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viernes, 3 de abril de 2026

La amenaza de la sociología

Javier B. Seoane C. - www.aporrea.org


En realidad la amenaza parece ser de todas las ciencias sociales, quizás, más bien, de todo lo que sea realmente ciencia, a menos que, por supuesto, se trate de una enseñanza "caletrera" de resultados de la ciencia natural, jamás una educación en los métodos críticos de la producción científica. Me refiero a la reciente genialidad de la Junta de Gobernadores de Florida que suprime la sociología como asignatura introductoria obligatoria de las universidades públicas de ese estado. Todavía no han llegado al plano de Pinochet de eliminar todo lo que sea sociología de la educación en cualquier nivel, no se han atrevido a tanto. Por el momento, la relegan a una materia electiva, probablemente pronto ni eso será. ¿Por qué esta decisión? ¿Qué tan peligrosa puede resultar la sociología?

Las ciencias sociales, y particularmente la sociología y la antropología social, constituyen un subsistema social de autoobservación. Explico. Si concebimos toda sociedad política como un sistema complejo integrado por muchos subsistemas (económicos, políticos, culturales, científicos), las ciencias sociales forman uno de esos subsistemas cuya finalidad es observar y estudiar la constitución del sistema completo y su evolución. En tal sentido, su creación es el intento de hacerse más inteligente la sociedad humana dando cuenta de sí misma para corregir sus problemas y lograr convertir su sino en destino razonablemente elegido. El sino es el destino ciego, propio del género de la tragedia, aquel que se cumple por sí mismo y debido a nuestra ignorancia de lo que un otro ha decidido por nosotros. En cambio, la ilustración siempre ha sido la actitud que ha luchado contra el sino, los mitos y los prejuicios irracionales. La ilustración es la actitud del sujeto en lucha contra sus opacidades, en aras de autoesclarecerse para procurar conducir su vida de la mejor manera posible. La ilustración es, pues, la actitud de quien se autoobserva para vencer sus cegueras, sin la esperanza de alcanzar la luz plena, plenitud que no está reservada para nuestro ser fáctico y finito. Esta actitud ha acompañado a la humanidad siempre y al menos desde el mito platónico de las cavernas se ha vuelto consciente de sí misma.

Las ciencias sociales se hallan al final de ese largo camino que arrancó de aquella caverna hasta el día de hoy. En los últimos quinientos años de este extenso trayecto los dogmas y las mitificaciones se combatieron con el poder crítico de la ciencia y sus revoluciones. Primero fue la revolución astronómica contra el dogma geocéntrico. Siguió después la revolución de la física y, una vez establecidas las bases de la materia, se pasó luego a la revolución de la combinatoria de la materia, de la cartografía material de esta casa cósmica que habitamos, esto es, de la transformación de la alquimia en la química moderna. Entonces, ya en el siglo XIX, emergió la diferenciación que supone la materia orgánica e hizo entrada la revolución de la biología. La ciencia se encontró con la maravillosa diversidad de la vida, hoy amenazada por doquiera por unos intereses económico-políticos insaciables. Y en la fantástica diversidad de la vida la ciencia distinguió una vida menesterosa de sentido y significado, una vida que si bien enmarcada en la condición material biológica tenía aspiraciones espirituales, una vida que no sólo luchaba por la autoconservación y reproducirse sino que se preguntaba cómo sería la mejor manera de hacerlo, pues esta vida descubrió que había muchos modos de hacerlo. Se trata, sin duda, de la vida humana, una vida que ha nacido de la diversidad biológica y ha producido la diversidad cultural. Así, de la biología llegamos a las ciencias sociales modernas que, con alguna excepción, han nacido durante la última mitad del siglo XIX. Hasta la misma palabra "sociología" fue acuñada por Comte hacia mediados de aquel siglo. Estas últimas ciencias de lo humano cobraron fuerza con la psicología, pero pronto se descubrió que el individuo no se basta a sí mismo, que la persona que somos es un entramado de sentidos cargados de valores y actitudes que no hemos inventado aisladamente sino que antes, como el lenguaje mismo, son una creación social y cultural, una creación por la que damos la misma vida biológica. Por una bandera, por una cruz, por un ideal, por un amor damos la vida. ¡Qué extraño animal es el hombre!, dice cervantinamente un personaje canino en "La Niebla" de Miguel de Unamuno. Sí, extraño, pues extraña en el reino animal es la vida que no se conforma con su circunstancia biológica y sólo se completa con su circunstancia espiritual, circunstancia esta que sólo encuentra su ser en nuestro ser social. Las ciencias sociales llegan de este modo a un punto definitivo en el largo recorrer de la actitud ilustrada con el reconocimiento de que la mejor vida humana pasa por autoconocernos como sociedad para organizarnos del mejor modo posible mediante el conocimiento y su aplicación en políticas públicas.

