jueves, 26 de marzo de 2026

El texto que somos

 - www.aporrea.org
 - www.aporrea.org/actualidad/a351264.html

Hans Georg Gadamer y Paul Ricoeur desarrollaron, a partir de una tradición filosófica que se remonta a Schleimacher y pasa por Wilhelm Dilthey y Martin Heidegger, toda una sistematización de las condiciones de posibilidad y de los fundamentos de toda hermenéutica, de todo ejercicio interpretativo. Estos autores conjuntamente con Umberto Eco y muchos otros, hicieron aportes de tal naturaleza que se cuentan entre los más reconocidos actualmente en el desarrollo de la hermenéutica contemporánea. Si hacemos caso a Nietzsche en aquello de que no hay hechos sino interpretaciones, el tema de la interpretación, de la hermenéutica, es un tema fundamental, especialmente en tiempos de la posverdad en los cuales parece que cualquier interpretación vale, que lo mismo da una que otra.

No hay un acuerdo de la procedencia de la palabra "hermenéutica", sin embargo, está claro que la misma y el nombre del dios griego Hermes (Mercurio, en el panteón romano) conservan un aire de familia. Recordemos que Hermes es una divinidad políglota que traduce el lenguaje de los dioses a los mortales, y por eso, este traductor, como todo traductor, es un intérprete en tanto y en cuanto que cada lengua es un mundo. Curiosamente, Hermes también es el dios de los ladrones, de los cuatreros. Si te descuidas Hermes puede hurtar tus bienes. Quizá por ello cobra tanto significado en estas líneas aquel dicho italiano que reza "Traduttore, traditore", "el traductor es un traidor". Hermes traduce, pero es un ladrón. Veremos seguidamente por qué toda interpretación resulta inevitablemente imperfecta, opaca y es hasta cierto robo.

Cuando un lector se confronta con un texto no hay una relación de exterioridad entre sujeto y objeto tal como la que plantean los tradicionales esquemas analíticos que nos han enseñado desde la escuela secundaria. Muy por el contrario, el objeto, los textos, son reconfigurados por el sujeto —el lector— quien ocupa una posición activa al otorgar sentido a lo leído. Entre el texto y su autor hay de por sí un abismo, tal como hay otro entre el texto y el lector intérprete. El primer abismo remite a que el texto es una producción objetivada que escapa al propio autor en el sentido de que el mismo contiene aspectos inconscientes y relaciones posibles que desconoce su productor. El segundo abismo remite a cuestiones relativas a la historicidad de las lecturas, a factores sociológicos del conocimiento, a intereses psicológicos del intérprete y al propio inconsciente de éste. En otras palabras, los textos dicen mucho más de lo que quieren decir, contienen más posibilidades de relaciones que las que su autor vió durante su creación. Por otra parte, los contextos del autor, del texto y del lector o intérprete difícilmente coinciden.

Entre el texto y mi propia lectura del mismo median épocas históricas y espacios distintos, con diferentes intereses y con configuraciones de experiencias de vida y de lecturas previas diversas. Por ejemplo, si tomo un texto de Marx, entre el mismo y yo median los intérpretes de estos autores que he leído, los problemas de la Europa decimonónica como las revoluciones de 1848 y, especialmente, los problemas de la Alemania de ese siglo y los propios intereses cognoscitivos emancipatorios de Marx. Siendo más gráficos, no entenderemos adecuadamente la expresión marxiana de que "la religión es el opio de los pueblos" sino la enmarcamos en la guerra del opio, tiempo durante el cual fue escrita la frase. Pero también supone enmarcarla en el contexto de la crítica de Feuerbach a la alienación religiosa en su discusión con Hegel. Empero, nuestro conocimiento, si bien nos aproxima sucesivamente al autor y su texto, nunca nos pone en el lugar exacto de éste, pues también nosotros partimos de unas coordenadas espacio-temporales que nos condicionan como lectores, estableciendo límites y posibilidades diferentes, en resumen, modos de comprensión de las cuestiones que nunca son iguales. Por ello es que toda lectura supone una reconstrucción del sentido de un texto determinado, reconstrucción que resalta algunos aspectos y torna opacos otros. La interpretación siempre comporta errores, robos y añadidos, y la toma de conciencia de esta opacidad nos vuelve menos soberbios ante nuestras aseveraciones mientras nos convoca a desarrollar una voluntad de escucha del otro.

