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viernes, 21 de agosto de 2026

Pensar la sociedad civil venezolana



Por: Javier B. Seoane C. | Viernes, 21/08/2026 12:37 AM |


Si bien la sociedad civil supone conceptos jurídicos relativos a los derechos de libertad de asociación así como a los alcances y límites de las responsabilidades de las organizaciones civiles, supone especialmente una condición sociocultural y socioeconómica alcanzada históricamente. No hay sociedad civil sin ciudadanía y la ciudadanía es antes que nada una condición cultural y como tal aprendida, una condición contentiva del reconocimiento de derechos y obligaciones con la sociedad toda. Esta condición cultural se soporta sobre ciertas bases socioeconómicas mínimas, difícil aprender y actuar como ciudadano si uno sufre la urgencia del hambre y no cubre satisfacer las necesidades básicas mínimas. Lo dicho hasta aquí vale también para el discurso más amplio de los derechos humanos.


Las comunidades pueden existir y comprenderse sin necesidad de la condición ciudadana y la responsabilidad cívica. Una aldea premoderna es una comunidad pero no una asociación de ciudadanos. La sociología ha distinguido desde su origen entre comunidades y asociaciones. En las primeras las personas guardan vínculos emotivos y suelen compartir un mismo sistema de creencias. En cambio en las asociaciones las personas se relacionan en términos más funcionales para satisfacer determinadas necesidades. Por ello Hegel, uno de los más grandes filósofos de la historia y uno de los primeros en conceptualizar la sociedad civil, la consideró como un conjunto de organizaciones propiamente desarrolladas durante la época moderna occidental. En esto lo acompañan relevantes historiadores que la analizan desde su emergencia en el llamado tercer estado, su nacimiento de la burguesía moderna que finalmente se volverá hegemónica durante y tras la revolución francesa.


En su "Filosofía del derecho" Hegel aprecia la sociedad civil como ese entramado de asociaciones voluntarias que median entre la familia y el Estado, superan a la primera en sus límites y busca limitar el poder del Estado. La piensa también cubriendo necesidades y urgencias que el mercado no puede por sus propias limitaciones. En este sentido, Hegel dispone de un concepto más amplio y sustantivo que el de liberales clásicos como Locke o el del propio Marx, quienes la reducen a su dimensión económica. En tanto que mediadoras, las organizaciones civiles reúnen a individuos que comparten intereses en un campo determinado para constituir una fuerza social de cara a negociar y contraponerse ante los poderes políticos y económicos. Así, por ejemplo, los ecologistas se organizan con el propósito de contrarrestar la depredación ambiental de muchas empresas tanto privadas como públicas. Las feministas se vinculan para luchar por sus derechos y vencer el patriarcalismo tradicional. Los obreros harán lo propio mediante sindicatos y los empresarios mediante sus respectivas cámaras. Su razón de ser: los individuos aislados poco pueden hacer por sí mismos, atomizados, frente a los grandes poderes organizados. No cabe duda de que a Hegel no le falta razón al pensarla como mediadora entre individuos y Estado, cabe agregar, entre individuos y las grandes corporaciones económicas también. Protegen a los individuos, limitan al Estado y al mercado. Obviamente, el éxito de esta protección y de su capacidad limitadora de lo político y lo económico dependerá de la fortaleza de su organización, de la exitosa capacidad de organizarse por parte de los ciudadanos.


Difícil pensar el concepto de democracia sin el de sociedad civil que apenas hemos asomado, a menos que lo limitemos a la visión schumpeteriana de que la democracia debe confinarse a la convocatoria de los electores cada determinada cantidad de años para que elijan qué partido político ha de gobernarlos. Bien, Schumpeter no requiere de ciudadanos, si acaso de electores. Empero, la democracia no se reduce a votar por partidos, más bien esto es un resultado histórico al que hemos llegado tras vivenciar y reconocer la diversidad de nuestra vida social. Los conceptos deliberativo y participativo de democracia, propios de nuestro tiempo, expresados explícitamente en nuestra Constitución pero pisoteados una y otra vez, resultado histórico de sociedades plurales y organizadas y deseable por aquellos quienes somos débiles en nuestra cultura organizativa, exigen el concepto activo y protagónico de la sociedad civil. Se exigen ciudadanos, no sólo electores.


A comienzos de este siglo uno de los artífices de la conquista del poder político de Hugo Chávez, Luis Miquilena, respondió burlonamente a una periodista preguntándole sobre cómo se comía eso de la sociedad civil. Podía ironizar Miquilena despreciando a la sociedad civil porque la consideraba débil. Casi repite la famosa frase de Stalín cuando preguntaba, también con ironía: ¿con cuántas divisiones cuenta el Papa? Sólo que en lugar del Papa habría que poner la sociedad civil. Quizás Miquilena ya estaba borracho del poder de un gobernante que dispone del control de un Estado venezolano muy poderoso y muy débil al mismo tiempo. Muy poderoso por cuanto reúne bajo su control el poder de las armas y la principal fuerza económica del país. Muy débil en tanto que es un gigante con pies de barro por carecer de un tejido social organizado que le dé sustento institucional. Por esta debilidad el Estado ha terminado capturado por los gobiernos de turno producto de grupos políticos organizados. Durante gran parte de nuestra historia fue capturado por los militares, durante lapsos más breves por cogollos partidistas junto con sus enchufados. Y seguramente el conocimiento de esta situación llevó a Miquilena a mofarse de lo que consideraba la ingenuidad de una joven reportera, el mismo conocimiento que llevó a nuestra gran socióloga Mercedes Pulido a sentenciar con sobrada preocupación de que el gobierno venezolano es tan poderoso que puede desentenderse por un largo tiempo de la sociedad. En la historia de nuestro último medio siglo han sobrado gobiernos que se han mantenido de espaldas a la sociedad venezolana.


El gran teórico social Émile Durkheim definió como monstruosidad sociológica a toda sociedad con un Estado superpoderoso y unos individuos atomizados, desorganizados. Una sociedad así es monstruosa porque es demasiado fuerte la tentación de aplastar a la disidencia por quienes regentan el Estado. Nosotros, debemos confesarlo, padecemos en grado importante la monstruosidad sociológica. No se trata de una cuestión genética, nuestro genoma es prácticamente el mismo que el de los holandeses o el de cualquier otro gentilicio. Se trata de una cuestión histórica. Nuestra colonia no fue proclive a las libertades modernas. Nuestra independencia fue trágica, muy destructiva del ya precario tejido social. El siglo XIX transcurrió entre pobreza, ausencia de población y capitales, y más guerras intestinas. Cuando Gómez comienza a formar el Estado moderno irrumpe la economía petrolera y en menos de medio siglo padecimos las consecuencias anómicas de una revolución industrial aunque sin industrialización efectiva, a saber, crecimiento demográfico abrupto y concentración urbana acelerada del país, todo sobre el motor económico del petroestado que se formó. No ha habido tiempo suficiente para cultivar y tejer una sociedad civil robusta. Durante varias décadas el Estado pudo comandar el desarrollo relativo del país, pero hoy, y desde hace medio siglo, el Estado está desvencijado y sin embargo su chatarra pesa demasiado sobre los frágiles hombros de la sociedad venezolana. Lo dicho se hizo público una vez más los primeros días tras el 24 de junio. La gente tuvo que organizarse sobre la marcha, salir en auxilio de sus vecinos, no contaba con el Estado. Económicamente lleva ya años valiéndose por sí misma a duras penas. Nuestra sociedad está agotada, pero como cuerpo vivo que es seguirá luchando.


Requerimos construir más comunidad y más sociedad civil, de modo permanente y no sólo ante coyunturas y emergencias. ¿Cómo construirla? Tarea dura con toda la historia que nos precede, nuestra actual situación económica y las fallas ya más que evidentes de nuestro sistema educativo. Se precisan políticas públicas de fomento de las asociaciones civiles que den cumplimiento a la Constitución, se precisa una reforma a fondo del Estado venezolano (no sólo una reforma del gobierno o del tren ejecutivo) y, especialmente, urge una política educativa encaminada con toda seriedad a la formación de ciudadanía y de cultura organizativa, al fomento de capital social; una política educativa dirigida a la educación formal (escolar en todos sus niveles) e informal y orientada a los adultos, empezando por los propios funcionarios del Estado y sin descuidar a los actores económicos cuya responsabilidad social empresarial puede hacer mucho en este campo. No hay otro camino para construir una democracia robusta, una de mujeres y hombres que tomen las riendas de su destino y no sean ninguneados por las grandes fuerzas políticas y económicas. Seguiremos esta reflexión en próximos artículos, particularmente en lo referente a la concreción de las políticas señaladas.

viernes, 12 de diciembre de 2025

¿Vertebrar a Venezuela o seguir muriendo de mengua?

 

Afirmar que Venezuela ha padecido las consecuencias de las revoluciones modernas sin haber tenido alguna de ellas para nada resulta hiperbólico. El ideario de la revolución francesa pronto llegó a nuestras élites mantuanas y apenas Napoleón invadió España aquí entramos en varias guerras al mismo tiempo: una civil primero como bien planteó Vallenilla Lanz, y luego, a esta se le yuxtapuso otra con España. Por si fuese poco, la tónica romántica y napoleónica se adueñó de nuestros militares y la guerra se extendió heroicamente por toda Sudamérica. Desde entonces la epopeya forma parte de nuestras narrativas, carácter epopéyico y barroco que en parte heredamos de la España que se quiso ver como hija de una cruzada contra los moros. Así se expresa en la Cruz de Santiago, apóstol de España: cruz y espada al mismo tiempo, fe y guerra contra los infieles. Este símbolo también nos ha perseguido a nosotros desde la emancipación, si bien en clave más secular: guerra para la liberación.