Desde el comienzo de la sociología su categoría por excelencia ha sido la de "integración". Lógico, puesto que ha surgido en el contexto de los estruendosos cambios políticos y económicos de la revolución francesa y las revoluciones industriales, de las consecuencias desintegradoras del antiguo orden de estas revoluciones y de los problemas surgidos por la pobreza, la criminalidad y demás formas anómicas del mundo contemporáneo, problemas que han amenazado hasta la actualidad la integración social, tanto dentro de las sociedades políticas como de la propia comunidad internacional. La sociología siempre se ha preguntado si podremos vivir juntos dadas las condiciones de concentración de los poderes militar, económico y político en cada vez menos manos y a costa de la seguridad de la mayoría. La respuesta predominante es que, a menos que ocurran profundos cambios democratizadores de estos poderes, difícilmente podremos vivir juntos sin derramamientos de sangre y quizás sin aniquilar la vida misma en toda su diversidad. La sociología, en este sentido, ha sido una ciencia que nos ha ilustrado sobre las estrategias del poder y sus modos de dominación, estrategias basadas en procurar justificaciones a las exclusiones del poder de las grandes mayorías. Junto con otras ciencias, la sociología ha mostrado que estas estrategias carecen de base real más allá de prejuicios enraizados en la propia dominación como lo son, entre otros, los racismos, la misoginia, la homofobia o el mito de la pena de muerte como castigo ejemplar. Por su parte, la antropología nos ha abierto un catálogo frondoso en páginas en torno a la diversidad de las expresiones humanas, desde nuestras formas de vestir, comer, casarnos hasta nuestras formas de encarar la muerte.

Si pensamos lo dicho, estas ciencias constituyen un peligro para el estatus quo de los dominadores. Ellos las quieren, pero como una especie de surtidores de informes "top secret" para así vigilar los desafíos que enfrentan hoy y se ciernen sobre su futuro. Quieren conocer bien a sus potenciales adversarios y evitar que se empoderen. Ellos quieren sociólogos, antropólogos y demás cientistas sociales serviles a sus pretensiones acumuladoras de poder. A cambio de buenos bozales de arepas habrá quien les sirva. Lo que no quieren es la democratización de estas ciencias mediante la educación pública. Con un sólo centro formador de estos cientistas, por allá en la apartada Harvard, bastaría. No resultará extraño que califiquen estas ciencias como "progresistas", un eufemismo para acusarlas de izquierdistas, enemigas del buen "orden" establecido. Olvidan con intención que estas las mismas fueron tan críticas de sus intereses como de las aberraciones autoritarias, y cuando no totalitarias, de los llamados socialismos reales. Por más que se tongonee, a la Junta de Gobernadores de Florida se le ve el bojote de su reforma educativa, reforma que atenta contra una democracia autoilustrada al modo que gustaría al recientemente fallecido Habermas, una democracia bien informada y dotada de los mejores conocimientos y saberes para tomar sus decisiones sin exclusiones de los implicados y afectados por esas decisiones.

Veamos, sin embargo, que la decisión de la Junta de los Gobernadores de Florida no se trata de una "rara avis" . En nuestra casa, en Venezuela, la sociología fue confinada a un año del "Bachillerato en Humanidades", un bachillerato que se estudiaba en muy pocos lugares y que cierto prejuicio calificaba como "bachillerato de vagos" (seguramente faltó agregar: "y maleantes"). Luego, la revolución del socialismo real acabó con ese bachillerato guetizado y la sociología, reducida otrora a los habitantes del gueto, desapareció. Esta realidad nacional es la realidad de muchos otros países. Como en el nuestro, un bachiller, a menos que le dé por ser autodidacta, entra en muchos países a la mayoría de edad y al ejercicio de su ciudadanía desconociendo cómo funciona su realidad económica, cómo se financian sus partidos políticos, cómo son otras formas culturales, cómo funcionan sus instituciones sociales en la distribución de poder… Probablemente le hayan enseñado de memoria qué es un batracio o la fotosíntesis, y con suerte qué es un verso alejandrino (lo que para nada significa disfrutar de la creación poética), pero difícilmente le hayan informado cómo el sector financiero logra sus beneficios o las potencias mundiales imponen sus intereses. La "educación" que la dominación quiere es la de unos ciegos que creen ver, y más aún en los tiempos de la posverdad. Para esta "educación" la sociología obviamente molesta, y mucho. Es toda una amenaza.

viernes, 30 de enero de 2026

¿Una sociedad sin sociedad?

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En la página 124 de "Las crisis de la Venezuela contemporánea (1903-1992)", Manuel Caballero alude a la conocida crítica de la intromisión de los partidos políticos en cualquier ámbito de nuestra sociedad, por ejemplo, a la crítica de que adecos y copeyanos intervenían en las elecciones de los gremios, los criollitos de Venezuela o hasta en la elección de la respectiva reina de carnaval. La crítica, a su entender, no era muy exagerada. Como él llega hasta 1992 en su libro, creo que tampoco sería exagerado decir que la cosa no sólo ha continuado sino que en su cronificación se ha agudizado, no sería exagerado afirmar que hoy un solo partido político ha intervenido, cuando no capturado, prácticamente cualquier instancia de organización social del país, calle por calle, cuadra por cuadra. En otras palabras, el tejido social se supedita a intereses partidistas, aumentando los controles sociales del Estado, a su vez capturado por el mismo partido. Caballero explica la cuestión en la misma página, dice que "...al aparecer en la escena venezolana, los partidos políticos contemporáneos estaban actuando en terreno virgen. En efecto, en las sociedades de más larga historia política, los partidos no suelen encontrarse solos en el escenario social.". Se refiere nuestro historiador al hito histórico de 1945, a la etapa que se inicia con el golpe de Estado de un grupo militar con la cúpula adeca para desplazar el gobierno de Medina.

