jueves, 30 de julio de 2026

De Cinema Paradiso al Rialto, el mundo que se nos fue

 


Por: Javier B. Seoane C. | Jueves, 30/07/2026 10:46 PM |


"Cinema Paradiso" (1988), la reconocidísima película de Giuseppe Tornatore, descansa sobre el argumento de lo que una vez representó el cine en las comunidades humanas. Cargada de nostalgia por un tiempo que se fué junto con los antiguos cines, a más de uno, yo el primero, esta película sacó lágrimas. Sentimos con aquellos habitantes de aquel pueblo del sur italiano cómo vivían las películas proyectadas en el Cinema Paradiso, proyectando a su vez sus temores, sus anhelos, sus fantasías en cada función. Pero el cine no era sólo un edificio para proyectar películas y para que cada quien haga catarsis sentado en una butaca. El cine era mucho más.

Hace apenas unas semanas comenzó la demolición interna del Teatro Rialto en Barquisimeto, una edificación histórica dedicada a proyectar películas, con casi un siglo de existencia, inaugurada en 1929, declarada en 2005 patrimonio cultural de la nación venezolana. Una conocida firma comercial compró el edificio, y logrado el permiso de la Alcaldía de Iribarren, lo transforma ahora en un estacionamiento para sus clientes. La empresa ha afirmado que no se pierde ningún patrimonio pues la fachada principal se conservará, pero ya no será la fachada de un cine, será la fachada de un parking. Al parecer la Alcaldía y el comercio se sienten satisfechos puesto que se dice que el cine estaba abandonado y corría el peligro de desplomarse, en cambio ahora tendrá utilidad. No obstante, no han faltado serias protestas por parte de grupos destacados de la sociedad civil, protestas desoídas. Parece que dicha sociedad civil carece de suficiente fortaleza para hacerse oír. ¿Carecerá de suficiente tejido social orgánico? ¿Carecerá de espacios sociales para tejer dicho tejido? Si en la película de Tornatore el Cinema Paradiso se incendió, lo que el pueblo sintió como una gran calamidad, también el Cine Rialto padeció un grave incendio en 1931, pero se reconstruyó y volvió a abrir sus puertas a los pocos años. Allí, en las cercanías del centro de la ciudad, se reunió por décadas la sociedad barquisimetana para vivenciar los filmes, comentarlos y también conversar sobre diversos menesteres, para tejer sociedad.

Cinema Paradiso era un edificio, pero era sobre todo el lugar de encuentro de aquel pueblo de la postguerra italiana, el sitio para compartir un mundo de la vida, para dialogar, para enamorarse, para cuidarse unos a otros, para discutir sobre los problemas personales y colectivos. En aquel mundo sin "redes sociales" ni televisión el encuentro cara a cara era fundamental y la sala de cine era un espacio privilegiado para dichos encuentros, para el intercambio de sonrisas y miradas cómplices, para tejer redes que poco o nada tenían de virtuales. Del mismo modo, el Rialto constituía ese tipo de espacio social. Mi condición de sexagenario me dota de hermosos recuerdos sobre aquellos grandes cines. A mitad de la filmación había un intermedio de aproximadamente diez minutos en el que las personas salían de la sala a un hall a tomarse algo y reunirse brevemente, como igualmente antes de comenzar la proyección había tiempo para los encuentros personales en el susodicho salón de estar.

Como el Rialto, o como en Caracas el Lido, el Castellana, el Broadway, el Radio City o tantos otros, estos cines fueron por lo general hermosas arquitecturas, muy amplias, con cervecerías, cafés y librerías algunas, pero sobretodo eran arquitecturas para socializar sin que ello supusiera necesariamente consumir. Mas, a cierta altura, pasada la década de los sesenta, estos edificios se fueron transformando en otra cosa. Primero en multicines, es decir, donde antes había una sala única de proyección con gran aforo, muchas veces divididas en patio y balcón, repentinamente aparecieron tres o cuatro sino más salas, con menos capacidad pero donde simultáneamente se presentaban distintas películas para saciar el apetito de distintos públicos. Desapareció entonces el intermedio y el espacio entre una función y otra se redujo, convirtiéndose en salas en las que mientras un público salía por una puerta ya otro estaba entrando por la otra. Cada vez las salitas se parecían más a una estación del metro, con constantes entradas y salidas, y como tal estación de pasada se parecían más y más a lo que Marc Augé ha denominado un no-lugar, es decir, un espacio de anonimato, tránsito y probablemente consumo, un sitio sin vínculos sociales, como el baño público de una gasolinera o quizás el estacionamiento de un famoso comercio. Posteriormente gran parte de las clásicas salas de cine, muchas veces llamadas Teatros pues eran lo suficientemente grandes para representaciones dramatúrgicas, fueron demolidas y en su lugar se levantaron sendos centros comerciales, como son los casos del actual Lido o el Parque Cristal, en este último antes estaba el Cine Canaima de Caracas. En otros casos se construyeron gigantescas torres de oficinas de espejos a lo Manhattan, como ha ocurrido con el Castellana, también de Caracas. Ya desde allí no se contempla el Ávila, solo predomina la sombra. Mientras, las otras edificaciones que aún quedan en pie se vuelven iglesias evangélicas, o del Pare de Sufrir y demás. De algún modo, en esta transición del Cine-Teatro a la Iglesia algo queda de representaciones dramatúrgicas.

