Por: Javier B. Seoane C. | Jueves, 30/07/2026 10:46 PM |
Epistemología y ética de la ciencia social; democracia y educación; venezolanidad; miscelaneas.
Del advenimiento epocal del nihilismo (Nietzsche, Tolstoi, Dostoievski)) a la spengleriana decadencia de occidente comienza una línea reflexiva sobre el estado de cosas en nuestro mundo occidental que llega hasta nuestros días y que podríamos bien bautizar con la tesis del desencantamiento del mundo (Max Weber). Palabras más, palabras menos se puede comprender toda esta línea como la pérdida de sentido del mundo moderno. Nació este mundo de varias olas sucesivas de encantamiento: el del humanismo renacentista que desplazó a Dios con relación a lo humano; el de la Reforma luterana y calvinista que puso la noción de trabajo productivo como valor religioso en máximo grado a la par que promovió las libertades individuales; el de las continuas revoluciones científicas desde la astronomía hasta las ciencias humanas, que prometieron un progreso contínuo y dominio sobre la naturaleza, incluida la muerte; y, por supuesto, el de la Ilustración con la diosa Razón iluminando un futuro maravilloso tal como se expresa en sus tres hijos más queridos como lo han sido el liberalismo, el positivismo y el marxismo. No obstante, un siglo XX atroz por sangriento, con sus prácticas económicas y políticas descarnadas, nos volvió cínicos en las materias espirituales.
Las artes no han sido ajenas a este proceso, como tampoco la música popular. En el caso hispanoamericano del último siglo hay una línea de evolución en la popularidad de la música que en tres de sus momentos podríamos arrancar con el bolero hasta llegar a nuestros tiempos reguetoneros. Cuba, México, Puerto Rico, Venezuela, Chile y muchos otros países fueron grandes centros productores del bolero. Muchas de las letras de este género muestran la imposibilidad de un amor o su ruptura definitiva. El sufrimiento por la pérdida suele compaginarse con el sentido de vivir conservando la memoria de lo que fue. A pesar de estar primordialmente referidos al sentimiento de amor entre hombre y mujer, los boleros muchas veces aludían subrepticiamente a cuestiones políticas. Es el caso de "Preciosa", de Rafael Hernández, cuya una de sus estrofas dice: "Preciosa te llaman los bardos / que cantan tu historia / no importa el tirano te trate con negra maldad / preciosa serás sin banderas / sin lauros ni glorias / preciosa, preciosa te llaman los hijos / de la libertad.". Una alusión contra las tiranías que predominaban durante la gran época del bolero desde España hasta la Argentina. Y como "Preciosa" se podrían mencionar muchos otros. El tiempo del bolero fue políticamente agreste, pero no faltaba la poesía sobre el encuentro humano, sin falta de sexualidad pero sin necesidad de reducirla a perreo.
A mediados de los años sesenta otro género entró en escena en esta evolución de la música popular lírica. Se trata de la balada. La influencia de otros géneros bailables o del propio rock and roll establecen otro discurso musical que al fusionarse con el bolero origina la balada que durante más de un cuarto de siglo dará grandes exponentes en la composición y el canto. Junto con el bolero, la balada conserva un sólido carácter poético asociado a la relación romántica, sin dejar de aludir a la sexualidad pero también sin perreo. Es el tiempo de los José José, el Puma, Rocío Dúrcal, Leonardo Favio, José Luis Perales y tantos otros. Y si bien el tono es esencialmente romántico, la cuestión política no deja de estar presente. Quizás no muchos sepan que una canción como "Melina" de Camilo Sesto es un homenaje del regreso a Grecia de la actriz y cantante Melina Mercouri una vez caída la dictadura de los coroneles en julio de 1974. Melina había sido una activista de izquierda exiliada por el régimen griego. Sesto estrenó la canción en pleno régimen franquista, con una letra romántica que todos sabían por aquella época a quién se dirigía, Franco el primero. También se puede decir de otros temas como "Libre" de José Luis Armenteros y Pablo Herrero, sonado por Nino Bravo en aquel mismo contexto dictatorial. Poesía y política van de la mano en los sentimentales bolero y balada.
La misma evolución de la balada nos conduce a la desromantización de la misma a comienzos de la década de los ochenta. Aparecieron entonces letras como "mamita, ábreme la puerta". Así como la salsa brava derivó en salsa erótica, la balada derivó en balada rock y abiertamente sexual. Sin embargo, durante aquella década se alternó lo descarnado y lo poético hasta que el género perdió su lugar en las listas de popularidad del continente. En el lenguaje popular de las parejas también fue borrándose el título de novios por el de "amigos con derecho", y luego, tan solo "amigos". Desde los años ochenta el predominio dejó de ser romántico y se volvió abiertamente sexual, ya no había nada que encubrir al respecto. Las sublimaciones freudianas fueron enterradas.
Es a finales de la década de los ochenta que aparecerán los primeros atisbos del reguetón desde las raíces del hip hop, rap y del reggae, aunque no se popularizará por todo el continente y el mundo hasta la entrada del nuevo siglo. Llega así la época del "dame gasolina" y la perreadera. Visto desde el reguetonero, el bolero y la balada resultaban demasiado intensos. El género tiene muchos detractores y también quien lo defienda en una polémica que ha permanecido en el tiempo. Más allá de cualquier juicio sobre su valor musical hay que decir que el reguetón es expresión de la democratización de la producción musical que han generado las nuevas tecnologías informáticas. Crear boleros y baladas era muy costoso, suponía unas condiciones materiales orquestales nada baratas, de difícil acceso. Del mismo modo exigía cultura musical y hasta literaria a veces bastante exigentes. Por otra parte, la temática es otra, poco o nada romántica, desacralizadora del amor. Pero esto no es tanto responsabilidad del género sino parte de un contexto que como dijimos al comienzo resalta por la actitud cínica y nihilista, un contexto cultural desencantado en el cual las creencias de otrora han perdido fuerza social sin que emerjan nuevos valores. Por supuesto, los posicionamientos políticos también se hacen presentes en muchos temas del reguetón, pero generalmente igualmente en clave cínica.