De este modo, se comprenderá por qué el sujeto (el lector, el intérprete) construye su objeto (el texto) de una manera perpetua y en aproximaciones siempre inacabadas, como una espiral infinita. Nuestra interpretación será, como toda interpretación, una alternativa de sentido válida entre otras, nunca la única posible. Sin embargo, el que sea una alternativa entre otras posibles no la descalifica si es una alternativa fundada en buenas razones de una manera que se pretende rigurosa y orientada por un sentido de honestidad intelectual, cuestión frecuentemente ausente en la posverdad de nuestro tiempo. Debe haber, entonces, una ética en el ejercicio interpretativo, tema que trabajó Umberto Eco en "Interpretación y sobreinterpretación". Está en la base de toda postura hermenéutica el reconocimiento de sus límites y la negación de toda postulación de una verdad única. La conciencia hermenéutica nos recuerda que el orden siempre puede ser otro.

Agreguemos dos cosas más antes de concluir. La primera concierne a la universalidad de la interpretación, es decir, al carácter del interpretar que atraviesa toda nuestra vida humana. Generalmente cuando hablamos de texto pensamos en un libro o un escrito de determinada forma. Empero, en términos hermenéuticos es impropia esta reducción. "Texto", en el sentido amplio, es un tejido de signos y símbolos. Empleo la palabra "tejido" a propósito, pues procede de la misma familia etimológica de "texto". En este sentido amplio, hay textos hasta en la forma cómo nos vestimos y salimos a la calle, o en los gestos que empleamos, o en la forma táctica cómo se articula un equipo de fútbol ante otro, o en los estilos arquitectónicos o las organizaciones que damos a una ciudad, un barrio o a una aldea. Toda acción y toda obra humana habla. La Caracas del último siglo, ciudad capital de un Petroestado con gasolina barata por décadas, está diseñada para autos y no peatones. El tan mentado en estos días Helicoide se proyectó como un centro comercial en el que no necesitarías bajarte del auto para recorrerlo. La cultura misma es un gigantesco texto. La cosmología aristotélica concibe el universo de un modo bastante diferente a la cosmología tomista o la newtoniana. Para decirlo con un reconocido antropólogo, Clifford Geertz, la cultura es la urdimbre simbólica en la que habitamos, en la que fuimos introducidos desde muy pequeños por nuestros adultos. La segunda cosa es que estos textos, en el sentido amplio que manejamos aquí, no son meros objetos de contemplación. Nosotros mismos estamos configurados por los textos de nuestra vida, desde las canciones que tanto nos gustan hasta el discurso del líder que admiramos. Más allá, damos lo más valioso que poseemos, la vida, por nuestros śimbolos y nuestras narrativas. Desde que la historia es historia hemos entregado nuestras vidas por una bandera, o por un crucifijo, o por un ideal político. Nuestra vida no se reduce a lo biológico, que resulta a veces tan pobre para nosotros que sin nuestras narrativas y símbolos preferimos morir. Así, los textos se actualizan y cobran vida en nuestra propia vida personal y grupal llegándola a definir.

Dado este carácter universal de los textos y su interpretación, dado que nuestras vidas deben demasiado a determinados textos, la conciencia y sensibilidad hermenéuticas deberían ser cultivadas con esmero en toda práctica formativa del ser humano. Ya nos hemos matado mucho por creernos dueños de la verdad, por cerrarnos dogmáticamente ante el texto que somos. La sensibilidad y conciencia hermenéuticas nos harán más modestos y abiertos a la escucha de la maravillosa diversidad que hay en la vida, y no sólo la humana.

viernes, 20 de marzo de 2026

Habermas, el interés de la emancipación democrática

 

El pasado sábado ha partido de esta vida terrena Jürgen Habermas. No resulta fácil escribir sobre este pensador de larga vida y de carácter universal, pues no puede resultar más universal que quien ha pensado y escrito sobre la razón y ha hecho de la mayor inclusión posible un mandato ético. Nacido en Dusseldorf en 1929 vivió en su juventud el desastre alemán causado por los nazis. Reinstalado el Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad de Frankfurt en la década de los cincuenta, conocido por muchos como Escuela de Frankfurt, padres de la llamada teoría crítica de la sociedad, se incorpora Habermas como asistente de Theodor W. Adorno y manteniendo estrechos contactos con Max Horkheimer y Herbert Marcuse, a quien acompañará en sus últimos días.