La modernización no perdona, especialmente para las ciudades en las que la renta del suelo se incrementa. Ahora en lugar de un cine hay muchas salitas dentro de gigantescos Mall con centenares de comercios de todo tipo, arquitecturas sin ventanas, circulares, en las que el paso del día no se percibe fácilmente a pesar de los tiempos cada vez más líquidos (Bauman) de nuestra época. Como dije, ya no hay intermedios ni espacios para permanecer al terminar o antes de empezar la filmación, espacios para que nos relacionemos, para saber de ti, para volver a verte, saber que vives. Para eso el genio emprendedor ha colocado las ferias de comida próximas a las puertas de las salitas, allí se sientan los espectadores ahora vueltos comensales de alguna conocida franquicia, sentados sobre sillas plásticas usualmente con colores chillones para que tampoco se te ocurra permanecer mucho allí, a menos, por supuesto, que sigas consumiendo. De lo contrario, un empleado retirará las bandejas, la basurita y te preguntará cortésmente si deseas algo más, recordándote que sólo eres un consumidor.

Hubo por aquellos tiempos de la serie de "Los Picapiedras", los años sesenta, autocines. En Caracas existieron varios. Singularmente recuerdo uno a la altura de Sebucán donde desde la Cota Mil uno podía colearse en la proyección sin pagar la entrada. Recuerdo otro por Los Chaguaramos, creo que hoy reconvertido en una estación policial no muy grata. Había otros en autopistas o en El Cafetal, donde las haciendas de otrora dieron paso al tránsito vehicular. Cuando vi por primera vez que convertirían el Rialto de Barquisimeto en estacionamiento pensé que volvían los autocines, que el Rialto se transformaría en un autocine, donde los citadinos con sus flamantes autos asistirían contentos, gritando ¡Yabba-Dabba-Doo!, a la función de turno. Pero no. Los autocines, después de todo, aunque poco dados a la socialización a menos que fuese dentro de la cabina de un auto, ocupan mucho terreno que se desperdicia sin sacarle el debido provecho pecuniario. El Rialto simplemente será el estacionamiento de un comercio, aunque podemos estar contentos pues conservará su flamante fachada histórica.

Y así amiga lectora, amigo lector, los tiempos líquidos del acelerado cambio tecnológico y la expansión comercial liquidan los espacios sociales para el encuentro humano, para la sonrisa, para el llanto compartido, para la discusión sobre nuestro futuro político, para tejer asociaciones o simplemente para querernos un poco más. Los intermedios y los salones de estar previos a las salas de cine dan paso a las ferias, las relaciones cara a cara a las "redes sociales". Mucho me temo que Cinema Paradiso no volverá, el Rialto tampoco. Tras su fachada se estacionarán autos cuyos choferes prestos al consumo desconocerán las vivencias que allí una vez se vivieron. Como pasa con nuestra infancia actual, en la que las pantallas han reemplazado a la plaza, al parque, al juego de pelota hecha con el cartón de un cuartico de jugo, al juego de la ere o del escondite, así el viejo cine pasa a ser un sitio de miles de pantallas, tantas como individuos haya, o quizás hasta un poco más, con cientos de comercios y la infaltable feria de franquicias. Lo que fue ya no será, cantó una vez José José.

viernes, 24 de julio de 2026

Bajo los escombros de occidente



Por: Javier B. Seoane C. | Viernes, 24/07/2026 06:42 AM |

Max Weber caracterizó la civilización occidental como un continuo proceso de desencantamiento y racionalización del mundo que promete un progreso al infinito, punto este último que hace más insignificante al individuo en su relativamente corta vida. Por ejemplo, la medicina y la biotecnología prometen que en pocos años alargará la existencia del individuo a más de 150 años suprimiendo enfermedades degenerativas y terminales mediante la ingeniería genética, no obstante, quienes hoy sufren de estas patologías sienten y saben que no llegarán a verlo. Lo prometido no es para ellos. En cambio, para otras civilizaciones que tenían una concepción cíclica del tiempo, para las cuales la vida como las estaciones del año eran un ciclo a cumplir, las personas no se sentían tan insatisfechas si lograban cumplir con su programación cultural de nacer, crecer y morir.

Hablar de la vida humana es hablar de su sentido, del significado de vivir, del para qué vivir. Empero, en el mundo moderno pronto descubrimos que el sentido de la vida no es unívoco, sino que hay una pluralidad de sentidos, un arco tan amplio como el que va de la idea de felicidad de la Madre Teresa hasta la idea de la vida loca de aquella canción que interpretaba Ricky Martin, y entre esos dos extremos cabe una gran variedad de sentidos, desde quienes consagran su existencia a su familia, o a su profesión, o al dinero y muchos más. Llegamos así a la interrogación sobre la procedencia de estos sentidos. La respuesta será compleja, pero en una de sus aristas parece claro que el sentido de la vida, de la propia y de la no propia, no la consigue el individuo en aislamiento, sino que antes, en un lenguaje heideggeriano, el individuo se encuentra arrojado al mundo, nace en un mundo que no ha inventado ni elegido, y ese mundo lo constituye. Se trata de un mundo simbólico que da sentido a nuestro lugar en el cosmos y al lugar de cada vida y cosa en ese cosmos. Los sentidos variarán conforme a estos mundos socioculturales. Por ejemplo, yo fui arrojado al mundo de mis padres que me dieron una primera formación, de mis maestros que me dieron otra, de mis amistades y amores, de mis experiencias más o menos directas con otras personas, que a su vez fueron también arrojadas a este mundo que compartimos. Si en lugar de donde nací hubiese nacido en una aldea china, o pakistaní, o en otra época, mi mundo sería otro, seguramente muy diferente. Reafirmemos entonces que el sentido y significado de la vida no lo consigo en aislamiento sino que es en gran medida una realización colectiva.