En "La decadencia de occidente" Spengler anunció que la civilización (el andamiaje técnico e institucional) seguiría desarrollándose probablemente por dos siglos más, pero que la cultura (valores y creencias creadoras y dotadores de sentido para la vida y la acción) ya estaban agotadas para la modernidad occidental. Los tres momentos mencionados de la música popular hispanoamericana parecen reflejar bien esa tesis. El problema es que los humanos somos como la mítica figura de los centauros, mitad humano, mitad animal. El humano es la cabeza, la parte racional. La otra parte pasional es el animal representado por el cuerpo de un caballo. Los humanos somos razón, pero para decirlo con Pascal, el corazón tiene razones que la razón desconoce. Somos razón pero somos además corazón. La actitud racionalista no da con el sentido y significado de la vida y el mundo, por lo cual buscamos por necesidad hasta biológica ese sentido y significado, pues de no hallarlo lo que prácticamente nos queda es el suicidio o su reverso en el asesinato. La evolución de occidente ha renunciado a tratar públicamente esta cuestión. Como decía Max Weber al final de su vida, si queremos un mínimo de paz los dioses deben retirarse de la plaza pública. El Dios único ha muerto, hoy hay muchos y todos quieren ser el único, por eso cuando en lo público queremos imponer nuestro Dios (nuestro sistema de valores) entramos en conflicto con los dioses de otros miembros de la sociedad que habitamos. Por eso la evolución occidental ha abandonado progresivamente la formación en valores morales, políticos y religiosos en sus escuelas, extendiendo en su lugar la instrucción en ciencias y técnicas, particularmente las ciencias naturales filtradas por un lente positivista. La educación ciudadana molesta, la filosofía otro tanto, ya no digamos la cuestión religiosa. La escuela moderna tiende a desentenderse de los valores dejándolos a la esfera privada de la familia. Desencantados, sin embargo, la parte equina del centauro que somos mantiene la necesidad de encantarse para seguir con vida. A veces esta contradicción se expresa en la militancia en radicalismos políticos propios de líderes demagógicos. Creo que estamos viviendo algo de ello en estos tiempos.
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El autobús escolar ha sido secuestrado por un terrible criminal con un largo prontuario, asesino en serie para más detalles. Los niños indefensos nada pueden hacer ante este sanguinario sociópata bien armado que se hace llamar Scorpio. Los policías encargados de apresarlo para encerrarlo en una sólida cárcel, probablemente Alcatraz o Attica, lo lograron detener después de varios de sus crímenes, pero debido a la violación de algunos de los derechos de Scorpio en su detención, los tribunales lo soltaron. Y ahora… ahora tiene bajo secuestro a toda una población de niños. Obstinado de perseguir este mal en estado puro, Harry, uno de los policías, decide hacer justicia por su propia mano dejando de lado cualquier procedimiento legal. Ha decidido asaltar el autobús de infantes y sustraer a como dé lugar al secuestrador.
Lo relatado es palabras más, palabras menos el argumento de la conocida película estadounidense de 1971 "Dirty Harry", "Harry, el sucio". Podríamos decir que después de más de una década de películas de vaqueros, el género se urbaniza con Dirty Harry, pues su escenario es San Francisco y en lugar de Cowboys hay polis de traje y asesinos en serie urbanos de los que proliferan en Estados Unidos, especialmente en aquella década de los setenta, quizás una herencia de sus antepasados londinenses. De hecho, el personaje de Scorpio alude directamente a "El asesino del zodiaco" que asoló a San Francisco durante aquellos años de la película y ningún "policía bueno" logró capturar. En cierto sentido, Clint Eastwood, el gran actor de muchas pelis de vaqueros y protagonista de "Dirty Harry", marca esa continuidad. Ahora bien, si Harry tiene por antecedente el Cowboy, el vaquero que se apropia a plomo limpio de las tierras de pobladores originales para construir su "civilización" capitalista, nada de extraño tendrá que en nuestros tiempos Harry se haya vuelto un policía global, uno que sin respetar ley alguna impone la suya como mejor le da la gana pues para ello está muy bien armado. Para "proteger" a San Francisco Harry extenderá su "jurisdicción" a los confines mismos del hemisferio.
Como cabe esperar de las escatologías de cierto cine estadounidense, Harry gana la batalla del bien sobre el mal absoluto, aunque para ello haya tenido que renunciar a los propios principios que lo formaron. Asalta el autobús, Scorpio procura huir con un niño de rehén, pero Harry armado con su potente Magnum .44 le asesta el tiro de gracia. En una muy significativa escena de cierre de la película Harry se deshace de su placa de policía lanzándola al agua. Las leyes no le convienen. Moraleja: el bueno ha de dejar de lado la ley, pues esta está del lado del malo. No sé muy bien por qué asocio este final con el final de otra película británica, "La Conferencia", basada en la "Conferencia de Wannsee", la famosa reunión real de una serie de burócratas de la alta jerarquía nazi celebrada en un palacio en las afueras de Berlín el 20 de enero de 1942 para articular normativamente la solución final, la política pública del holocausto. Después de discutir durante una hora y poco más cuestiones burocráticas relativas a quiénes serían exterminados, se retiran los oficiales salvo Eichmann, quien organizó la recepción. Antes, el jefe de todos, Reinhard Heydrich, ha colocado en el fonógrafo una sinfonía para celebrar el exitoso encuentro, no recuerdo si de Mahler. Cuando está ya solo, Eichmann retira el disco y dice algo así como "basura romántica". Puede afirmarse, entonces, que todo el ordenamiento normativo y legal es basura cuando se trata de la voluntad de poder.
