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miércoles, 5 de septiembre de 2007

Propuesta para la Universidad (1997)

Desde hace ya algún tiempo el Ministro Cárdenas viene proponiendo el cobro de matrícula a los estudiantes universitarios. Con ello no se pretende financiar una educación tan costosa, pero sí cubrir sustantivos créditos educativos para aquellos alumnos cuya condición social no les permita llevar a buen término una carrera. Según la propuesta, se trata de crear una especie de Estado Social dentro de la Universidad: los que pueden financiar sus propios estudios pagarían un arancel que sería destinado a un Fondo de Bienestar Estudiantil para dar créditos a aquellos más necesitados.

La idea se presenta positiva y además puede estar acompañada de interesantes aderezos meritocráticos. Por ejemplo, se podría exonerar del pago del crédito a aquel estudiante que se graduara con un promedio comprendido entre 18 y 20. En fin, las intenciones parecen sincerarar una situación universitaria que más o menos todos conocemos y que podríamos resumir, en cuanto al renglón estudiantil, en: 1) aproximadamente el 75% de los estudiantes universitarios provienen de la educación privada y son de status social medio-alto; 2) gran parte del presupuesto universitario se consume en servicios super-subdiados a la población estudiantil que, como ya hemos dicho, la mayoría no necesitan.

Ahora bien, con esta propuesta sólo solucionaríamos una parte de la cuestión universitaria, en particular, la referida a la suficiente manutención del alumno necesitado. Empero, el problema del presupuesto quedaría más o menos igual, pues, el pago de matrícula iría al Fondo de Inversión de Bienestar Estudiantil, lo que significa que los pagos de nómina y los gastos de infraestructura tendrían que seguir siendo cubiertos por el Estado. Y ello nos deja el juego tan trancado como lo está actualmente. Gran parte del presupuesto de educación se lo consumirían las Universidades en detrimento de la educación básica pública, con lo cual seguiría predominando la injusta distribución de las oportunidades educativas. En poco tiempo no habría estudiantes necesitados porque seguiría creciendo la deserción escolar y la baja calidad instruccional de los pocos graduados. Así, tampoco habría necesidad de créditos educativos y tampoco de Fondo.

Por todo ello, esta propuesta tiene que ir acompañada de otras más contundentes que tornen el gasto universitario mucho más razonable. He aquí algunas de ellas: 1) Reducir el número de falsos profesores universitarios (los que no ascienden, ni escriben, ni investigan). 2) Reducir el número de alumnos retirándole el cupo a todos aquellos que lo que hacen es repetir año tras año calentando un pupitre. 3) Reducir el número de empleados universitarios que lo que hacen es entorpecer la administración eficaz.
Para llevar a cabo estas reformas no parece haber fuerzas internas en las Universidades. Ojalá ellas me demostraran lo contrario, pero todo parece indicar que los miembros auténticos de éstas son una minoría frente a la mediocridad que se sostiene en el poder bajo un régimen pseudodemocrático. Y es que el hombre realmente universitario no podrá llegar a ser Rector, Decano o Director, mientras predomine el voto de los que no ascienden ni trabajan académicamente. Por el contrario, el Rector seguirá siendo el típico gremialista que lleva cursando por más de trece años un postgrado. Esto es grave, pues tampoco la intervención del Estado garantiza nada. He aquí la aporía a superar.
Javier B. Seoane C.
Caracas, noviembre de 1997
Publicado en El Nacional

El héroe nacional (1997)

Se nos presenta sonriente con bate en mano. Allí está, en no sé cuántas vallas publicitarias, en no sé cuántas propagandas. Hombre de fuerza es también el héroe del marketing.

Al otro lado, el antihéroe. Aquel profesional de clase media tratando de huir del naufragio nacional para colocarse a salvo en EE.UU., Canadá o alguna isla lejana. Igualmente, aquel que becado estudió en el exterior y se niega a hacer su vuelta a la patria. ¡Oh! Triste fuga de cerebros que coloca en peligro el gran proyecto de desarrollo sustentable. Enemigos de la nación que por un puñado de dólares prefirieron aquellas riberas a la épica tierra de Bolívar.

Al héroe nacional lo menciona una y otra vez el honorable Presidente en sus discursos y le abre las puertas del Palacio de Misia Jacinta cuando retorna a su merecido descanso de guerrero. Se bautizan calles con su nombre, se le muestra a nuestros niños como ejemplo a seguir. Ya hay quien ha pensado en hacer un busto con él y develarlo públicamente en una plaza antes de las elecciones.

Él ha surgido de la nada, de aquella pobreza que linda con el Country Club. Quizá muchas veces contempló el hermoso campo de golf desde el alambrado de la cerca. Prototipo del hombre protestante, se levantó sólo con su esfuerzo, y ahora combate con bate en mano al imperialismo desde el mismo centro de su metrópolis. No necesitó inscribirse en ningún partido político ni apostar en el hipódromo, tampoco ser maleante o mendigo, él representa la tan ansiada honestidad.

Si no juega en Venezuela, su tierra natal, no es por lo depreciado del bolívar, no es porque menosprecie nuestras “pequeñas ligas”, no es porque el seguro norteamericano no le cubra un accidente en nuestras accidentadas tierras. No, no se trata de eso. Se trata de que está cansado y tiene muchas ocupaciones. Además, debe aparecer en la prensa, en la televisión, en la radio, para contar sus hazañas y orientar a nuestra juventud perdida.

El héroe nacional es el modelo a seguir. La “fuga de cerebros” es lo que hay que evitar. Y todo porque somos un país amante de la inteligencia, de la producción de conocimientos, de la investigación y la creación de nuevas tecnologías. Acaso, ¿no se manifiesta ello en el ejercicio de las políticas públicas, en la excelsa vida académica de nuestras Universidades? ¿no vivimos en un país que rechaza la fuerza bruta? ¿en un país lleno de aspirantes a profesores e investigadores de alto nivel?
No existe esa misma preocupación por la “fuga de bates”. Ésta es elevada a ejemplo. Es una buena venta así no nos devengue divisas. Son estos los tiempos para releer las Memorias de un venezolano en la decadencia, aunque ya no desde París sino desde las “Grandes Ligas”. Con todo ello, quiero aclarar que la responsabilidad no reside en quien empuña el bate, sino en quien lo eleva a prototipo a pesar de que las actitudes de ese señor se contradigan con lo que de él se pretende exhaltar. ¿No son acaso sus actitudes muy parecidas a las del graduado que no quiere regresar? Como dice la buena amiga María, ¿qué pasa con el hombre que se encuentra entre el héroe y antihéroe nacionales: el que cotidianamente lucha aquí sin poder disfrutar el campo de golf?
Javier B. Seoane C.
Caracas, julio de 1997
Publicado en El Nacional

Carta abierta a los políticos (I) (1997)

Es mi deseo aprovechar esta tribuna que me brinda El Nacional para ofrecer una serie de contribuciones a la discusión sobre la reforma educativa. Estando en año pre-electoral, pienso que las mismas pueden servir como una pequeña agenda de interés nacional para todos los involucrados en el quehacer del país, y muy especialmente de los que aspiran a formar gobierno a partir de 1999, de quienes esperaremos un pronunciamiento, por prensa, radio o TV, sobre estos tópicos.

En varios artículos esbozaré algunas ideas en torno a la relación de la Escuela con los valores éticos, políticos, económicos, culturales, etc. Para comenzar, nada mejor que presentar una propuesta sobre la relación entre los medios de comunicación social (y muy en particular la televisión) con nuestra Escuela.

El sistema escolar nacional ha estado de espaldas a muchas realidades que día a día nos muerden. La educación sexual, la educación moral y ciudadana actitudinal, la educación sobre los principios de la economía y la política, la educación sobre el uso de las drogas, etc.; han sido grandes lagunas en nuestros curricula oficiales. Uno de estos abismos descansa en el olvido de los mass-media.

Es un grave olvido pues son estos medios los que hoy tienen mayor alcance socializante. Ante la desintegración de la familia por presiones económicas, ante la desintegración de la escuela por múltiples factores, los medios, y sobretodo la televisión, se convierten en fuerzas determinantes de la configuración personal de los individuos. Cantidad de estadísticas muestran hoy que gran parte del vocabulario infantil proviene de la televisión. Por otro lado, las críticas a la programación televisada se hacen generales: más o menos una gran cantidad de personas atacan a este medio declarando que sus mensajes son deformantes.

En este sentido, no hay quienes faltan en proponer la censura directa a la programación por parte del Estado. Pero ese no es el camino más adecuado. Si bien el Estado debe ejercer una vigilancia (a través de una legislación pertinente) sobre los valores que se difunden socialmente, la solución más democrática pasa por una educación formal que eleve el nivel cultural de la población. Y esto porque debemos recordar que los medios están sometidos a la lógica del mercado: tienen que estar a tono con los gustos de la audiencia para hacer rentable la empresa.

Con ello no pretendo salvar la responsabilidad ética de quienes dirigen los contenidos de los programas, pero sí afirmar que los medios también están sometidos a la ley de la demanda, y que una demanda de alto nivel cultural exigirá otra programación. Y es aquí donde entra en escena la Escuela. Ésta tiene que educar en el uso de los mass-media.

Una computadora para cada escuela es una promesa atractiva, pero me parece mucho más aquella de que el televisor y la prensa diaria no falten en el aula. Enseñemos, planificadamente, cómo se construyen las propagandas, cuáles son sus técnicas de manipulación, qué pretenden. Enseñemos a interpretar el lenguaje de la imagen, a hacer una lectura crítica de los contenidos, a valorar aquello que aporte el bienestar colectivo por encima del interés egoísta. Enseñemos a leer las noticias y a proponer alternativas por vía de la participación activa. Sin duda, hay mucha bibliografía y muchas experiencias al respecto. ¿Qué esperan nuestros ambiciosos candidatos para dar cuenta de ellas? En próxima entrega seguiremos con el asunto.
Javier B. Seoane C.
Caracas, Junio de 1997
Publicado en El Nacional

Carta abierta a los políticos (y II) (1997)

En nuestra pasada entrega hacíamos referencia a la necesidad que hay de contemplar en la reforma educativa la inserción de contenidos relacionados con el uso de los medios de comunicación. Tratábamos de alertar que la escuela no puede seguir de espaldas a la importancia que tiene la prensa, la televisión y otros medios como configuradores de la identidad personal de nuestros hombres. El alcance socializante de los mass-media es actualmente de mayor amplitud que el que puede tener en general la escuela y la familia.