Precisamente el gobierno de Medina ya había hecho unos primeros intentos por crear tejido en la sociedad civil. Aprovechando el poder del Estado reunió a empresarios para formar su gremio: Fedecámaras. Igual emprendió el camino impulsando otras instancias gremiales y reforzando las pocas existentes, como fue el caso del sector de los educadores, que ya venía de poco antes, o del sector de los ingenieros. Luego el trienio 1945-1948 promovió, entre otros, la federación campesina y los sindicatos laborales, si bien quedaron capturados por el partido. Véase bien, las organizaciones civiles y comunitarias, salvo excepciones, no emergieron de un largo proceso de formación histórica, de forma independiente, motu proprio, sino que los partidos en control del Estado las fundaron. El carácter orgánico de la sociedad, es decir, la sociedad organizada en asociaciones civiles y comunitarias de acuerdo con sus respectivos intereses sectoriales, fue creado desde arriba, casi que decretado. A esto se refiere Caballero con terreno virgen que se consiguieron los partidos, un terreno social todavía no formado, no asentado históricamente. Dicha virginidad tiene un anclaje en nuestra turbulenta historia republicana.

Nuestro siglo XIX fue de lo más devastador del continente. Nuestra independencia fue en parte una guerra civil y en parte una guerra con España, una especie de round robin, un todos contra todos bélico. Luego, a nuestros libertadores se les ocurrió continuar la empresa independentista en otras tierras. El proceso fue muy duro. Bolívar mismo al final de sus días, y vistas las divisiones generadas, se pregunta sobre el sentido de tamaña empresa una vez que hay que reconstruir casi todo. Pero la demolición sociohistórica no concluye con la independencia. El siglo XIX venezolano es una alternancia de momentos de paz para construir instituciones con momentos sangrientos como la Guerra Federal. Lo que se comenzaba a levantar se destrozaba al poco tiempo. Y así hasta la llegada de Gómez, cuando el propio Caballero dice que se puso fin a la Venezuela de a caballo, la de los caudillos regionales y sus enfrentamientos.

Elaborar tejido social lleva tiempo, el arte de tejer alianzas y organizaciones supone asentar relaciones que perduren más allá de una o dos generaciones. Pero este tejer se hace imposible si tu casa recién levantada es arrasada por los ejércitos enfrentados. No hay tiempo para arraigarse, para echar raíces. Quizás la excepción fueron las regiones andinas debida a la escarpada geografía que las protegía de los conflictos, pero también hasta tiempo reciente las mantuvo incomunicadas del resto del país, un resto que se levantaba y caía una y otra vez. Fue el largo período de Gómez el que comenzó a construir la estabilidad mínima para empezar a tejer una sociedad orgánica, poco a poco, y, eso sí, sin meterse con los intereses del tirano. Fundó el ejército nacional, fundamental para el Estado moderno en el clásico concepto de Weber: un Estado caracterizado por el monopolio del uso de la fuerza. Comenzó a generar unas cuentas nacionales y a armar el aparato burocrático requerido para ese Estado moderno. Así, la Venezuela propiamente republicana comienza a nacer hace un siglo, muy poco en la historia de una formación social.

Se logró en las primeras décadas del siglo XX una estabilidad mínima para empezar a hacer sociedad. No obstante, pronto entró en escena una economía que como la petrolera poco facilitó la tarea de tejer vínculos sociales permanentes. El petróleo ha movido al mundo industrial de los últimos 150 años. Ha sido el centro energético del planeta. Se trata de una economía portentosa en la entrada de recursos monetarios. En Venezuela ello fortaleció a su propietario, el Estado. Este se transformó en un gigante con pies de barro, poderoso económica y militarmente pero sin mayor tejido social, capturado un tiempo por las fuerzas armadas y otra por unos partidos políticos que, en cuanto tales, repetían la historia del propio Estado, esto es, organizaciones políticas controladas por sus cúpulas ante el déficit organizacional de sus militantes. En nuestro país, desde la familia hasta el Estado, pasando por distintas instituciones sociales, se reproduce una estructura piramidal en el sentido de un orden jerárquico gobernado por un caudillo o unos pocos, una camarilla, un cogollo, una cúpula. En la base de la pirámide no hay socios, sino individuos poco relacionados entre sí vinculados a través del jefe, se llame este madre, secretario general o presidente. Por eso el Estado, capturado por estos cogollos, carece de efectiva base sociológica, sus pies son de barro pero con mucho poderío económico y militar generador de una constante dependencia de toda la sociedad. Como decía Uslar, y no sólo Uslar, la sociedad vive del Estado y no el Estado de la sociedad. O para decirlo con Mercedes Pulido de Briceño: en Venezuela el gobierno, apropiado del Estado, puede darse el lujo de darle muchas veces la espalda a la sociedad, gobernar casi que sin ella, gobernar aunque ella muestre que no quiere ser gobernada por ese gobierno. Un clásico de la teoría social como Durkheim califica esta situación como una monstruosidad sociológica, pues el Estado puede aplastar al individuo a falta de la mediación de las organizaciones sociales. Si esta fotografía es real, entonces la democracia siempre será más un deseo que una realidad, y como bien dice la sabiduría popular, deseo no preña.