La película, en la típica línea del héroe individual tan cara al gringo protestante y su mito del "self-made-man", el hombre que se hace a sí mismo a carajazo limpio, se ha convertido en un clásico replicado hasta el cansancio por otros filmes, la mayoría mediocres. Y es que el logro de Harry fue celebrado por muchos. Los padres de los secuestrados primero, no es para menos. Luego, ha de entenderse que por gran parte de la ciudad y su público. ¿Cuál hubiese sido el destino de los niños si Harry no hubiese actuado por su cuenta? La polémica que despertó "Harry, el sucio" llega a nuestros días. Incluso algunos hablan del "síndrome de Harry el sucio" para referirse a algunos tipos de abuso del poder policial. En el fondo no es más que una variante del "síndrome de hybris". En griego "hybris" significa exceso, extralimitación por parte de la arrogancia de los poderosos. La diosa Némesis, cuya memoria no falla, se dedica a hacer justicia castigando dichos excesos, castigando la hybris. De ahí que muchos la asocien con "venganza", es la venganza de la justicia divina. Empero, un policía, por más poderoso que sea no es un Dios, y si bien la voluntad de poder quiere ser como Dios, resulta muy peligrosa pues su idea de la justicia quizás no sea muy divina. Y una vez que tiene éxito en sus cometidos fácilmente caiga en el síndrome citado considerándose sin límites para poner y quitar lo quiera. ¿Qué hacer? ¿Qué hacer ante el poderoso que decide qué es ley y qué no y cómo ha de aplicarse? ¿Qué hacer con esta especie de Übermensch (superhombre) nietzscheano? Con respuestas morales abstractas del tipo "eso no debe ser" quizás alguno pueda dormir tranquilo, pero esa moralina no ayuda en nada al mundo que dejaremos a nuestros hijos y nietos. Creo que el propio Nietzsche tiene una clave, y con esto cierro. El Übermensch, para ser tal, se enfrenta al rebaño. Éste es un poder y aquel otro, es una lucha de poderes. El rebaño fracasará si busca un pastor que lo acaudille. El pastor tenderá a volverse Übermensch y nada de extraño será que lleve al rebaño al precipicio. Ejemplos sobran, algunos en casa propia. El rebaño para consolidar su poder deberá renunciar a su condición de rebaño, deberá volverse orgánico, esto es, tendrá que construir organización mediante el arte de tejer alianzas, no veo otra. Contra esta posibilidad siempre luchará el pastor, es tan viejo como la dialéctica del amo y el esclavo que bien ilustró Hegel.
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Dada la eṕoca decembrina actual nos preguntamos por el sentido de lo religioso. El tema supone una interpretación de este fenómeno humano, demasiado humano. A su vez, toda interpretación descansa necesariamente en algún prejuicio. No hay, en este sentido, escape al prejuicio, ello a pesar de las connotaciones negativas que suelen asociarse con dicha palabra. Y es que lo peor se asocia con el prejuicio, especialmente lo peor ideológico. Se dice que el racismo, la aporofobia, la homofobia, la misoginia son prejuicios que impulsan, como efectivamente impulsan, prácticas discriminatorias y criminales. Ahora bien, tomada en su acepción más primitiva, la palabra “prejuicio” no ha de resultar necesariamente negativa y peligrosa, sino simplemente lo que suponemos como base a la hora de juzgar. Suponemos, por ejemplo, que hay una realidad externa a nosotros, por lo que el sano juicio nos lleva a evitar cruzar la calle hasta que esté libre de vehículos, pues suponemos que los mismos nos infringirán graves daños al colisionar con ellos. Y así, cualquier juicio descansa en supuestos no juzgados, descansa en “pre-juicios”, no hay escape
Al igual que cualquier estructura el lenguaje y los prejuicios habilitan y limitan al mismo tiempo. Hablar una lengua nos habilita a comprender el mundo de una determinada forma y nos limita para comprenderlo de otra. Por eso aprender otra lengua no es un simple trasponer términos, sino también, y sobretodo, entrar en otro mundo. Gracias a la lengua hablamos, formamos una comunidad, intervenimos en el mundo, informamos de peligros, expresamos sentires. La lengua habilita y limita al mismo tiempo. Los pre-juicios habilitan el juicio y limitan otras potenciales perspectivas de juicio. De este modo, los prejuicios son más o menos habilitantes, más o menos limitantes, por lo que conviene estar a la caza de los mismos, una caza en la que al final siempre saldremos derrotados. La actitud de la duda, que parte del supuesto de que podemos estar siempre siendo engañados en un determinado momento, constituye un prejuicio bastante habilitante para pensar posibilidades muy diversas, y así abre el camino al pensamiento reflexivo y crítico. Por eso, generalmente al poder, al que sea, le resulta poco grata la duda. El rey no quiere que la duda lo desnude, por lo que convoca a la lealtad y asume el dudar como traición. La lealtad al poder descansa, por supuesto, en otro pre-juicio, el de que el poder, el que sea, no nos engaña. Podrá usted juzgar cuál de los dos, el de la duda o el de la lealtad, le parece en principio más limitante.
