viernes, 17 de abril de 2026

¿Quién se ocupa de los semáforos de Caracas? A propósito de un rasgo de nuestro ser

¿Quién se ocupa de los semáforos de Caracas? A propósito de un rasgo de nuestro ser
Javier B. Seoane C. - www.aporrea.org


El semáforo en Venezuela ha sido tema recurrente para humoristas como Claudio Nazoa y Laureano Márquez así como para filósofos, psicólogos sociales y sociólogos. Nuestro comportamiento ante este artefacto de la sociedad moderna habla mucho de nosotros, de nuestras relaciones socioculturales y políticas. Una primera aproximación a este aparato nos habla de una institución hecha a la medida de la racionalidad moderna, una racionalidad que busca limitar lo más que se pueda la subjetividad. En este sentido, es una institución que funciona con un lenguaje de señales que pretende ser universal. Así, rojo sólo puede significar para cualquier ciudadano detenerse, verde significa pase y sólo la luz amarilla, una señal de precaución, deja un breve espacio a la subjetividad en cuanto a tomar la decisión de pasar o detenerse a partir de un cálculo del tiempo que se dispone para no entorpecer el tránsito. Para aquellas comunidades ciudadanas que respetan estos códigos objetivos y universales, la introducción de la subjetividad en cuanto a que alguien decida no acatar la orden respectiva puede resultar en accidentes fatales. En Venezuela, la mayoría nos hemos dado a la tarea de construir una hermenéutica propia en torno al semáforo. En nuestra peculiar interpretación la luz roja significa "ceda el paso", lo que hace que la luz verde signifique pase con precaución, pues el otro podría no ceder el paso. La amarilla suele interpretarse como "métase rápido". Aquí, entre nosotros, la subjetividad está a flor de piel, por lo que aquellos ciudadanos que deciden acatar el código objetivo y universal ya referido, es decir, aquel ciudadano que se comporte frente al semáforo de acuerdo con lo establecido por las leyes, los reglamentos y las normas sancionadas, se torna anómico y hasta peligroso para el proceder usual de la comunidad, a tal punto que puede terminar con lesiones o por lo menos bien insultado en la esquina respectiva. Ser un ciudadano respetuoso con la ley se torna fácilmente amenazante.

¿Para que se crearon los semáforos? Pues evidentemente no para entorpecer el trayecto del conductor o del peatón. Tampoco para evitar choques. Al revés. Los semáforos fueron creados e institucionalizados para que fluya más rápido el tráfico de unos y otros allí donde la concentración demográfica ha aumentado a tal punto la cantidad de peatones y conductores que se precisa regular el paso de unos y otros para evitar que colapsen las vías urbanas. De este modo, la cantidad de semáforos puede resultar un buen indicador de cuando un pueblito pasa a ser una pequeña ciudad, por lo que cuando se instala un primer semáforo en una localidad los locales suelen sentirse orgullosos de poseer el nuevo aparato. La sociedad se ha organizado en un Estado, probablemente en el órgano público de una alcaldía, para ordenar y hacer más expedito el movimiento de sus integrantes mediante la ubicación y mantenimiento de semáforos. Eso sí, para que la cosa opere adecuadamente se precisa una adecuada educación ciudadana y una autoridad gubernamental que vele por el correcto funcionamiento del aparato y el cumplimiento de la ley.

Muchas ciudades, preocupadas por su identidad y su estética, suelen uniformar los semáforos con un color determinado, propio de esa ciudad. Un tiempo en que viví en La Coruña allí todos estaban pintados alternando franjas blancas y rojas. Muerto Franco los pintaron de verde oscuro y negro. Los cambios de colores del mobiliario público suelen venir acompañados de cambios políticos. El ayuntamiento, como allí denominan la alcaldía, los pinta todos los años y los suele lavar todos los meses. Obviamente el mantenimiento se extiende a su regulación en el tiempo de los cambios de señal y en que las luces efectivamente enciendan. Si por algún accidente se daña el aparato o una parte del mismo al día siguiente suelen reponerlo. Para nuestra tonalidad vital caribeña quizás ello resulte algo obsesivo. En Madrid eran todos verde oscuro, en New York son amarillos. Allí están hoy informatizados y emplean la inteligencia artificial de modo de captar la densidad del tráfico para regularla y que nadie tenga que esperar en un semáforo en rojo cuando ya no hay tráfico del otro lado del cruce. Disponen de cámaras para fotografiar a algún imprudente que le dé por violar la ley. Oportunamente le llegará la multa con su respectiva foto a su residencia y correrá el peligro de perder su licencia si se vuelve reincidente en el crimen. En Alemania una de esas fotos fue causal de divorcio, al recibir la consorte del infractor la foto con el delito añadido de andar abrazando a su amante en el interior del vehículo. En todos estos sitios y muchos más hay semáforos para los vehículos automotores y también para los peatones, pues estos tienen que disponer del aparato para saber cuándo cruzar o detenerse. La cuestión es tan racional que, a menos que sea por una extraña y muy excepcional anomalía mecánica, el aparato no dará señal verde a peatones y vehículos al mismo tiempo, pues ello podría resultar en un fatal accidente.

