viernes, 28 de agosto de 2026

Estado, mercado y sociedad civil: tres lógicas sociales y una tarea



Por: Javier B. Seoane C. | Viernes, 28/08/2026 10:09 AM | 


Parece haberse formado un consenso en Venezuela en torno al sobredimensionamiento del Estado, la imperfección de nuestro mercado y la necesidad de fortalecer los lazos comunitarios y de la sociedad civil. Ya hemos escrito en pasadas oportunidades que el tamaño gigantesco del Estado obedece a diversos factores, unos históricos relacionados con la traumática experiencia histórica del siglo XIX que lo llevó a convertirse en garante de la unidad territorial y única fuente de capital, factor este último que se acentuó con la explotación petrolera y la herencia colonial, sancionada por Bolívar y continuada hasta hoy, de la pertenencia estatal de las minas y el subsuelo. El Estado devino en petroestado y ante las carencias de nuestro mercado y sociedad tomó la dirección de los proyectos de desarrollo. Por supuesto, otros factores coadyuvaron en el sobredimensionamiento estatal, como la sed de legitimación de los gobernantes de turno que engordaron expectativas y multiplicaron mediante dádivas clientelares los cargos y las cargas públicas, sin embargo no elaboraré más este tema aquí pues sólo me interesa destacar la lógica social propia de la administración estatal, la administración burocrática.

Max Weber señala que el Estado moderno se caracteriza por el monopolio de la violencia armada y la administración burocrática. A lo largo de varias páginas de "Economía y sociedad" reseña las características típico-ideales de esta administración. Lo que cabe destacar es su carácter vertical sustentado en un ordenamiento jerárquico de la autoridad ajustado a la racionalidad legal moderna. La burocracia es una maquinaria administrativa que se apega a normas y reglas así como a un mandato de la autoridad superior también delimitado por esas reglas. Otro sociólogo, Robert Merton, agregará que la burocracia debido a este apego normalista se ajusta a una forma ritualista de adaptación que se torna disfuncional a los cambios. Si bien nuestra burocracia estatal se distancia de muchos caracteres del tipo ideal, por ejemplo, el carácter meritocrático para ascender a los cargos superiores, muy probablemente acentúa la relación vertical asemejándola a la racionalidad militar, sobre todo en la medida en que históricamente el Estado ha sido gobernado la mayoría de las veces por militares. En todo caso, el carácter burocrático suele reñir fácilmente con el carácter democrático.

Frente a la lógica vertical, ritualista y expansionista del Estado hay quienes oponen el mercado. La lógica que opera en el mercado es más dinámica, creativa y adaptativa a los cambios. Quienes la defienden afirman que a diferencia de la burocracia estatal el mercado impulsa las libertades, las cuales entran en un juego de libre competencia. Precisamente aquí es donde radica el mayor problema del mercado para el carácter democrático, en aquello que deja la competencia de lado. La lógica del mercado se estructura sobre la base darwiniana de la sobrevivencia del más apto, y esto suele operar a favor de quien parte con ventaja en el juego, sea la ventaja de su creativa audacia intelectual o sea la ventaja de la herencia económica recibida. Quien no posee algún tipo de ventaja es marginado, dejado a su suerte, lo que lleva a los defensores del Estado a decir que el mercado dejado en libertad se vuelve anárquico y especialmente socialmente injusto. En ello no les faltan buenas razones. En el caso venezolano el mercado ha sido generalmente artificioso por la intervención estatal que a final de cuentas ha protegido muchas veces a un empresariado parasitario. Pero aún sin esta intervención el mercado venezolano es pequeño, con pocos consumidores y poco poder adquisitivo, lo que lo lleva a tendencias monopólicas o cartelizaciones de los precios. No hay espacio para muchos productores.

Las salidas salomónicas entre estas dos lógicas del tipo de la tercera vía de Toni Blair y cia, "tanto mercado como sea posible y tanto Estado como sea necesario", parecen insuficientes para los tiempos que corren marcados por la fragmentación de muchos estados y la globalización de la lógica más salvaje del mercado. Hace falta que intervenga otra lógica, la de la sociedad civil. En ella predomina, como en la lógica del mercado, la concurrencia libre de la persona para formar parte de una asociación determinada, no obstante, no es la competencia la que se impone sino principios horizontales de organización muy contrarios a la tradicional jerarquización burocrática. Por este carácter de libre pertenencia y de horizontalidad, la sociedad civil guarda una mayor relación con la formación del carácter democrático y tiende a corregir los rasgos negativos del mercado constituyendo un tejido con suficiente fuerza para ejercer controles no autoritarios como por ejemplo lo hacen los sindicatos, las asociaciones de consumidores con boicots a los precios injustos o las asociaciones ecológicas al ponerle límites a determinados tipos de industrias contaminantes. Pero también establecen contrafuerzas para limitar a los Estados por medio de organizaciones no gubernamentales dedicadas a la promoción y defensa de los derechos humanos, la democracia o la lucha contra la corrupción. La lógica de la sociedad civil juega menos con la racionalidad estratégica del mercado y del Estado que convierte al ciudadano en medio de sus fines. La lógica de la sociedad civil se aproxima más a la racionalidad comunicativa, a la búsqueda razonable de entendimiento entre sus asociados y las relaciones con el resto de las instituciones sociales.

