martes, 15 de febrero de 2022

 La ciencia social como autoconocimiento 

A propósito del día del antropólogo y el sociólogo

(Publicado en https://www.aporrea.org/tecno/a309856.html el jueves 10 de febrero de 2022)

Javier B. Seoane C.

A veces no se reconoce la deuda del pensamiento moderno con el idealismo alemán. La mayoría de los manuales e historias de la filosofía inician el período moderno con el racionalismo de Descartes y el empirismo de Bacon. Siguen con el desarrollo de estos dos hilos hasta llegar al tejido que trama maravillosamente Kant. Decía el filósofo de Königsberg que los sentidos proporcionan la materia, siempre difusa y confusa, luego el entendimiento da forma a esa materia y, finalmente, la razón sueña con enlazarlo todo en una gran conjetura acerca del cosmos, su origen y el lugar del espíritu humano. La razón va necesariamente más allá de lo que puede proporcionar el entendimiento, pero sólo puede producir conjeturas sobre la estructura última de la realidad, conjeturas que no en pocas ocasiones sostiene dogmáticamente como verdades últimas, creando monstruos, dirá gráficamente el genial Goya.

El idealismo alemán fue un intento más de la razón por crear una conjetura que lo enlazara todo. Y aquí “todo” va en serio. Su gran categoría es la totalidad o, para ser más precisos, el Absoluto. El resultado filosófico de Kant se le presentaba insuficiente, particularmente la tesis de la cosa-en-sí (la realidad última) incognoscible que suponía renunciar a aprehender ese todo. Para nuestros idealistas Kant dejaba intacta la alienación entre sujeto y objeto fundacional de la modernidad filosófica desde Descartes y Bacon. Contrariamente a esta enajenación impulsaron una dialéctica entre sujeto y objeto, una que tomó diversas figuras en Fichte, Schelling y Hegel. Tomemos sinópticamente una de ellas, la tesis de la filosofía de la naturaleza (Naturphilosophie) de Schelling.

Con diferentes versiones desarrolladas entre finales de 1790 y comienzos de 1800, en plena efervescencia romántica y del paso de la alquimia a la química, la Naturphilosophie nos cuenta algo que hoy, en tiempos del Big Bang, parece familiar: en el origen la naturaleza (el cosmos, la realidad) emerge de unas pocas partículas materiales, quizás una con propio dinamismo intrínseco, que en su combinación va dando lugar a nuevas formas reales que, a su vez, en sus nuevas combinaciones, interrelaciones, va dando lugar a la complejidad que nos rodea. Llegados aquí, este “nos” de “nos rodea” habla ya del sujeto que somos o, cuando menos, del sujeto que pretendemos ser. Este sujeto que somos ha surgido también de esas combinaciones, es hijo e hija de la Natur, pero no cualquier hijo o hija, sino uno con conciencia de sí, con yo, uno que se piensa y al pensarse se descubre como parte de la naturaleza y al hacerlo esta se torna progresivamente autoconsciente. 

Hay en la Naturphilosophie de Schelling una madre naturaleza absoluta, un encontrarse en tiempos modernos con la ancestral pachamama latinoamericana. Naturaleza schellingeniana que evoluciona dialécticamente desde lo inorgánico a lo orgánico y de la inconsciencia a la consciencia y autoconsciencia, de la roca sartreana, en-sí bruto, a las artes que el alemán entiende genialmente como la naturaleza misma autocreándose por medio de una de sus partes: el artista. Creo que puede apreciarse sin mayor dificultad que en Schelling, como en Schiller o en Goethe, Lamarck y Darwin están ya in nuce. Creo que podrá entenderse también la relevancia que para un pensamiento que se quiere verde por ecológico tiene nuestro idealista: la naturaleza no se considera un objeto al entendimiento y servicio de un sujeto humano. No. La naturaleza es sujeto, actividad que en su devenir se hace y rehace volviéndose autoconsciente. Nosotros solo somos el órgano de ese ser absoluto que facilita su autoconsciencia.

Digamos, para cerrar esta parte, que la autoconsciencia del idealismo alemán procura superar la alienación sujeto-objeto manifiesta en muchas facetas tales como la alienación entre humano y naturaleza, artista y obra o humano y trabajo. Se reconoce el idealista como parte de la naturaleza y, más tarde, ya con Hegel, como parte de un devenir histórico. La naturaleza, podemos decir, se hace historia. Ya Marx está en ciernes. Mas, ¿qué tiene que ver todo esto con el título de este artículo? ¿Con la ciencia social?

Si con Schelling llegamos a que la naturaleza se crea a sí misma de modo autoconsciente por medio de las artes, bien podemos conjeturar que, una vez que se reconoce también como histórica, la naturaleza se piensa a sí misma en su historicidad develándose como ser social, reconociéndose como pensada desde un sujeto que ya no es el individuo aislado meditando frente a la chimenea, al modo de Descartes, sino como un individuo sustancialmente social, tejido y retejido por el lenguaje que permite ese pensarse. Pues para decir “pienso, luego existo” urge lenguaje, uno que resulta condición necesaria para nuestro pensar conceptual y que no es creación de algún inventor genial aislado sino creación colectiva, histórica y con una estructura anclada en la naturaleza, nuestra condición biológica. 

Los humanos, para decirlo con Cassirer, somos animales simbólicos. Lo primero, lo de animal, nos da nuestra partida de nacimiento: la naturaleza. Lo segundo, lo simbólico, da a esa naturaleza la condición autopoiética, la posibilidad cierta de recrearse. Y, para seguir con Cassirer, lo simbólico se despliega en diversas formas: desde las artes hasta la ingeniería, desde la metafísica hasta la ciencia social. En cada una de estas formas, ahora volviendo a Schelling, podemos decir que la naturaleza, el ser, se reconoce. 

La ciencia social como forma simbólica emerge aquí como autoconocimiento de una de las dimensiones más determinantes del ser que somos: el ser social. Intenta dar cuenta de nuestro condicionamiento social, condicionamiento más que claro en nuestro ser lenguaje. Busca conocer cómo se produce e integra la vida social de la autoconsciencia de la naturaleza. Empero, no se conforma con ello, sino que busca convertir nuestro sino trágico en destino elegido, develar el drama histórico humano y llevarlo a buen puerto. La economía, como una de las caras de esta ciencia social, producirá conocimiento y creará políticas económicas para contribuir a construir ese destino. Esperemos que no lo haga de la forma alienante, previa a la Naturphilosophie, de entender su entorno como meros recursos naturales y humanos, pues con esta alienación la catástrofe ecológica y humana transformará el destino en sino trágico. En esta diatriba está la economía, pero también las otras facetas de la ciencia social: la antropología, la politología, la lingüística, la sociología, la psicología con su respectivas dimensiones históricas.

El 11 de febrero se celebra en Venezuela el día del antropólogo y el sociólogo. Como por miopía formativa me concierne la sociología, quisiera dedicar las últimas líneas a esta faceta de la ciencia social. Para mi significa un terreno de libertad, para otros resulta una ciencia expansionista, que nació con vocación totalitaria o, cuando menos, una disciplina metiche, una que se mete en la moda, en el experimento del químico y también en la cama matrimonial del vecino. Aclararé mi significado. Precisamente por su condición metiche es expansiva cuando no expansionista. ¿Qué no es social entre nosotros? Poco. ¿No? Podemos hablar de ello en otra ocasión. Por cierto, también la antropología puede decir lo mismo. ¿Qué no es cultural entre nosotros? Poco, muy poco. Y quizás por ello sociología y antropología, interesadas ambas con nuestro ser simbólico, resultan ciencias inseparables y resulta inteligente celebrarlas el mismo día.

La sociología es terreno de libertad porque más que una profesión es un oficio (gracias Monsieur Bourdieu por aclararlo) cuyo arco va desde la reflexión teórico-epistemológica hasta el diseño, implementación, seguimiento y evaluación de políticas públicas. En otras palabras, va desde el pensar hasta la tecnología de lo público. Por eso no ha de extrañar ver sociólogos en un debate sobre la pluriparadigmaticidad de las ciencias contemporáneas, o como Ministros de sabe qué cosa, muchas veces de Planificación, o como miembros activos de una ONG sobre derechos humanos o diversidad sexual, o como rectores del CNE, o como contertulios de un programa televisivo sobre feng chui. Otra cosa es que los resultados de su oficio resulten más o menos buenos. Eso depende del corazoncito de cada quien, del valor de lo bueno que sostenemos, de la ética y con esta de la autorrepresentación del sociólogo.

Ante este arco tan amplio, que a mi me da sensación de libertad, el estudiante que se inicia en sociología generalmente se siente perdido: si casi todo es social entonces, se preguntará, cuál es el objeto de estudio de esta disciplina. Y muy probablemente en algún momento se tope con uno de los fundadores de esta cara de la ciencia social, Georg Simmel, que le dirá: “Amigo, la sociología carece de objeto, la sociología es una perspectiva (la social) sobre los objetos de las otras disciplinas y los otros conocimientos.” Y por eso la sociología, en tanto que saber, es más oficio que profesión.

La sociología, la ciencia social, es autoconocimiento del ser social que somos que no se sacia con el mero conocer sino que procura mediante la tecnología de lo público, las políticas públicas, convertir el sino trágico de nuestra historia en destino elegido. ¿Elegido por quién o quiénes? Aquí entra precisamente la cuestión de la ética y de la autorrepresentación del sociólogo. ¿Es el sociólogo un especialista, un estudioso que durante unos cuantos años se quemó las pestañas para hacerse con un conocimiento especializado que sirve a todos pero que sólo él, tal como el chamán de una tribu, posee? ¿Que en consecuencia todos deberíamos escuchar y seguir por nuestro bien? ¿O será el sociólogo alguien que, muy próximo a ese especialista, ha descubierto la verdad sobre la dominación que padecemos y busca nuestra liberación, alguien que debemos seguir para ser libres? ¿Alguien así como la Ayuso de Madrid que nos hará libres o el guerrillero revolucionario? ¿Alguien con una misión, un misionero dotado de la verdad?

No. Contundentemente no. El cientista social no está dotado de una misión verdadera, y si bien puede tener conocimientos puntuales que sobrepasan el entendimiento común, ha de saber que a las comunidades no se les puede imponer conocimientos y técnicas sino bajo algún tipo de violencia que tendrá graves repercusiones al cabo de un tiempo. Su razón producirá monstruos. Ha de intuir también que las comunidades están dotadas de una inteligencia y sabiduría popular que desconoce. Y si bien lo intuye sabrá entonces que antes que especialista su práctica resulta dialógica, pues ha de entrar en una acción y racionalidad comunicativas (gracias Apel, gracias Habermas) con las comunidades a las que su interés se dirige. Será también una práctica crítica, reflexiva, que busque en esa interacción dialógica superar mitos y obstáculos que impidan al ser social superar su sino y elegir su destino. Así, quien elegirá no será un chamán secularizado como especialista o un misionero sino una comunidad de habla en la que el cientista social participa con argumentos provenientes de su saber para convencer y persuadir, y también para dejarse convencer y persuadir pues las sociedades, si bien pueden ser poco ilustradas no resultan irracionales.