Las guerras independentistas fueron devastadoras para Venezuela, el propio Bolívar ya en sus últimas horas, y visto lo poco que quedó en pie, se preguntó por el sentido de lo logrado. El tránsito que comenzamos a partir de 1830, bajo una considerable inflación narrativa republicana, pero carente del tejido social y económico para sostenerla, nos habla de un país bien metaforizado por Pino Iturrieta como archipiélago. Falto de carácter orgánico, era archipiélago entre su aspiración moderna, republicana, y los medios para lograrla. Era archipiélago político, fragmentación que marca hasta hoy las tensiones entre centralismo y federalismo, pendular ideológico según el momento histórico entre compartir el poder por un pacto de caudillos o concentrarlo en manos de uno que salga triunfante de una de nuestras guerras civiles. Un país destruido, sin caminos, nunca muy estimado en su pasado por la metrópolis hispana para establecerse, con poca población para la extensión de su territorio y la existente diezmada por eternas endemias y un analfabetismo generalizado. Cabrujas, en su conocida entrevista, "El Estado del disimulo", nos recuerda que su madre para llegar a Mérida tenía que salir del país a Curazao y entrar de nuevo por el Zulia. Incomunicados florecía el caudillismo regional, factor de integración y mínima seguridad en un mundo desintegrado.

En este contexto, el caudillo y la madre se convirtieron en las instituciones integradoras en medio del caos político, militar, económico y social, instituciones muchas veces contradictorias con el ideario del Estado republicano, ideario que anhelaba frecuentemente el discurso oficial del propio caudillo, pero que en su actuar político, necesariamente autoritario en la Venezuela archipiélago, echaba por tierra los potenciales democratizadores de sus orígenes igualitaristas y populares. Por otra parte, muy estudiada está la estructura matricentrada (Vethencourt, Grusson, De Viana, Moreno, Hurtado) de la familia venezolana. La madre es la figura central y no pocas veces la única en una institución familiar sometida a los vaivenes de una sociedad en permanentes guerras intestinas, guerras que arrasaron una y otra vez los establecimientos familiares, especialmente en las regiones no protegidas por la geografía montañosa. Así, la integración de esta familia, indiscutible base primaria de la sociedad, acontece con una fuerte carga emocional, vertical en su relación interna, empobrecida en sus recursos económicos, sin mayor amparo del Estado. La figura del caudillo y de la madre se superponen y complementan. Se superponen en su verticalidad y emotividad, en su necesario comportamiento autoritario pero a la vez protector, paternalista (más bien maternalista); en su mantener en una perpetua minoría de edad (Kant) al hijo o al "pueblo". Se complementan en la medida en que el caudillo simbólicamente aparece como el padre perdido representando seguridad, integración. Se superponen en su reclamo de lealtad al grupo, al clan tribal, en su bloqueo a un êthos moderno fundado en relaciones abstractas, legal-racionales, como las de ciudadanía.

El tratamiento de estos temas corre el riesgo de quedar engarzado en prejuicios patriarcales, machistas, muchas veces enclavados con profundidad en reconocidas teorías como es el caso de muchas corrientes psicoanalíticas. Se precisa entonces aclarar que la atribución a la madre y a la mujer en general de caracteres más emocionales que racionales, de un êthos orientado al cuido y a la protección, se entreteje con el dominio patriarcal entroncado en la cultura. La mujer es formada por un "programa" sociocultural para la maternidad, la sensibilidad y el cuido. El varón es "programado" para la fortaleza, la racionalidad estratégica, para representar en esa racionalidad la ley, el orden legal-racional (Weber). Estas "programaciones", estos "softwares culturales" se despliegan desde todas las agencias socializadoras y cuentan con una larga tradición más que milenaria. Más allá del condicionamiento biológico hablamos aquí de un condicionamiento sociocultural. Dicho lo cual, la cuestión del matricentrismo y la matrisocialidad no resulta ajena a la consideración de que el déficit moderno, legal-racional de nuestras instituciones públicas, se fortalece con el bucle que se configura con el carácter autoritario, vertical y emotivo tanto del caudillismo como del matricentrismo. Vemos así que las figuras políticas y sociales calan en una cultura profunda, inconsciente, prerreflexiva y muy espontánea en sus procederes. Caudillismo y matricentrismo que integra tribalmente, en grupos gobernados por un êthos de la lealtad al jefe, y que por ello mismo se constituye frecuentemente en un obstáculo a la constitución de un êthos universalizador. Así, intuitivamente creo que puede captarse la complejidad de cómo lo simbólico y lo institucional se retroalimentan y fortalecen al articularse, también en forma retroalimentaria, con un contexto económico precario. Venezuela se quería también, siempre desde sus élites, una economía integrada liberalmente al mercado mundial. Pero lo que quedó en aquel país de 1830 no daba para eso. Sin capitales, sin población y con una precaria producción cuyos fuertes eran productos lujosos para el mercado mundial como el café, el cacao, los cueros o el añil, carente de relaciones salariales y monetarias, imperante la propiedad terrateniente obtenida como ganancia de las guerras, huérfana de cualquier financiamiento, aquella Venezuela siguió enfrentada por sus conflictos sociopolíticos, por sus guerras intestinas, siguió siendo por un siglo un país palúdico, un archipiélago demográfico y económico. Las intenciones de instituir una economía próspera e integrada al mercado mundial se desvanecieron por las adversidades históricas y los patrones socioculturales heredados. ¿Cambiaría esta situación una vez conjugados el triunfo de un caudillo sobre todos los demás con una nueva base económica con mayor fuerza financiera? ¿Cambiaría una vez llegada la economía petrolera bajo la égida de un poderoso gobernante, centralizador y modernizador del Estado en cuanto a la administración de su hacienda pública y de la Fuerza Armada Nacional? ¿Cambiaría con la larga hegemonía de Juan Vicente Gómez y su tribu triunfante?

La pregunta anterior admite diversas respuestas dependiendo de los aspectos que se analicen. De ahí su capciosidad. Mas su función retórica es pasar a otro capítulo de nuestra historia y las consideraciones que queremos poner sobre la mesa para repensar la integración sistémica y social nacional. Rodolfo Quintero, precursor de la antropología sociocultural venezolana, estudió los problemas de esta integración generados a partir de la implantación de la economía petrolera. En cierto modo hizo el antropólogo lo que el novelista Díaz Sánchez realizó con Mene: una aproximación etnográfica a la naciente sociedad venezolana del último siglo. Los escritos de Quintero sobre antropología del petróleo permiten reconstruir, a modo de una Matriuska, la formación del Petroestado a partir de la constitución de los primeros campos y las primeras ciudades petroleras. Destaca Quintero que el modelo petrolero se implanta en una economía y sociedad menguadas por los conflictos internos y sus consecuencias en la vida humana. Que se trata de un modelo que necesita de considerables inversiones de capital, de altas tecnologías sólo posibles por la inversión extranjera. Por otra parte, el campo petrolero demanda fuerza de trabajo calificada en diversos grados pero no muy cuantiosa. La economía petrolera produce desde temprano grandes ganancias y da atractivos beneficios a sus obreros y empleados en comparación con los obtenidos por los campesinos y capataces de las haciendas próximas, empobrecidos y en situación precapitalista y, en consecuencia, en condiciones de servidumbre. Pronto se vuelve el campo petrolero un polo de atracción para estos campesinos que en busca de un mejor futuro generan fuertes movimientos migratorios.

Los campos petroleros tienen un inmenso potencial de circulación monetaria pero poca capacidad empleadora. Así, alrededor del campo petrolero se constituye toda una economía marginal, informal, que presta diferentes servicios a los trabajadores con empleo formal, desde el chiringuito que vende desayunos hasta el prostíbulo en el que en sus ratos libres cohabitarán obreros nativos y gerentes extranjeros. Tenemos entonces un gran poder económico, que desplaza la precaria economía tradicional por el abandono de los trabajadores de los entornos rurales y la capacidad importadora de rentables empresas comerciales que pondrán en el mercado interno productos más competitivos que los locales, mas, insisto, es un poder económico, el de la industria petrolera, que emplea poco. Y sin empleo, y sin "siembra" de la renta petrolera (Adriani, Uslar), la integración social, y la sistémica nacional, siempre estará amenazada por las formas anómicas que se desprenden de la informalidad que se extiende por todos los márgenes del campo petrolera. La delincuencia y criminalidad más diversa prospera para hacerse con parte de la renta, para redistribuir la riqueza por medios ilícitos y degradantes. Es aquí donde entra la Matriuska, pues el modelo del campo petrolero, la Matriuska menor, genera una copia semejante en la ciudad petrolera, la Matriuska intermedia, y, luego, otro modelo económico y social similar a nivel nacional, la Matriuska mayor. El campo es polo de atracción, no emplea, genera cinturones marginales de miseria a su alrededor. Pasará en la ciudad, pues los campos, como Lagunillas por ejemplo, se volverán ciudades. Pasará, finalmente, en el país todo cuando comience a vivir de la renta del petróleo.

