y sociales de las personas. La emancipación se usó como propaganda a favor del autoritarismo y la destrucción de cualquier esperanza democrática. Así, la teoría crítica a partir de los cuarenta se volvió cada vez más sombría en las versiones de Horkheimer, Adorno y Marcuse. Los dos primeros, en uno de los últimos fragmentos de la Dialektik, afirman que el pensamiento crítico, carente de sujeto de la emancipación, no pasaba de ser el mensaje en la botella de un náufrago: "Si el discurso debe hoy dirigirse a alguien no es a las llamadas masas ni al individuo, que es impotente, sino más bien a un testigo imaginario, a quien se lo dejamos en herencia para que no desaparezca por entero con nosotros." (Max Horkheimer y Theodor W. Adorno: Dialéctica del iluminismo, tr. H. A. Murena, Sur, Buenos Aires 1970; p. 300). Marcuse, en "El hombre unidimensional" (1964), sentenció que en la sociedad industrial avanzada (término que implica también a la Unión Soviética y sus satélites) carecía de sentido seguir usando el concepto de alienación, pues el explotado se identifica con el explotador en una especie de "conciencia feliz". De esta guisa, la teoría crítica llegó a un callejón sin salida: lo que la legitimaba era su vinculación con las fuerzas emancipadoras, así lo escribieron en los años treinta, pero su conclusión ya en los cuarenta era que tales fuerzas habían dejado de existir. Nada más lógico teniendo enfrente el apoyo de las clases trabajadoras a los movimientos fascistas y su desenlace en la barbarie de la segunda guerra. Luego, a partir de los sesenta los diagnósticos del postindustrialismo reforzaron su idea de que ya no había fuerzas emancipadoras, de que el mundo se había vuelto la mencionada jaula de hierro vivida placenteramente por los apresados. No obstante, al final de esa década, la revolución sociocultural que tiene su epicentro en 1968, tornó más optimista a Marcuse, no así a Horkheimer y Adorno. La revolución del 68, fracasada en sus pretensiones políticas, ha triunfado parcialmente en lo cultural hasta el día de hoy, cuando todos sus impulsos democratizadores están en peligro real por el crecimiento de las ultraderechas globalizadas.

En este punto entran en escena otros caminos de la tradición crítica, entre ellos, dentro de la propia corriente frankfurtiana, el de Karl Otto Apel y Jürgen Habermas, quienes tomarán el relevo generacional-intelectual de sus maestros a partir del 68. Desde aquellos años, ambos se empeñaron en elaborar una salida a la aporía de la teoría crítica, aporía, repetimos, que se expresa en que el sentido y legitimación de la teoría crítica descansa en entrar en diálogo con las fuerzas efectivas del cambio sociohistórico mientras que la misma teoría termina sancionando la inexistencia de las mismas. Apel y Habermas elaboran nuevas síntesis teórico-epistemológicas. Acuden, entre otros, al pragmatismo de Charles Sanders Peirce, William James, John Dewey y George Herbert Mead y su centramiento en torno al lenguaje y la comunicación. Recordemos aquí que Mead, como representante de este pragmatismo filosófico y sociológico, en los últimos capítulos de "Mind, self and society", afirma que la democracia real consiste en incluir efectivamente en la comunicación a la mayor cantidad de los lenguajes de los más diversos actores actores sociales. Por oposición, el autoritarismo supone un cierre a los lenguajes diferentes del poder y el totalitarismo la clausura total de cualquier lenguaje que no sea el del poder establecido mismo. Apel y Habermas reelaboraron la teoría emancipatoria nucleando su crítica en torno a la confrontación entre dos grandes paradigmas epistémicos, el de la filosofía de la conciencia (de una modernidad autoritaria) y el de la intersubjetividad (de una modernidad sustantivamente democratizadora). Para Apel y Habermas, la tradición crítica desde Marx hasta Marcuse está transida, junto con la historia milenaria del pensamiento occidental, por el primer paradigma, por el de la conciencia, caracterizado por el menosprecio del factor lenguaje constituyente de la subjetividad y, en consecuencia, por la separación abstracta entre sujeto y objeto que da lugar al reforzamiento de la razón instrumental y estratégica.

