Mostrando entradas con la etiqueta 2000. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta 2000. Mostrar todas las entradas

jueves, 6 de septiembre de 2007

Construyendo el sentido de nosotros mismos a través de las ciencias sociales (2000)

Seguiremos a continuación el texto de Ian Craib titulado Modern social theory (Teoría social moderna), publicado por St. Martin´s Press, New York, en 1992 (Presentamos una versión libre del texto en la que hemos agregado y modificado aspectos que consideramos relevantes; el texto original al que hacemos referencia se encuentra en las págs. 253-257). A nuestro entender, este autor ilustra muy bien las posibilidades hermenéuticas del campo teórico en las ciencias sociales. Para ello se vale de un largo ejemplo elaborado a partir de algunas observaciones realizadas por la literatura psicoanalítica. Así, según Craib, esta literatura afirma que actualmente acude a terapia un tipo diferente de persona. Nos dice el autor que si bien Freud estuvo interesado en lo que podríamos llamar el neurótico “clásico”, un tipo de persona limitada en algunas partes de su vida pero que se desempeña razonablemente en otras (v.g. el obsesivo, el fóbico o el histérico), en las últimas décadas encontramos que las personas que buscan analizarse responden cada vez más a un tipo diferente de paciente. Se trata de individuos que, por un lado, frecuentemente resultan exitosos en el mundo social, pero, por el otro, están sujetos a intensos sentimientos de vacío interior. Es, grosso modo, un tipo de personalidad cuya autopercepción oscila entre un sentimiento de omnipotencia y otro de desesperanza. Son personas que encuentran difícil mantener relaciones duraderas, por eso, consciente o inconscientemente, buscan relaciones parasitarias que refuercen su dignidad; finalmente, tienden a tener un interés intelectual intenso en sí mismos, y quizás, en este afán, hasta permanezcan durante años en terapia, pero paradójicamente sin cambiar.

Esta transformación de la estructura de personalidad de quienes acuden a terapia en muchos países de occidente se puede observar desde diferentes perspectivas. En tal sentido, y siguiendo la pluralidad teórica de las ciencias sociales en la actualidad, y el texto señalado de Craib, presentamos a continuación algunas perspectivas entre muchas posibles:

1) Una aproximación pondría el acento en lo que los psicoanalistas relatan sobre los cambios en sus pacientes. La etnometodología, escuela sociológica norteamericana surgida en los sesenta y muy vigente durante los setenta y ochenta (para algunos sociólogos como Lewis Coser una “secta”), se ajustaría a esta perspectiva. La etnometodología pretende dar cuenta de las formas (“métodos”) que la gente común y corriente utiliza para definir las situaciones y solventar los inconvenientes que se les puedan presentar. La técnica etnometodológica consiste fundamentalmente en tomar nota de las descripciones (accounts) que la gente hace acerca de sus acciones y las situaciones en que se ven envueltos. Esta técnica se corresponde fielmente con uno de sus principales postulados teóricos que afirma que las situaciones sociales son tan frágiles que ameritan una definición continua por parte de los participantes. Volviendo al ejemplo. El etnometodólogo no nos daría una explicación sociológica de lo que está pasando, sino una explicación acerca de lo que el psicoanalista hace y dice que hace durante la sesión de análisis. Vería que la terapia se construye en términos de un conjunto de reglas ad hoc que permiten su desarrollo. La categorización, o diagnósticos de pacientes, hechos por el especialista, son las maneras de hacer el psicoanálisis, esto es, son la condición sine qua non para entablar la relación entre psicoanalista y psicoanalizado. Así, la nueva concepción del paciente no sería un cambio sustantivo en las personas de las últimas décadas, sino un cambio en el modo de entablar las relaciones en el marco de la terapia.
2) No hay duda de que aspectos interesantes pueden emerger de la primera posición, pero sólo permaneceríamos dentro de la sesión psicoanalítica. Una manera de salir de este contexto estaría en considerar las interacciones dentro de la sesión como parte de un proceso más amplio de la construcción social de la personalidad. Siguiendo a Michel Foucault, podríamos hacer dos lecturas. En primer lugar, observaríamos la cuestión en términos del intento del discurso psicoanalítico por definir y extender su poder sobre otros discursos competitivos del mercado terapéutico tales como la psiquiatría, la psicología conductista y otros nuevos que están apareciendo. En segundo lugar, y seguramente complementario al anterior, el tratamiento psicoanalítico puede ser considerado como parte de un amplio proceso de control social —una clase de ingeniería psicológica por medio de la cual es constituida la personalidad “socialmente deseable”. Esta última alternativa no se debe entender como control que es ejercido por alguien o algo determinado. Lo que Foucault afirma es, antes bien, que el psicoanálisis puede ser visto como un centro de poder más entre una multiplicidad de ellos, que a su vez estarían, y a menudo de modos contradictorios, envueltos en la constitución del control social por medio del disciplinamiento y la estructuración discursiva. De todo ello se desprende que el discurso psicoanalítico sería, en concordancia con otras instituciones, el creador de la nueva personalidad.
3) Si nos remitimos a las llamadas teorías posmodernistas, hay otra forma de interpretar el asunto. Para ellas el psicoanálisis está situado al borde de dos prácticas discursivas opuestas. La primera nos hablaría de individuos poseedores de un ser profundo, una moralidad y una integridad (el modelo clásico de Freud); la segunda, (el discurso propiamente posmoderno) nos diría que los individuos son superficiales y fragmentados. Ello nos orienta hacia dos concepciones diferentes de lo que entonces podríamos observar así como a dos concepciones de la función de la terapia. Opuesto al antiguo modelo freudiano de una personalidad integrada, y de la terapia como el ejercicio de restaurar la integración en momentos en que se haya perdido, nos dirigimos hacia una “personalidad” envuelta en un proceso constante de transformación y reinterpretación de sí misma, tal como un buen texto literario está abierto a muchas interpretaciones. En este sentido, la personalidad moderna, envuelta en una autointerpretación siempre inconclusa, permanece en la terapia disfrutando narcisísticamente la construcción de múltiples sentidos del sí mismo. Esta concepción del psicoanálisis es en cierto sentido afín con el diseño analógico entre el psicoanalista y el Shamán, elaborado por Claude Lévi-Strauss. Según el estructuralista francés, a ambos les concierne el que la gente encuentre categorías desde las que contar sus historias de una forma que “tengan sentido”. Ambos trabajan con estructuras dadoras de sentidos, sólo que dichas estructuras no son construidas por los sujetos sino más bien éstas los construyen a partir de un conjunto finito de relaciones categoriales posibles. Así, los mitos se construyen a sí mismos, tal como el psicoanálisis.
4) También se puede pensar la observación psicoanalítica del cambio estructural de carácter como un tipo de hecho social que se precisa explicarlo sociológicamente. Ésta perspectiva no excluye las que se han considerado hasta el momento, antes bien, agrega una dimensión más. Si partimos de las teorías de la acción se nos presentan dos posibilidades. La primera consistiría en observar qué es lo que acontece en términos de lo que Anthony Giddens denomina la desestructuración de las prácticas sociales. La sensación psicológica de vacuidad se explicaría a partir de las transformaciones del yo producidas por la a su vez acelerada transformación de las prácticas institucionales, constantemente racionalizadas y enrarecidas por el avance tecnológico (sobre todo el referido a las comunicaciones) y la desarticulación de los referentes espaciotemporales tradicionales debido a la proliferación de sistemas cada vez más abstractos. En esta situación, el soporte del yo se logra sólo por medio de la confirmación que obtengo cuando triunfo en el desempeño de mis roles, cada vez más plurales, inestables y conflictivos entre sí. El psicoanálisis —y, verdaderamente, las muchas otras formas de terapia que parecen florecientes en la actualidad— puede ser considerado como un intento para el reestructuración del yo y nuestras prácticas sociales. En alguna medida, la terapia es vista como adaptación del yo a las nuevas condiciones, pero también daría cuenta de cómo el yo se muta con dichos cambios en las estructuras sociales.
5) Podemos ver el cambio señalado como un producto de la evolución del sistema, un proceso de diferenciación y reintegración continua que tiene dos consecuencias. Primera, los valores advienen más generalizados, menos específicos, debido a la diferenciación sistémica que nos ubica en una multiplicidad de roles. Ello impulsaría la experiencia de vacuidad y la necesidad de reafirmación personal. Esta visión sería admisible desde enfoques como el de Parsons. En este contexto, el psicoanálisis se transforma en una forma de socialización de adultos incapaces de integrar la gran diversidad de roles y valores a partir de los insumos dados por la socialización primera. Nuevamente aquí aparece el psicoanálisis como un medio de control social.
6) Si queremos adherir una dimensión crítica también podríamos hacerlo al menos en dos sentidos, los cuales una vez más no son excluyentes entre sí. Sería posible observar el cambio como un resultado del incremento de la instrumentalización de la existencia humana, el triunfo de la acción instrumental sobre la moral, del hacer y tener sobre el ser. Habríamos, siguiendo a Weber, sucumbido en una jaula de hierro, o, haciendo la interpretación frankfurtiana construida desde ese gran clásico, caído presos de una razón instrumental absolutizada. El psicoanálisis podría entonces servir como develador de los aspectos disidentes de la personalidad que han sido reprimidos por la instrumentalización, y en este sentido sería una de las llaves teóricas para la transformación del mundo instrumentalizado. En un sentido habermasiano, podríamos hacer la lectura del cambio como una colonización del mundo de la vida por el sistema, en el que el psicoanálisis serviría como un antídoto que permitiría el desarrollo de una auténtica razón comunicativa.
7) También sería posible una explicación desde el análisis estructural marxista, no muy diferente del análisis de algunos posmodernos, en el que la transformación de la personalidad se apreciaría como el efecto de cambios en el nivel económico. Estaríamos en presencia de nuevos “sujetos” acordes con la existencia de las nuevas condiciones económicas. En lugar de un agente moral tendríamos un actor (performer) muy flexible. Un sujeto hecho a la medida de un sistema también muy flexible. De este modo, el modelo analógico dramatúrgico de Erving Goffman (Cfr. su clásico texto La presentación de la persona en la vida cotidiana, tr. de Hildegarde Flores y Flora Setaro, Amorrortu edits.) que considera a los actores sociales (performers) como “vendedores de apariencias”, enmascarados por naturaleza, sin “rostros auténticos”, sería un fiel retrato del “hombre” realmente existente en la sociedad de consumo post-industrial. Esta crítica, realizada por A. Gouldner en La crisis de la sociología occidental, pero con la intención de denunciar la falsedad de la exposición de Goffman, sería perfectamente aceptada por el estructuralista como la verdad de nuestros tiempos: el performer de Goffman sería el individuo creado por las estructuras del capitalismo tardío.

No nos hemos extendido en estas sinópticas interpretaciones, pero sin duda alguna ellas pueden ser profundizadas mucho más por quien quiera. Si bien diferentes no pensamos que sean excluyentes unas de otras, más bien nos ofrecen diversos aspectos del mundo social, aunque muchas veces en diferentes niveles de análisis y refiriéndose a diferentes relaciones entre los objetos de la sociedad. No creemos que estas perspectivas, como bien dice Ian Craib, puedan ser combinadas entre sí para producir una teoría general de la sociedad, algo así como una gran síntesis. Tal intento nos conduciría probablemente a alguna de las trampas tradicionales en la elaboración teórica de las ciencias sociales, y que este autor trabaja suficientemente en el texto arriba señalado.

Pero volviendo a la cuestión de la pluriparadigmaticidad, Craib afirma que al desplegar una gama de teorías diferentes, comprensiones diferentes, cambiamos nosotros mismos. A través de la comprensión cambia la persona que comprende, aunque no cambie necesariamente la situación comprendida. El cambio consiste en ser capaz de considerar más posibilidades y tolerar las diferencias, así como comprender su razón de ser. Y ello puede ser visto como un crecimiento, en el viejo y estereotipado sentido ilustrado de que “la educación amplia el universo mental”, que no por ser lugar común deja de tener un significado bien real. El poder mirar el mundo desde diferentes, y posiblemente incompatibles, puntos de vista, es una manera de aprender a pensar contra la actitud natural del sí mismo y a la par es un modo de abrirse ese sí mismo hacia la exterioridad. Ello guarda un gran paralelismo con los dificultosos procesos de integración personal que confrontan los individuos en el mundo moderno. Dificultosos por la experiencia de sostenerse sobre sentimientos contradictorios contenidos sobre el mismo objeto y persona —de amor y odio, de atracción y repulsión a la vez. En este sentido, al asumir la diversidad aprendemos a tolerar el pensamiento teórico que nos da razón y cuenta de asuntos que muchas veces nos negamos a saber. Por medio del pensamiento teórico comprendemos las ambigüedades y contradicciones reinantes en el mundo, y que se reflejan como contradicciones reinantes también entre las teorías. Esto se enlaza con la manera en que podríamos superar el sentimiento de vacío que hemos usado a lo largo del ejemplo interpretativo. Por el contrario, dice Craib, si la teoría se mal entiende puede llegar a convertirse fácilmente en una manera de prolongar la vacuidad.

