viernes, 13 de febrero de 2026

Presidenta, de nuevo: encontrémonos con la educación

 

A veces me da la impresión de que el Ministro de Educación juega al escondite. Pareciera que en esta crítica materia no es la única autoridad que parece hacerlo. Tampoco es un tema de mayor interés para las oposiciones, sólo para unos pocos. ¡Quiera la divinidad que esta omisión sólo sea un parecer mío, un error mío! Ahora, como ayer, todo se concentra en torno a barriles de petróleo y cosas por el estilo. Y si ciertamente hay una urgencia económica que ha sido cultivada con esmero desde hace ya bastantes años por los experimentos de unos cuantos Dr. Frankenstein de la economía del ya olvidado "socialismo del siglo XXI", no deja de haber otras urgencias en el país, urgencias que si no se atienden se llevan por delante a generaciones enteras de seres humanos, que le niegan su apertura a la vida, que los condenan a la miseria espiritual y a la miseria económica por más millones de barriles de petróleo que se saquen de nuestra depredada naturaleza para embotellar y entregar al tío Sam. La educación, sin duda, es la urgencia mayor del futuro de Venezuela en nuestro tiempo. Hay que ocuparse del presente pues los venezolanos estamos comiéndonos un cable, nos han convertido y nos hemos convertido en un ratón de ferretería. Para ya hay que buscar salida a la cuestión de los ingresos de lo que queda de nuestras familias, de nuestros hombres y mujeres. Para ya hay que atender la salud de los venezolanos. Pero estas urgencias del ya, insoslayables, no niegan que se atienda simultáneamente una urgencia que como la educativa siendo también del presente marcará nuestro futuro de modo determinante.

Me preocupa, nos preocupa a muchos que poca voz decisoria tenemos, que el tema de la educación esté tan ausente del discurso oficial en estos tiempos tan cruciales para nuestro por-hacer, así como del discurso de quienes quieren presentarse como alternativa política. Basta googlear el tema y buscar las noticias más recientes, lo que se ha dicho y publicado en las últimas semanas sobre la crisis educativa y la discusión de sus salidas. ¿O no está en crisis la educación? ¿O está todo fenomenal? ¿Por qué esta ausencia? ¿Dónde está el Ministro con propuestas para el tema? Si realmente a los actores políticos y sociales influyentes les preocupa el futuro del país, y no el mero reparto del botín del poder logrado, deberían estar actuando en concordancia con ese futuro que hoy está en nuestras escuelas siendo educados para una sociedad que ya no existe, que existió si acaso en el siglo pasado. Más grave aún, con el futuro que hoy no asiste a las escuelas, bien porque la situación económica excluye a nuestros niños, jóvenes y adultos, bien porque se ha destruido no sin empeño el valor trabajo y el valor formación para nuestra vida nacional.

Presidenta, gire instrucciones a su Ministro de Educación para que en el ánimo actual de concordia que manifiesta su discurso y el de otros poderes del Estado, convoque a los actores concernidos con el tema educativo a un Encuentro Nacional con el propósito de poner en marcha lo antes posible una transformación del concepto y la práctica educativas en nuestro país. Dejo seguidamente algunas ideas para que su despacho las considere:

-Que se trate de una convocatoria nacional, que en el espíritu de nuestra Constitución sea efectivamente participativa y protagónica, lo que implica invitar a todos los sectores que por distintas razones están interesados y afectados por la crisis educativa y su resolución, darles voz y escuchar atentamente esa voz con una orientación deliberativa y democrática. Los educadores deben tener una silla central en este Encuentro, sin ellos, sin su convencimiento, no hay posibilidad de cambio alguno.

-Que se diseñe dicho Encuentro Nacional para que dé resultados en la práctica en el menor tiempo que sea posible. Lo primero a establecer sería una agenda con un tiempo definido de funcionamiento. Para la organización del Encuentro no se precisa que todos nos reunamos en la Plaza Bolívar, eso sería una Asamblea inútil. Puede trabajarse por mesas sectoriales (económicas, culturales, regionales, sociales de diversa índole, pero cada una con participación de educadores) que al cabo de un tiempo realicen plenarias puntuales para llegar a conclusiones integrales y de ahí a una Plenaria Nacional definitiva.

-Diagnósticos hay muchos, no habrá que empezar a hacerlos de nuevo, habrá que revisarlos, buscar sus puntos de encuentro y actualizarlos en lo que se requiera. Pasada esta primera fase, cada mesa sectorial podría dedicarse entonces a elaborar sus propuestas de cara al diseño de las políticas educativas, su implementación y los criterios para su evaluación en la práctica.

-El Ministerio, los gremios docentes, las Escuelas de Educación y las Universidades Pedagógicas del país, además de sustentar el debido protagonismo en esta tarea nacional, pueden dotar de espacios y plataforma a este Encuentro. De seguro, entre todos se hará poco onerosa la organización de un evento destinado a volverse un hito de cara al futuro.

Estoy convencido de que en un tiempo prudencial lograremos demasiado. El próximo año escolar todavía tarda meses en comenzar. Estoy convencido de que todos estos actores mencionados pueden entenderse en unos mínimos que establezcan unas nuevas reglas de juego y un nuevo programa educativo. Estoy convencido de que si bien hay quienes confunden formación con adoctrinamiento, al final del día la mayoría comprende que educación no es propaganda y que formar es más cuestión de dotar a la persona de criterios propios para la vida y la integración provechosa en la comunidad que de contenidos definidos. Estoy convencido de que dichos actores carecerán de miopía histórica en esta materia, de que no confundirán políticas educativas con construcción de edificaciones escolares, que también hacen falta y pronto, pero que solo serán un buen techo para engendrar y cobijar un nuevo espíritu social. Si alguna vez se puso de moda la frase "Es la economía, estúpido", creo que nuestro tiempo, sin despreciar la importancia de lo económico, base material indiscutible para nutrir nuestros espíritus, haría bien en hacer de la frase "Es la educación, estúpido" el lema vivo que encamine nuestro programa de acción. Después de todo, nuestro tiempo hace indesligable educación y economía. Presidenta, su voz tiene la suficiente fuerza inicial para emprender este camino, convénzase de ello. Para mañana es tarde.