El campo religioso resulta uno de los más ricos en prejuicios, por lo cual siempre se dificulta su abordaje. Procuremos un ejercicio de interpretación, un ejercicio hermenéutico, bastante adecuado tanto en lo metodológico como en lo ético. Su formulación explícita se la debemos a uno de los grandes maestros del siglo pasado en la materia, Paul Ricoeur. Se trata de combinar dos voluntades interpretativas, una que llamó escucha y otra que denominó sospecha. La primera busca captar el sentido de lo que se dice ajustándose lo más posible a lo que se transmite a partir del contexto de la comunidad de habla respectiva y las reglas lingüísticas y consensos semánticos de dicha comunidad. Una vez hecho este procedimiento, la voluntad de escucha quiere aprender positivamente el sentido de lo dicho, sin mayor crítica pero con reflexión, captando el valor afirmativo de lo dicho. La voluntad de sospecha supone esta escucha inicial para, a diferencia de la misma, poner en duda el sentido explicitado por lo dicho, generalmente vinculándolo a alguna forma de dominación. La sospecha cava a fondo para captar relaciones ocultas de poder en los discursos que analiza. Una propuesta metodológica amplia buscará establecer un diálogo entre ambas voluntades, una dialéctica entre escucha y sospecha, con el propósito de fusionar los horizontes de lo que afirma un discurso dado y la crítica sobre el mismo, una fusión entre los intereses comprensivo y emancipatorio del conocer humano. Como quien diría, busco entender entablando un diálogo con el discurso respectivo poniendo al desnudo mis limitaciones, de otro modo se imposibilita el diálogo sincero, para después someter a duda el sentido de lo entendido con miras a superarlo en una nueva interpretación, una que no dejará de ser momentánea, no definitiva, y por consiguiente, sometida a nuevas dudas y síntesis. El diálogo, en esta dirección, no termina, aunque a veces por razones prácticas haya que interrumpirlo hasta un nuevo encuentro. Es el toma y daca de la escucha y la sospecha, el toma y daca de la aventura humana.
Fue precisamente Ricoeur quien bautizó a Marx, Nietzsche y Freud como los maestros de la sospecha, pues los tres resultan paradigmáticos en el ejercicio de la duda para desnudar al poder. Para los tres filósofos los sentidos de los discursos religiosos son imposiciones ideológicas, de la voluntad de poder, de un inconsciente que somete al pretendido sujeto soberano. “La religión es el opio de los pueblos” (Marx), nunca mejor dicho que en el contexto de la guerra del opio, del sometimiento de China al Imperio Británico y su afán capitalista por hacerse con el comercio de la conocida droga, tan cara por vinculado a lo religioso para los chinos. Como el opio, la religión, pensaba Marx, adormece a los pueblos con la promesa de una felicidad ultraterrena reservada para los más pobres, que son los más queridos por Dios. Y esa religión es para Nietzsche el engaño del rebaño, del hombre-masa dirá después Ortega y Gasset, que precisa de un pastor que lo someta para su guía. Zarathustra llega a esta conclusión y descubre que ha cargado un muerto por dos mil años (los que tiene el cristianismo). No muy lejos, Freud hablará de una ilusión, la ilusión de un padre todopoderoso, Dios, uno que puede lo que no puede mi limitado padre biológico: protegerme del sufrimiento y la muerte. Dios padre, todopoderoso, me acompaña siempre, para protegerme… y para vigilarme. Así la religión es opio que somete a los pueblos, cobardía humana e ilusión, vana ilusión. Ya antes de estos maestros Ludwig Feuerbach, quien enseñó a Marx el camino de la crítica a Hegel, denunció la religión como alienación humana. Todo lo que vieron Marx, Nietzsche y Freud lo anunció Feuerbach: dominación alienante, sometimiento a un pastor (o clase) e ilusión. No es Dios quien creó al ser humano a su imagen y semejanza, ha sido este quien en su imaginación pervertida ha creado a su imagen y semejanza a un Dios elevado a la máxima potencia, nos dice Feuerbach.
La sospecha, la duda y su base prejuicial, pretendieron haber demolido la religión. Pero ya asomamos que todo discurso pertenece a un contexto determinado. Feuerbach, Marx, Nietzsche y Freud son herederos de la Ilustración, practican incluso una ilustración de la ilustración, superan con creces las ingenuidades sobre el poder de la conciencia y de la razón de sus generaciones precedentes, la reflexión corta por encandilada de Descartes y Kant, pero no dejan de tener la esperanza, quizás con la salvedad de Freud, de que el humano vencerá las sombras, de que la ideología se superará en una sociedad sin clases preesclarecida científico-técnicamente, o que el Übermensch (“superhombre”) desprendido de la masa hará de su vida una obra de arte. Hasta el propio Freud pensó en algún momento que una sociedad psicoanalizada podría vivir con menos dolor, ser un poco más dueña de su destino, aminorar su sino trágico. Todos ellos son hijos de ese contexto ilustrado y su articulación con lo que significó las revoluciones francesa en lo político y la industrial en lo económico. Aquella la supresión del antiguo régimen de una nobleza de “sangre azul” que gobernaba en contubernio con la Iglesia, esta la asunción de un pretendido ilimitado dominio técnico sobre la naturaleza. Si bien los maestros de la sospecha y su precursor se referían a toda religión, en realidad su loable crítica se dirigía realmente al cristianismo de su tiempo, prejuzgaron toda religión por lo que observaron en el cristianismo eclesiástico y popular y sus vinculaciones con las formas de dominación premodernas que aún sobrevivían en el siglo XIX.
Otros teóricos de la época, como Émile Durkheim, Max Weber, Georg Simmel, Karl Jaspers, Martin Heidegger o Ernest Bloch, practicaron en sus interpretaciones de lo religioso una voluntad de escucha que, sin estar exenta de crítica, comprendió el sentimiento de lo religioso en una clave más amplia que el cristianismo de los maestros de la sospecha. Para Durkheim, por ejemplo, lo religioso es consustancial a la condición humana. Allí donde el mundo se divida en una esfera de lo sagrado y en otra de lo profano hay un sentir religioso, un sentir que re-liga (une en comunión) a mujeres y hombres en una comunidad. Lo sagrado es la esfera de lo valorado como inviolable, y allí donde está estará lo religioso, así sea que esa religión carezca de Dios o Dioses, de iglesia y de dogma explícito, como es el caso de los derechos humanos que Durkheim entendió como la religión secular de nuestro tiempo. Acaso, ¿para estos DD.HH. no resulta inviolable el derecho a la vida y a partir del mismo muchos otros? Confundir lo religioso con un Dios, con una iglesia o con una doctrina es incomprender la riqueza humana de este sentimiento por la limitación de un prejuicio dado no sometido a sospecha, con lo cual dicha sospecha resulta también limitada por una insospechada soberbia monológica. Sin embargo, a pesar de esta limitación deben reconocerse los peligros de lo religioso cuando se institucionaliza, peligros de los que bien nos alertaron los filósofos y los hechos poco salvíficos de muchas iglesias de los que está llena la historia de la humanidad, incluida los de una iglesia que se autoproclamó marxista y que llegó a tener un Sumo Pontífice llamado Secretario General.
