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viernes, 20 de marzo de 2026

Habermas, el interés de la emancipación democrática

 

El pasado sábado ha partido de esta vida terrena Jürgen Habermas. No resulta fácil escribir sobre este pensador de larga vida y de carácter universal, pues no puede resultar más universal que quien ha pensado y escrito sobre la razón y ha hecho de la mayor inclusión posible un mandato ético. Nacido en Dusseldorf en 1929 vivió en su juventud el desastre alemán causado por los nazis. Reinstalado el Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad de Frankfurt en la década de los cincuenta, conocido por muchos como Escuela de Frankfurt, padres de la llamada teoría crítica de la sociedad, se incorpora Habermas como asistente de Theodor W. Adorno y manteniendo estrechos contactos con Max Horkheimer y Herbert Marcuse, a quien acompañará en sus últimos días.

Junto con una generación de jóvenes sociólogos venezolanos, en la Escuela de Sociología de nuestra Universidad Central de Venezuela, tuve el privilegio de estudiar tempranamente a este pensador de la mano de maestros como Heinz Sonntag, Rigoberto Lanz y Luis Gómez Calcaño. Desde entonces, desde los tempranos años ochenta, no dejé de leerlo y de nutrirme con su elaborado y complejo pensamiento. En el ejercicio de mi oficio docente y de investigador me ha acompañado por cuatro décadas. Gran parte de mis estudios sobre la democracia y la educación guardan la impronta de este gran sociólogo y filósofo. No podría ser de otro modo. Habermas junto a Karl Otto Apel y John Rawls son las grandes figuras de la teoría deliberativa de la democracia del último siglo, siendo los dos primeros los grandes teóricos de la racionalidad comunicativa.

Habermas, al igual que Apel, desataron el nudo aporético de Max Weber y la primera generación de la Escuela de Frankfurt, para quienes la razón se había vuelto irracional. Reducida a cálculo instrumental y estratégico. Y es que la racionalidad moderna diseñó el genocidio masificado del holocausto o las tecnologías para la aniquilación de toda forma de vida en el planeta. Si el crimen generalizado era racional, perfectamente calculado en su relación de medios y fines, entonces, la razón servía a la irracionalidad. Empero, a su vez, la liberación sólo podía ser resultado de la razón ilustrada. El medio de la liberación era opresivo y destructor. Goya quedaba rehabilitado: la razón produce monstruos. Habíamos llegado a un callejón sin salida hasta que entraron en escena Apel y Habermas.

Habermas llamó la atención de que la razón no se agota en el cálculo de medios y fines que conducen a una relación instrumental y estratégica con el mundo humano y extrahumano. Antes, toda relación instrumental supone el medio humano por excelencia, el lenguaje. Y la finalidad primera del lenguaje es el entendimiento y la comprensión. Por el lenguaje llegamos a ser sujeto, por el lenguaje podemos constituir comunidad humana. Así, y siguiendo a Weber, si podemos tipificar las acciones humanas como ajustadas a rituales tradicionales (por ejemplo, persignarse al entrar en una iglesia), afectivas (simpatías y antipatías), racionales ajustadas a valores como la justicia o la libertad entre otros y racionales ajustadas a fines instrumentales y estratégicos (como puede ser la lógica de la empresa capitalista o la de un equipo deportivo que busca vencer a su rival de turno), falta considerar que todas estas acciones precisan previamente el entendimiento con la tradición, con la amada, con los valores o con los fines.

Llegados aquí, es consustancial al lenguaje buscar el acuerdo. Y sin embargo, los acuerdos pueden descansar en un uso estratégico de la comunicación con propósitos de dominación, en un enrarecimiento lingüístico del entendimiento para confundir y someter voluntades. Es lo que Habermas suele denominar en su vasta obra distorsiones comunicativas, distorsiones que Marx estudió como "ideología", Nietzsche como "autoengaño", Freud como "psicopatologías" y que hoy están más vigentes que nunca en eso que a falta de un nombre mejor hemos llamado "posverdad". En un mundo donde podemos inventar las noticias y las historias, donde se puede ganar la guerra aunque se esté perdiendo, donde todo puede ser explicado en términos de teorías de la conspiración, donde las fotografías, los audios y los vídeos pueden ser creados a la medida de quien quiere convertirse en demiurgo de la realidad, en un mundo así "vale todo" para apropiarse de la mente del ingenuo que todos los días sale a la calle. Es, repetimos, el mundo de la comunicación distorsionada con fines de dominación.