Publicado originalmente en el portal Aporrea: Artículo 

viernes, 6 de febrero de 2026

Presidenta, la educación

 

Hoy seré breve. Justificar que hay que atender con carácter de urgencia el tema educativo en Venezuela parece aberrante por más que evidente. Llevamos años en esto, pasan las generaciones y la cosa empeora. Con las nuevas tecnologías, por ejemplo la inteligencia artificial, la educación se hace más mediocre que nunca. Como diría Mafalda, preocupémonos por el retroceso de la inteligencia natural. Presidenta, si en materia social cumple con lo hasta ahora ofrecido en materia de salud y en las mejoras salariales de nuestra población, vamos bien. Habrá que añadir la cuestión de la democratización real de nuestras instituciones públicas, lo que exige políticas para la mayor transparencia y el libre ejercicio de las libertades responsables. Podríamos decir con un conocido y respetado personaje de nuestra política que "estamos mal pero vamos bien". Sin embargo, en educación "estamos mal y vamos mal". Y este ir mal descansa en gran parte en la omisión del tema, o en simplemente volverlo un lugar tan común que ya damos por natural nuestro desastre. Presidenta, si desea que su tránsito por el gobierno deje huella positiva, no se olvide de la educación. ¡Póngala en primera plana!

Recuerde que la educación es una cuestión extensa y profunda. Hay educación formal e informal. La primera es la escolar en todos sus niveles. La segunda acontece espontáneamente en el día a día. Recuerde que en esta última, la educación informal, los funcionarios y los personajes públicos más visibles, desde la Presidenta, los ministros, los políticos de oposición hasta el grandeliga, el rapero o la actriz X, resultan formadores o deformadores de nuestro ser ciudadano y venezolano. Venimos de una época en la que se nos enseñó como ejemplo el insulto, la burla y el acoso, no pocas veces en medios oficiales. Todavía persisten esos deformadores. Mas, en el caso suyo Presidenta se nota otro tratamiento del discurso y otra actitud. Su llamado a la concordia lo ha evidenciado con gestos valiosos, como pararse a dialogar con grupos estudiantiles que la increpaban demandando causas justas. No se ha visto en usted durante estas primeras de cambio la soberbia enfermiza del poder. Otros funcionarios siguen su paso, pero hay unos cuantos que no. Seguramente no será fácil desplazarlos, pero se requerirá que cambien sus actitudes o que dejen el paso libre a la construcción de un país que se reconozca en sus diversidades. Esperemos que el nuevo ministro encargado de las comunicaciones deconstruya el discurso de la violencia e instituya el de la concordia. Talento no le falta. Y es que la educación informal puede echar por tierra lo que hace la educación formal, la escolar. Lo que se enseña en el aula se desaprende en una cotidianidad cargada por la violencia simbólica, y no sólo simbólica. Ciertamente mucha de esta violencia está en canciones, videojuegos, redes sociales, dentro de la familia, la pareja y los grupos de pares. La tarea de un buen gobierno es no reproducirla con su discurso y sus actuaciones y buscar los correctivos al ejercicio de esta violencia en las prácticas sociales. Presidenta, urge reformas educativas de calado en la educación formal. Concentrarse en la formación de personas críticas por su capacidad de leer con comprensión, de expresarse adecuadamente oralmente y por escrito, de dar razones de sus opiniones (argumentar), de escuchar razones discrepantes, de valorar el trabajo cooperativo en la búsqueda de los problemas que nos aquejan, desde los más inmediatos como el mantenimiento del aseo del sanitario escolar hasta los más complejos como el acoso. La sociedad del pasado inmediato, del presente y del futuro se centra en el conocimiento y, particularmente, en la capacidad de crear conocimiento. Pero, recuerde, conocimiento no es información. Menos es más. Hay que podar mucho en nuestra educación escolar, en todos sus niveles. Hay que impulsar las competencias creativas y la curiosidad propia en nuestros educandos. Son muchos los cambios demandados, imposibles de tratar aquí, imposibles de considerar por una sola persona.

Presidenta, es hora de actuar. Constituya una Comisión Presidencial para que en un breve tiempo discuta los problemas y las soluciones de nuestra educación, problemas que no se solventan con una nueva Ley sino que deben ir a fondo en la cuestión curricular. Para mañana es tarde, ya son demasiados los mañanas que han pasado. Convoque con amplitud a los diferentes actores sociales concernidos con el tema educativo. Convoque más allá de los acostumbrados diputados o políticos de ocasión, quienes seguramente también deben participar. Convoque a nuestros investigadores en el tema educativo, convoque a las organizaciones no gubernamentales comprometidas con el tema. Convoque a nuestras universidades y, especialmente, convoque a los educadores, a los formadores de nuestro futuro. Sin la comprensión y anuencia de nuestros maestros y profesores será imposible cualquier reforma exitosa. Presidenta, es hora de actuar.

Publicado originalmente en el portal Aporrea: Artículo 

viernes, 30 de enero de 2026

¿Una sociedad sin sociedad?

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En la página 124 de "Las crisis de la Venezuela contemporánea (1903-1992)", Manuel Caballero alude a la conocida crítica de la intromisión de los partidos políticos en cualquier ámbito de nuestra sociedad, por ejemplo, a la crítica de que adecos y copeyanos intervenían en las elecciones de los gremios, los criollitos de Venezuela o hasta en la elección de la respectiva reina de carnaval. La crítica, a su entender, no era muy exagerada. Como él llega hasta 1992 en su libro, creo que tampoco sería exagerado decir que la cosa no sólo ha continuado sino que en su cronificación se ha agudizado, no sería exagerado afirmar que hoy un solo partido político ha intervenido, cuando no capturado, prácticamente cualquier instancia de organización social del país, calle por calle, cuadra por cuadra. En otras palabras, el tejido social se supedita a intereses partidistas, aumentando los controles sociales del Estado, a su vez capturado por el mismo partido. Caballero explica la cuestión en la misma página, dice que "...al aparecer en la escena venezolana, los partidos políticos contemporáneos estaban actuando en terreno virgen. En efecto, en las sociedades de más larga historia política, los partidos no suelen encontrarse solos en el escenario social.". Se refiere nuestro historiador al hito histórico de 1945, a la etapa que se inicia con el golpe de Estado de un grupo militar con la cúpula adeca para desplazar el gobierno de Medina.