Dicho lo dicho, hay que considerar dos puntos finales. Las organizaciones civiles requieren de financiamiento, por lo que siempre corren el peligro de ser cooptadas por entes públicos o privados. Ha pasado con muchas ONG’s y ha pasado con los consejos comunales. También ellas deben actuar con la mayor transparencia al respecto, rendir cuentas permanentemente, especialmente cuando el tejido social es frágil por no haber suficiente fortaleza de la cultura ciudadana organizativa. El segundo punto tiene que ver con la promoción de esta cultura. Frente a las carencias estructurales de nuestro mercado y el colapso de nuestro Estado resulta urgente desarrollar políticas educativas dirigidas a toda la población para impulsar las organizaciones sociales, para anidar una cultura de la organización civil y comunitaria, lo que supone la formación ciudadana democrática. Al final del día, no habrá democracia sin esta educación general. Resultará muy interesante observar en las próximas semanas y meses las reflexiones y ofertas sobre este tema por parte de los candidatos a las distintas instancias como alcaldías, gobernaciones o poder central. Resultará interesante observar lo que tenga que decir el empresariado al respecto. Empero, además de observar se requerirá que la misma sociedad civil tome las riendas de actuar en este sentido, que lleve adelante una campaña por la ciudadanía y su institucionalidad, por la concienciación del poder que tienen las asociaciones civiles para la defensa y promoción de los intereses de las personas, desde las organizaciones que ya tenemos desde hace décadas en torno al campo educativo hasta la responsabilidad pública que obliga a las universidades en este tema, para lo cual hoy más que nunca tendrán que ser universidades abiertas a todo el país, grandes foros nacionales.

viernes, 21 de agosto de 2026

Pensar la sociedad civil venezolana



Por: Javier B. Seoane C. | Viernes, 21/08/2026 12:37 AM |


Si bien la sociedad civil supone conceptos jurídicos relativos a los derechos de libertad de asociación así como a los alcances y límites de las responsabilidades de las organizaciones civiles, supone especialmente una condición sociocultural y socioeconómica alcanzada históricamente. No hay sociedad civil sin ciudadanía y la ciudadanía es antes que nada una condición cultural y como tal aprendida, una condición contentiva del reconocimiento de derechos y obligaciones con la sociedad toda. Esta condición cultural se soporta sobre ciertas bases socioeconómicas mínimas, difícil aprender y actuar como ciudadano si uno sufre la urgencia del hambre y no cubre satisfacer las necesidades básicas mínimas. Lo dicho hasta aquí vale también para el discurso más amplio de los derechos humanos.


Las comunidades pueden existir y comprenderse sin necesidad de la condición ciudadana y la responsabilidad cívica. Una aldea premoderna es una comunidad pero no una asociación de ciudadanos. La sociología ha distinguido desde su origen entre comunidades y asociaciones. En las primeras las personas guardan vínculos emotivos y suelen compartir un mismo sistema de creencias. En cambio en las asociaciones las personas se relacionan en términos más funcionales para satisfacer determinadas necesidades. Por ello Hegel, uno de los más grandes filósofos de la historia y uno de los primeros en conceptualizar la sociedad civil, la consideró como un conjunto de organizaciones propiamente desarrolladas durante la época moderna occidental. En esto lo acompañan relevantes historiadores que la analizan desde su emergencia en el llamado tercer estado, su nacimiento de la burguesía moderna que finalmente se volverá hegemónica durante y tras la revolución francesa.


En su "Filosofía del derecho" Hegel aprecia la sociedad civil como ese entramado de asociaciones voluntarias que median entre la familia y el Estado, superan a la primera en sus límites y busca limitar el poder del Estado. La piensa también cubriendo necesidades y urgencias que el mercado no puede por sus propias limitaciones. En este sentido, Hegel dispone de un concepto más amplio y sustantivo que el de liberales clásicos como Locke o el del propio Marx, quienes la reducen a su dimensión económica. En tanto que mediadoras, las organizaciones civiles reúnen a individuos que comparten intereses en un campo determinado para constituir una fuerza social de cara a negociar y contraponerse ante los poderes políticos y económicos. Así, por ejemplo, los ecologistas se organizan con el propósito de contrarrestar la depredación ambiental de muchas empresas tanto privadas como públicas. Las feministas se vinculan para luchar por sus derechos y vencer el patriarcalismo tradicional. Los obreros harán lo propio mediante sindicatos y los empresarios mediante sus respectivas cámaras. Su razón de ser: los individuos aislados poco pueden hacer por sí mismos, atomizados, frente a los grandes poderes organizados. No cabe duda de que a Hegel no le falta razón al pensarla como mediadora entre individuos y Estado, cabe agregar, entre individuos y las grandes corporaciones económicas también. Protegen a los individuos, limitan al Estado y al mercado. Obviamente, el éxito de esta protección y de su capacidad limitadora de lo político y lo económico dependerá de la fortaleza de su organización, de la exitosa capacidad de organizarse por parte de los ciudadanos.


Difícil pensar el concepto de democracia sin el de sociedad civil que apenas hemos asomado, a menos que lo limitemos a la visión schumpeteriana de que la democracia debe confinarse a la convocatoria de los electores cada determinada cantidad de años para que elijan qué partido político ha de gobernarlos. Bien, Schumpeter no requiere de ciudadanos, si acaso de electores. Empero, la democracia no se reduce a votar por partidos, más bien esto es un resultado histórico al que hemos llegado tras vivenciar y reconocer la diversidad de nuestra vida social. Los conceptos deliberativo y participativo de democracia, propios de nuestro tiempo, expresados explícitamente en nuestra Constitución pero pisoteados una y otra vez, resultado histórico de sociedades plurales y organizadas y deseable por aquellos quienes somos débiles en nuestra cultura organizativa, exigen el concepto activo y protagónico de la sociedad civil. Se exigen ciudadanos, no sólo electores.


A comienzos de este siglo uno de los artífices de la conquista del poder político de Hugo Chávez, Luis Miquilena, respondió burlonamente a una periodista preguntándole sobre cómo se comía eso de la sociedad civil. Podía ironizar Miquilena despreciando a la sociedad civil porque la consideraba débil. Casi repite la famosa frase de Stalín cuando preguntaba, también con ironía: ¿con cuántas divisiones cuenta el Papa? Sólo que en lugar del Papa habría que poner la sociedad civil. Quizás Miquilena ya estaba borracho del poder de un gobernante que dispone del control de un Estado venezolano muy poderoso y muy débil al mismo tiempo. Muy poderoso por cuanto reúne bajo su control el poder de las armas y la principal fuerza económica del país. Muy débil en tanto que es un gigante con pies de barro por carecer de un tejido social organizado que le dé sustento institucional. Por esta debilidad el Estado ha terminado capturado por los gobiernos de turno producto de grupos políticos organizados. Durante gran parte de nuestra historia fue capturado por los militares, durante lapsos más breves por cogollos partidistas junto con sus enchufados. Y seguramente el conocimiento de esta situación llevó a Miquilena a mofarse de lo que consideraba la ingenuidad de una joven reportera, el mismo conocimiento que llevó a nuestra gran socióloga Mercedes Pulido a sentenciar con sobrada preocupación de que el gobierno venezolano es tan poderoso que puede desentenderse por un largo tiempo de la sociedad. En la historia de nuestro último medio siglo han sobrado gobiernos que se han mantenido de espaldas a la sociedad venezolana.