¿Cómo combatir la distorsión comunicativa? Habermas presenta como respuesta un encuentro racional contrafáctico en tanto y en cuanto que no se da en la experiencia humana frecuente. Se trata de una situación ideal de habla caracterizada por la simetría de competencias comunicativas de todos los que participamos en un acto de comunicación. Es decir, una situación ideal, no real, en la que todos los que participamos disponemos del mismo capital cultural y de las mismas competencias argumentativas para participar en un diálogo racional conducente a la elección, o quizá construcción, del mejor argumento. En esta situación ideal de habla podríamos llegar entonces a acuerdos racionales que nos permitan lograr consensos de cara a resolver nuestros problemas, deliberar y tomar las mejores decisiones en comunidad.

¿Para qué ha de servir un contrafáctico, una situación tan ideal por irreal, tan gaseosamente platónica, para nuestras vidas? ¿Una situación tan fantástica en la que todos somos excelentes argumentadores y, además, todos estamos interesados en el diálogo más sincero para llegar a la más alta comprensión y los mejores acuerdos? ¿Para qué ha de servirnos este efluvio intelectual en un mundo tan lleno de desigualdades y asimetrías como el que nos toca habitar? Pues seguramente en lo inmediato no para mucho, pero si nos proponemos reformular el pensamiento crítico, el pensamiento interesado en la auténtica emancipación humana sin recaídas en mitologías revolucionarias, y si nos proponemos que este pensamiento conduzca a una práctica liberadora en clave democrática y democratizadora, entonces ha de servir para mucho en lo mediato y en el largo plazo. ¿Por qué? Pues porque esta situación ideal de habla puede convertirse, primero, en un ejercicio crítico para identificar las desviaciones realmente existentes en nuestras prácticas sociales y políticas, es decir, confrontamos con lo real esta situación ideal para detectar las distorsiones autoritarias de nuestras instituciones. Segundo, porque se trata de un ideal regulativo, esto es, un ideal que regula nuestro accionar en la reformulación de nuestras instituciones sociales. Si queremos reformar la escuela en aras de conseguir una ciudadanía democrática y participativa buscaremos que esta ciudadanía futura en lugar de aprender de memoria la definición de batracio adquiera las competencias comunicativas para participar en diálogos racionales conducentes a la formación de consensos deliberativos. Lo mismo haremos con medios de comunicación y de formación de la opinión pública así como con las instituciones políticas, reformulándolas en términos participativos e inclusivos. En fin, se trata de un ideal regulativo para reconstruir nuestras sociedades en un sentido sustantivamente democrático.

Visto lo visto. La razón democrática que nos propone Habermas no es monológica, no es la razón de un iluminado teórico que nos ha de caudillar con un metarrelato presuntamente liberador. No. Es una razón dialógica, comunicativa, donde el sujeto es la comunidad de habla en la que participamos todos. Pues, a su vez, esta razón viene dotada de un imperativo ético, aquel que reza que en la toma de decisiones de una comunidad han de participar todos los interesados y, especialmente, todos los afectados actuales y potenciales que sean posibles de convocar y estén concernidos con dicha toma de decisiones. Es un imperativo inclusivo regido por una racionalidad comunicativa esbozada en la situación ideal de habla ya mencionada.

Sin duda, Habermas ha sido una de las más claras manifestaciones humanas de una voluntad emancipadora construida colectivamente sin encubrimientos y sin requerir derramamientos de sangre. Por eso, ante su muerte el pasado sábado 14 de marzo, hoy queremos celebrar su vida.

Publicado originalmente en Aporrea:  Artículo

jueves, 25 de septiembre de 2025

Por un concepto crítico de ideología para pensar la educación


 



Javier B. Seoane C.