Precisamente el gobierno de Medina ya había hecho unos primeros intentos por crear tejido en la sociedad civil. Aprovechando el poder del Estado reunió a empresarios para formar su gremio: Fedecámaras. Igual emprendió el camino impulsando otras instancias gremiales y reforzando las pocas existentes, como fue el caso del sector de los educadores, que ya venía de poco antes, o del sector de los ingenieros. Luego el trienio 1945-1948 promovió, entre otros, la federación campesina y los sindicatos laborales, si bien quedaron capturados por el partido. Véase bien, las organizaciones civiles y comunitarias, salvo excepciones, no emergieron de un largo proceso de formación histórica, de forma independiente, motu proprio, sino que los partidos en control del Estado las fundaron. El carácter orgánico de la sociedad, es decir, la sociedad organizada en asociaciones civiles y comunitarias de acuerdo con sus respectivos intereses sectoriales, fue creado desde arriba, casi que decretado. A esto se refiere Caballero con terreno virgen que se consiguieron los partidos, un terreno social todavía no formado, no asentado históricamente. Dicha virginidad tiene un anclaje en nuestra turbulenta historia republicana.

Nuestro siglo XIX fue de lo más devastador del continente. Nuestra independencia fue en parte una guerra civil y en parte una guerra con España, una especie de round robin, un todos contra todos bélico. Luego, a nuestros libertadores se les ocurrió continuar la empresa independentista en otras tierras. El proceso fue muy duro. Bolívar mismo al final de sus días, y vistas las divisiones generadas, se pregunta sobre el sentido de tamaña empresa una vez que hay que reconstruir casi todo. Pero la demolición sociohistórica no concluye con la independencia. El siglo XIX venezolano es una alternancia de momentos de paz para construir instituciones con momentos sangrientos como la Guerra Federal. Lo que se comenzaba a levantar se destrozaba al poco tiempo. Y así hasta la llegada de Gómez, cuando el propio Caballero dice que se puso fin a la Venezuela de a caballo, la de los caudillos regionales y sus enfrentamientos.

Elaborar tejido social lleva tiempo, el arte de tejer alianzas y organizaciones supone asentar relaciones que perduren más allá de una o dos generaciones. Pero este tejer se hace imposible si tu casa recién levantada es arrasada por los ejércitos enfrentados. No hay tiempo para arraigarse, para echar raíces. Quizás la excepción fueron las regiones andinas debida a la escarpada geografía que las protegía de los conflictos, pero también hasta tiempo reciente las mantuvo incomunicadas del resto del país, un resto que se levantaba y caía una y otra vez. Fue el largo período de Gómez el que comenzó a construir la estabilidad mínima para empezar a tejer una sociedad orgánica, poco a poco, y, eso sí, sin meterse con los intereses del tirano. Fundó el ejército nacional, fundamental para el Estado moderno en el clásico concepto de Weber: un Estado caracterizado por el monopolio del uso de la fuerza. Comenzó a generar unas cuentas nacionales y a armar el aparato burocrático requerido para ese Estado moderno. Así, la Venezuela propiamente republicana comienza a nacer hace un siglo, muy poco en la historia de una formación social.

Se logró en las primeras décadas del siglo XX una estabilidad mínima para empezar a hacer sociedad. No obstante, pronto entró en escena una economía que como la petrolera poco facilitó la tarea de tejer vínculos sociales permanentes. El petróleo ha movido al mundo industrial de los últimos 150 años. Ha sido el centro energético del planeta. Se trata de una economía portentosa en la entrada de recursos monetarios. En Venezuela ello fortaleció a su propietario, el Estado. Este se transformó en un gigante con pies de barro, poderoso económica y militarmente pero sin mayor tejido social, capturado un tiempo por las fuerzas armadas y otra por unos partidos políticos que, en cuanto tales, repetían la historia del propio Estado, esto es, organizaciones políticas controladas por sus cúpulas ante el déficit organizacional de sus militantes. En nuestro país, desde la familia hasta el Estado, pasando por distintas instituciones sociales, se reproduce una estructura piramidal en el sentido de un orden jerárquico gobernado por un caudillo o unos pocos, una camarilla, un cogollo, una cúpula. En la base de la pirámide no hay socios, sino individuos poco relacionados entre sí vinculados a través del jefe, se llame este madre, secretario general o presidente. Por eso el Estado, capturado por estos cogollos, carece de efectiva base sociológica, sus pies son de barro pero con mucho poderío económico y militar generador de una constante dependencia de toda la sociedad. Como decía Uslar, y no sólo Uslar, la sociedad vive del Estado y no el Estado de la sociedad. O para decirlo con Mercedes Pulido de Briceño: en Venezuela el gobierno, apropiado del Estado, puede darse el lujo de darle muchas veces la espalda a la sociedad, gobernar casi que sin ella, gobernar aunque ella muestre que no quiere ser gobernada por ese gobierno. Un clásico de la teoría social como Durkheim califica esta situación como una monstruosidad sociológica, pues el Estado puede aplastar al individuo a falta de la mediación de las organizaciones sociales. Si esta fotografía es real, entonces la democracia siempre será más un deseo que una realidad, y como bien dice la sabiduría popular, deseo no preña.

"¿Con qué se come la sociedad civil?" dijo un Vicepresidente de la República de apellido Miquilena. ¿Se acuerdan? Comenzaba la deriva de la última etapa histórica, una que a veces inspirada en Ceresole se sentía agradada con el lema "un caudillo y un pueblo", sin mediaciones, sin organicidad. Y, sin embargo, por otra parte se trató de impulsar la construcción de tejidos sociales bajo la denominación de consejos comunales, mesas de agua, comunas, etcétera. Pero pronto, casi que en un vaivén histérico, las nacientes organizaciones eran intervenidas desde arriba, en menos de un año se modificó la naciente ley para someterlas a una comisión presidencial, se las redujo a maquinaría electoral, se las hizo completamente dependientes del financiamiento del gobierno (Estado). Y eso pudo ser porque el sujeto social era muy frágil, sin mayor tejido asentado, y el gobierno, en cambio, muy poderoso y enfrentando enemigos rudos y tremendistas. En términos formales somos una sociedad política, un Estado nacional con un territorio, empero, ¿esta sociedad política dispone de una sociedad orgánica por organizada?

Tomadas estas letras hiperbólicamente pareciera que no hay sociedad civil ni comunidades en el país. Y no dudo que se pueda hacer este ejercicio hiperbólico, seguramente lo facilite mi angustia ante el presente y el futuro. Y sin embargo las hay, pero les cuesta mucho formarse, crecer y sustentarse en el tiempo. Especialmente difícil les ha sido esta tarea formativa en los últimos años por las crisis a las que hemos estado sometidos, con particular referencia a nuestro desastre económico y a las consecuencias de las actitudes autoritarias de quienes han ostentado el poder. Sobreviven a duras penas muchas familias, adoloridas hasta el alma por el éxodo obligado que deja sin juventud el país, sin ellas y su esfuerzo estaríamos completamente perdidos. Sobreviven organizaciones locales y puntuales, económicas, culturales, asociaciones que por su pequeña escala necesitan para establecerse estrechar lazos con otras organizaciones y consolidar plataformas mayores. Sobreviven instituciones valiosas como las universidades y muchos otros se mantienen con grandes riesgos al frente de gremios, sindicatos, ONG’s, grupos religiosos y otros entes semejantes. Bastantes tendrán que remozarse. ¿Desde cuándo Natera es presidente de la federación médica? Quizás tenga muchos méritos, quizás haya logrado una "estabilidad" por décadas, pero, ¿no habla ello del tejido social de los médicos del país? Y no se trata de un caso aislado.