"¿Con qué se come la sociedad civil?" dijo un Vicepresidente de la República de apellido Miquilena. ¿Se acuerdan? Comenzaba la deriva de la última etapa histórica, una que a veces inspirada en Ceresole se sentía agradada con el lema "un caudillo y un pueblo", sin mediaciones, sin organicidad. Y, sin embargo, por otra parte se trató de impulsar la construcción de tejidos sociales bajo la denominación de consejos comunales, mesas de agua, comunas, etcétera. Pero pronto, casi que en un vaivén histérico, las nacientes organizaciones eran intervenidas desde arriba, en menos de un año se modificó la naciente ley para someterlas a una comisión presidencial, se las redujo a maquinaría electoral, se las hizo completamente dependientes del financiamiento del gobierno (Estado). Y eso pudo ser porque el sujeto social era muy frágil, sin mayor tejido asentado, y el gobierno, en cambio, muy poderoso y enfrentando enemigos rudos y tremendistas. En términos formales somos una sociedad política, un Estado nacional con un territorio, empero, ¿esta sociedad política dispone de una sociedad orgánica por organizada?

Tomadas estas letras hiperbólicamente pareciera que no hay sociedad civil ni comunidades en el país. Y no dudo que se pueda hacer este ejercicio hiperbólico, seguramente lo facilite mi angustia ante el presente y el futuro. Y sin embargo las hay, pero les cuesta mucho formarse, crecer y sustentarse en el tiempo. Especialmente difícil les ha sido esta tarea formativa en los últimos años por las crisis a las que hemos estado sometidos, con particular referencia a nuestro desastre económico y a las consecuencias de las actitudes autoritarias de quienes han ostentado el poder. Sobreviven a duras penas muchas familias, adoloridas hasta el alma por el éxodo obligado que deja sin juventud el país, sin ellas y su esfuerzo estaríamos completamente perdidos. Sobreviven organizaciones locales y puntuales, económicas, culturales, asociaciones que por su pequeña escala necesitan para establecerse estrechar lazos con otras organizaciones y consolidar plataformas mayores. Sobreviven instituciones valiosas como las universidades y muchos otros se mantienen con grandes riesgos al frente de gremios, sindicatos, ONG’s, grupos religiosos y otros entes semejantes. Bastantes tendrán que remozarse. ¿Desde cuándo Natera es presidente de la federación médica? Quizás tenga muchos méritos, quizás haya logrado una "estabilidad" por décadas, pero, ¿no habla ello del tejido social de los médicos del país? Y no se trata de un caso aislado.

Por eso, cuando hablamos de transición en el país, cabe preguntarse, ¿estamos realmente en transición? De ser el caso, ¿a qué tipo de transición nos referimos? ¿Sólo política? ¿Política y económica? ¿Qué pasa con la transición social, con el paso de una sociedad atomizada a otra floreciente en diversas organizaciones civiles y comunitarias lo menos dependientes posible de un Estado autoritario? Pues probablemente los cambios políticos y económicos puedan realizarse en menos tiempo que los sociales, aquellos llevarán algunos años, estos al menos una generación si empezamos hoy. Aquellos podrán ser cambios de actores pero con un mismo libreto, estos serán, de ser, más sustantivos. Preocupa que en estos días vuelve el furor por la economía petrolera, por las promisorias inversiones que vendrán en petróleo y minería. La rapaz águila calva del norte así lo ha decretado y ya ha presentado su doctrina Donroe. Mientras, se comprenden las esperanzas que surgen entre una mayoría que lleva mucho tiempo comiéndose un cable por el desastre histórico causado en los últimos años. Sin embargo, esa economía que se promete no facilita la tarea de tejer sociedad. ¿Qué pasa con la economía no petrolera, realmente no petrolera? Pues la petrolera seguirá bajo control de un Estado con poca sociedad, y no parece que tanto de este Estado nuestro como el del rapaz norteño. ¿Qué pasa con el auténtico empoderamiento económico y político de nuestra gente? ¿Hay en el horizonte una agenda para discutir y proponer políticas públicas, educativas, económicas y sociales dirigidas a este empoderamiento? ¿O se tratará todo esto de cambios gatopardianos? ¿Que todo cambie para que nada cambie? El gatopardismo siempre ha estado a la orden del día, en la Italia del siglo XIX y también en la Venezuela del XXI.

Publicado originalmente en el portal Aporrea: Artículo 

viernes, 15 de agosto de 2025

De Los Picapiedras a South Park

Javier B. Seoane C.