La anhelada "siembra" del petróleo nunca llegó a concretarse en la creación de un aparato productivo agropecuario e industrial nacional que sirviese de base a la creación de una Venezuela moderna que diese a sus trabajadores buenos empleos formales. No obstante, hay que decir que mucho se logró. El país dejó de ser palúdico y se volvió pionero a nivel mundial en la eliminación de muchas enfermedades endémicas. La transformación de la sanidad, con magníficos hombres como Gabaldón, duplicó en tres décadas la expectativa de vida del venezolano. El país se alfabetizó aceleradamente, se construyeron escuelas por doquier, se fundó el Instituto Pedagógico, la población universitaria se multiplicó geométricamente. Se llevó a cabo toda una revolución urbana, aunque nunca precedida por revolución agrícola ni revolución industrial alguna. Creció el sector terciario de la economía sin contraparte en los sectores productivos. Ciertamente el país se modernizó aceleradamente, las grandes autopistas, comparables a las de Los Ángeles ya en la década de los cincuenta, se cubrían de confortables vehículos y una red de carreteras permitió que se pudiera viajar de un lado a otro del país. Aeropostal fue una de las primeras aerolíneas comerciales del mundo, y la televisión llegó a pocos años de Estados Unidos y muy anterior a la mayoría de los países europeos. La autopista entre Caracas y La Guaira fue un espectáculo de ingeniería a nivel planetario con el túnel más largo sobre la tierra. El Aula Magna de la Ciudad Universitaria de Caracas, para la época el segundo auditorio con mejor acústica del planeta, se convirtió en orgullo arquitectónico de la nación y alojaría al poco de su inauguración a la Asamblea de la OEA para que se "pavoneara" el dictador de turno. Y estos son sólo algunos de muchos ejemplos de esa modernización.

Políticamente, y con base en las demandas de una pequeña clase media ilustrada que se venía formando desde inicios del siglo XX, se constituyó un sistema de democracia representativa que por primera vez en la historia republicana del país desplazaría a los militares del poder y comenzaría a pendular en una lógica bipartidista. Una sociedad civil incipiente comenzó a formarse en los núcleos urbanos, pero a diferencia de aquella pequeña clase media mencionada, los nuevos sectores medios crecían sin base orgánica en la economía productiva. Se desprendían de la extensión del Estado, han sido, en buena medida, una creación del Petroestado. Para aprovechar las cargas impositivas y regalías sobre las concesionarias petroleras este petroestado mantuvo históricamente sobrevalorado el bolívar. Expresión inicial de esta lógica fue el convenio cambiario Tinoco de 1934 que, a diferencia de las economías nacionales vecinas que devaluaban sus monedas nacionales para adaptar los sectores productivos al contexto de la Gran Depresión, aquí se ajustó el bolívar sobrevalorándolo dos veces ese año. Política cambiaría que condenaría históricamente la productividad nacional, pero política muy lógica si se piensa desde las necesidades sociales que aquel país palúdico y archipiélago tenía que atender desde el aparato estatal. La misma economía petrolera exigía para su buen desempeño que se satisfacieran dichas necesidades. Así, parece claro que la llamada "enfermedad holandesa" genera graves estados "febriles" en economías industrializadas cuando llega repentinamente una riqueza abundante en rentas sin contraparte productiva, pero puede generar síntomas más graves y destructivos cuando llega a economías miserables. La consecuencia ha sido la formación del Petroestado, favorecido por nuestras carencias y un contexto internacional de guerra fría que marcó pautas keynesianas en lo económico y de Estado benefactor en lo político.

Este Petroestado se extendió modernizando el país. En cierto sentido, con la renta compramos aeropuertos, hoteles en las alturas de las montañas, medios de comunicación y muchos otros bienes, pero no compramos lo que no se puede comprar: los bienes socioculturales de la modernidad, de sus relaciones abstractas de ciudadanía y de instituciones públicas reguladas procedimentalmente por formas legales racionales. Se configuró una democracia representativa y fue por décadas exitosa y vitrina latinoamericana, pero sus pies eran de barro como de barro eran también los pies de la sociedad civil. Al carecer de base productiva, la democracia estatal y la sociedad civil no disponían de medios para consolidarse y sostenerse autónomamente una vez entrado en crisis el modelo rentista. Dependían de esa renta y de las posibilidades que la misma ofrecía para mantener un consenso social y político comprado. Puede afirmarse que se compró integración social con renta. Más importante aún son los nudos culturales autoritarios y semitribales procedentes de nuestro tormentoso pasado. El Petroestado venezolano resultó paternalista y autoritario. Su poder financiero se conjugó con el juego electoral de la democracia representativa. La competencia partidista por el poder y las demandas profundas de una población marginalizada y de otra más reducida, middle class, que entraba en la lógica cultural de las modernas sociedades de consumo, reclamaban del juego político electoral más ofertas de bienestar y la competencia partidista estaba dispuesta en su sed de legitimación a ofrecerlas. Esta competencia electoral, la carencia de capitales privados y la estrechez productiva nacionales incrementaron el tamaño del Estado hasta que todo colapsó pues, para decirlo con Maza Zavala, en lugar de crecer éramos un cuerpo socioeconómico que engordaba, sin músculo y cada vez más demandante para los tiempos que habrían de venir. La socióloga Mercedes Pulido decía que el Estado venezolano se volvió tan poderoso que podía darle la espalda a la sociedad, y se la daba, salvo en los momentos de competencia electoral. Y se la dio con más fuerza a partir de los años ochenta cuando la quiebra del modelo rentista ya era evidente. Uslar señalaba que el Estado no vivía del trabajo de la sociedad sino que la sociedad vivía del Estado. Y a partir de los ochenta el Estado ya cada vez menos pudo sostener esa sociedad y mantener los consensos otrora "comprados" con renta.

La desintegración social y la desintegración sistémica se han vuelto crónicas a lo largo de nuestra historia. Urge una transformación radical, una que va más allá de cambiar el modelo de desarrollo económico. Hoy corremos el peligro de que nuevos actores políticos lleguen a Miraflores, de que las razones frías y estratégicas de una nueva geopolítica los pongan allí. Si es así, resulta lógico que estos actores se apoyen en la potencia hemisférica haciendo lucrativos sus negocios. ¿Y en qué otra cosa pueden ser lucrativos sus negocios si no es en la minería y los hidrocarburos? Negocios que, de nuevo, y en otro giro de la historia, darán platica sin empleos productivos y sin distribución de la riqueza. El país que hoy venden a futuro los actores políticos asociados al proyecto estadounidense parece tan miserable como el que hemos tenido y el que tenemos, el que el socialismo rentista llevó al paroxismo del petroestado expandiendo la pobreza y expulsando gran parte de su población a tierras ajenas. Entrampados entre un proyecto autoritario y entreguista a un imperio, ya completamente zombi, y otro proyecto también autoritario, emergente y entreguista a otro imperio, al país le urge construir su propio proyecto, uno que nazca desde las raíces mismas de su gente, que la empodere económica y políticamente, atendiendo a las vocaciones regionales tan diversas de nuestra nación. No es fácil, faltará mucha pedagogía social y financiamiento. ¿Podremos?

Publicado originalmente en el portal Aporrea: Artículo 

viernes, 17 de octubre de 2025

Medina

Por: Javier B. Seoane C. | Viernes, 17/10/2025 12:04 PM | 


¡Cuántas veces los prosaicos golpes de Estado se han presentado como revoluciones! La del 18 de octubre de 1945 resulta tan solo una más. Como la historiografía que arranca en esa fecha ha sido prolija con los adecos, quisiéramos dedicar estas breves letras a aquel que no gozó de la misma prolijidad, a menos que fuese para presentarlo como antihéroe de la mítica "Revolución de Octubre": Isaías Medina Angarita (1897-1953). Este tachirense, formado como soldado desde temprana edad, resultó, para romper un prejuicio arraigado, un militar con vocación democrática. Ciertamente estos casos no suelen abundar en una institución bastante cerrada, jerárquica, sustentada en la lealtad acrítica al jefe y abocada a las armas más que a las palabras, pero siempre aparece uno que otro caso como en el Portugal de 1974 o antes en Venezuela con Medina. Por supuesto, hay una historiografía para la que tildar a Medina de democrático resulta fruto de la ignorancia o una afrenta temeraria. Procuremos entonces defender nuestro argumento.

 
Acusado no pocas veces de fascista, lo que se facilitaba por su fenotipo parecido al de Mussolini, resultó otras veces acusado de flagrante comunista. El Presidente de la República (1941-1945) era General de Brigada cuando ascendió a tan alta magistratura. En aquel entonces no había tantos generales, no había ni una brigada de generales ni tampoco una división de los mismos, mucho menos se precisaba ser soleado para llegar a tan alto cargo. Medina ascendió a ese rango con muchos méritos y con un ejercicio docente en ámbitos militares y civiles que duró varios lustros. Fue profesor del Liceo Andrés Bello y participó en discusiones de círculos de estudiantes, profesores e intelectuales liberales. Se cuenta que era partidario de la autonomía universitaria. Con su presidencia se inició la magnífica obra que es hoy nuestra Ciudad Universitaria de Caracas, Patrimonio de la Humanidad.

 
En el rudo contexto de la segunda guerra mundial, Medina apoyó decididamente la creación de las Naciones Unidas, particularmente envió a la Conferencia de San Francisco de febrero de 1945 a los eminentes diplomáticos Caracciolo Parra Pérez y Gustavo Herrera para contribuir a las gestiones de su fundación. Tuvo el honor Venezuela de ser uno de los 48 firmantes del nacimiento que dieron vida a esta valiosa organización internacional. El militar venezolano que fue Medina hizo de su presidencia una invitación permanente a la paz mundial, pero también y con mayor ahínco a la paz entre los venezolanos. Abrió relaciones diplomáticas con China y la Unión Soviética sin necesidad de quebrarlas con Estados Unidos, país que visitó por invitación de Roosevelt. En pocas palabras, puso los intereses del país por delante estableciendo relaciones internacionales amplias, careció de la visión angosta de los catecismos ideológicos que hemos visto tiempo después.