Podemos concluir que, una vez tomados en cuenta los no pocos riesgos del asunto, lo religioso expresa por una parte aquello que compartimos como valioso de nuestro ser en comunidad, lo sagrado; por otra parte, expresa aquella esperanza de superar lo que nos causa dolor; y, finalmente, mediante la imagen de un más allá, presente en todo sentir religioso, reconoce nuestros límites humanos, nuestra finitud. Dicho lo cual, pareciera que no habrá comunidad ni espera posible sin algún tipo de sentimiento religioso. Más importante aún me parece el asumir nuestra finitud, nuestro ser falible, limitado, pues es un paso fundamental para entendernos mejor, para suprimir nuestras soberbias frankensteinianas en lo político y ante la naturaleza, soberbia tan presente en los discursos de Elon Musk, Jeff Bezos, Donald Trump y tantos otros en la triste actualidad. Hace falta más escucha, más apertura al diálogo, un diálogo que sólo será efectivamente real cuando reconozcamos esa nuestra finitud y agucemos el oído para ampliar nuestros horizontes y practicar dicha amplitud de cara a la vida y sus más diversas manifestaciones.
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"El totalitarismo es una forma de gobierno
que reemplaza la política con la ideología."
(Hannah Arendt)
Dos tumbas. Una, de uno de los más grandes pensadores del siglo pasado, nutriente indiscutible de gran parte de las corrientes contemporáneas de la filosofía y de las ciencias sociales, Martin Heidegger (1889-1976), ubicada en el cementerio de su pequeña ciudad natal, de origen rural, en la Selva Negra, Meßkirch. Una tumba arraigada en su tierra pueblerina, apartada del bullicio, sembrada en el recogimiento. Otra, en el Estado de Nueva York, en un cementerio de profesores, en una tumba muy modesta, sin mayores pretensiones, con apenas una placa contentiva de los datos usuales, a cien metros de la biblioteca. Esta última, la tumba de Hannah Arendt (1906-1975), de quien este 4 de diciembre de 2025 conmemoramos cincuenta años de su partida. Una tumba rodeada de interlocutores citadinos para la discusión y el debate, para el permanente encuentro dialógico. ¿Voluntad de recogimiento o voluntad de diálogo? Dos tumbas. Cada una expresa una de esas voluntades. Recogerse en la escucha del olvidado Ser o encontrarse con los otros para el diálogo y la deliberación. ¿Sólo un Dios podrá salvarnos (Heidegger) o sólo podremos salvarnos nosotros mismos exponiendo nuestras diferencias y buscando puntos transitorios de encuentro para navegar la vida que nos toca? ¡Qué pensador y pensadora tan distintos! Distinción reflejada en la distinción de sus tumbas, como si hasta en la mismísima muerte nos persiguieran nuestras identidades sociales.
Cómo hubiese querido haber sido yo quien descubriese el espíritu sociológico tras las tumbas de Martin Heidegger y de Hannah Arendt, acaso el filósofo ontológico más grande de los últimos tiempos, acaso la filósofa política más grande de los últimos tiempos. Pero esta sociología de las tumbas, que bien vale practicar con otros personajes, sean más o menos anónimos, que puede dar trabajos de grado, tesis y ensayos magníficos, se la debo a la genialidad de Peter Sloterdijk (n. 1947) en las páginas iniciales del ensayo "Caída y Vuelta", recopilado en su libro "Sin Salvación. Tras las huellas de Heidegger". Tan diferentes Heidegger y Arendt, y sin embargo tan unidos desde la misma juventud de ella, cuando asistió a las clases del gran maestro. Allí surgió un gran idilio entre ambos, cuyo recuerdo no se borró a lo largo del siglo, como lo evidencia la correspondencia escrita entre ambos. Unidos por un gran amor, separados por sus propios filosofares. En efecto, Heidegger vivió toda su vida bajo el abrigo de su cabaña en la Selva Negra. De poco viajar, de poco salir de sus caminos de bosque, en los que se sentía un pastor del Ser, Heidegger un día se metió en política y naufragó. Se encandiló con el ideario nacionalsocialista en sus inicios. Aceptó la rectoría de la Universidad de Friburgo, renunció al año. No estaba dispuesto a perseguir y expulsar estudiantes y profesores con orígenes judíos. Después de todo, mucho antes de todo eso se había enamorado locamente de aquella estudiante judíogermana que será recordada siempre por "Los orígenes del Totalitarismo". Heidegger naufragó políticamente, como tantos han, hemos, naufragado a lo largo de la historia, de nuestras historias, pero se le recrimina que nunca presentó excusas de su naufragio, no al menos explícitamente, si bien sus seminarios sobre Nietzsche a partir de 1936, recogidos hoy en dos sendos tomos, bien valen unas excusas implícitas. Allí se deja maravillar con el filósofo del bigote, pero lo critica como la última etapa de la metafísica objetivista (entificadora) de occidente, la de la voluntad de poder (Nietzsche) y su éxtasis, aquel mismo éxtasis presente en los discursos de Hitler. Desde entonces el recogimiento de Heidegger en su Selva Negra, en sus caminos de bosque, fue mayor, quizás hasta aquella famosa entrevista que concedió a finales de los sesenta a condición de que sólo se publicara tras su muerte. Tras la muerte de Dios anunciada por Nietzsche en Zarathustra, o por Dostoievski en "Los hermanos Karamazov", desencandilado ya ante su naufragio de los treinta, allí, en aquella famosa entrevista, fue que sentenció: "Sólo un Dios podrá salvarnos".