El gran teórico social Émile Durkheim definió como monstruosidad sociológica a toda sociedad con un Estado superpoderoso y unos individuos atomizados, desorganizados. Una sociedad así es monstruosa porque es demasiado fuerte la tentación de aplastar a la disidencia por quienes regentan el Estado. Nosotros, debemos confesarlo, padecemos en grado importante la monstruosidad sociológica. No se trata de una cuestión genética, nuestro genoma es prácticamente el mismo que el de los holandeses o el de cualquier otro gentilicio. Se trata de una cuestión histórica. Nuestra colonia no fue proclive a las libertades modernas. Nuestra independencia fue trágica, muy destructiva del ya precario tejido social. El siglo XIX transcurrió entre pobreza, ausencia de población y capitales, y más guerras intestinas. Cuando Gómez comienza a formar el Estado moderno irrumpe la economía petrolera y en menos de medio siglo padecimos las consecuencias anómicas de una revolución industrial aunque sin industrialización efectiva, a saber, crecimiento demográfico abrupto y concentración urbana acelerada del país, todo sobre el motor económico del petroestado que se formó. No ha habido tiempo suficiente para cultivar y tejer una sociedad civil robusta. Durante varias décadas el Estado pudo comandar el desarrollo relativo del país, pero hoy, y desde hace medio siglo, el Estado está desvencijado y sin embargo su chatarra pesa demasiado sobre los frágiles hombros de la sociedad venezolana. Lo dicho se hizo público una vez más los primeros días tras el 24 de junio. La gente tuvo que organizarse sobre la marcha, salir en auxilio de sus vecinos, no contaba con el Estado. Económicamente lleva ya años valiéndose por sí misma a duras penas. Nuestra sociedad está agotada, pero como cuerpo vivo que es seguirá luchando.


Requerimos construir más comunidad y más sociedad civil, de modo permanente y no sólo ante coyunturas y emergencias. ¿Cómo construirla? Tarea dura con toda la historia que nos precede, nuestra actual situación económica y las fallas ya más que evidentes de nuestro sistema educativo. Se precisan políticas públicas de fomento de las asociaciones civiles que den cumplimiento a la Constitución, se precisa una reforma a fondo del Estado venezolano (no sólo una reforma del gobierno o del tren ejecutivo) y, especialmente, urge una política educativa encaminada con toda seriedad a la formación de ciudadanía y de cultura organizativa, al fomento de capital social; una política educativa dirigida a la educación formal (escolar en todos sus niveles) e informal y orientada a los adultos, empezando por los propios funcionarios del Estado y sin descuidar a los actores económicos cuya responsabilidad social empresarial puede hacer mucho en este campo. No hay otro camino para construir una democracia robusta, una de mujeres y hombres que tomen las riendas de su destino y no sean ninguneados por las grandes fuerzas políticas y económicas. Seguiremos esta reflexión en próximos artículos, particularmente en lo referente a la concreción de las políticas señaladas.

viernes, 14 de agosto de 2026

Una buena señal para vencer el mujiquismo


Por: Javier B. Seoane C. | Viernes, 14/08/2026 05:56 AM | 


El miércoles finalizó el primer encuentro entre una parte del oficialismo y otra de la oposición. La noticia es que llegaron a un primer acuerdo y así fue anunciado por ambos actores. El anuncio ya publicado (https://www.aporrea.org/actualidad/n422147.html) afirma que se acordó “...la recuperación de activos venezolanos depositados en el Banco de Inglaterra y el inicio de un nuevo proceso para renovar a los magistrados del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ).” Según el Presidente de la Asamblea Nacional los fondos a recuperar de esa entidad irán dirigidos a atender a los afectados por los terremotos del 24 de junio. Ojalá que ese Banco que ya los ha disfrutado mucho para su propio peculio disponga de un mínimo de buena voluntad para hacer efectivo el acuerdo, ojalá que quienes vayan a administrar esos fondos generen con la mejor voluntad la mayor racionalidad y transparencia en su dar cuentas e invertir los recursos adecuadamente. Que se extienda la recuperación de nuestros fondos en otras entidades es un deseo nacional, como lo es del mismo modo la recuperación de los fondos robados impunemente por años de atroz corrupción. En esto último son ya demasiados los planes Marshall dilapidados sin nada a cambio, para decirlo con Uslar.

Además de que los fondos que pertenecen al pueblo venezolano regresen, otra buena noticia es la propuesta de nombrar un nuevo Tribunal Supremo de Justicia. Entiéndase bien, no se trata de nombrar una parte de ese Tribunal, no se trata de una concesión, se trata de nombrarlo completo de nuevo, a todos y cada uno de sus miembros. Con ello va igualmente renovar y ampliar el comité de postulaciones judiciales así como modificar la Ley Orgánica de dicho Tribunal. El propósito de esta última reforma no está claro, esperemos que sea para darle mayor autonomía a todo el poder judicial y volver más racionales, expeditos y regulares sus procedimientos. Por lo demás, muy poco se dejó correr a la opinión pública más allá de que en este propio mes de agosto comenzarán este conjunto de cambios.