 
Se esforzó desde el comienzo de su mandato en legalizar los distintos partidos políticos garantizando la no intervención del Estado en los mismos, desde AD, COPEI, URD hasta llegar al Partido Comunista, con el cual incluso, y con su venia, el Partido Democrático Venezolano (PDV), su partido, llegó a participar en alianzas electorales en una inédita elección uninominal de concejales en los comicios municipales en 1944, lo que terminó de valerle la enemistad de su predecesor López Contreras y el repetido mote de "comunista". La libertad de expresión no estuvo ausente como en el pasado, en la época nacen importantes medios como El Nacional. A la par, impulsó otra reforma electoral para hacer una elección de la mitad del Congreso a medio término del período constitucional, reconociendo el derecho de la mujer al voto. Si bien las autoridades legislativas y ejecutivas superiores todavía resultaban de elecciones de segundo grado, Medina estaba convencido de la necesidad de la reforma electoral para alcanzar el voto universal y secreto en el siguiente período constitucional. En este sentido, no propuso míticas revoluciones sino profundas y muy concretas reformas con clara vocación democratizadora.

 
En 1943 aprovechó el contexto mundial para impulsar una nueva Ley de Hidrocarburos y darle a Venezuela una participación sustancialmente mayor en los beneficios provenientes de la producción y venta del petróleo, en un tiempo en que el país pasó a ser el principal exportador mundial de este rubro. Se creó por aquellos años la Ley del Impuesto sobre la Renta, una Ley de Reforma Agraria que suspendieron los golpistas y la creación de la Junta de Fomento que pasaría a llamarse luego Corporación Venezolana de Fomento. Importantes obras públicas se inauguraron en el ámbito de acueductos o vialidad como la Avenida Victoria, llamada así en homenaje al día de la victoria contra los nazis, al igual que la zona de Caracas llamada Lídice en honor al pueblo checo masacrado por los mismos nazis en junio de 1942. Se reurbanizó El Silencio. Se profundizaron las políticas sanitarias para erradicar los males que aquejaron a nuestra población más pobre desde tiempos inmemoriales.

 
Hombre campechano en el mejor de los sentidos, salía caminando con su esposa de Miraflores hacia el centro de La Candelaria para ir al cine, al que era aficionado. Llevaba sólo un edecán atrás y distante. Cuenta su señora que un día en el cine un espectador que estaba en la fila trasera, pensando que era un ciudadano más, lo increpó con cierta impertinencia para que se hiciera a un lado pues le estorbaba la visión. Medina se disculpó y se hizo a un lado. Aquel increpante palideció al darse cuenta de que se trataba del mismo presidente de la República, pero aquel Presidente sólo se disculpó, no abusaba de su poder y por eso podía caminar tranquilamente por las calles. No necesitaba un ejército de escoltas salidos de una película de Rambo, ni cargar par de ambulancias en la caravana presidencial para atender sus ataques de acidez o alguna uña enconada. No fue hombre de dar discursos altisonantes, vociferantes. Vestía de civil y ofrecía discursos breves que solían llamar al concilio y la concordia.

 
Fue entonces cuando unos golpistas civiles, ávidos de poder, se asociaron con unos golpistas militares, tan ávidos o más que aquellos. Aquel día de octubre de 1945, hace ochenta años, Medina fue derrocado por unas armas insuficientes para hacerlo. Ochoa Antich le avisó que la Guarnición de Caracas, junto con otras importantes del país, eran leales al orden constitucional. No obstante, prefirió retirarse al Ministerio de la Defensa para entregar la Presidencia y evitar cualquier derrame de sangre en el país. Faltaban apenas pocos meses para las elecciones y tan solo seis para entregar el cargo al nuevo mandatario. Nunca pretendió modificar constituciones para perpetuarse en Miraflores. Tres años después los militares derrocaron a sus socios civiles bajo la corta presidencia de otro insigne venezolano, Rómulo Gallegos, sobre el que esperamos escribir en otra oportunidad. El panorama se ensombreció por una década y más, quizás hasta hoy. En 1959, los golpistas civiles regresaron a Miraflores, volvieron a llamar a su pasado golpe "revolución" y escribieron su historia con importantes olvidos, como el de los logros de Medina.

 
Sin presos políticos, con libertades ciudadanas y para las organizaciones políticas, con una prensa sin mayores restricciones, con políticas económicas prósperas y construcción de obras civiles de envergadura, con políticas sanitarias y educativas exitosas, sin corruptelas ni terror policial, de seguro el período de Medina debería estudiarse más en nuestras instituciones educativas. Tiene todavía mucho por contarnos.

Publicado originalmente en el portal Aporrea: Artículo

viernes, 3 de octubre de 2025

Fellini, entre orquestas y la Venezuela posible


 



Javier B. Seoane C.

En estos días que despedimos a Claudia Cardinale difícil no recordar a ese gran director de la historia del séptimo arte de calidad que fue Federico Fellini. En su gran película de 1963, “8 ½” (Otto e mezzo), Claudia es un personaje central que poco aparece. Con su propio nombre de la vida real, Claudia expresa el encanto de la belleza, la espontaneidad, a veces la pureza santa, otras la tremendura, a veces de blanco, como tantas mujeres fellinianas, otras de negro, Claudia es en 8 ½ quien termina diciéndole una gran verdad a Guido (Marcelo Mastroianni), el doble del propio Fellini: “no sabes amar porque tienes miedo de hacerlo”. A lo largo de toda la película Guido expresa una profunda crisis de sentido de la vida que se manifiesta como crisis de creatividad del director fílmico cuyo personaje representa. También nosotros parecemos sumergidos en una crisis de sentido cuando en Venezuela alzamos la mirada hacia el futuro y lo vemos tan borroso, lejano e incierto. Y pareciera del mismo modo que cuando buscamos las narrativas de las fuerzas políticas del país para superar las crisis que enfrentamos sólo encontramos que padecen una crónica crisis de creatividad, pareciera que estamos ante unos zombies que todavía caminan por estos senderos porque no se han percatado de que hace tiempo ya no viven y no hay quien los entierre por ahora. Como en el concepto gramsciano de crisis: lo antiguo no termina de ser enterrado y lo nuevo no nace aún.
Ahora bien, si Claudia nos recuerda a Fellini, el propio Fellini nos evoca otra película suya, breve, de 1978, “Ensayo de Orquesta”. El argumento nos habla de una orquesta que se declara en huelga contra el Director de la misma, todo bajo el fondo de un escenario muy deteriorado, empobrecido. Los músicos, reunidos sindicalmente, acusan al Director de mediocre y autoritario, de dictador. Estos músicos, a veces incluso enfrentados entre sí, paralizan la representación orquestal e incluso grafitan pintadas revolucionarias en las paredes del auditorio. ¡Abajo el Director! Al poco tiempo llegan a enfrentarse a tiro limpio y en un intento de demolición muere el arpista aplastado. Afortunadamente no se trataba del buen Víctor Rago. Pero no contemos más, si no la ha visto o no la recuerda procure verla, satisfacción garantizada. Como en “La Guerra de los Roses” (1989) y otras buenas pelis, “Ensayo de Orquesta” puede interpretarse como una gran metáfora sobre las prácticas políticas de nuestro tiempo, y muy vigente en la actualidad de las ultras globales y nacionales. No en vano el Director tiene acento germánico, como los ultras de hoy tienen añoranzas de la Alemania de los treinta. No hay modo de lograr nada sin un proyecto resultado del acuerdo social, y para lograr estos acuerdos hay que aguzar el oído para desarrollar una voluntad de escucha que nos lleve a otra de cooperación. No hay orquesta viable si no hay acuerdo, lo que hay es una demolición permanente hasta que no quede nada por demoler. Toda orquesta demanda una partitura que interpretar.
En el país hay un conjunto de orquestas que resultan ejemplo de un buen funcionamiento, una buena cooperación, todas bajo el paraguas del Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela, usualmente conocido como El Sistema, sistema tomado como modelo en muchas latitudes de este planeta, incluidos países de larga tradición orquestal como Alemania. Con nuestras orquestas y coros juveniles e infantiles los venezolanos hemos construido un hito cultural del que podemos estar orgullosos. Ya con medio siglo de funcionamiento, el Sistema ha contado con apoyos de gobiernos muy diferentes desde 1974 hasta hoy. Cada quien, también organizaciones privadas, han contribuido con su ladrillo en esta magnífica edificación artística. Cuando pienso en este gran logro venezolano rápidamente recuerdo otro tan grande que es hasta Patrimonio de la Humanidad: la Ciudad Universitaria de Caracas, donde orgullosamente tiene su sede nuestra Universidad Central de Venezuela. En este caso, el primer aporte lo puso el gobierno de Medina Angarita y después los siguientes fueron contribuyendo en levantar esta joya arquitectónica del modernismo en clave tropical. Frente a estos dos monumentos venezolanos, y se pueden mencionar más, hay un conjunto de obras fracasadas, que nunca llegaron a realizarse o que se convirtieron en dolores de cabeza del país, por no haber tenido la fortuna de continuarse por quienes tomaron el testigo para hacerlo. Resultan simbólicos de esto último el Helicoide, la última etapa de la Avenida Boyacá o Cota Mil, los ferrocarriles nacionales y tantos otros proyectos abandonados porque fueron formulados por adversarios o simplemente porque la estupidez aunada a la corrupción quebró el país y nos dejó sin recursos. Las partituras de esos fracasos, fueron rotas, cada quien tocó su instrumento como le vino en gana logrando así ruido en lugar de melodía, tal como los músicos de “Ensayo de Orquesta”.
Cuando nos unimos y cooperamos en la construcción de una obra determinada los venezolanos llegamos lejos, cuando disponemos de una partitura acordada, nos volvemos exitosos. No somos menos que nadie, seguramente tampoco más que nadie. Somos humanos, demasiado humanos. Y el ser humano que somos, como bien acentuó el existencialismo del último siglo, sólo se define a partir de un proyecto que dé sentido a sus acciones en el mundo. El resto de la vida animal y vegetal no necesita de proyectos, está programada genéticamente, atada instintivamente, no padece, hasta nueva noticia, de crisis de sentido. Nosotros sí. Pero el sentido que se articula a un proyecto no es una creación individual sino colectiva. El ser que soy, lo que cuento de mi y lo que quiero llegar a ser nace del seno de las comunidades que he habitado, que habito y que habitaré. Los valores que me cobijan, mi morada (moral), así como el sentido que me proyecta emergen desde mis pertenencias a la familia, al equipo deportivo, a los scouts, a la pandilla infantil… Se gesta entre los pares de la escuela, con los colegas en el trabajo, en la peña de dominó con los jubilados hermanos del alma… Y el sentido de país lo construimos y adoptamos colectivamente también a través de narrativas y acciones con las que nos identificamos, con una partitura acordada. Allí la política y lo político juegan un papel primordial, sus actores son los primeros llamados a escuchar a su sociedad para formular proyectos que articulen nuestra accionar nacional. De eso creo que carecemos. Gobierno y oposición poco ofrecen y lo que ofrecen no resulta creíble por inviable o por agotado. Parecieran querer que todos toquemos el mismo instrumento en esta orquesta, que todos seamos trombón o violín. Gustan de ponerle el mismo logotipo a toda institución cultural, sea que se dedique a las artes plásticas, la música o la poesía. Gustan de los uniformes y en materia orquestal no pasan de marchas militares. No son demócratas, no gustan de las diferencias y la diversidad. Hacen imposible la vida orquestal y orquestada. ¿Cómo pensar una orquesta sin diversidad, sin que cada quien aporte su talento al todo? La política debería estudiar más las artes coreográficas y los deportes en equipo, especialmente el relevo en el atletismo o la esencia de las orquestas y los coros.
Parte de este vacío nacional de proyecto quizá repose en nuestro empeño de destruir la orquesta, en nuestra incapacidad actual de una escucha que nos permita llegar a un acuerdo, a una partitura acordada. Se patentiza patéticamente en la falta de voluntad de un gobierno para dar muestras de que está dispuesto a enrumbar el país, a corregir terribles errores que nos han llevado a este grisáceo presente, a enmendar lo hecho, por ejemplo, con una amnistía nacional. Próximos a cumplirse ochenta años del golpe a Medina Angarita, este gobierno no quiere ostentar el valor histórico de aquel General que, con vocación civilista, pudo enorgullecerse de que entregaba su gobierno sin un preso político. Empero, por otra parte, las oposiciones, lo sabemos, son un saco de hienas, pues amo mucho a los gatos para seguir el dicho popular. Unas medran en una Asamblea, otras invocan al mismísimo demonio para deponer a sus “enemigos”, las primeras callan y sin dejar constancia de queja alguna aprueban presupuestos que no contemplan ni la más mínima mejora salarial al venezolano, las segundas son altisonantes y aventureras en el mal sentido. No hay orquesta posible entre las oposiciones ni entre estas y ese búnker que llamamos gobierno. ¡Y para colmo se nos fue Claudia!
Publicado originalmente en el portal Aporrea el viernes 3 de octubre de 2025: Artículo