La sociología, como parte de la ciencia social, mejor, como dimensión de esta, constituye una forma simbólica que es autoconocimiento nuestro. Y volviendo al idealismo alemán y a Schelling, puesto que la vida social es vida natural, la ciencia social, si supera la alienación con su sociedad, es la ciencia natural mediante la cual la naturaleza se vuelve un poco más autoconsciente y busca crear su propio destino a la espera de que un Goya del futuro consiga menos materiales históricos para su bestiario. 


jueves, 1 de julio de 2021

Vertebrar a Venezuela

Javier B. Seoane C. 

“Se forma así un triángulo vicioso en el cual, por la falta de integración social, económica y política, la conflictividad política incide negativamente en el crecimiento económico, lo cual agrava las tensiones sociales que, a su vez, impiden el crecimiento económico y el progreso político y social. Por su parte, la falta de estabilidad económica impide la disminución de las tensiones sociales y el consenso político necesario para superarla”. (Juan Garrido Rovira y Maxim Ross: Origen y contenido del concepto de integración nacional). 

I 

Muy difícil se ha vuelto pensar en Venezuela, más difícil escribir lo que se piensa y más complicado aún orquestar una publicación periódica. Por eso, en estos tiempos con tono apocalíptico hay que celebrar una publicación dedicada a la integración social, especialmente si la sociedad de la que emerge esta publicación padece invertebración, por remitir a una conocida metáfora de Ortega y Gasset. Ha de ser todo un desafío para la Universidad Monteávila y su Centro de Estudios de Integración Nacional llevar a cabo esta tarea. Deseemos la mejor de las suertes a esta empresa humanística pues sus éxitos seguramente serán también los del país. Los dos trabajos que comprenden el primer número de la Revista de Integración Nacional, de enero-marzo de 2021, trabajos a cargo de Juan Garrido Rovira y Maxim Ross, muestran con rigor de pensamiento y laboriosidad académica la urgencia de reflexionar e investigar el tema de nuestro tiempo: un nuevo proyecto integrador que establezca objetivos consensuados en lo social, lo económico y lo político, agreguemos también lo cultural, para la Venezuela de las próximas décadas. Latinoamérica muestra éxitos inéditos cuando se logran acuerdos consensuados e inclusivos entre los diferentes actores sociales, económicos y políticos. Ciudades como Bogotá, Medellín o Curitiva son muestra de ello. La Venezuela que emergió a partir de 1959 también. Pero hoy aquella Venezuela se agotó y Garrido Rovira y Ross que bien lo saben se preocupan por convocarnos a recrear una nueva etapa nacional. Muy de acuerdo me encuentro con su invitación y con las primeras reflexiones que dejaron en la prometedora Revista. Tan de acuerdo que pasajes de sus trabajos han sido empleados como epígrafes de las partes de este ensayo, pues esos pasajes nos han orientado gratamente para estampar las palabras que siguen. Cuando se escribe para presentar las conclusiones de una larga investigación el resultado suele ser una sistemática exposición en forma de tratado o artículo para una revista especializada. Pero se puede escribir también como esfuerzo de esclarecimiento tanto personal como colectivo pues, después de todo, la frontera entre lo personal y lo colectivo siempre es borrosa. Se obtiene así con frecuencia una exposición ensayística, abierta al diálogo crítico y a la corrección futura. Este último es el caso de estas “Notas” que presento como apuntes de cuaderno para contribuir a orquestar una agenda de discusión sobre las crisis de Venezuela y algunas de las vías de su superación. Presento de antemano mis disculpas al lector por la complejidad siempre inacabada que pueda encontrar en las siguientes páginas y apelo a su comprensión con este escritor en formación (o, quizás, deformación). Creo que decir en ciencia social “crisis de integración” guarda cierta redundancia. En cierto modo, toda crisis comporta problemas de integración. No obstante, la redundante noción de “crisis de integración” conserva un sentido importante al referirse no a una crisis coyuntural sino a una más de fondo, a una crisis estructural. Estas notas aluden a nuestra crisis de integración. Pasaré primero una breve revista sobre la relevancia de la pregunta por la integración en el pensamiento social moderno. Seguidamente, ensayaré una aplicación de algunos conceptos de este pensamiento al caso venezolano del último siglo y cerraré con algunas propuestas para el debate de su superación. 


II 

“La falta tradicional de una visión integradora de lo político, lo económico y lo social...” (Juan Garrido Rovira y Maxim Ross: Origen y contenido del concepto de integración nacional). 

La teoría social moderna, base interpretativa de las ciencias sociales, emergió como respuesta a los problemas de desintegración generados por la transformación de los vínculos tradicionales de las relaciones sociales en las formas modernas. Las obras clásicas de Marx, Tönnies, Durkheim, Simmel y Weber giran en torno a la pregunta de cómo han de construirse nuevos vínculos sociales cuando los antiguos, fundados en las creencias sagradas, han perdido su fuerza legitimadora para las instituciones. Las revoluciones modernas generaron cambios acelerados y de fondo que se manifestaron en una continua crisis sistémica con base en crónicas insuficiencias en los procesos de legitimación de las instituciones sociales. La revolución científica, con sus sucesivos capítulos en la astronomía, la física, la química, la biología y las ciencias sociales, no sirvió a la promesa protestante de encontrar a la divinidad en el libro de la naturaleza. Antes, contribuyó a desarrollar un potencial técnico y tecnológico inédito en nuestra historia humana, uno sobre el que está montado nuestro mundo actual, mas no contribuyó a crear una narrativa que sirviese de fundamento a la nueva concepción del mundo que exigían los nuevos imperativos de racionalidad de la nueva organización social. En la filosofía se expresó como crisis de la metafísica. Dominante durante parte de la antigüedad y la edad media occidentales, la metafísica pareciera haber tenido su canto de cisne en la Ilustración, intento fallido de reencantar el mundo (Weber) mediante la Diosa Razón. Ya Goya, el genial artista español, anunció tempranamente que esa Razón produce monstruos. Por su parte, la revolución francesa y su irradiación por Europa y las Américas fulminó la legitimación política ancestral dando paso al ideario moderno de la democracia y de los derechos humanos no sin generar décadas de turbulencias. De ese transitar tormentoso por el siglo XIX surgieron las ideologías que nos acompañan, a la derecha y a la izquierda aparecieron estos discursos pseudocientíficos con pretensión legitimadora del poder político. Estas ideologías fraccionaron la sociedad moderna en distintos grupos de interés cuya mediación se dificultaba por los procesos de secularización ya avanzados por la revolución científica y la Ilustración. Toda esa fragmentación se agudizó con la revolución industrial. La industrialización configuró estos tiempos marcados por la racionalidad técnica del cálculo, de la eficiencia y la eficacia. Extrajo el reloj mecánico de los monasterios y lo sembró en nuestra cotidianidad. La vida toda se organizó a partir de la medida del espacio y, especialmente, del tiempo. Todo lo sólido se desvanece en el aire, decía Marx en el siglo XIX. Todo se torna líquido, dice recientemente Bauman. Simmel esbozaba en el Berlín de 1903 la metáfora que luego Chaplín haría visual en Modern times: el ser humano atrapado entre los engranajes de una gran máquina. En este newtoniano mundo de la mecánica terrestre las narrativas del sentido de la vida quedan confinadas a la vida privada, aquella que se desarrolla allende las puertas de la fábrica o de la oficina. A la par, las revoluciones urbana y agrícola generaron la sociedad de masas de nuestro tiempo, las antinomias de la democracia moderna que previó primero Tocqueville y un siglo después, al paso de la triunfal marcha del fascismo sobre Roma, Ortega y Gasset. La sociedad industrial trajo consigo progreso y regreso: el dominio técnico sobre la naturaleza se consolidó y también la lucha de clases, la marginalización, la pobreza frente a la riqueza. Hoy, en un tiempo postindustrial (Bell, Touraine) no cabe entendernos sin todo lo que ha significado la revolución industrial, desde el timbre de la escuela que anuncia la entrada hasta la organización del Holocausto en Auschwitz. La teoría social nunca ha abandonado la pregunta por la integración en el mundo moderno. Sin duda, este eje permanente de reflexión e investigación responde a las continuas crisis sistémicas de los últimos siglos y sus sucesivas revoluciones. Las obras más recientes de Anthony Giddens, Zigmunt Bauman, Alain Touraine, Ulrich Beck, Jürgen Habermas, Agnes Heller, entre muchos otros, critican la carencia de un efectivo cemento de la sociedad en un mundo extensamente instrumentalizado y postmetafísico, archipiélago de credos, algunos irreconciliables entre sí. La interrogante de estas horas sigue siendo, aludiendo a un título de Touraine, ¿podremos vivir juntos? En un importante capítulo del trayecto de la teoría social, Talcott Parsons elaboró su conocido sistema AGIL como metodología de análisis de los sistemas sociales. Allí presenta que toda sociedad debe satisfacer cuatro imperativos funcionales vinculados con las letras AGIL, a saber: (A) adaptación a los sistemas ambientales y otras sociedades, la función económica; (G) de goal, el establecimiento de metas que dirijan la acción colectiva, la función política; (I) integración por medio del establecimiento de pautas normativas de la vida social y su institucionalización para darle un carácter orgánico mediante grupos primarios como la familia y grupos secundarios como los entes propios de la sociedad civil y la comunidad, la función sociológica; y, (L) latencia, el sostenimiento y reproducción del marco axiológico y narrativo que da sustento a la significatividad de nuestro ser económico, político y social, la función cultural. De este modo, cualquier análisis de una sociedad pasa por considerar las complejas interacciones entre lo económico, lo político y lo sociocultural. ECONOMÍA POLÍTICA SOCIEDAD CULTURA El cuadro con sus cuatro compartimentos resulta de aceptación cuasi-universal en la ciencia social contemporánea. Trascendió el estructural-funcionalismo de Parsons y lo hace suyo, por ejemplo, un teórico crítico de la brillantez de Habermas. Este lo nutre más al identificar que los dos cuadrantes superiores (economía y política) operan en la modernidad como sistemas propiamente hablando, la racionalidad imperante en ellos es sistémica y estratégica, afín a la teoría de juegos. El sistema económico con sus subsistemas vinculados a lo productivo, la circulación, lo monetario y financiero, etc. El sistema político con los principios sustentados en el voto y sus subsistemas de partidos políticos, organizaciones civiles, organismos estatales, etc. En cambio, Habermas haciendo suyas las tradiciones fenomenológica e interaccionista simbólica llama la atención que los dos cuadrantes inferiores más que sistemas en sentido riguroso se levantan sobre la base del mundo-de-la-vida (Lebenswelt), un mundo estructurado desde las cosmovisiones o concepciones del mundo (Weltanschauungen), desde lo narrativo, lo significativo que da sentido a la vida, tanto la personal como la colectiva. Su racionalidad más que estratégica es comunicativa, es decir, se dirige al entendimiento, descansa en el consenso, el acuerdo. En otros términos, estamos ante modelos diferentes de racionalidad, modelos que han de integrarse y que de no hacerlo generarán crisis sistémicas. Cabe, entonces, hablar de una integración sistémica. El teórico alemán afirmará entonces que la integración que se tiene que dar entre las instituciones y los actores sociales en el cuadrante inferior izquierdo, integración propiamente social, solo se garantiza con una integración mayor: la que se tiene que dar entre los cuatro cuadrantes del sistema AGIL, la integración sistémica, siendo el caso que se puede dar de diferentes formas. Puede acontecer, como en la modernidad europea y norteamericana, que los sistemas económico y político colonicen el mundo de la vida, los espacios socioculturales, generando sociedades con problemas de integración por factores individualistas impuestos desde una racionalidad estratégica imperial que desaloja las narrativas de sentido del ser de lo público (la escuela, la administración pública, etc.). El dinero y el poder se tornan fines en sí mismos y se imponen comportamientos anómicos en aras del logro estratégico de beneficios. Asistimos así a un tipo social en permanente amenaza de disolución, en el que todo está permitido y ha de imponerse la ley de la selva. Todo se instrumentaliza y lo que no se refugia en la esfera de lo privado, como la familia, también en franca desintegración en un mundo sediento de un êthos que otorgue sentido a la acción humana. Un mundo, para decirlo con G. Lukács, con mucho individualismo pero sin individuos (en un sentido próximo al kantiano). Empero, puede darse el caso contrario, que el mundo de la vida colonice a los sistemas económico y político generando interferencias que vuelvan crítica la integración social. Esta parece la hipótesis más aceptable para los países latinoamericanos y el mal llamado tercer mundo. En este caso, las cargas socioculturales (religiosas, morales, estéticas) generan resistencias a la racionalidad estratégica moderna de lo económico y lo político. Idearios revolucionarios, reivindicaciones culturales de pasados étnicos y otras narrativas propias de cada situación se articulan con exaltaciones populistas y una vez instaladas en el poder político buscan redirigir la economía y el Estado por modelos que colisionan con el sistema económico global. El resultado suele ser la desintegración crítica de las relaciones económicas y el enfrentamiento anómicos de fuerzas políticas que impacta en la destrucción de las instituciones sociales. Se trata, si se quiere, de una crisis sistémica por “inflación narrativa”. Como cabe apreciar, la teoría social distingue entre integración social de las instituciones y los actores e integración sistémica, una mayor en la que las esferas de lo económico, lo político y lo sociocultural forman complejos bucles para potenciarse u obstaculizarse. La primera, la integración propiamente social se engarza con y depende de la integración sistémica. La cuestión de la integración social se trata del tema de nuestro tiempo, por seguir haciendo alusión a Ortega. Es el tema actual compartido por las ciencias humanas y sociales y la filosofía práctica, ética y política, una filosofía marcada en los últimos decenios por el debate entre liberales y comunitaristas, un debate que no pocas veces ha caído en la falacia de falsa oposición que tan bien acuñara y tratara el uruguayo Vaz Ferreira en su Lógica viva. Y es que no cabe pensar en las libertades y los derechos humanos sin comunidad, aunque la existencia de la comunidad no garantice por sí misma ningún derecho individual. El individuo como persona no emerge por generación espontánea sino desde instituciones y entes comunitarios como son la familia, la escuela, el vecindario, las iglesias o los grupos de pares. Por otra parte, estas instituciones y entes pueden tornarse totalitarias para las libertades de las personas. Llegados aquí, pasemos revista a algunas aristas que creo puede sugerir esta discusión para Venezuela y su vertebración. 


