Por: Javier B. Seoane C. | Jueves, 06/08/2026 08:22 PM |
Cabe destacar con Augusto Mijares la voluntad republicana, y hasta cierto punto democrática, que acompañó desde su origen a la Venezuela que surgió desde el comienzo de la independencia. Conocido es que Bolívar, Bello, Rodríguez, del Toro, Roscio, Tovar y muchos otros se nutrieron de los ideales de la ilustración así como de los procesos revolucionarios de Francia y Estados Unidos. La invasión napoleónica a España y las no pocas torpezas de la Corona ofrecieron la crisis coyuntural para desatar el espíritu emancipador que dió a luz un nuevo tiempo. Por otra parte, la gesta revolucionaria francesa desató un espíritu romántico y seguidamente idealista en la época. Será el tiempo de la Historia, de los Herder, Humboldt, Goethe, como el tiempo de los Fichte, Schelling, Hegel. Será el tiempo de la conciencia histórica y de la esperanza en el progreso. Hasta la misma idea de "revolución" connota esa impronta romántico-idealista. Hay que decirlo, nuestra voluntad republicana y democrática poseía mucho de eso, de voluntad e idealismo.
Faltaron las condiciones materiales que dieran basamento al idealismo republicano de los precursores de nuestra independencia. Con contadas excepciones como la región andina, el país heredado de la colonia era de terratenientes sustentados en la producción de cacao, azúcar, añil y café, productos para nada imprescindibles en la dieta humana. Gran parte de las haciendas quedaron destruidas o cuando menos improductivas tras las cruentas guerras de independencia. Sólo a partir de 1830 se consiguió un corto período de relativa calma para revitalizar la producción, pero sin capitales nacionales para la inversión y llegando tarde a un comercio mundial que se movía ya con fuerzas industriales, nuestro país quedó como exportador de las materias primas ya señaladas en la división internacional del trabajo. Tampoco había suficiente población para desarrollar otro tipo de economía y pronto volvieron las guerras civiles en aquel país palúdico. ¿Cómo podría emerger en aquellas circunstancias un país integrado de ciudadanos? No había condiciones económicas como tampoco políticas y socioculturales. A pesar de ello, el anhelo republicano se mantuvo y llega hasta hoy, pero más que todo como anhelo, un anhelo que se ha manifestado a lo largo de estos dos siglos en nuestras formas de legislar, en nuestras leyes cívicas e ilustradas, pero al final leyes que se acatan pero no se cumplen.
De aquel país palúdico del XIX emergió otro en el siglo XX con una gran capacidad financiera producto de la explotación de los hidrocarburos. Ahora sí Venezuela se posicionó en un lugar destacado de la división internacional del trabajo, pero nuevamente como exportador de materia prima, de energía, e importador de casi todo lo demás. Heredada de la colonia la propiedad estatal del subsuelo, el Estado se fortaleció con las rentas que obtuvo de la explotación de la fuente que ha movido la producción y distribución mundial de la misma en el último siglo, el petróleo. Nuestro Estado devino en petroestado, y ante las inmensas necesidades heredadas de la miseria hizo mucho durante varias décadas en materia de modernización, primero cobrando impuestos y regalías a las transnacionales extranjeras, luego con la nacionalización de la producción a partir de 1976, si bien con poco tiempo de disfrute ante ya el colapso evidente del modelo económico hacia 1983. Para decirlo con Maza Zavala, aquel Estado engordó sin sacar músculo, modernizó pero sin mayor modernidad en cuanto a la formación de una sociedad civil relativamente independiente, pues gran parte de sus fundamentos fueron creados desde el Estado. Medina reunió a los empresarios en Fedecámaras, los adecos crearon organizaciones sindicales, campesinas y gremiales, pero casi todas desde arriba, desde el Estado. La economía giraba prácticamente en su totalidad alrededor del petróleo que poco empleo absorbía, menos del 0.5% de la población económicamente activa. Pero con una bomba financiera tan poderosa como lo es esa industria, con un imán tan potente, el empleo comenzó a crecer en sectores improductivos e informales al margen de los campos petroleros o en el sector burocrático-estatal bajo el ejercicio de un creciente clientelismo político para saciar la sed de legitimación de los gobiernos. Para decirlo ahora con Uslar, la sociedad comenzó a vivir del Estado, a depender del mismo. Sin duda, pésimas noticias para la democracia.