La transformación del poder judicial resulta de gran relevancia para superar el mujiquismo. Aludo con este sustantivo al conocido personaje de Rómulo Gallegos en Doña Bárbara, el Bachiller Mujica, mejor conocido como “mujiquita”, antiguo compañero de estudios de derecho de Santos Luzardo. Mujiquita es el secretario del Jefe Civil, y se encarga de torcer la interpretación de las leyes en favor de lo que disponga dicho Jefe Civil, que como se aprecia de civil nada tiene pues siempre está al servicio de sus propias apetencias y del poder arbitrario de Doña Bárbara. Sin duda, para Gallegos Mujiquita representa la ley aplastada al servicio de la voluntad de poder del caudillo de turno, en este caso una caudilla. El mujiquismo como mal civilizatorio ya estaba presente en los abusos de la colonia, en aquella expresión tan nuestra de “se acata pero no se cumple". El mujiquismo siguió imperando tras Gómez, período en que se ambienta la famosa novela venezolana. Nuestro deseo como país ha de ser superar este mal que extiende la injusticia a diestra y siniestra. Ojalá comience este nuevo tiempo que surge del primer acuerdo una voluntad de superarlo, para lo cual nuevamente será menester la ampliación del comité de postulaciones y que se escuche a las organizaciones de la sociedad civil en la selección y nombramiento de los mejores magistrados. Los requisitos reposan en nuestra carta de navegación, la Constitución, y la transparencia máxima posible será garante de que se cumpla. Que no vuelvan a repartirse los cargos como barajitas los políticos de la mesa de acuerdos.

De seguro muchos piensan que deseo no preña y que esta mesa de acuerdos consiste más que todo en una representación a toda luz de un teatro de títeres. Mas, bueno resulta recordar para aquellos que piensen así que de los teatros de títeres además de diversión también podemos obtener resultados alentadores de la función. En esta oportunidad cabe esperar llegar a algo que beneficie no sólo a quienes ostentan el poder temporal del Estado o a quienes esperan ejercerlo en poco tiempo, cabe esperar que toque algunos beneficios a esta sociedad venezolana que cual piñata en patio de kinder lleva recibiendo palos y palos desde hace muchas décadas. Alguna luz al final del túnel, alguna ventanita debe abrirse por donde pueda correr algo de luz y oxígeno para respirar. Exigimos la mayor transparencia en el uso de los recursos que vengan del exterior y en la reforma del Tribunal Supremo de Justicia. Que nuestra sociedad se active en dirección a esta exigencia.

jueves, 6 de agosto de 2026

El desafío democrático supone otro modelo de país

Por: Javier B. Seoane C. | Jueves, 06/08/2026 08:22 PM |



Cabe destacar con Augusto Mijares la voluntad republicana, y hasta cierto punto democrática, que acompañó desde su origen a la Venezuela que surgió desde el comienzo de la independencia. Conocido es que Bolívar, Bello, Rodríguez, del Toro, Roscio, Tovar y muchos otros se nutrieron de los ideales de la ilustración así como de los procesos revolucionarios de Francia y Estados Unidos. La invasión napoleónica a España y las no pocas torpezas de la Corona ofrecieron la crisis coyuntural para desatar el espíritu emancipador que dió a luz un nuevo tiempo. Por otra parte, la gesta revolucionaria francesa desató un espíritu romántico y seguidamente idealista en la época. Será el tiempo de la Historia, de los Herder, Humboldt, Goethe, como el tiempo de los Fichte, Schelling, Hegel. Será el tiempo de la conciencia histórica y de la esperanza en el progreso. Hasta la misma idea de "revolución" connota esa impronta romántico-idealista. Hay que decirlo, nuestra voluntad republicana y democrática poseía mucho de eso, de voluntad e idealismo.


Faltaron las condiciones materiales que dieran basamento al idealismo republicano de los precursores de nuestra independencia. Con contadas excepciones como la región andina, el país heredado de la colonia era de terratenientes sustentados en la producción de cacao, azúcar, añil y café, productos para nada imprescindibles en la dieta humana. Gran parte de las haciendas quedaron destruidas o cuando menos improductivas tras las cruentas guerras de independencia. Sólo a partir de 1830 se consiguió un corto período de relativa calma para revitalizar la producción, pero sin capitales nacionales para la inversión y llegando tarde a un comercio mundial que se movía ya con fuerzas industriales, nuestro país quedó como exportador de las materias primas ya señaladas en la división internacional del trabajo. Tampoco había suficiente población para desarrollar otro tipo de economía y pronto volvieron las guerras civiles en aquel país palúdico. ¿Cómo podría emerger en aquellas circunstancias un país integrado de ciudadanos? No había condiciones económicas como tampoco políticas y socioculturales. A pesar de ello, el anhelo republicano se mantuvo y llega hasta hoy, pero más que todo como anhelo, un anhelo que se ha manifestado a lo largo de estos dos siglos en nuestras formas de legislar, en nuestras leyes cívicas e ilustradas, pero al final leyes que se acatan pero no se cumplen.

De aquel país palúdico del XIX emergió otro en el siglo XX con una gran capacidad financiera producto de la explotación de los hidrocarburos. Ahora sí Venezuela se posicionó en un lugar destacado de la división internacional del trabajo, pero nuevamente como exportador de materia prima, de energía, e importador de casi todo lo demás. Heredada de la colonia la propiedad estatal del subsuelo, el Estado se fortaleció con las rentas que obtuvo de la explotación de la fuente que ha movido la producción y distribución mundial de la misma en el último siglo, el petróleo. Nuestro Estado devino en petroestado, y ante las inmensas necesidades heredadas de la miseria hizo mucho durante varias décadas en materia de modernización, primero cobrando impuestos y regalías a las transnacionales extranjeras, luego con la nacionalización de la producción a partir de 1976, si bien con poco tiempo de disfrute ante ya el colapso evidente del modelo económico hacia 1983. Para decirlo con Maza Zavala, aquel Estado engordó sin sacar músculo, modernizó pero sin mayor modernidad en cuanto a la formación de una sociedad civil relativamente independiente, pues gran parte de sus fundamentos fueron creados desde el Estado. Medina reunió a los empresarios en Fedecámaras, los adecos crearon organizaciones sindicales, campesinas y gremiales, pero casi todas desde arriba, desde el Estado. La economía giraba prácticamente en su totalidad alrededor del petróleo que poco empleo absorbía, menos del 0.5% de la población económicamente activa. Pero con una bomba financiera tan poderosa como lo es esa industria, con un imán tan potente, el empleo comenzó a crecer en sectores improductivos e informales al margen de los campos petroleros o en el sector burocrático-estatal bajo el ejercicio de un creciente clientelismo político para saciar la sed de legitimación de los gobiernos. Para decirlo ahora con Uslar, la sociedad comenzó a vivir del Estado, a depender del mismo. Sin duda, pésimas noticias para la democracia.

