Por: Javier B. Seoane C. | Viernes, 28/08/2026 10:09 AM |
Parece haberse formado un consenso en Venezuela en torno al sobredimensionamiento del Estado, la imperfección de nuestro mercado y la necesidad de fortalecer los lazos comunitarios y de la sociedad civil. Ya hemos escrito en pasadas oportunidades que el tamaño gigantesco del Estado obedece a diversos factores, unos históricos relacionados con la traumática experiencia histórica del siglo XIX que lo llevó a convertirse en garante de la unidad territorial y única fuente de capital, factor este último que se acentuó con la explotación petrolera y la herencia colonial, sancionada por Bolívar y continuada hasta hoy, de la pertenencia estatal de las minas y el subsuelo. El Estado devino en petroestado y ante las carencias de nuestro mercado y sociedad tomó la dirección de los proyectos de desarrollo. Por supuesto, otros factores coadyuvaron en el sobredimensionamiento estatal, como la sed de legitimación de los gobernantes de turno que engordaron expectativas y multiplicaron mediante dádivas clientelares los cargos y las cargas públicas, sin embargo no elaboraré más este tema aquí pues sólo me interesa destacar la lógica social propia de la administración estatal, la administración burocrática.
Max Weber señala que el Estado moderno se caracteriza por el monopolio de la violencia armada y la administración burocrática. A lo largo de varias páginas de "Economía y sociedad" reseña las características típico-ideales de esta administración. Lo que cabe destacar es su carácter vertical sustentado en un ordenamiento jerárquico de la autoridad ajustado a la racionalidad legal moderna. La burocracia es una maquinaria administrativa que se apega a normas y reglas así como a un mandato de la autoridad superior también delimitado por esas reglas. Otro sociólogo, Robert Merton, agregará que la burocracia debido a este apego normalista se ajusta a una forma ritualista de adaptación que se torna disfuncional a los cambios. Si bien nuestra burocracia estatal se distancia de muchos caracteres del tipo ideal, por ejemplo, el carácter meritocrático para ascender a los cargos superiores, muy probablemente acentúa la relación vertical asemejándola a la racionalidad militar, sobre todo en la medida en que históricamente el Estado ha sido gobernado la mayoría de las veces por militares. En todo caso, el carácter burocrático suele reñir fácilmente con el carácter democrático.
Frente a la lógica vertical, ritualista y expansionista del Estado hay quienes oponen el mercado. La lógica que opera en el mercado es más dinámica, creativa y adaptativa a los cambios. Quienes la defienden afirman que a diferencia de la burocracia estatal el mercado impulsa las libertades, las cuales entran en un juego de libre competencia. Precisamente aquí es donde radica el mayor problema del mercado para el carácter democrático, en aquello que deja la competencia de lado. La lógica del mercado se estructura sobre la base darwiniana de la sobrevivencia del más apto, y esto suele operar a favor de quien parte con ventaja en el juego, sea la ventaja de su creativa audacia intelectual o sea la ventaja de la herencia económica recibida. Quien no posee algún tipo de ventaja es marginado, dejado a su suerte, lo que lleva a los defensores del Estado a decir que el mercado dejado en libertad se vuelve anárquico y especialmente socialmente injusto. En ello no les faltan buenas razones. En el caso venezolano el mercado ha sido generalmente artificioso por la intervención estatal que a final de cuentas ha protegido muchas veces a un empresariado parasitario. Pero aún sin esta intervención el mercado venezolano es pequeño, con pocos consumidores y poco poder adquisitivo, lo que lo lleva a tendencias monopólicas o cartelizaciones de los precios. No hay espacio para muchos productores.
Las salidas salomónicas entre estas dos lógicas del tipo de la tercera vía de Toni Blair y cia, "tanto mercado como sea posible y tanto Estado como sea necesario", parecen insuficientes para los tiempos que corren marcados por la fragmentación de muchos estados y la globalización de la lógica más salvaje del mercado. Hace falta que intervenga otra lógica, la de la sociedad civil. En ella predomina, como en la lógica del mercado, la concurrencia libre de la persona para formar parte de una asociación determinada, no obstante, no es la competencia la que se impone sino principios horizontales de organización muy contrarios a la tradicional jerarquización burocrática. Por este carácter de libre pertenencia y de horizontalidad, la sociedad civil guarda una mayor relación con la formación del carácter democrático y tiende a corregir los rasgos negativos del mercado constituyendo un tejido con suficiente fuerza para ejercer controles no autoritarios como por ejemplo lo hacen los sindicatos, las asociaciones de consumidores con boicots a los precios injustos o las asociaciones ecológicas al ponerle límites a determinados tipos de industrias contaminantes. Pero también establecen contrafuerzas para limitar a los Estados por medio de organizaciones no gubernamentales dedicadas a la promoción y defensa de los derechos humanos, la democracia o la lucha contra la corrupción. La lógica de la sociedad civil juega menos con la racionalidad estratégica del mercado y del Estado que convierte al ciudadano en medio de sus fines. La lógica de la sociedad civil se aproxima más a la racionalidad comunicativa, a la búsqueda razonable de entendimiento entre sus asociados y las relaciones con el resto de las instituciones sociales.
Dicho lo dicho, hay que considerar dos puntos finales. Las organizaciones civiles requieren de financiamiento, por lo que siempre corren el peligro de ser cooptadas por entes públicos o privados. Ha pasado con muchas ONG’s y ha pasado con los consejos comunales. También ellas deben actuar con la mayor transparencia al respecto, rendir cuentas permanentemente, especialmente cuando el tejido social es frágil por no haber suficiente fortaleza de la cultura ciudadana organizativa. El segundo punto tiene que ver con la promoción de esta cultura. Frente a las carencias estructurales de nuestro mercado y el colapso de nuestro Estado resulta urgente desarrollar políticas educativas dirigidas a toda la población para impulsar las organizaciones sociales, para anidar una cultura de la organización civil y comunitaria, lo que supone la formación ciudadana democrática. Al final del día, no habrá democracia sin esta educación general. Resultará muy interesante observar en las próximas semanas y meses las reflexiones y ofertas sobre este tema por parte de los candidatos a las distintas instancias como alcaldías, gobernaciones o poder central. Resultará interesante observar lo que tenga que decir el empresariado al respecto. Empero, además de observar se requerirá que la misma sociedad civil tome las riendas de actuar en este sentido, que lleve adelante una campaña por la ciudadanía y su institucionalidad, por la concienciación del poder que tienen las asociaciones civiles para la defensa y promoción de los intereses de las personas, desde las organizaciones que ya tenemos desde hace décadas en torno al campo educativo hasta la responsabilidad pública que obliga a las universidades en este tema, para lo cual hoy más que nunca tendrán que ser universidades abiertas a todo el país, grandes foros nacionales.