De vuelta con Weber, el occidental desencantamiento del mundo obedece a que en nuestro marco civilizatorio moderno se ha impuesto un tipo de racionalidad instrumental y estratégica, signada por una lógica del dominio sobre la naturaleza, marcada por una posición objetivista, un tipo de racionalidad para la que la vida, sea propia o la de otro, termina convirtiéndose en un objeto de manipulación. Al materializarse esta lógica en las instituciones sociales la acción humanamente deshumanizada se vuelve depredadora de la vida planetaria, mutiladora de la naturaleza, reduciendo todo a cálculo de medios para lograr con la mayor eficacia y eficiencia posibles fines viables y generalmente tangibles referidos al poder económico o político. Es una racionalidad que tiene como modelo la empresa capitalista y para la que lo humano termina siendo una variable más en el proceso de producción, un engranaje más en la gran maquinaria socioinstitucional, otro ladrillo más en la pared, parafraseando a Pink Floyd. Weber describe esta situación como un estuche vacío, una vida sin sentido. La empresa privada busca las ganancias, la empresa pública los réditos electorales. Es como construir edificios lo más rápido y al menor costo posible para obtener buenas ganancias, o construirlos sin mayores estudios y bases para obtener éxitos electorales. Todo se reduce a marketing y para evitar conflictos que vayan contra los intereses de este mercadeo conviene que los dioses se retiren de la plaza pública, es decir, retirar de la vida pública cualquier sistema de jerarquía de valores (dioses) y reducir todo a la lógica estratégica de la administración de los recursos, incluidos los humanos. Así, por poner un caso, la formación ética, cívica, humanística ha de marginarse, cuando no retirarse, de la educación escolar, pues esta ha de volverse lo más científicotécnica posible, lo más aséptica posible, lo más neutral posible en aras de evitar conflictos entre las preferencias subjetivas.

La racionalidad occidental ha decidido que en gustos y colores no discuten los doctores, esto es, que esos asuntos no son del saber sino de la subjetividad, de las preferencias de cada quien. La democracia, por poner un caso muy importante, no se entiende como valor, sino como técnica de elección y legitimación de gobiernos mediante el sufragio universal. Por eso, cuando un líder carismático y populista llega al poder y destruye la institucionalidad democrática con prácticas plebiscitarias quedamos perplejos y apenas atisbamos a decir que es muy fácil destruir la democracia con "prácticas democráticas". Sobran ejemplos a la izquierda y en los próximos años parece que sobrarán a la derecha. El sentido de la vida colectiva no se discute en colectivo, no es un asunto de la agenda social. Ya no preguntemos por el sentido de la vida personal, eso es un asunto de cada quien, pertenece al rango de lo privado, que cada quien resuelva en familia puertas adentro o en la iglesia de la esquina. Lo que importa es el cambalache, como diría Enrique Santos Discépolo. El individualismo sin individuos (Lukács) se impone.

Ahora bien, insistamos, la vida está constituida por dos dimensiones básicas: la biológica y la sociocultural. Si la vida animal y vegetal ha de respetarse, si hemos de concebir la naturaleza como sujeto y no como mero objeto, si la vida humana ha de valer la pena de vivirse, ello dependerá de la respuesta al significado de la vida que den nuestros mundos socioculturales. Si este mundo pretende olvidarse de esta dimensión fundamental que es el sentido y el significado, entonces no ha de extrañarse que la anomia crezca, es decir, que la criminalidad, la corrupción, el suicidio, el acoso se extiendan y amenacen la integración social poniendo en jaque la existencia toda. Tampoco ha de extrañar, para decirlo con Weber, que lo que queda de ciudadanía busque en el político demagogo al sustituto de lo que una vez fue el profeta, al que llene con algún significado el vacío creado, al que prometa caerle a plomo al hampa, freír las cabezas de sus contrincantes, expulsar a los pobres de la sociedad, regresar las mujeres a la condición de amas de casa o meter presos, en el mejor de los casos, a quienes no lleven una práctica sexual "natural". La civilización vaciada cava su propia tumba, llama desesperadamente al liderazgo carismático a refundar el mundo, no se conforma con menos que la mano dura de un dictador, así sea de poca monta como Pérez Jiménez, y el liderazgo carismático y la mano dura raramente resultan democráticas. Y, sin embargo, cataclismos trágicos, como el del pasado 24 de junio en Venezuela, abren una pequeña claraboya de esperanza cuando apreciamos la mano tendida de mujeres y hombres corrientes para sacar a un desconocido de los escombros, para sacar a un animalito, para permitir que la vida siga siendo vida. Ojalá que esa sociedad civil surgida espontáneamente ante la urgencia de esta tragedia, sin contar con el Estado ni con el mercado, al menos en aquellas primeras horas, pueda consolidarse para que el pueblo organizado de La Guaira convierta su sino en destino inteligente compartido, para que no sea de nuevo víctima de decisores que deciden sin ellos qué hacer con los guaireños y con su maravillosa tierra de luz reveroniana, para darle un sentido y significados propios a su ser guaireño.

jueves, 16 de julio de 2026

¿Estado sin saberes?