No obstante, es menester tomar en cuenta que cerca de la mitad de nuestra población en edad escolar se encuentra fuera del sistema educativo. Por eso, la introducción de estos contenidos, conjuntamente con los componentes éticos, políticos y económicos fundamentales, pasa por reinsertar esa cantidad de niños y jóvenes excluidos. Para ello, tenemos que invertir más en educación, además de racionalizar el gasto existente. No podemos seguir alimentando una burocracia puesta allí por el ejercicio despiadado del clientelismo político, como tampoco es concebible que se sigan dando las dádivas de la mal llamada beca escolar.

Hoy es urgente crear escuelas con comedores, donde nuestros estudiantes puedan alimentarse balanceadamente. Es impostergable ampliar el turno escolar a mañana y tarde, para lo que hay que construir urgentemente nuevas edificaciones. Hay que alargar el calendario escolar con una educación atractiva al niño y joven activos; lo que implica más creatividad, más mesas para el trabajo colectivo en lugar de pupitres, más jardines, más salidas exploratorias, más áreas deportivas. Es imprescindible cambiar el tipo de evaluación punitiva existente por una que sea formativa y sustentada sobre la reflexión. En este sentido, quisiéramos que nuestros precandidatos presidenciales nos presentaran un programa razonable acerca de cómo el Estado podría volcarse sobre esta magna tarea, quisiéramos que se acercaran a nuestras Escuelas de Educación y Universidades Pedagógicas para debatirlo abiertamente. Ya este gobierno nos presentó un plan de acción, con muy buenas intenciones pero con muy poca acción. Requerimos ahora, no de otro plan, sino reforzar el existente y llevarlo a la práctica.

Uno de ellos, Eduardo Fernández, enfatiza la educación para el trabajo. Convertir cada fábrica en una especie de escuela es su lema. Ello contribuiría a que los excluidos se inserten en el mercado de trabajo y aprendan una ocupación. La intención no es mala. Pero no debe olvidarse que primero hay que convencer a los empresarios y que no es precisamente el capital industrial el más desarrollado en Venezuela. Además, “El Tigre” parece dejar de lado que una educación para el trabajo tal como la plantea no resuelve el problema de una educación escolar fundada en valores éticos y ciudadanos. Ya se ha dicho hasta la saciedad: la gran mayoría de nuestras familias están desintegradas, por lo que la formación en valores es en estos momentos una tarea insoslayable de la escuela.
No tendremos una sociedad humana hasta tanto nuestros seres humanos no puedan vivir plenamente todas las etapas de su vida. El petróleo nos ha hecho un país rico en condiciones materiales, pero somos pobres en nuestras condiciones humanas (basta con vernos en el espejo de nuestros niños de la calle o de nuestros barrios y zonas rurales). Darle una ocupación honorable al hombre por-venir es importante, pero más importante es que ese hombre sea un sujeto del por-hacer, y eso sólo puede ser una misión de la educación. Los recursos materiales ya los tenemos.
Javier B. Seoane C.
Caracas, junio de 1997
Publicado en El Nacional

Mercado de los sentidos (1997)

¿Qué impulsa a gran cantidad de personas hacia las supersticiones? ¿cómo explicar el crecimiento, desmesurado inclusive, de este fenómeno sociológico? Este orden de preguntas admite distintas respuestas; en lo que sigue intentaremos con una que nos parece bastante apropiada.

Los hermanos “cocó”, el “I Ching”, las sectas “puertas del cielo” o las distintas astrologías son, entre otras modalidades, ofertas atractivas para amplios sectores de la población que, por un lado, no se identifican con el sentido del orden social predominante, y, por el otro, no encuentran un asidero firme para transformarlo. Se trata de un sentimiento de impotencia que sufre el individuo frente a la objetividad de las instituciones sociales.

Por todo ello, el hombre medio piensa que el sentido para la acción ya no se encuentra en la vida social estatuida, pues ésta se ha vuelto autárquica. Las ideologías políticas de otrora se derrumban sin conservar legitimidad alguna: la Nación, el Comunismo, el Estado de Bienestar, etc., dan paso a la globalización y “libremercado” de los valores de cambio materiales y espirituales. Allí, el pensamiento reflexivo deviene una mercancía más en el cambalache cotidiano. Acostumbrado a eregirse en rector del destino humano tendrá ahora que competir nuevamente con supersticiones de todo tipo.

Empero, como ocurre siempre en el “libremercado”, la “mano invisible” se encarga de que los competidores no estén en igualdad de condiciones. Y en el mercado de los sentidos de la vida el pensamiento parte con desventaja. Frente a un individuo saturado por las distintas presiones sociales, sin espacios para el diálogo, sin lugar para el encuentro humano con el otro, no encuentra posibilidades para su desarrollo intelectual y personal. La explicación no es compleja: ya desde los griegos sabemos que el pensamiento tiene una “naturaleza” dialógica y práxica, se crea y recrea en la discusión con miras a incidir en la acción. Por eso requiere de espacios sociales para sí, de tiempo para la toma de distancia de lo dado y para el debate político; precisamente de lo que más carece en una sociedad donde “el tiempo vale oro”.

En el mundo saturado el diálogo racional cede su lugar a las lógicas del destino inexorable expresado en dioses, runas o hexagramas. Ellas se presentan acabadas, no requieren de sujetos reflexivos, están listas para su consumo. Allí no se precisa pensar pues ya está todo pensado. Ese destino inexorable es la manifestación del individuo inválido, despojado de su voluntad política, de su capacidad creativa. Así, en un mundo intransformable el individuo busca su sentido en las ataduras a fuerzas exógenas que se le presentan todopoderosas.

Este sentimiento de impotencia y la ausencia de espacios dialógicos atractivos para el encuentro de la razón y la acción es un factor común a las sociedades occidentales contemporáneas. En nuestro país sufrimos del mismo mal aunque con sus matices particulares: sentimos que nuestra opinión no cuenta, que los gobiernos que elegimos pueden hacer lo que les venga en gana (hasta traicionar lo ofertado en la campaña, lo que suele ser lo más frecuente), sentimos que cualquier institución (privada o pública) puede atropellarnos sin tener administración de justicia en que apoyarnos; en fin, se podrían enumerar muchos más motivos, pero lo importante es describir mínimamente algunos de los factores que llevan a nuestros hombres a distanciarse de este mundo en búsqueda de un país sideral.
Javier B. Seoane C.
Caracas, mayo de 1997
Publicado en El Nacional

Todo el año es carnaval (1997)

La afirmación es de Mariano José de Larra, escritor español del siglo pasado. Con ella nos quería decir que lo momero, lo burlesco, la identidad oculta tras una máscara, es más lo cotidiano que la excepción de unos días de fiesta pagana. El disfraz se nos presenta en nuestros consejos universitarios o de ministros, en las reuniones de negocios, de política, en las juntas de condominio o en cualquier baño público. Se puede decir que ya no hay disfraz porque paradójicamente todo es un disfraz.

En Venezuela, y no dudo que en la mayor parte del mundo, los años electorales se caracterizan por carnavales más intensos. Los saltarines disfraces se nos presentan a diario y prácticamente en todas partes. Viajan por todo el país y no hay barrio que dejen de visitar. A veces hasta les da por dormir en algún ranchito perdido de nuestra geografía. Sus aspectos pretenden ser juveniles, encarnar la fuerza del cambio, de lo diferente. Pasemos una pequeña revista a algunos de los más resaltantes para la temporada 1997-98:
a) Tigre: ya algo usado se nos presenta ahora bajo la modalidad de “tigre bailando tambor”. Su actitud es la de la búsqueda de la bendición de un padre perdido. Suele aliarse con las figuras impopulares, !extraño afán!
b) Último llanero a caballo: el disfraz ganador de 1992. Algo rígido y libresco, poco inteligente. Se nos presenta sin variantes, repetitivo.
c) Barbie-alcaldesa: lo más resaltado por el mercado de la imagen. También baila tambor y nos ofrece otra cara bonita, una sonrisa sin nada más que decir.
d) Ministro de cordiplan: disfraz gesticulante, populachero y muy versátil. Puede pasar por audaz guerrillero anticosificador de hombres o por chico neoliberal reductor de hombres a cuentas macroeconómicas. Se ajusta a sus necesidades.
e) Presidente: disfraz poco popular y tampoco muy vistoso. Le gusta jugar al escondite cuando la cosa se pone crítica. Suele dar mensajes de año nuevo diciendo: “lo mismo, lo mismo, lo mismo...”
f) Claudio, el negro blanco: disfraz esquizoide, pomposo, refinado. Se caracteriza por una máscara que se divide en dos disociadas a la vez (máscara capri y máscara caudillo machetero). Se la pasa desojando la margarita: contigo sí, contigo no, contigo sí...
h) El otro Pérez: disfraz obscuro, envuelto en maquinarias. Aliado con caudillo machetero, no quiere ver al Pérez de Cecilia, quien representa su principal amenaza para hacerse el dueño del festival carnavalesco. Opaco y sin mucho que decir.

No dudo que tras algunos de ellos se oculten buenas intenciones, empero, de lo que sí estoy seguro es de que se preocupan más por el marketing que por la solución efectiva de nuestros problemas de seguridad, de salud o educativos. Los vemos desesperados cuando no se presentan bien ubicados en el ranking de las encuestas, y es que, tal como en las obras de Pirandello, ellos no son más que lo que representan. En vez de promover la búsqueda de un proyecto común que le dé sentido a nuestra acción social y política, han caído presos del carnaval en donde la identidad se compra en el mercado, adquiriendo valor de cambio de acuerdo a las circunstancias. Se trata del fin de las ideologías porque ya no tienen nada que pensar, como tampoco tienen una sociedad que se los exija.
Javier B. Seoane C.
Caracas, Febrero de 1997
Publicado en El Clarín de La Victoria (Aragua)

Cultura, organización y localidad (I) (1997)

Siempre que uno escribe sobre cultura no deja de tener cierto temor a este concepto. Y es que el mismo se usa en diversos sentidos. Desde la tradicional y omniabarcante definición de Herskovits según la cual “cultura” es todo lo que hace el hombre, hasta las definiciones más reduccionistas que asocian la cultura, según sea el caso, con las bellas artes o con el folklore, nos encontramos con infinidad de matices que hacen la discusión opaca si antes uno no explicita el sentido en que está usando el término. Por eso, antes que nada, es menester decirle al lector que consideraré el término cultura del siguiente modo: entenderé que ella es el ecosistema propio del hombre, es decir, que la cultura es para nosotros lo que el ecosistema polar es para el oso polar o el desierto para el dromedario. Sin cultura, sin mediación de un universo simbólico que nos sirva de mapa para orientarnos en la realidad, somos una especie muerte.