III 

“Con el ingreso petrolero desde los años 30 del siglo XX hasta el presente, se logra una integración relativa social a nivel nacional, pero la falta de igualdad de oportunidades y de puntos de partida (condiciones y circunstancias materiales diferentes entre los grupos sociales) impide una integración social que se materialice en la realidad”. Revista de Integración Nacional Nº 2 /2021  (Juan Garrido Rovira y Maxim Ross: Origen y contenido del concepto de integración nacional). 

Afirmar que Venezuela ha padecido las consecuencias de las revoluciones modernas sin haber tenido alguna de ellas no resulta hiperbólico. El ideario de la revolución francesa pronto llegó a nuestras élites mantuanas y apenas Napoleón invadió España aquí entramos en varias guerras al mismo tiempo: una civil primero como bien planteó Vallenilla Lanz, y luego, a esta se le yuxtapuso otra con la metrópolis. Por si fuese poco, la tónica época romántica y napoleónica se adueñó de nuestros militares y la guerra se extendió heroicamente por toda Sudamérica. Desde entonces la epopeya forma parte de nuestras narrativas, carácter epopéyico que en parte habíamos heredado de la España que se quiso ver como hija de una cruzada. Las guerras independentistas fueron devastadoras para Venezuela, el propio Bolívar ya en sus últimas horas, y visto lo poco que quedó en pie, se preguntó por el sentido de lo logrado. El tránsito que comenzamos a partir de 1830, bajo una considerable inflación narrativa republicana, pero carente del tejido social y económico para sostenerla, nos habla de un país bien metaforizado por Pino Iturrieta como archipiélago. Falto de carácter orgánico, era archipiélago entre su aspiración moderna, republicana, y los medios para lograrla. Era archipiélago político, fragmentación que marca hasta hoy las tensiones entre centralismo y federalismo, pendular ideológico según el momento histórico entre compartir el poder por un pacto de caudillos o concentrarlo en manos de uno que salga triunfante de una de nuestras guerras civiles. Un país destruido, sin caminos, nunca muy estimado en su pasado por la metrópolis hispana para establecerse, con poca población para la extensión de su territorio y la existente diezmada por eternas endemias y un analfabetismo generalizado. Cabrujas, en su conocida entrevista, “El Estado del disimulo”, nos recuerda que su madre para llegar a Mérida tenía que salir del país a Curazao y entrar de nuevo por el Zulia. Incomunicados florecía el caudillismo regional, factor de integración y mínima seguridad en un mundo desintegrado. En este contexto, el caudillo y la madre se convirtieron en las instituciones que integraban socialmente en forma mínima en medio del caos político, militar, económico y social, instituciones muchas veces contradictorias con el ideario del Estado republicano, ideario que anhelaba frecuentemente el discurso oficial del propio caudillo, pero que en su actuar político, necesariamente autoritario en la Venezuela archipiélago, echaba por tierra los potenciales democratizadores de sus orígenes igualitaristas y populares. Por otra parte, muy estudiada está la estructura matricentrada (Vethencourt, Grusson, De Viana, Moreno, Hurtado) de la familia venezolana. La madre es la figura central y no pocas veces la única en una institución familiar sometida a los vaivenes de una sociedad en permanentes guerras intestinas, guerras que arrasaron una y otra vez los establecimientos familiares, especialmente en las regiones no protegidas por la geografía montañosa. Así, la integración de esta familia, indiscutible base primaria de la sociedad, acontece con una fuerte carga emocional, vertical en su relación interna, empobrecida en sus recursos económicos, sin mayor amparo del Estado. La figura del caudillo y de la madre se superponen y complementan. Se superponen en su verticalidad y emotividad, en su necesario comportamiento autoritario pero a la vez protector, paternalista; en su mantener en una perpetua minoría de edad (Kant) al hijo o al “pueblo”. Se complementan en la medida en que el caudillo simbólicamente aparece como el padre perdido representando seguridad, integración. Se superponen en su reclamo de lealtad al grupo, al clan tribal, en su bloqueo a un êthos moderno fundado en relaciones abstractas, legal racionales, como las de ciudadanía. El tratamiento de estos temas corre el riesgo de quedar engarzado en prejuicios patriarcales, machistas, muchas veces enclavados con profundidad en reconocidas teorías como es el caso de muchas corrientes psicoanalíticas. Se precisa entonces aclarar que la atribución a la madre y a la mujer en general de caracteres más emocionales que racionales, de un êthos orientado al cuido y a la protección, se entreteje con el dominio patriarcal entroncado en la cultura. La mujer es formada por un “programa” sociocultural para la maternidad, la sensibilidad y el cuido. El varón es “programado” para la fortaleza, la racionalidad estratégica, para representar en esa racionalidad la ley, el orden legal racional (Weber). Estas “programaciones”, estos “softwares culturales” se despliegan desde todas las agencias socializadoras y cuentan con una larga tradición más que milenaria en los que se fundan. Más allá del condicionamiento biológico hablamos aquí de un condicionamiento sociocultural. Dicho lo cual, la cuestión del matricentrismo no resulta ajena a la consideración de que el déficit moderno, legal racional de nuestras instituciones públicas se fortalece con el bucle que se configura con el carácter autoritario, vertical y emotivo del caudillismo y el matricentrismo. Vemos así que las figuras políticas y sociales calan en una cultura profunda, inconsciente, prerreflexiva y muy espontánea en sus procederes. Caudillismo y matricentrismo que integra tribalmente, en grupos gobernados por un êthos de la lealtad al jefe, y que por ello mismo se constituye frecuentemente en un obstáculo a la constitución de un êthos universalizador. Así, intuitivamente creo que puede captarse la complejidad de cómo lo simbólico y lo institucional se retroalimentan y fortalecen al articularse, también en forma retroalimentaría, con un contexto económico precario. Venezuela se quería también, siempre desde sus élites, una economía integrada liberalmente al mercado mundial. Pero lo que quedó en aquel país de 1830 no daba para eso. Sin capitales, sin población y con una precaria producción cuyos fuertes eran productos lujosos para el mercado mundial como el café, el cacao, los cueros o el añil, carente de relaciones salariales y monetarias, imperante la propiedad terrateniente obtenida como ganancia de las guerras, huérfana de cualquier financiamiento, aquella Venezuela siguió enfrentada por sus conflictos sociopolíticos, por sus guerras intestinas, siguió siendo por un siglo un país palúdico, un archipiélago demográfico y económico. Las intenciones de instituir una economía próspera e integrada al mercado mundial se desvanecieron por las adversidades históricas y los patrones socioculturales heredados. ¿Cambiaría esta situación una vez conjugados el triunfo de un caudillo sobre todos los demás con una nueva base económica con mayor fuerza financiera? ¿Cambiaría una vez llegada la economía petrolera bajo la égida de un poderoso gobernante, centralizador y modernizador del Estado en cuanto a la administración de su hacienda pública y de la Fuerza Armada Nacional? ¿Cambiaría con la larga hegemonía de Juan Vicente Gómez y su tribu triunfante? La pregunta anterior admite diversas respuestas dependiendo de los aspectos que se analicen. De ahí su capciosidad. Mas su función retórica es pasar a otro capítulo de nuestra historia y las consideraciones que queremos poner sobre la mesa para repensar la integración sistémica y social nacional. Rodolfo Quintero, precursor de la antropología sociocultural venezolana, estudió los problemas de esta integración generados a partir de la implantación de la economía petrolera. En cierto modo hizo el antropólogo lo que el novelista Díaz Sánchez realizó con Mene: una aproximación etnográfica a la naciente sociedad venezolana del último siglo. Los escritos de Quintero sobre antropología del petróleo permiten reconstruir, a modo de una Matriuska, la formación del Petroestado a partir de la constitución de los primeros campos y las primeras ciudades petroleras. Destaca Quintero que el modelo petrolero se implanta en una economía y sociedad menguadas por los conflictos internos y sus consecuencias en la vida humana. Que se trata de un modelo que necesita de considerables inversiones de capital, de altas tecnologías sólo posibles por la inversión extranjera. Por otra parte, el campo petrolero demanda fuerza de trabajo calificada en diversos grados pero no muy cuantiosa. La economía petrolera produce desde temprano grandes ganancias y da atractivos beneficios a sus obreros y empleados en comparación con los obtenidos por los campesinos y capataces de las haciendas próximas, empobrecidos y en situación precapitalista y, en consecuencia, en condiciones de servidumbre. Pronto se vuelve el campo petrolero un polo de atracción para estos campesinos