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viernes, 3 de julio de 2026

Responsabilidad política y reconstrucción





Por: Javier B. Seoane C. | Viernes, 03/07/2026 05:46 AM | 


La canallada se hace presente para obtener réditos económicos y políticos de la tragedia que padecemos. Como las dignas mujeres que denunciaron y rompieron los dólares robados a los policías del CICPC; como los miles de rescatistas internacionales que hoy dejan sus mayores esfuerzos salvando vidas en cada montón de escombros de nuestra geografía, especialmente en la tan golpeada de La Guaira; como, y sobretodo, los vecinos que de cada rincón salieron desde el primer minuto a salvar al prójimo conocido o desconocido, sin herramientas pero con sobrado espíritu solidario; como los dos ángeles vestidos de mototaxistas que en la misma madrugada del día 25 a puño limpio desenterraron a una entrañable compañera de uno de los tantos edificios hecho escombros en Playa Grande; como toda esa gente maravillosa que está dejando cuerpo y alma buscando vida para que siga siendo vida, hoy hay que mantener ese sentimiento humano, procurar superar tanto obstáculo con el mayor de los acompañamientos y apuntar a la construcción de un nuevo futuro para el país.

Que la amargura y rabia que despierta la canallada no nos obnubile de lo más importante, el por-construir de nuestro país. Habrá tiempo para buscar las responsabilidades políticas, que seguro que las hay y en abundancia. Las tendrán aquellos que hace más de cuarenta años mantuvieron sus privilegios sin hacer los cambios necesarios ante un país que había multiplicado su población y cuyas bases económicas echadas a partir de la muerte de Gómez ya no daban abasto para las nuevas necesidades. Las tendrán quienes reemplazaron aquella incompetente clase política con nuevas incompetencias, quienes prefirieron el conflicto permanente, quienes no escucharon voces críticas y razonables, quienes prefirieron una moralina pacata de la lealtad, más a una persona que a una causa, aquellos que en lugar de una ética de la responsabilidad prefirieron seguir e imponer a los demás sus convicciones. Moral falsa de la lealtad que dio poder a quienes gritando consignas vacías se colaron entre los intersticios institucionales para saquear los bienes nacionales y dejar en la miseria a este pueblo que hoy se ha desvivido por ayudar al prójimo. Fue muy fácil decir que en determinado lugar olía a azufre, aprovechar miles de millardos de renta petrolera del pueblo para comprar alianzas en la política internacional o comprar a los adversarios con corrupción, como ya confesó en conocida entrevista un ex-vicepresidente. Las tendrán quienes han gobernado y, por ejemplo, en las últimas décadas entregaron permisos de construcción a edificaciones impropias para el lugar, o simplemente no supervisaron adecuadamente las mismas. Serán corresponsables de la hecatombe humana que estamos sufriendo. Las tendrán quienes desde la oposición practicaron el aventurerismo y mandaron a masacrar adolescentes a mano de unas fuerzas militares y policiales que habrán de ser revisadas y repensadas en su totalidad, y lo hicieron no una sino dos veces. Aquellos que después se aventuraron con intentonas de cambur y aguacate, los mismos que promovieron abstenciones para facilitar el trabajo de quienes buscaron mantenerse en el poder a como diese lugar. Hay demasiada responsabilidad ante lo que hemos sufrido. La naturaleza golpeó duro, muy duro, pero el infantilismo político-ideológico, el saqueo del tesoro nacional por hipócritas encubiertos bajo mantos socialistas revolucionarios, el aventurerismo de los que estaban del otro lado de la acera y la indolencia de gobiernos extranjeros que bloquearon al país por doquiera golpearon como un tercer y definitivo sismo. Bomberos sin recursos, hospitales cerrados o hasta sin algodones, fuerzas armadas poco preparadas, impericia y falta de previsión, dejaron durante las primeras horas en la mayor soledad a nuestra gente.

Habrá que hacer las investigaciones de cómo se manejó el gobierno en estos años en todo tipo de materia institucional, de cómo actuó la dirigencia opositora, de qué pasó con cada edificio, con cada vivienda, con cada ser humano que ya no está con nosotros. Hay que hacerlas, y ya no será creíble que las haga un gobierno, este o uno nuevo. Tendrán que ser investigaciones con un riguroso carácter científico, lo que significa investigaciones realizadas entre comunidades lo más amplias posibles, comunidades en las que concurran expertos y no expertos. Y habrá desde el primer momento quienes declaren estar a favor de las investigaciones mientras tras bastidores tratarán de bloquearlas por doquiera. ¿Lo lograrán?

De cara al futuro tendremos que hacer cosas muy diferentes y con la mayor responsabilidad política. Y hablo de política en el sentido más amplio, en el sentido de “polis”, de comunidad, de sociedad. Allí estarán los partidos quienes tendrán, como han tenido ante lo ocurrido, su responsabilidad partidista. Pero tendremos que estar todos como sociedad civil, vigilantes y participando, exigiendo transparencia en lo que se investigue, exigiendo la publicación en forma universal de nuestros ingresos, de los gastos, de a quienes se le entregan los contratos y bajo qué criterios. Exigiendo una hacienda pública que dotada de la tecnología informática de nuestro tiempo sea tan transparente como pueda efectivamente serlo. Exigiendo otro modelo educativo que construya actitudes ciudadanas, sin el cual cualquier discurso democrático es solo palabra vacía. El ciudadano debe saber cómo están dotados sus bomberos, sus hospitales, sus escuelas, en qué se invierte el futuro de la nación, cuál es el presupuesto de la nación y cómo se invierte. Y lo que no ayude en esto ya sabemos de qué lado está y qué pretende.

No quiero que llegue otro iluminado o iluminada a decirme qué es la verdad y cuál es el camino de la historia a seguir. Quiero a todo aquel que contribuya a construir comunidades organizadas, a todo aquel que ponga ladrillos en la elaboración de una sociedad civil que tenga bajo su control el Estado, no el inútil macrocefálico que ahora nos aprisiona como el concreto lo hace con miles de nuestros hermanos y hermanas, sino un Estado al servicio de la gente, de su salud, de su educación y de su protección, que le dé la mayor autonomía posible a las comunidades, que las empodere económica, social y políticamente. Entre tanto dolor, demasiado dolor, cual Ave Fénix, deberá renacer Venezuela.

viernes, 15 de mayo de 2026

La libertad y el anarcocapitalismo

  - www.aporrea.org



El discurso de la derecha radical populista global recorre un eje cuyo uno de sus extremos es el neoconservadurismo religioso o nacionalista y el otro el anarcocapitalismo. Por ejemplificar, la italiana Meloni está próxima al primero mientras que Milei ha sido expresión del segundo. Este discurso, por supuesto, una vez que se alcanza el poder estatal se matiza en la práctica. La Meloni se desplaza hacia el centroderecha y a la motosierra de Milei hace tiempo que se le agotó el combustible. Nos interesa hoy cuestionar un aspecto del discurso anarcocapitalista, el atinente a su concepto de libertad. Como se sabe, antes de llegar a la Casa Rosada, Milei prometía descuartizar el Estado en nombre de la libertad. El Estado nos oprime, se mete en nuestras vidas, decía. Su amiga, Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, quien viene de realizar una gira por México para decirle a los mexicanos en persona que ellos existen gracias a España y que Hernán Cortés fue su civilizador, grita “libertad” todos los días contra el “comunista” de Pedro Sánchez y la opresión del Estado español que no la deja en paz. Por nuestras latitudes una dama de alcurnia, y muy amiga de los citados, lleva también años compartiendo el grito.


Los anarcocapitalistas no se detienen a decirnos qué entienden por libertad. Ellos vociferan libertad, hasta ahí. Quizás, puestos en la tesitura de tener que decir algo al respecto, señalen el juego de lenguaje de la tradición liberal moderna y digan que libertad es libertad de elegir lo que cada quien decida elegir, es decir, libre albedrío. Algo así como llegar a una cadena de venta de hamburguesas y elegir el combo 3 de las 6 opciones presentes en la carta respectiva. Empero, la libertad como libre arbitrio es un concepto bastante abstracto y estrecho. Para mostrarlo acudamos a un concepto de libertad más elaborado, el que expone Hegel en los parágrafos quinto y sexto de la Introducción de su “Filosofía del Derecho”.


Para Hegel, la libertad humana resulta de la síntesis de dos momentos de la voluntad humana, uno negativo y otro positivo. Nos dice que el primer momento corresponde a la libertad negativa. Esta ha de entenderse en el sentido de que la “(...) la voluntad (es) posibilidad de poder hacer abstracción de toda determinación, en la cual yo me encuentro o la cual he puesto en mí, la huida de todo contenido como de una limitación, lo cual es aquello a lo que la voluntad se determina, o es tomada la libertad para sí de la representación como la libertad, entonces esto constituye la libertad negativa o la libertad del entendimiento. Es la libertad del vacío, la cual erigida en figura real efectiva y en pasión y, precisamente, cuando permanece puramente teorética, se convierte en los religiosos del fanatismo de la pura contemplación india, pero cuando se dirige a la realidad efectiva, en lo político como en lo religioso, se convierte en el fanatismo de la destrucción de todo orden social existente y en la expulsión de los individuos sospechosos de querer un orden social, así como en la aniquilación de toda organización que quiera resurgir. Sólo destruyendo algo tiene esta voluntad negativa el sentimiento de su existencia.” (Uso la traducción de mi maestro Eduardo Vásquez, publicada por la Universidad Central de Venezuela). El hombre ejerce su libertad negativa cuando niega las determinaciones que recaen sobre él. Puede tener hambre y posponer el acto de saciar su apetito, puede desear y negarse a satisfacer sus deseos. Empero, se trata de un ejercicio abstracto en tanto que niega pero no pone nada, sólo quita. Lo interesante de este momento negativo de la libertad se entiende mejor con la palabra liberación. La libertad negativa en cuanto que liberación supone la acción de quitarse de encima los límites que reconocemos como incómodos. Liberarse es siempre liberarse de algo. La libertad comienza, entonces, como liberación. Hegel la asocia con el entendimiento porque cualquier liberación comienza por el reconocimiento de aquello de lo que queremos liberarnos porque nos limita. El primer momento de la libertad, el momento negativo, está en relación con unos límites que deseamos superar porque ya los hemos hecho conscientes en tanto que límites. La libertad se inicia entonces en la conciencia y como anhelo de liberación. Mientras más formación educativa mayor será el reconocimiento de lo que nos limita y de lo que podemos superar.


Pero Hegel no se queda allí. La libertad que se queda en liberación es vacía, sólo suprime, destruye, únicamente negaría indefinidamente hasta llegar quizás al nirvana budista. Mas, para el occidental y moderno Hegel el nirvana no resulta opción conveniente y, por consiguiente, propone un segundo momento: la libertad positiva. Nos dice que ésta es “(...) tránsito desde la indeterminidad indiferenciada hacia la diferenciación, el determinar y poner una determinidad como contenido y como objeto.” La libertad positiva en cuanto que negatividad de la libertad negativa supera aquella indeterminación del primer momento poniendo algo (una determinación) en su lugar. De nuevo con Hegel: “Yo no solamente quiero, sino que quiero algo. Una voluntad que (...) sólo quiere lo universal abstracto, nada quiere, y por eso no es voluntad, para ser voluntad, tiene que limitarse en general. Que la voluntad quiera algo, es la limitación, la negación.” Y esta negación lo es en un doble sentido. Por un lado, como ya se dijo, lo es en tanto que negación de la libertad negativa. La negación de la negación de la dialéctica marxista viene de esta fuente, de Hegel. Se trata de negar la negación puesto que pone algo, siendo también negación por cuanto niega la posibilidad de poner otra cosa en lugar de ese algo. Por ello, la libertad humana siempre será relativa pues niega con relación a algo y afirma con relación a algo, a algo que pone. Aquí el adjetivo “positivo” de “libertad positiva” viene de los orígenes de esa palabra: positivo en el sentido de posición, de posicionar, de poner algo.