Con una economía parasitaria, un Estado macrocefálico y una sociedad con poco tejido asociativo pero creciente tanto en número de habitantes como en sus demandas urbanas y de consumo, el sistema colapsó a finales de la década de los setenta. En 1983 se evidenció la crisis económica, en 1989 la social y en 1992 la política. Hasta 1999 no se hicieron sino ajustes puntuales, salvo el intento de CAP II de darle un vuelco al modelo económico pero sin viabilidad política efectiva. A partir de 1999, el gobierno interpretó la crisis social y la crisis económica como solucionable a partir de una transformación política. Una nueva Constitución refrescó el modelo institucional, pero pronto se dejó de lado al apostar por un socialismo rentista y de corte militar burocrático que tornó exageradamente inmenso el tamaño del Estado y lo volvió aún más autoritario. Terminada la bonanza petrolera hacia 2013, ese gigante inoperante aplastó más y más a la ya de por sí débil sociedad civil y cercenó durante años el cambio económico valiéndose de la ya insuficiente renta petrolera.

Entendemos la democracia como democratización, como empoderamiento de las personas y libertad para expresarse y asociarse en sus comunidades y organizaciones ciudadanas, empoderamiento para lograr la menor dependencia posible de la racionalidad ganancial-competitiva propia del mercado o de la racionalidad jerárquico-burocrática propia del Estado. Para que la racionalidad horizontal-asociativa típico-ideal de las organizaciones civiles no quede sometida a la competencia individualista del mercado o al aparato burocrático estatal se precisa de unas determinadas condiciones materiales, de un modelo económico que invierta la relación de dependencia entre sociedad y Estado, un modelo productivo que haga que independice a los ciudadanos convirtiéndolos en financieros del gasto fiscal mediante los impuestos. La economía minera y petrolera bajo monopolio estatal no facilita esta tarea, máxime en un país en el que el petróleo llegó sin industrialización y en medio de la pobreza. El caso es que en las últimas cuatro décadas poco o casi nada se ha hecho por transformar el modelo de país. Más bien, el socialismo rentista, sobre la base de la bonanza de los precios del hidrocarburo, frustró más un cambio empoderador de los ciudadanos y las comunidades.

Las contradicciones del sistema finalmente han fulminado la soberanía, la de la sociedad venezolana para decidir su futuro mediante el ejercicio democrático y la del propio aparato estatal macrocefálico al quedar subyugado por las fuerzas estadounidenses. Lo triste es que para el país del norte solo parecemos contar como su reserva regional de minerales y petróleo, lo que nos mantendría en el peor de los mundos posibles, sin libertades democráticas y sin poder decidir sobre el empleo de nuestros recursos. La solución obvia: devolver la soberanía a la sociedad empoderándola económica y políticamente. Fácil de decir, difícil de implementar sin lograr acuerdos amplios entre las fuerzas políticas, económicas y sociales del país para enfrentar los desafíos presentes y construir un tejido asociativo civil y comunitario fuerte que le de músculo al ciudadano individual, a la economía productiva y a un Estado eficiente en la generación de equidad de oportunidades para la población ofreciendo la mayor calidad en materia de educación, salud y seguridad social. Mientras esperamos por este amplio acuerdo, actuemos desde nuestras respectivas instancias reclamándolo y organizándonos para poner coto a la aplanadora estatal que nos aprisiona y a la alternativa de dejar todo en mano de las libres fuerzas del mercado y su mano invisible y frecuentemente peluda. Ni lo uno ni lo otro, más comunidad y sociedad civil en su lugar. Y dentro de esta última la Universidad, que me toca de cerca, ha de cumplir un papel primordial como gran plataforma de encuentro para empoderarnos por medio de la pedagogía social que transforma nuestras vidas. No dudo que lo hará.

jueves, 30 de julio de 2026

De Cinema Paradiso al Rialto, el mundo que se nos fue

 


Por: Javier B. Seoane C. | Jueves, 30/07/2026 10:46 PM |


"Cinema Paradiso" (1988), la reconocidísima película de Giuseppe Tornatore, descansa sobre el argumento de lo que una vez representó el cine en las comunidades humanas. Cargada de nostalgia por un tiempo que se fué junto con los antiguos cines, a más de uno, yo el primero, esta película sacó lágrimas. Sentimos con aquellos habitantes de aquel pueblo del sur italiano cómo vivían las películas proyectadas en el Cinema Paradiso, proyectando a su vez sus temores, sus anhelos, sus fantasías en cada función. Pero el cine no era sólo un edificio para proyectar películas y para que cada quien haga catarsis sentado en una butaca. El cine era mucho más.

Hace apenas unas semanas comenzó la demolición interna del Teatro Rialto en Barquisimeto, una edificación histórica dedicada a proyectar películas, con casi un siglo de existencia, inaugurada en 1929, declarada en 2005 patrimonio cultural de la nación venezolana. Una conocida firma comercial compró el edificio, y logrado el permiso de la Alcaldía de Iribarren, lo transforma ahora en un estacionamiento para sus clientes. La empresa ha afirmado que no se pierde ningún patrimonio pues la fachada principal se conservará, pero ya no será la fachada de un cine, será la fachada de un parking. Al parecer la Alcaldía y el comercio se sienten satisfechos puesto que se dice que el cine estaba abandonado y corría el peligro de desplomarse, en cambio ahora tendrá utilidad. No obstante, no han faltado serias protestas por parte de grupos destacados de la sociedad civil, protestas desoídas. Parece que dicha sociedad civil carece de suficiente fortaleza para hacerse oír. ¿Carecerá de suficiente tejido social orgánico? ¿Carecerá de espacios sociales para tejer dicho tejido? Si en la película de Tornatore el Cinema Paradiso se incendió, lo que el pueblo sintió como una gran calamidad, también el Cine Rialto padeció un grave incendio en 1931, pero se reconstruyó y volvió a abrir sus puertas a los pocos años. Allí, en las cercanías del centro de la ciudad, se reunió por décadas la sociedad barquisimetana para vivenciar los filmes, comentarlos y también conversar sobre diversos menesteres, para tejer sociedad.