Pero Hannah Arendt no esperaba a ningún Dios para salvarnos. Como lo dibuja el entorno de su tumba, lo de Arendt fue una permanente voluntad dialógica y profundamente crítica, voluntad que exige de una anterior como su paso previo, la voluntad de escucha. La obra que nos lega la filósofa expresa como muy pocas esa escucha, ese esfuerzo por comprender el sentido y significado de sus interlocutores, así sea que estos interlocutores fuesen unos desaforados genocidas de judíos, y no sólo judíos. En efecto, el monumental estudio sobre "Los orígenes del totalitarismo" comprende desde sus inicios históricos el prejuicio nazi, y no solo nazi, contra los judíos. Relata con muy buenas fuentes el desarrollo de ese prejuicio desde el papel que jugó ese pueblo en el financiamiento de las coronas previas a la formación del Estado nacional moderno y cómo una vez formado este, sobre todo a partir de la Paz de Westfalia (1648), quedaron como parias, como pajarito en grama, diría nuestra sabiduría popular. La cuestión judía, ya tratada por Marx, consigue su mayor complejidad en el análisis de la gran pensadora judía, comprende en toda su magnitud el proceso que llevó a la "Solución Final". Comprender no es justificar, esto hay que repetirlo una y otra vez, especialmente cuando Arendt fue acusada por los propagandistas sionistas de antijudía, de gran traidora, de filonazi. Comprender como forma de análisis y síntesis del pensamiento y el estudio es captar interpretativamente el sentido y significado que para determinados actores sociales adquiere su accionar, y para hacerlo se precisa sumergirse en las circunstancias históricas de esos actores. Arendt lo hizo magistralmente con los nazis, y no sólo con ellos, pues "Los orígenes del totalitarismo" y sus otras obras nos pasean por los imperialismos brutales tras la Gran Guerra de 1914 o la pretendida revolución socialista y su frecuente y horripilante anclaje en el Terror de la francesa. Empero, alertemos, el comprender no se agota en el mero pensar y el estudio, comprender es un paso fundamental para una acción inteligente, una que no quiera repetir las barbaridades del pasado.
Arendt, ya lo hemos dicho, difería mucho de la filosofía del recogimiento de su maestro Heidegger. Así, además de académica participativa en las discusiones políticas más variadas, ejerció también de periodista. En ese oficio tan metido siempre en el día a día de nuestros avatares, le tocó llevar a cabo el reportaje del reconocido juicio a Adolf Eichmann (1906-1962), el jerarca nazi encargado del traslado de los judíos de todos los países europeos a los campos de exterminio. De allí la reportera Arendt publicó un libro filosófico hasta los tuétanos: "Eichmann en Jerusalén". Un texto que retumba hasta hoy por los rincones en los que emerge el discutir filosófico político para una praxis que se quiera inteligente. Pocos serán quienes no han escuchado alguna vez la expresión "la banalidad del mal", que sale de aquellas páginas para referir a un Eichmann que en lugar de ser el malvado estereotipado de alguna película o telenovela era un hombre común y corriente, moral e intelectualmente heterónomo, burócrata gris y militar obediente que cumplía sus órdenes de modo muy eficaz. Eichmann, secuestrado por el Mosad (servicio secreto del Estado de Israel) en Argentina donde se había refugiado, fue exhibido como el gran logro israelita, extensamente publicitado como un juicio justo contra la maldad genocida de los nazis. Obviamente, el estudio de Arendt disgustó demasiado a muchos de sus congéneres judíos y a todos los sionistas. Repudiada la filósofa, jamás renunció al esfuerzo comprensivo, nuevamente no justificatorio, de muchos de los ejecutores del holocausto, aunque ello pusiese en peligro hasta su propia vida. Muchos de esos ejecutores, como Eichmann, eran burócratas ejecutando sus órdenes, buenos empleados del régimen. Sabían lo que hacían, no eran ignorantes, pero su juicio era banal, había que cumplir las órdenes, fue la banalidad del mal.
Pues el problema del mal es que generalmente es banal. Se hace y ya. Es heterónomo. Y heterónomo es opuesto a autónomo. Heterónomo es quien recibe de fuera los mandamientos de su pensar y conducta, quien es obediente porque así se lo enseñó un padre, un prelado, un profesor, un propagandista, un amigo, un Führer o quien sea, o quizás todos juntos. Autónomo es quien procura formarse un juicio a partir de criterios propios que ha adoptado de una ilustración permanente, mas una no despótica, sino una que sabe que toda luz siempre, eternamente, ilumina sobre un fondo de sombras. Una ilustración que reconoce sus límites porque dispone de una sensible voluntad de escucha de lo otro, de lo que es diferente, y en su escucha lo comprende. Y como hay muchos otros, como el ser que somos es tan diverso, como no hay un solo camino en el bosque sino muchos, como en realidad se hacen caminos al andar (Machado), pues se escuchan y se comprenden muchas voces. Y en ese diálogo de voces, no justificatorio a priori, surgen los propios criterios, la autonomía, el pensar propio, lo que Kant llamó Ilustración, el atreverse a pensar por uno mismo. Hannah Arendt ha sido emblema de ese pensar libre, propio, aunque ello le costó todo lo que le costó en vida, mucho con demasiado. Pues por lo general los heterónomos sentencian que sólo importa la lealtad, que el honor es ser leales siempre, que discrepar es traición. El heterónomo es sordo, oye pero no escucha. No dialoga, monologa. Te extrañamos Hannah. No obstante, nos dejaste tu espíritu como modelo de formación para la libertad. Como tu tumba muestra, y sin desmeritar la voluntad de recogerse de aquel tu maestro, pues después de todo quien se recoge, quien se retira, no mata, tu tumba muestra el amor por la sana discusión para la mejor deliberación de un sujeto que siempre es un nosotros y que se quiere inteligente en su actuar.