Hasta aquí hemos hecho el esfuerzo de presentar las ideas escritas por Ian Craib sobre la utilidad de la diversidad teórica de las ciencias sociales. Compartimos su perspectiva sobre el asunto y pensamos que propone un interesante y muy original enfoque sobre los aportes existenciales del saber sobre lo social. Igualmente, si hemos hecho el esfuerzo por verterlas en las líneas que anteceden, es porque pensamos que ellas sirven a la vez para combatir el difundido prejuicio sobre la inutilidad de la teoría. Nuestros pasillos y cafetines universitarios se llenan con los ecos peyorativos que desprecian el quehacer teórico. Muchas veces ello encuentra su origen en las carencias pedagógicas de quienes somos profesores de teoría. En otras ocasiones el prejuicio se refuerza por la mercantilización progresiva del mundo de la vida. Por uno o por otro motivo aumenta la ceguera colectiva y olvidamos que la mirada que da sentido al mundo y a nosotros mismos es siempre una mirada impregnada de teorías, la mayoría de las veces inconscientes. Por eso, internarse en la teoría es internarse en un psicoanálisis colectivo, es volver consciente lo inconsciente y acceder a la posibilidad de mirarnos y construirnos de una manera que nos resulte más conveniente.
Javier B. Seoane C.
Caracas, enero de 2000
Publicado en el Suplemento Cultural de Últimas Noticias el 30 de Enero de 2000, No. 1653, pp. 1-2.

miércoles, 5 de septiembre de 2007

La moribunda del 99 (2000)

Quienes hoy dirigen las políticas del Estado han partido de la vieja tesis de que los cambios profundos de la vida social son posibles a través de fuertes modificaciones en las leyes positivas y las instituciones. Bajo la sombra de esa idea, sin duda premarxista, emprendieron lo que calificaron como un gobierno de transición y cuyo objetivo estratégico era (re)constituir el Estado de un modo más soberano y justo.

Durante todo el año que ha transcurrido de esta administración no hemos dudado de las buenas intenciones de los autoproclamados revolucionarios de la honestidad. De lo que sí hemos dudado, tanto antes como ahora, es de la claridad de sus ideas, la cual se manifiesta irreflexivamente en sus actitudes políticas y personales. Y es la profunda opacidad trasnochada de estos actores nuevos (?) la que difícilmente logrará conseguir luz alguna en el laberíntico túnel en que se encuentra el país.

Después de un año tenemos una nueva Constitución, alabada en muchos de sus aspectos por connotados personajes del mundo nacional e internacional. No obstante, pocos cambios sustantivos llegan a percibirse, por lo que la nueva está tan moribunda como antes estuvo la del 61. Pongamos un caso concreto de análisis: el artículo 67. Allí se dice, “Todos los ciudadanos y ciudadanas tienen el derecho de asociarse con fines políticos, mediante métodos democráticos de organización, funcionamiento y dirección. Sus organismos de dirección y sus candidatos o candidatas a cargos de elección popular serán seleccionados o seleccionadas en elecciones internas con la participación de sus integrantes.” (Resaltado nuestro). Sin duda, la introducción de este pasaje se justificaba por aquello de que los partidos tradicionales elegían sus candidatos autoritariamente (dedocráticamente) en clara contraposición a la voluntad democrática.

Pues bien, las prácticas de quienes hoy dirigen cupularmente la “alianza patriótica” de gobierno, que son los mismos redactores del pasaje anterior, siguen siendo tan poco democráticas como otrora eran las prácticas de la satanizada Acción Democrática. Don Luis, Corleone según Petkoff, una vez escuchado al Sumo Pontífice de la nueva religión bolivariana, escoge a dedo a aquellos niños que por su buen comportamiento merecen la gracia de ser postulados. ¿Qué ha cambiado? La cogollocracia sigue siendo el modo de proceder político en el país.

Se trata de un caso entre muchos otros. Abra Ud. la moribunda del 99 y seleccione al azar un artículo. Verá que la “nueva Era” no está comenzando con buen pie. Y entiéndase bien: Yo no apuesto al fracaso del gobierno; en este barco (¿Titanic?) estamos navegando todos. Por ello es importante que los “nuevos líderes” se percaten de una vez por todas que lo adeco no se confina a un esclerosado partido político, ya periódico de ayer. Antes, hay que reconocer que lo adeco es una cultura que está metida hasta los tuétanos de nuestras instituciones y hombres. Y como toda cultura resulta ser más resistente que el mejor acero.

Por eso, creemos que la “revolución bolivariana” necesita a su vez una revolución. Necesita mirarse a sí misma, descubrir su vieja cultura, su universo simbólico reproductor de nuestras miserias. Sólo así nos miraremos a nosotros mismos y comprenderemos cuan larga y profunda ha de ser nuestra transformación cultural.
Javier B. Seoane C.
Caracas, febrero de 2000
Publicado en El Nacional

Anomia (2000)

En nuestros tiempos se pone de relieve este concepto derivado de la tradición sociológica. El mismo lo había usado a finales del siglo pasado E. Durkheim para significar la pérdida de identidad del sujeto con lo establecido socialmente. Desde el punto de vista funcional, anomia refiere a un problema estructural según el cual los medios institucionalizados no se corresponden con los fines culturales, lo que ocasiona cierta disfuncionalidad entre lo que el individuo tiende a desear y las posibilidades que tiene de satisfacer su deseo. Es en este último sentido que usamos aquí el término.

Se dice que la sociedad venezolana es profundamente anómica, que vivimos tiempos de desintegración, donde la vida no vale nada. La cantidad de homicidios es un criterio de estatus para muchos jóvenes en los barrios del país, otros se entregan al narcotráfico y al consumo de drogas. Pero, vale la pena preguntarnos, ¿nacieron con esos criterios? ¿qué hace que una persona asesine a otra por un par de zapatos u otra cosa? O, en otra versión, ¿qué hace que un sujeto pugne por alcanzar un cargo público donde pueda adueñarse de los fondos públicos? ¿por qué hay una corrupción administrativa tan pronunciada?

De ser un país de base agraria, de ser una ciudad de techos rojos, hemos pasado en menos de cincuenta años a ser un país organizado a partir de las pautas culturales de la sociedad de consumo más avanzada. El venezolano promedio tiene como expectativas mantener un nivel de vida rodeado por la comodidad de los artefactos tecnológicos de avanzada, es, en pocas palabras, un fetichista de los artefactos. Con la autoestima disminuida (no se siente país, ni ciudadano, ni comunidad, ni hombre), con la evidencia de que su voluntad individual poco puede hacer por remediar la situación, con la capacidad de asombro anulada se entrega a la espiral del consumo buscando en el icono la vacía verdad de nuestros tiempos.

Para poder alcanzar su meta, según la cual ser equivale a tener, no dispone de medios que sean legales y “legítimos”, esto es, por medio de su sueldo como obrero o funcionario público, difícilmente pueda ponerse al día en la carrera tecnológica personalizada. No obstante, la propaganda lo bombardea día tras día hasta llevarlo a un estado de estupidez mimética. La salida a esta situación no pasa por regresar a los sólidos valores del pasado, ni por integrarnos incondicionalmente a los imperativos de la globalización económica, ni por proclamar una revolución bolivariana acartonada y de rimbombantes discursos eclécticos, por no decir epilépticos. Antes requerimos observarnos como cultura nosotros mismos. Para ello es menester emprender auténticos cambios en el nivel educativo, cambios cualitativos que nos vuelvan autocríticos y despierten nuestro tacto hacia el otro.
Javier B. Seoane C.
Caracas, febrero de 2000
Inédito

El votante y la democracia (2000)

En lo que sigue sólo pretendo tocar tres aspectos relativos a la motivación en el acto de votar. No aspiro ser exhaustivo ni dar cuenta de las diversas implicaciones que hay en el asunto. Tan sólo quiero poner tres puntos para la discusión.

1

Se aproxima el día de las elección presidencial y la correlación de fuerzas y la aceptación o rechazo de los candidatos no parece variar considerablemente. Los que hoy aparecen como derrotados afinan sus comandos de campaña, ya destartalados, y se preparan para quemar sus últimos cartuchos. Muchos de esos comandos, quizás por asesorías descontextualizadas, equivocan la estrategia. Observan el desenvolvimiento del candidato triunfante y procuran encontrar sus debilidades para atacarlas racionalmente. Pero, ¿es racional el comportamiento del elector promedio en Venezuela?

Un ejercicio de sociología electoral en Venezuela nos mostraría sin dificultades que la mayoría de los electores se conducen más afectiva que racionalmente. Y esto es tanto aquí como en gran cantidad de países occidentales. Las familias, los grupos de amigos, y finalmente gran parte de la comunidad, se hace solidaria a la hora de elegir al próximo Presidente. La sensación de pertenencia grupal se extiende al candidato y la votación se convierte en un ritual que une a los miembros de la Iglesia llamada “nación”. Así lo demuestran los estudios electorales realizados en Estados Unidos y algunos países latinoamericanos. Las estadísticas demuestran que los miembros de una familia votan en su mayoría por el mismo candidato. Se puede decir que hasta se trata de una cuestión de lealtad al grupo. Igual pasa con el resto de los grupos primarios. En Venezuela, de acuerdo a las circunstancias presentes, esta situación tiende a agudizarse. Por más que desde distintos flancos se ataca el “proyecto” del Presidente, bien sea por impropio o porque se desvió del mismo, la simpatía sigue estando con él. Igual pasa cuando se acusa al candidato por su supuesta irracionalidad, por su voluntad manifiesta de violar las leyes y de dividir al país en dos. De este modo, queremos resaltar que el acto de votar suele ser más catéxico que racional, en pocas palabras, es más pasional que elección ponderada y razonada de un ciudadano.

Esta catexia del voto la han comprendido muy bien quienes hoy marchan primeros en las encuestas electorales. Ellos han apelado a la solidaridad del “polo patriótico” contra el inventado “enemigo común” y hacen de la campaña una guerra. Sociológicamente, los efectos de una declaración de guerra son en la mayoría de los casos un aglutinante colectivo. La gente olvida momentáneamente su egoísmo y se enlaza en una causa común contra el Enemigo. Del otro lado están los antipatriotas (los malos), de éste los buenos, los verdaderos hijos de Bolívar. Este tipo de campaña ha sido efectiva en la misma medida en que el resto de los candidatos se han conducido de un modo similar a los electores, esto es, a partir de sus propios afectos y de anteponer sus intereses personales e inmediatos por encima de los que razonadamente marca la estrategia electoral, la cual parece indicar que lo más efectivo sería crear otro “polo” que haga frente al candidato que domina las preferencias.

Por lo tanto, no se necesita ser adivino para afirmar que poco les queda por hacer a los partidos que hoy luchan contra la corriente electoral. Ellos están fragmentados, no llegan a un acuerdo, su relación con los pocos partidarios es meramente clientelar (egoísta, nunca solidaria) y se han dejado imponer la agenda electoral desde hace mucho tiempo. Por si fuera poco, cuentan con el rechazo de una población diezmada por un sistema excluyente. En pocas palabras, la suerte está echada y unos afectos se imponen sobre otros.

Así, queremos criticar fuertemente la tesis de que el voto supone un acto de voluntad racional. No lo es en Estados Unidos ni en Europa occidental, y mucho menos aquí donde la cultura se inclina aún más hacia lo emocional.

2

Procuremos ahora avizorar que ánimos hay tras nuestros votantes. Ya se han realizado varios estudios sobre la motivación predominante en el voto de elecciones pasadas. Se ha dicho que la segunda elección de Carlos Andrés Pérez estuvo en concordancia con el imaginario colectivo de la “Venezuela Saudita”. Particularmente yo no tengo mayores dudas acerca de esa afirmación. Si recordamos que los primeros casos más sonados de corrupción administrativa se dieron durante su primera presidencia, si recordamos que se salvó por un voto de ser enjuiciado en el Congreso por el famoso “Sierra Nevada”, entonces es difícil presuponer que fue elegido por su condición de hombre probo. Más bien, todo parece indicar que el votante promedio creía, consciente o inconscientemente, que los “buenos tiempos” del consumo regresarían una vez que ese hiperquinético hombrecillo asumiera las riendas del país. Pienso que en esa elección lo moral se dejó de lado frente a la inclinación hedonista. Además, ¿acaso, en aquel momento, no se había sedimentado en el lenguaje popular de nuestro país aquello de que “los adecos robaban y dejaban robar”?