Con una economía parasitaria, un Estado macrocefálico y una sociedad con poco tejido asociativo pero creciente tanto en número de habitantes como en sus demandas urbanas y de consumo, el sistema colapsó a finales de la década de los setenta. En 1983 se evidenció la crisis económica, en 1989 la social y en 1992 la política. Hasta 1999 no se hicieron sino ajustes puntuales, salvo el intento de CAP II de darle un vuelco al modelo económico pero sin viabilidad política efectiva. A partir de 1999, el gobierno interpretó la crisis social y la crisis económica como solucionable a partir de una transformación política. Una nueva Constitución refrescó el modelo institucional, pero pronto se dejó de lado al apostar por un socialismo rentista y de corte militar burocrático que tornó exageradamente inmenso el tamaño del Estado y lo volvió aún más autoritario. Terminada la bonanza petrolera hacia 2013, ese gigante inoperante aplastó más y más a la ya de por sí débil sociedad civil y cercenó durante años el cambio económico valiéndose de la ya insuficiente renta petrolera.
Entendemos la democracia como democratización, como empoderamiento de las personas y libertad para expresarse y asociarse en sus comunidades y organizaciones ciudadanas, empoderamiento para lograr la menor dependencia posible de la racionalidad ganancial-competitiva propia del mercado o de la racionalidad jerárquico-burocrática propia del Estado. Para que la racionalidad horizontal-asociativa típico-ideal de las organizaciones civiles no quede sometida a la competencia individualista del mercado o al aparato burocrático estatal se precisa de unas determinadas condiciones materiales, de un modelo económico que invierta la relación de dependencia entre sociedad y Estado, un modelo productivo que haga que independice a los ciudadanos convirtiéndolos en financieros del gasto fiscal mediante los impuestos. La economía minera y petrolera bajo monopolio estatal no facilita esta tarea, máxime en un país en el que el petróleo llegó sin industrialización y en medio de la pobreza. El caso es que en las últimas cuatro décadas poco o casi nada se ha hecho por transformar el modelo de país. Más bien, el socialismo rentista, sobre la base de la bonanza de los precios del hidrocarburo, frustró más un cambio empoderador de los ciudadanos y las comunidades.
Las contradicciones del sistema finalmente han fulminado la soberanía, la de la sociedad venezolana para decidir su futuro mediante el ejercicio democrático y la del propio aparato estatal macrocefálico al quedar subyugado por las fuerzas estadounidenses. Lo triste es que para el país del norte solo parecemos contar como su reserva regional de minerales y petróleo, lo que nos mantendría en el peor de los mundos posibles, sin libertades democráticas y sin poder decidir sobre el empleo de nuestros recursos. La solución obvia: devolver la soberanía a la sociedad empoderándola económica y políticamente. Fácil de decir, difícil de implementar sin lograr acuerdos amplios entre las fuerzas políticas, económicas y sociales del país para enfrentar los desafíos presentes y construir un tejido asociativo civil y comunitario fuerte que le de músculo al ciudadano individual, a la economía productiva y a un Estado eficiente en la generación de equidad de oportunidades para la población ofreciendo la mayor calidad en materia de educación, salud y seguridad social. Mientras esperamos por este amplio acuerdo, actuemos desde nuestras respectivas instancias reclamándolo y organizándonos para poner coto a la aplanadora estatal que nos aprisiona y a la alternativa de dejar todo en mano de las libres fuerzas del mercado y su mano invisible y frecuentemente peluda. Ni lo uno ni lo otro, más comunidad y sociedad civil en su lugar. Y dentro de esta última la Universidad, que me toca de cerca, ha de cumplir un papel primordial como gran plataforma de encuentro para empoderarnos por medio de la pedagogía social que transforma nuestras vidas. No dudo que lo hará.