La mayoría de las veces vemos dibujos animados para entretenernos, divertirnos un rato, pasar el tiempo. Muy ocasionalmente lo hacemos como analistas, menos como analistas sociológicos. La perspectiva sociológica, base de un oficio y como tal para nada reservada al profesional egresado de una universidad con un título de cientista social, es más, estos temas hasta hace poco se consideraban baladíes para el profesional de la sociología, nos habla de los cambios de nuestro mundo cotidiano a partir de transformaciones que acontecen en instancias más complejas como la económica, la política y la cultural. Por supuesto, el análisis no resulta ingenuo, se realiza desde diferentes posicionamientos sociopolíticos y vitales. Para simplificar, siguiendo a Paul Ricoeur podemos decir que se puede analizar con voluntad de sospecha, con voluntad de escucha y con un ejercicio dialéctico entre ambas voluntades. La primera, la sospecha, indaga sobre las relaciones de poder y dominación más o menos ocultas tras el objeto analizado. Fue Ricoeur quien bautizó hacia 1965 a Marx, Nietzsche y Freud como los grandes filósofos de la sospecha, filósofos que resultan paradigmáticos de esta voluntad indagatoria que se manifestó en conceptos relevantes como ideología, voluntad de poder e inconsciente y represión. Empero, la sospecha no agota el análisis interpretativo. La escucha es la voluntad hermenéutica (interpretadora) de encontrar el sentido en tanto que razón de ser propuesta por el objeto de análisis (en nuestro caso actual determinados dibujos animados). Por ejemplo, en un interesante ensayo Ricoeur expone que el Estado puede considerarse desde la sospecha como aparato de dominación de clase o de ciertos individuos, pero del mismo modo bajo la forma de la escucha puede considerarse el Estado como la forma de organización que históricamente en un momento determinado se ha dado una sociedad para conducir ordenadamente su forma de vida y garantizar su subsistencia. Ricoeur siempre invitó a no conformarse sólo con la escucha o con reducirse a la sospecha, invitó a una dialéctica entre ambas, a superar sus propios límites y contraposiciones en una síntesis que dé cuenta de la complejidad de cada fenómeno. Así, habría que considerar en el ejemplo citado al Estado como razón de ser ordenadora de la vida social estructurada jerárquicamente y, en consecuencia, contentiva de relaciones de poder y dominio. En cierto sentido, banalizamos la dialéctica con esta conclusión pues la cuestión será más compleja. Cabe preguntarse, ¿puede escapar una formación social compleja, y quizás ni tan compleja, a su organización política bajo la forma estatal? ¿Puede escapar a establecer relaciones jerárquicas y en consecuencia a distribuciones de poder asimétricas? Y si no puede escapar del poder y los dominios, cuestión de ontología social, emerge la cuestión ético-política, ¿qué tipo de relaciones de poder conviene más a una sociedad que se quiera democrática y por tanto con el mayor tipo de equidad posible entre sus miembros de cara al disfrute de una vida humana lo más plena posible? Sin embargo, estos temas inagotables de por sí, mucho menos lo serán en el corto espacio de un artículo de opinión. Debemos ajustarnos aquí a unos pocos comentarios dialécticamente anhelantes sobre ciertos aspectos sociológicos referidos a la configuración familiar en la evolución de los dibujos animados que van en el corte histórico que podemos establecer entre “Los Picapiedras” y “South Park”.

Para nuestro caso venezolano añadamos que los dibujos animados que se distribuyeron y se siguen distribuyendo son de procedencia estadounidense en su mayoría, lo que vale también para muchas otras latitudes dada la hegemonía de la industria cultural del país del norte a partir de 1945. Por este motivo nos concentramos en “Los Picapiedras” y en “South Park”, pues son series animadas de conocimiento público nuestro. Un primer alerta entonces será que su modelo familiar remite al contexto estadounidense, el nuestro puede ser diferente y nuestros modelos familiares otros como efectivamente lo son, tema que han trabajado con elaborados estudios José Luis Vethencourt, Alejandro Moreno y Samuel Hurtado. Ello no obsta de considerar que el modelo familiar que, por ejemplo, propone “Los Picapiedras” se adapta a cierta visión ideológica que durante varias décadas se ha querido imponer al venezolano, modelo patriarcal y afín a cierta etapa del capitalismo contemporáneo concordante con lo expuesto en muchos textos escolares en distintas épocas, en catecismos y opinadores relevantes de nuestra sociedad. Expresada esta última sospecha, procedamos a nuestros comentarios.

“Los Picapiedras” se estrenó en el país del norte a finales de septiembre de 1960 y durante años fue compañera de la infancia de muchos en casi todo el lado occidental de la guerra fría. Pienso que dada su difusión será fácil recordar para casi todos los lectores su modelo familiar. Pedro, el padre de familia, es un obrero de la construcción. Está casado con Vilma, una ama de casa bastante locuaz e inteligente, mucho más de lo que es Pedro, quien básicamente piensa en divertirse frente al televisor con algún juego de fútbol americano o yendo los fines de semana a jugar bolos. Su gran amigo y vecino, Pablo, reproduce el mismo esquema familiar y gustos masificados junto a su esposa Betty, lo que cambia es que la mujer es de cabello moreno y Pablo bajo de estatura, por lo que el burdo, eterno adolescente y elemental de Pedro lo llama con el apodo de “enano”. El ambiente histórico que refleja la serie es una presunta época cavernícola si bien con las condiciones propias de la sociedad en ascenso estadounidense de los años cincuenta y sesenta del siglo pasado. Estos obreros de la construcción son propietarios de viviendas unifamiliares en los suburbios de la ciudad, disponen de televisores, trituradores de basura, licuadoras, lavadoras, refrigeradores y automóvil propio, si bien todo animado con motivos cavernícolas bastante imaginarios en los que humanos y dinosaurios cohabitan. Vilma y Betty, más sensatas que sus esposos, se adecuan bien a sus papeles de amas de casa y como mujeres sometidas a estos roles se contentan con salir de compras, hacer mercado junto a sus consortes y chismear lo que acontece en el vecindario. Pedro, el dominante, tiende al malhumor y poco, por no decir nada, entiende de su entorno. Pablo, bastante ingenuo se deja llevar por la especie de bruto lobo alfa que es Pedro. La vida de este par de familias de blancos gringos, sin afrodescendientes en su entorno social, transcurre durante la serie no sin monotonía, acaso su encanto se confina a los motivos cavernícolas señalados, muy atractivos a la infancia de aquellos años. La vida para ellos y ellas se acomoda placenteramente al modelo conservador del “American way of life”, del Estados Unidos “grande” que hoy sueñan recuperar los MAGA del Picapiedra Mr. Trump, modelo de una sociedad hegemónica mundialmente y que cosecha los éxitos de la etapa de la revolución industrial que inició con la producción masificada en serie del fordismo y de la “administración científica” del trabajo del taylorismo, éxitos que junto con la participación productiva estatal keynesiana expandieron la industria de la construcción y su respectivo teatro social de obreros, capataces y profesionales propios en que se desenvuelve esta serie animada.