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En los años cuarenta Horkheimer y Adorno publicaron "Dialéctica de la ilustración", un texto que denunciaba que la dominación ideológica estaba instalada en el mismo desarrollo de la razón occidental, una razón con una clara orientación instrumental y estratégica cuya expansión exitosa transformaba el mundo en un gran objeto de manipulación, incluido el ser humano mismo. Ya in nuce en los mitos homéricos de la antigüedad, nos cuentan que esta razón "conquistó" con el advenimiento de la modernidad, por medio de la revolución científico-técnica, a la naturaleza externa y, después, con la conformación de las ciencias sociales y humanas, la naturaleza interna, la humana. Con la ayuda de estos aparatos cognoscitivos, la sociedad contemporánea se vuelve un mundo administrado y autárquico, al modo de las narrativas distópicas de Kafka, Huxley y Orwell, o en el cine la filmografía de Stanley Kubrick. Kubrick, por ejemplo, nos deja una metáfora visual de lo dicho. Su versión de "2001, Odisea del espacio" es precisamente esa odisea homérica de conquista del universo completo por el hombre y su tecnología, aunque con un final trágico. En cambio, en "La naranja mecánica" presenta el dominio de la mente humana por las ciencias humanas y sociales destinadas al estudio de la conducta y la tecnología del comportamiento. Con un final terrible en su ambigüedad, "La naranja mecánica" relata con meridiana claridad el uso de estas ciencias por el poder político, representado en la película por el Ministro del Interior y un intelectual opositor. Así, en una época previa a la presente de la posverdad y las mal llamadas redes sociales, de teorías de la conspiración y su uso pornográfico por los poderes económico-políticos de nuestras sociedades, ya se visualizó y conceptualizó una gran jaula de hierro perfectamente solidificada por una organización estratégicamente racionalizada de la sociedad.
La nueva perspectiva distanció a la Escuela de Frankfurt, término usual para agrupar a Horkheimer, Adorno y Marcuse, del campo teórico del marxismo. Al entender de la Dialektik y los posteriores escritos de Horkheimer y Adorno, la obra de Marx y de los marxistas posteriores se asentaba en la matriz de la racionalidad instrumental y estratégica occidental. La lógica del dominio sobre la naturaleza ─externa e interna─ quedaba clara en el optimismo marxista con relación al desarrollo de las fuerzas productivas. De la obra de Marx, el totalitarismo estalinista de la Unión Soviética y Europa del este, podía obtener elementos para su discurso, si bien haciendo las necesarias filtraciones para acomodar ideológicamente la obra del gran pensador a las terroríficas prácticas soviéticas, especialmente censurando conceptos "juveniles" de Marx como alienación. La Unión Soviética supo emplear bien el desarrollo de las fuerzas productivas poniéndose al día con la industrialización occidental, pero triturando aún más que las sociedades capitalistas las libertades políticas y sociales de las personas. La emancipación se usó como propaganda a favor del autoritarismo y la destrucción de cualquier esperanza democrática. Así, la teoría crítica a partir de los cuarenta se volvió cada vez más sombría en las versiones de Horkheimer, Adorno y Marcuse. Los dos primeros, en uno de los últimos fragmentos de la Dialektik, afirman que el pensamiento crítico, carente de sujeto de la emancipación, no pasaba de ser el mensaje en la botella de un náufrago: "Si el discurso debe hoy dirigirse a alguien no es a las llamadas masas ni al individuo, que es impotente, sino más bien a un testigo imaginario, a quien se lo dejamos en herencia para que no desaparezca por entero con nosotros." (Max Horkheimer y Theodor W. Adorno: Dialéctica del iluminismo, tr. H. A. Murena, Sur, Buenos Aires 1970; p. 300). Marcuse, en "El hombre unidimensional" (1964), sentenció que en la sociedad industrial avanzada (término que implica también a la Unión Soviética y sus satélites) carecía de sentido seguir usando el concepto de alienación, pues el explotado se identifica con el explotador en una especie de "conciencia feliz". De esta guisa, la teoría crítica llegó a un callejón sin salida: lo que la legitimaba era su vinculación con las fuerzas emancipadoras, así lo escribieron en los años treinta, pero su conclusión ya en los cuarenta era que tales fuerzas habían dejado de existir. Nada más lógico teniendo enfrente el apoyo de las clases trabajadoras a los movimientos fascistas y su desenlace en la barbarie de la segunda guerra. Luego, a partir de los sesenta los diagnósticos del postindustrialismo reforzaron su idea de que ya no había fuerzas emancipadoras, de que el mundo se había vuelto la mencionada jaula de hierro vivida placenteramente por los apresados. No obstante, al final de esa década, la revolución sociocultural que tiene su epicentro en 1968, tornó más optimista a Marcuse, no así a Horkheimer y Adorno. La revolución del 68, fracasada en sus pretensiones políticas, ha triunfado parcialmente en lo cultural hasta el día de hoy, cuando todos sus impulsos democratizadores están en peligro real por el crecimiento de las ultraderechas globalizadas.