En la Teoría de la acción comunicativa (1981), como antes Apel en su "Transformación de la filosofía" (1973), presentan sus respectivos esfuerzos de síntesis teórica que incluye principalmente las obras de Hegel, Marx, Weber, Freud, Horkheimer, Adorno, Marcuse, Durkheim, Piaget, Dewey, Mead y Toulmin. Se diseña desde allí una teoría crítica reformulada a partir de una acción y ética comunicativas dirigidas a la práctica de un modelo de democracia deliberativa emancipadora. La acción comunicativa descansa sobre criterios contrafácticos de simetría entre los capitales culturales, económico, político y sociales ─me tomo la licencia de acudir aquí al léxico de Bourdieu─ de los actores comunicativos y la base de una racionalidad argumentativa con anclaje en la evolución sociocultural occidental pero universalizable por su carácter formal y ajustado a la ontología del lenguaje y los actos de habla (Austin, Searle). Con estos flirteos neokantianos, Apel y Habermas presentan toda una idea regulativa que orienta la teoría y acción emancipadoras en clave adversa a los autoritarismos epistemológicos y políticos de las teorías que le precedieron, especialmente las de sus maestros Horkheimer, Adorno y Marcuse. Quieren Apel y Habermas una teoría crítica dialógica que retome el mandato de la undécima tesis sobre Feuerbach de Marx, aquel que reza que hasta ahora la filosofía ha interpretado la historia, lo que se trata es de transformarla. Mandato que Karl Korsch y Georg Lukács interpretaron, a mi juicio muy adecuadamente, como realización de la filosofía y no como su abandono o supresión.

Si la filosofía contemporánea ha llegado a ser fundamentalmente una filosofía del lenguaje, una filosofía que en diálogo con las ciencias ha llegado a la conclusión de que el lenguaje es constituyente del mundo, de nuestras representaciones e imaginarios del mundo, representaciones e imaginarios con los que pensamos y actuamos, y que ese lenguaje humano se expresa en múltiples lenguajes socioculturales, algunos de los cuales se erigen autoritariamente como los únicos verdaderos y volviéndose real poder sociopolítico ejercen la dominación sometiendo los otros lenguajes y sus respectivos cuerpos, si gran parte de la filosofía contemporánea nutrida desde diferentes fuentes ha formulado estas conclusiones, y siendo el lenguaje una realidad intersubjetiva configuradora de las conciencias, entonces, la realización de la filosofía pasa por la realización efectivamente práxica de un modelo democratizador deliberativo sustentado en el entendimiento intersubjetivo. Precisamente, y siguiendo este mandato en una clave democratizadora, quieren también Apel y Habermas que su teoría crítica supere la tradición occidental centrada en el interés meramente instrumental y estratégico, supeditando esta racionalidad al interés de una razón emancipadora, comunicativa, que amplíe la comunicación bajo un imperativo ético-político de la inclusión, uno que, palabras más, palabras menos, manda a no excluir apriorísticamente a nadie, y mucho menos a los potenciales afectados, de las decisiones a tomar dentro de un orden social determinado.

Para estos pensadores se trata de una nueva ilustración, una ilustración de la ilustración que, reconociendo los límites de la primera ilustración moderna, la de la conciencia cartesiana y kantiana, los supere en una racionalidad democrática y comunicativa, una abierta a la pluralidad, a la diversidad humana. Como la anterior ilustración, y aunque no sea de mayor tratamiento por los alemanes mencionados, la nueva ilustración supone una educación formadora, una Bildung, que tenga como eje la formación del carácter, y desde la más temprana edad posible. Pero a diferencia de la educación de la primera, la segunda ilustración se enfoca en la formación de competencias comunicativas como el razonamiento argumentativo para un diálogo en el que se expresen libremente las más distintas posiciones y, desde allí, se llegue a acuerdos lo más consensuados posibles para la solución de los problemas que nos aquejan en las circunstancias que nos han tocado vivir. Se trata de una educación emancipadora, sustentada en la comprensión de la complejidad ontológica del lenguaje, de su potencial poético que es decir creativo, y de su poder democratizador mediante una práctica dialógica con sólida base en una sincera voluntad de escucha. Los juegos infantiles de otrora, como la ere, el escondite y tantos otros, guardaban un potencial para esa formación en la medida en que la comunidad de habla de niños respectiva debían acordar entre ellos reglas como el lugar de las taimas (venezolanismo para expresar lugares de resguardo o fuera del tiempo o time-out). Digo juegos de otrora, pues el presente que nos toca marca una clausura comunicativa al encerrarnos en una pantalla y juegos en video cuyo carácter es por lo general, además de bélico, más monológico que dialógico, pantallas para una mujer y un hombre unidimensionales, placenteramente alienados.