Por eso, cuando hablamos de transición en el país, cabe preguntarse, ¿estamos realmente en transición? De ser el caso, ¿a qué tipo de transición nos referimos? ¿Sólo política? ¿Política y económica? ¿Qué pasa con la transición social, con el paso de una sociedad atomizada a otra floreciente en diversas organizaciones civiles y comunitarias lo menos dependientes posible de un Estado autoritario? Pues probablemente los cambios políticos y económicos puedan realizarse en menos tiempo que los sociales, aquellos llevarán algunos años, estos al menos una generación si empezamos hoy. Aquellos podrán ser cambios de actores pero con un mismo libreto, estos serán, de ser, más sustantivos. Preocupa que en estos días vuelve el furor por la economía petrolera, por las promisorias inversiones que vendrán en petróleo y minería. La rapaz águila calva del norte así lo ha decretado y ya ha presentado su doctrina Donroe. Mientras, se comprenden las esperanzas que surgen entre una mayoría que lleva mucho tiempo comiéndose un cable por el desastre histórico causado en los últimos años. Sin embargo, esa economía que se promete no facilita la tarea de tejer sociedad. ¿Qué pasa con la economía no petrolera, realmente no petrolera? Pues la petrolera seguirá bajo control de un Estado con poca sociedad, y no parece que tanto de este Estado nuestro como el del rapaz norteño. ¿Qué pasa con el auténtico empoderamiento económico y político de nuestra gente? ¿Hay en el horizonte una agenda para discutir y proponer políticas públicas, educativas, económicas y sociales dirigidas a este empoderamiento? ¿O se tratará todo esto de cambios gatopardianos? ¿Que todo cambie para que nada cambie? El gatopardismo siempre ha estado a la orden del día, en la Italia del siglo XIX y también en la Venezuela del XXI.

Publicado originalmente en el portal Aporrea: Artículo 

viernes, 23 de enero de 2026

Veneciela y su transitar…

 

“Veneciela y su transitar…” es el título que un buen amigo, Luis Ernesto Hermoso, ha colocado a un esperanzador relato suyo alegórico a nuestra situación, un relato que quiere superar los extremismos, pues estos siempre conducen a callejones sin salida y a veces, como hace cien años en Europa, a auténticas tragedias, pues más de cincuenta millones de personas asesinadas no puede ser sino una tragedia. En Venezuela hemos tenido una sumatoria de gobiernos que han arruinado nuestro amado país, gobiernos que van desde la década de los setenta del siglo pasado hasta el presente, gobiernos que practicaron la política de la avestruz para sostener sus privilegios. Ya en 1978 el modelo de crecimiento estaba agotado, pero el baño de petrodólares que llegó por la crisis de Irán adormeció los cambios necesarios. Pero pronto llegaría el viernes negro en 1983 y desde entonces no salimos de una perpétua crisis. 1999 abrió con esperanzas, pero al cabo de poco tiempo una ceguera ideológica acompañada de una oposición radicalizada que jugó en términos también autoritarios, terminaron de bloquear la democracia participativa y protagónica que se prometía. El 3 de enero de este año las violencias volvieron a encontrarse, y hoy corremos el peligro de reducirnos a una colonia del imperio del norte, del tiburón que depreda la naturaleza y que en su depredar consigue aprovechar nuevas ventajas capitalistas como lo son las nuevas rutas marítimas por el deshielo de la antártida derivado del calentamiento global. Pero también surgen esperanzas renovadas, la posibilidad de torcer el rumbo que llevábamos para hacer de nuestro sino histórico un destino elegido a conciencia, uno democrático y con desarrollo de una nueva musculatura económica. Por ahora, hay buenas señales, ojalá continúen.

Sin más, les comparto el relato del amigo Luis Ernesto.

“En la esquina más antigua del barrio “La Vereda del Llano" se levantaba una casa que alguna vez fue orgullo y referencia. Allí vivía la familia Pernalete, descendientes de gente trabajadora, conocidos por haber salido adelante a fuerza de sudor, promesas cumplidas y una dignidad que parecía heredarse como el color de los ojos. Pero las facilidades y la opulencia de los mejores años parece que torció el buen rumbo. 

El padre, Nicomodes Pernalete, había sido en otro tiempo un hombre respetado. Obrero puntual, voz firme, manos grandes. El alcohol, sin embargo, le fue comiendo la voluntad a mordiscos lentos. Primero fueron los tragos festivos, luego las ausencias, después los golpes contra la mesa… y finalmente los golpes contra la familia. Cada promesa de cambio nacida bajo la sobriedad moría en medio de la borrachera. A veces juraba mejorar con los ojos rojos, pero al amanecer ya no recordaba ni el juramento ni la vergüenza.

La madre, Veneciela, vivía atrapada en un vaivén emocional que la deshacía. Un día creía que todo podía arreglarse, que Nicomodes tocaría fondo y resurgiría. Al siguiente, el miedo le apretaba el pecho y la esperanza se le volvía una burla. Rezaba, callaba, protegía a los niños y confundía la resistencia con amor. La hija mayor, María Celerina, observaba todo con una impaciencia feroz. Ambiciosa, apresurada en sus apetencias, no soportaba la lentitud del sufrimiento. Quería una salida inmediata, aunque fuera violenta. El asco hacia su padre creció hasta convertirse en cálculo. Intentó destruirlo socialmente, lo malpuso en el trabajo, sembró rumores en el barrio, buscó que lo expulsaran de la casa por la vía de la vergüenza pública. Fracasó. Y el fracaso trajo más pobreza, más alcohol, más brutalidad. Los pequeños, Juan del Llano, de diez años, y Virgen Costeñita, de apenas siete, aprendieron demasiado pronto a leer los silencios. Él se hizo callado y serio; ella rezaba en voz baja para que la noche pasara rápido.