Fracasado el proyecto de retorno al sauditismo, y sumergida Venezuela en una supuesta cruzada moral contra el “malvado Pérez”, una vez acontecidos 27-F, 4-F y 27-N, los votantes volvieron a las urnas y en una elección muy reñida, y donde la abstención salió como verdadera triunfante, Rafael Caldera ganó las elecciones. Tras la imagen de Caldera estaba el Padre pacificador que anunciaba una “Carta de Intención con el Pueblo” para luchar contra las perversidades del F.M.I. Además, se esforzó por presentarse como hombre suprapartido y vendió bien la imagen en el mercado electoral. Al contrario de la elección de Pérez, aquí se elegía a un hombre de resaltantes características morales. Pero el gran Padre traicionó a sus hijos desposeídos aliándose con los chulos de siempre, con quienes firmó otra carta de intención con el F.M.I.

¿Qué imaginario predomina ahora en la mayoría de nuestros votantes? Tratemos de llegar al mismo por vía de la negación. La mayoría rechaza a los partidos tradicionales otrora dominantes, que son vistos como culpables de todos los males existentes. La mayoría rechaza aquellas imágenes que no logran posesionarse en la opinión pública como autoritarias, cuestión que está en correlación con la afirmación generalizada de que “aquí lo que hace falta es gobierno”. Por lo tanto, un primer punto está asociado con el predominio de figuras “independientes” y autoritarias. No en balde, según todos los sondeos de opinión, Chávez y Arias Cárdenas son quienes encabezan las preferencias. Finalmente, entre estos dos, el primero es el que tiene mayor aceptación, quizá porque es un hombre más afín al común de la gente que el otro, que es más común a la minoría económicamente privilegiada de la población. Estos supuestos nos llevan a concluir que gran parte de los electores se muestran contrarios al sistema, siendo su conducta más negativa que afirmativa, esto es, de lo que se trata es de derrumbar lo establecido aunque no se tenga bien claro qué es lo que se va a construir. Después de todo Chávez no ha ofrecido ni dado nada concreto más allá de una “nueva” constitución que, por cierto, parece tan moribunda como antes la del 61. No hay ofertas positivas sino negación, y el mercado electoral está dispuesto a comprar esa negación.

Detrás de esta descripción encontramos dos tesis que también quisiera aportar a la discusión: 1) la mayoría de la sociedad venezolana no se asume como responsable del porvenir sino que sigue pensando en que es un hombre dotado de cierto carácter el que puede y debe conducir las riendas del país (la vieja tesis del líder mesiánico y ahora con el añadido de vengador); y, en relación con esto último, 2) es falso que el llamado sistema democrático forme parte de la vida cultural del venezolano promedio.

3

Nos proponemos discutir esta última tesis, pues, por una parte, creemos que ella ilumina algo de lo oculto tras el voto; y, por la otra, nos deja entrever que tan falsos resultan ciertos cánticos sobre la bondad democrática de nuestra nación. Sin embargo, antes de entrar en este punto, dejo explícita mi inclinación por el régimen democrático, pero, sobre todas las cosas, por la vida democrática.

Es sobre esta distinción de la democracia como sistema y como mundo de vida en la que me sostendré en esta última parte de la exposición. Estoy convencido de que la democracia antes de hacerse sistema debe hacerse mundo de vida. Entiendo por mundo de vida a aquella concepción que todos tenemos acerca de qué es y de qué finalidad tiene nuestra existencia y relación con los demás y los objetos. Entiendo también que esta concepción no es una teoría entre otras, sino que es una teoría práctica y una práctica teórica a la vez. Con ello quiero decir que es una concepción fundamental sobre la que orientamos el sentido de nuestras acciones y comprendemos el accionar de los demás. Afirmo además que sin un mundo de vida no es posible convivir ni sobrevivir, puesto que es dicho mundo el que nos proporciona el mapa para ubicarnos en la vida social y en relación con la naturaleza. Es entonces un mundo moral y ético, a la vez que epistémico, pues desde él valoramos y desde él conocemos. En síntesis, este mundo constituye nuestro sentido común y nuestra cotidianidad. Establece un orden simbólico básico que es a su vez condición de posibilidad de cualquier otro orden.

Una vez caracterizada nuestra concepción, afirmo que el mundo de vida hegemónico en Venezuela no es democrático. Lo que quiero significar es que las actitudes manifiestas en la mayoría de nuestras relaciones sociales no son actitudes caracterizadas por la tolerancia hacia la pluralidad o por la búsqueda del consenso y el trabajo en equipo ante las diferencias y dificultades. Por el contrario, la actitud predominante es la autoritaria, entendiendo por ésta a aquella que se caracteriza por ser impositiva, arrogante y portadora de una verdad no sometible a discusión. Este tipo de relaciones cruzan todo el tejido social: desde la familia matriarcal predominante hasta la escuela, desde los grupos de pares hasta la empresa, desde los distintos niveles de gobierno hasta las relaciones de pareja.

Ahora bien, si el mundo de vida, si el modo cultural no es democrático, entonces el sistema político difícilmente será algo más que una parodia de democracia. Y de facto, no pretendo extenderme sobre algo que doy por supuesto y que a toda luz se manifiesta en “parlamentarios” cuya conciencia es puesta por el Partido y presidentes que terminan siendo perfectos soberbios. De hecho, usted los elige, pero en realidad lo que les da es una carta en blanco y firmada.

Llegados aquí se entenderá un poco más mi exposición. Lo que quiero mostrar es que el acto de votar no necesariamente es un acto democrático, y mucho menos lo es en nuestras condiciones culturales y socioeconómicas. Tampoco ha de entenderse el votar como ejercicio de una voluntad libre. Quizá podríamos hablar de libre arbitrio, esto es, de elección entre lo dado, pero no propiamente de libertad. Sé que muchos dirán que peco aquí de hegeliano, que la distinción hecha entre libre arbitrio y libertad es hegeliana, pero pienso que es viable para comunicarles que según mi punto de vista se elige para que otros elijan por nosotros, porque somos nosotros mismos como “sociedad civil” quienes no queremos asumir la responsabilidad sobre nuestras acciones como país. De ahí que nos dejamos llevar por el carisma y buscamos, consciente o inconscientemente, un padre duro que nos dirija.

Así, la situación que hoy vivimos no es culpa de Chávez, o del señor Arias Cárdenas, o de los puntofijistas, sino que ellos son nuestras criaturas, nuestra propia creación, y como tal, son el símbolo de nuestro estado como sociedad. Con ello, no quiero diluir las responsabilidades entre todos. Es obvio que las generaciones jóvenes, y aquellas que ya no lo son pero no han tenido cargos de dirección nacional, no son tan responsables como quienes han tenido la conducción del Estado durante el último medio siglo. Pero también es obvio que a todos nos toca, aunque sea en cuota mínima, ser parte creadora y reproductora de la miseria en que estamos sumergidos. Como se verá soy pesimista, pero también albergo la remota posibilidad de que podamos transformar esta situación aciaga. Para ello tendremos que asumir nuestra responsabilidad social y política. Tarea nada fácil si pensamos que el verdadero enemigo no está fuera de nosotros sino en cada uno de nosotros.
Javier B. Seoane C.
Caracas, marzo de 2000
Inédito

¿Democracia sin demócratas? (2000)

A comienzos del siglo XX John Dewey criticó el sistema democrático estadounidense, hecho curioso para aquellos que sostienen que en ese país se ha mostrado el paradigma auténtico de la democracia real y posible. A juicio de Dewey, en Estados Unidos se podía hablar de algo así como un sistema político de democracia representativa, pero nunca de una cultura democrática efectivamente existente, por lo que oponía “cultura” a “sistema”. La primera consiste en un universo simbólico que cobra existencia por y en las actitudes de las personas, es, en pocas palabras, un modo de vida; el segundo consiste en unas reglas de juego para la distribución social del poder político. Si la primera falta o es precaria, entonces el segundo será una organización burocrática con una buena fachada encubridora de una oligarquía de partidos o de un solo partido. Será una “democracia” sin demócratas. De modo que una auténtica democracia pasa necesariamente, según nuestro autor, por una cultura democrática desde donde emerja el sistema político. Por consiguiente, resulta pertinente aclarar un poco más aquello de “cultura democrática”.

Dewey piensa que esta cultura sólo es posible si se incorpora en la red de relaciones sociales que constituyen una sociedad determinada. Las relaciones se han de tornar dialógicas y prestas a reconocer los diferentes puntos de vista que los individuos pueden tener sobre el mundo y sus cuestiones, procurando resolver los problemas que se enfrenten sin atropellar a nadie. Tal actitud tiene que manifestarse en la amistad, la pareja, la familia, la escuela y cualquier otro tipo de relación humana. Sí, por el contrario, en estas relaciones institucionalizadas predominan formas autoritarias como el machismo o el magistrocentrismo, entonces no se puede hablar de una cultura democrática por más que la constitución política del sistema se jacte de decirlo. Tampoco tendrá nada de raro que sus dirigentes políticos terminen atropellando la crítica y el disenso en nombre de la tan mentada democracia. Hasta aquí lo esencial de la concepción de John Dewey.

Ahora bien, ¿qué puede hacer el gobernante con vocación democrática cuando la sociedad se torna autoritaria desde sus mismas bases? Obviamente cualquier respuesta tiene que dirigirse hacia alguna modalidad de trasformación cultural, cosa nada fácil. No obstante, el gobernante dispone de medios para emprender algunos cambios a mediano y largo plazo. Uno de ellos, sin duda centro privilegiado de la difusión de saberes y actitudes, es la educación escolar oficial. Desde allí puede llevar a cabo programas políticos de cambio en la formación de educadores y educandos, para hacer que unos y otros se vuelvan más tolerantes ante la crítica y cultiven un espíritu ciudadano de solidaridad social. Tal voluntad de cambio se puede manifestar en un primer momento en reformas en los curricula de la escuela básica y de los centros de formación docente, en los que se dé más espacio a una educación actitudinal en cultura cívica y democrática.

Estos cambios suponen una verdadera inversión (en el más amplio sentido de este término) en el campo educativo. Sólo a partir de ese esfuerzo es que será posible algún día superar la pseudodemocracia en una democracia con demócratas. Finalmente, cabe preguntarse, ¿nuestro gobierno está interesado en ayudar a construir esa sociedad democrática, o, por el contrario, su interés real consiste en legitimar una nueva oligarquía política a través del mercado electoral?
Javier B. Seoane C.
Caracas, mayo de 2000
Publicado en El Nacional

Requiem por la democracia electorera (2000)

Serias dudas me invaden acerca del éxito de la reforma del sistema electoral que se ha llevado a cabo. No sé si los venezolanos se hallen prestos para votar por él solo hecho de “eliminar” la incidencia partidocrática en el Consejo Nacional Electoral, o por el hecho de que la automatización del proceso electoral pueda lograr una mayor transparencia del mismo. Pienso en cambio que muchos de nosotros ni aun así estaríamos convencidos de que el voto es nuestra realización como ciudadanos.

¿Quién me garantiza que el nuevo gobierno electo va a respetar el compromiso programático adquirido durante la campaña electoral? Acaso no estamos cansados de los prácticamente incontables fraudes en esta materia: se nos ha ofrecido desde una computadora para cada escuela hasta una carta de intención con el “pueblo” venezolano que de plano rechazaba los programas económicos neoliberales. Y ya vemos donde estamos.

La reforma electoral es un paso importante para profundizar la democratización del sistema político, pero no el más importante. Antes está restarle al Estado el supremo poder que mantiene frente al individuo y que lo ahoga su condición ciudadana. Y aunque suene paradójico, quitarle poder al Estado frente al individuo debe ir paralelo a refortalecer institucionalmente al Estado.

Refortalecer institucionalmente al Estado es menester en la medida en que sigue siendo una institución capturada por pequeños grupos de interés. Nuestra historia del siglo veinte es la mejor prueba de ello: durante la primera mitad de este siglo eran los sectores de una joven oligarquía militar, asociados con el capital extranjero, quienes ostentaban la mayor cuota de poder en su organización; en la segunda mitad han sido las cúpulas de dos o tres partidos políticos asociados con sectores militares y algunos capitales privados quienes mantuvieron tal poder. En uno u otro caso han sido grupos minoritarios quienes se han adueñado del Estado venezolano, no permitiendo que éste adquiera un cuerpo propiamente orgánico por mediación de una sociedad civil establecida y robusta, ahogando cualquier posibilidad mínima de desarrollo de ésta.