La voluntad libre de esta manera será síntesis de dos momentos, uno negativo y otro positivo, de un quitarse límites y ponerse nuevos límites. Libertad relativa por cuanto el hombre es un ser finito, limitado. Pongamos un ejemplo. Tengo hambre. Mi libertad negativa se ejerce negándome a comer en este momento porque debo cumplir el deber de concluir con mi artículo. Pospongo el alimentarme ahora. Después terminaré de escribir y comeré. Pero no comeré cualquier cosa, lo primero que se me atraviese, sino que pondré algo, esto es, pondré el tipo de alimento que he de comer dentro de las posibilidades que se me ofrecen. Ahora bien, esas posibilidades no son ilimitadas sino unas determinadas. La libertad humana es relativa pues siempre está en relación con una serie de determinaciones y condiciones. Carezco de alas para salir volando por los hermosos cielos en este momento al igual que mi limitada programación genética me determina a que un día muera, por lo menos hasta nuevas noticias de la biotecnología. Del mismo modo vivo en una época histórica, en un marco sociocultural específico, bajo unas condiciones políticas propias de ese marco, condiciones que me limitan en mi capacidad de acción y me habilitan también para determinadas conductas. Todos esos contextos biológicos, sociales, culturales, políticos y también económicos condicionan mi libertad, la generan y la limitan. Por eso, soy libre pero no tengo libertad absoluta. La libertad cual toma y daca de negar y poner constituye una dialéctica de la acción humana.


Así, Hegel entiende el libre arbitrio, tan caro a los anarcocapitalistas y liberales económicos, como el mero escoger entre lo que se me ofrece, como el combo 3 en una carta de seis combos, como un grado muy pobre de libertad, como un restringirse a lo ofrecido y dentro de los límites socioeconómicos, políticos y culturales en que cada quien se encuentre. Y como sabemos, nuestro espacio social no es uniforme, está jerarquizado en unos grupos privilegiados y otros excluidos en diferentes grados de los capitales económico, político, educativo, etc. De modo que el libre arbitrio, ya de por sí libertad restringida del consumidor, será más restringido aún para la inmensa mayoría de no privilegiados. Por ejemplo, quien tiene un problema grave de salud y es privilegiado tiene un libre arbitrio más amplio para atender su problema que el excluido por los capitales mencionados. En otras palabras, unos son más libres que otros. Para procurar corregir estos desniveles sociológicos se precisa de un Estado sólido, dedicado a generar las condiciones socioculturales y socioeconómicas para que por medio de la educación, la salud y la seguridad de sus ciudadanos, se fomenten las libertades humanas al máximo posible, para que cada quien no solo escoja sino construya su vida mediante su acción creativa. Y para que tal Estado exista, algo que disgusta al anarcocapitalista, se requiere de una sociedad orgánica en tanto que organizada en gremios, sindicatos, grupos ecológicos, feministas, LGTBIQ+, partidos políticos y distintas agrupaciones civiles conforme a los diversos intereses de los ciudadanos. Por eso, es deber social y estatal impulsar la creación de estas organizaciones. El individuo solo, peleando por sus derechos, sin sociedad civil y Estado fuertes, es preso de las fuerzas económicas dominantes del mercado. El individuo sin soporte organizativo lleva todas las de perder, su existencia sólo puede ser, para decirlo con Marx, una robinsonada. La libertad no es ajena al Estado y a la sociedad civil, de eso nos habla Hegel, de eso no quiere hablar el anarcocapitalista y el liberal radicalizado de la extrema derecha mundial.




viernes, 7 de noviembre de 2025

Sittlichkeit. A propósito de socialismo y democracia

 

En el parágrafo 274 de la "Filosofía del Derecho" de Hegel se lee: "En su constitución, el Estado tiene que penetrar todas las relaciones. Por ejemplo, Napoleón quiso dar a priori una constitución a los españoles, lo cual, sin embargo, funcionó harto mal. Pues una constitución no es algo meramente hecho: ella es el trabajo de siglos, la idea y la conciencia de lo racional, en cuan ampliamente ello está desarrollado en un pueblo. Es por eso que ninguna constitución es creada meramente por sujetos. Lo que Napoleón dió a los españoles era más racional que lo que ellos tenían antes, y sin embargo lo rechazaron como algo extraño a ellos, ya que no estaban cultivados hasta ese punto más elevado. El pueblo tiene que tener en su constitución el sentimiento de su derecho y de su situación, de lo contrario ella puede ser existente externamente, pero ella no tiene ninguna significación y ningún valor. Desde luego, puede encontrarse frecuentemente en singulares la necesidad y el anhelo de una constitución mejor, pero que la masa total sea penetrada por una representación semejante, es algo completamente distinto y sólo resulta posteriormente. El principio de la moralidad, de la interioridad de Sócrates, se originó necesariamente en sus días, pero se necesitó tiempo para que ello se convirtiera en autoconciencia universal." (de la traducción de nuestro siempre recordado Eduardo Vásquez, por las Ediciones de la Biblioteca de la Universidad Central de Venezuela en su segunda edición, pág. 286).

Nos hemos permitido esta larga cita por su riqueza, por todo lo contiene, especialmente el concepto hegeliano de "eticidad" (Sittlichkeit) y su distinción clave del concepto de "moralidad". Pero antes de entrar en este tema y vincularlo con otros dos conceptos, los de "socialismo" y "democracia", diseccionemos la cita brevemente en los siguientes puntos:

a.) El Estado tiene que penetrar todas las relaciones, en el sentido de que el Estado debe de emerger de las formas sociales ya establecidas para no resultar algo ajeno a las mismas, un aparato ahí que no representa a esa sociedad y su cultura. En otras palabras, el Estado debe surgir desde su pueblo y no imponerse al mismo, como Napoleón pretendió en España. Una tesis que permite entender por qué las constituciones son moribundas, incluso las que reemplazan a las moribundas.

b.) Los singulares, las personas de carne y hueso, los individuos, pueden desarrollar una conciencia distinta de la de su pueblo, por ejemplo una conciencia que apunte a superar sus propios límites actuales, tal como Sócrates con relación a la Atenas de su tiempo, empero, los individuos poco pueden hacer si su conciencia no se corresponde con la realmente existente en su pueblo.

c.) Agreguemos que Hegel denomina "moralidad" a la conciencia individual, a los valores que moran en un determinado individuo. En cambio, denominará "eticidad" a los valores que habitan efectivamente en el pueblo, en la comunidad real, en la sociedad. Si se quiere, se puede jugar con los orígenes de los términos para fijar los significados. Moralidad refiere a moral que viene del latín "mores" y se emparenta con morada. Hegel lo usará para la morada invidual, una morada que más que física es espiritual. Eticidad (Sittlichkeit) remite a ética, que viene del griego "éthos" que significa "costumbre", las costumbres en las que habita espiritualmente una comunidad determinada en una época dada. Así, la moral de un individuo puede oponerse a las costumbres de su comunidad de pertenencia. Si el mensaje de Giordano Bruno fue rechazado y el poder lo quemó en la hoguera sin mayores consecuencias ulteriores fue porque su moralidad se oponía a la eticidad dominante de su tiempo, mientras que el de Jesús fue recibido en el suyo porque hubo una comunidad que ya estaba madura para su recepción y expandirlo a otras comunidades que en su momento maduraron para hacerlo suyo también.

Marx, quien se alimentó de las dialécticas ubres hegelianas, entendía que para que la revolución triunfara se precisaba la madurez de las condiciones socioeconómicas, el mayor desarrollo de las fuerzas productivas capitalistas posible para que entrara en contradicción fatal y definitiva con las relaciones de producción, objetivadas en gran parte en las relaciones de propiedad, esto es, la propiedad privada sobre los medios de producción. La tecnología, componente fundamental de las fuerzas productivas, desplazaría el trabajo humano reduciéndolo al mínimo, así, por efectos de la propiedad sobre los medios se presentaría la mayor riqueza frente a la inmensa miseria de los trabajadores, en gran parte desalojados como desempleados del aparato productivo. No seguiremos ampliando las premisas de Marx, simplemente lleguemos a su conclusión: la revolución ocurrirá en los países de mayor desarrollo capitalista, por ser estos los que presenten la mayor contradicción señalada. En su tiempo ello apuntaba a Inglaterra y Francia, nunca a Rusia. En el nuestro apuntaría a Estados Unidos, no a Cuba o Venezuela. Más allá de lo que pensemos al respecto, Popper diría que Marx fue un gran científico pues presentó las condiciones en que se daría la revolución las cuales resultaron refutadas por la historia, nos interesa destacar que Marx nos decía en sus coordenadas teóricas lo que Hegel en las suyas: la sociedad debe estar madura para acoger las nuevas ideas, la racionalidad de estas nuevas ideas, su adecuación a las condiciones subjetivas y objetivas. La diferencia entre las coordenadas de uno y otro es que Hegel enfatiza lo espiritual y Marx las relaciones económicas como indicadores de dicha madurez sociocultural.

Lenin introdujo relevantes cambios en la teoría marxiana de la revolución. Nuestro querido y siempre recordado Heinz Sonntag, en otro libro publicado por la UCV, "Marx y Lenin, acerca de una sociología de la revolución", presentó un excelente balance de las diferencias entre el pensador de Tréveris y el de Uliánovsk. Prescindiendo de que el pensamiento de Lenin pasó por varias etapas, destaquemos el carácter voluntarista y vanguardista de su tesis. Voluntarista en tanto que la revolución la pueden llevar a cabo como toma del poder un sujeto a pesar de que no estén dadas las condiciones de desarrollo capitalista señaladas por Marx. Vanguardista por cuanto este sujeto se expresa como un grupo ilustrado que en determinadas condiciones sociohistóricas puede conducir a las masas básicamente no proletarias a una transición al socialismo mediante una dictadura de partido. Esto permite una práctica revolucionaria en una sociedad inmadura para el socialismo desde un punto de vista capitalista. O, para decirlo con la cita de Hegel, Lenin es a Rusia lo que Napoleón fue a España. La imposición armada de un modelo a la eticidad desde la moralidad.

Si Rusia era para 1917 un puzzle de culturas euroasiáticas a lo largo de su vasta extensión territorial, integradas mediante la figura autoritaria del zarismo y su sistema semifeudal, su eticidad se correspondería entonces con esta visión tradicional, patriarcal, semitribal, nada democrática. En consecuencia con lo planteado por Hegel, y dada la visión vanguardista de los jerarcas de la revolución, se terminaría estableciendo una continuidad nada democrática entre el zarismo y la secretaría del partido, entre el Zar y el Secretario General, una continuidad autoritaria con grados ascendentes a totalitarismo en la medida en que aquel "socialismo" se tendría que desarrollar en un solo país asediado desde el exterior, lo que ocurrió durante el período estalinista. El momento democrático expresado en la formación autónoma de los soviets sería barrido por su inadecuación epocal con la eticidad y las circunstancias de aquel periodo.

Quienes han usado el "Manifiesto del Partido Comunista" como catecismo en el mal sentido de esta palabra, quienes han hecho catequesis burda en pretendidos círculos de lectura de esta obra, como de otras de un auténtico calado revolucionario democratizador, han sido los llamados a reproducir la historia rusa en sus prácticas políticas, y de tener éxito en las mismas, hacer como Napoleón en España. Han hecho del Estado un aparato violento, autoritario y ajeno al sentir extendido socialmente. Un mero aparato represivo, diría Althusser. Y más allá, fácilmente habrán sometido a toda la sociedad a su contrario dialéctico también en lo económico, la habrán reducido a algún tipo de esclavismo o, en un tiempo 4.0, al más salvaje de los neoliberalismos.