viernes, 23 de mayo de 2025

Otro camino para Venezuela

Javier B. Seoane C.


Venezuela atraviesa una crisis histórica decisiva, estamos al final de una etapa. La crisis, para decirlo con la consabida definición de Gramsci, descansa en que lo nuevo todavía no ha nacido y lo viejo ya sólo da problemas insolubles. El modelo rentista sustentado sobre el petróleo ya no da los recursos para sostener las necesidades nacionales. Para valiosos especialistas (entre otros Urbaneja, Naim, Piñango, Coronil), ya desde finales de los años setenta este modelo resulta insuficiente. La creación y quiebre del Fondo de Inversiones de Venezuela en esa década se presenta como conocido indicador de los límites alcanzados por el rentismo, el Petroestado creado y la adopción desde los años cincuenta de políticas de sustitución de importaciones. De modo que no hay fuentes suficientes para cubrir adecuadamente los requerimientos para un crecimiento sostenible en el país. Por otra parte, al no haberse oportunamente modificado el modelo de desarrollo se ha llegado a una crisis de integración sistémica al generarse disrupciones y bloqueos severos en las interacciones de los sistemas económico, político y sociocultural del país. Así, a las crisis económicas de los años ochenta siguió en poco tiempo la evidencia de un quiebre social al final de esa década y de inmediato una crisis severa de legitimación del sistema político que dura, como las otras crisis mencionadas, hasta hoy. Hay también de fondo una crisis cultural que se expresa como una contradicción entre los bienes de la modernidad que la población anhela y nuestras prácticas políticas y cotidianas basadas más en vínculos primarios que en relaciones de ciudadanía (González Fabre), pero también como crisis de motivación que se refleja en la pérdida de expectativas ante el futuro y en una de sus inmediatas consecuencias: los flujos de emigración que hemos visto en el último lustro, especialmente de personas jóvenes. Cabe hablar, entonces, de una crisis histórica en tanto que agotamiento de un período que se inició hace un siglo con el paso de la Venezuela agroexportadora a la petrolera, y de una crisis sistémica en cuanto que incapacidad para integrar los sistemas económicos, político y sociocultural entre sí. La crisis sistémica se agrava con fuerza en las dos últimas décadas como consecuencia de posponer la resolución de nuestra crisis histórica, de no iniciar un nuevo capítulo en nuestra historia, sino de haber incrementado el poder del Petroestado en detrimento de los lazos comunitarios, la sociedad civil y la iniciativa privada. Curiosamente todo esto bajo el intento de instituir un socialismo rentístico (Briceño León), aunque suene a oxímoron. 

En este punto, lo único que queda es crear una nueva etapa histórica que dé base a una nueva integración sistémica que garantice nuestra integración social. Seguidamente daremos cuenta de algunas posibilidades para construir esa nueva integración, siempre con fundamento en los cuatros cuadrantes de nuestro sistema: economía, política, sociedad y cultura. Venezuela tiene muchas posibilidades de desarrollo económico. Entre estas quiero dar una tímida aproximación a las capacidades agropecuarias, turísticas y de emprendimientos vinculados a la sociedad de la información y el conocimiento. Para nada estas tres áreas agotan las potencialidades de Venezuela, cabe hablar también de emprendimientos en pequeña y mediana empresa y, por supuesto, de energía y minas. Cada región del país ofrece ventajas comparativas y vocaciones productivas que pueden impulsar algunas de estas capacidades y emprendimientos. Hay que revitalizar la producción agropecuaria nacional en su diversidad. De lograrse con éxito aumentaremos nuestra seguridad alimentaria, el aumento de la competitividad en el mercado interno y de cara a la exportación al mercado mundial. Hay, para este último mercado, productos nacionales atractivos vinculados no solo al cacao, el café, el maíz, los granos, las carnes rojas y blancas y el pescado, sino también frutas tropicales, vegetales y flores. Se precisan fuentes de financiamiento para políticas públicas que impulsen colonizar los campos venezolanos abandonados por una población concentrada en unos pocos núcleos urbanos en la región costera. Se requieren políticas que recuperen infraestructuras viales, de irrigación y acueductos, de producción y distribución de energía eléctrica y servicios públicos, escolares y de salud. La universidad pública debe repensarse para fortalecer con becas y préstamos que hagan atractiva a estudiantes las áreas de agronomía y veterinaria. En esto último, el Estado, como el gran propietario terrateniente del país, podría financiar con buenas ventajas a los graduados en estas áreas tierras para la producción. Habría que democratizar el régimen de propiedad para incentivar sistemas de granjas llamados a aumentar la productividad y a generar una clase media en los campos de Venezuela. Se requiere esta lógica de la granja, intermedia entre el latifundio y el conuco, para revitalizar la agricultura nacional con bases socioeconómicas orgánicas. Precisamos hacer retroceder al Petroestado empoderando a los agentes económicos y su capital social, independizar materialmente al ciudadano del Estado. 

Un sector privilegiado en esta transformación es el turístico, para el que Venezuela tiene sobradas ventajas comparativas, todas las de las archifamosas islas del Caribe y más. Somos el país con el mayor litoral sobre este mar. Pero somos también selva y cordillera andina. Si España, potencia turística indiscutible, se enorgullece de su eslogan “España es diferente”, Venezuela resulta bien diversa y el secreto mejor guardado de estos lares. El circuito turístico ingresa divisas directa y constantemente y las ingresa al trabajador, al ciudadano de los sectores populares, del chiringuito, el taxi y la posada, entre otros. Puede servir para organizar comunidades locales enteras. Empero, para potenciar estas bondades hace falta de nuevo fuentes de financiamiento y políticas públicas y educativas orientadas a la infraestructura y a un cambio cultural que permita el mejor trato posible al turista. Venezuela tiene una juventud dinámica, una que ha emigrado y que podría volver con su experiencia bajo mejores condiciones nacionales, siendo el caso que los que no regresen potencialmente son vínculos para establecer redes socioeconómicas rentables. Con financiamiento y políticas públicas adecuadas pueden generarse dos o tres núcleos urbanos medianos en Estados como Guárico, Mérida o Monagas, por dar ejemplos, destinados al emprendimiento en tecnologías blandas de la sociedad de la información y el conocimiento. De nuevo aquí se requiere repensar nuestra educación superior. Instituciones universitarias, empresas y Estado tienen la capacidad para articular esfuerzos y disponer de medios con que volver atractivas, mediante becas y financiamiento de emprendimientos a graduados, las carreras técnicas que nutran esta economía del presente y futuro. 