Junto con una generación de jóvenes sociólogos venezolanos, en la Escuela de Sociología de nuestra Universidad Central de Venezuela, tuve el privilegio de estudiar tempranamente a este pensador de la mano de maestros como Heinz Sonntag, Rigoberto Lanz y Luis Gómez Calcaño. Desde entonces, desde los tempranos años ochenta, no dejé de leerlo y de nutrirme con su elaborado y complejo pensamiento. En el ejercicio de mi oficio docente y de investigador me ha acompañado por cuatro décadas. Gran parte de mis estudios sobre la democracia y la educación guardan la impronta de este gran sociólogo y filósofo. No podría ser de otro modo. Habermas junto a Karl Otto Apel y John Rawls son las grandes figuras de la teoría deliberativa de la democracia del último siglo, siendo los dos primeros los grandes teóricos de la racionalidad comunicativa.

Habermas, al igual que Apel, desataron el nudo aporético de Max Weber y la primera generación de la Escuela de Frankfurt, para quienes la razón se había vuelto irracional. Reducida a cálculo instrumental y estratégico. Y es que la racionalidad moderna diseñó el genocidio masificado del holocausto o las tecnologías para la aniquilación de toda forma de vida en el planeta. Si el crimen generalizado era racional, perfectamente calculado en su relación de medios y fines, entonces, la razón servía a la irracionalidad. Empero, a su vez, la liberación sólo podía ser resultado de la razón ilustrada. El medio de la liberación era opresivo y destructor. Goya quedaba rehabilitado: la razón produce monstruos. Habíamos llegado a un callejón sin salida hasta que entraron en escena Apel y Habermas.

Habermas llamó la atención de que la razón no se agota en el cálculo de medios y fines que conducen a una relación instrumental y estratégica con el mundo humano y extrahumano. Antes, toda relación instrumental supone el medio humano por excelencia, el lenguaje. Y la finalidad primera del lenguaje es el entendimiento y la comprensión. Por el lenguaje llegamos a ser sujeto, por el lenguaje podemos constituir comunidad humana. Así, y siguiendo a Weber, si podemos tipificar las acciones humanas como ajustadas a rituales tradicionales (por ejemplo, persignarse al entrar en una iglesia), afectivas (simpatías y antipatías), racionales ajustadas a valores como la justicia o la libertad entre otros y racionales ajustadas a fines instrumentales y estratégicos (como puede ser la lógica de la empresa capitalista o la de un equipo deportivo que busca vencer a su rival de turno), falta considerar que todas estas acciones precisan previamente el entendimiento con la tradición, con la amada, con los valores o con los fines.

Llegados aquí, es consustancial al lenguaje buscar el acuerdo. Y sin embargo, los acuerdos pueden descansar en un uso estratégico de la comunicación con propósitos de dominación, en un enrarecimiento lingüístico del entendimiento para confundir y someter voluntades. Es lo que Habermas suele denominar en su vasta obra distorsiones comunicativas, distorsiones que Marx estudió como "ideología", Nietzsche como "autoengaño", Freud como "psicopatologías" y que hoy están más vigentes que nunca en eso que a falta de un nombre mejor hemos llamado "posverdad". En un mundo donde podemos inventar las noticias y las historias, donde se puede ganar la guerra aunque se esté perdiendo, donde todo puede ser explicado en términos de teorías de la conspiración, donde las fotografías, los audios y los vídeos pueden ser creados a la medida de quien quiere convertirse en demiurgo de la realidad, en un mundo así "vale todo" para apropiarse de la mente del ingenuo que todos los días sale a la calle. Es, repetimos, el mundo de la comunicación distorsionada con fines de dominación.

¿Cómo combatir la distorsión comunicativa? Habermas presenta como respuesta un encuentro racional contrafáctico en tanto y en cuanto que no se da en la experiencia humana frecuente. Se trata de una situación ideal de habla caracterizada por la simetría de competencias comunicativas de todos los que participamos en un acto de comunicación. Es decir, una situación ideal, no real, en la que todos los que participamos disponemos del mismo capital cultural y de las mismas competencias argumentativas para participar en un diálogo racional conducente a la elección, o quizá construcción, del mejor argumento. En esta situación ideal de habla podríamos llegar entonces a acuerdos racionales que nos permitan lograr consensos de cara a resolver nuestros problemas, deliberar y tomar las mejores decisiones en comunidad.