Cuando María Celerina creyó que ya lo había intentado todo, decidió intentar lo imperdonable. Fue entonces cuando buscó a Denverloy Trinquete, el matón del barrio. Hombre de malagueñas torcidas, sonrisa ladeada y fama de resolverlo todo a golpes. Denverloy no caminaba: avanzaba como si el suelo le debiera algo. Escuchó la propuesta con calma animal. No preguntó demasiado. Solo midió el miedo y olfateó la oportunidad.

La noche entró en la casa, el barrio sintió un frío raro, como si alguien hubiese apagado una estrella. Denverloy fue directo al cuarto de los padres. Nicomodes apenas pudo defenderse. Los golpes fueron secos, definitivos. Quedó reducido a un cuerpo que respiraba por costumbre. Veneciela, rota y aterrada, fue sometida al silencio más cruel. La casa se llenó de días espesos, de sombras que no se iban, de un invasor que se sentía dueño de todo. Y entonces ocurrió lo intolerable. Denverloy empezó a mirar a Virgen Costeñita con una atención enferma, una sonrisa que no era sonrisa. El barrio, que todo lo ve aunque parezca dormido, despertó de golpe. La indignación fue más fuerte que el miedo. Una multitud entró a la casa como un solo cuerpo furioso. No hubo justicia elegante: hubo manos, gritos, golpes, rabia acumulada por años. Denverloy Trinquete murió bajo el peso de la gente que dijo basta.

A Nicomodes Pernalete, agonizante, lo llevaron a un hospital. Vivió. Y vivir fue su condena. Fue juzgado, no solo por la ley sino por la vida misma. Lo enviaron a una casa de cuidado para enfermos mayores, prisionero de su cuerpo y de su historia. María Celerina también fue juzgada. No por haber querido salvar a su familia, sino, que por su ambición, egoísmo y torpe ceguera sometió a su familia a la vergüenza y al exterminio, al abrirle la casa al siniestro matón del barrio. Su castigo fue tan simbólico como cruel: cuidar a su padre durante su condena, enfrentarse cada día a las consecuencias de su impaciencia y egoísmo.

Cuando salieron de escena el padre alcohólico, el matón del barrio, la hija ambiciosa y egoísta, todo cambió. Veneciela empezó a sanar. Juan volvió a reír. Virgen Costeñita volvió a dormir sin sobresaltos. Y el barrio, que nunca olvidó, aprendió que hay dolores que no se arreglan con atajos, y que la verdadera fuerza no está en el golpe, sino en la comunidad que se levanta cuando el horror cruza la puerta.

La casa sigue allí. Ya no grita. Ahora, cuando cae la noche, solo se oyen, susurros y un briznar acompasado con una sutil brisa, lo más parecido a la paz.”

Publicado originalmente el portal Aporrea: Artículo 

viernes, 16 de enero de 2026

¿Bajarle dos? ¿Sinceramente? ¡Sí va!

 

!Qué pare ya el sufrimiento de este país! Apuntemos al futuro, hagamos de nuestro sino histórico un destino razonable y elegido. ¡Qué cesen ya las necedades innecesarias de tanto político con ínfulas de "showman"! De uno y otro lado sobran dichos personajes. Abramos una ventana, una oportunidad para construir una Venezuela realmente inclusiva y democrática, sin aspavientos, sin vacua retórica barroca. Es la hora. No desaprovechemos la ocasión, no otra vez.

Si el diálogo que algunos actores proponen ha de ser sincero, efectivamente inclusivo y democrático, entonces, como dice el actual Presidente de la Asamblea Nacional, habrá que "bajarle dos" al ánimo belicoso, se deberá no sucumbir ante las provocaciones de quienes buscan salidas de fuerza, se ha de evitar el insulto o la descalificación, o se evitará ser provocados por quienes los empleen al no se sentirse en capacidad de razonar. Y para bajarle dos y no caer en provocaciones hay que tener una voluntad férrea por clara en lo que se propone, de lo contrario pronto se verán las costuras del engaño. Si hablamos de un ejercicio ético de la política no habrá mayor propósito que construir un hogar para todos los que quieran participar en esta tarea llamada Venezuela, con nuestras diferencias que no son pocas, con nuestras diversas formas de ser, con nuestra bienaventurada condición plural. Por eso, este hogar a construir conserva lo múltiple en la unidad, lo que es decir que siendo inclusivo, y por tanto democrático y democratizador, apuesta por un destino compartido.

Hay quienes prefieren hablar de negociación que de diálogo. Dicen que la palabra "diálogo" es tramposa, y que ha sido usada recurrentemente en los últimos lustros para ganar tiempo, marear la perdiz, que no conduce a nada. Pero aquí hablamos de un diálogo político que por honesto ha de conducir a resultados. Veámoslo desde los géneros clásicos de la retórica. Estos son tres: el epidíctico o demostrativo que alaba o denosta de alguien o algo, el forense o judicial que investiga una causa para emitir un juicio y el deliberativo orientado a la toma de decisiones. Este último es la base del terreno propiamente político, del terreno de la polis, de la comunidad que se reúne para darse una dirección, un destino. El diálogo político ha de conducir a la deliberación, a la toma de decisiones. No de otra cosa se trata.

En la historia de la humanidad diálogo (dialéctica) y retórica han fructificado teórica y práxicamente en momentos democráticos. Puede investigarlo usted con sus fuentes a la mano. Fue así en la época de Pericles o en el período republicano de Roma, también después de 1945. No puede ser de otro modo pues ambos, diálogo y retórica, resultan prácticas que se ejercen para persuadir y convencer, exigencias que se siguen por la diversidad de creencias y actitudes existentes en una comunidad de habla determinada, por las múltiples verdades que habitan en nuestro mundo. Por el contrario, las épocas imperiales imponen una verdad, su verdad, generalmente cargada de calificativos como "absoluto", "eterno", "infalible". Las épocas imperiales convierten la duda en traición, pues sólo ha de haber un camino, una verdad. La inquisición, la persecución y anulación del otro, cuando no su aniquilación, es consustancial a la época imperial.

