Por: Javier B. Seoane C. | Jueves, 11/06/2026 10:13 PM |
El concepto con el cual se fundó y desplegó durante varias décadas la Universidad Simón Bolívar resultó innovador y exitoso. Tanto así, que hoy hay quienes quieren retomar con una "nueva" Universidad muchas aristas de ese concepto, si bien con la gravedad de que se lleva ya varios años demoliendo el original. La destrucción de la infraestructura física de la Simón bien vale de claro reflejo de su destrucción también espiritual, académica. Que hasta un caimán haya crecido y sobreviva en la piscina olímpica de Sartenejas habla de un regreso del espíritu a la naturaleza salvaje. La comunidad universitaria de la Simón lleva tiempo clamando auxilio y el país, si se quiere un país con futuro, debe atender este llamado. En lo personal, como beneficiado del muy buen sistema de educación pública venezolano de la segunda parte de nuestro siglo XX, como egresado del Liceo Gustavo Herrera (del que debo escribir pronto), de la Universidad Central de Venezuela y de la propia Universidad Simón Bolívar, elevo mi voz para sumarme al reclamo para salvar tan magnífica institución.
Desde el último quinquenio de la década de los sesenta se constituyó una Comisión para llevar a cabo el proyecto de una universidad científico-tecnológica de excelencia. En esa Comisión hubo un grupo de reconocidos filósofos del país como Alberto Rosales, Eduardo Vásquez y el que sería su Rector-fundador Ernesto Mayz Vallenilla. La presencia de estos pensadores tenía una buena razón de ser. Y es que desde el comienzo se consideró que la educación en general, y particularmente la educación universitaria, no ha de separar las ciencias y tecnologías de las humanidades, pues de tal escisión sólo puede resultar una peligrosa perversión epistemológica. Por ello, la Simón nació ligada a la reflexión humanística. Su Departamento de Filosofía abrió las puertas el primer día y junto con otros ligados a la literatura, la psicología y las ciencias humanas y sociales, dotó de una formación reflexiva a sus egresados en ciencias básicas y tecnológicas Cada estudiante de pregrado, no importa de qué carrera, tenía la obligación de cursar asignaturas de esos Departamentos, que pronto dieron apertura a excelentes postgrados también. Todas las semanas había conferencias generales sobre la dimensión humana, social y ética de la ciencia y la tecnología, conferencias con invitados de primera línea y que eran transmitidas en un circuito de televisión cerrada en todos los espacios de la Universidad.
El país conoce bien la inmensa calidad profesional de sus egresados, demandados por la comunidad nacional e internacional. Hoy se ha decretado otra universidad, por allá, por los predios del IVIC, con semejante concepto pero sin el capital académico y la experiencia acumulada de la Simón. Me pregunto una y otra vez, ¿qué sentido tendrá pretender, y sólo pretender, crear otra Simón en un país que sufre tantas necesidades, muchas de ellas vitales?
Para implementar el proyecto modernizador universitario de la Simón, se la declaró experimental desde el propio año 1970. Así, pudo configurarse una estructura académico-administrativa departamental, lo que le permitió un mayor dinamismo en la movilidad estudiantil y docente entre diferentes disciplinas y saberes, así como economizar presupuesto evitando gastos que duplicaban cátedras. Pregrado y postgrado se mantenían enlazados por medio de los Departamentos. La dirección académica rotaba cada dos o tres años entre todos los profesores adscritos a la dependencia respectiva. Si tuvo la ventaja de la condición experimental para inventarse durante un largo tiempo, esta misma condición terminó siendo su perjuicio de los últimos años al darle facilidades a un gobierno voraz, enemigo de los méritos y exigente de compromiso leal con un programa ideológico partidista, para intervenirla y volverla un capítulo más en el libro de la hecatombe nacional.
Yo estudié allí mi postgrado en filosofía, no me faltó nada. Disponía de un buen transporte que me llevaba puntualmente a Sartenejas y me regresaba prontamente a Caracas, como a cualquier otro estudiante. Almorzaba gustosamente en su comedor, trabajé en el Departamento de Filosofía como asistente académico. Después tuve la oportunidad de ser profesor de Epistemología durante varios años y conté con el mayor de los apoyos de una excelente, actualizada y muy moderna biblioteca. Era un lujo investigar en sus instalaciones. Siempre recordaré la fría brisa de Sartenejas dándome en las mejillas o una buena lectura en sus jardines junto a tortugas, patos y gansos. Fuí testigo presencial de su grandeza, he visto su destrucción, que ha seguido a la terrible que ya sufrió la Universidad de Oriente. Y por ello demando de la Presidenta de la República y de la Ministra de Educación Superior una respuesta positiva para que la Universidad resurja de sus actuales cenizas, empezando porque se le permita a su comunidad elegir a sus autoridades y conducir una transición para mejores tiempos. Piénsese que salvar la Simón puede ser una oportunidad para integrar en su seno a otras universidades decretadas y hoy desvencijadas, instituciones más de papel que auténticos centros formativos. Espero, de todo corazón, una actuación de buena fe para el rescate de la Simón. Espero que ese rescate sea el inicio del renacimiento de toda la educación pública venezolana.