 


Por: Javier B. Seoane C. | Jueves, 16/07/2026 11:48 PM |


¿Qué pasó con el informe que produjo aquella comisión encabezada por el Ingeniero Genatios tras el deslave de Vargas en 1999? ¿Se aplicó? ¿Se hizo caso omiso de la misma? Al poco tiempo todo aquello se encomendó a funcionarios militares y políticos leales al gobierno. Pasados los trágicos terremotos del 24 de junio, habrá que investigar oportunamente lo que ocurrió en cada zona, lo que ocurrió en cada edificio, lo que ocurrió con cada permiso y con cada supervisión, si es que las hubo oportunamente. Más allá de estas investigaciones, afirmamos que hay un divorcio histórico entre el Estado, siempre capturado por un gobierno, y los saberes y conocimientos que han producido y produce nuestra sociedad por medio de sus distintos entes institucionales y organizaciones civiles.

No han faltado reconocimientos de los especialistas internacionales que hoy nos visitan a nuestros investigadores y profesionales. Alguno hasta se ha llegado a preguntar qué podría aportar si ya disponemos socialmente de los mejores y más actualizados conocimientos y saberes para emprender la larga tarea de reconstrucción de nuestras vidas. Y, sin embargo, el divorcio entre el Estado venezolano y las instituciones educativas y de investigación científica viene de larga data, agudizándose en el último cuarto de siglo en el que los méritos han sido despreciados con todo tipo de aspavientos. Si bien Universidad pública y Estado han permanecido muchas veces en las antípodas, en los últimos tiempos el estrangulamiento de los centros de investigación y la educación superior autónomos se ha elevado como nunca antes. Hubo un tiempo en que un Estado que comenzaba a andar el camino de su modernización se asoció con los saberes, acompañado por figuras como Arnoldo Gabaldón (1909-1990) se transformó la realidad sanitaria del país aumentando las expectativas de vida de su población a más del doble de años en muy poco tiempo, o con educadores de primera se hizo toda una revolución que elevó la calidad de la educación básica pública muy por encima de los estándares que ofrecían las instituciones privadas. Por aquellos años llovieron loas y aplausos de todas las latitudes a lo que Venezuela había realizado en pocas décadas. Empero, hoy la realidad es otra. En materia económica ya sabemos el desastre. Los responsables del gobierno siguieron tozudamente consejos de "consultores" buscados en Cataluña, Cuba, Ecuador y otras partes distantes de Venezuela, más que consultores fueron ideólogos obcecados, para nada especialistas en materia económica. En materia educativa han sobrado experimentos para ver cómo salen, siempre de espaldas a los sujetos de la educación, los docentes. Se han creado universidades de maletín por doquier, hoy se replica el modelo de la Simón Bolívar por los Altos de Pipe, pero al original le han caído a palazos como si fuera piñata y de la copia poco cabe esperar. En materia sismológica parece que lo que una vez estuvo muy bien articulado y con profesionales de altura, hoy se encuentra en desarticulado silencio y hasta las malas lenguas cuentan que ha desaparecido parte valiosa de su capital tecnológico. No sigamos explorando las instituciones estatales, la inoperancia ante las emergencias habla por sí misma.

La universidad y las instituciones deben repensarse, el Estado también. Hace cuarenta años se creó una Comisión Presidencial para la Reforma del Estado (COPRE). En su seno se dió una interesante asociación entre universidades, sociedad civil y políticos de las más diversas tendencias. Se produjo abundante investigación que se publicó en más de una decena de tomos abarcando los diferentes sectores de la vida nacional. Poco se aplicó, los intereses partidistas se impusieron y las reformas se abortaron. Hoy urge reeditar una COPRE para el país. Si el Estado no lo hace, pues quizás debamos emprender la tarea desde la sociedad civil, tal como ocurrió en la terrible madrugada del 25 de junio cuando ante la ausencia de apoyo estatal los vecinos salieron con sus manos a salvar a sus vecinos. Hace falta crear un Colegio de Venezuela, que emule al de México, al de Francia, un órgano que reúna lo mejor de nuestros investigadores en todas las áreas con la obligación de formar al público venezolano en las mismas. Si el Estado actual no lo hace, pues ¿por qué no emprender tan valiosa empresa desde las universidades mismas? Probablemente la Universidad Central pueda encabezarla en conjunto con sus otras hermanas. En fin, no esperemos más, empujemos nosotros desde las más distintas localizaciones lo que el pesado Estado no puede hacer, la aplicación de la inteligencia social a la reconstrucción nacional. Si nos ponemos en la tarea, de seguro los gobiernos y las oposiciones, cuyas agendas parecen ocupadas por otros menesteres, así como más interesadas en falsas lealtades que en críticas, nos sigan. Para mañana es tarde.

viernes, 10 de julio de 2026

Trasnocho perezjimenista

 