¿Para qué ha de servir un contrafáctico, una situación tan ideal por irreal, tan gaseosamente platónica, para nuestras vidas? ¿Una situación tan fantástica en la que todos somos excelentes argumentadores y, además, todos estamos interesados en el diálogo más sincero para llegar a la más alta comprensión y los mejores acuerdos? ¿Para qué ha de servirnos este efluvio intelectual en un mundo tan lleno de desigualdades y asimetrías como el que nos toca habitar? Pues seguramente en lo inmediato no para mucho, pero si nos proponemos reformular el pensamiento crítico, el pensamiento interesado en la auténtica emancipación humana sin recaídas en mitologías revolucionarias, y si nos proponemos que este pensamiento conduzca a una práctica liberadora en clave democrática y democratizadora, entonces ha de servir para mucho en lo mediato y en el largo plazo. ¿Por qué? Pues porque esta situación ideal de habla puede convertirse, primero, en un ejercicio crítico para identificar las desviaciones realmente existentes en nuestras prácticas sociales y políticas, es decir, confrontamos con lo real esta situación ideal para detectar las distorsiones autoritarias de nuestras instituciones. Segundo, porque se trata de un ideal regulativo, esto es, un ideal que regula nuestro accionar en la reformulación de nuestras instituciones sociales. Si queremos reformar la escuela en aras de conseguir una ciudadanía democrática y participativa buscaremos que esta ciudadanía futura en lugar de aprender de memoria la definición de batracio adquiera las competencias comunicativas para participar en diálogos racionales conducentes a la formación de consensos deliberativos. Lo mismo haremos con medios de comunicación y de formación de la opinión pública así como con las instituciones políticas, reformulándolas en términos participativos e inclusivos. En fin, se trata de un ideal regulativo para reconstruir nuestras sociedades en un sentido sustantivamente democrático.

Visto lo visto. La razón democrática que nos propone Habermas no es monológica, no es la razón de un iluminado teórico que nos ha de caudillar con un metarrelato presuntamente liberador. No. Es una razón dialógica, comunicativa, donde el sujeto es la comunidad de habla en la que participamos todos. Pues, a su vez, esta razón viene dotada de un imperativo ético, aquel que reza que en la toma de decisiones de una comunidad han de participar todos los interesados y, especialmente, todos los afectados actuales y potenciales que sean posibles de convocar y estén concernidos con dicha toma de decisiones. Es un imperativo inclusivo regido por una racionalidad comunicativa esbozada en la situación ideal de habla ya mencionada.

Sin duda, Habermas ha sido una de las más claras manifestaciones humanas de una voluntad emancipadora construida colectivamente sin encubrimientos y sin requerir derramamientos de sangre. Por eso, ante su muerte el pasado sábado 14 de marzo, hoy queremos celebrar su vida.

Publicado originalmente en Aporrea:  Artículo

viernes, 13 de marzo de 2026

Impensar la democracia. Una asignatura pendiente

 

Queremos entender la lucha por la democratización como una lucha contra las diferentes formas de dominación. ¿Podría entenderse de otro modo? Si queremos hacer una cosmética carente de ética en el rostro de una sociedad putrefacta, sí. Pero si nos tomamos en serio la democracia no lo veo de otro modo: se luchará por una democracia entendida como perpetua acción democratizadora, acción que quiebra la concentración de poder allí donde se encuentre: en lo económico, en lo político, en lo social, en lo cultural. Así, en una clave más positiva, democratizar significa distribuir el poder de decisión a los implicados y afectados por las decisiones. Expresa, entonces, empoderar al ciudadano, hacerlo partícipe de las decisiones que lo afectan, mantenerlo informado con la menor opacidad posible, dotarlo de los conocimientos básicos para ese empoderar, conocimientos que tratan sobre las fuerzas condicionantes del mundo contemporáneo: fuerzas económicas, sociales, políticas, militares, mediáticas, tecnológicas; pero también conocimientos sobre las formas de reorganizarse en una sociedad que disuelve la organización social, que diluye lo sólido, que torna líquidas (Bauman) a casi todas las instituciones sociales, que sumerge en la incertidumbre a nuestro mundo entero (Beck) y que con lo incierto nos deja a merced de conjeturas y fantasías atemorizantes. Sin cultura de la organización no hay acción democratizadora emancipatoria.