Para terminar, pensamos que separar los conceptos de socialismo y democracia es, o propaganda ideológica de derechas en la medida en que intencionalmente confunde socialismo con dictadura, o propaganda ideológica de tiranías pseudoizquierdistas que a propósito confunden democracia con modelos estreñidos de democracia representativa. Conceptualmente socialismo significa democratización, democratización que va más allá del derecho formal y el resto de formalidades de la democracia representativa usual. Sin duda, es un concepto que tiene la importante tarea de corregir importantes dimensiones de su tradición como las relativas a la cuestión ecológica o la problemática de la gubernamentalidad, pero de seguro resulta un concepto más afín a democracia que aquel que defiende la unión de capitalismo y democracia, de acumulación de capital y distribución social del poder. No obstante, las derechas han sido exitosas en imponer la visión dictatorial del socialismo, se han nutrido con los llamados socialismos realmente existentes. De este modo, los referentes históricos las ayudan en su propaganda, se sustentan en lo que efectivamente ha ocurrido en aquellas sociedades surgidas de eticidades muy distantes de la pluralidad democrática y democratizadora, por lo que vale la pena apostar más bien por los términos de democracia radical, democracia profundamente inclusiva y empoderadora de las comunidades y sus personas. Más allá del discurso de izquierdas o de derechas que en su retórica exhiba un poder gubernamental, hay que exigir que tan realmente inclusivo resulte en sus actos.

Publicado originalmente en el portal Aporrea: Artículo 

miércoles, 22 de mayo de 2019

Ética en sociología (Andrea Molina, Carlota Ramírez y Génesis Urbina)

Resulta muy grato invitaros a escuchar este diálogo sobre la eticidad de la práctica sociológica en este siglo XXI entre tres brillantes jóvenes de la Universidad Central de Venezuela llamadas Andrea Molina, Carlota Ramírez y Génesis Urbina:
Tres sociólogas en diálogo sobre su hacer sociología


miércoles, 12 de septiembre de 2018

Encuentro inicial con la dimensión ética (Javier B. Seoane C.)


Elaborado por
Prof. Javier B. Seoane C.
Caracas, noviembre de 1999
Segunda versión:
Caracas, septiembre de 2018

I

Puede decirse que el fundamento último de toda organización social humana descansa en un conjunto de reglas asumidas por sus integrantes, formas convencionales de proceder ante los desafíos de la vida. En este sentido, la sociedad es análoga a cualquier juego que queramos emprender. El mismo requerirá la existencia de unas reglas que establezcan cómo se ha de jugar y cuáles son los fines a lograr en el mismo.

Nuestra vida social, qué duda cabe, está repleta de reglas tanto constitutivas como regulativas[1]. ¿Cómo pensar en eso que en nuestras sociedades llamamos “Estado” sin esa noción de reglas constitutivas del mismo? ¿Cómo pensar en ese mismo “Estado” sin pensar cómo regula nuestras actividades políticas y administrativas? La misma existencia de Estados nacionales con sus fronteras imaginarias entre sí supone ese carácter constitutivo y regulativo de las reglas que nos damos los humanos. Ahora bien, a diferencia de las sociedades animales que conocemos, las reglas de nuestra sociedad no están inscritas en la naturaleza biológica humana, no son parte de una programación genética. Mientras las hormigas sí actúan conforme a una programación genética, y su sociedad, con su respectiva estratificación, es propiamente natural, nosotros tenemos opciones de organización social. Lo dicho para las hormigas vale para los demás insectos, pero también para las aves, los batracios y todas las formas de vida animal no humanas. Nuestras sociedades son históricas y por eso nos planteamos el cambio social como una posibilidad de la acción humana. En otras palabras, podemos pensar en constituir el juego social de otro modo diferente al que actualmente nos constituye y regula.

El que nuestras sociedades sean históricas nos refiere a un humano también histórico y, por lo tanto, a una antropología mutable. Podemos decir, siguiendo al antropólogo contemporáneo Arnold Gehlen, que el humano puede entenderse como un fracaso de la naturaleza. En comparación con otros animales hemos nacido prematuramente, nuestra naturaleza biológica está incompleta, sin programación genética que estructure nuestra lucha por la existencia.  Carecemos de una serie de instintos especializados que determinen nuestra conducta en las diferentes dimensiones necesarias para la autoconservación. El animal humano está inacabado. Las tortugas galápagos desovan una vez al año bajo la arena de las playas. Al cabo de un tiempo las crías rompen el cascarón y salen de la arena. Allí no existe madre alguna, pues ésta se fue una vez concluida su labor. No obstante, las crías galápagos “saben” perfectamente lo que deben hacer, “saben” dónde está el océano y cómo llegarle. Autosuficientes desde sus mismos comienzos, aquellas que logren sobrevivir al ataque de los tiburones “sabrán” también cómo alimentarse y cómo procrearse. Nada que ver con el humano, dependiente desde el mismo comienzo de sus adultos y por más años que cualquier otro espécimen. Desconoce, entre otras cuestiones, cómo alimentarse, cómo proceder ante situaciones de riesgo y cómo proceder adecuadamente en su comportamiento sexual. Sólo la socialización, en todos sus aspectos, nos permite sobrevivir. Y no se nos mal interprete. No negamos que tenemos una condición biológica, pero la misma resulta insuficiente, no nos da una carga instintiva suficiente ni tampoco nos adapta a ecosistema alguno para afrontar nuestros desafíos vitales. Se trata de una condición biológica que ha de completarse por una segunda que llamaremos cultural. Nuestra carencia de programación genética suficiente exige la emergencia de una programación sociocultural.

Al carecer de instintos especializados[2], como también de ecosistema, los humanos estamos abiertos al mundo. Tenemos que crear un mundo propio, modificar lo dado por la naturaleza. Junto con Marx llamamos trabajo a esta acción de transformación, acción vital toda vez que no encontramos en la naturaleza lo que requerimos para vivir sino que tenemos que producirlo. Así, nuestra adaptación al mundo natural es una adaptación activa. Cambiamos nuestro entorno y con él cambiamos nosotros mismos. Precisamente por eso tenemos carácter histórico. Ahora bien, un solo individuo no puede crear las condiciones necesarias para su supervivencia, a menos que nos creamos Robinson Crusoe, y como dice Marx, Robinson recrea en la isla un mundo a partir del mundo preconcebido que ya traía de su civilización. Siendo el trabajo una actividad social nosotros somos seres sociales. Empero, como ya decíamos sucintamente, nada en nuestra naturaleza nos dice cómo debemos organizarnos en nuestra vida social. Por ello, la otra actividad que, conjuntamente con el trabajo, marca nuestra existencia, es la comunicación. Debemos intercambiar con los otros hombres una forma de organización que nos permita afrontar la vida. Tenemos esa necesidad imperiosa que tiene un anclaje en nuestra propia biología, en nuestra carencia de programación genética. Por medio de la comunicación coordinamos las actividades que exigen nuestro ser en el mundo, por medio de la comunicación intercambiamos puntos de vista y creamos un mundo simbólico sin el cual no seríamos posibles.

Por todo esto podemos decir que somos un animal simbólico. Sin ecosistema carecemos de un mundo que nos haya sido dado por la naturaleza sino que tenemos que recrearlo ordenándolo, tenemos que producirlo socioculturalmente. Ningún olor nos dice qué es lo que debemos comer y qué es lo que no, tampoco ningún color ni ningún sentido táctil. Por eso podemos comer el fruto venenoso sin darnos cuenta. Es la comunicación, el intercambio de experiencias y significados, lo que nos permite ordenar el mundo bajo el concepto de realidad. Y es esa realidad construida socialmente la que nos permitirá reconocer el fruto conveniente y el que no. En este sentido, abandonemos cualquier ingenuidad con el concepto de realidad, pues el conjunto de lo real tal como se nos presenta (realidad fenoménica) no resulta independiente de la representación que construimos socialmente. Hace dos mil años las bacterias no eran una realidad, y obviamente no porque no tuvieran existencia propia sino porque no existían para nosotros, así como seguramente en la actualidad no existen para nosotros muchas otras cosas animadas e inanimadas. Existe para nosotros lo que conocemos en una u otra forma, aunque también exista otra realidad oculta, desconocida, la que Kant llamó la cosa-en-sí. Lo que llamamos realidad es el mapa del mundo en que vivimos, la representación que nos permite ubicarnos en unas coordenadas espaciotemporales, la que nos permite decir yo desempeño tal papel y ocupo tal posición, el otro desempeña otro papel y ocupa otra posición. Sin esa representación estamos perdidos como especie. Y la misma no nos viene dada por la percepción de las cosas del mundo sensible. Antes, la realidad es más simbólica que cósica. Descansa en el lenguaje que nombra. Así, ¿cómo decir que los unicornios, los centauros o los cronopios no existen? Desde el mismo momento en que compartimos una representación de tales seres imaginarios hemos de decir que tienen una existencia para nosotros. No sólo existe lo cósico, como el empirismo más bruto quiso hacer ver en una época pasada, sino que la mayor parte de nuestra vida transcurre a través de existencias simbólicas como la justicia, el amor, la lealtad, el Estado, la religión, el arte, el saber que interpreta lo dado y pare usted de contar. Todo ello posible por el lenguaje, condición ontológica de nuestro pensamiento y nuestra reflexión. Somos animales simbólicos y por eso mismo sociales, pues para que nuestros símbolos sean prácticos para nuestra sobrevivencia han de ser significantes para otros, han de comunicar algo a alguien. Sin duda puedo hacer una marca en algún sitio perdido que tenga un significado para mí, pero ese símbolo no es comunicable a menos que yo comunique a otros lo que significa. Si lo hago su significado dejará de ser individual y se volverá social, dejará de ser enteramente mío para ser propiedad colectiva, tal como este libro que, una vez publicado deja de ser sólo mío para ser mío y de quienes lo lean. Si se quiere, y en lenguaje popperiano, pasa a pertenecer a un tercer mundo.

Al pasar a ese tercer mundo yo pierdo el control total sobre mi producción. El otro le da un nuevo sentido a esa comunicación, un sentido desde su perspectiva particular. Interpreta desde su experiencia de vida y ve en la comunicación que le ofrezco algo que no veo o algo que no destaco de la manera que él lo hace. Ello no significa que su interpretación y la mía sean inconmensurables, pues como seres sociales compartimos un mundo común: el social. Vamos al cine y compartimos la misma película que no es más que una serie finita de fotogramas. Sin embargo, ese hecho tan brutalmente empírico como una serie de fotogramas cobra sentido por la interpretación que le damos los espectadores y que le dan los autores. Cuando salimos del cine hemos visto la misma película pero nuestras interpretaciones varían conforme a la experiencia vivida de cada quien. Empero, y como ya dijimos, las interpretaciones no son necesariamente inconmensurables porque resultan resignificaciones de un mismo material: la colección de los fotogramas vistos. Hay una ética de la interpretación que no valida la sobreinterpretación. Por ejemplo, nadie en su juicio correcto, sin bromear, podrá decir que la serie “Martes 13” ­—título resignificado por nuestra cultura concreta, puesto que en Estados Unidos se titula “Viernes 13”— es una historia romántica al más puro estilo del Werther de Goethe. Se puede ser temerario, pero la temeridad tiene límites, aquellos que posibilitan la comunicación.