La desconfianza en el diálogo tiene sus bases. ¿Cuántas veces la lógica imperial ha usado el diálogo para imponerse? ¿Para ganar tiempo? Muchas, demasiadas para lo deseado. Todas las veces que ello ha ocurrido se ha dejado de lado el interés de que la comunidad se entienda y se libere de lo que la obstaculiza, la daña, la distorsiona. Todas las veces que ello ha ocurrido se ha usado el diálogo con propósitos meramente estratégicos, es decir, tratando al interlocutor, al otro, como objeto que se debe manipular en función de mi deseo y mi poder. Cuando se descubre la farsa siempre se justificará en nombre de no sé qué secreto de Estado, del grupo o por tu conveniencia, la que ya de antemano decidió el emperador ante tu "minoría de edad mental". Terrible. Un diálogo ético y político, sincero, que auténticamente quiera bajarle dos, pasar a otro juego político más noble, se orienta primero al entendimiento entre los participantes, lo que supone la comprensión del otro, lo que supone una auténtica voluntad de escucha y poner entre paréntesis la voluntad de sospecha. Escucharte primero, saber de ti, cómo piensas, comprender por qué has llegado a pensarlo. Se trata de una franca apertura a tu ser, y espero luego que seas recíproco en esta voluntad. Si no lo eres se impondrá la sospecha, dejaré de creer en ti, pues me habrás usado estratégicamente. Si somos sinceros nos reconoceremos el uno al otro y buscaremos emanciparnos de los obstáculos que tenemos que enfrentar juntos, muchos de los cuales descansan en nuestros propios prejuicios. Luego vendrá la toma de decisiones, una pausa momentánea en un diálogo que nunca se cierra definitivamente.

Dicho lo cual, cabe hablar frente a la racionalidad estratégica de una racionalidad dialógica y retórica que conduce a la razonabilidad, una razonabilidad deliberativa distinta de la racionalidad instrumental y estratégica unívoca, distinción que ya había realizado Aristóteles hace muchos siglos cuando para referirse a los asuntos éticos y políticos, a los asuntos propiamente humanos, hablaba de phronesis, una especie de prudente punto medio entre dos extremos, phronesis para la que no hay algoritmo disponible, fórmula precisa. Esta phronesis, esta actitud prudente, nace de la experiencia de los errores cometidos y cultivada debidamente se vuelve una virtud intelectual. Diría más, cultivada comunitariamente, haciendo de ella una pedagogía para el nosotros que somos, se vuelve una virtud moral. ¿Será mucho pedir que ese "bajarle dos" apunte en esta dirección de suspender lo meramente estratégico para buscar el entendimiento del país que somos con todas nuestras diferencias? ¿Podremos supeditar lo estratégico a lo comunicativo?

George Herbert Mead, un autor del siglo pasado muy poco citado, conceptualizó la democracia como expansión e inclusión en una comunicación no distorsionante. La comunicación forma la comunidad, lo común. La raíz de la palabra lo dice todo. Karl Otto Apel y Jürgen Habermas han reconocido su deuda con él y a partir de esa base han construido una propuesta de democracia deliberativa y participativa. No hay que inventar el agua tibia. Lo dicho se basa en parte en estos nobles pensadores. Más allá. El concepto de democracia que ostenta nuestra Constitución de 1999 resulta semejante, se nutre de esas y otras ubres. Por consiguiente, para bajarle dos con una voluntad sincera leamos nuestra Constitución y sigamos, por una vez, su espíritu. Inclusión y participación sinceras de cara al futuro, de cara a hacer de nuestro país un paraguas que nos cobije a todos los que creemos en la convivencia.

Señor Presidente de la Asamblea, soltar a los presos políticos es una muestra de voluntad de bajarle dos al belicoso ánimo que nos ha arropado por años. Sigamos en esa dirección, demos otro paso, pasemos a una amnistía general, articulemos un diálogo nacional sincero entre los diferentes actores políticos, comunitarios y de la sociedad civil. Si bien no cabemos en la Plaza Bolívar ni convendría un asambleísmo típico de cierto ejercicio político que sólo conduce al empleo estratégico del otro con efectos catárticos, la Presidencia de la República y la Asamblea Nacional disponen de la pelota en su tejado y de la responsabilidad mayor para convocar de manera organizada al país en sus distintas instancias y así darle a nuestro juego democrático un nuevo aire y ofrecerle al país unas condiciones socioeconómicas que permitan a nuestros jóvenes pensar en un futuro aquí. La salud, la educación y los ingresos de la población tendrán que ser puntos claves de la agenda a construir. Si así lo hiciereis que Dios y la Patria os lo premien, pero si ese bajarle dos resulta otra estratagema de las acostumbradas en política, entonces que os lo demanden.

Publicado originalmente en el portal Aporrea: Artículo 

viernes, 9 de enero de 2026

Harry, el sucio

 

El autobús escolar ha sido secuestrado por un terrible criminal con un largo prontuario, asesino en serie para más detalles. Los niños indefensos nada pueden hacer ante este sanguinario sociópata bien armado que se hace llamar Scorpio. Los policías encargados de apresarlo para encerrarlo en una sólida cárcel, probablemente Alcatraz o Attica, lo lograron detener después de varios de sus crímenes, pero debido a la violación de algunos de los derechos de Scorpio en su detención, los tribunales lo soltaron. Y ahora… ahora tiene bajo secuestro a toda una población de niños. Obstinado de perseguir este mal en estado puro, Harry, uno de los policías, decide hacer justicia por su propia mano dejando de lado cualquier procedimiento legal. Ha decidido asaltar el autobús de infantes y sustraer a como dé lugar al secuestrador.

Lo relatado es palabras más, palabras menos el argumento de la conocida película estadounidense de 1971 "Dirty Harry", "Harry, el sucio". Podríamos decir que después de más de una década de películas de vaqueros, el género se urbaniza con Dirty Harry, pues su escenario es San Francisco y en lugar de Cowboys hay polis de traje y asesinos en serie urbanos de los que proliferan en Estados Unidos, especialmente en aquella década de los setenta, quizás una herencia de sus antepasados londinenses. De hecho, el personaje de Scorpio alude directamente a "El asesino del zodiaco" que asoló a San Francisco durante aquellos años de la película y ningún "policía bueno" logró capturar. En cierto sentido, Clint Eastwood, el gran actor de muchas pelis de vaqueros y protagonista de "Dirty Harry", marca esa continuidad. Ahora bien, si Harry tiene por antecedente el Cowboy, el vaquero que se apropia a plomo limpio de las tierras de pobladores originales para construir su "civilización" capitalista, nada de extraño tendrá que en nuestros tiempos Harry se haya vuelto un policía global, uno que sin respetar ley alguna impone la suya como mejor le da la gana pues para ello está muy bien armado. Para "proteger" a San Francisco Harry extenderá su "jurisdicción" a los confines mismos del hemisferio.