El modelo de Estado capturado funcionó mientras los petrodólares afloraron para solventar cualquier situación riesgosa al establishment. Así, “a punta de realazos” se maquillaba la miseria social y cultural manifiesta. Pero, una vez que el modelo económico quebró, el modelo político establecido en el “pacto de punto fijo” también se derrumbó. No obstante, la lógica cultural del “puntofijismo” se sigue imponiendo en las “nuevas” élites políticas; y hasta puede decirse que ha cobrado mayor vigor.

Todo ello nos muestra que la verdadera transformación del país tendrá que comenzar por la lógica cultural dominante.
Javier B. Seoane C.
Caracas, marzo de 2000
Inédito

Oswald Spengler: La muerte del “Hombre” a comienzos del siglo XX (2000)

I

La tesis doctoral de Oswald Spengler (1880-1936) titulada Heraklitische. Studie über die energetischen grundgedanken seiner philosophie, presentada en 1904, es hoy considerada un clásico de la hermenéutica sobre los fragmentos de Heráclito. Sin embargo, en su tiempo Spengler no contó con la aceptación de los círculos intelectuales hegemónicos que lo consideraron precursor del nuevo cesarismo-militarista, cuestión por la cual sus escritos cayeron en un gran desprestigio. Autor también de Untergang des Abendlandes (La decadencia de occidente), obra de 1918, su trabajo más célebre, pensaba que las culturas tenían un estilo propio que se desarrollaba y culminaba para dar paso a nuevas formas sin posibilidad de transferencia. Su idea de historia no era ni progresista ni evolutiva sino cíclica, por lo que se oponía radicalmente a la matriz filosófica de la modernidad. Spengler no compartía con los ilustrados la confianza en la benevolencia de la razón y la ciencia como vehículos de progreso en el acontecer de una historia determinada por un sujeto trascendental; por ello, su compromiso con la episteme moderna, que dio vida a las concepciones liberal y socialista del mundo, era realmente nulo.

Oponerse a estos ideales en plena segunda revolución industrial era efectivamente correr el riesgo de ser catalogado como obscurantista, por decir lo menos. No en vano, el segundo Lukács escribía sobre este pensador alemán: “Más tarde, fue Spengler el modelo internacional de las concepciones irracionalistas en lo tocante a la filosofía de la historia, hasta llegar a Toynbee.” (Georg Lukács: El asalto a la razón, tr. de Wenceslao Roces, Grijalbo, 2ª edic., Barcelona, España, 1976, p. 14).

En el presente, cuando algunos han pretendido ser los primeros en postular la decadencia final de occidente, es menester releer a Spengler, tal como una vez lo hizo la teoría crítica de la sociedad de la Escuela de Frankfurt a través de Theodor W. Adorno: realizando una exégesis que permita rescatar lo históricamente aún válido de las proposiciones del autor y rechazando lo negativo de su obra, esto es, realizando lo que podríamos denominar una aufhebung metodológico-teórica. En este sentido, las líneas que siguen pretenden lograr un primer momento en tal itinerario. Más concretamente, nuestra intención es por ahora delinear la noción de sociedad que Spengler define desde los fragmentos de Heráclito, y luego criticarla por su carácter reificatorio. Para ello, seguimos la tesis doctoral, muy poco conocida en nuestro medio académico, que el autor alemán realizara sobre el filósofo efesio.

II

Spengler encuentra en Heráclito al primer filósofo social. (Oswald Spengler: Heráclito. Estudio sobre el pensamiento energético fundamental de su filosofía, tr. de A. de Mondolfo, Espasa-calpe, Buenos Aires, Argentina, 1947, p. 100) A diferencia de los monistas jónicos, Heráclito legó una filosofía preocupada por lo social y lo político que está contenida en los fragmentos que se han conservado y atribuido a su autoría. Así, según Spengler, el filósofo de Éfeso postula una concepción de la sociedad en sentido cosmológico, es decir, las leyes (en el sentido más amplio, griego, de este término) de la polis (sociedad) se rigen por la ley del propio cosmos.
[1] Al respecto, “Todas las creaciones de la cultura, del Estado, de la sociedad, de las costumbres, de las opiniones, son productos de la naturaleza; están sujetas a las mismas condiciones del ser como las otras, a la severa ley de que nada permanece y que todo se modifica.” (p. 127)

La sociología,
[2] tanto en Spengler como en Heráclito, queda supeditada a la cosmología.[3] Su fuente última de fundamentación epistemológica es metafísica. La distancia ontológica entre sociedad y naturaleza, típica del pensamiento burgués en ascenso, de un Rousseau, desaparece ante la reducción de la primera a la segunda. Más bien se asume una posición prototípica del pensamiento aristocrático tradicional, aunque también de una burguesía ya segura en el poder: el mundo social constituido ha de considerarse tan positivo como el natural. Spengler se apoya en el conocido fragmento 114 de Heráclito: “Es menester que los que hablen con inteligencia se apoyen firmemente en lo que es común a todos, así como una ciudad es la ley, y mucho más fuertemente. Pues todas las leyes humanas son alimentadas por la única ley divina; ésta pues, impera tanto cuanto quiere, y basta a todas las cosas y les es superior.”[4]

De este modo, según Spengler, si queremos conocer la filosofía heraclítea es necesario remontarnos primeramente a la cosmología en búsqueda de la ley divina, aquella que es rectora de todas las demás.

III

Spengler consideraba que los modernos más cercanos a Heráclito eran los partidarios de la teoría energética, en particular Ernst Mach (1838-1916) y Wilhelm Ostwald (1853-1932). (pp. 88 y 108) Sólo la energética podía establecer un puente de comunicación con el presocrático al postular que no era necesario un sujeto portador material de la energía. (p. 108) Igualmente, la relación que establece el pensador alemán con los físicos de la energía y el presocrático marca su misma visión cosmológica llevada a la vida social. Así, lo que él encuentra en su interpretación de Heráclito y de los físicos modernos, es lo que él mismo defiende como concepción sociológica, vale decir, cosmológica.
[5]

Los vasos comunicantes que encuentra Spengler entre los unos y el otro —desafiando (vale decir contradiciendo) su propio principio ya esbozado según el cual culturas diferentes (la jónica-griega antigua y la moderna) son incomunicables e inconmensurables entre sí—
[6] son básicamente dos, a saber, la filosofía heraclítea es la filosofía de un acontecer puro, sin sustancia, y, los opuestos se encuentran en tensión armónica.

El acontecer puro, que no admite una representación sustancial, es un planteamiento polemizante con toda la tradición hermenéutica sobre Heráclito iniciada por Aristóteles. El Estagirita atribuye al presocrático el haber propuesto el fuego como arjé, esto es, como principio fundador y rector del cosmos.
[7] Al negar esta posibilidad se niega también que el efesio haya sido un continuador de los primeros monistas jónicos (sobre todo Tales y Anaxímenes) así como se niega la presencia de una concepción estática del cosmos (contraria a la predominante en la cultura griega de la antigüedad) y por ende de la sociedad misma (que parecía ser más bien la apropiada a un alto jerarca de la aristocracia de Éfeso como efectivamente lo era Heráclito). En resumen, según Spengler, lo único constante en el cosmos para Heráclito es la ley (forma) del movimiento que en tanto armonía de opuestos es ritmo.[8] Lo único permanente es que todo está sometido al cambio. Por último, Spengler argumenta que la filosofía de Heráclito es antisustancialista puesto que subyace a su epistemología un profundo escepticismo sensorial semejante al cartesiano.[9]

Afirma Spengler que si Heráclito resulta confuso en cuanto a la carencia de una ontología sustancial ello se debe a lo arcaico del lenguaje filosófico de la época antigua. (pp. 91, 107 y 148-149) Alega que energía es un concepto moderno, desconocido a la cultura griega. (pp. 107 y 109) Por consiguiente, Spengler cierra la relación entre los físicos modernos y el efesio estableciendo que la única diferencia entre los unos y el otro radica en la representación de la energía como tal.
[10]

El otro punto en que la teoría energética se asemeja a la filosofía de Heráclito es, siguiendo a Spengler, la doctrina de los opuestos y su relación armónica: La desigualdad en el cosmos es principio de su existencia. (pp. 112-113) El cosmos se rige por la ley del movimiento eterno. “Todo fluye” contiene la concepción heraclítea del cosmos. (pp. 91, 105, 137, 143 y 156) Este fluir es devenir eterno en tanto que armonía de opuestos. Negar la eternidad cósmica sería pensar el cese de la armonía, la imposición final de un opuesto sobre otro y el final del principio cosmogónico de la desigualdad. (pp. 137 y 156) No hay conflagración final posible.

La cosmogonía heraclítea según la hermenéutica spengleriana, establece diáfanamente la no-perdurabilidad del ser: nada permanece, “todo fluye”, lo que es deja de ser en la sucesión eterna. (pp. 137 y 156) El ser está sometido al devenir que lo convierte en no ser. La identidad de opuestos es sólo aparente,
[11] la armonía oculta es sucesión incesante de opuestos. (p. 130)

El intérprete alemán concluye tratando de hacernos ver la semejanza entre la doctrina heraclítea de los opuestos y la ley energética de Helm: “Esta representación según la cual la actividad en el espacio (es decir el aumento y la disminución de tensiones contrapuestas) se verifica de manera que incesantemente hay una tendencia a la paridad, es conocida por la energética como la ley de Helm. Toda forma de energía tiene la tendencia a trasladarse de los puntos denode se encuentra con mayor intensidad a los puntos donde se encuentra con menos intensidad.” (pp. 113-114)

Y recordando que la ley divina (logos) es medida y armonía en la lucha (guerra) de los opuestos, terminamos de establecer la paridad hermenéutica entre la propuesta energética y la de Heráclito: al postular la primera la sucesión de opuestos en relación a su intensidad así como el segundo planteó que este cosmos es fuego que se enciende y apaga medidamente (conforme a su fragmento 30).

IV

Considerada grosso modo la cosmología heraclítea —según Spengler— y, habiendo establecido que las leyes de los hombres son copias de la ley divina (logos), sólo quedaría transferir la cosmología a la sociología. No obstante, no queremos dar este paso sin antes matizarlo con el excelente estudio que realiza Spengler sobre la influencia de los valores supremos helénicos en la “obra” de Heráclito, valores que el propio Spengler parece defender para nuestro tiempo.

La concepción de la fatalidad es decisiva en la filosofía griega. Tal fatalidad se considera inexorable: “En esta fe hallaba su expresión la secreta certidumbre de que al fin hay algo que determina el curso de los acontecimientos, que no tiene nada de humano, que no tiene alma, que no es determinado por ninguna voluntad, ningún intelecto, ningún sentimiento, y que no es accesible a ningún ruego; es la misma fe que en la filosofía se transforma en un conocimiento de la necesidad de la ley universal, sin excepción.” (p. 142). La vida humana es dependiente de la ley que rige a todo el cosmos. Nada pueden los hombres ante el devenir inevitable. El hombre sólo es objeto de tal historia, nunca sujeto: “En realidad no es posible hacerse un mejor concepto de la ley que domina al cosmos que eligiendo, por ejemplo, como comparación, el destino que domina la vida de Edipo. Invisible e inevitable, está presente en silencio, y resulta por eso más impresionante.” (p. 154)

La individualidad queda subordinada al destino del cosmos. Y tal destino es lucha eterna entre opuestos, lucha armoniosa desde el mismo momento en que ninguno puede lograr imponerse en última instancia. Así, expone Spengler, “El concepto de una lucha que dura desde la eternidad y que no terminará nunca, que forma el contenido de la vida en el cosmos, en que reina una ley imperativa, manteniendo una igualdad armónica, es una alta creación del arte griego, al que este pensador estaba mucho más cerca que a la verdadera indagación de la naturaleza.” (p. 156).

De acuerdo con esta imagen, en el pensamiento de Heráclito la sociedad ha de entenderse como un discurrir perpetuo cuyo motor radica en la lucha de opuestos. Sin duda, está aquí el comienzo de una concepción dialéctica de la historia, en cuyo desarrollo quizá sea Marx su máximo exponente. Nada está realmente en reposo, “todo fluye” a través de la perpetua oposición.

“Hay que saber:
que la guerra es común,
que la discordia es justicia,
y que todo acontece por discordia y necesidad.”
(Heráclito: fragmento 80 (según Diels). Tomado de la traducción de Marcovich: Op. cit., p. 48).