      Al intercambiar nuestras interpretaciones, nuestros puntos de vista, aprendemos nuevas perspectivas, obtenemos nuevos datos que transforman de manera cuasi imperceptible nuestra persona. Vamos cambiando constantemente por intermedio de la comunicación. Y es por eso que comunicación y trabajo constituyen las actividades que marcan nuestra existencia humana y social. Ambas tienen un anclaje en nuestras carencias y posibilidades biológicas. Para autoconservarnos requerimos trabajar y comunicarnos, por eso son condición biológica de nuestra existencia. Pero nuestra estructura biológica no nos dice cómo hemos de organizarnos para trabajar y con qué herramientas, como tampoco nos dice qué lenguaje hemos de hablar para entendernos. Es nuestra segunda naturaleza, la sociocultural, la que nos va a dar las pautas para poder hacerlo y llevar a cabo nuestros ciclos vitales. Los procesos de socialización crean esa segunda naturaleza y los agentes socializantes sirven de medios para tal fin. Estos procesos y agentes forman nuestra personalidad, fundamento último del control social. Recuérdese que no hay vida social sin control social, esto es, sin respeto por parte de los individuos a las reglas del juego social.

II

      Nos dicen los sociólogos que el control social tiene tres instancias: la persona, el grupo y las instituciones. La persona es la última en formarse y la base misma del sistema social. Los individuos no nacen con una persona definida. Aquí tomamos posición frente a los innatismos de la personalidad, sean de origen astrológico, religioso o cualquier otro. La persona es una producción social, un resultado. Mas, ¿qué hemos de entender por persona? Nos aproximamos un tanto al concepto partiendo del origen etimológico de la palabra. El término persona significa originalmente “máscara”, y hace mención a la máscara que se ponían los actores para representar sus papeles en el teatro primero. En este sentido, persona significa representación de un papel en un escenario. Para la sociología contemporánea el significado no ha variado en demasía. Persona es aquel individuo que dentro de una sociedad dada representa un conjunto de roles (papeles) acordes con su status (posición). Para representar su papel el individuo debe ser un sí mismo (self), tiene que tener conciencia de sí mismo, de su posición, de sus funciones y de las posiciones y funciones de los otros que pertenecen a su escenario social. La base de ese sí mismo descansa sobre el lenguaje que le permite significarse, resignificarse y significar y resignificar a los otros. Partamos de un buen ejemplo dado por George Herbert Mead. Para jugar béisbol es preciso ocupar una posición dentro del campo y actuar conforme a lo que se espera de esa posición. Ser primera base implica conocer las funciones propias de tal posición, pero también conocer las funciones del resto de los jugadores, incluidos los oponentes. Para conocer esas funciones es menester que existan las reglas que definen al juego, las reglas constitutivas y regulativas. Si no hay conciencia de todos esos elementos tampoco resultará posible jugar béisbol. Toda persona está dentro de un entramado social, en el caso que nos toca el del juego del béisbol. Sabe cuál es su status y rol asignado y actúa conforme a los mismos para poder ser aceptado en el juego. Conoce también el de los demás y juega con ellos. De esta manera, cuando está defendiendo la primera base y hay un corredor oponente sobre ella, y el bateador de turno batea un rolling a primera, habiendo un solo out en la entrada, sabe, sí le llega con tiempo la pelota, que debe tomarla y disparar a segunda para que su compañero de equipo saque out al corredor que va de primera a segunda; a su vez, sabe que una vez que ha disparado debe regresar, pisar la primera base y prepararse para recibir la pelota de su compañero que está en segunda, todo con la finalidad de completar un doble play haciendo out al corredor que va desde el home a primera y cerrar exitosamente la entrada. Esta actuación que ocurre en pocos segundos es realmente complicada. El individuo es un sí mismo, se reconoce como persona jugando con otras personas al béisbol. Sabe las reglas y las estrategias a seguir. Conoce el lenguaje del equipo que los couch transmiten para coordinarlo a él y a  compañeros. Y todo ello ha sido posible por la comunicación y el trabajo conjunto. Comunicación hablada, comunicación gestual, pues no solamente nos comunicamos por palabras sino por medio del cuerpo, siendo la mayoría de las veces esta última la más transparente. Sigamos con el ejemplo, el corredor que está en primera se separa de la base para tomar una ligera ventaja en su carrera a segunda. El lanzador lo observa y él observa al lanzador. No se hablan con palabras pero sí con sus cuerpos. El lanzador saca de la posición de lanzamiento su pie izquierdo y el corredor se recoge regresando a primera. El lanzador sabe que al hacerlo el corredor se recogerá. A su vez, el corredor sabe que se debe recoger pues existe el peligro de ser sorprendido en la primera por un lanzamiento para tal fin. Una vez que el corredor ha regresado el lanzador vuelve a su posición y se concentra en las señas que emanan de su receptor, empero, el corredor vuelve a tomar ventaja y hace amagues de salir al robo de base. La intención del corredor sea posiblemente robar pero también puede ser no robar y sacar de concentración al lanzador. Y así, sucesivamente, la historia del corredor y el lanzador se repite en toda una danza de gestos que comunican intenciones. En todo esto, ser persona implica ese sí mismo que sabe que usando determinados gestos y haciendo determinados amagues obtendrá determinados resultados del otro. Es un ser consciente de sí y del otro y del uso que en un momento se le deba dar a la comunicación. Es como quien escribe estas líneas. Yo estoy consciente de que lo hago y de mis intenciones. He sido socializado en un lenguaje contentivo de un vocabulario para poder comunicar mis pensamientos. Ese lenguaje muerto, que reposa en los diccionarios, cobra vida en el sentido que yo le doy. Pero mi darle sentido está referido tanto a mí mismo como al otro que es usted, quien me está leyendo. Cuando escribo esto me lo escribo a mí mismo y a la vez se lo escribo a usted. Trato de ser pedagógico en mi explicación y para serlo me lo digo a mi mismo de la manera más sencilla que pueda para decírselo a usted. Si no tuviese esta facultad de escribírselo y a la misma vez escribírmelo, entonces no podría comunicárselo porque mi escritura sería un sinsentido. Precisamente porque me lo digo a mi mismo se lo digo a usted, precisamente porque tengo la intención y voluntad de transmitirle la concepción sociológica de la personalidad y pienso cómo hacerlo, lo hago. Mi intención y voluntad han sido esas, y pueda que no tenga éxito y no logre hacer este tema diáfano para usted, pero he tratado de hacerlo dándole un sentido a la palabra escrita para que le llegue. En síntesis, cuando le hablo a un otro me hablo a mí mismo. Y esa es una característica de toda persona. Ella se dirige a sí misma y a un otro que puede ser concreto o generalizado. Soy una persona que me dirijo a otros y no lo hago desde la nada sino desde un universo simbólico que me ubica en el mundo. En este caso como profesor universitario, en una universidad específica, que da clases de una asignatura puntual, a estudiantes que viven en Venezuela y que comparten conmigo una conciencia colectiva de nuestro mundo. Así, ser persona es ubicarse en un mapa sociocultural, un ubicarse no gratuito. Este mundo no lo he creado yo, a lo sumo lo recreo en mi pensamiento y acción. Antes, el mundo me precede porque la sociedad y cultura que me lo han dado me preceden. Toda sociedad y cultura es anterior al individuo. Para decirlo con Heidegger, he sido arrojado a este mundo. Nací en un lugar dado, en el seno de una familia dada, con unas características dadas. Y poco a poco me fui adaptando dinámicamente a este mundo aprendiendo sus lenguajes, costumbres y valores, y aportándole a él un punto de vista, aquel que dan mis coordenadas espaciotemporales específicas y el bagaje de mi experiencia personalísima.

    No quisiera finalizar este largo pasaje sin hacer mención a otra característica fundamental de la persona: su moralidad. La moral, aprovechando un cierto aire de familia terminológica, puede entenderse como la morada de la persona. En la misma descansa y desde ella se recompone y actúa teórica y prácticamente. Mi conciencia personal, mi sí mismo, implica una conciencia moral. Le escribo a usted escribiéndome a mí mismo en un sentido que procura ser pedagógico. Sé que debo ser claro en mi lenguaje para poder cumplir con el deber de mi rol docente. Actuar como docente supone actuar como debe actuar un docente, esto es, debo estudiar y transmitir reflexivamente saberes y actitudes de forma sencilla pero sin sacrificar los contenidos, debo ser puntual y atento con mis alumnos, debo estar presto a sus preguntas y dudas y responder y aclarar en la medida en que pueda hacerlo. Después tengo otros roles que implican una moralidad: soy padre, esposo, amigo, hijo, sociólogo e investigador de filosofía práctica. Cada uno de ellos porta un deber ser como también unos derechos que le son propios. Debo ser un buen padre, un buen amigo, un buen esposo, un buen profesor, un buen hijo, un buen hermano, etcétera, y siéndolo merezco ser tratado como buen profesor, padre, hijo, esposo, hermano, amigo. La persona es posible porque tiene un sentido moral. Y una vez más, y ya para finalizar, los contenidos de esa moral no son creados ex nihilo por la persona, sino que le son dados socioculturalmente y resignificados una vez vueltos conciencia de sí mismo.

        Habíamos dicho que las instancias del control social son la persona, los grupos y las instituciones. Ya nos hemos referido sucintamente a la persona. No la hemos definido pero sí delineado su concepto para hablar en el marco de unas coordenadas más o menos claras. Habíamos dicho que el origen de la persona es social. Sus pautas de actuación, de pensamiento, su sociabilidad y moralidad, le son dadas en principio por el mundo sociocultural que la precede y después, una vez interiorizadas, son resignificadas por el sí mismo. Este mundo sociocultural es un complejo de valores cuya plataforma descansa en la organización societal que se estructura en un entramado de instituciones que, siguiendo a Bronislaw Malinowski, podemos definir como unidades más o menos permanentes de organización humana, constituidas por una serie de valores relativamente tradicionales y con un fin determinado. En pocas palabras, el concepto de institución implica un tejido de relaciones de los humanos entre sí y con la naturaleza. Las instituciones están, pues, reglamentadas, bien sea a partir de unos valores éticos o a partir de la ley positiva o de ambos. La familia es una institución cuyo fin es la socialización de nuevas generaciones, además de ser unidad económica. El Estado es un orden institucional a la vez institucionalizado: el Estado regula y da jerarquía a las instituciones sociales, las legitima o no, siendo a la vez un orden institucional más o menos legítimo. Introducimos el concepto de legitimación en un sentido amplio para referirnos a la aceptación que la autoridad de una institución puede tener entre los miembros de una sociedad. Puede haber instituciones ilegítimas como la mafia, una institución para el crimen. En igual sentido, hablamos en nuestro país de “corrupción institucionalizada”. Es preciso no confundir legitimidad y legalidad. La primera, como ya dijimos, es el grado de aceptación que las personas tengan de la autoridad de una institución. La segunda trata del orden positivo que regula las relaciones entre los miembros de una institución. Una institución puede ser a la vez legal e ilegítima, como pasa actualmente en nuestro país con gran parte del orden estatal, o como pasa cuando un Presidente, rechazado y falto de credibilidad entre su población, no renuncia y argumenta su decisión diciendo que la Constitución establece que su mandato es de cinco años.

