Por: Javier B. Seoane C. | Viernes, 24/07/2026 06:42 AM |
Max Weber caracterizó la civilización occidental como un continuo proceso de desencantamiento y racionalización del mundo que promete un progreso al infinito, punto este último que hace más insignificante al individuo en su relativamente corta vida. Por ejemplo, la medicina y la biotecnología prometen que en pocos años alargará la existencia del individuo a más de 150 años suprimiendo enfermedades degenerativas y terminales mediante la ingeniería genética, no obstante, quienes hoy sufren de estas patologías sienten y saben que no llegarán a verlo. Lo prometido no es para ellos. En cambio, para otras civilizaciones que tenían una concepción cíclica del tiempo, para las cuales la vida como las estaciones del año eran un ciclo a cumplir, las personas no se sentían tan insatisfechas si lograban cumplir con su programación cultural de nacer, crecer y morir.
Hablar de la vida humana es hablar de su sentido, del significado de vivir, del para qué vivir. Empero, en el mundo moderno pronto descubrimos que el sentido de la vida no es unívoco, sino que hay una pluralidad de sentidos, un arco tan amplio como el que va de la idea de felicidad de la Madre Teresa hasta la idea de la vida loca de aquella canción que interpretaba Ricky Martin, y entre esos dos extremos cabe una gran variedad de sentidos, desde quienes consagran su existencia a su familia, o a su profesión, o al dinero y muchos más. Llegamos así a la interrogación sobre la procedencia de estos sentidos. La respuesta será compleja, pero en una de sus aristas parece claro que el sentido de la vida, de la propia y de la no propia, no la consigue el individuo en aislamiento, sino que antes, en un lenguaje heideggeriano, el individuo se encuentra arrojado al mundo, nace en un mundo que no ha inventado ni elegido, y ese mundo lo constituye. Se trata de un mundo simbólico que da sentido a nuestro lugar en el cosmos y al lugar de cada vida y cosa en ese cosmos. Los sentidos variarán conforme a estos mundos socioculturales. Por ejemplo, yo fui arrojado al mundo de mis padres que me dieron una primera formación, de mis maestros que me dieron otra, de mis amistades y amores, de mis experiencias más o menos directas con otras personas, que a su vez fueron también arrojadas a este mundo que compartimos. Si en lugar de donde nací hubiese nacido en una aldea china, o pakistaní, o en otra época, mi mundo sería otro, seguramente muy diferente. Reafirmemos entonces que el sentido y significado de la vida no lo consigo en aislamiento sino que es en gran medida una realización colectiva.
De vuelta con Weber, el occidental desencantamiento del mundo obedece a que en nuestro marco civilizatorio moderno se ha impuesto un tipo de racionalidad instrumental y estratégica, signada por una lógica del dominio sobre la naturaleza, marcada por una posición objetivista, un tipo de racionalidad para la que la vida, sea propia o la de otro, termina convirtiéndose en un objeto de manipulación. Al materializarse esta lógica en las instituciones sociales la acción humanamente deshumanizada se vuelve depredadora de la vida planetaria, mutiladora de la naturaleza, reduciendo todo a cálculo de medios para lograr con la mayor eficacia y eficiencia posibles fines viables y generalmente tangibles referidos al poder económico o político. Es una racionalidad que tiene como modelo la empresa capitalista y para la que lo humano termina siendo una variable más en el proceso de producción, un engranaje más en la gran maquinaria socioinstitucional, otro ladrillo más en la pared, parafraseando a Pink Floyd. Weber describe esta situación como un estuche vacío, una vida sin sentido. La empresa privada busca las ganancias, la empresa pública los réditos electorales. Es como construir edificios lo más rápido y al menor costo posible para obtener buenas ganancias, o construirlos sin mayores estudios y bases para obtener éxitos electorales. Todo se reduce a marketing y para evitar conflictos que vayan contra los intereses de este mercadeo conviene que los dioses se retiren de la plaza pública, es decir, retirar de la vida pública cualquier sistema de jerarquía de valores (dioses) y reducir todo a la lógica estratégica de la administración de los recursos, incluidos los humanos. Así, por poner un caso, la formación ética, cívica, humanística ha de marginarse, cuando no retirarse, de la educación escolar, pues esta ha de volverse lo más científicotécnica posible, lo más aséptica posible, lo más neutral posible en aras de evitar conflictos entre las preferencias subjetivas.
La racionalidad occidental ha decidido que en gustos y colores no discuten los doctores, esto es, que esos asuntos no son del saber sino de la subjetividad, de las preferencias de cada quien. La democracia, por poner un caso muy importante, no se entiende como valor, sino como técnica de elección y legitimación de gobiernos mediante el sufragio universal. Por eso, cuando un líder carismático y populista llega al poder y destruye la institucionalidad democrática con prácticas plebiscitarias quedamos perplejos y apenas atisbamos a decir que es muy fácil destruir la democracia con "prácticas democráticas". Sobran ejemplos a la izquierda y en los próximos años parece que sobrarán a la derecha. El sentido de la vida colectiva no se discute en colectivo, no es un asunto de la agenda social. Ya no preguntemos por el sentido de la vida personal, eso es un asunto de cada quien, pertenece al rango de lo privado, que cada quien resuelva en familia puertas adentro o en la iglesia de la esquina. Lo que importa es el cambalache, como diría Enrique Santos Discépolo. El individualismo sin individuos (Lukács) se impone.
Ahora bien, insistamos, la vida está constituida por dos dimensiones básicas: la biológica y la sociocultural. Si la vida animal y vegetal ha de respetarse, si hemos de concebir la naturaleza como sujeto y no como mero objeto, si la vida humana ha de valer la pena de vivirse, ello dependerá de la respuesta al significado de la vida que den nuestros mundos socioculturales. Si este mundo pretende olvidarse de esta dimensión fundamental que es el sentido y el significado, entonces no ha de extrañarse que la anomia crezca, es decir, que la criminalidad, la corrupción, el suicidio, el acoso se extiendan y amenacen la integración social poniendo en jaque la existencia toda. Tampoco ha de extrañar, para decirlo con Weber, que lo que queda de ciudadanía busque en el político demagogo al sustituto de lo que una vez fue el profeta, al que llene con algún significado el vacío creado, al que prometa caerle a plomo al hampa, freír las cabezas de sus contrincantes, expulsar a los pobres de la sociedad, regresar las mujeres a la condición de amas de casa o meter presos, en el mejor de los casos, a quienes no lleven una práctica sexual "natural". La civilización vaciada cava su propia tumba, llama desesperadamente al liderazgo carismático a refundar el mundo, no se conforma con menos que la mano dura de un dictador, así sea de poca monta como Pérez Jiménez, y el liderazgo carismático y la mano dura raramente resultan democráticas. Y, sin embargo, cataclismos trágicos, como el del pasado 24 de junio en Venezuela, abren una pequeña claraboya de esperanza cuando apreciamos la mano tendida de mujeres y hombres corrientes para sacar a un desconocido de los escombros, para sacar a un animalito, para permitir que la vida siga siendo vida. Ojalá que esa sociedad civil surgida espontáneamente ante la urgencia de esta tragedia, sin contar con el Estado ni con el mercado, al menos en aquellas primeras horas, pueda consolidarse para que el pueblo organizado de La Guaira convierta su sino en destino inteligente compartido, para que no sea de nuevo víctima de decisores que deciden sin ellos qué hacer con los guaireños y con su maravillosa tierra de luz reveroniana, para darle un sentido y significados propios a su ser guaireño.