Probablemente para vencer la monotonía a cierta altura del desarrollo de los episodios, pasados unos cuantos meses de su estreno, aparecieron los hijos en los típicos núcleos familiares. Pebbles, hija biológica de Vilma y Pedro, y Bam-Bam, un varón adoptado por Betty y Pablo, los vecinos bajo liderazgo de aquellos y que no pueden concebir hijos propios, algo digno de análisis psicoanalítico. Incluso, después con los años los productores trataron de lograr nuevos éxitos con Pebbles y Bam-Bam ya adolescentes, pero el clima sociocultural de los setenta, pasada la carnicería de la Guerra de Vietnam, acontecidas las revoluciones culturales que tuvieron su epicentro en el 68 y agotado el keynesianismo de cara a la acumulación capitalista post Guerra de Yom Kipur (1973) con su consecuente inflación y desempleo, la masa no estaba para bollos. “Los Picapiedras” eran ya anacrónicos, y no por lo cavernícola, y sus hijos resultaban banales para las nuevas audiencias. “Los supersónicos” antes habían copiado el paradigma pero bajo el ambiente futurista optimista de la industrialización. Serie igualmente monótona por lo que no tuvo tanta audiencia, puede decirse que la gente tiende preferir el original a la copia. Años después,  “Los Simpsons” obtendrían una fama semejante o superior, pero ya en un contexto postindustrial, con un padre de familia tan bruto como Pedro, casi con las mismas características, con un toque de bebidas etílicas ya vencida la censura conservadora de Hanna y Barbera, con una esposa ya profundamente frustrada en su papel de ama de casa, tanto que está a nivel de urgente terapia psicoanalítica, un hijo varón tremendo peinado a lo punk masificado de los ochenta y noventas, una hija próxima a las performances del 68, amante del saxofón y muy estudiosa e inteligente, un capitalista dueño de la fábrica nuclear de energía ya sin ningún tipo de prejuicios ante la explotación de quien sea y la expoliación de lo que sea. “Los Simpsons”, en los que por razones de espacio no podemos concentrarnos, constituyen el tránsito posmoderno de una familia que cínicamente se mantiene unida en un mundo mucho más cínico, en el cual la autoridad paterna, y no solo la paterna, se ha debilitado bastante.

El culmen de la familia cínica lo conseguimos en “South Park”, una serie animada estrenada en agosto de 1997 y que, tanto en su nombre como en muchos de sus episodios, alude a las típicas y terribles matanzas en escuelas elementales estadounidenses a manos de adolescentes sociópatas debidamente armados en la tienda de la esquina. Si bien dirigida a adultos por sus fuertes contenidos, puede decirse que gran parte de la infancia de hoy la ve pues ha perdido hace ya buen tiempo la inocencia, ha perdido lo que otrora fue infancia, así como la adultez ha perdido la presunta seriedad de otrora. El hombre-masa de Ortega en su actualización histórica del siglo XXI es desde su misma niñez un eterno adolescente. Y eso lo refleja bien una serie ácida como South Park. Cada capítulo desnuda la sociedad de clase media gringa de la época actual, de los MAGA que heredaron los despojos de un mundo industrial fulgurante perdido por los propios avances tecnológicos y los procesos globalizadores. Una sociedad que mantiene su forma clásica de familia, nuclear, pero sin autoridad paterna alguna. La excepción es la del protofascista de Cartman, uno de los cuatro niños protagonistas de la serie, que solo tiene una madre, una prostituta por convicción y gusto. Los otros tres niños, Kyle, de origen judío, Stan, el típico middle-class gringo, y Kenny, de origen mexicano, tienen sus familias típicas en plena descomposición. En la de Kenny hay incluso violencia familiar machista y mucha miseria. La serie, desplegada hasta hoy en muchas etapas, tiene los más diversos capítulos sobre el mundo que nos toca vivir de autoritarismo político creciente, tendencias fascistoides, discriminatorias y racistas de todo tipo, de redes sociales y posverdad, de soez aburrimiento y sinsentido de la vida, con un toque permanentemente irónico. El maestro de los chicos, Mr. Garrison, se ha hecho sucesivas operaciones para transformarse en mujer, luego en hombre, luego en mujer, después sufre una metamorfosis y se vuelve un estúpido y violento Donald Trump. Otro, el padre judío de Kyle, en un capítulo donde manifiesta el fastidio de su condición humana se hace una operación para transformarse en delfín y en un nuevo episodio se presenta como un despreciable trol cibernético; su Dios judío es un ser sanguinario, siempre sediento de inocentes. La Iglesia católica tampoco se salva, sus sacerdotes hacen cónclaves para defender sus “derechos” pederastas, las iglesias protestantes tampoco salen ilesas. Las niñas y mujeres, siempre en un segundo plano, hay en esto continuidad en todas las series mencionadas, siguen siendo más sensatas y preclaras, salvo la que se vuelve novia de Cartman, quien termina con mayor sobrepeso y más facha que él, que es ya mucho decir. En fin, sería imposible aquí enumerar todo lo que han tratado y cómo lo han tratado. Digamos, simplemente, y con puro sabor venezolano, que no queda títere con cabeza.

