viernes, 15 de mayo de 2026

La libertad y el anarcocapitalismo

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El discurso de la derecha radical populista global recorre un eje cuyo uno de sus extremos es el neoconservadurismo religioso o nacionalista y el otro el anarcocapitalismo. Por ejemplificar, la italiana Meloni está próxima al primero mientras que Milei ha sido expresión del segundo. Este discurso, por supuesto, una vez que se alcanza el poder estatal se matiza en la práctica. La Meloni se desplaza hacia el centroderecha y a la motosierra de Milei hace tiempo que se le agotó el combustible. Nos interesa hoy cuestionar un aspecto del discurso anarcocapitalista, el atinente a su concepto de libertad. Como se sabe, antes de llegar a la Casa Rosada, Milei prometía descuartizar el Estado en nombre de la libertad. El Estado nos oprime, se mete en nuestras vidas, decía. Su amiga, Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, quien viene de realizar una gira por México para decirle a los mexicanos en persona que ellos existen gracias a España y que Hernán Cortés fue su civilizador, grita “libertad” todos los días contra el “comunista” de Pedro Sánchez y la opresión del Estado español que no la deja en paz. Por nuestras latitudes una dama de alcurnia, y muy amiga de los citados, lleva también años compartiendo el grito.


Los anarcocapitalistas no se detienen a decirnos qué entienden por libertad. Ellos vociferan libertad, hasta ahí. Quizás, puestos en la tesitura de tener que decir algo al respecto, señalen el juego de lenguaje de la tradición liberal moderna y digan que libertad es libertad de elegir lo que cada quien decida elegir, es decir, libre albedrío. Algo así como llegar a una cadena de venta de hamburguesas y elegir el combo 3 de las 6 opciones presentes en la carta respectiva. Empero, la libertad como libre arbitrio es un concepto bastante abstracto y estrecho. Para mostrarlo acudamos a un concepto de libertad más elaborado, el que expone Hegel en los parágrafos quinto y sexto de la Introducción de su “Filosofía del Derecho”.


Para Hegel, la libertad humana resulta de la síntesis de dos momentos de la voluntad humana, uno negativo y otro positivo. Nos dice que el primer momento corresponde a la libertad negativa. Esta ha de entenderse en el sentido de que la “(...) la voluntad (es) posibilidad de poder hacer abstracción de toda determinación, en la cual yo me encuentro o la cual he puesto en mí, la huida de todo contenido como de una limitación, lo cual es aquello a lo que la voluntad se determina, o es tomada la libertad para sí de la representación como la libertad, entonces esto constituye la libertad negativa o la libertad del entendimiento. Es la libertad del vacío, la cual erigida en figura real efectiva y en pasión y, precisamente, cuando permanece puramente teorética, se convierte en los religiosos del fanatismo de la pura contemplación india, pero cuando se dirige a la realidad efectiva, en lo político como en lo religioso, se convierte en el fanatismo de la destrucción de todo orden social existente y en la expulsión de los individuos sospechosos de querer un orden social, así como en la aniquilación de toda organización que quiera resurgir. Sólo destruyendo algo tiene esta voluntad negativa el sentimiento de su existencia.” (Uso la traducción de mi maestro Eduardo Vásquez, publicada por la Universidad Central de Venezuela). El hombre ejerce su libertad negativa cuando niega las determinaciones que recaen sobre él. Puede tener hambre y posponer el acto de saciar su apetito, puede desear y negarse a satisfacer sus deseos. Empero, se trata de un ejercicio abstracto en tanto que niega pero no pone nada, sólo quita. Lo interesante de este momento negativo de la libertad se entiende mejor con la palabra liberación. La libertad negativa en cuanto que liberación supone la acción de quitarse de encima los límites que reconocemos como incómodos. Liberarse es siempre liberarse de algo. La libertad comienza, entonces, como liberación. Hegel la asocia con el entendimiento porque cualquier liberación comienza por el reconocimiento de aquello de lo que queremos liberarnos porque nos limita. El primer momento de la libertad, el momento negativo, está en relación con unos límites que deseamos superar porque ya los hemos hecho conscientes en tanto que límites. La libertad se inicia entonces en la conciencia y como anhelo de liberación. Mientras más formación educativa mayor será el reconocimiento de lo que nos limita y de lo que podemos superar.