En Caracas copiamos el amarillo neoyorquino, probablemente por la influencia gringa durante el último siglo de nuestra ciudad. No obstante, no nos tomamos muy en serio la uniformidad. El metro en su época los pintaba marrones y con unos postes muy elegantes que hasta disponía de una papelera con el propósito de mantener aseado el entorno urbano. Ahora suelen conseguirse tan desbaratados como el metro mismo. Si se cae uno de estos aparatos o hay que reemplazarlo, si la autoridad no dispone del amarillo usual pues coloca uno azul o quizás gris, el que simplemente tenga a la mano, así sea verde périco. El municipio Baruta tiene algunos negros y otros de distintos colores y así vamos. La autoridad no suele preocuparse desmedidamente por su mantenimiento. Esas obsesiones no las padecemos. En la esquina de Patronato hace como dos meses un camión le dio un mamonazo al poste del semáforo y este quedó desde entonces en un ángulo inverso de 45 grados que imposibilita al conductor ver qué señal está dando el instrumento citadino. En otras partes de la Avenida Este 2 los semáforos saltan de un cipotazo de verde a simplemente apagado para todo el mundo. En la Calle Codazzi con Avenida Ciudad Universitaria (Los Chaguaramos) el semáforo se pone en rojo para todo el mundo por varios minutos, y esto desde hace un tiempo ya lejano. Cuando coincidimos en cada esquina de esa calle los anómicos ciudadanos respetuosos con la ley solemos mirarnos unos a otros como pendejos esperando a que el otro, que debería tener en verde la señal pues yo la tengo en rojo, pase. Pero ya he dado la explicación: está en rojo para todos. Lo contado es apenas una muestra en dos partes de la ciudad, una muestra de algo que es muy frecuente en Caracas.

Llegados aquí se explica el título de este artículo, ¿Quién se ocupa de los semáforos en Caracas? Los ciudadanos muy poco. Y si el aparato no funciona pues el ciudadano aunque quiera acoplarse a la institución poco puede hacer. Lo más grave es que el órgano estatal respectivo, la autoridad, tampoco parece guardar mayor preocupación sobre la cosa. Cuando funciona el aparato, por ejemplo en Chacao funcionan varios, pues sufren de irracionalidad: en muchos cruces se pone en verde para peatones y vehículos al mismo tiempo, y que cada quien se las arregle como pueda. El estado difunde así la irracionalidad y refuerza la subjetividad para el caso. Este asunto no es nuevo, por supuesto. La sabiduría popular decía ya hace mucho tiempo que en cuanto a la política interior en Venezuela se aplica la doctrina Betancourt, a saber: usted puede hacer lo que le venga en gana pero no se meta con el gobierno. En los tempranos años ochenta, nuestro maravilloso artista plástico Juan Loyola le dio por pintar con el tricolor de nuestra bandera nacional los postes de semáforos abandonados de la Avenida Andrés Bello, para la época frecuentemente usados de baño público de canes y ciudadanos con urgencias urinarias. Se veían bellos pintados de amarillo, azul y rojo con las respectivas estrellas, para entonces una menos de las actuales. Pero duraron poco. La autoridad municipal le dio un repentino ataque de manutención de estos aparatos y en menos de una semana ya todos estaban relucientes con pintura amarilla y funcionando adecuadamente. Loyola terminó preso al poco tiempo. Hoy no es muy diferente, tenemos una estrella más en la bandera, los artistas críticos aprendieron la lección que se le aplicó a su antecesor y la cosa semaforil ha empeorado satisfactoriamente, como diría el conocido Rector actual de una importante universidad del país y mi Alma Mater.

Habrá quien piense que por qué me ocupo de estas bagatelas, que qué clase de pendejo soy en un país que está poco menos que famélico, o probablemente muy famélico; se dirá que hay cosas más importantes de las que ocuparse, quizás la Revolución que cambie nuestra Historia para siempre o la cuestión de vida o muerte de los salarios, la educación o la salud pública. Ciertamente. Hay cuestiones efectivamente trascendentales y urgentes para ocuparse en nuestra adolorida y maltratada Venezuela. Pero a mi me da a veces por estas tonterías que me parecen tan elocuentes de nuestra cotidianidad, de nosotros, de nuestras formas de relacionarnos y de la forma cómo el Estado (quizás decir mejor el gobierno) y sus funcionarios se relacionan con nosotros, las mujeres y los hombres de las calles de este, a pesar de todo, amable país.