Más allá de que la democracia sea entendida bajo registros deliberativos (Rawls, Apel, Habermas), agonísticos (Mouffe), populistas (Laclau), participativos-contrademocráticos (Rosanvallon) nunca habrá democracia ni como consenso, ni como disenso, ni como ejercicio crítico, ni como procedimiento que se quiera, ni como sistema sino reposa en un ethos ciudadano, sino se constituye como un modo de vida ─diría John Dewey. No hay democracia sin ciudadanos demócratas, no al menos sustantivamente, que es lo aquí incumbe. Por tal motivo, no vamos a pisar la trampa de reducir la democracia a la institución del sufragio y, mucho menos, a alguna ley de la mayoría que arrasa a lo Jalisco. La democracia, en tanto que ethos, se encarna en la persona. De esta manera, hablamos de un ser moral y ético, de un residir individual y un comportarse socialmente. En otros trabajos hemos realizado aproximaciones a este ethos ciudadano. Contentémonos aquí con decir que el ethos ciudadano democrático requiere de aquello que Kant llamó la “mayoría de edad”, lo cual no quiere significar que dicho ethos surja por generación espontánea al cumplir la mayoría de edad legal. No nos concierne aquí la materia jurídica sino la cultural, pues un ethos es, por sobre todo, una cultura. En calidad de tal, no se hereda genéticamente ni es asignatura de la biología, sino que se aprende y es tarea de la educación. Así, nuestra rizomática y anarquista reflexión nos conduce a la educación para la democracia, a la formación (Bildung) democrática de la persona. Un  ethos sólo se constituye en la educación, en el sentido más amplio de la palabra “educación”, no sólo la escolar. 

Pensemos en uno de los autores mencionados al comienzo del párrafo anterior. Pierre Rosanvallon llama contrademocracia a una democracia de poderes indirectos, social y civil, de una desconfianza organizada contra la mera legitimidad de origen electoral. Piensa que se impone cada vez más una democracia del pueblo-veto, una democracia de controles que se manifiestan en la creciente fuerza de la opinión pública, aunque no exclusivamente. Se actualiza en muchos de los movimientos sociales emergentes que el autor encuadra dentro de una democracia de la expresión que no pocas veces se enfrenta a una democracia de elección, se manifiesta en la demanda creciente de rendición de cuentas (accountability). Podemos decir que al igual en el caso de Jürgen Habermas, pero también de los otros citados arriba, la vida democrática supone una robusta opinión pública. Empero, ¿cómo se alcanza la robustez de la opinión pública? ¿Especialmente en tiempos de algoritmos, “redes sociales” y posverdad? Desde luego no resulta probable que sea espontáneamente. De seguro pasa por la formación de una persona crítica, reflexiva.

Muchos de los privilegiados por el estado de cosas actual implosionan esta potencial formación democrática bien no dando importancia al tema o bien bloqueando el impensar la actual educación democrática. Omitir la discusión del tema es no darle relevancia. Por ejemplo, en la educación escolar la cuestión de la formación democrática suele relegarse al rincón de las escobas o incluso al olvido total poniendo sobrerrelieve otros temas como la educación para las ciencias o para el trabajo. En nuestro currículo escolar se objetiva este olvido cuando analizamos los contenidos que se privilegian y la forma cómo se enseñan, generalmente vinculados con las ciencias naturales y formales y con la osificación ideológica de las pocas ciencias humanas y sociales que se tratan. Sin embargo, el bloqueo a impensar la formación democrática es tan o más grave que este olvido, pues resulta hasta más invisible. 