Publicado originalmente en el portal Aporrea: Artículo 

viernes, 14 de noviembre de 2025

Frankenstein, entre nosotros

 

La metafísica no es una colección de filosofías que apreciamos como objetos de deleite estético, algo así como cuadros en la exposición de un museo. Nunca ha de concebirse como un pensar muerto, más bien puede decirse que no podemos vivir sin metafísica pues toda cultura descansa sobre cimientos mayormente inconscientes y prerreflexivos. La metafísica que ha reinado en esa amplia península cultural variopinta que es occidente, si bien agotada, camina por nuestros caminos, sigue incorporada en instituciones como la universidad, la escuela, los medios de comunicación o el Estado, encarnada en miles de millones de mujeres y hombres de nuestras sociedades masificadas.

La metafísica occidental dominante emergió desde la vida cotidiana a partir de una determinada forma de relacionarnos con la naturaleza, incluida la naturaleza humana. Descansa en una forma de entender caracterizada por el enfrentamiento con dicha naturaleza, por sentirla hostil frente a la preservación del yo que somos. Y es que sólo a partir de la identidad de este yo se puede presentar la naturaleza, el mundo, como lo otro, como el objeto, como lo no-yo (Fichte). Al respecto, Horkheimer y Adorno, en su análisis del canto XII de La Odisea contenido en la "Dialéctica de la Ilustración", muestran muy bien como ya en el propio mito homérico la naturaleza se presenta como el objeto hostil que hay que dominar técnicamente, naturaleza encantadora pero terriblemente aniquiladora del yo. Los dioses constantemente amenazan la empresa de Odiseo con amenazas naturales. Esta mitología se traspasa al logos de la metafísica que se funda durante la ilustración griega y que conjuga muy bien con las raíces judaicas de la expulsión del paraíso por el pecado, por el ejercicio de nuestra libertad. Esta metafísica constituye la lógica que se nos enseña desde Aristóteles, reforzando una relación abisal entre sujeto y objeto, entre humano y naturaleza, entre subjetividad y ente. Se hace cuerpo en nosotros aunque nunca hayamos estudiado a Parménides, Platón o Nietzsche, aunque nunca nos haya interesado la filosofía. Del modo menos consciente, como actitud natural, la metafísica reina en nuestra precomprensión del mundo, aquella que nos permite comprender y entender nuestro entorno de un modo determinado, aquella que facilita que algo sea un determinado algo, aquella que carga la intencionalidad con la que proyectamos los entes que nos salen al paso. Cuando asistimos al museo de arte no solemos comprender como arte los letreros que aparecen a un lado de los cuadros. Cuando hablamos de arte nuestra mirada se dirige al cuadro y difícilmente lo que lo rodea cause asombro artístico. Ya previamente hemos comprendido a partir de nuestra educación qué ha de entenderse por arte y qué no. Del mismo modo, la naturaleza se nos enseña como lo hostil, tal como nos la muestra la mayoría de los cuentos infantiles clásicos. No te internes en el bosque, allí te acechan las brujas, las serpientes, los lobos para dañarte.

La comprensión del mundo es sobre todo una condición fundamental del ser que somos, sin esa comprensión sería imposible sobrevivir incluso biológicamente. Para decirlo con un gran filósofo contemporáneo, "Lo ya-interpretado mismo no es algo que se le añadiera al existir, algo que se le endosara, se le adhiriera por fuera, sino algo a lo que el propio existir llega por sí mismo, desde lo cual vive, por lo cual es vivido (un cómo de su ser)." (Martin Heidegger). Este estar ya-interpretado desde el que vivimos constituye nuestra misma intimidad que hace posible la significatividad de unas vivencias mientras que otras pasan desapercibidas. Percibimos artísticamente el cuadro, no el letrero. Se trata del estar-ya-interpretado, de la pre-comprensión que permite que a la comprensión y al entendimiento le salgan al paso unos objetos bajo una perspectiva singular, así como otros entes que se ignoren completamente. La pre-comprensión habilita la comprensión, pero, a la par, la limita. Estoy habilitado para ver artísticamente el cuadro, limitado para ver el carácter artístico del letrero. Es su propia dualidad, la propia del prejuicio que permite el juicio pero también limita otras formas de considerar el asunto.