que en busca de un mejor futuro generan fuertes movimientos migratorios. Los campos petroleros tienen un inmenso potencial de circulación monetaria pero poca capacidad empleadora. Así, alrededor del campo petrolero se constituye toda una economía marginal, informal, que presta diferentes servicios a los trabajadores con empleo formal, desde el chiringuito que vende desayunos hasta el prostíbulo en el que en sus ratos libres cohabitarán obreros nativos y gerentes extranjeros. Tenemos entonces un gran poder económico, que desplaza la precaria economía tradicional por el abandono de los trabajadores de los entornos rurales y la capacidad importadora de rentables empresas comerciales que pondrán en el mercado interno productos más competitivos que los locales, mas, insisto, es un poder económico, el de la industria petrolera, que emplea poco. Y sin empleo, y sin “siembra” de la renta petrolera (Adriani, Uslar), la integración social, y la sistémica nacional, siempre estará amenazada por las formas anómicas que se desprenden de la informalidad que se extiende por todos los márgenes del campo petrolera. La delincuencia y criminalidad más diversa prospera para hacerse con parte de la renta, para redistribuir la riqueza por medios ilícitos y degradantes. Es aquí donde entra la Matriuska, pues el modelo del campo petrolero, la Matriuska menor, genera una copia semejante en la ciudad petrolera, la Matriuska intermedia, y, luego, otro modelo económico y social similar a nivel nacional, la Matriuska mayor. El campo es polo de atracción, no emplea, genera cinturones marginales de miseria a su alrededor. Pasará en la ciudad, pues los campos, como Lagunillas por ejemplo, se volverán ciudades. Pasará, finalmente, en el país todo cuando comience a vivir de la renta del petróleo. La anhelada “siembra” del petróleo nunca llegó a concretarse en la creación de un aparato productivo agropecuario e industrial nacional que sirviese de base a la creación de una Venezuela moderna que integrase a sus trabajadores con buenos empleos formales. Mucho se logró. El país dejó de ser palúdico y se volvió pionero a nivel mundial en la eliminación de muchas enfermedades endémicas. La transformación de la sanidad, con magníficos hombres como Gabaldón, duplicó en tres décadas la expectativa de vida del venezolano. El país se alfabetizó aceleradamente, se construyeron escuelas por doquier, se fundó el Instituto Pedagógico, la población universitaria se multiplicó geométricamente. Se llevó a cabo toda una revolución urbana, aunque nunca precedida por revolución agrícola ni revolución industrial alguna. Creció el sector terciario de la economía sin contraparte en los sectores productivos. Ciertamente el país se modernizó aceleradamente, las grandes autopistas, comparables a las de Los Ángeles ya en la década de los cincuenta, se cubrían de confortables vehículos y una red de carreteras permitió que se pudiera viajar de un lado a otro del país. Aeropostal fue una de las pioneras entre las aerolíneas comerciales del mundo, y la televisión llegó a muy pocos años de Estados Unidos y muy anterior a la mayoría de los países europeos. La autopista entre Caracas y La Guaira fue un espectáculo de ingeniería a nivel planetario con el túnel más largo sobre la tierra. El Aula Magna de la Ciudad Universitaria de Caracas se convirtió en orgullo arquitectónico de la nación y alojaría al poco de su inauguración a la Asamblea de la OEA. Y estos son sólo algunos de muchos ejemplos de esa modernización. Políticamente, y con base en las demandas de una pequeña clase media ilustrada que se venía formando desde inicios del siglo XX, se constituyó un sistema de democracia representativa que por primera vez en la historia republicana del país desplazaría a los militares del poder y comenzaría a pendular en una lógica bipartidista. Una sociedad civil incipiente comenzó a formarse en los núcleos urbanos, pero a diferencia de aquella pequeña clase media mencionada, los nuevos sectores medios crecían sin base orgánica en la economía productiva. Se desprendían de la extensión del Estado, han sido, en buena medida, una creación del Petroestado. Tempranamente se formó este Petroestado cuando para aprovechar las cargas impositivas y regalías sobre las concesionarias petroleras mantuvo históricamente sobrevalorado el bolívar. Expresión inicial de esta lógica fue el convenio cambiario Tinoco de 1934 que, a diferencia de casi todas las economías que devaluaban sus monedas nacionales para adaptar los sectores productivos al contexto de la Gran Depresión, aquí se ajustó el bolívar sobrevalorándolo dos veces ese año. Política cambiaría que condenaría históricamente la productividad nacional, pero política muy lógica si se piensa desde las necesidades sociales que aquel país palúdico y archipiélago tenía que atender desde el aparato estatal. La misma economía petrolera exigía para su buen desempeño que se atendieran dichas necesidades. Así, parece claro que la llamada “enfermedad holandesa” genera graves estados “febriles” en economías industrializadas cuando llega repentinamente una riqueza abundante en rentas sin contraparte productiva, pero genera síntomas más graves y destructivos cuando llega a economías miserables. La consecuencia ha sido la formación del Petroestado, favorecido por nuestras carencias y un contexto internacional de guerra fría que marcó pautas keynesianas en lo económico y de Estado benefactor en lo político. Este Petroestado se extendió modernizando el país. En cierto sentido, con la renta compramos aeropuertos, hoteles en las alturas de las montañas, medios de comunicación y muchos otros bienes, pero no compramos lo que no se puede comprar: los bienes socioculturales de la modernidad, de sus relaciones abstractas de ciudadanía y de instituciones públicas reguladas procedimentalmente por formas legales racionales. Se configuró una democracia representativa y fue por décadas exitosas y vitrina latinoamericana, pero sus pies eran de barro como de barro eran también los pies de la sociedad civil. Al carecer de base productiva, la democracia estatal y la sociedad civil no disponían de medios para consolidarse y sostenerse una vez entrado en crisis el modelo rentista. Dependían de esa renta y de las posibilidades que la misma ofrecía para mantener un consenso social y político comprado. Puede afirmarse que se compró integración social con renta. Más importante aún son los nudos culturales autoritarios y semitribales procedentes de nuestro tormentoso pasado. El Petroestado venezolano resultó paternalista y autoritario. Su poder financiero se conjugó con el juego electoral de la democracia representativa. La competencia partidista por el poder y las demandas profundas de una población marginalizada y de otra más reducida, middle class, que entraba en la lógica cultural de las modernas sociedades de consumo, reclamaban del juego político electoral más ofertas de bienestar y la competencia partidista estaba dispuesta en su sed de legitimación a ofrecerlas. Esta competencia electoral, la carencia de capitales privados y la estrechez productiva nacionales incrementaron el tamaño del Estado hasta que todo colapsó pues, para decirlo con Maza Zavala, en lugar de crecer éramos un cuerpo socioeconómico que engordaba, sin músculo y cada vez más demandante para los tiempos que habrían de venir. La socióloga Mercedes Pulido decía que el Estado venezolano se volvió tan poderoso que podía darle la espalda a la sociedad, y se la daba, salvo en los momentos de competencia electoral. Y se la dio con más fuerza a partir de los años ochenta cuando la quiebra del modelo rentista ya era evidente. Uslar señalaba que el Estado no vivía del trabajo de la sociedad sino que la sociedad vivía del Estado. Y a partir de los ochenta el Estado, salvo los capítulos breves y fracasados del Gran Viraje (1989- 1992) y de la Agenda Venezuela (1996-1998), ya cada vez menos pudo sostener esa sociedad y mantener los consensos otrora “comprados” con renta. Política, economía, sociedad y cultura forman un complex, un entrelazamiento que, en el caso venezolano, por razones históricas que aquí apenas se han esbozado, nunca lograron integrarse efectivamente por largos plazos y más bien han impulsado en lo social formas anómicas, marginalizadas, que refuerzan nuestro semitribalismo cultural, extienden la desconfianza e imposibilitan consolidar un adecuado capital social en el que nos encontremos como nación. La desintegración social y la desintegración sistémica se han vuelto crónicas a lo largo de cuatro décadas. ¿Cómo romper con el triángulo vicioso que el epígrafe de Rovira y Ross, ya bien nos mostró a la entrada de este ensayo? 


IV 

“...es vital para el país reflexionar sobre la necesidad de acordar un Proyecto Integrador en lo político, lo económico y lo social, mediante el ejercicio de una democracia consensuada cuyo objetivo fundamental sea la nivelación creciente de las diferencias de propiedad, educación y poder entre los venezolanos en el marco de un crecimiento económico sostenible”. (Juan Garrido Rovira y Maxim Ross: Origen y contenido del concepto de integración nacional). 