Por: Javier B. Seoane C. | Viernes, 10/07/2026 12:20 PM |


En los últimos días asistimos a la búsqueda de réditos políticos de la tragedia que nos ha tocado. De seguro, para muchos resulta moralmente repugnante tal falta de empatía, pero la crítica no ha de quedarse en esta dimensión, ha de avanzar a un análisis que procure develar intereses que se esconden tras los usos ideológicos. En la Venezuela actual parece que hay más de un gobierno en el inoperante Estado que desde ya hace varias décadas nos aprisiona bajo sus escombros institucionales. Del mismo modo, hay varias oposiciones, desde unas muy camaleónicas que justifican casi cualquier cosa de Miraflores a cambio de embajadas y cosas por el estilo, hasta otras que apuestan por salidas tiránicas protofascistas. Entre estas últimas se encuentra un grupo que busca reivindicar en cualquier intersticio que se le presente un pasado glorioso de cachuchas, particularmente exaltar el período de la dictadura de Pérez Jiménez. Relatando ese presunto pasado glorioso presenta la imagen de su país deseable, uno que sea "puesto en cintura" por algún general debidamente armado.

Basta explorar un poco las llamadas redes sociales para toparse con mensajes que exaltan las obras producto de la política del cemento de la dictadura pérezjimenista. Suelen repetir lo mismo: ante los dos terremotos del 24 de junio las obras de aquella época se mantienen en pie. Al parecer todo lo anterior o lo posterior se vino abajo o no sirve para mayor cosa. Incluso algunos llegan a la desfachatez de hacer uso de la inteligencia artificial para generar portadas de periódicos donde el flamante régimen alertaba que no se podía construir mayores edificaciones en La Guaira pues los suelos no las soportarían. Así, por ejemplo, una publicación de una cuenta con muchos seguidores (https://www.instagram.com/p/Dal8doSkRnZ/?igsh=MWp6cW02ODd1MjZlMw%3D%3D) publica la imagen de una portada de "El Diario de Caracas", de fecha sábado 3 de diciembre de 1957, en la que el titular a todo lo ancho afirma: "URBANIZACIÓN 2 DE DICIEMBRE SE EDIFICARÁ EN EL OESTE DE CARACAS DEBIDO A QUE ESTUDIOS GEOLÓGICOS ARROJAN QUE LA GUAIRA NO ES SUELO ESTABLE". Debajo del titular, en el centro, una gran foto del General junto a algunos de sus funcionarios. Sin duda, un uso bastante bruto de artificiosa inteligencia. ¿El Diario de Caracas en 1957? Creo que Marcel Granier apenas tenía 17 años. ¿Se construyó entonces el "2 de diciembre", actual 23 de enero, en apenas mes y medio? Pues el 23 de enero de 1958 ya el General estaba en vuelo expulsado de Venezuela. Hasta el día de la semana se olvidó de averiguar el inteligente, pues aquel 3 de diciembre fue martes, no sábado. Empero, la intencionalidad de tal desatino histórico está clara. No se trata de una broma, de un chiste, de una ironía, sino de la pretensión de reivindicar el período de la dictadura. En ese esfuerzo denodado no resultará extraño que pronto se exalte la Avenida Victoria, la Cota Mil, las Torres de Parque Central o los distribuidores de las autopistas también como obra del esclarecido general.

¿Se tratará de una campaña caza bobos? ¿De una muestra de profunda ignorancia histórica de parte de aquello que nos ha traído hasta hoy? ¿O acaso algo peor? Seguramente todas las respuestas a estas interrogantes pueden ser afirmativas. Además de politizar burdamente una tragedia, se olvida que aquel período estuvo marcado por corruptelas en esas obras vía cobro de comisiones, muchas de ellas faraónicamente inútiles como el Hotel Humboldt. Se olvida que fue un período caracterizado por violaciones de los derechos humanos, por represión y torturas, por cárceles como Guasina. Se olvida que aquel régimen negó la voluntad popular expresada en noviembre de 1952 robándose las elecciones nacionales que dieron la presidencia a Jóvito Villalba, como años más tarde cínicamente confesaría en sus memorias publicadas su ministro del interior y asesor intelectual Laureano Vallenilla hijo. Se olvida que se benefició ilícitamente un grupo de enchufados como se llaman ahora, o una camarilla en el uso del lenguaje de aquella época. No obstante, estos olvidos son dignos de psicoanálisis pues son muy voluntarios, es lo que se calla. Hay otro olvido probablemente más involuntario: el anhelo de una autoridad tiránica en la que cobijarse para beneficiarse, el anhelo histórico de un caudillo, un anhelo de lo que nos ha traído al presente, el anhelo que está tan arraigado en nuestra izquierda militarista, castrista y galáctica, como en nuestra derecha protofascista. Al final del día ambas se desean histéricamente, se aman negándose.