      Las instituciones, dependiendo del contexto histórico, político, económico y sociocultural, pueden ser más o menos fuertes. Entendemos aquí por fuerza el grado que tienen estas organizaciones para mantener su legitimidad y no sucumbir ante intereses personales o de grupo. De esta manera, y refiriéndonos a manera de ilustración al caso concreto de nuestro país, hablamos de la fragilidad de nuestro orden político institucional. Probablemente ello tiene un claro origen cultural en la debilidad misma de la sociedad civil venezolana, sociedad que ha de entenderse como la conformada por la ciudadanía organizada en función de la defensa y promoción de los intereses de grupo. Un sucinto análisis fenomenológico nos muestra esta debilidad de las instituciones políticas. Es el caso de nuestras gestiones municipales. En el lenguaje cotidiano rara vez se dice la Alcaldía o el Ayuntamiento tiene tal programa. Lo que es usual es decir el Aristóbulo  o Ledezma, o los adecos, o los chavistas, tienen tal programa. Tras ello se deja entrever que la institución municipal se mueve no con un son propio sino al son que le toquen los gerentes de turno. Cuando hay cambio de gestores, hay cambio en los colores de uniforme de la policía, de los autobuses, hay cambios en el logo que identifica al ayuntamiento, hay cambios de organización y pare usted de contar. Las instituciones están capturadas por los grupos que se hacen de ellas, careciendo de este modo de rumbo propio. Así, vemos como nuestras ciudades no tienen mayores identidades que permanezcan en el tiempo. Es como sí el nuevo alcalde de Londres le diera por cambiar el color de los trolebuses o sencillamente eliminarlos porque están asociados con gestiones pasadas. Es como sí el próximo alcalde de Madrid le diera por ocultar de los sitios públicos el símbolo de la ciudad, el oso y el madroño, y reemplazarlo por un logo asociado con su persona o grupo político. Es como si el próximo alcalde de New York le diera por cambiar el color amarillo de los taxis y pintarlos de azul y rosado. El ejemplo que ponemos referente a la institucionalidad municipal en Venezuela es extensible a otros órdenes del poder público. En todo caso, queremos expresar la importancia de la vida institucional como base indiscutible de la estabilidad de toda vida social, pues sobre su base se organiza y ordenan las reglas constitutivas y regulativas del juego social entre las personas y, por consiguiente, hay que comprenderla como una instancia de control social básica y formadora de la personalidad humana. Por los avatares de nuestra historia nacional la familia matricentrada ha sido la institución que ha tenido mayor continuidad, no así las instituciones públicas. Por ello, no extraña que la programación sociocultural de nuestra personalidad se caracterice por un familismo y afectividad acentuadas, así como debilidad en nuestra comprensión de la racionalidad de lo público.

     Entre la persona y las instituciones median los grupos. Clasificados desde Simmel en grupos menores (diadas y tríadas) y grupos mayores, son ellos los que dan vida al orden objetivo de la institución. El Estado se objetiva por medio de obra de los grupos que interactúan en su interior. La institución familiar cobra vida en la asociación de mis padres y hermanos y así sucesivamente. Son pues otra instancia, una mediadora, de control social. No siendo éste un curso de sociología, no nos extenderemos en el análisis de la conformación de los grupos. Baste decir que son los que permiten la reproducción institucional en y por la persona. Ahora bien, entrando más a fondo en el tema del control social, diremos que éste lo clasificamos en control directamente represivo y control ético-moral.

     Por control social represivo entenderemos aquel que se ejerce de manera directamente coercitivo sobre la persona. Su función es mantener el orden social en casos de violencia. Por ejemplo, ante una manifestación ilegal que rompe el orden actúan las fuerzas militares y policiales del Estado. Pero también cuando un niño pequeño es detenido por sus padres ante un peligro inminente que él desconoce. El control ético-moral se ejerce por la persona misma sobre sí una vez que ha interiorizado las pautas de conducta propias de su organización social. Es el control fundamental pues sin su existencia sería imposible la vida social. Imagínese Ud. que para que mañana el país se ponga en marcha se requiera un policía que controle a cada persona y lo saque de su casa para que cumpla con las actividades requeridas. Ello imposibilitaría el funcionamiento de la sociedad. Antes, los agentes socializantes socializan a la persona en la normatividad social. Así, cada mañana cada trabajador sale a cumplir con su trabajo por sí mismo, tal como cada estudiante hace lo propio. Nos disponemos ahora a introducir brevemente el problema de la ética.

III

     La moral está formada por el conjunto de valores y normas que configuran la persona humana y regulan la acción de ésta con respecto a sí misma y a las otras personas. La acción moral presupone que el individuo puede actuar de diferentes modos. Por eso afirmamos que la vida moral resulta inseparable de la libertad, de una entendida de manera relativa. Expliquémonos siguiendo las enseñanzas de Hegel, el gran filósofo alemán: la libertad humana es relativa pues siempre está en relación con una serie de determinaciones y condiciones. Carezco de alas para salir volando por los hermosos cielos en este momento como mi limitada programación genética no resulta tan limitada como para que me enferme y un día muera, por lo menos hasta nuevas noticias de la biotecnología. Del mismo modo vivo en una época histórica, en un marco sociocultural específico, bajo unas condiciones políticas propias de ese marco, condiciones que me limitan en mi capacidad de acción y mi habilitan también para determinadas conductas. Todos esos contextos biológicos, sociales, culturales, políticos y también económicos condicionan mi libertad, la generan y la limitan.

      Para Hegel, la libertad humana resulta de la síntesis de dos momentos, uno negativo y otro positivo. La libertad negativa ha de entenderse en el sentido de que la “(…) la voluntad (es) posibilidad de poder hacer abstracción de toda determinación, en la cual yo me encuentro o la cual he puesto en mí, la huida de todo contenido como de una limitación, lo cual es aquello a lo que la voluntad se determina, o es tomada la libertad para sí de la representación como la libertad, entonces esto constituye la libertad negativa o la libertad del entendimiento. Es la libertad del vacío, la cual erigida en figura real efectiva y en pasión y, precisamente, cuando permanece puramente teorética, se convierte en los religiosos del fanatismo de la pura contemplación india, pero cuando se dirige a la realidad efectiva, en lo político como en lo religioso, se convierte en el fanatismo de la destrucción de todo orden social existente y en la expulsión de los individuos sospechosos de querer un orden social, así como en la aniquilación de toda organización que quiera resurgir. Sólo destruyendo algo tiene esta voluntad negativa el sentimiento de su existencia.”[3] El hombre ejerce su libertad negativa cuando niega las determinaciones que recaen sobre él. Puede tener hambre y posponer el acto de saciar su apetito, puede desear y negarse a satisfacer sus deseos. Empero, se trata de un ejercicio abstracto en tanto que niega pero no pone nada. Lo interesante de este momento negativo de la libertad se entiende mejor con la palabra liberación. La libertad negativa en cuanto que liberación supone la acción de quitarse de encima los límites que reconocemos como incómodos. Liberarse es siempre liberarse de algo. Hegel la asocia con el entendimiento porque cualquier liberación comienza por el reconocimiento de aquello de lo que queremos liberarnos porque nos limita. El primer momento de la libertad, el momento negativo, está en relación con unos límites que deseamos superar porque ya los hemos hecho conscientes en tanto que límites. La libertad se inicia entonces en la conciencia y como anhelo de liberación.

     Si la libertad se quedara en su momento negativo sólo negaría indefinidamente hasta llegar quizás al nirvana budista. Mas, para el occidental y moderno Hegel el nirvana no resulta opción conveniente y, por tanto, propone un segundo momento: la libertad positiva. Nos dice que ésta es “(…) tránsito desde la indeterminidad indiferenciada hacia la diferenciación, el determinar y poner una determinidad como contenido y como objeto.”[4] La libertad positiva en cuanto que negatividad de la libertad negativa supera aquella indeterminación del primer momento poniendo algo (una determinación) en su lugar. De nuevo con Hegel: “Yo no solamente quiero, sino que quiero algo. Una voluntad que (…) sólo quiere lo universal abstracto, nada quiere, y por eso no es voluntad, para ser voluntad, tiene que limitarse en general. Que la voluntad quiera algo, es la limitación, la negación.”[5] Y esta negación lo es en un doble sentido. Por un lado, como ya se dijo, lo es en tanto que negación de la libertad negativa. Por otro lado, lo es en tanto que al poner algo niega la posibilidad de poner otra cosa en lugar de ese algo. La libertad humana siempre será relativa pues niega con relación a algo y afirma con relación a algo, a algo que pone. Aquí el adjetivo positivo de “libertad positiva” viene de los orígenes de esa palabra: positivo en el sentido de posición, de posicionar, de poner algo.

      La voluntad libre será síntesis de libertad negativa y positiva, de un quitarse límites y ponerse nuevos límites. Libertad relativa por cuanto el hombre es un ser finito. Pongamos un ejemplo. Tengo hambre. Mi libertad negativa se ejerce negándome a comer en este momento porque debo cumplir el deber de concluir con mi clase. Pospongo el alimentarme ahora. Después saldré de clase y comeré. Pero no comeré cualquier cosa, lo primero que se me atraviese, sino que pondré algo, esto es, pondré el tipo de alimento que he de comer dentro de las posibilidades que se me ofrecen. Ahora bien, esas posibilidades no son ilimitadas sino unas determinadas. Por eso, soy libre pero no tengo libertad absoluta. Como éste se pueden construir múltiples ejemplos. La libertad cual toma y daca de negar y poner constituye una dialéctica de la acción humana.

     Decíamos arriba que la acción moral presupone la libertad relativa de la persona puesto que puede actuar de diferentes modos. Llevados de la mano de Hegel, ya hemos explicado sucintamente en qué consiste esa libertad. Immanuel Kant estableció en sus principales textos filosóficos de ética —Fundamentación de la metafísica de las costumbres y Crítica de la razón práctica— que cualquier razonamiento y juicio práctico —ético y político— supone el concepto de libertad. No puedo juzgar mis acciones y las de los otros si no supongo que pude hacer lo que hice de otro modo, que en lugar de hacerlo bien pude hacerlo mal o regular. Igual con relación a mi juicio sobre el actuar de los otros. Sin suponer esa libertad no cabe juzgar al presidente por su mal o buen desempeño. Tampoco podrían los tribunales de administración de justicia incriminar o absolver a quien se le lleva un proceso por un determinado delito. Kant, quien, como buen hijo de la revolución física newtoniana, era proclive a pensar que los fenómenos naturales estaban determinados y que el universo era una maquinaria tan exacta como el mejor de los relojes suizos, postulaba para la acción humana la libertad, pues si estuviésemos determinados por otras fuerzas, sean éstas los genes, los dioses, los astros o cualquier otra, no seríamos responsables de nuestros actos. Habría que encarcelar a Neptuno, o extirpar el gen X, o inculpar al Dios que todo ocurre como él quiere.

      En las últimas líneas nos hemos deslizado de la libertad a la responsabilidad. En el sentido más amplio de esta palabra, seré responsable si puedo responder ante mí y ante los otros por mis actos. La libertad conlleva la responsabilidad. Soy agente libre y, en consecuencia, soy agente responsable, puedo dar cuenta y razón de mis actos. Porque soy libre y responsable puedo ser juzgado y juzgarme. El derecho tradicionalmente lo ha expresado muy bien al establecer diferentes grados en los delitos. Por ejemplo, hay homicidios accidentales y los hay intencionales, los hay con alevosía y nocturnidad, los hay sólo culposos o no premeditados, hay asesinatos y magnicidios y, en algunas partes, regicidios. Todas estas calificaciones que establece un juez o un jurado reflejan distintos grados de responsabilidad en lo sucedido. Quien atropella y mata a otro manejando borracho o bajo efecto de estupefacientes no es incriminado con la misma fuerza que quien lo atropella en pleno uso de sus facultades y con toda la intención de asesinarlo. Ser moral es ser libre y responsable porque se elige y se responde por lo que se elige.