De “Los Picapiedras” a “South Park” la familia y la sociedad estadounidense ha evolucionado desde posturas muy integradas en el patriarcalismo clásico y conservador al más puro cinismo que no reconoce valor alguno más allá de los intereses egoístas de cada quien. Ha evolucionado, para decirlo con unas metáforas debidas a Kenneth Gergen, de una familia de la mesa comedor a la familia de microondas, de una familia que disponía del tiempo para desayunar, almorzar y cenar juntos a una familia que no se encuentra ni tan siquiera físicamente en su propia vivienda, si acaso el sábado en la mañana antes de salir a los scouts o a los bolos, aunque estos últimos ya pasaron de moda, son de tiempos cavernícolas. En esta evolución de las series animadas se entrevé el tránsito de una sociedad articulada en sus principios morales protestantes tradicionales, rígidos, de tez blanca, bastante machistas, a una sociedad sin mayor articulación que el que simboliza la obsesión por los selfies. Se escucha y se sospecha la evolución de un modelo económico y político que mantenía, en tiempos de la Guerra Fría y ante su competencia soviética, ciertos límites benefactores a la acumulación capitalista para sostener algunas equidades sociales en materia de seguridad social y educación a un modelo que tras la era Thatcher-Reagan, y con más fuerza tras la caída del muro de Berlín, desnuda sus apetencias de descarnado poder, de cínico poder que ya ni siquiera se preocupa por dar a los dominados un mendrugo, si acaso una banana de vez en cuando como hace el “filántropo” Bezos. A pesar de todo, el lazo familiar clásico se mantiene en todo este desarrollo, si bien sin envoltura moral al final del camino. ¿O quizás sí? ¿O quizás cierta voluntad de escucha diga que, como en el caso del Estado ya citado, se requiere de alguna organización familiar? ¿Aunque esa organización familiar suponga formas de dominio, quizás cada vez más etario que de género? ¿O será que haciendo falta algún tipo de familia se precise repensar y rehacer el modelo que seguimos sosteniendo y que se representa en estas series? Corrido y asumido el peligro de toda generalización, bien valdría en una próxima oportunidad concentrarse en un solo capítulo, quizás hasta en un determinado pasaje de un episodio, más de South Park que de las anteriores series, que ya aburren por lo vetustas que resultan. Después de todo, cada capítulo contiene en sentido amplio una sociología del tiempo presente en ciertos contextos, una sociología que también nos habla a nosotros.

Publicado originalmente en el prtal Aporrea el viernes 15 de agosto de 2025: Artículo

miércoles, 27 de noviembre de 2024

Sentido de las ciencias económicas y sociales. Un nuevo aniversario de nuestra Facultad de la Universidad Central

 Javier B. Seoane C.

 El dictador había muerto meses atrás y un nuevo amanecer se vislumbraba en el horizonte de nuestra historia. Su Ministro de Guerra y Marina lo sucedió. Y contrariamente a lo que muchos pensaron no fue un continuador del antiguo régimen. Tampoco la masa estaba para bollos, como bien expresa nuestro dicho popular. Aquel 14 de febrero de 1936 no fue ni romántico ni amistoso. La sociedad caraqueña no guardaba disposición alguna a que las cosas continuaran igual y aquella manifestación popular se vistió de sangre. ¡Calma y cordura! dijo el sucesor y se dispuso con su equipo de gobierno a elaborar un plan para torcer el destino de la nación a otros puertos. Comenzó una transición histórica. No hay que ir a España o a Sudáfrica para conseguir transiciones ejemplares. Aquí las tenemos, y más de una. Pero la mentalidad colonial siempre busca afuera. En todo caso, durante el gobierno de López Contreras se inició la construcción de instituciones modernizadoras: políticas económicas que condujeron a la creación del Banco Central y una mayor racionalización de la hacienda nacional; políticas sanitarias que incrementaron rápidamente el promedio de vida de los venezolanos; políticas laborales que condujeron a la primera Ley del Trabajo y después a la promulgación de la Ley que daría nacimiento al Instituto Venezolano de los Seguros Sociales; políticas culturales y educativas que crearon gran parte de nuestros museos actuales, el Instituto Pedagógico de Caracas, la construcción de escuelas y expansión del sistema escolar, la eliminación progresiva del analfabetismo, el impulso a la actualización de nuestra universidad. Años fervorosos de cambios que exigía la sociedad, que los gobernantes atinaron a captar y que la oposición, sin tenerlo para nada fácil, con un proyecto más radical de modernización política, apoyó en lo que apuntaba a la democratización institucional del país mientras con paciencia construyó su organización en cada rincón del país.