Cinema Paradiso era un edificio, pero era sobre todo el lugar de encuentro de aquel pueblo de la postguerra italiana, el sitio para compartir un mundo de la vida, para dialogar, para enamorarse, para cuidarse unos a otros, para discutir sobre los problemas personales y colectivos. En aquel mundo sin "redes sociales" ni televisión el encuentro cara a cara era fundamental y la sala de cine era un espacio privilegiado para dichos encuentros, para el intercambio de sonrisas y miradas cómplices, para tejer redes que poco o nada tenían de virtuales. Del mismo modo, el Rialto constituía ese tipo de espacio social. Mi condición de sexagenario me dota de hermosos recuerdos sobre aquellos grandes cines. A mitad de la filmación había un intermedio de aproximadamente diez minutos en el que las personas salían de la sala a un hall a tomarse algo y reunirse brevemente, como igualmente antes de comenzar la proyección había tiempo para los encuentros personales en el susodicho salón de estar.

Como el Rialto, o como en Caracas el Lido, el Castellana, el Broadway, el Radio City o tantos otros, estos cines fueron por lo general hermosas arquitecturas, muy amplias, con cervecerías, cafés y librerías algunas, pero sobretodo eran arquitecturas para socializar sin que ello supusiera necesariamente consumir. Mas, a cierta altura, pasada la década de los sesenta, estos edificios se fueron transformando en otra cosa. Primero en multicines, es decir, donde antes había una sala única de proyección con gran aforo, muchas veces divididas en patio y balcón, repentinamente aparecieron tres o cuatro sino más salas, con menos capacidad pero donde simultáneamente se presentaban distintas películas para saciar el apetito de distintos públicos. Desapareció entonces el intermedio y el espacio entre una función y otra se redujo, convirtiéndose en salas en las que mientras un público salía por una puerta ya otro estaba entrando por la otra. Cada vez las salitas se parecían más a una estación del metro, con constantes entradas y salidas, y como tal estación de pasada se parecían más y más a lo que Marc Augé ha denominado un no-lugar, es decir, un espacio de anonimato, tránsito y probablemente consumo, un sitio sin vínculos sociales, como el baño público de una gasolinera o quizás el estacionamiento de un famoso comercio. Posteriormente gran parte de las clásicas salas de cine, muchas veces llamadas Teatros pues eran lo suficientemente grandes para representaciones dramatúrgicas, fueron demolidas y en su lugar se levantaron sendos centros comerciales, como son los casos del actual Lido o el Parque Cristal, en este último antes estaba el Cine Canaima de Caracas. En otros casos se construyeron gigantescas torres de oficinas de espejos a lo Manhattan, como ha ocurrido con el Castellana, también de Caracas. Ya desde allí no se contempla el Ávila, solo predomina la sombra. Mientras, las otras edificaciones que aún quedan en pie se vuelven iglesias evangélicas, o del Pare de Sufrir y demás. De algún modo, en esta transición del Cine-Teatro a la Iglesia algo queda de representaciones dramatúrgicas.

La modernización no perdona, especialmente para las ciudades en las que la renta del suelo se incrementa. Ahora en lugar de un cine hay muchas salitas dentro de gigantescos Mall con centenares de comercios de todo tipo, arquitecturas sin ventanas, circulares, en las que el paso del día no se percibe fácilmente a pesar de los tiempos cada vez más líquidos (Bauman) de nuestra época. Como dije, ya no hay intermedios ni espacios para permanecer al terminar o antes de empezar la filmación, espacios para que nos relacionemos, para saber de ti, para volver a verte, saber que vives. Para eso el genio emprendedor ha colocado las ferias de comida próximas a las puertas de las salitas, allí se sientan los espectadores ahora vueltos comensales de alguna conocida franquicia, sentados sobre sillas plásticas usualmente con colores chillones para que tampoco se te ocurra permanecer mucho allí, a menos, por supuesto, que sigas consumiendo. De lo contrario, un empleado retirará las bandejas, la basurita y te preguntará cortésmente si deseas algo más, recordándote que sólo eres un consumidor.

Hubo por aquellos tiempos de la serie de "Los Picapiedras", los años sesenta, autocines. En Caracas existieron varios. Singularmente recuerdo uno a la altura de Sebucán donde desde la Cota Mil uno podía colearse en la proyección sin pagar la entrada. Recuerdo otro por Los Chaguaramos, creo que hoy reconvertido en una estación policial no muy grata. Había otros en autopistas o en El Cafetal, donde las haciendas de otrora dieron paso al tránsito vehicular. Cuando vi por primera vez que convertirían el Rialto de Barquisimeto en estacionamiento pensé que volvían los autocines, que el Rialto se transformaría en un autocine, donde los citadinos con sus flamantes autos asistirían contentos, gritando ¡Yabba-Dabba-Doo!, a la función de turno. Pero no. Los autocines, después de todo, aunque poco dados a la socialización a menos que fuese dentro de la cabina de un auto, ocupan mucho terreno que se desperdicia sin sacarle el debido provecho pecuniario. El Rialto simplemente será el estacionamiento de un comercio, aunque podemos estar contentos pues conservará su flamante fachada histórica.

Y así amiga lectora, amigo lector, los tiempos líquidos del acelerado cambio tecnológico y la expansión comercial liquidan los espacios sociales para el encuentro humano, para la sonrisa, para el llanto compartido, para la discusión sobre nuestro futuro político, para tejer asociaciones o simplemente para querernos un poco más. Los intermedios y los salones de estar previos a las salas de cine dan paso a las ferias, las relaciones cara a cara a las "redes sociales". Mucho me temo que Cinema Paradiso no volverá, el Rialto tampoco. Tras su fachada se estacionarán autos cuyos choferes prestos al consumo desconocerán las vivencias que allí una vez se vivieron. Como pasa con nuestra infancia actual, en la que las pantallas han reemplazado a la plaza, al parque, al juego de pelota hecha con el cartón de un cuartico de jugo, al juego de la ere o del escondite, así el viejo cine pasa a ser un sitio de miles de pantallas, tantas como individuos haya, o quizás hasta un poco más, con cientos de comercios y la infaltable feria de franquicias. Lo que fue ya no será, cantó una vez José José.

viernes, 24 de julio de 2026

Bajo los escombros de occidente



Por: Javier B. Seoane C. | Viernes, 24/07/2026 06:42 AM |

Max Weber caracterizó la civilización occidental como un continuo proceso de desencantamiento y racionalización del mundo que promete un progreso al infinito, punto este último que hace más insignificante al individuo en su relativamente corta vida. Por ejemplo, la medicina y la biotecnología prometen que en pocos años alargará la existencia del individuo a más de 150 años suprimiendo enfermedades degenerativas y terminales mediante la ingeniería genética, no obstante, quienes hoy sufren de estas patologías sienten y saben que no llegarán a verlo. Lo prometido no es para ellos. En cambio, para otras civilizaciones que tenían una concepción cíclica del tiempo, para las cuales la vida como las estaciones del año eran un ciclo a cumplir, las personas no se sentían tan insatisfechas si lograban cumplir con su programación cultural de nacer, crecer y morir.