Biológicamente somos un fracaso de la naturaleza. Ninguna otra especie requiere tanto tiempo para ponerse a tono en sus capacidades y poder valerse por sí misma, llegar a ser relativamente autosuficiente. Carecemos de la agilidad de un primate, de la fuerza de un oso, de la audacia y las garras del tigre, de la velocidad del avestruz, de la vista del buitre, de las alas del águila, etc. Sueltos en la selva, como individuos aislados, no pasamos de ser una apetitosa carnada. Si caemos desde unos cuantos metros nos partimos los huesos. Nuestros aparatos sensitivos perciben mucho más allá de lo requerido para la autoconservación. Somos, como diría Arnold Gehlen, Sartre, Heidegger o Jaspers, seres abiertos al mundo.

Y esa apertura al mundo no nos hace biológicamente más perfectos. Por el contrario, el mundo del resto del zoo es siempre un mundo circunscrito, precisamente aquel mundo que requieren para cumplir sus funciones naturales. La garrapata sólo percibe un olor, el de su víctima, ¿para qué más? Nosotros en cambio percibimos una variedad inmensa de olores, de colores, de texturas, etc. Y esta pluralidad de percepciones, si no se ordenan en un mapa, nos confunden y se vuelven contra nosotros. Por otro lado, no podemos aislarnos, precisamos del otro, del próximo, del prójimo. Somos seres sociales, pero también aquí somos los seres sociales más imperfectos del mundo animal.

Las hormigas, las abejas, los lobos, son también seres sociales. Empero su sociabilidad no es problemática. Su organización social, los papeles que cumplen de cara a la colectividad, las estrategias de sobrevivencia, están inscritas en su naturaleza animal; su comportamiento es instintivo, mecánico. Tienen conductas fijas ante los estímulos que perciben. No es propio hablar allí de política de los lobos o de pedagogía de las abejas, de modo de producción o historia. En cambio, nosotros, animales precarios por naturaleza, sólo tenemos pulsiones, esto es, fuerzas biológicas que nos impelen a actuar. No es propio hablar para nosotros de instinto sexual, sino de pulsión sexual, pues carecemos de conductas fijas en materia de sexualidad. Por ello, podemos hacer una historia de la sexualidad. Igual pasa de cara a la alimentación y otras funciones biológicas. Tenemos que aprender a alimentarnos, a conducirnos sexualmente. Tenemos que organizarnos socialmente y siempre existen múltiples opciones para hacerlo, nunca una. Somos animales políticos.

No vemos que las hormigas obreras formen sindicatos o que las soldados deserten. No vemos que la abeja reina tenga que ser elegida o depuesta. A diferencia de esto, nuestro comportamiento social es problemático en sí mismo, nuestra apertura al mundo siempre nos da más de una opción de ser. Y para elegir una tenemos que llegar a acuerdos que sólo son posible si hay comunicación, siendo ésta una referencia hacia algo y nunca ese algo. La palabra “casa” no es la casa, es siempre una referencia a un conjunto de percepciones que unificamos bajo el concepto de casa.

Nuestro mundo no está circunscrito, es demasiado amplio. Así, desde la perspectiva biológica, hemos tenido que desarrollar otro universo distinto al efectivamente existente: el universo simbólico, el del lenguaje, el del pensamiento, el de la cultura. Ese universo es la expresión máxima de nuestra necesidad de ser seres sociales. Solos, aislados como la tortuga galápago, estamos muertos. La palabra ordena nuestras percepciones, nos permite comunicarnos y nos permite transformar la naturaleza para los fines de nuestra especie. Haga usted un ejercicio imaginario y borre de sí su lenguaje, ¿qué le queda? Sólo percepciones aisladas. De esta manera, creo que no nos es difícil decir que la cultura, ese universo simbólico expresado en libros, imágenes, palabras, etc., es un requisito sine qua non para la autoconservación de la especie. La cultura es lo que nos permitió salir adelante, es lo que completó nuestras carencias naturales y nos colocó en un lugar privilegiado del universo.

La cultura es nuestro ecosistema, pues nuestra imperfección nos lleva a ser unos desadaptados al mundo natural. Nuestra naturaleza sólo puede salir adelante como transformación de la naturaleza, como trabajo, como actividad creadora. Trabajo y comunicación, he ahí los aspectos centrales de toda antropología: necesitamos trabajar la naturaleza para extraer de ella los alimentos y vivir, y esto solamente lo podemos hacer en colaboración humana, esto es, por medio de la comunicación. Y si entendemos la cultura como universo simbólico y conjunto de técnicas, entonces quedará claro que ésta es una condición insoslayable para el hombre.
Javier B. Seoane C.
Caracas, Enero de 1997
Publicado en El Clarín de La Victoria (Aragua)

Cultura, organización y localidad (II) (1997)

En la entrega pasada tratamos de echar las bases teóricas del concepto de cultura que estamos manejando. Decíamos allí que ésta es el ecosistema propio de los hombres; que ella es una condición tan vital como la de alimentarse, es más, dimos a entender que la alimentación está mediada por la cultura. Expresamos que el hombre es un inadaptado natural y que únicamente por medio de la cultura podemos salir adelante. Ahora tocaremos el punto de cómo ordenamos nuestra vida social.

Ya vimos que a diferencia del resto de los animales sociales del zoo, nosotros no tenemos un comportamiento preprogramado. No somos obreros, soldados, fontaneros o ministros por naturaleza. Nuestros roles sociales no están predeterminados, y eso es precisamente lo que nos hace ser problemáticos. Requerimos de la colaboración del otro, pero para ello necesitamos que el otro consienta en colaborar. Sin duda esta aseveración es problemática. Alguien podría decir: la historia de la humanidad no se funda en consentimientos sino que es la historia de la dominación de unos hombres sobre otros, de la imposición de unos sobre otros por la fuerza. Y sin duda tal réplica no deja de tener razón. Pero, la cuestión es que ella no se opone a lo que venimos exponiendo: aún en la dialéctica del amo y el esclavo éste último consiente en ser dominado, bien sea porque es ignorante de su condición o porque tiene temor al costo de la liberación. Nadie ha dicho que el consentimiento es neutro, que se da entre dos o más voluntades sin ningún tipo de coerción.

Plantear el consentimiento, el contrato colectivo, como libre voluntad neutra de los participantes, no pasa de ser una mera abstracción. El individuo nunca precede a la sociedad, el individuo nace dentro de un marco social, es socializado dentro de los márgenes de ese marco. El consentimiento implica siempre la coerción de esa socialización. Me explico más concretamente: generalmente el niño se levanta temprano y asiste a la escuela por obligación; no se le da la oportunidad de elegir libremente. Y él, dependiente y débil, no le suele quedar mayor opción que asistir, que ceder ante las fuerzas coercitivas. Pero ese ceder es siempre un ceder de él, un dejarse elegir. Finalmente, puede negarse, aceptar el castigo, huir, enfrentar su situación y correr el riesgo que ello implique. Ésta ilustración desde la situación del niño es aplicable con mucha más razón al adulto, al obrero, a la secretaria. Hay en ellos, como diría Sartre, una libertad ontológica, una condena a la libertad, aunque no a la libertad absoluta sino a la libertad del libre albedrío, del escoger dentro de lo dado.

Lo que pasa es que la libertad del obrero de escoger ya no ser más obrero tiene un costo muy alto: tendrá que morirse de hambre o arriesgar la vida en el día a día delinquiendo. Puede hacerlo, pero finalmente arriesga demasiado, arriesga su propia vida. Así, desde la mera individualidad es muy difícil cambiar las cosas. Aquí es menester apelar una vez más a nuestra condición de seres sociales que es, en cierto sentido, apelar a la organización humana. Lo que no puede hacer el individuo solo lo puede hacer una fuerza social, una organización social. Y esta pasa por el intercambio simbólico, por la reunión para discutir las necesidades, las prioridades, y diseñar las estrategias pertinentes para satisfacerlas colectivamente.

La cultura nos enseña que no hay una organización natural. Ni el Estado efectivamente existente ni ninguna de las instituciones dadas son naturales. Por el contrario, son un producto de las relaciones entre los hombres, siempre perfectibles. Es menester comprender que el desarrollo armónico del hombre pasa por el desarrollo armónico de la comunidad a la que pertenece, y ésta sólo se desarrolla con la organización, con el convivir de cada uno de sus miembros.
Javier B. Seoane C.
Caracas, enero de 2007
Publicado en El Clarín de La Victoria (Aragua)

Cultura, organización y localidad (y III) (1997)

En la última entrega destacamos la idea de que el hombre es un ser social; que su sociabilidad no está sobredeterminada naturalmente, esto es, a diferencia del resto de los animales sociales nosotros no tenemos fijado instintivamente nuestro comportamiento social. Por el contrario, tenemos que organizarnos, comunicarnos con nuestros semejantes, establecer un consenso mínimo. Así, toda organización social es una creación humana. Ahora destacaremos la importancia de lo local en cuanto a la cuestión organizativa.

Si no queremos quedarnos en la mera abstracción es imprescindible concretar que toda organización social está referida a una serie de necesidades locales. Dichas necesidades son también históricas, esto es, están enmarcadas en un proceso, en un desarrollo. De esta manera, las formas de organización institucional de la sociedad venezolana han variado considerablemente en los últimos doscientos años. Por no ir muy lejos, la representación del Estado está cambiando actualmente a una gran velocidad. Hasta hace ocho años lo local no era tan valorizado como lo es hoy después del proceso de descentralización administrativa del Estado.

Ahora bien, la organización social puede vaciarse de contenido, perder su sustancia, reificarse, si no participan activamente las personas de la localidad. Entonces, serán cascarones vacíos tomados por los pocos grupos organizados de la sociedad. Y estos grupos particulares, una vez que se vean libres de la presión de los miembros de la comunidad, trabajarán en función de sus intereses particulares. En cierta medida, eso es lo que ha venido pasando en la Venezuela de los últimos tiempos: solamente los grupos fuertemente organizados de la sociedad, las cúpulas partidistas, han usufructuado el poder de manera tal de mantenerse ellos en ese poder; sus intereses particulares se han impuesto sobre los intereses universales. Igual que hace pocos años los intereses locales estaban supeditados totalmente a los intereses del Estado nacional enclavado en Caracas, situación que ha venido cambiando poco a poco a partir de las reformas emprendidas. Empero, es necesario que desde los gobiernos locales se incentive la participación de cada uno de los vecinos para profundizar esa descentralización, para que de verdad la organización nazca desde abajo y vaya hacia abajo.