La precomprensión habilita y limita las posibilidades de la comprensión de los entes y las situaciones que acontecen. En tanto que apertura y cierre marca una disposición ante el mundo, una que no sólo nos predispone a actuar de determinada manera, sino también cargada de afectividad. Heidegger considera que este temple anímico es un carácter fundamental nuestro. "El estado de ánimo ya ha abierto siempre el estar-en-el-mundo en su totalidad, y hace posible por primera vez un dirigirse hacia…". La tarántula Goliath es vista y sentida de modos muy diferentes por la comprensión y disposición afectiva del indígena yanomami del Amazonas y las del caraqueño corriente. Para el primero es divina en todas las acepciones que este vocablo admite en castellano, mientras que para el segundo lo más probable es que le genere temor. El primero convive con ella, la carga entre sus manos, le permite recorrer su cuerpo. El occidental promedio tendrá la predisposición a matarla a palazos.

La metafísica occidental emerge desde su propio fondo de precomprensión, uno que acentúa la subjetividad y reduce a objeto lo otro, incluido al otro humano. Descartes lleva al paroxismo esto último, los animales y los otros seres humanos se le presentan a su meditación como mecanos. Con Descartes el yo se eleva a principio de todo, y lo que no es yo, mi yo, pues es una cosa. Y lo que es una cosa pues estará a mi disposición, a la disposición del yo. Puede decirse que el producto último de esta metafísica es la racionalidad tecno-científica absolutizada como logos. Si bien la técnica es una condición antropológica, esto es, una condición humana desde que nuestros antepasados prehistóricos sacaron filo a una piedra para emplearla como cuchillo, la tecnología ya es otra cosa, es hacer una razón de la técnica, elevarla a razón, a tecno-logos, como la misma composición de la palabra lo dice. Nuestro mundo actual es tecnológico en este profundo sentido. Heidegger llega a decir que lo tecnológico se ha instalado hasta tal punto en nuestro ADN mental que ya carece de pensamiento. La ciencia no piensa, dice este filósofo, y el arte se suprime a sí mismo al reducirse a objeto. No piensa la ciencia y el arte sucumbe por la" actitud natural" que reposa arraigada en nuestra pre-comprensión occidental del mundo. Pero esta actitud natural realmente resulta poco natural si entendemos por este ser natural alguna esencia inmutable, el carácter de esta actitud es histórico e irreflexivo. La ciencia y el arte no piensan, y lo mismo puede decirse de la política, la historia, la economía y sus respectivas prácticas al uso, pues todas resultan comprendidas desde el fondo de precomprensión que establecieron hace más de 2500 años las raíces judaicas y griegas de la metafísica occidental, una metafísica que aprecia lo que no es yo, incluidos los otros yoes, como objetos, como instrumentos del yo, como medios a dominar para que nos sirvan. Como dice Heidegger, el último gran desarrollador de esta metafísica fue Nietzsche cuando hace de la vida voluntad de poder, voluntad de dominio de todo aquello que no es yo. Y esta voluntad, cual Víctor Frankenstein (Mary Shelley), se orienta hacia el sometimiento de la naturaleza, se eleva a Dios, quiere ser como Dios, imperar. Ser el creador de la vida misma, resucitar a los muertos. Por eso también su logos (razón) es tecno-lógico, dominio técnico del mundo. Como aquella conversación reciente entre Putin y Xi Jinping, conversación grabada cuando no se sentían grabados, y en la que palabras más o palabras menos se decían:

-Viviremos 150 años, ya la medicina lo garantizará pronto.

-No, viviremos más, viviremos para siempre.

