jueves, 30 de julio de 2026

De Cinema Paradiso al Rialto, el mundo que se nos fue

 


Por: Javier B. Seoane C. | Jueves, 30/07/2026 10:46 PM |


"Cinema Paradiso" (1988), la reconocidísima película de Giuseppe Tornatore, descansa sobre el argumento de lo que una vez representó el cine en las comunidades humanas. Cargada de nostalgia por un tiempo que se fué junto con los antiguos cines, a más de uno, yo el primero, esta película sacó lágrimas. Sentimos con aquellos habitantes de aquel pueblo del sur italiano cómo vivían las películas proyectadas en el Cinema Paradiso, proyectando a su vez sus temores, sus anhelos, sus fantasías en cada función. Pero el cine no era sólo un edificio para proyectar películas y para que cada quien haga catarsis sentado en una butaca. El cine era mucho más.

Hace apenas unas semanas comenzó la demolición interna del Teatro Rialto en Barquisimeto, una edificación histórica dedicada a proyectar películas, con casi un siglo de existencia, inaugurada en 1929, declarada en 2005 patrimonio cultural de la nación venezolana. Una conocida firma comercial compró el edificio, y logrado el permiso de la Alcaldía de Iribarren, lo transforma ahora en un estacionamiento para sus clientes. La empresa ha afirmado que no se pierde ningún patrimonio pues la fachada principal se conservará, pero ya no será la fachada de un cine, será la fachada de un parking. Al parecer la Alcaldía y el comercio se sienten satisfechos puesto que se dice que el cine estaba abandonado y corría el peligro de desplomarse, en cambio ahora tendrá utilidad. No obstante, no han faltado serias protestas por parte de grupos destacados de la sociedad civil, protestas desoídas. Parece que dicha sociedad civil carece de suficiente fortaleza para hacerse oír. ¿Carecerá de suficiente tejido social orgánico? ¿Carecerá de espacios sociales para tejer dicho tejido? Si en la película de Tornatore el Cinema Paradiso se incendió, lo que el pueblo sintió como una gran calamidad, también el Cine Rialto padeció un grave incendio en 1931, pero se reconstruyó y volvió a abrir sus puertas a los pocos años. Allí, en las cercanías del centro de la ciudad, se reunió por décadas la sociedad barquisimetana para vivenciar los filmes, comentarlos y también conversar sobre diversos menesteres, para tejer sociedad.

Cinema Paradiso era un edificio, pero era sobre todo el lugar de encuentro de aquel pueblo de la postguerra italiana, el sitio para compartir un mundo de la vida, para dialogar, para enamorarse, para cuidarse unos a otros, para discutir sobre los problemas personales y colectivos. En aquel mundo sin "redes sociales" ni televisión el encuentro cara a cara era fundamental y la sala de cine era un espacio privilegiado para dichos encuentros, para el intercambio de sonrisas y miradas cómplices, para tejer redes que poco o nada tenían de virtuales. Del mismo modo, el Rialto constituía ese tipo de espacio social. Mi condición de sexagenario me dota de hermosos recuerdos sobre aquellos grandes cines. A mitad de la filmación había un intermedio de aproximadamente diez minutos en el que las personas salían de la sala a un hall a tomarse algo y reunirse brevemente, como igualmente antes de comenzar la proyección había tiempo para los encuentros personales en el susodicho salón de estar.