Urge rehacer el sistema político nacional bajo otros parámetros, pues desde aquí hoy se presentan los mayores obstáculos para un reconocimiento internacional que facilite financiamiento nacional. Precisamente asistimos a una de las aristas de nuestra crisis de integración sistémica: el sistema político bloquea el desarrollo del sistema económico, a su vez, la imposibilidad del crecimiento económico destruye la legitimidad del sistema político. La reconstitución institucional del sistema político exige que los actores políticos superen su actual limitación a una racionalidad estratégica orientada a la imposición de sus voluntades mediante el ejercicio electoral o, en su defecto, el ejercicio de desplazar al “enemigo”, que no adversario, por la violencia. La reconstitución institucional demanda una racionalidad orientada al entendimiento, al acuerdo razonable y reconocimiento entre las fuerzas políticas efectivamente existentes. Esta racionalidad comunicativa (Habermas) y discursiva (Apel) se ejerce bajo el principio de la mayor inclusión factible en los procesos de deliberación, tanto de los interesados como de los posibles afectados por las decisiones a tomar. Es el camino al que apuntan las teorías de la justicia (Rawls, Walzer, Dworkin) de nuestro tiempo, un tiempo marcado por la pluralidad, por la postmetafísica en el sentido weberiano de que en la modernidad los dioses han de retirarse de la plaza pública para evitar la guerra. En otras palabras, que las ideas de la felicidad, del bien supremo no pueden imponerse si se quieren evitar conflictos destructivos, que lo público demanda una ética de la justicia en la que puedan relacionarse y cohabitar, y hasta llegar a convivir, las distintas éticas del bien. 

Llegados a este punto entramos en la consideración de la retroalimentación entre el sistema político y el cultural, entre la lógica imperante de la acción política y la eticidad (Hegel) en tanto que urdimbre axiológica de una sociedad. Un êthos revolucionario, maximalista en sus aspiraciones, se rige por sus propias convicciones del bien supremo. No es de extrañar que su lógica sea la del todo o nada y sus ejes valorativos apunten a la lealtad al ideario que encarna un líder o grupo de líderes. Los ideales maximalistas revolucionarios reposan al final sobre la consabida jerarquía de vanguardia y retaguardia de la “Historia”. Bajo el ideario revolucionario frecuentemente se quiebran las instituciones democráticas que exigen el desalojo de los dioses de nuestra plaza pública. Refundar la democracia en Venezuela supone romper la lógica cultural tribal, maximalista y deficitaria en su racionalidad por la intervención de las emociones y la sed inagotable de lealtad al líder. Esta tarea es la más dificultosa, mucho más que el cambio del modelo económico. Doblar la cultura es más difícil que doblar una barra de acero templado con las manos. Es tarea intergeneracional transida por la actitud natural (Schütz) ante lo que cotidianamente somos, actitud inconsciente y prerreflexiva. Se requiere esclarecer este fondo inconsciente mediante un ejercicio reflexivo colectivo. Mas, si ya para el individuo resulta difícil superar sus problemas psíquicos personales, pues solo acude a una terapia esclarecedora cuando su malestar se torna consciente e insoportable, mientras tanto reniega de su enfermedad, mucho más difícil es para una sociedad completa superar su psiquismo colectivo. La buena noticia es que estamos desde hace ya un buen tiempo viviendo experiencias traumáticas graves que despiertan la inteligencia natural (Dewey), que por estas experiencias la gente que somos hemos ido cambiando nuestra mentalidad y logrando el entendimiento de que se necesitan grandes cambios en todos los ámbitos de nuestra vida nacional. Hoy tenemos un empresariado muy diferente al del año 2000. Comprende que su supervivencia pasa por la supervivencia de toda la sociedad generando bienestar. Del mismo modo, estoy seguro que estamos ante otro trabajador, uno que ya asocia trabajo con productividad y no con un mero cumplir una labor. Hay razones para el optimismo, si bien este tipo de cambios históricos, sistémicos y sobre todo culturales llevan su tiempo generacional. Es menester que los actores sociales, económicos y políticos consolidemos la comprensión de que estamos en otro escenario en el país, que procede tejer alianzas sobre los hilos de una racionalidad inclusiva, dirigida al entendimiento. Tejer alianzas es la clave, tejer desde las pequeñas tribus a la gran tribu país, desde la pequeña familia a la gran familia. Si nuestra sociocultura descansa en gran medida en una lógica matricentrista, explotemos entonces lo que Seyla Benhabib ha reivindicado con fuerza del êthos que se asocia con lo femenino y materno: un êthos del cuidado, de la protección y el amor, del don, de la solidaridad. Fue Durkheim quien, desde la teoría social clásica, bautizó las formas de integración social con la palabra solidaridad, cuya etimología francesa remite a la geometría, a los sólidos geométricos, a las formas consolidadas. Integrar es consolidar. Hoy para nosotros consolidar en tanto que integrar es reconocer la diversidad de nuestras vocaciones e integrarnos sistémica y socialmente como país. Por estas claves hermenéuticas parece vislumbrarse la nueva narrativa histórica de Venezuela. 

Publicado originalmente en el portal Aporrea el viernes 23 de mayo de 2025: Artículo

domingo, 9 de agosto de 2020

Notas para empezar a caminar la Venezuela del Siglo XXI

 

Notas para empezar a caminar la Venezuela del Siglo XXI

Javier B. Seoane C.

“Si el cacao fue un cultivo esclavista; si durante la época colonial apenas sirvió para erigir sobre una gleba sumisa el dominio de la alta clase poseedora que adquiría títulos y a quienes apodaban justamente, los »Grandes Cacaos», el café fue en nuestra Historia un cultivo poblador, civilizador y mucho más democrático. Algo como una clase media de »conuqueros» y minifundistas comenzó a albergarse a la sombra de las haciendas de café.”

(Mariano Picón-Salas: “Comprensión de Venezuela” en Obras selectas, ediciones Edime, Madrid-Caracas 1962; p. 107).

 

En su Antropología del petróleo Rodolfo Quintero da carácter excluyente al modelo económico que surge de los campos petroleros zulianos. Se trata de una economía que requiere de inversión de grandes recursos financieros por sus requerimientos tecnológicos, a la par que genera grandes capitales. Moviliza mucho dinero y absorbe muy poco trabajo. Cuando se instala en un país pobre, desolado por decenas de batallas, entre ellas la del paludismo junto con otras graves endemias y una larga expoliación colonial, el campo petrolero se vuelve un lugar de atracción para el famélico campesino, abandonará su sabana o su conuco en busca de un destino mejor para sí y para los suyos. Atrás quedarán sus pobres chozas vueltas casas muertas. Simón Díaz y Alí Primera, entre otros, ya nos cantaron sobre ello. Otros bien lo escribieron en novelas, cuentos y ensayos. No obstante, en el campo sólo muy pocos encontrarán trabajo y los más quedarán a modo de satélites orbitando en los alrededores constituyendo una economía marginal, una de chiringuitos y prostíbulos, de servicios ocasionales y alguna que otra vez criminal. Del campo petrolero irradia suficiente poder monetario para sostener ese cinturón socioeconómico marginal que se extiende mientras adentro, en el mismo enclave, las canchas de tenis y las quintas prosperan rodeadas de las cercas que bien describió Díaz Sánchez.

Al modo de una Matriuska rusa, Quintero va comprendiendo cómo desde el campo va emergiendo paulatinamente la ciudad y luego el país petroleros. Cada muñeca idéntica a la anterior pero en una escala mayor. Con el gran polo magnético de la economía petrolera se constituye un país que hasta ayer (1930) era más un archipiélago (Pino Iturrieta) que un continente. No podemos aquí desarrollar todo lo que se hizo, desde el túnel más largo del mundo hasta una ciudad universitaria maravillosa, desde un hotel inútil en las alturas de una capital hasta erradicar el paludismo y cientos de enfermedades y con ello alargar la vida de los venezolanos. Mucho se hizo, mucho muy bueno y otras cosas no tan buenas. Lo que queremos destacar ahora es más bien una imagen de lo que costó: hemos padecido las consecuencias de una revolución industrial sin industrialización. Los mosaicos que Dickens describe de la Inglaterra decimonónica los conseguimos por doquier en las esquinas del país, pero sin fábricas. Hoy, cuando por distintas razones ya no da más el Estado rentista para seguir creando la ficción económica de país en “vías de desarrollo”, urge constituir otra realidad, otra realidad económica, social, política, cultural… Humana, sobre todo humana.

Cualquier discurso de reconstituir la democracia, la sociedad civil, las libertades y los derechos humanos tiene que pasar necesariamente por proyectar ese otro país social, económico y cultural. La democracia usada como “significante flotante” (Laclau) puede servir a las batallas por la conquista del poder político en países con una clase media relativamente estable en sus crisis, pero resultan inútiles si se pretende tejer otra Venezuela. La democracia supone inclusión hasta en la Atenas de Pericles —lamentablemente el concepto sociocultural de lo humano era en aquel mundo griego lo excluyente. Reconstruir un tejido democrático en el país pasa por establecer las bases de una sociedad y economías que puedan independizarse de un Estado ya en ruinas.