Hablar de la vida humana es hablar de su sentido, del significado de vivir, del para qué vivir. Empero, en el mundo moderno pronto descubrimos que el sentido de la vida no es unívoco, sino que hay una pluralidad de sentidos, un arco tan amplio como el que va de la idea de felicidad de la Madre Teresa hasta la idea de la vida loca de aquella canción que interpretaba Ricky Martin, y entre esos dos extremos cabe una gran variedad de sentidos, desde quienes consagran su existencia a su familia, o a su profesión, o al dinero y muchos más. Llegamos así a la interrogación sobre la procedencia de estos sentidos. La respuesta será compleja, pero en una de sus aristas parece claro que el sentido de la vida, de la propia y de la no propia, no la consigue el individuo en aislamiento, sino que antes, en un lenguaje heideggeriano, el individuo se encuentra arrojado al mundo, nace en un mundo que no ha inventado ni elegido, y ese mundo lo constituye. Se trata de un mundo simbólico que da sentido a nuestro lugar en el cosmos y al lugar de cada vida y cosa en ese cosmos. Los sentidos variarán conforme a estos mundos socioculturales. Por ejemplo, yo fui arrojado al mundo de mis padres que me dieron una primera formación, de mis maestros que me dieron otra, de mis amistades y amores, de mis experiencias más o menos directas con otras personas, que a su vez fueron también arrojadas a este mundo que compartimos. Si en lugar de donde nací hubiese nacido en una aldea china, o pakistaní, o en otra época, mi mundo sería otro, seguramente muy diferente. Reafirmemos entonces que el sentido y significado de la vida no lo consigo en aislamiento sino que es en gran medida una realización colectiva.

De vuelta con Weber, el occidental desencantamiento del mundo obedece a que en nuestro marco civilizatorio moderno se ha impuesto un tipo de racionalidad instrumental y estratégica, signada por una lógica del dominio sobre la naturaleza, marcada por una posición objetivista, un tipo de racionalidad para la que la vida, sea propia o la de otro, termina convirtiéndose en un objeto de manipulación. Al materializarse esta lógica en las instituciones sociales la acción humanamente deshumanizada se vuelve depredadora de la vida planetaria, mutiladora de la naturaleza, reduciendo todo a cálculo de medios para lograr con la mayor eficacia y eficiencia posibles fines viables y generalmente tangibles referidos al poder económico o político. Es una racionalidad que tiene como modelo la empresa capitalista y para la que lo humano termina siendo una variable más en el proceso de producción, un engranaje más en la gran maquinaria socioinstitucional, otro ladrillo más en la pared, parafraseando a Pink Floyd. Weber describe esta situación como un estuche vacío, una vida sin sentido. La empresa privada busca las ganancias, la empresa pública los réditos electorales. Es como construir edificios lo más rápido y al menor costo posible para obtener buenas ganancias, o construirlos sin mayores estudios y bases para obtener éxitos electorales. Todo se reduce a marketing y para evitar conflictos que vayan contra los intereses de este mercadeo conviene que los dioses se retiren de la plaza pública, es decir, retirar de la vida pública cualquier sistema de jerarquía de valores (dioses) y reducir todo a la lógica estratégica de la administración de los recursos, incluidos los humanos. Así, por poner un caso, la formación ética, cívica, humanística ha de marginarse, cuando no retirarse, de la educación escolar, pues esta ha de volverse lo más científicotécnica posible, lo más aséptica posible, lo más neutral posible en aras de evitar conflictos entre las preferencias subjetivas.

La racionalidad occidental ha decidido que en gustos y colores no discuten los doctores, esto es, que esos asuntos no son del saber sino de la subjetividad, de las preferencias de cada quien. La democracia, por poner un caso muy importante, no se entiende como valor, sino como técnica de elección y legitimación de gobiernos mediante el sufragio universal. Por eso, cuando un líder carismático y populista llega al poder y destruye la institucionalidad democrática con prácticas plebiscitarias quedamos perplejos y apenas atisbamos a decir que es muy fácil destruir la democracia con "prácticas democráticas". Sobran ejemplos a la izquierda y en los próximos años parece que sobrarán a la derecha. El sentido de la vida colectiva no se discute en colectivo, no es un asunto de la agenda social. Ya no preguntemos por el sentido de la vida personal, eso es un asunto de cada quien, pertenece al rango de lo privado, que cada quien resuelva en familia puertas adentro o en la iglesia de la esquina. Lo que importa es el cambalache, como diría Enrique Santos Discépolo. El individualismo sin individuos (Lukács) se impone.