Como el Rialto, o como en Caracas el Lido, el Castellana, el Broadway, el Radio City o tantos otros, estos cines fueron por lo general hermosas arquitecturas, muy amplias, con cervecerías, cafés y librerías algunas, pero sobretodo eran arquitecturas para socializar sin que ello supusiera necesariamente consumir. Mas, a cierta altura, pasada la década de los sesenta, estos edificios se fueron transformando en otra cosa. Primero en multicines, es decir, donde antes había una sala única de proyección con gran aforo, muchas veces divididas en patio y balcón, repentinamente aparecieron tres o cuatro sino más salas, con menos capacidad pero donde simultáneamente se presentaban distintas películas para saciar el apetito de distintos públicos. Desapareció entonces el intermedio y el espacio entre una función y otra se redujo, convirtiéndose en salas en las que mientras un público salía por una puerta ya otro estaba entrando por la otra. Cada vez las salitas se parecían más a una estación del metro, con constantes entradas y salidas, y como tal estación de pasada se parecían más y más a lo que Marc Augé ha denominado un no-lugar, es decir, un espacio de anonimato, tránsito y probablemente consumo, un sitio sin vínculos sociales, como el baño público de una gasolinera o quizás el estacionamiento de un famoso comercio. Posteriormente gran parte de las clásicas salas de cine, muchas veces llamadas Teatros pues eran lo suficientemente grandes para representaciones dramatúrgicas, fueron demolidas y en su lugar se levantaron sendos centros comerciales, como son los casos del actual Lido o el Parque Cristal, en este último antes estaba el Cine Canaima de Caracas. En otros casos se construyeron gigantescas torres de oficinas de espejos a lo Manhattan, como ha ocurrido con el Castellana, también de Caracas. Ya desde allí no se contempla el Ávila, solo predomina la sombra. Mientras, las otras edificaciones que aún quedan en pie se vuelven iglesias evangélicas, o del Pare de Sufrir y demás. De algún modo, en esta transición del Cine-Teatro a la Iglesia algo queda de representaciones dramatúrgicas.

La modernización no perdona, especialmente para las ciudades en las que la renta del suelo se incrementa. Ahora en lugar de un cine hay muchas salitas dentro de gigantescos Mall con centenares de comercios de todo tipo, arquitecturas sin ventanas, circulares, en las que el paso del día no se percibe fácilmente a pesar de los tiempos cada vez más líquidos (Bauman) de nuestra época. Como dije, ya no hay intermedios ni espacios para permanecer al terminar o antes de empezar la filmación, espacios para que nos relacionemos, para saber de ti, para volver a verte, saber que vives. Para eso el genio emprendedor ha colocado las ferias de comida próximas a las puertas de las salitas, allí se sientan los espectadores ahora vueltos comensales de alguna conocida franquicia, sentados sobre sillas plásticas usualmente con colores chillones para que tampoco se te ocurra permanecer mucho allí, a menos, por supuesto, que sigas consumiendo. De lo contrario, un empleado retirará las bandejas, la basurita y te preguntará cortésmente si deseas algo más, recordándote que sólo eres un consumidor.

Hubo por aquellos tiempos de la serie de "Los Picapiedras", los años sesenta, autocines. En Caracas existieron varios. Singularmente recuerdo uno a la altura de Sebucán donde desde la Cota Mil uno podía colearse en la proyección sin pagar la entrada. Recuerdo otro por Los Chaguaramos, creo que hoy reconvertido en una estación policial no muy grata. Había otros en autopistas o en El Cafetal, donde las haciendas de otrora dieron paso al tránsito vehicular. Cuando vi por primera vez que convertirían el Rialto de Barquisimeto en estacionamiento pensé que volvían los autocines, que el Rialto se transformaría en un autocine, donde los citadinos con sus flamantes autos asistirían contentos, gritando ¡Yabba-Dabba-Doo!, a la función de turno. Pero no. Los autocines, después de todo, aunque poco dados a la socialización a menos que fuese dentro de la cabina de un auto, ocupan mucho terreno que se desperdicia sin sacarle el debido provecho pecuniario. El Rialto simplemente será el estacionamiento de un comercio, aunque podemos estar contentos pues conservará su flamante fachada histórica.

Y así amiga lectora, amigo lector, los tiempos líquidos del acelerado cambio tecnológico y la expansión comercial liquidan los espacios sociales para el encuentro humano, para la sonrisa, para el llanto compartido, para la discusión sobre nuestro futuro político, para tejer asociaciones o simplemente para querernos un poco más. Los intermedios y los salones de estar previos a las salas de cine dan paso a las ferias, las relaciones cara a cara a las "redes sociales". Mucho me temo que Cinema Paradiso no volverá, el Rialto tampoco. Tras su fachada se estacionarán autos cuyos choferes prestos al consumo desconocerán las vivencias que allí una vez se vivieron. Como pasa con nuestra infancia actual, en la que las pantallas han reemplazado a la plaza, al parque, al juego de pelota hecha con el cartón de un cuartico de jugo, al juego de la ere o del escondite, así el viejo cine pasa a ser un sitio de miles de pantallas, tantas como individuos haya, o quizás hasta un poco más, con cientos de comercios y la infaltable feria de franquicias. Lo que fue ya no será, cantó una vez José José.