Como cabe esperar de las escatologías de cierto cine estadounidense, Harry gana la batalla del bien sobre el mal absoluto, aunque para ello haya tenido que renunciar a los propios principios que lo formaron. Asalta el autobús, Scorpio procura huir con un niño de rehén, pero Harry armado con su potente Magnum .44 le asesta el tiro de gracia. En una muy significativa escena de cierre de la película Harry se deshace de su placa de policía lanzándola al agua. Las leyes no le convienen. Moraleja: el bueno ha de dejar de lado la ley, pues esta está del lado del malo. No sé muy bien por qué asocio este final con el final de otra película británica, "La Conferencia", basada en la "Conferencia de Wannsee", la famosa reunión real de una serie de burócratas de la alta jerarquía nazi celebrada en un palacio en las afueras de Berlín el 20 de enero de 1942 para articular normativamente la solución final, la política pública del holocausto. Después de discutir durante una hora y poco más cuestiones burocráticas relativas a quiénes serían exterminados, se retiran los oficiales salvo Eichmann, quien organizó la recepción. Antes, el jefe de todos, Reinhard Heydrich, ha colocado en el fonógrafo una sinfonía para celebrar el exitoso encuentro, no recuerdo si de Mahler. Cuando está ya solo, Eichmann retira el disco y dice algo así como "basura romántica". Puede afirmarse, entonces, que todo el ordenamiento normativo y legal es basura cuando se trata de la voluntad de poder.

La película, en la típica línea del héroe individual tan cara al gringo protestante y su mito del "self-made-man", el hombre que se hace a sí mismo a carajazo limpio, se ha convertido en un clásico replicado hasta el cansancio por otros filmes, la mayoría mediocres. Y es que el logro de Harry fue celebrado por muchos. Los padres de los secuestrados primero, no es para menos. Luego, ha de entenderse que por gran parte de la ciudad y su público. ¿Cuál hubiese sido el destino de los niños si Harry no hubiese actuado por su cuenta? La polémica que despertó "Harry, el sucio" llega a nuestros días. Incluso algunos hablan del "síndrome de Harry el sucio" para referirse a algunos tipos de abuso del poder policial. En el fondo no es más que una variante del "síndrome de hybris". En griego "hybris" significa exceso, extralimitación por parte de la arrogancia de los poderosos. La diosa Némesis, cuya memoria no falla, se dedica a hacer justicia castigando dichos excesos, castigando la hybris. De ahí que muchos la asocien con "venganza", es la venganza de la justicia divina. Empero, un policía, por más poderoso que sea no es un Dios, y si bien la voluntad de poder quiere ser como Dios, resulta muy peligrosa pues su idea de la justicia quizás no sea muy divina. Y una vez que tiene éxito en sus cometidos fácilmente caiga en el síndrome citado considerándose sin límites para poner y quitar lo quiera. ¿Qué hacer? ¿Qué hacer ante el poderoso que decide qué es ley y qué no y cómo ha de aplicarse? ¿Qué hacer con esta especie de Übermensch (superhombre) nietzscheano? Con respuestas morales abstractas del tipo "eso no debe ser" quizás alguno pueda dormir tranquilo, pero esa moralina no ayuda en nada al mundo que dejaremos a nuestros hijos y nietos. Creo que el propio Nietzsche tiene una clave, y con esto cierro. El Übermensch, para ser tal, se enfrenta al rebaño. Éste es un poder y aquel otro, es una lucha de poderes. El rebaño fracasará si busca un pastor que lo acaudille. El pastor tenderá a volverse Übermensch y nada de extraño será que lleve al rebaño al precipicio. Ejemplos sobran, algunos en casa propia. El rebaño para consolidar su poder deberá renunciar a su condición de rebaño, deberá volverse orgánico, esto es, tendrá que construir organización mediante el arte de tejer alianzas, no veo otra. Contra esta posibilidad siempre luchará el pastor, es tan viejo como la dialéctica del amo y el esclavo que bien ilustró Hegel.

Publicado originalmente en el portal Aporrea: Artículo 

viernes, 2 de enero de 2026

Estado, libertad, ultras y un poquito de Hegel

 

Las ultras crecen globalmente, ojalá que 2026 marque un cambio volviendo decreciente esta tendencia. Para que ello ocurra debemos tomarnos en serio su amenaza. En 1926 pocos se la tomaban y veinte años después muchas naciones quedaron en auténticas ruinas. Las ultras actuales se dividen en segmentos, los anarcocapitalistas y los conservadores radicales por ejemplo. Hablemos de los primeros, quienes tienen en Milei o en Díaz Ayuso del Partido Popular español dos de sus principales voceros. Su ideario ataca al Estado, quiere descuartizarlo a punta de motosierra. Afirman que al hacerlo se pondrá fin a la asfixia de impuestos, permisologías y demás controles que cercenan la libertad ciudadana. Tachan de izquierdas, y más allá de comunistas, a todos aquellos que se oponen a su cometido destructivo. 

El discurso anarcocapitalista se centra en la oposición izquierda-libertad, que reedita la vieja de igualdad-libertad. Sus exponentes no entran en mayores disquisiciones al respecto, son populistas, efectistas, les gusta el show y el escándalo permanente en unas redes sociales que saben manejar muy bien. Exaltan su encanto femenino o se presentan como sendos rockeros. Se exhiben como rebeldes e iconoclastas. Le han sabido robar a las vetustas izquierdas esas actitudes, han sabido presentar a esas izquierdas como lo antiguo, lo que conserva un sistema que oprime y deja en la miseria a la juventud y al progreso de los países. Los beneficia la crisis del Estado benefactor, producto en gran parte del desmontaje que del mismo han hecho las derechas desde la década de los años ochenta, la era de Thatcher, Reagan y del Consenso de Washington, y después reforzadas con la caída del Muro. Los beneficia un discurso progresista que se atrinchera en la mera defensa de lo que queda de ese Estado ya desvencijado. Los beneficia, sobretodo, unas pretendidas izquierdas autoritarias, militaristas, burocráticas, sin ninguna actitud efectivamente democrática y que, para colmo, comparten con los ultras anarcocapitalistas un discurso burdamente grosero, antipedagógico en cualquier sentido, unas pretendidas izquierdas que cuando han alcanzado el poder han quebrado las instituciones sin construir nuevas destruyendo a sus propios países. Estas pretendidas izquierdas autoritarias y los ultras de la derecha tienen, definitivamente, un aire de familia, y no pocas veces las mismas políticas económicas.