En este marco, en noviembre de 1938 un grupo de venezolanos encabezados por Arturo Uslar Pietri y José Joaquín Gorrondona emprendieron la tarea de fundar nuestra actual Facultad de Ciencias Económicas y Sociales (FaCES), primero como Escuela y después propiamente como Facultad en 1940. Un discurso de Uslar sobre la importancia de estas ciencias para una sociedad que se quiere moderna fue la campanada de partida para una brillante historia que se apresta a cumplir en poco tiempo su primer centenario. Poco a poco brotaron los distintos campos del saber de estas ciencias: a la economía le siguieron los estudios internacionales, la administración y contaduría, las ciencias estadísticas y actuariales, la sociología y la antropología, el trabajo social, los estudios de cuarto y quinto nivel en estos campos. Durante décadas ha formado a decenas de miles de profesionales que han contribuido como pocos a la formación institucional de la Venezuela moderna. No obstante, la tarea no ha sido sólo docente. Pronto, en la propia década de los cuarenta, se impulsó la investigación social a lo ancho y largo, a lo extenso e intenso de nuestra Venezuela. De su Instituto de Investigaciones Rodolfo Quintero, como de otras instancias de la Facultad, han salido miles de publicaciones y de proyectos que han contribuido a nuestra autocomprensión y con ella a la mejora de nuestra condición humana. Hoy habría que replicar, actualizándolo, el Estudio de Caracas, volverlo el Estudio de toda Venezuela. Replicar y actualizar “Los hombres de Venezuela, sus necesidades y aspiraciones” de Jeannette Abouhamad. Empero, no quiero seguir nombrando pues será inevitable cometer la injusticia de dejar por fuera una inmensidad de trabajos de inconmensurable valor, como incuantificable ha sido el aporte de sus mujeres y hombres en las labores de extensión de sus saberes a las distintas comunidades del país, desde las urbanas hasta las rurales, desde las indígenas hasta las que hoy están en la llamada diáspora. Como pionera, la FaCES de la Universidad Central ha sido modelo para la creación de sus Facultades hermanas en las otras universidades del país, ha colaborado con las mismas y juntas han construido sinergias del mayor impacto para nuestro pensarnos y actuar.

Las adversidades y los cuantiosos obstáculos no han faltado en los últimos tiempos. La crisis histórica y sistémica que atraviesa nuestra nación se ha padecido en todas partes y en la FaCES también. El rigor de la escasez, la miseria presupuestaria y salarial de sus docentes, empleados y obreros, la partida de nuestra juventud buscando otros destinos para su vida y una pandemia en el camino redujo su productividad pero no su potencial. Fulgurante potencial que hoy, y a pesar de todo, clama por actualizarse en interminables trayectos rizomáticos. Con renovados bríos busca vencer a las rudas contrafuerzas que se oponen a su labor ilustradora. Sus nuevas autoridades, sus nuevos cursantes de pregrado y postgrado, sus docentes, investigadores, empleados y obreros aprovechan cualquier rendija para que su impulso vital se incremente en el alba de cada día.

Un país que quiere transformar su sino histórico en destino propio no resulta posible prescindiendo de las ciencias humanas y sociales. Y es que los saberes que se reúnen en esta Facultad constituyen nuestra autoconciencia colectiva, nuestro autorreconocimiento como comunidad humana con determinadas necesidades y anhelos, con determinados valores y actitudes. Max Weber decía que estos saberes cumplen la misión de esclarecernos y asesorarnos en la toma inteligente de decisiones. Niklas Luhmann señala que estas ciencias forman un sistema social de autoobservación. Peter Berger afirma que pueden resultar peligrosas puestas en manos del poder inescrupuloso pero emancipadoras puestas en manos de una sociedad que se quiera democrática. Son saberes imprescindibles en un tiempo en que los prejuicios más excluyentes, como los patriarcales o los racistas, amenazan con volver a imponerse en nuestro mundo. Imprescindibles para un tiempo en que los negacionismos, la posverdad y las teorías de la conspiración marcan con cínico desparpajo las prácticas de la dominante amalgama del poder económico-mediático-político. Sólo estas ciencias en estrecho vínculo inter y transdisciplinario con las naturales pueden dar luz efectiva al gran tema de nuestro tiempo, el tema de la vida misma: la cuestión ecológica y el urgente cambio civilizatorio. En este nuevo aniversario damos gracias a todos aquellos venezolanos que vislumbraron en medio de la niebla estos potenciales de las ciencias humanas y sociales, a todos aquellos que contribuyeron a la fundación y desarrollo hasta el presente de sus estudios universitarios. Gracias a todos aquellos que siendo portadores de estos saberes los han aplicado a lo largo de casi un siglo en un mejor quehacer de nuestro ser colectivo. ¡Feliz cumpleaños FaCES! 

Publicado originalmente en el Portal de Aporrea el 27 de noviembre de 2024: Artículo


miércoles, 22 de mayo de 2019

Ética en sociología (Andrea Molina, Carlota Ramírez y Génesis Urbina)

Resulta muy grato invitaros a escuchar este diálogo sobre la eticidad de la práctica sociológica en este siglo XXI entre tres brillantes jóvenes de la Universidad Central de Venezuela llamadas Andrea Molina, Carlota Ramírez y Génesis Urbina:
Tres sociólogas en diálogo sobre su hacer sociología