Desde siempre la dominación ha procurado banalizar el concepto de ideología y no pocas veces habla del final de las ideologías. Sin duda alguna, la praxis emancipadora tiene que retomar y revalorizar este concepto. En tal sentido, sostengo que el concepto de ideología sigue vigente en la ciencia social y en la lucha práxica contra la opresión, si bien desvinculado de los matices autoritarios de cierta epistemología marxista que lo significa, no pocas veces, como una conciencia falsa frente a una conciencia verdadera o científica. Por el contrario, se precisa adoptar otra acepción de ideología que, siendo igualmente marxista, pero no solamente marxista, ofrece un rico análisis funcional de los entramados simbólicos del poder, a saber, aquella que señala a la ideología como representaciones discursivas que funcionalmente velan los intereses particulares de determinados sectores o grupos sociales dominantes, o con pretensiones de dominación, haciéndolos pasar como intereses universales, como intereses de todos los integrantes de una sociedad dada, bien bajo la modalidad de la naturalización de los mismos (por ejemplo, la afirmación de que el libre mercado es el mecanismo natural y, en consecuencia, racional de la economía), bien bajo una modalidad normativa (por ejemplo, la afirmación de que debemos optar por el libre mercado para vivir mejor y democráticamente). La primera modalidad se asume reificatoria (constituye lo que son relaciones humanas en relaciones entre entes) y la segunda regulatoria de la acción.
Este concepto de ideología no se reduce a una teoría de la formación sociohistórica estructurada a partir de clases socioeconómicas en lucha, sino que resulta aplicable a las diferentes formas de dominación y discriminación, entre las que cabe mencionar, entre otras, las de género, las étnica-raciales, las civilizatorias, las etarias, las religiosas, las coloniales, las ideológico-políticas. Llegados aquí, alguna voz podría argüir que esta conceptualización supone una conciencia verdadera sobre la dominación, lo que podría conducir al criticado autoritarismo epistemológico. En principio, respondo que la dominación no se reconoce a partir de una verdad revelada por una teoría de la totalidad social estructurada. Ello sería precisamente entramparse en el autoritarismo mencionado y en una filosofía de la conciencia (Habermas) que se quiere superar. Las formas de dominación y discriminación se reconocen en la práctica intersubjetiva como formas de exclusión social de las corporalidades personales, institucionales y culturales. En este sentido, la dominación se reconoce porque, en primera instancia, se padece. Por la naturaleza de este artículo, no puedo ampliar más este concepto en sus múltiples y diversas dimensiones teórico-epistemológicas. En todo caso, dígase que no habrá fin de las ideologías mientras haya formas discernibles de dominación.
Para el análisis ideológico lo omitido es tan o más importante que lo expuesto. Por ejemplo, vaciar de contenido sociológico el concepto de democracia, reducirlo a sistema político y vincularlo con la lógica representacional de los partidos políticos y sus maquinarias electorales, obviarlo como modo de vida, significa mutilar su parte más humanista y crítica. Hay que señalar que la ideología no debe tratarse como discurso objetivado incorpóreo, sino como discursos y representaciones incorporadas en un sujeto, encarnadas, vueltas carne, en personas humanas, demasiado humanas. De este modo, rescatar el concepto de ideología para una educación crítica democratizadora conduce insoslayablemente a las prácticas institucionales de subjetivación, de construcción social de la subjetividad. La dominación se hace cuerpo en el sujeto, siendo las instituciones educativas un epicentro de la subjetivación moderna. Michel Foucault, Pierre Bourdieu, Henry Giroux, Michael Apple, James Beane, entre muchos otros, sirven de orientación para esta discusión.
Publicado originalmente en el portal Aporrea el jueves 25 de septiembre de 2025: Artículo

jueves, 4 de septiembre de 2025

Alergia a la teoría

 