     De lo dicho se desprende que sólo se puede ser moral si se practican actos considerados buenos de forma libre, esto es, sin hacerlo por coerción, sino por decisión propia, con responsabilidad. Llegamos así al final de este encuentro inicial a falta de muchos rudimentos para comprender mejor la dimensión ética que, sin duda, nos define como humanos. No puedo hablar de ética en los gatos, los loros, las hormigas o las sábilas. Sólo de los humanos puedo predicar la ética, pues sólo entre nosotros se da el fenómeno de la libertad y la responsabilidad. Comprender lo ético exige acercarnos a otros conceptos como el del deber y el del bien, tan intrínsecos a cualquier pensar ético. Exige introducirse en el concepto de virtud, tan querido por Aristóteles y desde entonces por la reflexión ética, pues no se puede ser bueno esporádicamente sino habitualmente, es decir, por virtud. Y entrar en la virtud sería entrar en virtudes como la justicia, la prudencia, la templanza, entre muchas otras. Exige pensar otro concepto hegeliano, tan heurístico para la ciencia social, el de eticidad (Sittlichkeit), aquel que nos remite al ethos efectivamente existente en una comunidad humana, su cultura ética, resultado de su devenir histórico y del que arranca como su punto de partida cualquier pensamiento sobre lo moral. En fin, mucho camino nos queda por andar, apenas hemos dado un pequeño paso en el mundo de la ética, un paso sobre las bases antropológicas y su vínculo con la libertad y la responsabilidad. Si hay ánimo para seguir caminando un mundo muy humano de posibilidades se nos abrirá. A caminar os invito.

Caracas, septiembre de 2018




[1] Cabe distinguir de entrada, como bien hace Searle, entre reglas regulativas y reglas constitutivas: “Algunas reglas regulan actividades previamente existentes. Así, la regla «conduzca por la mano derecha de la calzada» regula la conducción; pero la conducción puede existir antes de la existencia de esa regla. Sin embargo, algunas reglas no sólo regulan, sino que crean la posibilidad misma de ciertas actividades. Las reglas del ajedrez, pongamos por caso, no regulan una actividad previamente existente. No es verdad que antes hubiera montones de gente desplazando pedacitos de madera sobre tableros y que, para prevenir colisiones continuas y embotellamientos de tráfico, tuviéramos que regular esa actividad. Ocurre más bien que las reglas del ajedrez crean la posibilidad misma de jugar al ajedrez. Las reglas son constitutivas del ajedrez en el sentido de que lo que sea jugar al ajedrez queda en parte constituido por la actuación según esas reglas. Si ustedes no siguen al menos una buena parte de esas reglas, ustedes no están jugando al ajedrez.” John R. Searle: La construcción de la realidad social, tr. Antoni Domènech, Paidós, Barcelona 1997; p. 45.
[2] Llamamos aquí instinto a una disposición psicofísica hereditaria no aprendida y común a todos los individuos de una misma especie que hace que ante determinadas situaciones el individuo se comporte mecánica e inconscientemente. Instintos especializados son aquellos específicos que cumplen determinadas funciones programando la alimentación, la sexualidad, la protección de las crías y otras demandas propias de la sobrevivencia biológica.
[3] G. W. F. Hegel: Filosofía del Derecho, tr. Eduardo Vásquez, Universidad Central de Venezuela, 2ª edición, Caracas 1991; & 5, p. 64 (El énfasis es del autor).
[4] Op. cit., & 6, p. 65 (El énfasis es del autor).
[5] Op. cit., & 6, p. 66

miércoles, 5 de septiembre de 2007

Educación y ética (1996)

El fin último de la educación es la emancipación. Emancipatio llamaban los latinos a la acción en que el adolescente, ya pleno de sus facultades y concluido su proceso de educación, se separaba del hogar y la autoridad de su preceptor. Posteriormente, la Ilustración también consagró a la educación en términos similares. Con I. Kant podríamos decir que el objetivo de ésta era lograr un individuo autónomo, capaz de servirse de su propia razón.

Después, cuando los preceptos de la Ilustración se tornaron peligrosos para el status quo, A. Comte proclamó la “subordinación de la imaginación a la observación de lo existente” y la subordinación del individuo al Estado social. Buscando sistematizar la moral en una ciencia, como ya había pretendido Descartes tres siglos antes, sabía muy bien el “padre” del positivismo que no se podía constituir una sociedad estable sin apelar a una fuerte educación moral y ética que, según él, tenía que hacer énfasis en los deberes y nunca en los derechos.

El intento comteano, fracasado tal como antes había fracasado el cartesiano, no fue continuado por los positivismos posteriores. Estos se quedaron con el lado científico desechando la religión, la estética, la moral y la política por su supuesta contaminación subjetivista. La pedagogía devino entonces en una “ciencia” y renunció a los contenidos propios de la emancipación: los valores humanísticos se consideraron una instrucción complementaria, siempre marginal en la enseñanza de la ciencia, único conocimiento auténtico.

Nuestro sistema educativo está constituido a partir de los criterios de esa pedagogía positivista. Las horas dedicadas en nuestra escuela básica a las matemáticas, la biología, la gramática castellana e inglesa, duplican a las horas dedicadas a la educación ciudadana, ética y estética. Estas últimas, enseñadas desde la pura retórica y de modo heterónomo, sin ninguna relación práctica con la vida escolar y diaria del alumno, terminan siendo consideradas por éste como mera “habladera de gamelote”, algo totalmente inútil en un mundo gobernado por los principios del “cambalache”.

No obstante, la democracia, la solidaridad, la amistad, la tan necesaria expresión estética, no son reductibles a principios abstractos y librescos, pues, antes que nada, ellas son posibles como actitudes de los individuos. Ellas sólo pueden aflorar en una educación actitudinal siempre estrechamente ligada a la acción social de los hombres y su circunmundo. En este sentido, creemos que nuestro sistema educativo es más una amenaza a estos valores que la consolidación de los mismos en cada uno de nuestros hombres. El carácter autoritario (expresado en la actitud de nuestros gobernantes, gerentes, policías, delincuentes, machistas, etc.) es en gran medida producto de nuestro sistema educativo: a pesar de que en los libros de cívica se instruya sobre las bondades de la democracia, nuestra escuela, su educación de contenidos y sus tendencias magistrocéntricas reproducen ese carácter despótico maltratando los aspectos más creativos y participativos de alumnos y maestros.

Cuando analizamos el plan de acción del M. E., las demandas de los distintos gremios educativos y la generalizada práctica familiar que impulsa los estudios de los jóvenes hacia las profesiones mejor cotizadas en el mercado, nos damos cuenta que el saber humanístico, aquel que humaniza, es considerado puro “gamelote”. Sin embargo, quienes hoy apostamos por recrear la educación ética no podemos caer en el facilismo de acusar de tales males a la sociedad de consumo y sus mass-media. Sin duda ellos tienen una alta cuota de responsabilidad en la barbarie de nuestro mundo actual, pero también quienes pretendemos ser educadores debemos evitar el pensamiento narcisista que bloquea nuestra autoreflexión y pensar que en una medida u otra nosotros hemos formado a quienes hoy hacen uso de esos medios. Sin esta crítica a los contenidos y la forma de concebir nuestra educación no será posible la tan soñada emancipación individual y colectiva, emancipación que hoy parece confundirse con indicadores macroeconómicos positivos.
Javier B. Seoane C.
Caracas, Junio de 1996
Publicado en El Nacional

martes, 4 de septiembre de 2007

Para una introducción al concepto de persona moral (1999)

El fundamento último de toda organización social humana descansa en un conjunto de reglas asumidas por sus integrantes. En este sentido, la sociedad es análoga a cualquier juego que queramos emprender. El mismo requerirá la existencia de unas reglas que nos digan cómo se ha de jugar y cuáles son los fines a lograr en el mismo. Ahora bien, a diferencia de las sociedades animales que conocemos, las reglas de nuestra sociedad no están inscritas genéticamente en los hombres. Mientras las hormigas actúan conforme a su biología, y su sociedad, con su respectiva estratificación, es propiamente natural, nosotros tenemos opciones de organización social. Nuestras sociedades son históricas y por eso nos planteamos el cambio social como una posibilidad de la acción humana.

El que nuestras sociedades sean históricas nos refiere a un hombre que también es histórico y, por lo tanto, a una antropología mutable. Podemos decir, siguiendo al antropólogo contemporáneo Arnold Gehlen, que el hombre es un fracaso de la naturaleza. En comparación con otros animales hemos nacido prematuramente. Este juego metafórico no significa otra cosa que nuestra naturaleza biológica es incompleta: nuestra especie carece de una serie de instintos especializados que le permitan determinar su conducta en las diferentes dimensiones necesarias para la autoconservación. Esto es importante si queremos superar la idea de que el animal humano es el más acabado de todos en el largo camino de la evolución. No lo es al menos desde un punto de vista estrictamente biológico. Los ejemplos sobran, así que pongamos uno. Las tortugas galápagos colocan sus huevos una vez al año bajo la arena de las playas. Al cabo de un tiempo las crías rompen el cascarón y salen de la arena. Allí no existe madre alguna, pues ésta se fue una vez concluida su labor de enterrar los huevos. Sin embargo, las crías galápagos “saben” perfectamente lo que deben hacer, “saben” dónde está el océano y cómo llegar a él. Podemos decir que son autosuficientes desde sus mismos comienzos. Y aquellas que logren sobrevivir al ataque de los tiburones “sabrán” también cómo alimentarse y cómo procrearse. Nada que ver con el hombre. Éste es dependiente desde el mismo comienzo, y por más años que cualquier otro espécimen, de sus adultos. Desconoce, entre otras cuestiones, cómo alimentarse, cómo proceder ante situaciones de riesgo y cómo proceder adecuadamente en su comportamiento sexual. No en balde la socialización, en todos sus aspectos, es lo que realmente nos permite sobrevivir. Y no se nos mal interprete. No negamos que tengamos una naturaleza biológica, pero sí decimos que esa naturaleza es insuficiente, que ella no nos da una carga instintiva fuerte ni tampoco nos adapta a ecosistema alguno. Esa naturaleza es incompleta y ha de ser completada por una segunda que llamaremos cultural.

Al carecer de esos instintos
[1], como también de ecosistema, los hombres se encuentran abiertos al mundo. Tienen que crear su propio mundo, esto es, modificar lo dado por la naturaleza. Esta acción de transformación es lo que llamamos trabajo. No encontramos en la naturaleza lo que requerimos para vivir sino que tenemos que producirlo, y por eso nuestra adaptación al mundo natural es una adaptación activa. Cambiamos nuestro entorno y con él cambiamos nosotros mismos. Ahora bien, el trabajo es una actividad social. Un solo individuo no puede crear las condiciones necesarias para su supervivencia, a menos que nos creamos Robinson Crusoe, y como dice Marx, Robinson recrea en la isla un mundo a partir del mundo preconcebido que ya traía de su civilización. Siendo el trabajo una actividad social nosotros somos seres sociales. Empero, como ya decíamos sucintamente, nada en nuestra naturaleza nos dice cómo debemos organizarnos en nuestra vida social. Por ello, la otra actividad que, conjuntamente con el trabajo, marca nuestra existencia, es la comunicación. Debemos intercambiar con los otros hombres una forma de organización que nos permita afrontar la vida. Tenemos esa necesidad que tiene un anclaje en nuestra propia biología. Por medio de la comunicación intercambiamos puntos de vista y creamos un mundo simbólico sin el cual no seríamos posibles.