La deformación estatal no es un cuento, especialmente en latinoamérica y más singularmente en Venezuela. Entre nosotros el petroestado está en cada cruce de esquina, en las torres gemelas más altas de la ciudad, en más de una arepera o simplemente detrás de prácticamente cada cosa que hacemos. Razones históricas que no vamos a comentar aquí han creado este omnímodo poder estatal. Baste decir que el Estado por estas latitudes, y no solo por estas, se ha convertido en un problema que vuelve poco prácticas cuando no inoperantes a nuestras instituciones, pesadamente burocráticas y como tales impersonales y ritualmente autoritarias. Por ello, no pocas veces la mujer y hombre de nuestras calles siente francamente asfixia por causa de un Estado que está en donde no debe estar y que no está en donde sí debiera estar, como la salud y la educación. Y por ello también resulta cautivante el discurso de la motosierra, o el de la privatización de PDVSA para que los gringos hagan buenos negocios. Cautivan los gritos histéricos de “¡libertad, libertad!” o “¡abajo el socialismo!”. 

A sabiendas que el Estado se vuelve un problema en más de una ocasión, por no decir en muchas ocasiones, ¿podrá pensarse la libertad sin Estado? ¿A qué llamamos “libertad”? ¿Qué cabe entender por “Estado”? Pareciera que hasta los anarcocapitalistas defienden un “Estado” aunque, como sus predecesores liberales economicistas, sólo un Estado policial que defienda la propiedad privada. Bastaría con ese Estado para proteger la libertad, pues aquí entra otra definición. Para ellos la libertad en realidad es el libre arbitrio del consumidor en el supermercado. El libre arbitrio refiere sólo a la capacidad del individuo de elegir entre las opciones que se le ofrecen. Decía el filósofo Hegel que el libre arbitrio era únicamente la forma más básica e inferior de la libertad. Para el alemán la libertad era también la capacidad de negar, la negación de aquello que nos limita, y en tal sentido, el primer momento de la libertad superior es la liberación, pues liberar es negarse a seguir determinado, limitado. Todo comienza con saberse limitado y querer desprenderse de esos límites, la libertad comienza como liberación. Pero él habla de primer momento, pues el maestro de la dialéctica sabe que la negación ha de ser negada para que algo surja, es la negación de la negación y, en consecuencia, la afirmación de algo, y en tanto que tal el establecimiento de nuevos límites, nuevas determinaciones. Este momento sintético lo llama “libertad positiva”, en el sentido de que la voluntad “pone algo”. Un ser finito como nosotros siempre tiene una libertad relativa a unos determinados límites. Empero, comprimirnos al mero “libre arbitrio”, al mero elegir entre aquello que se nos ofrece, nos hace más pobres y finitos, y es esta pobreza la que quieren para nosotros los ultras.

La relatividad de nuestra libertad significa que la misma siempre guarda una relación entre nuestros propósitos y unos contextos más o menos flexibles, más o menos limitantes y habilitantes. Si tengo un problema de salud que puede resolverse con medicina costosa dispondré de más oportunidades si cuento con los recursos económicos para atenderlo, para comprar la salud que requiero. O, quizás, en algún contexto político lo resuelva con un buen contacto con el gobierno. Ahora, si carezco de esos recursos, creo que mi salud no mejorará. De este modo, en nuestras sociedades unos son más libres que otros según los fines que se busquen satisfacer. Por supuesto, y volviendo a Hegel, el esclavo puede sentirse libre en su esclavitud si no se reconoce como esclavo. Para un pajarito que ha nacido en una jaula su jaula es su mundo y para nada se siente oprimido. He aquí la clave de la educación, de la formación de la persona, pues sólo esta puede nutrirnos intelectual y éticamente para reconocer nuestras posibilidades en el mundo. Una educación real, para la libertad y la democracia, constituye el bálsamo que cura nuestras ciegas esclavitudes. Llegados aquí, y a diferencia de lo que decía Rousseau, y de lo que piensan los ultras y más de un liberal, no nacemos libres ni con derechos naturales sino que la libertad es el resultado de un largo proceso formativo.

El Estado es la forma institucional política que se da una sociedad compleja en su devenir histórico. Si el mismo expresa un compromiso con el desarrollo de las mayores capacidades humanas ha de garantizar salud y educación crítica con la mayor equidad posible y para todos. En nuestras sociedades multitudinarias ello supone un aparato administrativo que garantice estos derechos forjadores de libertad. El problema deviene cuando un grupo de poder se hace con ese aparato para disponer las cosas a su favor, sea que se trate de un grupo económico o de un grupo político que apropiándose del aparataje devenga también en grupo económico. Ello acontece más fácilmente en sociedades poco orgánicas en el sentido de poco organizadas. Cuando la sociedad es inorgánica el grupo que controla el aparataje estatal acrecienta su dominación dando lugar a lo que un clásico de la sociología, Émile Durkheim, denominó monstruosidad sociológica. Hegel hablaba de la sociedad civil como aquella que está integrada por los grupos que forman los ciudadanos de acuerdo con sus intereses. Ecologistas, feministas, sindicatos, gremios, iglesias y un largo etcétera conforman esta sociedad civil. Hegel la consideraba fundamental para evitar que el individuo sea aplastado por el poder estatal. Pero el Estado no podía desaparecer ni reducirse a policía, pues a su vez la sociedad civil es un terreno de luchas. Ecologistas e industriales, sindicatos y gremios empresariales, feministas y más de una iglesia están en confrontación. Así como la sociedad civil media entre individuo y Estado para proteger al primero, hace falta el Estado para que medie entre los conflictos societales. No obstante, sin esa sociedad orgánica el Estado será propiedad de un grupo, el que esté más organizado en función de sus intereses. La educación debería formar en función de este carácter orgánico para la libertad, y la salud, como principio básico de vida, ha de garantizarse universalmente, a todo ciudadano.

Por supuesto, hemos hablado del Estado ideal, del concepto de Estado. Pero allí hay un campo de lucha, como la educación y la salud misma son campos de lucha. Los grupos políticos y económicos que se han hecho con el Estado buscarán ideologizar la educación y controlar la salud de acuerdo con sus intereses de dominación. Con ello toca enfrentarnos este 2026 y los años futuros también. La libertad, insistamos, comienza como liberación y nuestra tarea será liberarnos lo más pacíficamente posible de nuestros opresores, aquellos que quieren mantenernos esclavos con el pretexto de que debemos ser leales al amo, o de aquellos que nos ofrecen en la lucha contra el amo opresor una falsa libertad, la del libre arbitrio para que escojamos en ellos al nuevo amo.

Publicado originalmente en el portal Aporrea de Caracas: Artículo