¿Qué entendemos por impensar? No pretendemos descubrir el agua tibia. Muchos otros nos han precedido en el uso del término. Se usa para afirmar que más que repensar un tema se requiere impensarlo, esto es, hacer evidentes y transformar de raíz los supuestos con que hemos venido pensando ese tema. Repensar puede ser tan solo repetir de otra forma un mismo modelo, cuando quizás lo que se precise es suprimirlo por angosto e intelectualmente desnutrido. ¿Qué hay que transformar radicalmente en la formación democrática? Sin duda muchas cosas. Usando el ejemplo escolar de nuevo, no se puede seguir pensando esta formación confinada a una asignatura que se llame “educación ciudadana” o algo por el estilo. Tampoco se puede seguir pensando que la enseñanza de las ciencias, de las humanidades y del trabajo no están concernidas con la educación democrática. Al revés, si entendemos los métodos científicos como métodos críticos, reflexivos, cuestionadores, contradogmáticos, de diálogo y consenso público dentro de las comunidades científicas, entonces la enseñanza de las ciencias contribuirá a la formación de una opinión pública crítica. Si entendemos las humanidades como un ejercicio permanente de interpretación de lo humano y de sus obras, entendiendo que las interpretaciones no son unívocas, requieren mucha voluntad de escucha y siempre comportan errores, opacidades, entonces estaremos formando en un êthos sensible ante la otredad y su reconocimiento, base de todo carácter efectivamente democrático. Si entendemos la educación para el trabajo como una forma cooperativa inteligente y no como competencias y destrezas individuales, entonces abriremos otra forma de entender nuestra labor bajo otra óptica más amable para la comunidad y nuestra relación con la naturaleza. Podríamos seguir extendiendo estas consideraciones a otras materias, como la educación física que no debería seguirse considerando desde la mentalidad de un sargento de gimnasio castrense. En todo caso, parece que la formación democrática no descansa en una asignatura sino en las actitudes pedagógicas con que pensamos todas y cada una de las asignaturas. Por ello, no resulta para nada exagerado afirmar que la educación para la democracia es entre nosotros una asignatura pendiente.

Mas, si la formación democrática es para nosotros una asignatura pendiente, de seguro será porque la democracia misma, en el sentido de nuestra forma de pensarla y practicarla, es también asignatura pendiente y no una simple materia a reparar. Y entendamos este “nosotros” no sólo como el “nosotros los venezolanos”, sino el “nosotros los humanos contemporáneos”, con contadas excepciones si las hay. Pensar la democracia reducida a un sistema político-jurídico es angostar su auténtico ser, el ser un “êthos” del reconocimiento de la maravillosa diversidad humana, tan maravillosa como la diversidad de la naturaleza. 

Publicado originalmente en Aporrea: Artículo 

viernes, 6 de marzo de 2026

Estado y Universidad. Una propuesta a propósito de una decisión de la Presidenta Rodríguez

 

En un encuentro empresarial del sector de hidrocarburos la Presidenta de la República anunció días atrás la creación de un consejo académico para que acompañe a este sector y se impulse la producción nacional. Este consejo asesor integra universidades públicas y privadas, es decir, va dirigido a todo el sistema universitario del país. Encontramos aquí otro indicador de cambio positivo que se suma a algunos otros orientados a garantizar las libertades ciudadanas. Ciertamente son indicadores y falta mucho por hacer. Circunscribiéndonos al tema universitario estamos ante un cambio de actitud del gobierno en esta materia. Por el bien de todo el país, universidad y gobierno no deben verse mutuamente como amenaza, ambos se necesitan y la nación los necesita en una relación armónica y productiva. De modo que en buenahora el anuncio presidencial y nuestros mayores deseos para que se concrete a la mayor brevedad posible. No obstante, la cosa si bien necesaria resulta insuficiente.

Un consejo académico reducido al sector económico de los hidrocarburos olvida que las universidades tienen demasiado que aportar en todos los demás ámbitos de la sociedad venezolana, sean económicos, políticos o culturales. Se entiende la importancia de los hidrocarburos, pero también hay que alertar que concentrar los mayores esfuerzos estatales en este sector no ayuda a volver realidad la vieja consigna de sembrar el petróleo, exigencia para superar nuestro carácter básicamente monoproductor y romper con el estrecho concepto de petroestado. En este sentido, invitamos a la Presidenta a que eleve su propuesta a un consejo académico para el Estado venezolano, para las múltiples tareas que conciernen al Estado y que nuestras universidades estudian e investigan permanentemente. Presidenta, piense como estadista, no sólo como un gobierno en tránsito, a usted talento no le falta. Ponga los primeros cimientos para otra relación y práctica con las universidades. Presidenta, vaya más allá, evalúe la posibilidad de finalmente constituir el Colegio de Venezuela.