Por todo esto es que podemos decir que somos un animal simbólico. Careciendo de ecosistema no tenemos un mundo que nos haya sido dado por la biología sino que tenemos que recrearlo ordenándolo. Ningún olor nos dice qué es lo que debemos comer y qué es lo que no, tampoco ningún color ni ningún sentido táctil. Por eso podemos comer el fruto venenoso sin darnos cuenta. Es la comunicación, el intercambio de experiencias y significados, lo que nos permite ordenar el mundo bajo el concepto de realidad. Y es esa realidad construida socialmente la que nos permitirá reconocer el fruto conveniente y el que no lo es. En este sentido, no debemos ser ingenuos con el concepto de realidad, pues éste no es independiente de la representación que construimos y nos hacemos socialmente. Hace dos mil años las bacterias no eran una realidad, y obviamente no porque no tuvieran existencia propia sino porque no existían para nosotros, así como seguramente en la actualidad no existen para nosotros muchas otras cosas animadas e inanimadas. Existe para nosotros lo que conocemos en una u otra forma, pero también existe otra realidad oculta, desconocida, lo que Kant llamó la cosa-en-sí, que la hemos de interpretar en un sentido histórico en tanto que el conocimiento se desarrolla en el tiempo. Pero, ¿qué es la realidad? Sin duda el mapa del mundo en que vivimos. La representación de la realidad es la que nos permite ubicarnos en unas coordenadas espaciotemporales, la que nos permite decir yo desempeño tal papel y ocupo tal posición, el otro desempeña otro papel y ocupa otra posición. Sin esa representación estamos perdidos como especie. Y la misma no nos viene dada por la percepción de las cosas del mundo sensible. Antes, la realidad es más simbólica que cósica. Descansa en el lenguaje que nombra. Así, ¿cómo decir que los unicornios, los centauros o los cronopios no existen? Desde el mismo momento en que compartimos una representación de tales seres imaginarios hemos de decir que tienen una existencia para nosotros. No sólo existe lo cósico, como el empirismo más ingenuo quiso hacer ver en una época pasada, sino que la mayor parte de nuestra vida transcurre a través de existencias simbólicas como la justicia, el amor, la lealtad, el Estado, la religión, el arte, el saber que interpreta lo dado y pare usted de contar. Todo ello es posible por el lenguaje, condición ontológica de nuestro pensamiento y nuestra reflexión. Somos animales simbólicos y por eso mismo sociales, pues para que nuestros símbolos sean prácticos para nuestra sobrevivencia han de ser significantes para otros, han de comunicar algo a alguien. Sin duda puedo hacer una marca en algún sitio perdido que tenga un significado para mi, pero ese símbolo no es comunicable a menos que yo comunique a otros lo que significa. Si lo hago su significado dejará de ser individual para ser social, si lo hago dejará de ser enteramente mío para ser una propiedad colectiva, tal como este libro que, una vez que lo publico deja de ser sólo mío para ser mío y de quienes lo lean. Si se quiere, y en lenguaje popperiano, pasa a pertenecer a un tercer mundo.

Al pasar a ese tercer mundo yo pierdo el control total sobre mi producción. El otro le da un nuevo sentido a esa comunicación, un sentido desde su perspectiva particular. Interpreta desde su experiencia de vida y ve en la comunicación que le ofrezco algo que no veo o algo que no destaco de la manera que él lo hace. Ello no significa que su interpretación y la mía sean inconmensurables, pues como seres sociales compartimos un mundo común: el social. Vamos al cine y compartimos la misma película que no es más que una serie finita de fotogramas. Sin embargo, ese hecho tan brutalmente empírico como una serie de fotogramas cobra sentido por la interpretación que le damos los espectadores y que le dan los autores. Cuando salimos del cine hemos visto la misma película pero nuestras interpretaciones varían conforme a la experiencia vivida de cada quien. Empero, y como ya dijimos, las interpretaciones no son inconmensurables porque son resignificaciones de un mismo material: la colección de los fotogramas vistos. Hay una ética de la interpretación que no valida la sobreinterpretación. Por ejemplo, nadie en su juicio correcto, sin bromear, podrá decir que la serie “Martes 13” ---título resignificado por nuestra cultura concreta, puesto que en Estados Unidos se titula “Viernes 13”--- es una historia romántica al más puro estilo de Goethe. Se puede ser temerario, pero la temeridad tiene límites que son los que posibilitan la comunicación.

Al intercambiar nuestras interpretaciones, nuestros puntos de vista, aprendemos nuevas perspectivas, obtenemos nuevos datos que transforman de manera cuasi imperceptible nuestra persona. Vamos cambiando constantemente por intermedio de la comunicación. Y es por eso que comunicación y trabajo son las actividades que marcan nuestra existencia humana y social. Ambas tienen un anclaje en nuestras carencias y posibilidades biológicas. Para autoconservarnos requerimos trabajar y comunicarnos, por eso son condición biológica de nuestra existencia. Pero nuestra estructura biológica no nos dice cómo hemos de organizarnos para trabajar y con qué herramientas, como tampoco nos dice qué lenguaje hemos de hablar para entendernos. Es nuestra segunda naturaleza, la sociocultural, la que nos va a dar las pautas para poder hacerlo y llevar a cabo nuestros ciclos vitales. Los procesos de socialización son los que crean esa segunda naturaleza y los agentes socializantes son los medios para tal fin. Esos procesos y esos agentes forman nuestra personalidad, que es el fundamento último del control social. Recuérdese que no hay vida social sin control social, esto es, sin respeto por parte de los individuos a las reglas del juego social.

El control social tiene tres instancias: la persona, el grupo y las instituciones. La persona es la última en formarse y la base misma del sistema social. Los individuos no nacen con una persona definida. Aquí tomamos posición frente a los innatismos de la personalidad, sean de origen astrológico, religioso o cualquier otro. La persona es una producción social. Mas, ¿qué hemos de entender por persona? Nos aproximamos un tanto al concepto partiendo del origen etimológico de la palabra. El término persona significa originalmente “máscara”, y hace mención a la máscara que se ponían los actores para representar sus papeles en el teatro primero. Así, persona es representación de un papel en un escenario. Para la sociología contemporánea el significado no ha variado en demasía. Persona es aquel individuo que dentro de una sociedad dada representa un rol (papel) acorde con su status (posición) dentro de la misma. Para representar su papel el individuo debe ser un sí mismo, esto es, tiene que tener conciencia de sí mismo, de su posición, de sus funciones y de las posiciones y funciones de los otros que pertenecen a su escenario social. La base de ese sí mismo es el lenguaje que le permite significarse, resignificarse y significar y resignificar a los otros. Partamos de un buen ejemplo dado por George Herbert Mead. Para jugar béisbol es preciso ocupar una posición dentro del campo y actuar conforme a lo que se espera de esa posición. Ser primera base implica conocer las funciones propias de tal posición, pero también conocer las funciones del resto de lo jugadores, incluidos los oponentes. Para conocer esas funciones es menester que existan las reglas que definen al juego. Si no hay conciencia de todos esos elementos tampoco es posible jugar béisbol. El individuo que juega es una persona dentro de un entramado social: el del juego. Sabe cuál es su status y rol asignado y actúa conforme a ellos para poder ser aceptado en el juego. Conoce también el de los demás y juega con ellos. De esta manera, cuando está defendiendo la primera base y hay un corredor oponente sobre ella, y el bateador de turno batea un rolling a primera, habiendo un solo out en la entrada, sabe, sí le llega con tiempo la pelota, que debe tomarla y disparar a segunda para que su compañero de equipo saque out al corredor que va de primera a segunda; a su vez, sabe que una vez que ha disparado debe regresar, pisar la primera base y prepararse para recibir la pelota de su compañero que está en segunda, todo con la finalidad de completar un doble play haciendo out al corredor que va desde el home a primera y cerrar exitosamente la entrada. Esta actuación que ocurre en pocos segundos es realmente complicada. El individuo es un sí mismo, se reconoce como persona jugando con otras personas al béisbol. Sabe las reglas y las estrategias a seguir. Conoce el lenguaje de símbolos significantes y propio del equipo que los couch transmiten para coordinarlo a él y sus compañeros. Y todo ello ha sido posible por la comunicación y el trabajo conjunto. Comunicación hablada, comunicación gestual, pues no solamente nos comunicamos por palabras sino por medio del cuerpo, siendo la mayoría de las veces esta última la más transparente. Sigamos con el ejemplo, el corredor que está en primera se separa de la base para tomar una ligera ventaja en su carrera a segunda. El lanzador lo observa y él observa al lanzador. No se hablan con palabras pero sí con sus cuerpos. El lanzador saca de la posición de lanzamiento su pie izquierdo y el corredor se recoge regresando a primera. El lanzador sabe que al hacerlo el corredor se recogerá. A su vez, el corredor sabe que se debe recoger pues existe el peligro de ser sorprendido en la primera por un lanzamiento para tal fin. Una vez que el corredor ha regresado el lanzador vuelve a su posición y se concentra en las señas que emanan de su receptor, empero, el corredor vuelve a tomar ventaja y hace amagues de salir al robo de base. La intención del corredor sea posiblemente robar pero también puede ser no robar y sacar de concentración al lanzador. Y así, sucesivamente, la historia del corredor y el lanzador se repite en toda una danza de gestos que comunican intenciones. En todo esto, ser persona implica ese sí mismo que sabe que usando determinados gestos y haciendo determinados amagues obtendrá determinados resultados del otro. Es un ser conciente de sí y del otro y del uso que en un momento se le deba dar a la comunicación. Es como quien escribe estas líneas. Yo estoy conciente de que lo hago y de mis intenciones. He sido socializado en un lenguaje contentivo de un vocabulario para poder comunicar mis pensamientos. Ese lenguaje muerto, que reposa en los diccionarios, cobra vida en el sentido que yo le doy. Pero mi darle sentido está referido tanto a mi mismo como al otro que es Ud., quien me está leyendo. Cuando escribo esto me lo escribo a mi mismo y a la vez se lo escribo a Ud. Trato de ser pedagógico en mi explicación y para serlo me lo digo a mi mismo de la manera más sencilla que pueda para decírselo a Ud. Si no tuviese esa facultad de escribírselo y a la misma vez escribírmelo, entonces no podría comunicarme con Ud. porque mi escritura sería un sinsentido. Precisamente porque me lo digo a mi mismo se lo digo a Ud., precisamente porque tengo la intención y voluntad de transmitirle la concepción sociológica de la personalidad y pienso cómo hacerlo, lo hago. Mi intención y voluntad han sido esas, y pueda que no tenga éxito y no logre hacer este tema diáfano para Ud., pero he tratado de hacerlo dándole un sentido a la palabra escrita para que le llegue. En síntesis, cuando le hablo a un otro me hablo a mi mismo. Y esa es una característica de toda persona. Ella se dirige a sí misma y a un otro que puede ser concreto o generalizado. Soy una persona que me dirijo a otros y no lo hago desde la nada sino desde un universo simbólico que me ubica en el mundo. En este caso como profesor universitario, en una universidad ignaciana venezolana, que da clases de gerencia en salud, a estudiantes que viven en Venezuela, están interesados en la materia, y comparten conmigo una conciencia colectiva de nuestro mundo. Así, ser persona es ubicarse en un mapa social y cultural. Y ese ubicarse no es gratuito. Este mundo no lo he creado yo, a lo sumo lo que hago es recrearlo en mi pensamiento y acción. Antes, el mundo me precede porque la sociedad y cultura que me lo han dado me preceden. Toda sociedad y cultura es anterior al individuo. Nací en un lugar dado, en el seno de una familia dada, con unas características dadas. Y poco a poco me fui adaptando dinámicamente a ese mundo aprendiendo de él sus lenguajes, costumbres y valores, y aportándole a él un punto de vista. No quisiera finalizar este largo pasaje sin hacer mención a otra característica fundamental de la persona: su moralidad. La moral es, aprovechando el sentido etimológico del término, la morada de la persona. En ella descansa y desde ella se recompone y actúa teórica y prácticamente. Mi conciencia personal, mi sí mismo, implica una conciencia moral. Le escribo a Ud. escribiéndome a mi mismo en un sentido que procura ser pedagógico. Sé que debo ser claro en mi lenguaje para poder cumplir con el deber de mi rol docente. Actuar como docente es actuar como debe actuar un docente, esto es, debo estudiar y transmitir saberes y actitudes de forma sencilla pero sin sacrificar los contenidos, debo ser puntual y atento con mis alumnos, debo estar presto a sus preguntas y dudas y responder y aclarar en la medida en que pueda hacerlo. Después tengo otros roles que implican una moralidad: soy padre, esposo, amigo, hijo, sociólogo e investigador de filosofía práctica. Cada uno de ellos es portador de un deber ser como también de unos derechos que le son propios. Debo ser un buen padre, un buen amigo, un buen esposo, un buen profesor, un buen hijo, un buen hermano, etc., y siéndolo merezco ser tratado como buen profesor, padre, hijo, esposo, hermano, amigo, etc. La persona es posible porque tiene un sentido moral. Y una vez más, y ya para finalizar, los contenidos de esa moral no son creados ex nihilo por la persona, sino que le son dados socioculturalmente y resignificados una vez vueltos conciencia de sí mismo.