Pero Hegel no se queda allí. La libertad que se queda en liberación es vacía, sólo suprime, destruye, únicamente negaría indefinidamente hasta llegar quizás al nirvana budista. Mas, para el occidental y moderno Hegel el nirvana no resulta opción conveniente y, por consiguiente, propone un segundo momento: la libertad positiva. Nos dice que ésta es “(...) tránsito desde la indeterminidad indiferenciada hacia la diferenciación, el determinar y poner una determinidad como contenido y como objeto.” La libertad positiva en cuanto que negatividad de la libertad negativa supera aquella indeterminación del primer momento poniendo algo (una determinación) en su lugar. De nuevo con Hegel: “Yo no solamente quiero, sino que quiero algo. Una voluntad que (...) sólo quiere lo universal abstracto, nada quiere, y por eso no es voluntad, para ser voluntad, tiene que limitarse en general. Que la voluntad quiera algo, es la limitación, la negación.” Y esta negación lo es en un doble sentido. Por un lado, como ya se dijo, lo es en tanto que negación de la libertad negativa. La negación de la negación de la dialéctica marxista viene de esta fuente, de Hegel. Se trata de negar la negación puesto que pone algo, siendo también negación por cuanto niega la posibilidad de poner otra cosa en lugar de ese algo. Por ello, la libertad humana siempre será relativa pues niega con relación a algo y afirma con relación a algo, a algo que pone. Aquí el adjetivo “positivo” de “libertad positiva” viene de los orígenes de esa palabra: positivo en el sentido de posición, de posicionar, de poner algo.


La voluntad libre de esta manera será síntesis de dos momentos, uno negativo y otro positivo, de un quitarse límites y ponerse nuevos límites. Libertad relativa por cuanto el hombre es un ser finito, limitado. Pongamos un ejemplo. Tengo hambre. Mi libertad negativa se ejerce negándome a comer en este momento porque debo cumplir el deber de concluir con mi artículo. Pospongo el alimentarme ahora. Después terminaré de escribir y comeré. Pero no comeré cualquier cosa, lo primero que se me atraviese, sino que pondré algo, esto es, pondré el tipo de alimento que he de comer dentro de las posibilidades que se me ofrecen. Ahora bien, esas posibilidades no son ilimitadas sino unas determinadas. La libertad humana es relativa pues siempre está en relación con una serie de determinaciones y condiciones. Carezco de alas para salir volando por los hermosos cielos en este momento al igual que mi limitada programación genética me determina a que un día muera, por lo menos hasta nuevas noticias de la biotecnología. Del mismo modo vivo en una época histórica, en un marco sociocultural específico, bajo unas condiciones políticas propias de ese marco, condiciones que me limitan en mi capacidad de acción y me habilitan también para determinadas conductas. Todos esos contextos biológicos, sociales, culturales, políticos y también económicos condicionan mi libertad, la generan y la limitan. Por eso, soy libre pero no tengo libertad absoluta. La libertad cual toma y daca de negar y poner constituye una dialéctica de la acción humana.


Así, Hegel entiende el libre arbitrio, tan caro a los anarcocapitalistas y liberales económicos, como el mero escoger entre lo que se me ofrece, como el combo 3 en una carta de seis combos, como un grado muy pobre de libertad, como un restringirse a lo ofrecido y dentro de los límites socioeconómicos, políticos y culturales en que cada quien se encuentre. Y como sabemos, nuestro espacio social no es uniforme, está jerarquizado en unos grupos privilegiados y otros excluidos en diferentes grados de los capitales económico, político, educativo, etc. De modo que el libre arbitrio, ya de por sí libertad restringida del consumidor, será más restringido aún para la inmensa mayoría de no privilegiados. Por ejemplo, quien tiene un problema grave de salud y es privilegiado tiene un libre arbitrio más amplio para atender su problema que el excluido por los capitales mencionados. En otras palabras, unos son más libres que otros. Para procurar corregir estos desniveles sociológicos se precisa de un Estado sólido, dedicado a generar las condiciones socioculturales y socioeconómicas para que por medio de la educación, la salud y la seguridad de sus ciudadanos, se fomenten las libertades humanas al máximo posible, para que cada quien no solo escoja sino construya su vida mediante su acción creativa. Y para que tal Estado exista, algo que disgusta al anarcocapitalista, se requiere de una sociedad orgánica en tanto que organizada en gremios, sindicatos, grupos ecológicos, feministas, LGTBIQ+, partidos políticos y distintas agrupaciones civiles conforme a los diversos intereses de los ciudadanos. Por eso, es deber social y estatal impulsar la creación de estas organizaciones. El individuo solo, peleando por sus derechos, sin sociedad civil y Estado fuertes, es preso de las fuerzas económicas dominantes del mercado. El individuo sin soporte organizativo lleva todas las de perder, su existencia sólo puede ser, para decirlo con Marx, una robinsonada. La libertad no es ajena al Estado y a la sociedad civil, de eso nos habla Hegel, de eso no quiere hablar el anarcocapitalista y el liberal radicalizado de la extrema derecha mundial.