Lucha eterna y tan justa como necesaria (¿lucha de clases? ¿lucha entre pueblos? ¿lucha entre géneros?) que niega la posibilidad de un estadio final de la historia. Sin duda, esta última negación de una concepción teleológica es lo que separa las filosofías de la historia de Spengler-Heráclito y Marx. La dialéctica no concluye positivamente. Es, en el léxico de Adorno, una dialéctica negativa, una dialéctica sin reconciliación definitiva. Pero a diferencia de Adorno es una dialéctica sin sujeto humano, sin hombres. Afirma Spengler, “Por esa visión de la gran necesidad de la lucha, no solamente como fenómeno natural, sino ante todo en la historia misma, se comprende el reproche (de Heráclito) contra Homero.” (p. 136. El paréntesis en el texto es nuestro).

El momento final de La Odisea, en donde se increpa por el cese de la guerra y el advenimiento de la paz, vale decir, por la reconciliación definitiva, es para el intérprete alemán el centro del rechazo heraclíteo al relato homérico. La paz es negación del cosmos, es muerte, mientras que obviamente la vida es lucha. (Spengler invita a cotejar su interpretación de la necesidad de la guerra a partir de los fragmentos 8, 24, 52, 53 y 80 del presocrático). Spengler va incluso más allá y nos dice que además de valor estético la guerra es también justicia. (pp. 135 y 143) Y cita el fragmento 102 del efesio para afirmar que aunque los mortales la consideren injusticia es realmente justicia divina, y por tanto máxima.

Spengler encuentra en Heráclito una tónica pesimista de la historia. Dice que su concepción es la de un aristócrata que distingue claramente entre el que manda y los que obedecen en tiempos de la ascensión de la democracia en el mundo griego. (pp. 17 y 29. Igualmente señala como base de su interpretación los fragmentos 2, 13, 17, 29, 49 y 104 del efesio). Por ello, basándose en Teofrasto, el hermenéuta alemán afirma que esa es la razón de que el efesio abandonase su polis y se fuera a vivir en la montaña. (p. 96) No cabe duda de que tal imagen agradaba a Spengler, quien era lector apasionado del übermensch de Nietzsche.

La concepción política de la sociedad, la de Heráclito según Spengler, pero nos atrevemos a asegurar que la de ambos, es una concepción elitista, aristocrática, distanciada de lo popular (Cf., p. 103) y en la que sólo la ley divina (?) debe imperar e imponer su poder. El actor humano es vaciado de cualquier carácter activo, por el contrario, es reducido a ser objeto del gobierno único de la ley divina. No hay razón ordenadora de la historia que resida y tenga su origen en el hombre mismo, éste sólo puede ser espectador y víctima de la armónica lucha de opuestos en su eterno retorno (Nietzsche): “La ley del eterno retorno es la misma, en gran escala, de lo que es, en pequeña escala, el cambio de la vida a la muerte, el derrumbe de Estados, costumbres, condiciones culturales. Por esto Heráclito llama el logos (fragmento 2) y el polemos (guerra) (fragmento 80), lo común, lo único sabio (fragmento 32). Aquí hay que recordar otra vez la armonía, que está fundada sobre la premisa de un igual ritmo en todos los acontecimientos. De esta hipótesis, que contiene una regla general de todo lo acontecer contemporáneo y sucesivo, sigue la congruencia de todas las leyes físicas, sociales y otras, y al mismo tiempo su necesidad y su consecuencia.” (pp. 153-154). Spengler ha llevado a Heráclito a su propia concepción fatalista del mundo social e histórico.

V

Esbozamos a continuación algunas consideraciones sobre la hermenéutica spengleriana de Heráclito. Así, tenemos que,

a) Spengler ha interpretado los fragmentos de Heráclito ubicando su cosmogonía como eje central. Afirma que la historia humana se resuelve en el marco de esa cosmogonía, esto es, toda historia queda supeditada a ella, no a los hombres. De la misma forma ha observado en la física energética una posibilidad de partir para articular una filosofía de la historia que igualmente le niegue a los hombres un papel protagónico. No obstante, su hermenéutica cae en lo que él ha considerado como un error de los hermeneutas anteriores: la extrapolación entre marcos culturales que él considera inconmensurables. En el fondo, lo que busca es antecesores de su visión cíclica y fatalista de la historia, sistematizada en La decadencia de occidente pero ya presente en su temprano Heráclito, así como su visión aristocrática de la sociedad y la política. Piensa encontrar en el filósofo presocrático a uno de ellos y violenta de esta manera su propio principio de incomunicabilidad e intransferencia entre estilos culturales disímiles.
b) Spengler ha negado la posibilidad de una concepción teleológica progresiva de la historia en el presocrático. Así, establece que Heráclito defiende una concepción cíclica de la historia, esto es, la historia se repite sólo que con una combinatoria diferente de elementos. No obstante, de la consulta de los fragmentos conservados y atribuidos a Heráclito es prácticamente imposible llegar a tal conclusión, por lo que parece que estamos en presencia de un ejercicio violento de la hermenéutica. Es preciso no olvidar que lo que tenemos de Heráclito son sólo fragmentos que le han sido atribuidos.
c) Ligado a esto último, es menester decir que Spengler usa a Heráclito, pero también abusa de él. Observa en el ataque del efesio a Homero una defensa de la guerra como justicia, pero esto tampoco sale de una lectura atenta de los fragmentos.

En síntesis, podemos abandonar con estas conclusiones parciales el camino de la hermenéutica spengleriana sobre el efesio y asumir que es más lo que hay del mismo Spengler que lo que hay de Heráclito en el trabajo interpretativo del alemán.

VI

Para Spengler, la historia no es el producto de la Razón y, aunque es lucha de opuestos —como afirmaban Hegel y Marx— no es posible reconciliación alguna. Tampoco es la historia Progreso, sino, cúmulo de culturas (estilos) que cumplen un ciclo y desaparecen inexorablemente. El tiempo histórico carece de linealidad. La Razón, como redentora de la historia, es negada por quien sin duda rechaza los ideales de la modernidad y cualquier atisbo de ella. Igualmente hemos visto que su concepción sociológica apuntala la “excelencia de las élites” y el sometimiento de las masas a éstas. Por consiguiente, en el plano político Spengler es un radical opositor de las democracias modernas y fácilmente apunta hacia una idea militarista del Estado, aunque ello no garantiza detener el ciclo vital de las culturas. En pocas palabras, es un naturalista relativista que rechaza categóricamente la visión moderna del mundo. En palabras de José Ferrater Mora, “Influido sobre todo, según propia confesión, por Nietzsche y Goethe; seguidor de las corrientes irracionalistas, biologistas, pragmatistas y naturalistas, Spengler concibió la historia o, mejor dicho, las diferentes culturas en ella insertadas, como organismos biológicos, sometidos por propio desgaste interno a una consunción y decadencia.” (Diccionario de filosofía, Ariel, Barcelona, España, 1994, p. 3356).

Es sin duda Spengler un hombre de su época. Ya en la Alemania de 1904 se vislumbraba como ineludible el advenimiento del conflicto imperialista. La guerra era la posibilidad que tenía una nación de fuerte tradición militar de imponerse en la descarnada lucha económica mundial. Tal conflicto lo consideraba justo, aunque no había promesa de reconciliación definitiva. Al final sucumbiría todo por la fuerza del destino. De esta manera, aferrándose a fuerzas cosmológicas que cobran su expresión en la lucha biológica, Spengler niega la voluntad y la libertad humanas, y con ellas la razón, tal como hoy muchos conservadores se disfrazan en discursos apocalípticos y vitorean la llegada del caos y la indeterminación como una verdadera revolución.

Spengler no se equivoca del todo cuando concibe la historia como ciclo. Sin duda, Spengler vuelve a repetirse hoy en quienes reniegan cualquier concepción de sujeto, libertad y razón humanas. Al hacerlo, ellos forman parte de la reificación globalizante que excluye a la mayoría olvidada de la tierra, que le niega el derecho a la vida a quienes no resultan competitivos en la guerra del mercado. Se trata una vez más de un sistema sin hombres, con una lógica propia e inexorable; es la “nueva” cosmología cibernética.
[1] Es importante aclarar que el término “cosmos” del griego antiguo no es simétrico con nuestro moderno “universo”. Para el griego antiguo, el cosmos era un orden perfecto, estático e infinitamente bello. De ahí que también se emparenta con nuestro término “cosmética”. Por otro lado, el “cosmos” en tanto que orden se regía por una ley. Parte de los intentos de la filosofía antigua era develar esa ley, no para dominar el cosmos (como lo podría pensar la racionalidad instrumental moderna) sino para contemplarlo en su perfecta armonía. Hemos de entender entonces que cuando Spengler afirma que para Heráclito el cosmos social era parte integrante del cosmos total asumía entonces la vida social y su constitución como naturales, lo que remite, como veremos más adelante, a una concepción naturalista de un determinado ordenamiento social y político.
[2] Cuando usamos el término “sociología” no lo hacemos dentro de la nomenclatura positivista derivada de la clasificación decimonónica del conocimiento científico. Por el contrario, usamos el término sociología en una acepción muy amplia, semejante a teoría de la sociedad, esto es, como disciplina que estudia y procura explicar los fundamentos ónticos e históricos de la vida social humana.
[3] Esta afirmación spengleriana sobre el pensamiento social de Heráclito es compartida por otros estudiosos serios de la obra del último. Así, W. Jaeger y T. Gomperz la comparten, según afirma Rodolfo Mondolfo en el “estudio previo” a la obra citada de Spengler (pp. 15-17 y 40). Cfr. también Luis Farré: Parménides-Heráclito. Fragmentos, tr. del mismo Farré, Orbis, Barcelona, España, 1983, p. 179; y, Miroslav Marcovich: Heraclitus. Texto griego y versión castellana, Editio Minor, Talleres Gráficos Universitarios, Mérida, Venezuela, 1968, p. 39. Este último autor afirma que en Heráclito el logos universal equivale a la ley divina, la cual rige todas las leyes relativas a lo humano.
[4] Fragmento de Heráclito traducido directamente del griego. Valga otra traducción para cotejar: “Aquellos que hablan con entendimiento deben adherirse firmemente a lo que es común a todos, como la ciudad se adhiere firmemente a sus leyes, y aún con más vigor. Pues todas las leyes humanas se alimentan de una, la divina; ésta manda cuando quiere, basta a todos y los supera.” (Luis Farré: Op. cit., p. 245). En Marcovich, Op. cit., es el fragmento 23, que contiene el 2 y el 114 según la clasificación canónica de Diels, y dice así:

“Los que pretenden hablar (y obrar) con cordura
han de basarse en lo que es común a todos (los ciudadanos),
lo mismo que una ciudad-estado, en su ley (constitución),
y aún mucho más firmemente.

5 (Porque todas las leyes humanas
aliméntanse de una sola Ley, la divina;
pues ésta extiende su poderío tan lejos como quiere,
y basta a todas (las leyes humanas),
y aún sobra).

10 Por consiguiente, uno debe seguir lo que es común.
Y sin embargo, aunque el Logos es común,
viven los más cual si poseyeran una sabiduría (o norma ético-religiosa) particular.”
(pp. 40-41)

Destacamos que Spengler en su traducción dice: “…así como una ciudad es la ley…”, (negrillas nuestras) lo que resuena más autoritario que lo traducido por Farré y Marcovich, quienes le dan a la ciudad el carácter de ser ley y no ciudad gobernada por una ley. No obstante, siendo el texto que tenemos de Spengler una traducción del original alemán al español, y no teniendo a nuestra disposición el primero, queda pendiente cotejar la traducción que se hace de Spengler.
[5] Sin duda aquí entra en juego un problema hermenéutico: lo que observa Spengler en estos autores es lo que quiere observar. Empero, como este artículo no está encaminado a la cuestión hermenéutica de Spengler en sí misma, nos contentamos por el momento con sólo enunciar la cuestión.
[6] Después de todo la contradicción ya está presente cuando el propio Spengler pretende interpretar (comunicar) los textos de Heráclito.
[7] Contemporáneamente la polémica sobre el estatus filosófico del fuego en el pensamiento de Heráclito ha continuado. Según Rodolfo Mondolfo, T. Gomperz y J. Burnet le otorgaron estatus de arjé. (R. Mondolfo: Op. cit., pp. 15 y 21-22 respectivamente) También M. Marcovich considera al fuego en Heráclito como “la sustancia fundamental”, es decir, equivale a arjé. (M. Marcovich: Op. cit., p. 73) Por el lado opuesto, Mondolfo menciona a K. Reinhardt; W. Jaeger; G. de Ruggiero y O. Gigon. (pp. 25-26, 39, 47 y 53 respectivamente) y Farré comparte igualmente el que el fuego sea en Heráclito sustancia. (Farré: Op. cit., p. 126).
[8] Sin duda, llegados a este punto el pensador alemán parece cometer una violencia hermenéutica en la fragmentaria obra conservada del efesio, pues termina por hacer equivalentes diferentes términos empleados en dichos fragmentos como lo son: ley divina equivale a ley de movimiento y éste a logos; éste último equivale a inteligencia y nomos (ley de la polis) que es igualmente armonía y justicia (diké). Todos estos términos significan entonces ley de movimiento. A nuestro entender tal pretensión es sumamente reduccionista y simplificadora de una obra que por su característica fragmentación es en sí misma compleja. Todo parece indicar que Spengler lleva a Heráclito a la fuerza a donde el quiere. Justifica de este modo a través de otros autores el supuesto del cual desea partir para fundar su cosmología propia.
[9] Spengler reafirma el pretendido escepticismo sensorial heraclíteo apelando a los fragmentos 21, 54, 67 y 123 (según Diels), los cuales tratan de la naturaleza oculta y de una dimensión cognoscitiva distinta de la sensorial-fenoménica.
[10] Op. cit., p. 114. Una vez más estamos en presencia de contradicciones en la obra de Spengler, ya no sólo por lo referido anteriormente, sino también por asumir que el lenguaje de Heráclíto es arcaico (concepto que remite a una idea evolucionista) y no más bien propio de su cultura.
[11] Además del fragmento 12a sumamente usado para demostrar la concepción relativista del ser heraclíteo, Spengler menciona el fragmento 126. Mientras que los fragmentos que tienden hacia la identidad de los opuestos (51, 58 y 88) los atribuye a la armonía aparente y no a la dimensión esencial. De esta forma Spengler reafirma que los opuestos son sucesivos y por eso lo que es se transforma en no-ser.
Javier B. Seoane C.
Caracas, febrero de 2000
Publicado en el Suplemento Cultural de Últimas Noticias

martes, 4 de septiembre de 2007

Democracia y educación en y para la Venezuela de la primera década del siglo XXI (