La publicación mencionada no es un hecho aislado. Hay desde hace años una campaña pro dictadura pérezjimenista tras la que se encuentran determinadas élites que cuentan con periodistas, intelectuales, políticos, militares, empresarios y demás epígonos de aquel período. Forma parte del ejercicio reflexivo y formativo de la opinión pública develarla en sus miserias humanas.

viernes, 3 de julio de 2026

Responsabilidad política y reconstrucción





Por: Javier B. Seoane C. | Viernes, 03/07/2026 05:46 AM | 


La canallada se hace presente para obtener réditos económicos y políticos de la tragedia que padecemos. Como las dignas mujeres que denunciaron y rompieron los dólares robados a los policías del CICPC; como los miles de rescatistas internacionales que hoy dejan sus mayores esfuerzos salvando vidas en cada montón de escombros de nuestra geografía, especialmente en la tan golpeada de La Guaira; como, y sobretodo, los vecinos que de cada rincón salieron desde el primer minuto a salvar al prójimo conocido o desconocido, sin herramientas pero con sobrado espíritu solidario; como los dos ángeles vestidos de mototaxistas que en la misma madrugada del día 25 a puño limpio desenterraron a una entrañable compañera de uno de los tantos edificios hecho escombros en Playa Grande; como toda esa gente maravillosa que está dejando cuerpo y alma buscando vida para que siga siendo vida, hoy hay que mantener ese sentimiento humano, procurar superar tanto obstáculo con el mayor de los acompañamientos y apuntar a la construcción de un nuevo futuro para el país.

Que la amargura y rabia que despierta la canallada no nos obnubile de lo más importante, el por-construir de nuestro país. Habrá tiempo para buscar las responsabilidades políticas, que seguro que las hay y en abundancia. Las tendrán aquellos que hace más de cuarenta años mantuvieron sus privilegios sin hacer los cambios necesarios ante un país que había multiplicado su población y cuyas bases económicas echadas a partir de la muerte de Gómez ya no daban abasto para las nuevas necesidades. Las tendrán quienes reemplazaron aquella incompetente clase política con nuevas incompetencias, quienes prefirieron el conflicto permanente, quienes no escucharon voces críticas y razonables, quienes prefirieron una moralina pacata de la lealtad, más a una persona que a una causa, aquellos que en lugar de una ética de la responsabilidad prefirieron seguir e imponer a los demás sus convicciones. Moral falsa de la lealtad que dio poder a quienes gritando consignas vacías se colaron entre los intersticios institucionales para saquear los bienes nacionales y dejar en la miseria a este pueblo que hoy se ha desvivido por ayudar al prójimo. Fue muy fácil decir que en determinado lugar olía a azufre, aprovechar miles de millardos de renta petrolera del pueblo para comprar alianzas en la política internacional o comprar a los adversarios con corrupción, como ya confesó en conocida entrevista un ex-vicepresidente. Las tendrán quienes han gobernado y, por ejemplo, en las últimas décadas entregaron permisos de construcción a edificaciones impropias para el lugar, o simplemente no supervisaron adecuadamente las mismas. Serán corresponsables de la hecatombe humana que estamos sufriendo. Las tendrán quienes desde la oposición practicaron el aventurerismo y mandaron a masacrar adolescentes a mano de unas fuerzas militares y policiales que habrán de ser revisadas y repensadas en su totalidad, y lo hicieron no una sino dos veces. Aquellos que después se aventuraron con intentonas de cambur y aguacate, los mismos que promovieron abstenciones para facilitar el trabajo de quienes buscaron mantenerse en el poder a como diese lugar. Hay demasiada responsabilidad ante lo que hemos sufrido. La naturaleza golpeó duro, muy duro, pero el infantilismo político-ideológico, el saqueo del tesoro nacional por hipócritas encubiertos bajo mantos socialistas revolucionarios, el aventurerismo de los que estaban del otro lado de la acera y la indolencia de gobiernos extranjeros que bloquearon al país por doquiera golpearon como un tercer y definitivo sismo. Bomberos sin recursos, hospitales cerrados o hasta sin algodones, fuerzas armadas poco preparadas, impericia y falta de previsión, dejaron durante las primeras horas en la mayor soledad a nuestra gente.

Habrá que hacer las investigaciones de cómo se manejó el gobierno en estos años en todo tipo de materia institucional, de cómo actuó la dirigencia opositora, de qué pasó con cada edificio, con cada vivienda, con cada ser humano que ya no está con nosotros. Hay que hacerlas, y ya no será creíble que las haga un gobierno, este o uno nuevo. Tendrán que ser investigaciones con un riguroso carácter científico, lo que significa investigaciones realizadas entre comunidades lo más amplias posibles, comunidades en las que concurran expertos y no expertos. Y habrá desde el primer momento quienes declaren estar a favor de las investigaciones mientras tras bastidores tratarán de bloquearlas por doquiera. ¿Lo lograrán?

De cara al futuro tendremos que hacer cosas muy diferentes y con la mayor responsabilidad política. Y hablo de política en el sentido más amplio, en el sentido de “polis”, de comunidad, de sociedad. Allí estarán los partidos quienes tendrán, como han tenido ante lo ocurrido, su responsabilidad partidista. Pero tendremos que estar todos como sociedad civil, vigilantes y participando, exigiendo transparencia en lo que se investigue, exigiendo la publicación en forma universal de nuestros ingresos, de los gastos, de a quienes se le entregan los contratos y bajo qué criterios. Exigiendo una hacienda pública que dotada de la tecnología informática de nuestro tiempo sea tan transparente como pueda efectivamente serlo. Exigiendo otro modelo educativo que construya actitudes ciudadanas, sin el cual cualquier discurso democrático es solo palabra vacía. El ciudadano debe saber cómo están dotados sus bomberos, sus hospitales, sus escuelas, en qué se invierte el futuro de la nación, cuál es el presupuesto de la nación y cómo se invierte. Y lo que no ayude en esto ya sabemos de qué lado está y qué pretende.