La economía petrolera y minera es ya menos futuro que ayer. Venezuela no puede seguir siendo el exportador de naturaleza que ha sido desde la conquista española de Cubagua. Venezuela tiene que tejerse sobre la urdimbre de un modelo productivo e inclusivo, diversificado a lo largo de sus potencialidades regionales gratas para que florezca un turismo con vocación ecológica; una agricultura y ganadería que den vida a la tierra y permitan colonizar con venezolanos a Venezuela (Simón Rodríguez); una pequeña y mediana industria que se sirva de esas potencialidades, entre ellas las de un venezolano obligado siempre a ser creativo en lo más positivo de su viveza criolla; una sociedad de conocimiento y fomentadora de tecnologías livianas a partir de nuevos núcleos urbanos que den cobijo a una juventud que en camino viene y otra que volverá. Venezuela, no lo dudemos, tiene otros rumbos, el petrolero y minero es sólo uno, y, como sabemos, no el mejor.

El turismo hace independiente a su empresario, a su trabajador, distinción que urge superar en la visión de que todos somos mujeres y hombres de empresa, que es decir trabajadores. También la agricultura y la ganadería, la sociedad del conocimiento y la pequeña y mediana industria hacen independientes al venezolano. Desde allí podrá constituirse otro Estado, uno que viva de su sociedad y no al revés, uno que entonces, y sólo entonces, podrá volverse efectivamente democrático. Mas, para ello, para que no se quede todo en buenos deseos, en deseos que nada preñan, Venezuela tiene que repensarse y analizar sus actuales y muchos déficits, entre ellos: superar un Estado paquidérmico, volverlo eficiente y generador de justicia social; su carencia de recursos financieros, resultado en parte de falta de credibilidad y fortaleza institucional; superar una serie de actitudes psicosociales construidas desde una mentalidad cuasimítica y “positivista” que siempre juzga al venezolano en una perpetua minoría de edad, una especie de pesimismo sociológico hispanoamericano, para decirlo con Augusto Mijares; y, destaquemos como déficit mayor, el poco carácter orgánico de nuestra sociedad, nuestro déficit serio de organización, el más serio quizás, en otras palabras, nuestra muy grave carencia de capital social.

¿Tenemos material los venezolanos para superar estos y otros déficits? Pues el mismo que tienen los alemanes, los japoneses, los warao, los chinos, los sudafricanos o los indios. Genéticamente no tenemos mayores diferencias ni tampoco las hay entre los bebés de los retenes de nuestras maternidades una vez que nacen, salvo por los gravísimos problemas de desnutrición que hoy padecen nuestras madres. Los problemas a superar que hemos mencionado vienen después del nacer, algo después: en las condiciones sociales que contribuyen a formar la persona que somos. No cabe en este artículo desarrollar la naturaleza de las condiciones deficitarias nombradas y las vías de su superación. La magnitud de esta tarea no es personal sino colectiva, sólo un concierto de instrumentos muy diferentes en manos de una coreografía de múltiples actores puede pintar el cuadro en el que se proyecte el país polifónico que anhelamos. Prometemos, no obstante, ofrecer esbozos en próximos artículos para fomentar el diálogo razonado en torno a la empresa llamada Venezuela que podemos realizar conjugando inteligencia y buenos deseos.

Mariano Picón-Salas fue uno de no pocos pensadores que amó la venezolanidad. Se dedicó a comprendernos. Entendió bien, como se lee en el epígrafe de este escrito, que lo sociocultural, lo político y lo económico no se tejen por separado. En sus páginas, y en las de muchos otros que oportunamente mencionaremos, encontraremos buena savia para nutrir el pensar para el caminar propuesto. Simón Rodríguez nos orienta: colonicemos a Venezuela con venezolanos.

Caracas, agosto de 2020

 

sábado, 27 de abril de 2019

Los relojes públicos de Caracas (Javier B. Seoane C.)

Javier B. Seoane C.
A mis sobrinas Carmen Amalia y Abril Valentina

Hace apenas poco más de medio siglo Caracas era un entorno urbano sin grandes edificaciones y sin mayor extensión más allá de su centro fundacional: la plaza Bolívar, otrora Plaza Mayor, con sus respectivos centros de poder político, militar y eclesiástico. En alusión a las tejas de sus pequeñas casas, le decían “la ciudad de los techos rojos”, sintagma atribuido a uno de sus cronistas: Enrique Bernardo Núñez. Alrededor de la reducida ciudad imperaban aún los vestigios de haciendas cafetaleras y algún que otro trapiche para procesar caña de azúcar. Pero todo ello cambió a partir de los años cuarenta, volviéndose progresivamente la capital de un poderoso petro-estado que, cual nuevo rico, no escatimó en gastos para llevar a cabo un acelerado proceso de modernización. Se construyeron entonces lujosos hoteles y se atravesó la ciudad por amplias autopistas con complejos distribuidores para conectarlas entre sí y, cuyos enredados tramales, les dieron nombres apropiados a los mismos: el pulpo, la araña, el ciempiés. Sobre aquellas autopistas, imponentes como las de cualquier metrópolis estadounidense de la época, circulaba un parque automotor a la moda y de gran cilindrada. Prosperaron, además, los centros comerciales y alguno de ellos, construido alrededor de una roca, objeto de reflexión de nuestro querido Diego Larrique, hasta fue diseñado para que los automóviles entraran hasta los mismos pisos de las tiendas. Grandes salas de cine, cobijadas por sendas edificaciones, se estrenaron y, a las dos o tres décadas, fueron derrumbadas para alzar en sus lugares portentosos centros financieros y nuevos centros comerciales sobre los cuales se levantaron rascacielos de oficinas recubiertos por espejos para reflejar su inmensidad ─y también propagar el caluroso clima del trópico e incrementar el consumo energético en climatizadores.

Aquel vertiginoso crecimiento urbano se desaceleraría a partir de los años ochenta. Uno de las últimas edificaciones de centros bancarios, con helipuerto incluido, próximo al centro de la ciudad, no se concluiría debido al desplome del sistema financiero en 1994. Paradójicamente, se transformaría por años en una favela vertical ocupada por miles de habitantes sin techo que, poco a poco y por los menesteres de la pobreza, terminarían deconstruyéndolo en parte, vendiendo sus vidrios de espejo, sus marcos de aluminio, y todo lo que se pudiera depredar de la mole de más de cincuenta pisos. Así se transformó Caracas, con la violencia de olas de modernización que durante unas pocas décadas borraron la infraestructura rústica de un pasado agrícola y artesanal. Olas modernizadoras que crearon una urbe con muchas de las bondades de la técnica y la tecnología al uso, dispuesta para el consumo abundante y barato de gasolina ─aunque con severas carencias de aceras para el tránsito de los peatones en muchos de sus lugares, pues la Caracas del siglo XX no se hizo para caminarla sino para atravesarla en auto.

¿Se puede borrar una mentalidad, un espíritu cristalizado por siglos, con la misma fuerza y prontitud con la que un bulldozer derriba la casona de una antigua hacienda? Cuando Max Weber esboza el espíritu del capitalismo como una de las máximas expresiones de la modernidad acude a una serie de pasajes de Benjamin Franklin cuyo denominador común es el deber de aprovechar el tiempo al máximo. “Time is money”, nos dice Franklin. En él, y en su frase repetida hasta la saciedad, se personifica el espíritu del moderno capitalismo, espíritu para el que el reloj se vuelve una máquina vital. Mecanismo que regula otros mecanismos de la técnica pero también a organismos biológicos como el nuestro, el humano. Se dice que el hábito hace al monje. Se dice, igualmente, que el reloj apareció en los monasterios medievales de monjes para ordenar las horas de rezo y de labores. Puede decirse entonces que, a cierta altura, el hábito de los monjes fue regulado por el reloj. Weber, por su parte, nos legó la imagen de que la reforma protestante incorporó en los cuerpos de sus mujeres y hombres una rigurosa disciplina de vida en la que el reloj, y particularmente el reloj de pulsera ─el watch que nos observa, que nos vigila─, reguló nuestros hábitos, disciplinó nuestros cuerpos. La lógica temporal del monasterio salió de sus puertas y, yuxtapuesta con la lógica de las revoluciones modernas de la ciencia, la industria y la sociedad modernas, emergió la lógica de las metrópolis del mundo de los últimos siglos. Georg Simmel, al respecto, se pregunta qué sería de la Berlín de 1903 si fallaran los relojes por unos pocos minutos. Y vaticina el caos apocalíptico, tal como lo vaticinó el llamado “error del milenio” para las metrópolis del año 2000.

Toda gran capital que se precie de tal está atravesada por ríos de ciudadanos que se entrecruzan tan mecánicamente como mecánicos fueron sus respectivos relojes pulsera hoy vueltos digitales tras la revolución cibernética. En una capital así no faltan lugares altos, visibles para casi todos, sendos relojes que marcan la hora pública. Muchos de esos relojes, como el del Big Ben de Londres o el de la Plaza del Sol de Madrid son centros simbólicos de la ciudad.




  
Los madrileños no llegan, por supuesto, al grado de obsesiva precisión de los londinenses, quienes han dispuesto relojeros de turno, todos los días y a toda hora, para atender de inmediato cualquier emergencia que acontezca al archiconocido reloj. La regla es que no se atrase ni un segundo en ningún momento.