Antes de comenzar, preciso decir que las siguientes líneas tienen por objetivo ofrecer una visión panorámica de la relación entre educación y democracia desde la eticidad predominante en Venezuela, por lo que no nos concentraremos en algún aspecto determinado de esta relación. En este sentido, ofrecemos una sinópsis con todos los defectos y las virtudes que ello supone: seremos superficiales en muchos temas, mas ofreceremos una visión de conjunto y esperemos que sugerente sobre cultura, educación y democracia en Venezuela. Sin más preámbulos iniciemos esta travesía.

Democracia y educación resulta una relación lo suficientemente amplia como para dedicarle varias vidas de estudio. Pensadores relevantes como John Dewey consagraron su trabajo a dicha relación. Si a ello agregamos la problemática política y cultural venezolana, la cuestión pueda dar para mucho más aún. Mas la gerencia del tiempo propia de estos encuentros nos obligan a la brevedad, y para que la brevedad sea provechosa es preciso concretar lo más posible un nudo problemático. Por tal razón, y siempre tomando en cuenta la enseñanza de Marx de que lo concreto es la síntesis de múltiples determinaciones, así como la enseñanza de Weber de que todo fenómeno social es producto de la atribución de múltiples causas, imposibles de abordar exhaustivamente por entendimiento humano alguno, queremos circunscribirnos al desafío que el ethos cultural del venezolano de hoy presenta a una educación efectivamente democrática. Para tal propósito, seguiremos el siguiente trayecto: 1) consideraciones generales sobre democracia y educación; 2) consideraciones generales sobre el ethos cultural del venezolano; y, 3) conclusiones sobre el desafío de este ethos a una educación democrática idealmente esbozada.

Consideraciones generales sobre democracia y educación

Proponemos las siguientes consideraciones generales sobre democracia y educación:

1.) Sobre la democracia caben muchas representaciones tanto culturales como epocales, pero sea cual sea, los discursos democráticos suponen una serie de supuestos epistemológicos, antropológicos y éticos muy relevantes.
2.) Todo sistema democrático procedimental supone como soporte para su sustentabilidad un ethos democrático por parte de los participantes en el sistema.
3.) Todo ethos democrático supone la constitución de una subjetividad que a su vez lo soporte, siendo la constitución de tal subjetividad una de las misiones de las instituciones educativas, especialmente las escolares en las sociedades modernas.


Los antiguos atenienses mantuvieron durante varias décadas un sistema político democrático conjuntamente con un modo de producción esclavista. Los ciudadanos atenienses, se cuenta, eran hombres libres que solían tomar decisiones públicas de un modo participativo y activo en el ágora, mientras que a la par eran propietarios de esclavos. Algo semejante ocurría en la Roma republicana, hasta que el Imperio fue suprimiendo sucesivamente los poderes del Senado. Obviamente, ni antiguos atenienses ni antiguos romanos consideraban a los esclavos semejantes suyos. La noción de humanidad, siempre cultural, se reducía a unos pocos entre quienes no cabían ni esclavos, ni mujeres, ni niños, ni extranjeros, etc. El mundo político moderno que emerge desde las revoluciones burguesas de Inglaterra, Estados Unidos y Francia se manejará progresivamente con una noción antropológica mucho más amplia. Empero, la complejidad social, la especialización técnica, la concentración y densidad demográfica propia desde las revoluciones urbana e industrial, vuelven a las democracias modernas menos directas, más representativas y más sometidas a los imperativos de la administración burocrática. En contraposición a ello, hoy se habla de diversos modelos, menos representativos y más directos y protagónicos, menos formalistas y más sustantivos, pues, se entiende que el problema de las libertades marcha en concordancia con la disponibilidad de recursos, de capitales económico, humano, cultural, político, social, etc. Por ejemplo, Ronald Dworkin lleva a cabo una interesante síntesis de la justicia como igualdad de recursos desde el liberalismo. En una visión más extrema de la cosa podríamos encontrar a los esposos Friedmann o quizás a un von Hayek, y por qué no a un Nozick o a un Buchanan; o del otro lado a comunitaristas que defienden la democracia desde las tradiciones culturales concretas, tales como Charles Taylor o Alasdair McIntyre.

Pero evitemos la lúdica petulancia de los intelectuales en torno al fetichismo de los nombres de autor. La hermenéutica contemporánea nos reclama más bien que nos centremos en la interpretación de las tesis más que en la autoritas. Y conforme a este deber hermenéutico, afirmamos que todo pensar y discurrir democráticos arranca de una serie de supuestos que, a nuestro entender, resultan inherentes e irrenunciables a cualquier representación democrática. Esto es, desde ellos obtenemos criterios para juzgar que tan democrático puede resultar una propuesta política dada. Tales supuestos son muchos, pero, de acuerdo con la gerencia del tiempo, nos circunscribiremos a tres planos: epistemológico, antropológico y ético.

En el plano epistemológico manejamos la cuestión del sujeto que conoce y las atribuciones del valor de la verdad. Se trata de cómo se presentan los dicursos y sus subjetividades. Al respecto, cabe decir que todo discurso efectivamente democrático niega de plano las concepciones totalitarias y realistas de la verdad. Por ejemplo, los esencialismos como el de Sócrates-Platón, conforme al cual la Verdad de las cosas es eterna, única, inmutable y poseída por los más sabios, quienes siendo dueños de la misma están destinados a gobernar. Aquí, como diría Sartre, la esencia precede a la existencia, estando todo definido de antemano. También el positivismo clásico y el positivismo lógico posterior caen en una lógica similar. Su concepción de la verdad remite a la correspondencia entre lo enunciado y el enunciado. Según Comte, el conocimiento debe abandonar la disolvente imaginación y someterse metódicamente a la descripción de los hechos de la realidad. El lenguaje protocolar debe entonces contentarse con describir la realidad, reflejándola tal cual es, pues, por decirlo de modo coloquial, los hechos hablan por sí mismos. El positivismo lógico llevó a término este programa y cayó en aberraciones como las de Otto Neurath, para quien todo enunciado científico debía presentarse en términos fisicalistas, o como las del primer Ludwig Wittgenstein, para quien los lenguajes éticos, estéticos o políticos carecen de sentido por carecer de referentes observacionales. Para el positivismo, la realidad habla, no es hablada por nosotros, por ello cae en el totalitarismo veritativo de los esencialistas. Finalmente, también se puede ejemplificar la antidemocracia epistémica con Marx y Engels, quienes en sus tempranas obras distinguen entre ideología o conciencia falsa y ciencia o conciencia verdadera. Esta última es aquella que no falsea la realidad por sus compromisos particularistas y reducidos de clase, sino que por el contrario accede al conocimiento de la totalidad. Como diría el primer Lukács, "la totalidad" es la categoría por excelencia del marxismo. Así, el marxista, comprometido con los oprimidos, se ha sentido a lo largo de su historia dueño de la verdad y con autoridad para descalificar a sus adversarios por ideólogos pequeño burgueses.

Frente a estos ejemplos de epistemologías totalitarias, realistas, en la antigüedad ateniense los sofistas, despreciados por la aristócrata filosofía canónica, representaban una visión hermenéutica y democrática del saber y la verdad. Si aceptamos la célebre frase atribuida a Protágoras, "el hombre es la medida de todas las cosas, de las que son y de las que no son", entonces nadie puede asumirse como dueño de la verdad. Por el contrario, se diría que hay verdades en plural y, en tal sentido, el terreno de la elección humana no sería el epistemológico, sino más bien el ético, el político o el estético. Menester es decir entonces que nuestra versión de la realidad es sólo una versión, una interpretación, cuyo soporte es un sistema de crédito (William James), esto es, un sistema de creencias y valores, una construcción social.

En cuanto al plano antropológico discutimos la representación de lo humano subyacente al pensar y discurrir democráticos. Tres grandes concepciones matriciales sobre el origen de lo humano se han construido a lo largo de la historia de la cultura occidental, a saber: 1.) La idea del ser humano como una simple hechura biológica; 2.) la idea del ser humano como una creación divina; y, 3.) la idea del ser humano como un ser multidimensional y soportado simbólicamente. También se han construido tres concepciones matriciales antropológico-axiológicas, a saber: 1.) la idea pesimista de la naturaleza humana (Hobbes, Freud, etc.); 2.) la idea optimista de la naturaleza humana (Rousseau, Kropotkin, etc.); y, 3.) la idea de una naturaleza humana modelable (Locke, Marx, Durkheim, M. Mead, etc.). En cuanto al soporte antropológico de la democracia, sostenemos que los determinismos, sean biologicistas o de otra naturaleza, desembocan en distintas formas de totalitarismos políticos, sean estos el del Leviathan o cualquier otro. Cabe agregar que dichos determinismos resultan contradictorios con la asunción de una epistemología constructivista postpositivista tal como la que hemos puesto en juego como sustento de los discursos democráticos.

Las instituciones y los saberes democráticos demandan necesariamente una antropología fundada en la libertad humana, en el poder y la demanda de elegir. Ahora bien, la libertad humana arranca desde la necesidad y cobra valor en la medida en que ella misma se vuelve una necesidad humana. Arranca de la necesidad, de las carencias humanas, carencias incluso biológicas, toda vez que el homo sapiens no ha recibido una herencia genética y de instintos especializados que lo adecúen de modo cerrado a un ecosistema dado. Ni su alimentación, ni su reproducción, ni su organización social están determinadas genéticamente, si bien podemos decir con toda propiedad que están condicionadas biológicamente. Para decirlo con Arnold Gehlen, el homo sapiens es un ser abierto al mundo; es más, un ser que, a carencia de ecosistema, necesita imperiosamente de dotarse de un mundo. Dicho déficit biológico, dicha imperiosidad de darse un mundo, se trastoca a su vez en demandas de sentidos. En la tradición de Heidegger: el ser humano es aquel ser que se interroga por el ser. Quizás, más shakespearemente, el ser humano se interroga si es o no es el mismo, si es un fantasma de sí y vive una vida no suya sino prestada, o si por el contrario, su vida es auténtica. Quién de nosotros no se ha preguntado por lo menos una vez, ¿de dónde vengo? ¿Adónde voy? ¿Estaré haciendo lo correcto con mi vida y con las de aquellos que están temporalmente a mi cargo? ¿Cuál sería la mejor vida? ¿En qué consiste la felicidad? ¿En qué la justicia? ¿En qué el amor? ¿Cúal apuesta política es la más conveniente para mi y para los demás? Cada quien tiene la inmensa necesidad de dar alguna respuesta entre muchas posibles a esas interrogantes. Demandamos sentidos y nos vemos generalmente abrumados por los déficit de sentidos que una y otra vez nos abordan. Precisamente en este punto es que podemos afirmar con propiedad que el ser humano es fundamentalmente un ser religioso: su necesidad de sentido es al mismo tiempo su necesidad de trascendencia, de ser para otro. Cuando descubre dentro de sí todas estas carencias e imperiosidades, el ser humano no puede abandonar ya la libertad, pues, su libertad se vuelve su necesidad de ser y trascender.