En este punto entran en escena otros caminos de la tradición crítica, entre ellos, dentro de la propia corriente frankfurtiana, el de Karl Otto Apel y Jürgen Habermas, quienes tomarán el relevo generacional-intelectual de sus maestros a partir del 68. Desde aquellos años, ambos se empeñaron en elaborar una salida a la aporía de la teoría crítica, aporía, repetimos, que se expresa en que el sentido y legitimación de la teoría crítica descansa en entrar en diálogo con las fuerzas efectivas del cambio sociohistórico mientras que la misma teoría termina sancionando la inexistencia de las mismas. Apel y Habermas elaboran nuevas síntesis teórico-epistemológicas. Acuden, entre otros, al pragmatismo de Charles Sanders Peirce, William James, John Dewey y George Herbert Mead y su centramiento en torno al lenguaje y la comunicación. Recordemos aquí que Mead, como representante de este pragmatismo filosófico y sociológico, en los últimos capítulos de "Mind, self and society", afirma que la democracia real consiste en incluir efectivamente en la comunicación a la mayor cantidad de los lenguajes de los más diversos actores actores sociales. Por oposición, el autoritarismo supone un cierre a los lenguajes diferentes del poder y el totalitarismo la clausura total de cualquier lenguaje que no sea el del poder establecido mismo. Apel y Habermas reelaboraron la teoría emancipatoria nucleando su crítica en torno a la confrontación entre dos grandes paradigmas epistémicos, el de la filosofía de la conciencia (de una modernidad autoritaria) y el de la intersubjetividad (de una modernidad sustantivamente democratizadora). Para Apel y Habermas, la tradición crítica desde Marx hasta Marcuse está transida, junto con la historia milenaria del pensamiento occidental, por el primer paradigma, por el de la conciencia, caracterizado por el menosprecio del factor lenguaje constituyente de la subjetividad y, en consecuencia, por la separación abstracta entre sujeto y objeto que da lugar al reforzamiento de la razón instrumental y estratégica.
En la Teoría de la acción comunicativa (1981), como antes Apel en su "Transformación de la filosofía" (1973), presentan sus respectivos esfuerzos de síntesis teórica que incluye principalmente las obras de Hegel, Marx, Weber, Freud, Horkheimer, Adorno, Marcuse, Durkheim, Piaget, Dewey, Mead y Toulmin. Se diseña desde allí una teoría crítica reformulada a partir de una acción y ética comunicativas dirigidas a la práctica de un modelo de democracia deliberativa emancipadora. La acción comunicativa descansa sobre criterios contrafácticos de simetría entre los capitales culturales, económico, político y sociales ─me tomo la licencia de acudir aquí al léxico de Bourdieu─ de los actores comunicativos y la base de una racionalidad argumentativa con anclaje en la evolución sociocultural occidental pero universalizable por su carácter formal y ajustado a la ontología del lenguaje y los actos de habla (Austin, Searle). Con estos flirteos neokantianos, Apel y Habermas presentan toda una idea regulativa que orienta la teoría y acción emancipadoras en clave adversa a los autoritarismos epistemológicos y políticos de las teorías que le precedieron, especialmente las de sus maestros Horkheimer, Adorno y Marcuse. Quieren Apel y Habermas una teoría crítica dialógica que retome el mandato de la undécima tesis sobre Feuerbach de Marx, aquel que reza que hasta ahora la filosofía ha interpretado la historia, lo que se trata es de transformarla. Mandato que Karl Korsch y Georg Lukács interpretaron, a mi juicio muy adecuadamente, como realización de la filosofía y no como su abandono o supresión.
Si la filosofía contemporánea ha llegado a ser fundamentalmente una filosofía del lenguaje, una filosofía que en diálogo con las ciencias ha llegado a la conclusión de que el lenguaje es constituyente del mundo, de nuestras representaciones e imaginarios del mundo, representaciones e imaginarios con los que pensamos y actuamos, y que ese lenguaje humano se expresa en múltiples lenguajes socioculturales, algunos de los cuales se erigen autoritariamente como los únicos verdaderos y volviéndose real poder sociopolítico ejercen la dominación sometiendo los otros lenguajes y sus respectivos cuerpos, si gran parte de la filosofía contemporánea nutrida desde diferentes fuentes ha formulado estas conclusiones, y siendo el lenguaje una realidad intersubjetiva configuradora de las conciencias, entonces, la realización de la filosofía pasa por la realización efectivamente práxica de un modelo democratizador deliberativo sustentado en el entendimiento intersubjetivo. Precisamente, y siguiendo este mandato en una clave democratizadora, quieren también Apel y Habermas que su teoría crítica supere la tradición occidental centrada en el interés meramente instrumental y estratégico, supeditando esta racionalidad al interés de una razón emancipadora, comunicativa, que amplíe la comunicación bajo un imperativo ético-político de la inclusión, uno que, palabras más, palabras menos, manda a no excluir apriorísticamente a nadie, y mucho menos a los potenciales afectados, de las decisiones a tomar dentro de un orden social determinado.
Para estos pensadores se trata de una nueva ilustración, una ilustración de la ilustración que, reconociendo los límites de la primera ilustración moderna, la de la conciencia cartesiana y kantiana, los supere en una racionalidad democrática y comunicativa, una abierta a la pluralidad, a la diversidad humana. Como la anterior ilustración, y aunque no sea de mayor tratamiento por los alemanes mencionados, la nueva ilustración supone una educación formadora, una Bildung, que tenga como eje la formación del carácter, y desde la más temprana edad posible. Pero a diferencia de la educación de la primera, la segunda ilustración se enfoca en la formación de competencias comunicativas como el razonamiento argumentativo para un diálogo en el que se expresen libremente las más distintas posiciones y, desde allí, se llegue a acuerdos lo más consensuados posibles para la solución de los problemas que nos aquejan en las circunstancias que nos han tocado vivir. Se trata de una educación emancipadora, sustentada en la comprensión de la complejidad ontológica del lenguaje, de su potencial poético que es decir creativo, y de su poder democratizador mediante una práctica dialógica con sólida base en una sincera voluntad de escucha. Los juegos infantiles de otrora, como la ere, el escondite y tantos otros, guardaban un potencial para esa formación en la medida en que la comunidad de habla de niños respectiva debían acordar entre ellos reglas como el lugar de las taimas (venezolanismo para expresar lugares de resguardo o fuera del tiempo o time-out). Digo juegos de otrora, pues el presente que nos toca marca una clausura comunicativa al encerrarnos en una pantalla y juegos en video cuyo carácter es por lo general, además de bélico, más monológico que dialógico, pantallas para una mujer y un hombre unidimensionales, placenteramente alienados.
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