Amanecemos con la noticia de que Bezos se adelanta a Musk en la conquista de Marte. Destruida la Tierra siempre habrá más planetas por depredar. Mientras, a los pobres se les repartirá gratuitamente una banana como gran obra de caridad. Frankenstein devora la naturaleza, pero esta apenas ha comenzado a pronunciar su última palabra. Y es que el Frankenstein no es de 1818, año en que la joven Shelley publicó su "ficción". Frankenstein está entre nosotros, encarnación física de nuestra metafísica, Frankenstein soy yo. Y no piensa.

Publicado originalmente en el portal Aporrea: Artículo 

miércoles, 15 de abril de 2015

Ratio technica y mundo moderno (Javier B. Seoane C.)

Prof. Javier B. Seoane C.

El mundo moderno puede definirse como el mundo de la ratio technica. Si mundo es, fenomenológicamente, lo que está a nuestro alrededor, pues no cabe duda de que a nuestro alrededor la ratio technica cobra vida en cientos de artículos de consumo, pero también en la misma constitución del pensamiento que se expresa en la filosofía, gran parte de las humanidades y todo el conglomerado de las ciencias formales y fácticas. Por ejemplo, en el caso de las ciencias sociales, en las políticas públicas de cualquier orden y en la propia teoría de sistemas. Esta ratio hunde sus raíces en los mismos orígenes de las fuentes culturales de occidente (aunque no sólo de occidente) como son el mundo griego, hebreo y romano.

No obstante, en los últimos siglos, a menos desde las corrientes románticas hasta nuestros días, ha estado presente una razón crítica al proyecto sociohistórico de la ratio technica. Por ejemplo, la teoría crítica de la sociedad de la “Escuela de Frankfurt” representa, en su contexto del siglo XX, un intento de recrear la teoría social de cara a una acción práxica emancipatoria que supere la dominación alienante de esta ratio hegemónica. Se puede decir que el programa de la teoría crítica, tal como fue diseñado por el núcleo de sus fundadores ―especialmente Max Horkheimer (1895-1973), Theodor W. Adorno (1903-1969) y Herbert Marcuse (1898-1979)― constituye una síntesis de diferentes corrientes filosóficas y sociológicas, entre las que caben destacar la dialéctica hegeliana, la teoría social marxiana, la crítica cultural de Friedrich Nietzsche, la teoría psicoanalítica de Sigmund Freud, los marxismos tempranos de Georg Lukács y Karl Korsch, el debate en torno a la revolución entre Vladimir Lenin y Rosa Luxemburg, la teoría de la racionalización social de Max Weber. La Escuela de Frankfurt, en tanto que esfuerzo sintético de dichas corrientes, y en tanto que propuesta de diseño de la teoría social frente a las proposiciones del positivismo lógico y el marxismo ortodoxo oficial, marca un capítulo relevante en el desarrollo del pensamiento sociológico del último siglo y, especialmente, de la crítica de la razón instrumental (terminología acuñada por el propio Max Horkheimer en relación crítica con Max Weber). A su vez, no poco debe este ejercicio crítico de la Escuela de Frankfurt a la obra de Martin Heidegger e, incluso, del español José Ortega y Gasset, como antes a los escritos de Oswald Spengler. Otros nombres destacados en esta reflexión sobre la técnica son Jürgen Habermas, Jan Patocka, Hannah Arendt, Hans Jonas, Jacques Ellul, Peter Sloterdijk o Josep Esquirol. Igualmente, en Venezuela, un pensador de la talla de Ernesto Mayz-Vallenilla, montado sobre todos estos precedentes y otros no mencionados aquí, construyó toda una valiosa reflexión sobre la ratio technica, llegando a una reconocida mundialmente crítica de la meta-técnica.

Por otra parte, cientos de películas, entre las que destaca la filmografía de Stanley Kubrik y antes de Charles Chaplin, como muchas obras de la literatura (Huxley, Orwell, Camus, etc.) han tenido el conflicto humano con la técnica como eje narrativo.

       Mucho se ha dicho entonces sobre la crítica de la ratio technica como principio racional hegemónico de las sociedades modernas, de sus logros y de sus problemas, de sus posibilidades y de sus límites. Y en el caso de Martin Heidegger, ha existido el intento claro de generar las condiciones de posibilidad para repensar toda la metafísica occidental, obsesionada por lo óntico, objetivo, instrumental. La ratio technica sigue siendo el tema de nuestro tiempo.