El reto cultural de estos tiempos, es decir, el reto de nuestra arma de autoconservación, de nuestro ecosistema, no es otro que sacar a nuestros hombres del letargo que los hace renunciar a ser participantes de nuestro por-hacer. Es aquí donde podemos comprender que no hay cultura sin política y viceversa. No podemos seguir dejando en manos del líder, del representante (concejal, alcalde, gobernador, diputado, senador, presidente) nuestras vidas. Eso es una renuncia cultural que nos acarrea serios problemas, pues al final el representante actuará más en función de sí que de lo local, es decir, de nosotros. Si seguimos renunciando no podemos seguir quejándonos de lo que “los políticos” hacen con nuestros recursos.

La cultura es un arma para la vida emancipada y nuestra tarea de cara al futuro es en principio una tarea cultural, no económica como se ha querido hacer ver. En otra oportunidad profundizaremos un poco más sobre estos aspectos.

Javier B. Seoane C.
Caracas, Enero de 1997
Publicado en El Clarín de La Victoria (Aragua)

Megasocialización y crítica cultural (1996)

Según Herbert Marcuse, las sociedades occidentales (y nosotros participamos de ellas) se vuelven cada vez más totalitarias y cerradas. Se trata de una sociedad de la megasocialización cuya ideología es ya el modo de vida mismo y donde aquel sujeto autónomo que soñó la modernidad ya no parece ser posible.

La sociedad de la megasocialización se caracteriza por expandir sus procesos de socialización hasta los espacios más recónditos y otrora privados del individuo. Si bien antes la conformación del yo generalmente acontecía en el marco de la familia tradicional y las pequeñas comunidades, si los individuos solían mantener unas relaciones sociales perdurables (el amigo de siempre, el matrimonio hasta la muerte, la reunión de costumbre los jueves en la noche, la retreta en la plaza, etc.), ahora esa misma conformación del yo se dificulta por la saturación de identidades en el mercado de las mismas. La sociedad de finales del siglo veinte, con un gran alcance tecnológico evidenciado en la expansión de los mass-media, es una sociedad que mina las relaciones tradicionales. La familia deviene “familia de microondas” (K. Gergen): sus integrantes, más tiempo en la calle que en el “hogar”, se encuentran esporádicamente. Los amigos confidentes son casi imposibles de mantener: crecen, se van a trabajar y a vivir a otros lados y ya no los volvemos a ver en mucho tiempo; en este marco, la amistad deviene parte del accidente: somos amigos porque cursamos juntos tal materia o trabajos en la oficina “aquí y ahora”. Finalmente, las mismas relaciones sentimentales tienden a devenir contingentes: huyendo de los compromisos románticos ya hay muchos que están juntos porque “se gustan” y se sienten “amigos con derecho”. Cada día estamos más cerca de los medios (la televisión, internet, el cine, etc.) que del otro; cada día somos menos ser-para-el-otro (J. P. Sartre) y más ser-para-el-medio.

La racionalidad técnica conquista la identidad personal, adquirida en el “cambalache” del mercado. ¿No ha notado usted en los últimos años que cada vez hay más “Madonnas”, “Michaels Jacksons”, “Michaels Jordans” o simplemente lo que esté de moda, en las calles por las cuales camina? Y es que los prototipos de conformación del yo ya no son “el padre tradicional” sino “el padre mass-media”; lógico desarrollo de una sociedad sin padres tradicionales y con megasocialización tecnológica.

Entiéndase bien: no estamos juzgando valores sino hechos. No podemos caer en la posición fundamentalista que enuncia “la tecnología es mala per se”. Este maniqueismo cuasi-teológico no hace más que ahondar el abismo entre ética y ciencia a la par que pareciera querer sumergirnos en el oscurantismo del siglo XXI. La tecnología en sí misma no tiene valor pues su valor radica en su uso. El problema con la tecnología es el uso que nuestras sociedades contemporáneas le han dado, un uso que se ha volcado contra su utilizador: el hombre.

Si seguimos a Max Weber, la modernidad se distingue por los procesos de racionalización de la vida y su consecuente desencantamiento. Los actores sociales modernos proceden en su acción social con un sentido racional fundado en el cálculo de medios-fines, no como antes que procedían conforme a valores enclavados en una tradición fuertemente matizada por lo teológico. Los sujetos sociales de la Modernidad procedieron a constituir formas de gobierno, y en general de administración social, bajo criterios técnicos. Los hacedores del mundo moderno expulsaron progresivamente al Dios supremabondad y lo reemplazaron por una Razón calculadora supremabondad. Esta “Razón” que en principio fue emancipatoria encadenó finalmente al hombre hoy preso de las burocracias y sus propias creaciones “racionales”.

Se trata de una perversa dialéctica del sujeto en la que las propias objetivaciones del hombre (fundamentalmente culturales) lo apresan (G. Simmel). En palabras de M. Buber: “Podríamos calificar esta peculiaridad de la crisis contemporánea como el rezago del hombre tras sus obras. Es incapaz de dominar el mundo que ha creado, quien resulta más fuerte que él, y se le emancipa y enfrenta con una independencia elemental; como si hubiera olvidado la fórmula que podría conjurar el hechizo que desencadenó una vez.”
[1] Ante este estado de cosas, la categoría “Sujeto” se encuentra en crisis pues carece de referentes empíricos. Y ya no es tan siquiera el “sujeto marxista”, colectivo y redentor, sino el “sujeto” en tanto que individuo portador de un “yo” personal, distintivo y consciente de su accionar. Como ya hemos observado, el “yo” precisa de espacios propios para su conformación, espacios que cada día conquista más la sociedad de la megasocialización.

La comunidad y sus individuos se transmutan en meras imágenes vacías de contenidos. La “comunidad” y el “individuo” siempre han sido una “imagen”, una “representación” en alto grado colectiva, pero no siempre fue vacía de contenidos y altamente maleable como ahora, más bien las comunidades occidentales hasta hace poco eran más homogeneas y normativas y, paradójicamente, daban mayores espacios a la individualidad del individuo. Hoy, los procesos de socialización colonizan al “yo” y al actor social como sujeto, esto es, al actor que se constituye reflexivamente dándole un sentido social a su quehacer. La colonización del “yo” hace que este actor quede “suspendido”, no anulado o muerto, pues siempre tendrá el potencial de negarse y constituirse nuevamente. Por eso no estamos de acuerdo cuando se generaliza el sentido de la expresión “muerte del sujeto”, pues lo que ha muerto en todo caso es una forma de entender y configurar el sujeto, no el sujeto mismo. Así, pensamos que todavía queda tiempo para repensar el mundo y tratar de tonificar la crítica cultural y su relación con la praxis en estos tiempos.


[1] Martin Buber: ¿Qué es el hombre?, tr. Eugenio Imaz, F.C.E., México 1942/1977; p. 77
Javier B. Seoane C.
Caracas, julio de 1996
Publicado en El Clarín de La Victoria (Aragua)

Cultura postmoderna, crítica y política (1996)

Una de las características más resaltantes de la “cultura postmoderna” es la pérdida de legitimidad de los “grandes relatos”. Se podría decir que los individuos pierden confianza en aquellas ideologías que otrora movilizaron muchos hombres llevándolos hasta las posturas más radicales.

Este aspecto se manifiesta en la pérdida de credibilidad de los partidos políticos y sus propuestas programáticas. Se retoma la idea de que los partidos sólo representan intereses particulares en traición a los ideales universalistas que pretenden consagrar. Así, el hombre postmoderno renuncia a la forma tradicional de hacer política, forma caracterizada por la mediación de los partidos entre sociedad civil y Estado.

Las corrientes postmodernas, como defensoras de la diferencia frente a los universalismos homogeneizadores (“grandes relatos totalitarios”) confinan la política a la individualidad disolviendo la concepción tradicional de sociedad civil. Según Hegel, la sociedad civil era el lugar donde los hombres superaban su mera individualidad, su diferencia, propia del “estado de la naturaleza”. Los individuos, conscientes de que por sí solos no pueden hacer prevalecer sus intereses, se agrupan (gremios, corporaciones, asociaciones determinadas) con otros cuyos intereses son similares. No obstante, Hegel piensa que la sociedad civil no garantiza la libertad individual, pues los grupos pueden terminar enfrentándose, al igual que antes los individuos aislados, a partir de contradicciones entre sus intereses. Por eso, el Estado se hace necesario como garante de la libertad. A su vez, el Estado como máxima entidad política es vigilado en su proceder por las asociaciones de la sociedad civil.

Las corrientes postmodernas, al hacer explotar el sentido general de la acción social en infinitos sentidos particulares (tantos como individuos halla), prescriben la fragmentación societal acarreando dos posibles situaciones:

a) Ante la pluralidad de sentidos se impondrá el del más fuerte en una especie de “estado de la naturaleza”.

b) La explosión del sentido general genera el caos donde nadie puede imponerse y se pone en peligro la autoconservación.

El problema aquí es que dificilmente pueda alcanzarse orden social, condición por demás necesaria para la autoconservación del hombre, sin acciones sociales dotadas de sentido colectivo. Esto último supone una discusión en el terreno de la ética y la política, el terreno más débil de los llamados postmodernos. La ética se basa necesariamente en preceptos de corte universalistas, sancionados por consenso social. Las corrientes postmodernas rechazan las éticas por ser discursos axiológicos universalistas. La postura “postmo” concuerda más con la idea de la muerte de Dios (Nietzsche), que es la idea de la muerte de la ética. Una vez que Dios no está todo parece estar permitido (Dostoievski). La cuestión es que mientras en Nietzsche la metáfora remite más a un diagnóstico cultural que a una prescripción, en el ámbito del discurso postmoderno es propiamente una prescripción. Ante esta proposición vale ser racista o fascista, pues ello cabe dentro de la diferencia, y sobre todo una vez que los postmodernos acribillan a la razón como tribunal de la acción.