Espero haber ofrecido una apreciación más intuitiva que dianoética a la complejidad del fenómeno de la integración social y sistémica para el caso venezolano. El carácter discursivo, conceptual, resulta siempre inacabado por las diferentes dimensiones del asunto aquí tratado, por el poco espacio disponible para un breve ensayo y por las propias carencias del autor. En todo caso, quedamos satisfechos si esta lectura puede ofrecer algunos elementos para discutir y debatir sobre nuestro diagnóstico histórico y presentar algunas luces sobre su superación. Precisamente queremos concluir esbozando con unas pocas de esas luces. Venezuela atraviesa una crisis histórica decisiva, estamos al final de una etapa de nuestra historia. La crisis, para decirlo con la consabida definición de Gramsci, descansa en que lo nuevo todavía no ha nacido y lo viejo ya sólo da problemas insolubles. El modelo rentista sustentado sobre el petróleo ya no da los recursos para sostener las necesidades nacionales. Para valiosos especialistas (entre otros Urbaneja, Naim, Piñango, Coronil), ya desde finales de los años setenta este modelo resulta insuficiente. La creación y quiebre del Fondo de Inversiones de Venezuela en esa década se presenta como conocido indicador de los límites alcanzados por el rentismo, el Petroestado creado y la adopción desde los años cincuenta de políticas de sustitución de importaciones. De modo que no hay fuentes suficientes para cubrir adecuadamente los requerimientos para un crecimiento sostenible en el país. Por otra parte, al no haberse oportunamente modificado el modelo de desarrollo se ha llegado a una crisis de integración sistémica al generarse disrupciones y bloqueos severos en las interacciones de los sistemas económico, político y sociocultural del país. Así, a las crisis económicas de los años ochenta siguió en poco tiempo la evidencia de un quiebre social al final de esa década y de inmediato una crisis severa de legitimación del sistema político que dura, como las otras crisis mencionadas, hasta hoy. Hay también de fondo una crisis cultural que se expresa como una contradicción entre los bienes de la modernidad que la población anhela y nuestras prácticas políticas y cotidianas basadas más en vínculos primarios y semitribales que en relaciones de ciudadanía (González Fabre), pero también como crisis de motivación que se refleja en la pérdida de expectativas ante el futuro y en una de sus inmediatas consecuencias: los flujos de emigración que hemos visto en el último lustro, especialmente de personas jóvenes. Cabe hablar, entonces, de una crisis histórica en tanto que agotamiento de un período que se inició hace un siglo con el paso de la Venezuela agroexportadora a la petrolera, y de una crisis sistémica en cuanto que incapacidad para integrar los sistemas económicos, político y sociocultural entre sí. La crisis sistémica se agrava con fuerza en las dos últimas décadas como consecuencia de posponer la resolución de nuestra crisis histórica, de no iniciar un nuevo capítulo en nuestra historia, sino de haber incrementado el poder del Petroestado en detrimento de los lazos comunitarios, la sociedad civil y la iniciativa privada. Curiosamente todo esto bajo el intento de instituir un socialismo rentístico (Briceño León), aunque suene a oxímoron. En este punto, lo único que queda es crear una nueva etapa histórica que dé base a una nueva integración sistémica que garantice nuestra integración social. Seguidamente daremos cuenta de algunas posibilidades para construir esa nueva integración, siempre con fundamento en los cuatros cuadrantes de nuestro sistema: economía, política, sociedad y cultura. Venezuela tiene muchas posibilidades de desarrollo económico. Entre estas muchas quiero dar una tímida aproximación a las capacidades agropecuarias, turísticas y de emprendimientos vinculados a la sociedad de la información y el conocimiento. Para nada estas tres áreas agotan las potencialidades de Venezuela, cabe hablar también de emprendimientos en pequeña y mediana empresa y, por supuesto, de energía y minas. Cada región del país ofrece ventajas comparativas y vocaciones productivas (Ross) que pueden impulsar algunas de estas capacidades y emprendimientos. Hay que revitalizar la producción agropecuaria nacional en su diversidad. De lograrse con éxito aumentaremos nuestra seguridad alimentaria, el aumento de la competitividad en el mercado interno y de cara a la exportación al mercado mundial. Hay, para este último mercado, productos nacionales atractivos vinculados no solo al cacao, el café, el maíz, los granos, las carnes rojas y blancas y el pescado, sino también frutas tropicales, vegetales y flores. Se precisan fuentes de financiamiento para políticas públicas que impulsen colonizar los campos venezolanos abandonados por una población concentrada en unos pocos núcleos urbanos en la región costera. Se requieren políticas que recuperen infraestructuras viales, de irrigación y acueductos, de producción y distribución de energía eléctrica y servicios públicos, escolares y de salud. La universidad pública debe repensarse para fortalecer con becas y préstamos que hagan atractiva a estudiantes las áreas de agronomía y veterinaria. En esto último, el Estado, como el gran propietario terrateniente del país, podría financiar con buenas ventajas a los graduados en estas áreas tierras para la producción. Habría que democratizar el régimen de propiedad para incentivar sistemas de granjas llamados a aumentar la productividad y a generar una clase media en los campos de Venezuela. Se requiere esta lógica de la granja, intermedia entre el latifundio y el conuco, para revitalizar la agricultura nacional con bases socioeconómicas orgánicas. Precisamos hacer retroceder al Petroestado empoderando a los agentes económicos y su capital social, independizar materialmente al ciudadano del Estado. Un sector privilegiado en esta transformación es el turístico, para el que Venezuela tiene sobradas ventajas comparativas, todas las de las archifamosas islas del Caribe y más. Somos el país con el mayor litoral sobre este mar. Pero somos también selva y cordillera andina. Si España, potencia turística indiscutible, se enorgullece de su eslogan “España es diferente”, Venezuela resulta bien diversa y el secreto mejor guardado de estos lares. El circuito turístico ingresa divisas directa y constantemente y las ingresa al trabajador, al ciudadano de los sectores populares, del chiringuito, el taxi y la posada, entre otros. Puede servir para organizar comunidades locales enteras. Empero, para potenciar estas bondades hace falta de nuevo fuentes de financiamiento y políticas públicas y educativas orientadas a la infraestructura y a un cambio cultural que permita el mejor trato posible al turista. Venezuela tiene una juventud dinámica, una que ha emigrado y que podría volver con su experiencia bajo mejores condiciones nacionales, siendo el caso que los que no regresen potencialmente son vínculos para establecer redes socioeconómicas rentables. Con financiamiento y políticas públicas adecuadas pueden generarse dos o tres núcleos urbanos medianos en Estados como Guárico, Mérida o Monagas, por dar ejemplos, destinados al emprendimiento en tecnologías blandas de la sociedad de la información y el conocimiento. De nuevo aquí se requiere repensar nuestra educación superior. Instituciones universitarias, empresas y Estado tienen la capacidad para articular esfuerzos y disponer de medios con que volver atractivas, mediante becas y financiamiento de emprendimientos a graduados, las carreras técnicas que nutran esta economía del presente y futuro. ¿Pero cómo conseguir las fuentes de financiamiento en un país quebrado, con muy poco capital? ¿Cómo establecer unas políticas públicas y educativas inteligentes, políticas en función de enriquecer las vocaciones regionales como gusta decir el buen amigo Maxim Ross? Para estas preguntas no hay respuesta mágica. Tiene que rehacerse el sistema político nacional bajo parámetros modernos, pues desde aquí hoy se presentan los mayores obstáculos para un reconocimiento internacional que facilite financiamiento nacional. Precisamente asistimos a una de las aristas de nuestra crisis de integración sistémica: el sistema político bloquea el desarrollo del sistema económico, a su vez, la imposibilidad del crecimiento económico destruye la legitimidad del sistema político. La reconstitución institucional del sistema político exige que los actores políticos superen su actual limitación a una racionalidad estratégica orientada a la imposición de sus voluntades mediante el ejercicio electoral o, en su defecto, el ejercicio de desplazar al “enemigo”, que no adversario, por la violencia. La reconstitución institucional demanda una racionalidad orientada al entendimiento, al acuerdo razonable y reconocimiento entre las fuerzas políticas efectivamente existentes. Esta racionalidad comunicativa (Habermas) y discursiva (Apel) se ejerce bajo el principio de la mayor inclusión factible en los procesos de deliberación, tanto de los interesados como de los posibles afectados por las decisiones a tomar. Es el camino al que apuntan las teorías de la justicia (Rawls, Walzer, Dworkin) de nuestro tiempo, un tiempo marcado por la pluralidad, por la postmetafísica en el sentido weberiano de que en la modernidad los dioses han de retirarse de la plaza pública para evitar la guerra. En otras palabras, que las ideas de la felicidad, del bien supremo no pueden imponerse si se quieren evitar conflictos destructivos, que lo público demanda una ética de la justicia en la que puedan relacionarse y cohabitar, y hasta llegar a convivir, las distintas éticas del bien. Llegados a este punto entramos en la consideración de la retroalimentación entre el sistema político y el cultural, entre la lógica imperante de la acción política y la eticidad (Hegel) en tanto que urdimbre axiológica de una sociedad. Un êthos revolucionario, maximalista en sus aspiraciones, se rige por sus propias convicciones del bien supremo. No es de extrañar que su lógica sea la del todo o nada y sus ejes valorativos apunten a la lealtad al ideario que encarna un líder o grupo de líderes. Los ideales maximalistas revolucionarios reposan al final sobre la consabida jerarquía de vanguardia y retaguardia de la “Historia”. Ya apreciamos que la estructura familiar históricamente existente, emotiva y jerárquica, es una de las fuentes de esta cultura. Apreciamos que tiende a formas tribales. Al extenderse, también al modo de una Matriuska, desde la familia hasta el Estado, se replica este tribalismo y su sed de permanente lealtad permeada de fuertes cargas emocionales. Hecha esta cultura lógica política, exaltada como ideario revolucionario, se quiebran las instituciones democráticas que exigen el desalojo de los dioses de nuestra plaza pública. Refundar la democracia en Venezuela supone romper la lógica cultural tribal, maximalista y deficitaria en su racionalidad por la intervención de las emociones y la sed inagotable de lealtad al líder. Esta tarea es la más dificultosa, mucho más que el cambio del modelo económico. Doblar la cultura es más difícil que doblar una barra de acero templado con las manos. Es tarea intergeneracional transida por la actitud natural (Schütz) ante lo que cotidianamente somos, actitud inconsciente y prerreflexiva. Hay que esclarecer este fondo inconsciente mediante un ejercicio reflexivo colectivo. Mas, si ya para el individuo resulta difícil superar sus problemas psíquicos personales, pues solo acude a una terapia esclarecedora cuando su malestar se torna consciente e insoportable, mientras tanto reniega de su enfermedad, mucho más difícil es para una sociedad completa superar su psiquismo colectivo. La buena noticia es que estamos desde hace ya un buen tiempo viviendo experiencias traumáticas graves que despiertan la inteligencia natural (Dewey), que por estas experiencias la gente que somos hemos ido cambiando nuestra mentalidad y logrando el entendimiento de que se necesitan grandes cambios en todos los ámbitos de nuestra vida nacional. Hoy tenemos un empresariado muy diferente al del año 2000. Comprende su responsabilidad social, comprende que su supervivencia pasa por la supervivencia de toda la sociedad generando bienestar. Del mismo modo, estoy seguro que estamos ante otro trabajador, uno que ya asocia trabajo con productividad y no con un mero cumplir una labor. Pero seguramente estamos ante otras familias que por el éxodo se han quebrado. Hay razones para el optimismo, si bien este tipo de cambios históricos, sistémicos y sobre todo culturales llevan su tiempo generacional. Es menester que los actores sociales, económicos y políticos consolidemos la comprensión de que estamos en otro escenario en el país, que procede tejer alianzas sobre los hilos de una racionalidad inclusiva, dirigida al entendimiento. Tejer alianzas es la clave, tejer desde las pequeñas tribus a la gran tribu país, desde la pequeña familia a la gran familia. Si nuestra sociocultura descansa en gran medida en una lógica matricentrista, explotemos entonces lo que Seyla Benhabib ha reivindicado con fuerza del êthos que se asocia con lo femenino y materno: un êthos del cuidado, de la protección y el amor, del don, de la solidaridad. Fue Durkheim quien, desde la teoría social clásica, bautizó las formas de integración social con la palabra solidaridad, cuya etimología francesa remite a la geometría, a los sólidos geométricos, a las formas consolidadas. Integrar es consolidar. Hoy para nosotros consolidar en tanto que integrar es reconocer la diversidad de nuestras vocaciones e integrarnos sistémica y socialmente como país. Por estas claves hermenéuticas parece vislumbrarse la nueva narrativa histórica de Venezuela.