Habíamos dicho que las instancias del control social son la persona, los grupos y las instituciones. Ya nos hemos referido a la persona. No la hemos definido pero sí conceptualizado para hablar en el marco de unas coordenadas más o menos claras. Habíamos dicho que el origen de la persona es social. Sus pautas de actuación, de pensamiento, su sociabilidad y moralidad, le son dadas en principio por el mundo sociocultural que la precede y después, una vez interiorizadas, son resignificadas por el sí mismo. Ese mundo sociocultural es un complejo de valores cuya plataforma es la organización societal. Esta última es un entramado de instituciones que, siguiendo al importante antropólogo Bronislaw Malinowski, podemos definir como unidades más o menos permanentes de organización humana, constituidas por una serie de valores relativamente tradicionales y con un fin determinado. En pocas palabras, el concepto de institución implica un tejido de relaciones de los hombres entre sí y con la naturaleza. Las instituciones están, pues, reglamentadas, bien sea a partir de unos valores éticos o a partir de la ley positiva. La familia es una institución cuyo fin es la socialización de nuevas generaciones, además de ser unidad económica. El Estado es un orden institucional a la vez institucionalizado: el Estado regula y da jerarquía a las instituciones sociales, las legitima o no, siendo a la vez un orden institucional más o menos legítimo. Introducimos el concepto de legitimación en un sentido amplio para referirnos a la aceptación que una institución puede tener entre los miembros de una sociedad. Pensamos que ello puede ser importante, pues no toda institución es legal desde el punto de vista de una sociedad dada. También puede haber instituciones ilegítimas como la mafia. Ésta es una institución para el crimen, en tanto que unidad o conjunto de unidades organizacionales, normatizadas por sus miembros integrantes, cuyo fin es la obtención de metas culturales anheladas por medios ilegítimos, como lo es el ejercicio de diferentes formas de delincuencia. En igual sentido, hablamos en nuestro país de “corrupción institucionalizada”. Es preciso no confundir legitimidad y legalidad. La primera, como ya dijimos, es el grado de aceptación que las personas tengan de una institución. La segunda es el orden positivo que regula las relaciones entre los miembros de una institución. Así, una institución puede ser a la vez legal e ilegítima, como pasa actualmente en nuestro país con gran parte del orden estatal, o como pasa cuando un Presidente, rechazado y falto de credibilidad entre su población, no renuncia y argumenta su decisión diciendo que la Constitución establece que su mandato es de cinco años. Las instituciones, dependiendo del contexto histórico, político, económico y sociocultural, pueden ser más o menos fuertes. Entendemos aquí por fuerza el grado que tienen estas organizaciones para mantener su legitimidad y no sucumbir ante intereses personales o de grupo. De esta manera, y refiriéndonos a manera de ilustración al caso concreto de nuestro país, afirmamos que el orden político institucional es muy frágil. Ello tiene un claro origen cultural en la debilidad misma de la sociedad civil venezolana, sociedad que ha de entenderse como la conformada por la ciudadanía organizada en función de la defensa y promoción de los intereses de grupo. Un sucinto análisis fenomenológico nos muestra esta debilidad de las instituciones políticas. Es el caso de nuestras gestiones municipales. En el lenguaje cotidiano rara vez se dice la Alcaldía o el Ayuntamiento tiene tal programa. Lo que es usual es decir el negrito Aristóbulo, o Ledezma, o los adecos, o los chavistas, tienen tal programa. Tras ello se deja entrever que la institución municipal se mueve no con un son propio sino al son que le toquen los gerentes de turno. Y efectivamente es así. Cuando hay cambio de gestores, hay cambio en los colores de uniforme de la policía, de los autobuses, hay cambios en el logo que identifica al ayuntamiento, hay cambios de organización y pare Ud. de contar. Las instituciones están capturadas por los grupos que se hacen de ellas, careciendo de este modo de rumbo propio. Así, vemos como nuestras ciudades no tienen mayores identidades que permanezcan en el tiempo. Es como sí el nuevo alcalde de Londres le diera por cambiar el color de los trolebuses o sencillamente eliminarlos porque están asociados con gestiones pasadas. Es como sí el próximo alcalde de Madrid le diera por ocultar de los sitios públicos el símbolo de la ciudad, el oso y el madroño, y reemplazarlo por un logo asociado con su persona o grupo político. Es como si el próximo alcalde de New York le diera por cambiar el color amarillo de los taxis y pintarlos de azul y rosado. El ejemplo que ponemos referente a la institucionalidad municipal en Venezuela es extendible a otros órdenes del poder público. En todo caso, a lo que pretendemos llegar en esta clase es a expresar la importancia de la vida institucional como base indiscutible de toda vida social, pues es ella la que organiza y ordena las reglas de juego entre las personas y, por tanto, una instancia de control social básica y formadora de la personalidad humana.

Entre la persona y las instituciones median los grupos. Clasificados desde Simmel en grupos menores (diadas y tríadas) y grupos mayores, son ellos los que dan vida al orden objetivo de la institución. El Estado se objetiva por medio de obra de los grupos que interactúan en su interior. La institución familiar cobra vida en la asociación de mis padres y hermanos y así sucesivamente. Son pues otra instancia, una mediadora, de control social. No siendo éste un curso de sociología, no nos extenderemos en el análisis de la conformación de los grupos. Baste decir que son los que permiten la reproducción institucional en y por la persona. Ahora bien, entrando más a fondo en el tema del control social, diremos que éste lo clasificamos en control directamente represivo y control ético-moral.

Por control social represivo entenderemos aquel que se ejerce de manera directamente coercitivo sobre la persona. Su función es mantener el orden social en casos de emergencia. Por ejemplo, ante una manifestación ilegal que rompe el orden actúan las fuerzas militares y paramilitares del Estado. Pero también cuando un niño pequeño es detenido por sus padres ante un peligro inminente que él desconoce. En cuanto al control ético-moral es aquel que se ejerce por la persona misma sobre sí una vez que ha interiorizado las pautas de conducta propias de su organización social. Es el control fundamental pues sin su existencia sería imposible la vida social. Imagínese Ud. que para que mañana el país se ponga en marcha se requiera un policía que controle a cada persona y lo saque de su casa para que cumpla con las actividades requeridas. Ello imposibilitaría el funcionamiento de la sociedad. Antes, los agentes socializantes socializan a la persona en la normatividad social. Así, mañana cada trabajador sale a cumplir con su trabajo por sí mismo, tal como cada estudiante hace lo propio. Siendo nuestro curso una Introducción a la ética en el campo de la gerencia en salud, nos disponemos ahora a introducir brevemente el problema de la ética.

La moral está formada por el conjunto de valores y normas que configuran la persona humana y regulan la acción de ésta con respecto a las otras personas. La acción moral presupone que el individuo puede actuar de diferentes modos. Por eso es que afirmamos que la vida moral es inseparable de la libertad, siempre y cuando entendamos a ésta de manera relativa y no absoluta. La libertad humana es negativa y positiva. La libertad negativa ha de entenderse en el sentido de que la “(…) la voluntad (es) posibilidad de poder hacer abstracción de toda determinación, en la cual yo me encuentro o la cual he puesto en mi, la huida de todo contenido como de una limitación, lo cual es aquello a lo que la voluntad se determina, o es tomada la libertad para sí de la representación como la libertad, entonces esto constituye la libertad negativa o la libertad del entendimiento. Es la libertad del vacío, la cual erigida en figura real efectiva y en pasión y, precisamente, cuando permanece puramente teorética, se convierte en los religiosos del fanatismo de la pura contemplación india, pero cuando se dirige a la realidad efectiva, en lo político como en lo religioso, se convierte en el fanatismo de la destrucción de todo orden social existente y en la expulsión de los individuos sospechosos de querer un orden social, así como en la aniquilación de toda organización que quiera resurgir. Sólo destruyendo algo tiene esta voluntad negativa el sentimiento de su existencia.”
[2] El hombre ejerce su libertad negativa cuando niega las determinaciones que recaen sobre él. Puede tener hambre y posponer el acto de saciar su apetito, puede desear y negarse a satisfacer sus deseos. Empero, el ejercicio de la libertad negativa es abstracto en tanto que niega pero no pone nada. La libertad que pone es la positiva.

La libertad positiva es el segundo momento de la voluntad. Es “(…) tránsito desde la indeterminidad indiferenciada hacia la diferenciación, el determinar y poner una determinidad como contenido y como objeto.”
[3] La libertad positiva es negatividad de la libertad negativa, esto es, es superar aquella indeterminación poniendo algo (una determinación) en su lugar. En palabras de Hegel: “Yo no solamente quiero, sino que quiero algo. Una voluntad que (…) sólo quiere lo universal abstracto, nada quiere, y por eso no es voluntad, para ser voluntad, tiene que limitarse en general. Que la voluntad quiera algo, es la limitación, la negación.”[4] Y esta negación lo es en un doble sentido. Por un lado, como ya se dijo, lo es en tanto que negación de la libertad negativa. Por otro lado, lo es en tanto que al poner algo niega la posibilidad de poner otra cosa en lugar de ese algo.

La voluntad es libertad en tanto que síntesis de libertad negativa y positiva. Y esta libertad es relativa por cuanto el hombre es un ser finito. Pongamos un ejemplo. Tengo hambre. Mi libertad negativa se ejerce negándome a comer en este momento porque debo cumplir el deber de concluir con mi clase. Pospongo el alimentarme ahora. Después saldré de clase y comeré. Pero no comeré cualquier cosa, lo primero que se me atraviese, sino que pondré algo, esto es, pondré el tipo de alimento que he de comer dentro de las posibilidades que se me ofrecen. Ahora bien, esas posibilidades no son ilimitadas sino unas determinadas. Por eso, soy libre pero no tengo libertad absoluta. Como éste se pueden construir múltiples ejemplos.

Decíamos arriba que la conducta moral presupone la libertad relativa de la persona puesto que éste puede actuar de diferentes modos. Ya hemos explicado sucintamente en qué consiste esa libertad. Ahora bien, sólo se puede ser moral si se practican actos considerados buenos de forma libre, esto es, sin hacerlo por coerción, sino por decisión propia. Empero, esa práctica ha de ser habitual para que sea moral. No sé es bueno por practicar actos buenos esporádicamente. Ser bueno habitualmente es serlo por virtud.
[1] Llamamos aquí instinto a una disposición psicofísica hereditaria no aprendida y común a todos los individuos de una misma especie que hace que ante determinadas situaciones el individuo se comporte mecánica e inconscientemente.
[2] G. W. F. Hegel: Filosofía del Derecho, tr. Eduardo Vásquez, U.C.V., Caracas; & 5, p. 64 (El énfasis es del autor).
[3] Op. cit., & 6, p. 65 (El énfasis es del autor)
[4] Op. cit., & 6, p. 66
Javier B. Seoane C.
Caracas, enero de 1999