No quiero que llegue otro iluminado o iluminada a decirme qué es la verdad y cuál es el camino de la historia a seguir. Quiero a todo aquel que contribuya a construir comunidades organizadas, a todo aquel que ponga ladrillos en la elaboración de una sociedad civil que tenga bajo su control el Estado, no el inútil macrocefálico que ahora nos aprisiona como el concreto lo hace con miles de nuestros hermanos y hermanas, sino un Estado al servicio de la gente, de su salud, de su educación y de su protección, que le dé la mayor autonomía posible a las comunidades, que las empodere económica, social y políticamente. Entre tanto dolor, demasiado dolor, cual Ave Fénix, deberá renacer Venezuela.

viernes, 19 de junio de 2026

¿Democracia sin educación?

 

Por: Javier B. Seoane C. | Viernes, 19/06/2026 05:33 AM |


¿Será disfuncional la Escuela venezolana en materia de formación ciudadana? De seguro el problema de la educación para la democracia no consiste sólo en la buena voluntad política de emprender reformas educativas, sino que antes se precisa conquistar la voluntad de los actores de la educación, especialmente la voluntad de los educadores. Mas, para conquistar esa voluntad se requiere persuadirlos y convencerlos de que hay una serie de obstáculos que enfrentar, muchos de ellos invisibles, unos que dependen más de la institución escolar, otros que encuentran su lugar fuera de la escuela. En cuanto a los primeros, se necesita vencer una cultura autoritaria y magistrocéntrica, cultura que aún persiste entre maestros y profesores, con una dimensión actitudinal y otra cognitiva. Actitudinal, en tanto se refleja en las formas autoritarias de proceder frente a los alumnos. Cognitiva, pues modificar estas actitudes supone alcanzar un conocimiento efectivo del carácter práctico de la educación para la democracia. De los obstáculos externos a la Escuela, que hallamos en la familia, en los medios de comunicación social, en las redes sociales y en los diversos entes de la comunidad, no vamos a hablar aquí en esta oportunidad.

Hoy nos preguntamos: ¿qué se ha hecho en los últimos años en materia de la educación ciudadana? Estimamos que por un lado se ha hecho mucho, pero por otro muy poco. Mucho, pues se ha ganado una conciencia en la sociedad que antes no había. Los avatares de la democracia en estos tiempos, la fractura social y política, la emergencia de nuevas formas autoritarias en el país y a nivel mundial, ha hecho que partes importantes de nuestra sociedad se movilicen y comprendan que no hay sistema democrático sin apoyo de un ethos ciudadano, tolerante y solidario. Cada vez más comprenden que este ethos no se constituye por generación espontánea sino por medio de la socialización y la educación metódica. En este sentido, en las distintas universidades del país se han llevado a cabo eventos de distinta naturaleza sobre estos tópicos, si bien los mismos no se han materializado todavía en cambios curriculares sustantivos.

Mas, por otro lado, se ha hecho muy poco y hasta quizás se pueda afirmar que hemos retrocedido. En términos de políticas educativas estatales se ha procurado, ciertamente, rescatar una reflexión tanto social como sobre la historia nacional en el salón de clases. No obstante, no ha contado con la legitimidad de la sociedad venezolana cuando una parte importante de ésta ha cuestionado los cambios por ser de naturaleza ideológica progubernamental. En el campo propio de la educación ciudadana poco más se ha hecho, a pesar de que en la letra de nuestra Constitución siempre ha estado presente la necesidad de hacer participativa la democracia venezolana, de concienciar a la población sobre el papel de los medios de comunicación social y de extender la educación a todos los sectores de la sociedad. El problema de la educación para la democracia es cuantitativo en el sentido de esta extensión, pues se fracasará en el intento democratizador si no se forma a la población. Empero, se trata también de un problema especialmente cualitativo en cuanto que se trata de constituir un ethos, una personalidad moral. Con relación a este último aspecto, seguimos teniendo una escuela bastante bancaria (Freire), en la que poco se convoca a los estudiantes a ejercer papeles activos conducentes al protagonismo deliberativo.

Venezuela está por hacerse y quienes nos sentimos llamados a consolidar la democracia en el país debemos no desfallecer y seguir en el camino de ofrecer opciones a partir de diagnósticos bien elaborados. Además, hay un sendero andado por nuestras instituciones. Hay una tradición históricamente ganada hacia la lógica electoral, algo que hay que impulsar a pesar del influjo mundial que apunta cada vez más en clave cínicamente autoritaria y desinstitucionalizadora de los regímenes democráticos existentes ya de por sí precarios desde su origen. Nuestra misión consiste en abrir brechas que conduzcan hacia una Venezuela próspera, humana y democrática que creo anhelamos la mayoría. El principio esperanza (E. Bloch) nos da aliento para actuar en conjunto, en equipo, ganando capital social para el logro de estos anhelos.