Publicado originalmente en la Revista de integración nacional, Universidad Monteávila, Caracas 2021.

Artículo

miércoles, 10 de febrero de 2021

Algunas tesis para provocar una discusión sobre la Venezuela de estos tiempos, la democracia y la ciencia social.

Algunas tesis para provocar una discusión sobre la Venezuela de estos tiempos, la democracia y la ciencia social.

Javier B. Seoane C.

Caracas, febrero de 2021

Creo que el título explica lo que se propone, simplemente provocar un diálogo sobre nuestro país, la democracia y la ciencia social. Sólo son una colección de tesis, afirmaciones para tal finalidad en el marco de la celebración del día del sociólogo.

La redacción en forma de tesis, o de aforismos, puede ser comprendida de muchos modos. Si de algo sirve, lo único que queremos es, huyendo del espíritu de sistema, compartir pensamientos provisorios que desean ponerse a prueba en el encuentro con otros pensares.

Las letras “JS” que anteceden al número de la tesis significa “Jornadas de Sociología”. Sin más.

Tesis:

JS. 1: La democracia, antes que un sistema político o un método de elección de autoridades, es un êthos, un modo de ser persona (María Zambrano), un modo de vida (J. Dewey), una cultura. Por eso es un resultado histórico.

JS. 2: La democracia surge de una necesidad: la de no matarnos en una guerra permanente. Supone que surge del enfrentamiento potencial o actual. Al principio sólo era un modo de tolerar (soportar, ver etimología) al otro con quien nos toca habitar.

JS.3: De Venezuela imagino que Durkheim diría que es y ha sido una monstruosidad sociológica (cf.División del trabajo…): un Estado macrocefálico, una sociedad inorgánica en tanto que polvareda de individuos sin solidaridad. Ello tiene su razón.

JS. 4: En el último siglo Venezuela ha sufrido las consecuencias de una revolución industrial sin tenerla. Y en los últimos tiempos de una guerra sin tenerla en términos clásicos. Esta sociedad no ha podido nacer en su forma orgánica (Durkheim).

JS. 5: Venezuela no ha podido nacer como sociedad orgánica cuando de repente, en el mundo, todo lo sólido se desvanece en el aire (Marx) o todo se torna líquido (Bauman).

JS. 6: Venezuela es un campo minero (dixit Cabrujas). Pero antes Rodolfo Quintero nos mostró cómo el campo petrolero como modo de (des)integración social es modelo del país. Como una matriuska: campo, ciudad, país petroleros.

JS. 7: Pero antes de volvernos un campo petrolero ya éramos un país archipiélago (Pino Iturrieta). Y sin embargo, con un permanente anhelo republicano.

JS. 8: Creo que el êthos de la ciencia social opone a J. Dewey y Weber en el sentido de que esta ciencia no puede declararse neutral, pues para ser posible precisa de las libertades conquistadas por una sociedad democrática.

JS. 9: La ciencia social es ciencia natural, sólo que con la emergencia humana en la naturaleza ha surgido también el mundo, y el mundo tiene tres claras dimensiones: física (objetiva), psicológica (subjetiva) y, especialmente, simbólica (intersubjetiva).

JS. 10: Lo simbólico, terreno de estudio privilegiado de la ciencia social, no es meramente imaginario o accesorio. El humano es un animal simbólico (Cassirer): hemos dado la vida, y la seguimos dando, por cruces, ideales políticos, el país, el amor, la vida digna…

JS. 11: La ciencia social es autoconocimiento. Es nuestro subsistema de auto-observación (Luhmann) que busca hacer del futuro un destino socialmente elegido (Heller). Su inmenso arco va desde la producción de significado hasta la formulación de políticas públicas.

JS. 12: Por su carácter técnico, comprensivo y emancipatorio (Habermas), por su carácter de autoconocimiento, la ciencia social precisa democratizarse, volverse una propiedad de toda la sociedad. Empero, todavía está muy lejos de la Escuela y los medios.

miércoles, 30 de septiembre de 2020

Aproximación a la noción de identidad colectiva

 Presentación de una "Aproximación a la noción de identidad colectiva":

Presentación


viernes, 28 de agosto de 2020

La política como arte del buen tejer

 


Javier B. Seoane C.

“¿Qué modelo, muy pequeño por cierto, pero que posea la misma función que la política, crees que podríamos tomar como punto de comparación para descubrir de un modo adecuado el objeto de nuestra búsqueda? ¡Por Zeus! ¿Quieres, Sócrates, si no tenemos algún otro a mano, que escojamos, por ahora, el arte de tejer?” (Platón, 279b).

¿A qué arte se parece la política? Ante el desconcierto de los tiempos que corren cabe preguntarse por ello. Ensayemos brevemente con tres artes diferentes a ver qué sale: el arte de los magos, el de los pastores y el de los tejedores. Veamos de qué va cada uno. El arte de la magia descansa en el poder del mago para convocar e invocar por medio de la palabra fuerzas sobrenaturales que producen efectos inesperados a la mayor brevedad posible. La magia, como el mito, depara toda su fuerza en el lenguaje como creador de realidades. Emitir la fórmula mágica, el mantra respectivo, o quizás el discurso clave en el momento oportuno genera el estado anhelado. La magia está muy alejada del trabajo cotidiano, del esfuerzo continuado y del buen desarrollo del sentido común. Todo esto resulta muy prosaico para la fuerza de lo extraordinario y externo al discurrir normal de la vida que ella convoca. A la inversa, el arte pastoril requiere del esfuerzo laborioso y del cuido diario del rebaño para que crezca sano, robusto y no se descarrile. El pastor hábil sabe cómo hacerlo, conoce bien la técnica de amasar la masa para darle la forma conveniente, para hacer del borrego todo un borrego. Suele acompañarse de un buen can que ejerza de policía de la manada. El pastor quiere borregos. El inhábil también los quiere pero no logra cuidarlos y termina con un rebaño famélico, uno que no ha de llegar muy lejos.

Otro es el arte del tejedor. Cual pastor debe poseer la virtud de la paciencia laboriosa, pero a diferencia de este no le conciernen masas que amasar ni borregos que encarrilar. Se teje segundo a segundo, día a día, atando cabos, para tras un esfuerzo cargado de sabiduría y experiencia unir urdimbre con trama y generar una pieza consistente y no pocas veces de sobria belleza. Cual arácnido, el tejedor salva abismos, genera puentes, enlaza lo que está originalmente divorciado.  Tejer es coordinar esfuerzos, entrelazar campos de fuerza, diseñar un espacio para compartir unos y otros, para habitarlo juntos. El político tejedor se legitima mediante la aceptación que sanciona el acuerdo. En cambio, el político pastoril y el mago precisan de la fuerza que otorga el carisma —fuerza que se apaga en la medida en que no logra los éxitos esperados.

El juego de metáforas y analogías del pastor y del tejedor ya fue sugerido por Platón en su diálogo El político hace más de dos mil años. Nosotros, siguiendo el mandato de Ortega y Gasset que obliga a atenernos a nuestra circunstancia, hemos agregado el mago inspirándonos en Cabrujas y Coronil. Cada una de estas figuras políticas tiene su circunstancia histórica. Aproximémonos un poquito a la de cada una.
El pastor, como buen caudillo, emerge de momentos marcados por cambios bruscos y la desorganización social, la falta de tejido, carencia de lazos entre los habitantes —no hay ciudadanos donde hay pastores, caudillos, hay habitantes y súbditos. Nuestra guerra de independencia, pero también nuestro tormentoso siglo XIX exigía este tipo de político, heredero del bárbaro conquistador. Hoy, cuando llevamos más de dos décadas de demolición institucional del país, se presenta de nuevo.

El mago se conjuga con circunstancias fantásticas. Cuando observamos que la realidad que nos rodea brota de fuerzas extrañas a nuestro trabajo desarrollamos fácilmente el sentido de que el mundo es obra de potencias que nos sobrepasan. Si esa realidad resulta esplendorosa por lo que promete quedamos a la expectativa de recibir las buenas vibras. No hacemos, esperamos. En todo caso, invocamos. Nuestro siglo XX, petrolero, sacó ciudades, instituciones y rangos de consumo socioeconómico de la chistera del Estado, artilugio desde el cual unos políticos magos se legitimaron en diferentes momentos distribuyendo patrimonial y clientelarmente renta entre los diferentes sectores sociales. Hemos tenido, una vez más con la afortunada expresión de Cabrujas y el arduo trabajo interpretativo de Coronil, un Estado mágico y más de un político, como Carlos Andrés Pérez o Hugo Chávez, que parecía mago.

Los carismáticos magos Pérez y Chávez dispusieron de cuantiosa renta para distribuir. El primero, en su segundo gobierno, empobrecido su respaldo económico terminó con su carisma también en mengua. Y es que el carisma, además de la persona y sus encantos sociales, suele acompañarse bien si hay buena cartera que lo respalde. A carencia de este recurso, la figura del pastor suele predominar. Aparecerán caudillos socarrones, sombríos, que despiertan el temor, no la simpatía, a lo Gómez en Venezuela o Franco en España. El mago y el pastor, ni hay que decirlo, convergen en el caudillismo. Han sido las figuras que han cubierto la mayor extensión de nuestra historia. No podía ser de otro modo para una sociedad que nunca ha dispuesto de suficiente tiempo histórico para asentarse, para arraigarse y tejer desde ella, desde abajo, sus instituciones.

El tejedor tiene otra circunstancia. Suele nacer de mundos sedentarizados, donde ya se han constituido en el largo devenir fuerzas diversas con poderes diferentes. Entonces, tiene lugar el atador de cabos, aquel que entreteje, que convoca a unos y otros para diseñar una arquitectónica favorable a la convivencia pacífica. El tejedor tiene la astucia de reconocer las fuerzas de unos y otros y visualiza los pliegues por los que cabe enlazarlas entre sí. Coordinarlas en un proyecto histórico. El tejedor hace su trabajo mediante el cruce de muchos hilos, mediante la conjunción de muchas tramas. Su trabajo, a diferencia del mago y el pastor, es colectivo. No es caudillo, es artífice de encuentros, gestor de pactos para dar un rumbo determinado a la nave en que vamos. López y Medina, por su circunstancia, tuvieron algo de ello. Al segundo la irrupción pastoril, en conspiración con el azar histórico, lo desplazó del poder a pocos meses del final de su período. Sin embargo, para el momento bastante había tejido con socialdemócratas, socialcristianos, comunistas, empresarios extranjeros y nacionales, trabajadores. La irrupción pastoril fue desplazada por otro pastor que se disfrazó de mago en los años cincuenta. Después, a partir del 58 y hasta el 74, los mismos actores que fueron pastores en el 45 se volvieron tejedores, y salvo la exclusión de los partidos de izquierda y ciertas violencias imperdonables, no lo hicieron tan mal. Pero no hubo tiempo para más y en el 74 se impuso el mago y sus doce apóstoles.