Llegados aquí, es preciso distinguir entre “postmodernidad” y “postmodernismo”. La primera remite a un estado cultural, un diagnóstico. El segundo es un tipo de discurso que se deriva de ese estado cultural. Hoy en día hay muchos referentes mundiales que nos pueden hablar de una “cultura postmoderna”: la pérdida de legitimidad de las grandes religiones, los partidos, el conocimiento científico; las dudas en torno al mítico “progreso” de las sociedades; la caída de las grandes utopías; etc, son claras evidencias de que algo se modifica en la cultura occidental. También podemos decir que la desintegración societal por la fragmentación es una clara y ya muy antigua tendencia de nuestras sociedades. La cuestión, sin embargo, es que la reconstrucción de un proyecto socio-histórico y cultural no es posible desde el negativismo radical del discurso postmoderno. Por lo cual, a la “cultura postmoderna” no necesariamente corresponde un discurso postmoderno como el que hemos caracterizado. Hoy es menester, antes de caer en la posición maniqueista de polarizar particularismo-universalismo, recuperar un pensamiento que integre la defensa de lo particular dentro de lo universal; creemos que éste es el quid del asunto.

El rechazo postmoderno es destructor del sentido de la acción social colectiva y por tanto de la democracia substantiva como tal. Frente a esto preferimos decir con Max Horkheimer que los individuos pueden encontrar un sentido para la acción descubriendo las contradicciones sociales e indicando su posible superación racional. Esto encaminaría la construcción de una sociedad autenticamente humana. Así, el sentido y la democracia nacerían de la Crítica, precisamente aquella que es enterrada por un postmodernismo hipercrítico.

Javier B. Seoane C.
Caracas, Mayo de 1996
Publicado en El Clarín, La Victoria (Aragua)

1998 (1996)

Ya están aquí. No piensan en el 97 sino de una vez en el 98. Aparecen en el estadio, en el juego de las estrellas y en cualquier Caracas-Magallanes; buscan retratarse con el bigleaguer venezolano que no juega en Venezuela por temor a lesionarse y perder unos cuantos miles de dólares. Agarran las maquilladas calles de su municipio estilo middle-class y las rebautizan con los nombres del momento sin importar mucho los de otros. Pretenden tener equipos de fútbol y ni siquiera tienen estadios, todo sea para figurar, sacarse la foto de rigor y decir las mismas pendejadas de siempre.

Salen todos los días en la televisión para decir que los dejen trabajar o aparecen con separatas en los periódicos de mayor circulación nacional diciendo que admiraron mucho a Andrés Eloy Blanco. Una semana después se autoproclaman cuasi-presidentes de la República retando al caudillo machetero de turno.

Otros convencidos de quién sabe qué se presentan como la encarnación de Bolívar, Simón Rodríguez y Ezequiel Zamora a lo mix, extraño collage posmoderno entre democracia y monarquía. El último llanero a caballo amenaza a la tiesa barbie en las encuestas, ¿será una vez más la manifestación coyuntural de la eterna lucha de clases?

El 96 pasó con las increíbles metamorfosis de un socialcristiano antiperecista en un chico neoliberal amenazado por los astros, y de un socialista en ministro de Cordiplán a lo Miguelito Rodríguez. Duales amigos firmantes de cartas de intención con el pueblo y con el F.M.I., no nos dejan de sorprender a pesar de que la presencia del primero ante los medios de difusión no es mucho mayor que la del rey Juan Carlos en España, y la del segundo es permanente, jocosa, pero agotada. El 97 ya no cuenta, se trata de un año de paso en el que en todo caso es menester decir cosas tales como “el pueblo me llama, las masas me proclaman, pero todavía es muy pronto para hablar de candidaturas presidenciales. ¡Oh! Gran retórica del “ni uno ni lo otro sino todo lo contrario”.

Empero, quiero conservar algo de esperanza y pensar que gran parte de mis conciudadanos se percatan de la falsedad de todo este mediocre teatro. Quiero pensar que en realidad en 1998 escogeremos al próximo Presidente no por su color de tarjeta, su cara bonita o su compostura de macho vernáculo, sino porque nos ha proyectado algo sustantivo sobre el país que queremos, porque nos proponga un Estado de todos y no de cogollos partidistas y empresariales. Quiero tener la esperanza de que vamos a madurar y poco a poco nos vamos a constituir en una sociedad civil fuerte, capaz de velar por sus intereses actuando en conjunto, encarnando la Constitución, no pidiendo que nos den, sino tomando nosotros mismos las riendas de un profundo cambio en lo educativo, en la seguridad personal y social, en lo económico, en lo político, en fin, en lo humano.

Por ahora nos queda transitar el 97 y nada mejor para ello que hacer saber a nuestros políticos iconos (M. Desiato) que nos interesan los contenidos y no las sonrisas y los peinados, que nos disponemos a hacer cuerpo nuestros deseos de un país en el que ellos ya no caben, un país con una justa distribución de la riqueza, con ciudadanos y no habitantes. Y eso no lo podemos hacer dentro de las prácticas de los partidos políticos sino en nuestro día a día. Quizá todo esto no sea más que una ilusión de unos pocos, pero sueño con que esa ilusión nos ilumine en el por hacer.
Javier B. Seoane C.
Caracas, Diciembre de 1996
Publicado en El Nacional

Paradojas de nuestra escuela (1996)

Nuestra escuela tiene como una de sus metas imprimir en sus alumnos el valor de la vida democrática. Tiene que ser así si el Estado se define desde la pluralidad. No obstante, cuando observamos que la mayoría de los estudiantes que recién ingresan a las “universidades” no se valen por sí mismos y simplemente se reducen a repetir textualmente lo que el libro o el profesor dice, el resultado de la escuela no parece ser muy alentador. Alienados como un rebaño de ovejas son totalmente dependientes de algún “pastor”, su comportamiento no difiere mucho del de un procesador de información.

Así, pretendiendo formar democrátas salen individuos prestos a acatar las órdenes del dictador de turno. No están ganados para “inmolarse por la democracia” porque han sido formados para seguir al señor donde quiera que éste los lleve. La medusa de esta paradoja consiste en la confusión entre educación de contenidos y educación actitudinal. Se piensa que es suficiente leer en clases el artículo cuarto de la Constitución y hablar acerca de lo ético del sufragio y el ejercicio de la libertad de expresión para enseñar la democracia. Pero la democracia además de enseñarla por medio del lenguaje es menester encarnarla en el salón de clases y en los patios de las escuelas, esto es, volverla carne, actitud habitual. Entonces el maestro renunciará al ejercicio del magistrocentrismo para abrir en una clase-recreo la participación de sus pequeños, sólo entonces la actitud democrática no será una asignatura confinada a una hora de clases a la semana, sino que ha de ser la actitud cotidiana de la vida escolar.

Para que la educación democrática se encarne requerimos renunciar al mito de que el maestro es el portador de la verdad. La democracia está asociada con la idea de que “el hombre es la medida de todas las cosas”, siendo incompatible con la idea de que alguien es portador de la verdad absoluta. Se trata más bien de un juego de perspectivas individuales en las que debe haber posibilidad para el logro de acuerdos mínimos.

Pienso que la mejor manera de practicar una educación democrática pasa por presentar los problemas de nuestra vida social que ameriten el concurso de todos para la búsqueda de alguna solución tentativa. Se me dirá que los niños no están preparados para ejercer esa participación de modo racional, que ello generaría el caos en la educación y que finalmente sería muy perjudicial de cara a nuestros valores y al orden de nuestra sociedad. De hecho ya Foucault expresó alguna vez que el sistema correría un grave peligro si se dejaran escuchar las protestas de los niños en un maternal. Sin embargo, el problema es si nuestros valores efectivos y nuestro orden social son racionales, si realmente queremos conformar para nuestros niños un cálido hogar y mundo libre, o si todo esto no es más que mero populismo discursivo.

Obviamente los hombres no nacen preparados para el ejercicio de su autonomía, pero la finalidad de la educación es lograrlo. Para ello, en un mundo problemático como el nuestro es necesaria la práctica dialógica que reafirma la actitud democrática del hombre. Así, estoy seguro que hoy es preferible una escuela que antes de enseñar que es un batracio y ahogue a los muchachos en un difuso océano de contenidos, enseñe a leer bien y críticamente, enseñe a expresarse en la escritura y en la oratoria, una escuela que forme hombres para entrar en el diálogo humano con argumentos y que no cierren una conversación caprichosamente. Una escuela que nos dé las herramientas para no caer presos de la manipulación de la propaganda, aquellas mismas que nuestro sistema educativo enseña a los publicistas del mercado y la politiquería.

Sé que las condiciones para una real práctica democrática no están dadas. Nuestra sociedad está sumergida en el autoritarismo (desde la precaria familia, pasando por la escuela, hasta el gobierno), pero, desde aquí, desde este espacio que me brinda la prensa, deseo denunciar esta situación y hacer un llamado acerca de lo otro posible a todos aquellos que estén dispuestos a inmolarse en la rebelión por construir una educación para el futuro.
Javier B. Seoane C.
Caracas, Noviembre de 1996
Publicado en El Nacional

Educación y ética (1996)

El fin último de la educación es la emancipación. Emancipatio llamaban los latinos a la acción en que el adolescente, ya pleno de sus facultades y concluido su proceso de educación, se separaba del hogar y la autoridad de su preceptor. Posteriormente, la Ilustración también consagró a la educación en términos similares. Con I. Kant podríamos decir que el objetivo de ésta era lograr un individuo autónomo, capaz de servirse de su propia razón.

Después, cuando los preceptos de la Ilustración se tornaron peligrosos para el status quo, A. Comte proclamó la “subordinación de la imaginación a la observación de lo existente” y la subordinación del individuo al Estado social. Buscando sistematizar la moral en una ciencia, como ya había pretendido Descartes tres siglos antes, sabía muy bien el “padre” del positivismo que no se podía constituir una sociedad estable sin apelar a una fuerte educación moral y ética que, según él, tenía que hacer énfasis en los deberes y nunca en los derechos.

El intento comteano, fracasado tal como antes había fracasado el cartesiano, no fue continuado por los positivismos posteriores. Estos se quedaron con el lado científico desechando la religión, la estética, la moral y la política por su supuesta contaminación subjetivista. La pedagogía devino entonces en una “ciencia” y renunció a los contenidos propios de la emancipación: los valores humanísticos se consideraron una instrucción complementaria, siempre marginal en la enseñanza de la ciencia, único conocimiento auténtico.