Sostenemos que no hay ethos democrático separable de la Declaración universal de los derechos humanos. Es una demanda ética el que la persona sea un fin jamás reducible a medio o instrumento. Es ello lo que soporta los debates más actuales de las éticas del discurso y comunicativas, éticas que se pretenden democráticas por excelencia y que combaten el tratamiento humano reducido desde una racionalidad estratégica, tal como la económica o la política profesional hegemónicas y deshumanizadas. La dimensión antropológica y ética, en este sentido, resultan inseparables.

Todo sistema democrático que no tenga por base una eticidad democrática en la sociedad correspondiente se encontrará permanentemente amenazado por su destrucción a manos de cualquier régimen autoritario. Esta es la razón que nos empuja a poner en el centro de nuestra reflexión la educación para la democracia, esto es, la constitución de la subjetividad democrática, pues sin ella tampoco se garantizará la institucionalización de la misma.

Decíamos antes que toda institución educativa, especialmente la escolar, mantiene una relación dialéctica con los valores predominantes de su mundo intersubjetivo cultural. Agregábamos además que dicha dialéctica marca permanentes tensiones y retroalimentaciones entre educación, sociedad y cultura. En esta dirección nos proponemos a continuación presentar un esbozo de la eticidad del venezolano y su relación con la eticidad democrática mínima. Pretendemos detectar potenciales y obstáculos en la eticidad venezolana de cara a una educación para la democracia.
Consideraciones generales sobre el ethos cultural del venezolano

Importantes estudios antropológicos y sociológicos nos allanan el camino en la búsqueda del ethos cultural venezolano. Samuel Hurtado, Alejandro Moreno, Roberto Zapata, Maritza Montero, Jeannette Abouhamad o Raúl González Fabre son importantes referentes bibliográficos al respecto. Todos ellos coinciden en algunas líneas fundamentales que presentamos seguidamente:

1. En cuanto a la dimensión propiamente societal del ethos cultural predominante en Venezuela, tenemos que la institución familiar con sus características propias se presenta, contrario a lo que se piensa desde muchos discursos sociológicos importados, sumamente fuerte e impositiva con relación a las relaciones propiamente sociales. Incluso, un antropólogo como Hurtado emplea el término etnopsiquiátrico de matrisocialidad para definir la articulación entre "psiquis y cultura en una estructura configurada por la <>." (Hurtado, 1999: 72). Y, con más precisión aún escribe: "El símbolo de la madre, sobredesarrollado por la cultura a nivel instintivo, organiza el orden, peso y medida del resto de los símbolos de la familia y al mismo tiempo trasciende a ésta para informar y conformar las relaciones de los asuntos de la sociedad." (Ibidem). Así, por poner un caso, contrario a lo que establece Habermas para Europa y Estados Unidos, en Venezuela y América Latina el mundo de la vida estructurado por la familia coloniza a los sistemas político, económico y social. En otras palabras, el ethos propio de la familia matricentrada, nucleado por sobrecargas afectivas y relaciones de obediencia y lealtad para con el grupo, se impone socialmente sobre el tipo de relaciones abstractas (González Fabre) que el ethos democrático exige de cara al funcionamiento de las instituciones públicas. De tal modo, estas instituciones terminan siendo gerenciadas desde una lógica familista que sirve de orientación axiológica para prácticamente cualquier proceder. Valores como honestidad, trabajo, solidaridad, justicia se juzgan en función de la lealtad para con el grupo de pertenencia social del individuo, y no en función del círculo más amplio de conciudadanos. En tal sentido, es que se dice "el que le pega a su familia se arruina". Por supuesto, "familia" significa aquí grupo de pertenencia más que grupo primario consanguineo. No obstante, la lógica grupalista que se impone a las instituciones públicas venezolanas emerge desde la socialización primaria en la familia matricentrada (Alejandro Moreno).
2. En cuanto a la dimensión propiamente política del ethos cultural predominante en Venezuela, y tal como se desprende de lo acabado de referir con relación a la matrisocialidad, observamos que las prácticas políticas predominantes se orientan por valores grupalistas, autoritarios e intencionalistas de convicción. Afirmamos que, contrariamente al mito de que somos un pueblo democrático, la cultura política venezolana es una cultura autoritaria y sobrecargada de afectividad, cuestión que emerge desde la socialización primaria en la familia venezolana. Otra vez con Hurtado: "Pensamos que las significaciones de la sociedad adoptan los sentidos del grupo primario familiar, como paradigma de lo social, cosa que no ocurre así en otras sociedades, donde aunque todo comience en el hogar, no sigue igual, ni de la misma forma y estructura. La <> del caudillismo venezolano, como cualquier otra jefatura social, no es más que la proyección del autoritarismo materno, cuya matriz de producción se encuentra en el <>, esto es, en la madre/jefe de la familia que detenta el poder sociocultural a partir de su poder de las entrañas." (Hurtado, 1999: 77). De ser cierta esta hipótesis, entonces tenemos que la forma jerárquica emocional matricéntrica impuesta en el hogar se superpone luego a las demás instituciones sociales, económicas y políticas por medio de la constitución de una subjetividad matrisocial. Y sin duda, también ello contribuiría a ofrecer una interpretación bastante válida de la captura histórica del Estado venezolano, sea en el siglo XIX con el caudillismo, sea en la primera mitad del siglo XX con los jerarcas militares, sea en la segunda mitad del siglo XX con las cúpulas de los partidos políticos, sea actualmente con un híbrido político cuasi militarista autoproclamado revolucionario. Precisamente, y con relación a esto último, no es de extrañar que en la historia de nuestro país hallan sido muchos los golpes de Estado encubiertos bajo autoproclamas revolucionarias que, tiempo después, terminan reforzando el gatopardismo cultural familista. Sin poner en duda la autenticidad de los sentimientos revolucionarios de los actores políticos, es menester indicar aquí que esas revoluciones se han orientado tradicionalmente por una ética de las convicciones, intencionalista, en la cual los actores se sienten portadores de una verdad histórica frente a unos enemigos perversos: realistas, oligarcas, burguesía, golpistas, etc. Por ello la idea de la revolución como un golpe de timón que desde un locus veritativo es preciso imponer prácticamente al costo que sea. Bajo esta perspectiva, la condición dialógica y participativa de la democracia se quiebra y emerge el autoritarismo emocional impregnado de romanticismo revolucionario, adosado al grupalismo dominante en la cultura. La institucionalidad de lo público se resquebraja una y otra vez frente a las convulsiones de grupos políticos que capturan el Estado, de tal manera que éste termina confundiéndose con el gobierno y el gobierno con el gobernante de turno. Lo público se privatiza continuamente.
3. En cuanto a la dimensión económica del ethos cultural predominante en Venezuela, cabe decir que los modelos premodernos de economía coexisten con modelos modernizados. Dada la condición histórica colonial de explotación y poco institucionalizada (nuestra Capitanía General apenas se estableció en 1777), luego las condiciones decimonónicas basadas en los latifundios y la explotación del café y el cacao con las concomitantes revueltas políticas, y finalmente, el ascenso de la renta petrolera, han constituido históricamente una economía poco productiva, con pocas relaciones capitalistas y básicamente rentista que, durante la segunda mitad del siglo XX ha dispuesto de gran cantidad de recursos. De estos, una importante suma se ha dilapidado en el ejercicio del clientelismo político multiplicando el aparato burocrático del Estado. Los estudios de Zapata muestran como la productividad es un valor que se mantiene en una escala muy baja con relación a otros como honestidad o lealtad. El trabajo se considera un valor que aporta a la honradez de la persona, pero sí el trabajo está en función del negocio la interpretación cultural hegemónica no parece ser la misma. En palabras de Hurtado: "El trabajo justifica, por el esfuerzo (honrado), la posibilidad de tener más dinero. La inversión, concebida como negocio, se torna conceptualmente deshonrosa. No se quiere culturalmente ser rico deshonrado, sino rico honrado." (Hurtado, 1999: 156). La riqueza del negocio es vista como explotación, como robo, como antisocietaria. La visión cultural del negociante es la del avaro, la de aquel que por su egoísmo individualista se vuelve desleal al grupo de pertenencia, la de aquel que no comparte: el negociante es, casi por definición, un traidor, siendo éste uno de los peores juicios, si acaso no el peor, que se puede hacer recaer sobre alguien en nuestro contexto cultural. Por el contrario, lo justo es distribuir la riqueza, compartirla, lo cual se conjuga con el mito de El Dorado según el cual nosotros somos un país rico cuya pobreza sólo se explica en términos del engaño y la traición de los políticos. La riqueza, en esta representación, es externa al sujeto. Está ahí, en la naturaleza. Se presenta como dada o como producto de la buena suerte. En todo caso no es algo que dependa de nosotros si es que ha de ser bien lograda. Por ello lo proclive que somos ante los juegos de azar. La riqueza lograda de este modo se entiende como algo que no se ha quitado a nadie. A su vez, cuando se logra, tiende a ser repartida dando propiedades y gustos a los más allegados. El pensamiento cultural económico del venezolano es populista redistribucionista, no productivista, presentista en el sentido de carente de previsión y proyectos. Es la economía del "como vaya viniendo vamos viendo", esto es, es una economía cuyas actitudes se corresponden más con el conuco que con la sociedad de consumo, si bien los anhelos culturales económicos generados desde la renta petrolera apuntan a los servicios y a los valores de la sociedad de consumo. Con lo cual, actitudes y anhelos económicos se presentan disfuncionales entre sí. En estas condiciones, anhelando consumir pero sin voluntad de negocio y de productividad, el crecimiento económico sostenido se torna imposible. Huelga decir que sin crecimiento económico no es posible superar la pobreza, factor que atenta contra el sistema político democrático y reproduce un modo de vida cargado de prejuicios autoritario tales como el machismo o el caudillismo.

A lo largo de estas tres dimensiones se pueden apreciar algunos nexos poco alentadores de cara al establecimiento de una eticidad democrática en Venezuela. Por ejemplo, la estructura rentista de la economía venezolana se presenta muy funcional al ejercicio populista, paternalista y autoritario de las prácticas políticas, mientras éstas refuerzan a su vez dicho rentismo. Rentismo, populismo y paternalismo se conjugan a su vez muy bien con la visión familista cargada de afectividad que se gesta desde los grupos primarios y rompe la posibilidad de institucionalización de las relaciones abstractas de ciudadanía. Parte importante de la población establece una relación paternalista con el Estado, vale decir, gobierno de turno, gobierno electo desde las actitudes y demandas culturales del electorado.

La lógica familista, grupalista, de acción social y política impulsa los desacuerdos sociales y los enfrentamientos entre grupos, tornándose tribal la práctica política. Ello se agudiza en la medida en que el modelo rentista ya no da lugar para ocultar los conflictos sociales. Se impone entonces la picardía y la práctica del más vivo, así como la complicidad y el quebrantamiento de la norma o la supeditación de éstas en función de los grupos de poder establecidos. Con todo ello, la confianza como aceite de funcionamiento del sistema todo y de acumulación de capital social se viene abajo, derrumbándose con el mismo las posibilidades del crecimiento económico y la estabilidad jurídica y política. Así, el escenario público de la vida nacional se transforma en pugnas de hordas por el control del mismo, todo en detrimento de la marcha en equipo. Por el contrario, la unidad de estas hordas, de estas familias extendidas cada una con su propia verdad absoluta y negando al otro, supone el reforzamiento del caudillismo autoritario a lo interno de cada grupo.

En todo caso, y esto es uno de los aspectos más importantes de cara a la eticidad democrática, las libertades y derechos individuales son violentadas e infravaloradas. El individuo queda en función del grupo. Su verdad no es reconocida y si éste insiste en reclamarla se vuelve un traidor. Así, el mundo de la vida familista coloniza el sistema social, en toda una contienda de cultura contra sociedad (Hurtado).

Cabe insistir que al presentar sucintamente este panorama ético cultural manifestado en las dimensiones societal, política y económica hemos buscado conscientemente rehuir de los tradicionales determinismos de la historia de las ciencias sociales. Por ello hemos hablado de "dimensiones" y no de niveles. Nuestra interpretación ha puesto sobrerelieve el momento cultural, pero reconoce que el mismo entra en juego de retroalimentación constante con los factores económicos, políticos y sociales. No hay cultura que sobreviva si estos factores le son adversos, bien sea por la muerte propia del dinamismo transcultural o bien sea por "suicidio". Empero, estamos en la obligación de anotar que si hemos constituido la lectura desde lo cultural, es, sin duda, porque en nuestra hermenéutica se trata de un momento privilegiado desde el cual se construye el sentido de lo colectivo y lo individual, mas, insistimos, es un momento que sólo puede ser comprendido en su relación con los otros. Adicionalmente, resulta importante informar con González Fabre que ha sido un momento crítico poco considerado por la opinión pública venezolana, opinión que ha centrado su reflexión sobre nuestra crisis a lo largo de veinte años en términos económicos, sociales y políticos, pero pocas veces en términos de las contradicciones entre anhelos y actitudes culturales.


