Por: Javier B. Seoane C. | Viernes, 03/07/2026 05:46 AM |
La canallada se hace presente para obtener réditos económicos y políticos de la tragedia que padecemos. Como las dignas mujeres que denunciaron y rompieron los dólares robados a los policías del CICPC; como los miles de rescatistas internacionales que hoy dejan sus mayores esfuerzos salvando vidas en cada montón de escombros de nuestra geografía, especialmente en la tan golpeada de La Guaira; como, y sobretodo, los vecinos que de cada rincón salieron desde el primer minuto a salvar al prójimo conocido o desconocido, sin herramientas pero con sobrado espíritu solidario; como los dos ángeles vestidos de mototaxistas que en la misma madrugada del día 25 a puño limpio desenterraron a una entrañable compañera de uno de los tantos edificios hecho escombros en Playa Grande; como toda esa gente maravillosa que está dejando cuerpo y alma buscando vida para que siga siendo vida, hoy hay que mantener ese sentimiento humano, procurar superar tanto obstáculo con el mayor de los acompañamientos y apuntar a la construcción de un nuevo futuro para el país.
Que la amargura y rabia que despierta la canallada no nos obnubile de lo más importante, el por-construir de nuestro país. Habrá tiempo para buscar las responsabilidades políticas, que seguro que las hay y en abundancia. Las tendrán aquellos que hace más de cuarenta años mantuvieron sus privilegios sin hacer los cambios necesarios ante un país que había multiplicado su población y cuyas bases económicas echadas a partir de la muerte de Gómez ya no daban abasto para las nuevas necesidades. Las tendrán quienes reemplazaron aquella incompetente clase política con nuevas incompetencias, quienes prefirieron el conflicto permanente, quienes no escucharon voces críticas y razonables, quienes prefirieron una moralina pacata de la lealtad, más a una persona que a una causa, aquellos que en lugar de una ética de la responsabilidad prefirieron seguir e imponer a los demás sus convicciones. Moral falsa de la lealtad que dio poder a quienes gritando consignas vacías se colaron entre los intersticios institucionales para saquear los bienes nacionales y dejar en la miseria a este pueblo que hoy se ha desvivido por ayudar al prójimo. Fue muy fácil decir que en determinado lugar olía a azufre, aprovechar miles de millardos de renta petrolera del pueblo para comprar alianzas en la política internacional o comprar a los adversarios con corrupción, como ya confesó en conocida entrevista un ex-vicepresidente. Las tendrán quienes han gobernado y, por ejemplo, en las últimas décadas entregaron permisos de construcción a edificaciones impropias para el lugar, o simplemente no supervisaron adecuadamente las mismas. Serán corresponsables de la hecatombe humana que estamos sufriendo. Las tendrán quienes desde la oposición practicaron el aventurerismo y mandaron a masacrar adolescentes a mano de unas fuerzas militares y policiales que habrán de ser revisadas y repensadas en su totalidad, y lo hicieron no una sino dos veces. Aquellos que después se aventuraron con intentonas de cambur y aguacate, los mismos que promovieron abstenciones para facilitar el trabajo de quienes buscaron mantenerse en el poder a como diese lugar. Hay demasiada responsabilidad ante lo que hemos sufrido. La naturaleza golpeó duro, muy duro, pero el infantilismo político-ideológico, el saqueo del tesoro nacional por hipócritas encubiertos bajo mantos socialistas revolucionarios, el aventurerismo de los que estaban del otro lado de la acera y la indolencia de gobiernos extranjeros que bloquearon al país por doquiera golpearon como un tercer y definitivo sismo. Bomberos sin recursos, hospitales cerrados o hasta sin algodones, fuerzas armadas poco preparadas, impericia y falta de previsión, dejaron durante las primeras horas en la mayor soledad a nuestra gente.
Habrá que hacer las investigaciones de cómo se manejó el gobierno en estos años en todo tipo de materia institucional, de cómo actuó la dirigencia opositora, de qué pasó con cada edificio, con cada vivienda, con cada ser humano que ya no está con nosotros. Hay que hacerlas, y ya no será creíble que las haga un gobierno, este o uno nuevo. Tendrán que ser investigaciones con un riguroso carácter científico, lo que significa investigaciones realizadas entre comunidades lo más amplias posibles, comunidades en las que concurran expertos y no expertos. Y habrá desde el primer momento quienes declaren estar a favor de las investigaciones mientras tras bastidores tratarán de bloquearlas por doquiera. ¿Lo lograrán?
De cara al futuro tendremos que hacer cosas muy diferentes y con la mayor responsabilidad política. Y hablo de política en el sentido más amplio, en el sentido de “polis”, de comunidad, de sociedad. Allí estarán los partidos quienes tendrán, como han tenido ante lo ocurrido, su responsabilidad partidista. Pero tendremos que estar todos como sociedad civil, vigilantes y participando, exigiendo transparencia en lo que se investigue, exigiendo la publicación en forma universal de nuestros ingresos, de los gastos, de a quienes se le entregan los contratos y bajo qué criterios. Exigiendo una hacienda pública que dotada de la tecnología informática de nuestro tiempo sea tan transparente como pueda efectivamente serlo. Exigiendo otro modelo educativo que construya actitudes ciudadanas, sin el cual cualquier discurso democrático es solo palabra vacía. El ciudadano debe saber cómo están dotados sus bomberos, sus hospitales, sus escuelas, en qué se invierte el futuro de la nación, cuál es el presupuesto de la nación y cómo se invierte. Y lo que no ayude en esto ya sabemos de qué lado está y qué pretende.
No quiero que llegue otro iluminado o iluminada a decirme qué es la verdad y cuál es el camino de la historia a seguir. Quiero a todo aquel que contribuya a construir comunidades organizadas, a todo aquel que ponga ladrillos en la elaboración de una sociedad civil que tenga bajo su control el Estado, no el inútil macrocefálico que ahora nos aprisiona como el concreto lo hace con miles de nuestros hermanos y hermanas, sino un Estado al servicio de la gente, de su salud, de su educación y de su protección, que le dé la mayor autonomía posible a las comunidades, que las empodere económica, social y políticamente. Entre tanto dolor, demasiado dolor, cual Ave Fénix, deberá renacer Venezuela.