Nuestro sistema educativo está constituido a partir de los criterios de esa pedagogía positivista. Las horas dedicadas en nuestra escuela básica a las matemáticas, la biología, la gramática castellana e inglesa, duplican a las horas dedicadas a la educación ciudadana, ética y estética. Estas últimas, enseñadas desde la pura retórica y de modo heterónomo, sin ninguna relación práctica con la vida escolar y diaria del alumno, terminan siendo consideradas por éste como mera “habladera de gamelote”, algo totalmente inútil en un mundo gobernado por los principios del “cambalache”.

No obstante, la democracia, la solidaridad, la amistad, la tan necesaria expresión estética, no son reductibles a principios abstractos y librescos, pues, antes que nada, ellas son posibles como actitudes de los individuos. Ellas sólo pueden aflorar en una educación actitudinal siempre estrechamente ligada a la acción social de los hombres y su circunmundo. En este sentido, creemos que nuestro sistema educativo es más una amenaza a estos valores que la consolidación de los mismos en cada uno de nuestros hombres. El carácter autoritario (expresado en la actitud de nuestros gobernantes, gerentes, policías, delincuentes, machistas, etc.) es en gran medida producto de nuestro sistema educativo: a pesar de que en los libros de cívica se instruya sobre las bondades de la democracia, nuestra escuela, su educación de contenidos y sus tendencias magistrocéntricas reproducen ese carácter despótico maltratando los aspectos más creativos y participativos de alumnos y maestros.

Cuando analizamos el plan de acción del M. E., las demandas de los distintos gremios educativos y la generalizada práctica familiar que impulsa los estudios de los jóvenes hacia las profesiones mejor cotizadas en el mercado, nos damos cuenta que el saber humanístico, aquel que humaniza, es considerado puro “gamelote”. Sin embargo, quienes hoy apostamos por recrear la educación ética no podemos caer en el facilismo de acusar de tales males a la sociedad de consumo y sus mass-media. Sin duda ellos tienen una alta cuota de responsabilidad en la barbarie de nuestro mundo actual, pero también quienes pretendemos ser educadores debemos evitar el pensamiento narcisista que bloquea nuestra autoreflexión y pensar que en una medida u otra nosotros hemos formado a quienes hoy hacen uso de esos medios. Sin esta crítica a los contenidos y la forma de concebir nuestra educación no será posible la tan soñada emancipación individual y colectiva, emancipación que hoy parece confundirse con indicadores macroeconómicos positivos.
Javier B. Seoane C.
Caracas, Junio de 1996
Publicado en El Nacional

Azar y voluntad (1996)

En nuestro país cada día que pasa prolifera el juego. La tendencia es clara: las agencias de loterías se multiplican conjuntamente con los sorteos que se ofrecen, el “5 y 6” se realiza prácticamente a diario, el dominó y el truco (entre otros) se juegan cada día más en las puertas de las fábricas y en casa de los desocupados. Quienes juzgan con la tradicional moral del trabajo se “horrorizan” de la degradante situación. Y no es para menos en un país que se sabe improductivo, un país que poco aporta al “valor agregado”.

Gran parte de nuestra gente parece estar más pendiente del “numerito” para hoy que de laborar horas extras pensando en mañana. No obstante, es preciso alertar que en los “retenes” de las maternidades los bebés no están pendientes de “la línea” del domingo o de averiguar los “terminales” que se recomiendan para esta noche. La inclinación al juego de azar raramente pueda ser explicada por fuentes de la genética (por muy de moda que ésta esté). Nuestro “mal” es un mal sociocultural.

Cuando los fines culturales de la sociedad de consumo (léase: dinero, bienes, más dinero, más bienes, y así sucesivamente) son entronizados indiscriminadamente en el individuo por fuerza de la obturante repetición y las presiones sociales de grupo, cuando el individuo, una vez aprendidos “sus” fines, los busca incesantemente pero no encuentra los medios racionales adecuados para alcanzarlos, entonces opta por otras vías que le permitan alcanzarlos: vías ilegales (delinquir) o vías legales mas no racionales (la lotería y demás juegos de azar). Cuando el trabajo propio no vale nada o casi nada son otras cosas las que comienzan a valer.

El azar se impone allí donde la voluntad flaquea. Empero, el debilitamiento de las voluntades no acontece sin motivo alguno, y esto es importante no olvidarlo. En el momento que el individuo ve que por sí mismo no puede lograr la felicidad suya y de los suyos, que no posee dentro de sí la fuerza para realizar sus deseos, entonces atribuye tal fuerza posibilitadora a factores externos a él. Es aquí cuando entran en escena todo tipo de supersticiones: aparecen extraños y todopoderosos fetiches, astros que rigen destinos preestablecidos, energías esotéricas de todo tipo.

Obviamente, el individuo que tiene poder social, el privilegiado, tiende a considerar su voluntad como efectiva. Sus deseos, generalmente, puede alcanzarlos motu proprio y su personalidad es admirada por aquellos cercanos a él, quienes también le atribuyen valores propios. No ocurre así con el olvidado. Él tiene una autoimagen muy frágil. Su voluntad, su querer hacer, no parece corresponderse con lo logrado. Por decirlo con la terminología psicológica de moda: “su autoestima es muy baja”, aspecto que al combinarlo con las carencias informativas de su condición social, carencias que lo hacen fácilmente preso de los fines culturales y las técnicas de manipulación social, suele dar como cocktel de “personalidad”, con algo de “suerte”, al jugador de azar y, con no tan buena “suerte”, al delincuente. La diferencia entre uno y otro es que éste todavía conserva cierta “racionalidad” en tanto que aquel renunció casi de plano a ella.

Si en buena medida la salida a la crisis pasa por volvernos un país productivo (en un sentido que va más allá de lo económico), un país en que podamos valernos por nosotros mismos cada vez más, entonces es preciso que nuestros hombres y mujeres se recuperen como dueños de su acción en el mundo. Esto último no puede ser dejado en la mano de cada individuo aislado o en la famosa “mano invisible” del mercado. Tampoco se recupera la confianza en sí mismo con posturas “chauvinistas” o con mera retórica. Hoy más que nunca es menester recrear con nuestra acción social la democracia que tenemos en una auténtica democracia de oportunidades de acceso al saber y a la toma de decisiones. ¿Tendremos voluntad y herramientas para ello? Por lo pronto creo que la crítica tiene buenas razones para ser pesimista, aunque no para cerrar la última ventana.

Javier B. Seoane C.
Caracas, Agosto de 1996

Publicado en El Nacional

La moribunda del 99 (2000)

Quienes hoy dirigen las políticas del Estado han partido de la vieja tesis de que los cambios profundos de la vida social son posibles a través de fuertes modificaciones en las leyes positivas y las instituciones. Bajo la sombra de esa idea, sin duda premarxista, emprendieron lo que calificaron como un gobierno de transición y cuyo objetivo estratégico era (re)constituir el Estado de un modo más soberano y justo.

Durante todo el año que ha transcurrido de esta administración no hemos dudado de las buenas intenciones de los autoproclamados revolucionarios de la honestidad. De lo que sí hemos dudado, tanto antes como ahora, es de la claridad de sus ideas, la cual se manifiesta irreflexivamente en sus actitudes políticas y personales. Y es la profunda opacidad trasnochada de estos actores nuevos (?) la que difícilmente logrará conseguir luz alguna en el laberíntico túnel en que se encuentra el país.

Después de un año tenemos una nueva Constitución, alabada en muchos de sus aspectos por connotados personajes del mundo nacional e internacional. No obstante, pocos cambios sustantivos llegan a percibirse, por lo que la nueva está tan moribunda como antes estuvo la del 61. Pongamos un caso concreto de análisis: el artículo 67. Allí se dice, “Todos los ciudadanos y ciudadanas tienen el derecho de asociarse con fines políticos, mediante métodos democráticos de organización, funcionamiento y dirección. Sus organismos de dirección y sus candidatos o candidatas a cargos de elección popular serán seleccionados o seleccionadas en elecciones internas con la participación de sus integrantes.” (Resaltado nuestro). Sin duda, la introducción de este pasaje se justificaba por aquello de que los partidos tradicionales elegían sus candidatos autoritariamente (dedocráticamente) en clara contraposición a la voluntad democrática.

Pues bien, las prácticas de quienes hoy dirigen cupularmente la “alianza patriótica” de gobierno, que son los mismos redactores del pasaje anterior, siguen siendo tan poco democráticas como otrora eran las prácticas de la satanizada Acción Democrática. Don Luis, Corleone según Petkoff, una vez escuchado al Sumo Pontífice de la nueva religión bolivariana, escoge a dedo a aquellos niños que por su buen comportamiento merecen la gracia de ser postulados. ¿Qué ha cambiado? La cogollocracia sigue siendo el modo de proceder político en el país.

Se trata de un caso entre muchos otros. Abra Ud. la moribunda del 99 y seleccione al azar un artículo. Verá que la “nueva Era” no está comenzando con buen pie. Y entiéndase bien: Yo no apuesto al fracaso del gobierno; en este barco (¿Titanic?) estamos navegando todos. Por ello es importante que los “nuevos líderes” se percaten de una vez por todas que lo adeco no se confina a un esclerosado partido político, ya periódico de ayer. Antes, hay que reconocer que lo adeco es una cultura que está metida hasta los tuétanos de nuestras instituciones y hombres. Y como toda cultura resulta ser más resistente que el mejor acero.

Por eso, creemos que la “revolución bolivariana” necesita a su vez una revolución. Necesita mirarse a sí misma, descubrir su vieja cultura, su universo simbólico reproductor de nuestras miserias. Sólo así nos miraremos a nosotros mismos y comprenderemos cuan larga y profunda ha de ser nuestra transformación cultural.
Javier B. Seoane C.
Caracas, febrero de 2000
Publicado en El Nacional

Anomia (2000)

En nuestros tiempos se pone de relieve este concepto derivado de la tradición sociológica. El mismo lo había usado a finales del siglo pasado E. Durkheim para significar la pérdida de identidad del sujeto con lo establecido socialmente. Desde el punto de vista funcional, anomia refiere a un problema estructural según el cual los medios institucionalizados no se corresponden con los fines culturales, lo que ocasiona cierta disfuncionalidad entre lo que el individuo tiende a desear y las posibilidades que tiene de satisfacer su deseo. Es en este último sentido que usamos aquí el término.