Ya otros países se nos han adelantado en la fundación de su Colegio, lo cual es una ventaja en tanto y en cuanto que hay experiencias para evaluar y modelos para implementar. En latinoamérica cabe destacar el Colegio de México (Colmex). Su origen se remonta a la Casa de España en 1938, organizada por refugiados republicanos españoles con una destacada carrera académica o reconocidas preocupaciones intelectuales. Con el apoyo decidido del Presidente Lázaro Cárdenas se constituyó dicha casa en el actual Colegio, operativo desde octubre de 1940 reúne los más insignes investigadores y docentes con un énfasis en el campo de las ciencias humanas y sociales. El Colegio de México desarrolla actividades educativas de pregrado y postgrado del más alto nivel, gratuitas para mexicanos, siendo sus estudios reconocidos a nivel mundial y demandados desde distintas latitudes. Además, por excelencia es un consejo académico que ha reunido en no pocas ocasiones los mandatarios mexicanos para buscar asesoría y evaluar políticas públicas. Dispone de cursos en línea sobre distintas materias libres dirigidos a toda persona independientemente del grado educativo que posea. Es el Colegio de México una institución modélica cuando pensamos en reunir la sabiduría y experticia de un país.

A su vez, tuvo el Colegio de México un modelo reconocido planetariamente, el Collège de France. Fundado por Francisco I hacia 1530 con el propósito de formar no solo en las materias tradicionales de la enseñanza universitaria sino en otras que estas descuidan o no valoran suficientemente, su lema es “enseñarlo todo”. Por lo expuesto, no sólo reúne lo mejor de Francia en ciencias humanas y sociales sino en toda ciencia. Sus clases, conferencias y charlas son abiertas al público, gratuitas. Cada año sus miembros, que han tenido el máximo honor de ser incorporados al Colegio, tienen la obligación de ofrecer un seminario no repetido antes, de interés general y dirigido gratuitamente a todo público, Lévi-Strauss, Foucault e innumerables eminencias a lo largo de estos casi quinientos años han cumplido esta obligación con la sociedad francesa. No entrega ni títulos ni certificados de asistencia, el propósito es inscribirse para aprender y dialogar, no para obtener rangos académicos. Puede notarse su vocación democrática. Más allá de ello, el Collège ha sido tradicionalmente un consejo académico que escuchan los presidentes para las más importantes decisiones.

Hay, pues, modelos suficientes. Ya hemos mencionado dos. Hay también la necesidad en Venezuela, donde hasta carecemos de un sistema universitario nacional armónico. Estudiar una carrera en una universidad “X” y pasar a estudiar la misma carrera en la universidad “Y” implica en Venezuela realizar equivalencias y muchas veces empezar de nuevo pues no hay congruencia entre los planes de estudio, caso que ejemplifica la carencia de ese sistema nacional universitario. Adicionalmente, en lo que va de siglo se han creado casi que caprichosamente múltiples universidades bastante anacrónicas por ser especializadas en tiempos de complejidad, inter y transdisciplinariedad. Algunas de estas universidades ya ni existen o son sólo instituciones de papel. Ello ha incrementado el presupuesto universitario nacional y ha empobrecido a todos los centros de educación superior. Hoy se requiere una nueva legislación universitaria que se adecue a los nuevos tiempos y a las urgencias del país, se requiere sobre todo racionalizar el sistema universitario e integrar en las universidades más importantes del país las desvencijadas instituciones decretadas semana a semana durante mucho tiempo. Requerimos menos universidades pero más fuertes, con más músculo investigador y formador, que reúnan en su seno la rigurosidad rizomática de la sociedad del conocimiento. Con esta racionalización aumentará la calidad, los aportes educativos al país y habrá una viabilidad presupuestaria. De allí, de lo mejor del sector podrá surgir sin mayores costes el Colegio de Venezuela y el Estado venezolano dispondrá entonces de un Consejo Académico de altura y para todas las materias y, sobretodo, nuestras mujeres y hombres podrán formarse libre y gratuitamente en sus cursos. Definitivamente se trata de un ganar-ganar. Empero, lo primero es la voluntad del gobierno, su querer elevarse a Estado cimentando el futuro en el presente. Presidenta, para mañana es tarde.

Publicado originalmente en el portal Aporrea: Artículo