Caracas no es menos. Dispone a granel de habitantes con digital watches y no faltan relojes públicos en sitios de simbólica altura, si bien ya no con tanta abundancia como en el siglo pasado. Pongamos dos casos: los del edificio de La Previsora y el de la Ciudad Universitaria, dos relojes muy lógicos para sitios igualmente lógicos.



El nombre del primero ya nos indica algo. Prever, caro verbo para la personalidad moderna, resulta buen negocio para la ramificación del capital financiero dedicado a los seguros. “La Previsora” es el inmejorable nombre de una compañía aseguradora cuya sede está en un edificio emblemático de Caracas del mismo nombre y con forma piramidal siendo, si se quiere, bastante faraónico para la ciudad caribeña de 1973. Presidiendo “La Gran Avenida” que conduce a la Plaza Venezuela, ocupa un lugar estratégico del valle que lo hace visible desde múltiples ángulos. Orgulloso en su cúspide ostenta su reloj, aún hoy el más referencial para el citadino de estos lares. Súper moderno para la época, con guarismos apropiados a su digitalidad e iluminado por potentes luces fue hecho, qué duda cabe, para marcar la hora de la Ciudad, una con la precisión del seguro que se vence un segundo después de las doce del mediodía si no lo has renovado con la oportuna previsión. El reloj te recordará una y otra vez que debes hacerlo.

En cuanto al segundo, que hoy forma parte del Patrimonio Arquitectónico de la Humanidad, pues la UNESCO ha considerado a la Ciudad Universitaria de Caracas una síntesis de las artes, una ciudad museo de valioso estilo modernista, fue construido próximo al Edificio del Rectorado de la Universidad para señalarle la hora a la comunidad universitaria. Y es que no puede concebirse una universidad moderna sin la precisión horaria de las entradas y salidas de clases. Durante ya varias décadas, con su forma de reloj de arena, marca los minutos en sus tres caras analógicas con agujas amarillas sobre fondo negro, para que con este contraste su visibilidad sea indudable. Centenares de promociones de egresados se han fotografiado al pie de este simbólico reloj.

Lo curioso de estos relojes de Caracas es que nunca podemos estar muy seguros de qué hora dan, pues no en pocas ocasiones su hora pertenece a otras latitudes, algunas hasta muy distantes, mientras que en otros momentos se asemejan a los relojes de esa pesadilla del Dr. Isak  de las “Fresas Salvajes” de Bergman, relojes que no dan ninguna hora, sin agujas, sin guarismos, pertenecientes a unas calles fantasmagóricas, más propias de unas “casas muertas” que de una boyante capital con portentosos centros financieros y académicos. Cortesía de youtube, y gustoso de que la genialidad narrativa de Bergman opaque mi mal nutrida prosa, os dejo esa pesadilla, que no sé por qué tanto me recuerda a nuestro presente venezolano:


De vuelta a nuestro tema, carecemos los caraqueños de la obsesión de los londinenses por la exactitud de la hora. A nuestras “casas muertas” no entró el tiempo mecánico de la revolución industrial y de la mecánica celeste newtoniana. Nuestros relojes públicos manifiestan cierto anhelo de algunos previsores que quisieron que entrara dicha temporalidad, desde el colonial de nuestra Catedral hasta el que nunca operó de la vieja “Torre Bazar Bolívar” en El Marqués, pues lo agarró de inmediato el “viernes negro” de 1983.  
Mas es falso que la historia sea de los previsores, la historia es facticidad de nuestro ser arrojados al mundo, de nuestro ser-en-el-mundo (siempre con el querido Heidegger) hecho mundo-de-la-vida, Lebenswelt (y ahora con el querido Husserl de la Krisis y las luces de Alfred Schütz). Los previsores y los genios trascienden los límites culturales de una época siempre y cuando esa época esté preparada para crearlos y luego aceptarlos. Nuestra apropiación pública del tiempo no es la londinense, no puede serlo, no somos protestantes y mucho menos industriales y posindustriales. Somos una sociedad sufrida, como tantas otras. Pero, y al igual que toda sociedad, sufrida a su manera. And our way de sufrimiento está marcado por una colonización muy diferente de la norteamericana, por una institucionalización tardía de dicha colonia (S. XVIII), por un siglo XIX de guerras intestinas y no intestinas brutales y por un siglo XX cuasi-mágico (con la línea Uslar-Cabrujas-Coronil) de la mano de la lotería de la “riqueza” petrolera. Medio milenio de cambios bruscos, de miseria palúdica y American way of life. Pero en estos cambios bruscos hay líneas de continuidad. Una de ellas es que a lo largo de todo este tiempo cada hēgemṓn ha concebido al país como un gran campo minero. Así lo vio el conquistador originario y convirtió a Cubagua en un desierto caribeño. El mantuano se propuso cultivar la tierra pero sólo para explotarla y vivirla él en París o Londres. Luego, con el “excremento del diablo” ni hablar. La Venezuela miserable, palúdica y analfabeta, archipiélago (Pino Iturrieta) de 1901 puso su empeño en ponerse al día insuflando modernización con renta petrolera. Cuando el proceso rentista culminó su destino en el “socialismo del Siglo XXI”, cuando el paroxismo revolucionario de las estatizaciones y el prejuicio a todo lo privado en economía alcanzó su culmen, nos ha quedado entonces la “Sabana” de Símón Díaz o el “Ruperto” de Alí Primera, nos han quedado las Casas Muertas de Otero Silva otra vez.

La historia humana es facticidad, está en los mundos-de-la-vida. No podemos vivir los relojes como los londinenses, para nosotros son más bien curiosidades, ornamentos citadinos y los watches no nos vigilan. Pasee usted por el metro de Caracas (cuya temporalidad tampoco es muy mecánica por cierto) y fíjese en esos watches de mujeres y hombres. Se sorprenderá de que muchos tampoco muestran la hora local, bien porque están detenidos por algún desperfecto, bien por algún enigma que no podemos develar por ignorancia. Eso sí, adornan muy bien las muñecas de nuestras gentes.

Lebenswelt o mundo-de-la-vida ha sido una categoría fundamental de la cultura de la ciencia social contemporánea. Alfred Schütz y Thomas Luckmann en Las estructuras del mundo de la vida (traducción por Néstor Míguez editada por Amorrortu) nos lo presentan como nuestro mundo circundante y compartido, presupuesto intersubjetivamente y hecho parte del sentido común, incuestionable hasta que los hábitos de nuestras prácticas dejen de funcionar en la solución de los problemas cotidianos. Por ello, el Lebenswelt resulta pre-reflexivo, marcado por la actitud natural, contrario a la duda metódica cartesiana. “Nací en él y presupongo que existió antes de mí”, nos dicen los autores. Y siguen: “Presupongo además que la significación de este «mundo natural» (que ya fue experimentado, dominado y nombrado por mis predecesores) es fundamentalmente la misma para mis semejantes que para mí, puesto que es colocado en un marco común de interpretación.”. El Lebenswelt constituye nuestra realidad por excelencia, incuestionable salvo por cuestionadores de oficio, siempre “un poco loquitos”. ¿A quién carajo se le puede ocurrir si no que los bellos bulevares de nuestras ciudades son aparatos urbanos de control social ante potenciales motines? No a la parejita de novios que atraviesa el suyo tomados de la mano camino del cine ni al transeúnte que apurado quiere llegar a “La Previsora” para renovar su póliza de la ahora compañía estatizada por la revolución. Sólo a unos ociosos, a unos “loquitos” se les ocurre volver el bulevar un aparato de dominación de clase. Nunca al sentido común del Lebenswelt.

En el Lebenswelt de una sociedad que nunca fue industrial por estar al margen de la conquista moderna del mundo; en el Lebenswelt de una sociedad que “mágicamente” levantó aerolíneas comerciales (dicen que la venezolana Aeropostal fue la quinta aerolínea comercial del planeta), ciudades universitarias maravillosas, autopistas como las de California pobladas con lujosos autos made in Detroit y demás enseres domésticos de la modernidad; en ese Lebenswelt no surgido de la misma tierra, del trabajo de hormiguita de miles y miles de humanos a lo largo de muchas décadas, los relojes mecánicos y ahora digitales no constituyen ese centro vital de “biopoder” que son en Berlín o Londres. ¿Un relojero de turno las 24 horas por los siete días de la semana para vigilar el preciso funcionamiento del reloj? Hay que ver vainas. Estos londinenses están locos e’ bola.

No vivimos los relojes de la misma manera queridos. Los relojes son artefactos muy distintos para cada mundo cultural. Nosotros no somos locos e’ bola. Somos soleados y relajados. ¿Bondad o maldad en ello? Ninguna a priori. Por lo pronto, me quedo en este mundo pues no saben cuánto amo los cielos de la sultana del Ávila y sus escandalosas guacamayas del alba y el ocaso, quizás como hoy el gran Hugo Pérez Hernáiz ama su torre de Almanza y mi Némesis las anchas avenidas de Madrid. Pues de lo que se trata es de arraigarnos como se arraigan los árboles, de apropiarnos de nuestros mundos, de no ser perpetuos extranjeros. Hoy más que nunca nuestra Venezuela necesita que dejemos atrás nuestro ser-mineros. Lo necesita Carmen Amalia y Abril Valentina, lo necesita Hugo y Némesis, lo necesitamos con urgencia todos.

Caracas, 27 de abril de 2019
Feliz cumpleaños madre.

Va sin parches por vainas emocionales.