Se dice que la sociedad venezolana es profundamente anómica, que vivimos tiempos de desintegración, donde la vida no vale nada. La cantidad de homicidios es un criterio de estatus para muchos jóvenes en los barrios del país, otros se entregan al narcotráfico y al consumo de drogas. Pero, vale la pena preguntarnos, ¿nacieron con esos criterios? ¿qué hace que una persona asesine a otra por un par de zapatos u otra cosa? O, en otra versión, ¿qué hace que un sujeto pugne por alcanzar un cargo público donde pueda adueñarse de los fondos públicos? ¿por qué hay una corrupción administrativa tan pronunciada?

De ser un país de base agraria, de ser una ciudad de techos rojos, hemos pasado en menos de cincuenta años a ser un país organizado a partir de las pautas culturales de la sociedad de consumo más avanzada. El venezolano promedio tiene como expectativas mantener un nivel de vida rodeado por la comodidad de los artefactos tecnológicos de avanzada, es, en pocas palabras, un fetichista de los artefactos. Con la autoestima disminuida (no se siente país, ni ciudadano, ni comunidad, ni hombre), con la evidencia de que su voluntad individual poco puede hacer por remediar la situación, con la capacidad de asombro anulada se entrega a la espiral del consumo buscando en el icono la vacía verdad de nuestros tiempos.

Para poder alcanzar su meta, según la cual ser equivale a tener, no dispone de medios que sean legales y “legítimos”, esto es, por medio de su sueldo como obrero o funcionario público, difícilmente pueda ponerse al día en la carrera tecnológica personalizada. No obstante, la propaganda lo bombardea día tras día hasta llevarlo a un estado de estupidez mimética. La salida a esta situación no pasa por regresar a los sólidos valores del pasado, ni por integrarnos incondicionalmente a los imperativos de la globalización económica, ni por proclamar una revolución bolivariana acartonada y de rimbombantes discursos eclécticos, por no decir epilépticos. Antes requerimos observarnos como cultura nosotros mismos. Para ello es menester emprender auténticos cambios en el nivel educativo, cambios cualitativos que nos vuelvan autocríticos y despierten nuestro tacto hacia el otro.
Javier B. Seoane C.
Caracas, febrero de 2000
Inédito

El votante y la democracia (2000)

En lo que sigue sólo pretendo tocar tres aspectos relativos a la motivación en el acto de votar. No aspiro ser exhaustivo ni dar cuenta de las diversas implicaciones que hay en el asunto. Tan sólo quiero poner tres puntos para la discusión.

1

Se aproxima el día de las elección presidencial y la correlación de fuerzas y la aceptación o rechazo de los candidatos no parece variar considerablemente. Los que hoy aparecen como derrotados afinan sus comandos de campaña, ya destartalados, y se preparan para quemar sus últimos cartuchos. Muchos de esos comandos, quizás por asesorías descontextualizadas, equivocan la estrategia. Observan el desenvolvimiento del candidato triunfante y procuran encontrar sus debilidades para atacarlas racionalmente. Pero, ¿es racional el comportamiento del elector promedio en Venezuela?

Un ejercicio de sociología electoral en Venezuela nos mostraría sin dificultades que la mayoría de los electores se conducen más afectiva que racionalmente. Y esto es tanto aquí como en gran cantidad de países occidentales. Las familias, los grupos de amigos, y finalmente gran parte de la comunidad, se hace solidaria a la hora de elegir al próximo Presidente. La sensación de pertenencia grupal se extiende al candidato y la votación se convierte en un ritual que une a los miembros de la Iglesia llamada “nación”. Así lo demuestran los estudios electorales realizados en Estados Unidos y algunos países latinoamericanos. Las estadísticas demuestran que los miembros de una familia votan en su mayoría por el mismo candidato. Se puede decir que hasta se trata de una cuestión de lealtad al grupo. Igual pasa con el resto de los grupos primarios. En Venezuela, de acuerdo a las circunstancias presentes, esta situación tiende a agudizarse. Por más que desde distintos flancos se ataca el “proyecto” del Presidente, bien sea por impropio o porque se desvió del mismo, la simpatía sigue estando con él. Igual pasa cuando se acusa al candidato por su supuesta irracionalidad, por su voluntad manifiesta de violar las leyes y de dividir al país en dos. De este modo, queremos resaltar que el acto de votar suele ser más catéxico que racional, en pocas palabras, es más pasional que elección ponderada y razonada de un ciudadano.

Esta catexia del voto la han comprendido muy bien quienes hoy marchan primeros en las encuestas electorales. Ellos han apelado a la solidaridad del “polo patriótico” contra el inventado “enemigo común” y hacen de la campaña una guerra. Sociológicamente, los efectos de una declaración de guerra son en la mayoría de los casos un aglutinante colectivo. La gente olvida momentáneamente su egoísmo y se enlaza en una causa común contra el Enemigo. Del otro lado están los antipatriotas (los malos), de éste los buenos, los verdaderos hijos de Bolívar. Este tipo de campaña ha sido efectiva en la misma medida en que el resto de los candidatos se han conducido de un modo similar a los electores, esto es, a partir de sus propios afectos y de anteponer sus intereses personales e inmediatos por encima de los que razonadamente marca la estrategia electoral, la cual parece indicar que lo más efectivo sería crear otro “polo” que haga frente al candidato que domina las preferencias.

Por lo tanto, no se necesita ser adivino para afirmar que poco les queda por hacer a los partidos que hoy luchan contra la corriente electoral. Ellos están fragmentados, no llegan a un acuerdo, su relación con los pocos partidarios es meramente clientelar (egoísta, nunca solidaria) y se han dejado imponer la agenda electoral desde hace mucho tiempo. Por si fuera poco, cuentan con el rechazo de una población diezmada por un sistema excluyente. En pocas palabras, la suerte está echada y unos afectos se imponen sobre otros.

Así, queremos criticar fuertemente la tesis de que el voto supone un acto de voluntad racional. No lo es en Estados Unidos ni en Europa occidental, y mucho menos aquí donde la cultura se inclina aún más hacia lo emocional.

2

Procuremos ahora avizorar que ánimos hay tras nuestros votantes. Ya se han realizado varios estudios sobre la motivación predominante en el voto de elecciones pasadas. Se ha dicho que la segunda elección de Carlos Andrés Pérez estuvo en concordancia con el imaginario colectivo de la “Venezuela Saudita”. Particularmente yo no tengo mayores dudas acerca de esa afirmación. Si recordamos que los primeros casos más sonados de corrupción administrativa se dieron durante su primera presidencia, si recordamos que se salvó por un voto de ser enjuiciado en el Congreso por el famoso “Sierra Nevada”, entonces es difícil presuponer que fue elegido por su condición de hombre probo. Más bien, todo parece indicar que el votante promedio creía, consciente o inconscientemente, que los “buenos tiempos” del consumo regresarían una vez que ese hiperquinético hombrecillo asumiera las riendas del país. Pienso que en esa elección lo moral se dejó de lado frente a la inclinación hedonista. Además, ¿acaso, en aquel momento, no se había sedimentado en el lenguaje popular de nuestro país aquello de que “los adecos robaban y dejaban robar”?

Fracasado el proyecto de retorno al sauditismo, y sumergida Venezuela en una supuesta cruzada moral contra el “malvado Pérez”, una vez acontecidos 27-F, 4-F y 27-N, los votantes volvieron a las urnas y en una elección muy reñida, y donde la abstención salió como verdadera triunfante, Rafael Caldera ganó las elecciones. Tras la imagen de Caldera estaba el Padre pacificador que anunciaba una “Carta de Intención con el Pueblo” para luchar contra las perversidades del F.M.I. Además, se esforzó por presentarse como hombre suprapartido y vendió bien la imagen en el mercado electoral. Al contrario de la elección de Pérez, aquí se elegía a un hombre de resaltantes características morales. Pero el gran Padre traicionó a sus hijos desposeídos aliándose con los chulos de siempre, con quienes firmó otra carta de intención con el F.M.I.

¿Qué imaginario predomina ahora en la mayoría de nuestros votantes? Tratemos de llegar al mismo por vía de la negación. La mayoría rechaza a los partidos tradicionales otrora dominantes, que son vistos como culpables de todos los males existentes. La mayoría rechaza aquellas imágenes que no logran posesionarse en la opinión pública como autoritarias, cuestión que está en correlación con la afirmación generalizada de que “aquí lo que hace falta es gobierno”. Por lo tanto, un primer punto está asociado con el predominio de figuras “independientes” y autoritarias. No en balde, según todos los sondeos de opinión, Chávez y Arias Cárdenas son quienes encabezan las preferencias. Finalmente, entre estos dos, el primero es el que tiene mayor aceptación, quizá porque es un hombre más afín al común de la gente que el otro, que es más común a la minoría económicamente privilegiada de la población. Estos supuestos nos llevan a concluir que gran parte de los electores se muestran contrarios al sistema, siendo su conducta más negativa que afirmativa, esto es, de lo que se trata es de derrumbar lo establecido aunque no se tenga bien claro qué es lo que se va a construir. Después de todo Chávez no ha ofrecido ni dado nada concreto más allá de una “nueva” constitución que, por cierto, parece tan moribunda como antes la del 61. No hay ofertas positivas sino negación, y el mercado electoral está dispuesto a comprar esa negación.

Detrás de esta descripción encontramos dos tesis que también quisiera aportar a la discusión: 1) la mayoría de la sociedad venezolana no se asume como responsable del porvenir sino que sigue pensando en que es un hombre dotado de cierto carácter el que puede y debe conducir las riendas del país (la vieja tesis del líder mesiánico y ahora con el añadido de vengador); y, en relación con esto último, 2) es falso que el llamado sistema democrático forme parte de la vida cultural del venezolano promedio.

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Nos proponemos discutir esta última tesis, pues, por una parte, creemos que ella ilumina algo de lo oculto tras el voto; y, por la otra, nos deja entrever que tan falsos resultan ciertos cánticos sobre la bondad democrática de nuestra nación. Sin embargo, antes de entrar en este punto, dejo explícita mi inclinación por el régimen democrático, pero, sobre todas las cosas, por la vida democrática.