Ahora bien, insistamos, la vida está constituida por dos dimensiones básicas: la biológica y la sociocultural. Si la vida animal y vegetal ha de respetarse, si hemos de concebir la naturaleza como sujeto y no como mero objeto, si la vida humana ha de valer la pena de vivirse, ello dependerá de la respuesta al significado de la vida que den nuestros mundos socioculturales. Si este mundo pretende olvidarse de esta dimensión fundamental que es el sentido y el significado, entonces no ha de extrañarse que la anomia crezca, es decir, que la criminalidad, la corrupción, el suicidio, el acoso se extiendan y amenacen la integración social poniendo en jaque la existencia toda. Tampoco ha de extrañar, para decirlo con Weber, que lo que queda de ciudadanía busque en el político demagogo al sustituto de lo que una vez fue el profeta, al que llene con algún significado el vacío creado, al que prometa caerle a plomo al hampa, freír las cabezas de sus contrincantes, expulsar a los pobres de la sociedad, regresar las mujeres a la condición de amas de casa o meter presos, en el mejor de los casos, a quienes no lleven una práctica sexual "natural". La civilización vaciada cava su propia tumba, llama desesperadamente al liderazgo carismático a refundar el mundo, no se conforma con menos que la mano dura de un dictador, así sea de poca monta como Pérez Jiménez, y el liderazgo carismático y la mano dura raramente resultan democráticas. Y, sin embargo, cataclismos trágicos, como el del pasado 24 de junio en Venezuela, abren una pequeña claraboya de esperanza cuando apreciamos la mano tendida de mujeres y hombres corrientes para sacar a un desconocido de los escombros, para sacar a un animalito, para permitir que la vida siga siendo vida. Ojalá que esa sociedad civil surgida espontáneamente ante la urgencia de esta tragedia, sin contar con el Estado ni con el mercado, al menos en aquellas primeras horas, pueda consolidarse para que el pueblo organizado de La Guaira convierta su sino en destino inteligente compartido, para que no sea de nuevo víctima de decisores que deciden sin ellos qué hacer con los guaireños y con su maravillosa tierra de luz reveroniana, para darle un sentido y significados propios a su ser guaireño.

jueves, 16 de julio de 2026

¿Estado sin saberes?

 


Por: Javier B. Seoane C. | Jueves, 16/07/2026 11:48 PM |


¿Qué pasó con el informe que produjo aquella comisión encabezada por el Ingeniero Genatios tras el deslave de Vargas en 1999? ¿Se aplicó? ¿Se hizo caso omiso de la misma? Al poco tiempo todo aquello se encomendó a funcionarios militares y políticos leales al gobierno. Pasados los trágicos terremotos del 24 de junio, habrá que investigar oportunamente lo que ocurrió en cada zona, lo que ocurrió en cada edificio, lo que ocurrió con cada permiso y con cada supervisión, si es que las hubo oportunamente. Más allá de estas investigaciones, afirmamos que hay un divorcio histórico entre el Estado, siempre capturado por un gobierno, y los saberes y conocimientos que han producido y produce nuestra sociedad por medio de sus distintos entes institucionales y organizaciones civiles.

No han faltado reconocimientos de los especialistas internacionales que hoy nos visitan a nuestros investigadores y profesionales. Alguno hasta se ha llegado a preguntar qué podría aportar si ya disponemos socialmente de los mejores y más actualizados conocimientos y saberes para emprender la larga tarea de reconstrucción de nuestras vidas. Y, sin embargo, el divorcio entre el Estado venezolano y las instituciones educativas y de investigación científica viene de larga data, agudizándose en el último cuarto de siglo en el que los méritos han sido despreciados con todo tipo de aspavientos. Si bien Universidad pública y Estado han permanecido muchas veces en las antípodas, en los últimos tiempos el estrangulamiento de los centros de investigación y la educación superior autónomos se ha elevado como nunca antes. Hubo un tiempo en que un Estado que comenzaba a andar el camino de su modernización se asoció con los saberes, acompañado por figuras como Arnoldo Gabaldón (1909-1990) se transformó la realidad sanitaria del país aumentando las expectativas de vida de su población a más del doble de años en muy poco tiempo, o con educadores de primera se hizo toda una revolución que elevó la calidad de la educación básica pública muy por encima de los estándares que ofrecían las instituciones privadas. Por aquellos años llovieron loas y aplausos de todas las latitudes a lo que Venezuela había realizado en pocas décadas. Empero, hoy la realidad es otra. En materia económica ya sabemos el desastre. Los responsables del gobierno siguieron tozudamente consejos de "consultores" buscados en Cataluña, Cuba, Ecuador y otras partes distantes de Venezuela, más que consultores fueron ideólogos obcecados, para nada especialistas en materia económica. En materia educativa han sobrado experimentos para ver cómo salen, siempre de espaldas a los sujetos de la educación, los docentes. Se han creado universidades de maletín por doquier, hoy se replica el modelo de la Simón Bolívar por los Altos de Pipe, pero al original le han caído a palazos como si fuera piñata y de la copia poco cabe esperar. En materia sismológica parece que lo que una vez estuvo muy bien articulado y con profesionales de altura, hoy se encuentra en desarticulado silencio y hasta las malas lenguas cuentan que ha desaparecido parte valiosa de su capital tecnológico. No sigamos explorando las instituciones estatales, la inoperancia ante las emergencias habla por sí misma.

La universidad y las instituciones deben repensarse, el Estado también. Hace cuarenta años se creó una Comisión Presidencial para la Reforma del Estado (COPRE). En su seno se dió una interesante asociación entre universidades, sociedad civil y políticos de las más diversas tendencias. Se produjo abundante investigación que se publicó en más de una decena de tomos abarcando los diferentes sectores de la vida nacional. Poco se aplicó, los intereses partidistas se impusieron y las reformas se abortaron. Hoy urge reeditar una COPRE para el país. Si el Estado no lo hace, pues quizás debamos emprender la tarea desde la sociedad civil, tal como ocurrió en la terrible madrugada del 25 de junio cuando ante la ausencia de apoyo estatal los vecinos salieron con sus manos a salvar a sus vecinos. Hace falta crear un Colegio de Venezuela, que emule al de México, al de Francia, un órgano que reúna lo mejor de nuestros investigadores en todas las áreas con la obligación de formar al público venezolano en las mismas. Si el Estado actual no lo hace, pues ¿por qué no emprender tan valiosa empresa desde las universidades mismas? Probablemente la Universidad Central pueda encabezarla en conjunto con sus otras hermanas. En fin, no esperemos más, empujemos nosotros desde las más distintas localizaciones lo que el pesado Estado no puede hacer, la aplicación de la inteligencia social a la reconstrucción nacional. Si nos ponemos en la tarea, de seguro los gobiernos y las oposiciones, cuyas agendas parecen ocupadas por otros menesteres, así como más interesadas en falsas lealtades que en críticas, nos sigan. Para mañana es tarde.