Conclusiones sobre el desafío de este ethos a una educación democrática idealmente esbozada

Para cerrar presentamos las siguientes afirmaciones y su discusión sucinta.

1.) La educación encaminada a la constitución de una subjetividad efectivamente democrática es de orden actitudinal y no sólo cognitiva. En tal sentido, se trata de una educación que requiere de un ethos escolar muy específico soportado en los planos epistemológico, antropológico y ético expuestos en la primera parte de esta ponencia. Para procurar dicho ethos se requiere de una serie de estrategias educativas determinadas, posibles si hay convencimiento del Estado y de los actores docentes, sin menospreciar por supuesto los aportes de los entornos familiares y sociales en general.
2.) Todo cambio social, y específicamente el socioeducativo, no puede suponer un comienzo ex nihilo. Por el contrario, se parte desde lo que ya se tiene, y en tal sentido, si bien nuestro ethos cultural presenta muchos obstáculos al ethos democrático, imprescindible es reconocer también que hay en nuestra cultura potencialidades democratizadoras que pueden ser explotadas en función de una mayor armonía y justicia sociales. Preciso es también comprender que el cambio social opera en tres niveles, a saber, el microsocial, el mesosocial y el macrosocial. Si a nivel macro las condiciones se presentan adversas, igual hay estrategias para operar en los otros niveles más próximos al actor.

Ad 1.) En la primera parte de esta ponencia nos centramos en algunos supuestos epistemológicos, antropológicos y éticos que, a nuestro juicio, sirven de soporte a todo discurso que se pretenda legitimar como democrático. En tales supuestos se observa que la aproximación al conocimiento de la realidad, la representación de lo humano, del bien, del deber y de la justicia, necesariamente trascienden el ámbito de lo cognoscitivo hacia el ámbito de las actitudes y las conductas. De hecho, cabría agregar aquí que todo conocer vivo implica necesariamente ese trascender hacia la acción humana. En tal sentido, el conocimiento que en términos pragmáticos realmente cuenta es el conocimiento encarnado, incorporado a los sujetos. Todo lo demás es para nuestra vida efectiva sólo ornamental o prácticas de onanismo intelectual, con lo cual igual no salimos del campo estético al ético. Dicho esto, nada tiene de extraño que planteemos la educación de la subjetividad democrática en términos actitudinales. Y esto ya lo dijo hace casi un siglo Dewey. El que insistamos aquí en tal punto se ha de comprender en el sentido de que el aparato escolar tradicional venezolano, a pesar de la buena voluntad de sus recientes reformas, sigue siendo obtuso de cara a esta visión epistemológica.

La obtusidad del sistema escolar consiste en que sus prácticas educativas siguen marchando por medio de las correas de transmisión del magistrocentrismo y de la concepción bancaria denunciada ya hace mucho tiempo por Paulo Freire. Se trata de una educación que gira alrededor de la figura de un docente autoritario en su saber, quizás por las mismas carencias de su propio saber. Un docente que se burocratiza y queda sometido a las inclemencias de las penurias económicas y la explotación, sobrecargado de alumnos y en condiciones pedagógicas también muy paupérrimas, mermado en sus posibilidades de formarse académicamente y de dotarse de libros y productos educativos importantes para sus prácticas. En tales condiciones pedagógicas, el ethos democrático se eclipsa, pues este ethos precisa de prácticas dialógicas, de mucho trabajo en equipo, de impulso crítico y reconocimiento de la legitimidad que reclaman las otras voces, de vinculación con los problemas del entorno, de explotación hermenéutica de las múltiples interpretaciones sobre los materiales objeto de estudio. Pero la realidad socioeducativa de Venezuela es muy adversa a estas condiciones: la Escuela es pensada por el Estado en términos cuantitativos: cubrir la demanda de educandos que se le hace el sistema escolar. El número es lo que cuenta, quedando la calidad pedagógica subsumida. Incluso, se entiende que dar educación a todos, masificar la educación, es un indicador de sana democracia. Empero, estudios como los elaborados por Bronfenmajer y Casanova muestran claramente como la educación estatal venezolana ofrece distintas calidades pedagógicas según las clientelas sociales que las escuelas atienden. Los sectores rurales y populares carecen de instalaciones adecuadas y de educadores profesionales, cuestión que no acontece en los cascos urbanos.

El problema de una educación democrática no se confina al financiamiento y al número. Implica también la pregunta por el educador y, siguiendo la tercera Tesis sobre Feuerbach de Marx, la pregunta por quién educa al educador. Y en Venezuela las instituciones de formación docente suelen ofrecer un panorama poco alentador porque, salvo excepciones, suelen dotarse con los descartados por el sistema de selección universitaria, a la par que sus instalaciones pocas veces son favorables para la enseñanza. Pero incluso, más allá de todo esto, son instituciones poco reflexivas con relación a la realidad, que tienden a orientar sus curricula en términos bancarios, burocráticos, que se dedican en casi su totalidad a impartir docencia sin investigación, sin contextualización. No se reflexiona sobre quiénes somos los venezolanos y qué aspiramos ser. La antropología cultural del venezolano brilla por su ausencia en estas instituciones, así como la formación en ciencias sociales en general, formación imprescindible para comprender nuestros entornos y desarrollar una vocación democrática.

El montaje epistemológico de estas instituciones, como de la escuela venezolana, es de orden positivista: claramente inclinado a las ciencias naturales y a exponer una visión realista de los hechos, antihermenéutica y autoritaria. El saber es uno, la verdad es solo una. Reside en los libros y en lo que el educador dice. Reside en el caletre, en el sentido coloquial que los venezolanos damos a esta palabra. Ante todo esto, tenemos un educador formado en la inconsciencia de su ser cultural y en una visión autoritaria del saber, limitado para la formación actitudinal de la subjetividad democrática. Si no se procura por sus propios medios, el reproducirá los valores culturales a los que hemos hecho referencia arriba, los cuales por demás son de suyo ya muy poco democráticos.

Ante este panorama, las reformas educativas, tales como la aplicación de ejes transversales de valores democráticos en la Escuela básica, salvo excepciones, no producirá mayores efectos por carecer de docentes con la formación suficiente para su aplicación. Repetimos, la intención puede ser muy loable, y considerar que la formación ciudadana y democrática es actitudinal, por lo que compete a todos y cada uno de los educadores, pero si estos han sido preparados para dar una materia especializada de modo bancario y orientada magistrocéntrica, orientación reforzada por el hacinamiento en las aulas, entonces la reforma es pura pantalla, tal como cuando se cambia el nombre a las instituciones o se pinta el frente de una cárcel deplorable para que un importante visitante no la vea fea.

De acuerdo con nuestra interpretación, la escuela venezolana reproduce con sus prácticas bancarias, positivistas y magistrocéntricas la visión paternalista, autoritaria, pasiva y facilista de los valores culturales hegemónicos del venezolano. Por lo que resulta urgente, en función de reforzar un modo de vida democrático, una transformación radical del aparato escolar del país, comenzando por las instituciones nacionales de formación docente.

Ad 2.) Mas, decíamos arriba que todo cambio ha de partir de lo dado, pues la revolución y partir ex nihilo es un sueño romántico que se trastoca casi siempre en pesadilla autoritaria. De acuerdo con esto, los cambios que han de comenzar en las instituciones de formación docente, sin descuidar la Escuela, supondrán importantes reformas curriculares que den mayor espacio al campo de las ciencias sociales y, especialmente, de la antropología cultural del venezolano, en la formación básica del docente. Sería necesario implementar unidades de investigación dirigidas a estos ámbitos para buscar completar más aun y verificar las interpretaciones de los estudiosos de la cultura venezolana. Necesitamos convencer al estado de esta necesidad, pues en ello nos va la paz democrática del país.

Pero aquí, más que plantear las reformas puntuales de los sistemas institucionales de la educación nacional, quisiéramos para concluir afirmar desde qué valores venezolanos realmente practicados sería factible impulsar reformas democratizadoras, tanto en el ámbito escolar como en otros ámbitos sociales. Ofreciendo esta visión general, quizás podamos dar un aporte para orientar otros cambios. Por ejemplo, es preciso reconocernos en nuestro carácter matrisocial, paternalista y populista, y lograr redefinir esta constitución moral en términos de una ética social. En tal sentido, habría que hacer el esfuerzo en los niveles micro y mesosocial, esto es, en los pequeños grupos y en algunos grupos intermedios societales tales como cooperativas, gremios o asociaciones civiles, por ampliar el círculo de los participantes en los grupos, a la par que hacer el esfuerzo intragrupal por distribuir el poder entre los diferentes miembros de cada grupo. Se precisa que cada grupo reconozca al otro como un par, con su propia legitimidad, y con quien es necesario negociar en función de lograr metas que beneficien a todas las partes. Para ello, es menester romper con la estrecha visión de solidaridad y lealtad intragrupal. De lo que se trata es de hacer el esfuerzo por ampliar el campo comunicativo al mayor número de personas, en el sentido que George Herbert Mead pensó la democracia, y que luego han recogido Habermas y Apel, entre otros.

Son muchos los aspectos positivos que pueden contrarrestar la negatividad democrática de la cultura hegemónica venezolana. Nuestra sociedad, a pesar de las penurias económicas, políticas y sociales a las que ha sido sometida en las últimas décadas, sigue manteniendo rasgos importantes de lazos comunitarios que se manifiestan en el carácter festivo de la vida, en el optimismo voluntarista del vamos a echar pa´lante, en la solidaridad social que se despierta en momentos coyunturales de emergencia y que se podría buscar hacerla más permanente si los participantes ven que les rinde beneficios espirituales y económicos. En Venezuela hay sin duda racismo, pero en relación con otros países de América es muy atenuado, como es muy atenuado el sentido de clases sociales, a diferencia de México, Perú o Guatemala, por sólo nombrar tres casos, lo que podría facilitar convenir en un proyecto compartido de país.

Importante es también impulsar esa solidaridad y voluntarismo hacia la formación de capital social: el que las personas puedan sentarse y proponerse metas en conjunto, y el que vean que dichas metas favorecen a todos, que rinden sus frutos en cooperativas, organizaciones vecinales, microempresas, etc., y de este modo pode despertar la confianza necesaria que debe haber entre los miembros de una sociedad. Empero, tal confianza supone también el respeto a las normas, el saberse poseedor de derechos y de su contraparte, las obligaciones, de las que poco hablamos entre nosotros.

Decíamos arriba que preciso es también comprender que el cambio social opera en tres niveles. En tal sentido, no hay que esperar las directrices del Estado para operar mejoras y democratizar nuestros ambientes familiares y laborales. Cada uno de nosotros puede emprender el esfuerzo por hacer lo que esta a su alcance. Hay que hacer el esfuerzo por transformar los grupos en equipos explotando las positividades de nuestra cultura. Y desde estas pequeñas instancias ir a las intermedias, de la unidad del hospital a otra unidad, y de ahí al hospital todo. Al igual en la Escuela o en la universidad, al igual en el vecindario. Mientras esto se hace, se tratará de convencer a los políticos de la necesidad de apoyar campañas puntuales en función de mejorar estas pequeñas cosas. Al respecto, Richard Rorty ofrece buenas orientaciones en Pragmatismo y política.

Poco más podemos aportar en estos aspectos, pues es también condición del fomento de la práctica democrática, así como de romper con el paternalismo de nuestra cultura, el no ofrecer paquetes de soluciones fácil y listos para implementar de una vez. Por el contrario, las soluciones posibles a los problemas sólo cobrarán vida en la medida en que emerjan de las propias prácticas dialógicas, críticas y solidarias de los actores interesados e involucrados en esos problemas. Nuestra labor sólo puede ser de orientación en estos aspectos, y tal orientación es por el momento muy limitada, toda vez que apenas estos son apuntes sueltos de una investigación todavía muy joven.

En todo caso, nuestro alerta consiste en llamar la atención acerca de que la democracia en Venezuela no será viable en ninguna de sus formas sin un ethos democrático social que la soporte. Por tal razón, es que consideramos que los problemas de nuestra democracia son los de nuestra educación, y viceversa. Ese es el camino que apenas comienzo a transitar ahora y que he querido compartir en busca de nuevas luces.

Javier B. Seoane C.
Caracas, enero 2000
Inédito