Ni el pastor ni el mago disponen de las destrezas del tejedor para incluir. El accionar de aquellos los vuelve excluyentes e históricamente pedantes. Hoy, cuando la Venezuela mágica ya no es ni puede ser, las capas hegemónicas del gobierno y la oposición se comportan conservadoramente pastoriles. Para legitimarse prometen la magia de otrora aún viva en el recuerdo de nuestras clases medias y populares. Cuando se ven las costuras falsas de esa magia, entonces apelan al diálogo tejedor, pero cual Penélope destejen en la noche lo poco tejido en el día. Son zombis que caminan entre nosotros porque no hemos sabido enterrarlos, porque como sociedad desarticulada, desmembrada, no hemos dado a luz a los tejedores, a las tejedoras (las mujeres siempre han sido mejor tejedoras, como hoy Merkel), del futuro. Decía al pensador de El Escorial que si no salvamos nuestra circunstancia tampoco nos salvaremos nosotros. Sólo nos queda empezar a tejer o darnos bandazos históricos entre un pastor y otro, ambos sin carisma, sin magia que ofrecer, ambos brutos, perpetuando el sopor de la infertilidad de este presente.

Caracas, agosto de 2020

miércoles, 19 de agosto de 2020

Sociedad civil ¿Con o sin pimentón?

 Sociedad Civil ¿Con o sin pimentón?Pimenton - mercaldas

Javier B. Seoane C.

“En los últimos años, han arreciado las críticas a su carácter pervasivo, al hecho de encontrarse instalado en todas y cada una de las células del tejido social; de que, desde el Presidente de la República hasta la directiva de «Los Criollitos», se elijan por colores políticos. Hay quienes piensan que eso se debe a una ley electoral que los favorece, al rechazar la uninominalidad e imponer la elección por listas cerradas. Pero es poco probable que un fenómeno social y no sólo político pueda ser provocado por una simple ley: eso es volver a la ingenua confusión entre país legal y país real. La explicación tal vez resida en otra parte: al aparecer en la escena venezolana, los partidos políticos contemporáneos estaban actuando en terreno virgen. En efecto, en las sociedades de más larga historia política, los partidos no suelen encontrarse solos en el escenario social.”

(Manuel Caballero: Las crisis de la Venezuela contemporánea (1903-1992), Alfadil ediciones, 6ª edición, Caracas 2009; p. 124).

 

Aquel 29 de mayo el Señor Vicepresidente fue abordado por los bulliciosos reporteros. Don Luis ya estaba acostumbrado a ese revoloteo a su alrededor, a ese abejorreo que, como si él fuese dulce flor silvestre, lo perseguía un día sí y otro también, después de todo era un avezado político, de no pocas batallas en la Venezuela contemporánea, seguro de sí, y a quien no le molestaba mucho esas frecuentes interpelaciones. Fue entonces cuando surgió la inquietante pregunta reporteril: ¿estaba participando la sociedad civil en los procedimientos de selección de los rectores electorales del Estado? Don Luis, con su frecuente porte sonriente, devolvió la pregunta: “¿Sociedad civil? ¿Con qué se come eso?”, dijo. Hoy, veinte años después, nos preguntamos nuevamente, ¿con qué se come la sociedad civil en Venezuela?

¿Qué supone la “sociedad civil”? Supone demasiados rasgos pues, sin duda, estamos ante un concepto poliédrico. Veamos solo tres supuestos, que a su vez presuponen otros universos significativos por explorar, acordes con nuestro propósito sobre la naturaleza comestible de nuestra sociedad. Primero y más evidente, la sociedad civil supone ciudadanos, lo que nos remite a la condición de ciudadanía. ¿Es esta una condición solamente jurídica o, más bien, lo jurídico ha de suponer una condición sociocultural? Si cabe distinguir entre habitantes y ciudadanos estamos ante una condición sociocultural. Social, pues esta cultura supone un determinado grado de conformación de los vínculos que unen a las personas entre sí y determinada distinción entre lo privado y lo público, en el que la apropiación colectiva de esta última esfera de acción y convivencia se instituye bajo una juridicidad que reposa bajo la forma de una eticidad (Sittlichkeit) universalista. En otras palabras, la condición de ciudadanía se configura como una mentalidad que se orienta hacia los otros como sujetos de derecho y en tanto que partícipes de un destino compartido. De aquí llegamos a un segundo supuesto, la condición ciudadana establece vínculos de asociación (Tönnies) sobre el sustento de actitudes racional-legales (Weber) que abstraen los vínculos primarios y afectivo-emocionales de las personas entre sí. Cuando trato a alguien como ciudadano lo trato como sujeto de derecho y no como pana, camarada o familiar. Como funcionario público le hago los trámites para su pasaporte sin considerar sus vínculos familiares, partidistas, grupales.  Así, la condición ciudadana, base de la sociedad civil, es una condición no natural sino aprendida y en consecuencia histórica, que va de la mano con determinados grados de evolución social, evolución que acontece bajo el signo de una durée histórica específica, de una duración relativamente larga en el tiempo enmarcada sobre la base de economías específicas (de base monetaria, comercial e industrial) y sistemas políticos y jurídicos emergentes a partir de éstas (separación de lo público y lo privado, institucionalidad de la propiedad privada, constitucionalidad legal-racional, pluralidad, Estado de derecho).

Cerremos con nuestro tercer supuesto: la sociedad civil, que descansa sobre la condición sociocultural e histórica de la ciudadanía, en tanto que societas supone organicidad en el sentido de que el ciudadano se asocia con otros ciudadanos para constituir redes sociales relativamente institucionalizadas. Para decirlo un poco con Hegel: la singularidad del ciudadano se convierte en la particularidad de la asociación. Hegel entendía en su Filosofía del derecho que la sociedad civil se constituía de ciudadanos cuya conciencia los llevaba a organizarse en función de defender y promover sus intereses. Y puesto que se trata de intereses muy diversos los existentes en nuestros tiempos modernos, el terreno de la sociedad civil se caracteriza por su agonística. Se trata de un campo en el cual colisionan muchas veces los intereses de los grupos ciudadanos organizados, por ejemplo, el conflicto entre empresarios y sindicalistas o entre industriales y ecologistas. Para mediar entre estos conflictos, el filósofo alemán consideraba que el Estado, entendido como Estado de derecho, resulta fundamental. El Estado se constituía en árbitro público para armonizar el conflictivo tejido de la sociedad civil. Llegados aquí subrayamos nuestra perogrullada: la sociedad civil supone el ciudadano, la organización civil y el Estado. No obstante, hay una mala noticia si se quiere: la perogrullada está repleta de contenidos articulados en una determinada dimensión sociohistórica.

Pasada breve revista a estos supuestos volvemos a nuestra pregunta sobre la existencia, comestible o no, de la sociedad civil en Venezuela. Un repaso breve y cenital a nuestra historia, y por tanto superficial por poco elaborado, quizás ofrezca algunas luces. En la etapa precolombina encontramos diversidad de pueblos amerindios en estas tierras. Sus economías no se fundan en lógicas acumulativas ni tampoco las precisan. Su política, estratificación social y religión se mantienen inseparables. La sabiduría ancestral de la pachamama, la madre tierra, reina. No había en este territorio civilizaciones como había en México o Perú. Predomina una evolución social por segmentarización y no por concentración (Durkheim). Sigue una etapa colonial de muy lento desarrollo. Caracterizada por la llegada de conquistadores que más que colonizar buscaban que su aventura rindiera cuantiosas riquezas para regresar exitosos a la madre patria. No vinieron con sus familias a establecerse, huyendo de infiernos bélicos, como los colonos del Mayflower; tampoco venían con una visión calvinista del mundo sino con una muy española y católica. Recordemos que la España de entonces, y quizás la de hoy, estaba históricamente marcada por la cruz de Santiago, por la conquista militar y religiosa de su territorio ibérico. Así, predominó aquí la empresa aventurera, el mestizaje sociocultural y la visión de una tierra de paso (Uslar, Cabrujas), no de gracia. Si me permiten una digresión, hasta los banqueros alemanes a quienes Carlos V dio en concesión Venezuela para urbanizarla, los Welsares, se aventuraron pícaramenta al encuentro de Manoa y no cumplieron sus deberes urbanizadores. Cuando más o menos el mantuanaje aristocrático comenzó a establecerse, hacia finales del siglo XVII, llegó la reforma borbónica con su centralismo y monopolización del comercio. Nuestros mantuanos se volvieron nobles contrabandistas y hombres resentidos de los peninsulares. Estos últimos tampoco los apreciaban mucho. La España del XVIII, ya en clara decadencia geopolítica, ve a América no como Nuevo Mundo ni como esperanza, sino como caja chica.

Poco duró la institucionalidad colonial formal en Venezuela, la edad de Cristo para ser más precisos. La Capitanía General, aquella que unifica administrativamente nuestro territorio, ya lo sabemos, data de 1777. En 1810 comienza el proceso independentista. ¿Ya me dirá usted que se consolida institucionalmente en 33 años? A partir de 1810 y hasta 1903 vivimos, para decirlo con Caballero, la Venezuela de a caballo. Un siglo de inestabilidad política, de guerras intestinas que no permiten institucionalizar ninguna economía y mucho menos un Estado. Tampoco, obviamente, una sociedad y menos “civil”. Por supuesto, hay diferencias regionales a considerar en este país archipiélago (Pino Iturrieta). Por ejemplo, los andinos con sus escarpadas montañas estuvieron más protegidos de estos vaivenes belicosos que el resto. Para la gran mayoría de venezolanos, el hilo de continuidad institucional quedará, básicamente, reducido al vínculo madre-hijos y, ocasionalmente, al amparo que ofrece el Caudillo local. Será con la pax gomecista que comience ese caminar hacia un Estado moderno con la constitución del monopolio de las armas y la gradual racionalización de la administración pública. En este caminar el petróleo emergerá súbitamente desde el fondo de la tierra misma para darle el protagonismo histórico de este segundo siglo de vida “independiente” a su dueño, el Estado. Desde éste, y con el petróleo, se montó la Venezuela que hoy llega a su fin.

También la “sociedad civil”, a falta del capital y su acumulación originaria, se montó desde el Estado. A partir de 1936 arranca este proceso. Con contadas excepciones, sindicatos, gremios, asociaciones civiles se impulsaron desde el Estado y la mayoría quedó dependiendo del mismo. La actual Fedecámaras tiene un origen en el impulso del gobierno de Medina. Gran cantidad de sindicatos se constituyen por el empuje del trienio adeco. Luego, el perezjimenismo los persiguió y armó los suyos propios para, a su caída, volverse a constituir los anteriores y otros nuevos con el período puntofijista. Hasta la Hermandad Gallega actual fue organizada desde la Gobernación del Distrito Federal a comienzos de los años sesenta, cuando el gobernador de turno concedió a los inmigrantes un crédito para comprar su actual terreno a cambio de que los tres centros gallegos preexistentes se unificaran en uno solo.