Es sobre esta distinción de la democracia como sistema y como mundo de vida en la que me sostendré en esta última parte de la exposición. Estoy convencido de que la democracia antes de hacerse sistema debe hacerse mundo de vida. Entiendo por mundo de vida a aquella concepción que todos tenemos acerca de qué es y de qué finalidad tiene nuestra existencia y relación con los demás y los objetos. Entiendo también que esta concepción no es una teoría entre otras, sino que es una teoría práctica y una práctica teórica a la vez. Con ello quiero decir que es una concepción fundamental sobre la que orientamos el sentido de nuestras acciones y comprendemos el accionar de los demás. Afirmo además que sin un mundo de vida no es posible convivir ni sobrevivir, puesto que es dicho mundo el que nos proporciona el mapa para ubicarnos en la vida social y en relación con la naturaleza. Es entonces un mundo moral y ético, a la vez que epistémico, pues desde él valoramos y desde él conocemos. En síntesis, este mundo constituye nuestro sentido común y nuestra cotidianidad. Establece un orden simbólico básico que es a su vez condición de posibilidad de cualquier otro orden.

Una vez caracterizada nuestra concepción, afirmo que el mundo de vida hegemónico en Venezuela no es democrático. Lo que quiero significar es que las actitudes manifiestas en la mayoría de nuestras relaciones sociales no son actitudes caracterizadas por la tolerancia hacia la pluralidad o por la búsqueda del consenso y el trabajo en equipo ante las diferencias y dificultades. Por el contrario, la actitud predominante es la autoritaria, entendiendo por ésta a aquella que se caracteriza por ser impositiva, arrogante y portadora de una verdad no sometible a discusión. Este tipo de relaciones cruzan todo el tejido social: desde la familia matriarcal predominante hasta la escuela, desde los grupos de pares hasta la empresa, desde los distintos niveles de gobierno hasta las relaciones de pareja.

Ahora bien, si el mundo de vida, si el modo cultural no es democrático, entonces el sistema político difícilmente será algo más que una parodia de democracia. Y de facto, no pretendo extenderme sobre algo que doy por supuesto y que a toda luz se manifiesta en “parlamentarios” cuya conciencia es puesta por el Partido y presidentes que terminan siendo perfectos soberbios. De hecho, usted los elige, pero en realidad lo que les da es una carta en blanco y firmada.

Llegados aquí se entenderá un poco más mi exposición. Lo que quiero mostrar es que el acto de votar no necesariamente es un acto democrático, y mucho menos lo es en nuestras condiciones culturales y socioeconómicas. Tampoco ha de entenderse el votar como ejercicio de una voluntad libre. Quizá podríamos hablar de libre arbitrio, esto es, de elección entre lo dado, pero no propiamente de libertad. Sé que muchos dirán que peco aquí de hegeliano, que la distinción hecha entre libre arbitrio y libertad es hegeliana, pero pienso que es viable para comunicarles que según mi punto de vista se elige para que otros elijan por nosotros, porque somos nosotros mismos como “sociedad civil” quienes no queremos asumir la responsabilidad sobre nuestras acciones como país. De ahí que nos dejamos llevar por el carisma y buscamos, consciente o inconscientemente, un padre duro que nos dirija.

Así, la situación que hoy vivimos no es culpa de Chávez, o del señor Arias Cárdenas, o de los puntofijistas, sino que ellos son nuestras criaturas, nuestra propia creación, y como tal, son el símbolo de nuestro estado como sociedad. Con ello, no quiero diluir las responsabilidades entre todos. Es obvio que las generaciones jóvenes, y aquellas que ya no lo son pero no han tenido cargos de dirección nacional, no son tan responsables como quienes han tenido la conducción del Estado durante el último medio siglo. Pero también es obvio que a todos nos toca, aunque sea en cuota mínima, ser parte creadora y reproductora de la miseria en que estamos sumergidos. Como se verá soy pesimista, pero también albergo la remota posibilidad de que podamos transformar esta situación aciaga. Para ello tendremos que asumir nuestra responsabilidad social y política. Tarea nada fácil si pensamos que el verdadero enemigo no está fuera de nosotros sino en cada uno de nosotros.
Javier B. Seoane C.
Caracas, marzo de 2000
Inédito

Conspiradores Chimbos (2002)

El jueves 20 Chávez declaró en El Valle: “Estamos dispuestos a lo que sea para defender la revolución”. Al día siguiente declaró el director de Human Rights Watch: “es necesario que (el presidente) cada vez que elija un lenguaje duro y descalificatorio para defenderse de las críticas haga todos los esfuerzos posibles por condenar y rechazar la intimidación, la violencia o cualquier tipo de ataques de sus partidarios” (website de El Nacional, 21/6/02). Decir que se está dispuesto a lo que sea es decir también que la violencia y la intimidación pueden ser vías justificadas, cuestión que parece chocar con el “respeto supremo a la Constitución y a las leyes” que tanto repite el propio Chávez.

¿Cómo entender esta antinomia entre lógica constitucionalista y lógica revolucionaria en los mismos actores? A mi entender caben las siguientes respuestas: a) la melcocha ideológica es de tal tamaño que es absurdo pedir coherencia; b) la Constitución es sólo un momento estratégico para la realización de un proyecto de otro tipo, lo que explica que en ciertos momentos coyunturales los actores gubernamentales se apeguen y promocionen el apegarse a las leyes; c) una combinación, también poco coherente, de a) y b). Personalmente mi juicio se inclina por esta última, si bien creo que, de acuerdo con la lógica cultural política de nuestro país, predominará la tendencia hacia la segunda: preservar la hegemonia partidista a costa del Estado, lo que no es más que conspirar contra la institucionalidad del Estado dentro del Estado mismo.

También actores de la oposición proceden de modo similar, aunque sin melcochas ideológicas pues tienen claros sus intereses económicos y políticos. Me refiero a quienes cantan loas a la “verdadera democracia” para después sepultarla en la primera oportunidad. Son loas estratégicas, pues lo que en verdad quieren es recapturar el aparato de Estado para volver a sustentar los privilegios perdidos. Tampoco ellos quieren diálogo. Por el contrario, son tan conspiradores como los “revolucionarios”.

Así las cosas, la conspiración contra el país une a los dos extremos de la política nacional. La médula de toda conspiración es precisamente la racionalidad estratégica, la cual consiste en buscar el logro de fines muy particulares llevando a los actores opuestos a una situación funcional a esos fines. La racionalidad estratégica toma al otro como un objeto de manipulación, nunca como un sujeto de diálogo con el que se busca lograr un entendimiento para coordinar acciones conjuntas. Estrategia y conspiración suelen ir tomadas de la mano.

Nuestros conspiradores, del gobierno y de la oposición, están enclaustrados en sus mundos miopes, por ello en el fondo son pésimos estrategas (conspiradores): su acción destruye la posibilidad de sus fines. Ambos juegan con el elemento catártico de la guerra civil, la anhelan sin medir costos. La anuncian, se preparan con sus respectivos arsenales y arengan a sus respectivas masas. La cosa les resulta un juego atractivo, hasta que la profecía un día se cumpla y sientan desvanecerse la vida de sus seres más queridos. Por ahora, como adolescentes gozan sembrando el miedo. Pueden sentirse satisfechos pues creo que están teniendo éxito: al menos yo no tengo empacho alguno en confesar mi temor. Ante ello, sólo me resta decir que ojalá no se repita esa máxima de que los pueblos necesitan experimentar las guerras para volverse temerosos de sí mismos. Sería demasiado triste.
Javier B. Seoane C.
Caracas, junio de 2002
Publicado en El Nacional

¿Democracia sin demócratas? (2000)

A comienzos del siglo XX John Dewey criticó el sistema democrático estadounidense, hecho curioso para aquellos que sostienen que en ese país se ha mostrado el paradigma auténtico de la democracia real y posible. A juicio de Dewey, en Estados Unidos se podía hablar de algo así como un sistema político de democracia representativa, pero nunca de una cultura democrática efectivamente existente, por lo que oponía “cultura” a “sistema”. La primera consiste en un universo simbólico que cobra existencia por y en las actitudes de las personas, es, en pocas palabras, un modo de vida; el segundo consiste en unas reglas de juego para la distribución social del poder político. Si la primera falta o es precaria, entonces el segundo será una organización burocrática con una buena fachada encubridora de una oligarquía de partidos o de un solo partido. Será una “democracia” sin demócratas. De modo que una auténtica democracia pasa necesariamente, según nuestro autor, por una cultura democrática desde donde emerja el sistema político. Por consiguiente, resulta pertinente aclarar un poco más aquello de “cultura democrática”.

Dewey piensa que esta cultura sólo es posible si se incorpora en la red de relaciones sociales que constituyen una sociedad determinada. Las relaciones se han de tornar dialógicas y prestas a reconocer los diferentes puntos de vista que los individuos pueden tener sobre el mundo y sus cuestiones, procurando resolver los problemas que se enfrenten sin atropellar a nadie. Tal actitud tiene que manifestarse en la amistad, la pareja, la familia, la escuela y cualquier otro tipo de relación humana. Sí, por el contrario, en estas relaciones institucionalizadas predominan formas autoritarias como el machismo o el magistrocentrismo, entonces no se puede hablar de una cultura democrática por más que la constitución política del sistema se jacte de decirlo. Tampoco tendrá nada de raro que sus dirigentes políticos terminen atropellando la crítica y el disenso en nombre de la tan mentada democracia. Hasta aquí lo esencial de la concepción de John Dewey.

Ahora bien, ¿qué puede hacer el gobernante con vocación democrática cuando la sociedad se torna autoritaria desde sus mismas bases? Obviamente cualquier respuesta tiene que dirigirse hacia alguna modalidad de trasformación cultural, cosa nada fácil. No obstante, el gobernante dispone de medios para emprender algunos cambios a mediano y largo plazo. Uno de ellos, sin duda centro privilegiado de la difusión de saberes y actitudes, es la educación escolar oficial. Desde allí puede llevar a cabo programas políticos de cambio en la formación de educadores y educandos, para hacer que unos y otros se vuelvan más tolerantes ante la crítica y cultiven un espíritu ciudadano de solidaridad social. Tal voluntad de cambio se puede manifestar en un primer momento en reformas en los curricula de la escuela básica y de los centros de formación docente, en los que se dé más espacio a una educación actitudinal en cultura cívica y democrática.

Estos cambios suponen una verdadera inversión (en el más amplio sentido de este término) en el campo educativo. Sólo a partir de ese esfuerzo es que será posible algún día superar la pseudodemocracia en una democracia con demócratas. Finalmente, cabe preguntarse, ¿nuestro gobierno está interesado en ayudar a construir esa sociedad democrática, o, por el contrario, su interés real consiste en legitimar una nueva oligarquía política a través del mercado electoral?
Javier B. Seoane C.
Caracas, mayo de 2000
Publicado en El Nacional