Llevamos años procurando llamar la atención de que no hay democracia sin educación democrática. Desde 1995, mucho antes de la llegado del chavismo a Miraflores, hasta la actualidad tenemos decenas de publicaciones sobre el tema. No desfallecer es la consigna. Seguiremos tratando temas afines a la educación para la democracia como son, entre otros, la relación entre familia y escuela; medios de comunicación social, redes sociales, inteligencia artificial y ciudadanos informados; el mundo social del aula; la contribución de las distintas materias a la formación ciudadana; la formación de capital social, educación y democracia. Nuestro futuro exige poner la educación en primer plano.

jueves, 11 de junio de 2026

Salvemos a la Simón Bolívar

 


Por: Javier B. Seoane C. | Jueves, 11/06/2026 10:13 PM | 


El concepto con el cual se fundó y desplegó durante varias décadas la Universidad Simón Bolívar resultó innovador y exitoso. Tanto así, que hoy hay quienes quieren retomar con una "nueva" Universidad muchas aristas de ese concepto, si bien con la gravedad de que se lleva ya varios años demoliendo el original. La destrucción de la infraestructura física de la Simón bien vale de claro reflejo de su destrucción también espiritual, académica. Que hasta un caimán haya crecido y sobreviva en la piscina olímpica de Sartenejas habla de un regreso del espíritu a la naturaleza salvaje. La comunidad universitaria de la Simón lleva tiempo clamando auxilio y el país, si se quiere un país con futuro, debe atender este llamado. En lo personal, como beneficiado del muy buen sistema de educación pública venezolano de la segunda parte de nuestro siglo XX, como egresado del Liceo Gustavo Herrera (del que debo escribir pronto), de la Universidad Central de Venezuela y de la propia Universidad Simón Bolívar, elevo mi voz para sumarme al reclamo para salvar tan magnífica institución.

Desde el último quinquenio de la década de los sesenta se constituyó una Comisión para llevar a cabo el proyecto de una universidad científico-tecnológica de excelencia. En esa Comisión hubo un grupo de reconocidos filósofos del país como Alberto Rosales, Eduardo Vásquez y el que sería su Rector-fundador Ernesto Mayz Vallenilla. La presencia de estos pensadores tenía una buena razón de ser. Y es que desde el comienzo se consideró que la educación en general, y particularmente la educación universitaria, no ha de separar las ciencias y tecnologías de las humanidades, pues de tal escisión sólo puede resultar una peligrosa perversión epistemológica. Por ello, la Simón nació ligada a la reflexión humanística. Su Departamento de Filosofía abrió las puertas el primer día y junto con otros ligados a la literatura, la psicología y las ciencias humanas y sociales, dotó de una formación reflexiva a sus egresados en ciencias básicas y tecnológicas Cada estudiante de pregrado, no importa de qué carrera, tenía la obligación de cursar asignaturas de esos Departamentos, que pronto dieron apertura a excelentes postgrados también. Todas las semanas había conferencias generales sobre la dimensión humana, social y ética de la ciencia y la tecnología, conferencias con invitados de primera línea y que eran transmitidas en un circuito de televisión cerrada en todos los espacios de la Universidad.

El país conoce bien la inmensa calidad profesional de sus egresados, demandados por la comunidad nacional e internacional. Hoy se ha decretado otra universidad, por allá, por los predios del IVIC, con semejante concepto pero sin el capital académico y la experiencia acumulada de la Simón. Me pregunto una y otra vez, ¿qué sentido tendrá pretender, y sólo pretender, crear otra Simón en un país que sufre tantas necesidades, muchas de ellas vitales?

Para implementar el proyecto modernizador universitario de la Simón, se la declaró experimental desde el propio año 1970. Así, pudo configurarse una estructura académico-administrativa departamental, lo que le permitió un mayor dinamismo en la movilidad estudiantil y docente entre diferentes disciplinas y saberes, así como economizar presupuesto evitando gastos que duplicaban cátedras. Pregrado y postgrado se mantenían enlazados por medio de los Departamentos. La dirección académica rotaba cada dos o tres años entre todos los profesores adscritos a la dependencia respectiva. Si tuvo la ventaja de la condición experimental para inventarse durante un largo tiempo, esta misma condición terminó siendo su perjuicio de los últimos años al darle facilidades a un gobierno voraz, enemigo de los méritos y exigente de compromiso leal con un programa ideológico partidista, para intervenirla y volverla un capítulo más en el libro de la hecatombe nacional.

Yo estudié allí mi postgrado en filosofía, no me faltó nada. Disponía de un buen transporte que me llevaba puntualmente a Sartenejas y me regresaba prontamente a Caracas, como a cualquier otro estudiante. Almorzaba gustosamente en su comedor, trabajé en el Departamento de Filosofía como asistente académico. Después tuve la oportunidad de ser profesor de Epistemología durante varios años y conté con el mayor de los apoyos de una excelente, actualizada y muy moderna biblioteca. Era un lujo investigar en sus instalaciones. Siempre recordaré la fría brisa de Sartenejas dándome en las mejillas o una buena lectura en sus jardines junto a tortugas, patos y gansos. Fuí testigo presencial de su grandeza, he visto su destrucción, que ha seguido a la terrible que ya sufrió la Universidad de Oriente. Y por ello demando de la Presidenta de la República y de la Ministra de Educación Superior una respuesta positiva para que la Universidad resurja de sus actuales cenizas, empezando porque se le permita a su comunidad elegir a sus autoridades y conducir una transición para mejores tiempos. Piénsese que salvar la Simón puede ser una oportunidad para integrar en su seno a otras universidades decretadas y hoy desvencijadas, instituciones más de papel que auténticos centros formativos. Espero, de todo corazón, una actuación de buena fe para el rescate de la Simón. Espero que ese rescate sea el inicio del renacimiento de toda la educación pública venezolana.