Una “sociedad civil” creada por el petroestado, muchas veces con las mejores intenciones de constituir una Venezuela moderna y modernizada, terminó no pocas veces en el “pimentón” que está en los “buenos guisos” para capturar renta. Así, la amante del Presidente, doña Cecilia, se hace con una asociación para la protección de los indígenas y obtiene suculentos recursos desde la Secretaría de la Presidencia. ¿Cuántas fundaciones no ha tenido el Estado venezolano, fundaciones que lo han desangrado? Una falsa sociedad civil que se come con el pimentón que adereza el guiso (Para el forastero recordemos que en Venezuela llamamos también “guiso” a la extracción no muy regular ni ética de recursos financieros del Estado. Y al sujeto que está en muchos “guisos” lo llamamos “pimentón”).

 ¿Hay en Venezuela una sociedad civil sin pimentón? Sí la hay y la hubo. Los primeros sindicatos petroleros costaron sangre, sudor y vidas a sus obreros fundadores. Fedecámaras nació de la mano del gobierno de Medina o la Hermandad Gallega de la mano de la Gobernación del Distrito Federal (Caracas), pero ambas han ido ganando su propia autonomía, conformando su propio tejido social. De un grupo de empresarios surgió a mediados de los años sesenta el Dividendo Voluntario para la Comunidad (DVC), red de empresas venezolanas para atender necesidades comunitarias, una entidad que con orgullo podemos calificar de temprano paradigma latinoamericano de la hoy llamada responsabilidad social empresarial. El Grupo Santa Teresa o el Grupo Polar son también interesantes ejemplos de actualidad. Así, la cuestión no es binaria, no se trata de si hay o no sociedad civil, se trata de cuál es el grado de fortaleza de dicha sociedad en el país. Y ese grado, por lo apenas relatado, es muy tenue. Fragilidad histórica debida a muchos factores, uno de ellos un país que ha sido construido por la locomotora del petroestado en los últimos ochenta años, que sociológicamente ha dado lugar a una desintegración social típica de una revolución industrial pero sin industrialización. En Venezuela no se ha formado una cultura ciudadana porque tampoco hemos podido habitar con suficiente tranquilidad y parsimonia nuestro país, no hemos podido arraigarnos y consolidar instituciones, no hemos podido colonizar a Venezuela con venezolanos (Simón Rodríguez). No nos extrañe entonces que aquel 29 de mayo el Señor Vicepresidente, con su irónica sonrisa, haya preguntado a la nación sin empacho alguno y sin consecuencias políticas, ¿con qué se come la sociedad civil?

En Venezuela desde el período precolombino ha habido comunidades, mas hoy también muchas están rotas. En teoría social “comunidad” denota y connota rasgos muy diferentes de los de la sociedad civil, pero este tema requiere de un futuro artículo. Digamos para cerrar, porque cerrar debemos, que la sociedad civil es para nosotros un proyecto, reconstituir nuestros lazos comunitarios también es un proyecto, porque casi toda Venezuela está hoy en proyecto. Algo de lo que podemos sentirnos afortunados.

Caracas, agosto de 2020

domingo, 9 de agosto de 2020

Notas para empezar a caminar la Venezuela del Siglo XXI

 

Notas para empezar a caminar la Venezuela del Siglo XXI

Javier B. Seoane C.

“Si el cacao fue un cultivo esclavista; si durante la época colonial apenas sirvió para erigir sobre una gleba sumisa el dominio de la alta clase poseedora que adquiría títulos y a quienes apodaban justamente, los »Grandes Cacaos», el café fue en nuestra Historia un cultivo poblador, civilizador y mucho más democrático. Algo como una clase media de »conuqueros» y minifundistas comenzó a albergarse a la sombra de las haciendas de café.”

(Mariano Picón-Salas: “Comprensión de Venezuela” en Obras selectas, ediciones Edime, Madrid-Caracas 1962; p. 107).

 

En su Antropología del petróleo Rodolfo Quintero da carácter excluyente al modelo económico que surge de los campos petroleros zulianos. Se trata de una economía que requiere de inversión de grandes recursos financieros por sus requerimientos tecnológicos, a la par que genera grandes capitales. Moviliza mucho dinero y absorbe muy poco trabajo. Cuando se instala en un país pobre, desolado por decenas de batallas, entre ellas la del paludismo junto con otras graves endemias y una larga expoliación colonial, el campo petrolero se vuelve un lugar de atracción para el famélico campesino, abandonará su sabana o su conuco en busca de un destino mejor para sí y para los suyos. Atrás quedarán sus pobres chozas vueltas casas muertas. Simón Díaz y Alí Primera, entre otros, ya nos cantaron sobre ello. Otros bien lo escribieron en novelas, cuentos y ensayos. No obstante, en el campo sólo muy pocos encontrarán trabajo y los más quedarán a modo de satélites orbitando en los alrededores constituyendo una economía marginal, una de chiringuitos y prostíbulos, de servicios ocasionales y alguna que otra vez criminal. Del campo petrolero irradia suficiente poder monetario para sostener ese cinturón socioeconómico marginal que se extiende mientras adentro, en el mismo enclave, las canchas de tenis y las quintas prosperan rodeadas de las cercas que bien describió Díaz Sánchez.

Al modo de una Matriuska rusa, Quintero va comprendiendo cómo desde el campo va emergiendo paulatinamente la ciudad y luego el país petroleros. Cada muñeca idéntica a la anterior pero en una escala mayor. Con el gran polo magnético de la economía petrolera se constituye un país que hasta ayer (1930) era más un archipiélago (Pino Iturrieta) que un continente. No podemos aquí desarrollar todo lo que se hizo, desde el túnel más largo del mundo hasta una ciudad universitaria maravillosa, desde un hotel inútil en las alturas de una capital hasta erradicar el paludismo y cientos de enfermedades y con ello alargar la vida de los venezolanos. Mucho se hizo, mucho muy bueno y otras cosas no tan buenas. Lo que queremos destacar ahora es más bien una imagen de lo que costó: hemos padecido las consecuencias de una revolución industrial sin industrialización. Los mosaicos que Dickens describe de la Inglaterra decimonónica los conseguimos por doquier en las esquinas del país, pero sin fábricas. Hoy, cuando por distintas razones ya no da más el Estado rentista para seguir creando la ficción económica de país en “vías de desarrollo”, urge constituir otra realidad, otra realidad económica, social, política, cultural… Humana, sobre todo humana.

Cualquier discurso de reconstituir la democracia, la sociedad civil, las libertades y los derechos humanos tiene que pasar necesariamente por proyectar ese otro país social, económico y cultural. La democracia usada como “significante flotante” (Laclau) puede servir a las batallas por la conquista del poder político en países con una clase media relativamente estable en sus crisis, pero resultan inútiles si se pretende tejer otra Venezuela. La democracia supone inclusión hasta en la Atenas de Pericles —lamentablemente el concepto sociocultural de lo humano era en aquel mundo griego lo excluyente. Reconstruir un tejido democrático en el país pasa por establecer las bases de una sociedad y economías que puedan independizarse de un Estado ya en ruinas.

La economía petrolera y minera es ya menos futuro que ayer. Venezuela no puede seguir siendo el exportador de naturaleza que ha sido desde la conquista española de Cubagua. Venezuela tiene que tejerse sobre la urdimbre de un modelo productivo e inclusivo, diversificado a lo largo de sus potencialidades regionales gratas para que florezca un turismo con vocación ecológica; una agricultura y ganadería que den vida a la tierra y permitan colonizar con venezolanos a Venezuela (Simón Rodríguez); una pequeña y mediana industria que se sirva de esas potencialidades, entre ellas las de un venezolano obligado siempre a ser creativo en lo más positivo de su viveza criolla; una sociedad de conocimiento y fomentadora de tecnologías livianas a partir de nuevos núcleos urbanos que den cobijo a una juventud que en camino viene y otra que volverá. Venezuela, no lo dudemos, tiene otros rumbos, el petrolero y minero es sólo uno, y, como sabemos, no el mejor.

El turismo hace independiente a su empresario, a su trabajador, distinción que urge superar en la visión de que todos somos mujeres y hombres de empresa, que es decir trabajadores. También la agricultura y la ganadería, la sociedad del conocimiento y la pequeña y mediana industria hacen independientes al venezolano. Desde allí podrá constituirse otro Estado, uno que viva de su sociedad y no al revés, uno que entonces, y sólo entonces, podrá volverse efectivamente democrático. Mas, para ello, para que no se quede todo en buenos deseos, en deseos que nada preñan, Venezuela tiene que repensarse y analizar sus actuales y muchos déficits, entre ellos: superar un Estado paquidérmico, volverlo eficiente y generador de justicia social; su carencia de recursos financieros, resultado en parte de falta de credibilidad y fortaleza institucional; superar una serie de actitudes psicosociales construidas desde una mentalidad cuasimítica y “positivista” que siempre juzga al venezolano en una perpetua minoría de edad, una especie de pesimismo sociológico hispanoamericano, para decirlo con Augusto Mijares; y, destaquemos como déficit mayor, el poco carácter orgánico de nuestra sociedad, nuestro déficit serio de organización, el más serio quizás, en otras palabras, nuestra muy grave carencia de capital social.

¿Tenemos material los venezolanos para superar estos y otros déficits? Pues el mismo que tienen los alemanes, los japoneses, los warao, los chinos, los sudafricanos o los indios. Genéticamente no tenemos mayores diferencias ni tampoco las hay entre los bebés de los retenes de nuestras maternidades una vez que nacen, salvo por los gravísimos problemas de desnutrición que hoy padecen nuestras madres. Los problemas a superar que hemos mencionado vienen después del nacer, algo después: en las condiciones sociales que contribuyen a formar la persona que somos. No cabe en este artículo desarrollar la naturaleza de las condiciones deficitarias nombradas y las vías de su superación. La magnitud de esta tarea no es personal sino colectiva, sólo un concierto de instrumentos muy diferentes en manos de una coreografía de múltiples actores puede pintar el cuadro en el que se proyecte el país polifónico que anhelamos. Prometemos, no obstante, ofrecer esbozos en próximos artículos para fomentar el diálogo razonado en torno a la empresa llamada Venezuela que podemos realizar conjugando inteligencia y buenos deseos.

Mariano Picón-Salas fue uno de no pocos pensadores que amó la venezolanidad. Se dedicó a comprendernos. Entendió bien, como se lee en el epígrafe de este escrito, que lo sociocultural, lo político y lo económico no se tejen por separado. En sus páginas, y en las de muchos otros que oportunamente mencionaremos, encontraremos buena savia para nutrir el pensar para el caminar propuesto. Simón Rodríguez nos orienta: colonicemos a Venezuela con venezolanos.

Caracas, agosto de 2020