Javier B. Seoane C.
Las bibliotecas cada día se parecen más a un anciano que por el abandono de su familia y tras enterrar a sus compañeros de viaje ha quedado en la soledad, o quizás, y mejor aún, a un fantasmal templo que por perdido en el tiempo ya sólo es objeto del quehacer arqueológico. Por poner un caso, la maravillosa sala de ciencias sociales II de la Biblioteca Central de nuestra Ciudad Universitaria de Caracas hace buen tiempo que, salvo algún que otro despistado, carece de lectores. Siempre llevaré conmigo el inolvidable recuerdo de conseguir una silla vacía en su amplio balcón para leer algún libro de sociología y, puesto a pensar por algún pasaje, alzar la mirada al horizonte y encontrar el espectacular panorama a lo Cabré de nuestro Ávila. Muy difícilmente era yo el único, a uno y otro lado siempre había lectores, no en abundancia, pero había. A veces algún grupito interrumpía con sus cuchicheos nuestra concentración puesta en la página respectiva, siempre bajo el fondo musical del fugaz trinar de un cristofué, otras veces fuimos nosotros quienes perturbamos la paz de una estudiante sumergida en las letras de Simmel o de Jeannette Abouhamad, o del entretejer entre ambos y otros. En pocas palabras, sin resultar profusa no faltaba vida en el templo de los libros. Mas, no se entienda este preámbulo como la queja de un viejo que ya hace tiempo, refugiado en su infancia y juventud, ve con desdén su presente y su futuro. Intentemos lo que nos enseñaron nuestras maestras y maestros, comprender nuestro mundo y sus circunstancias. ¿Verdad, querido Ortega?
Si bien no puede decirse que alguna vez el público bibliotecario compitió con el de los sabrosos conciertos de rock, el vacío actual de estos espacios ha de decirnos algo sobre la actualidad. Creo que los avances tecnológicos informáticos será lo primero que al respecto vendrá a la mente. Desde hace varios años la inmensa mayoría de quienes estudian por oficio o lo hacen por placer, para nada hay exclusión entre ambas orientaciones, disponen en su bolsillo de una biblioteca mayor que la de Alejandría o la más contemporánea del Congreso de Estados Unidos. Éstas se quedan cortas ante las posibilidades que ofrece nuestro teléfono inteligente, tableta o computador de mesa. Basta acudir al gran hermano Google y teclear las palabras clave de una búsqueda para enfrentar el tsunami biblio, hemero e infográfico sobre lo demandado, tsunami inabarcable para el mortal que se atrevió a tamaña osadía. Por supuesto, en estos tiempos algorítmicos, el gran hermano destacará algunas fuentes sobre otras. Como en el periódico, algo irá en primera plana, algo entre páginas y algo gritará su ausencia. Antes, el gran hermano ofrece mediante la fiebre actual de la inteligencia artificial una muy aceptable y resumida redacción de lo que su atarraya ha logrado capturar y articular del esfuerzo de los millones de hormiguitas que todos los días aportan algo significativo a la internet. Así, el copioso trabajo de ratón de biblioteca se resuelve en pocos segundos. Mundo maravilloso, especialmente en un entorno aislacionista, burbujesco, como en el que nos encontramos en Venezuela. Aquí las librerías serias (persiste cierta confusión entre papelería y librería, entiéndase “papelería” en sentido amplio) como los salarios serios para comprar libros suenan a leyenda desde hace bastantes lunas. Por tanto, ha de agradecerse conseguir el cuento, la novela o el ensayo ansiado y hasta gratuitamente por el favor de miles de difusores de cultura que evaden los obstáculos más diversos para hacernos llegar las formas de expresarse el espíritu humano. Algún día habrá que levantarles más de una estatua en plaza pública. Se entenderá que la biblioteca ni remotamente pueda considerarse hoy el lugar donde encontrarás el material para el placentero oficio de estudiar, material de dificultosa y onerosa adquisición en el pasado no tan lejano y actualmente tan accesible 24x7.
Con la biblioteca jamás imaginada por el Gran Alejandro entre nuestras manos, sin embargo el planeta se ensombrece por informaciones (¿deformaciones?) intencionadamente falsas de todo tipo y difundidas por las “redes sociales” de un espacio infinito jamás imaginado por el genio de Newton. Y es que información no equivale a conocimiento y mucho menos a saber. Algo más allá de la tecnología, pero facilitado por ésta, aleja a gran parte de nuestros congéneres del conocimiento y el saber. Seguramente ese algo tendrá muchas dimensiones. Tomemos una, llamémosla “alergia a la teoría”, alergia en el sentido de una actitud mental que desprecia lo teórico, que lo considera “paja, pura paja”. Por otra parte, la teoría que está actitud considera paja refiere a discursos científicos y filosóficos dirigidos a dar cuenta y sentido del mundo en que estamos, sea la expresión natural o humana de este mundo. Son paja, entre muchos, la “Fenomenología del espíritu” de Hegel, la “Teoría de la acción comunicativa” de Habermas, la “Comprensión de Venezuela” de Picón Salas o “La imagen de la naturaleza en la física actual” de Heisenberg. Todo aquello que contenga más de veinte páginas resulta sospechoso de tal teoría. ¿Para qué invertir tiempo en esa vaina? Si me es demandado por alguna ociosa referencia de un pana en Facebook o por una enrollada profe basta con googlear y obtener en un párrafo, a lo sumo dos, un resumen de lo que el atormentado autor plasmó en centenares de páginas. Se entenderá que después de esos dos párrafos ya lo demás es paja que debidamente segó Mr. Google y la IA. De este modo, la conjugación de avances tecnológicos informáticos con la susodicha actitud mental contribuye a hacer de las bibliotecas un escenario de las “Fresas Salvajes” de Bergman. Si no la ha visto googlee de qué va la cosa, y si puede trate de invertir hora y media en verla.
Dicho lo dicho, una visita a cualquier liceo o universidad da suficiente material para una fenomenología del estudiante moderno, incluido a más de un profe. En lo que nos concierne aquí de esa fenomenología, notaremos pronto la presencia de cuadernos y respectivos instrumentos para tomar notas así como la ausencia de libros. Gracias a la divinidad, los tiempos han cambiado y las nuevas herramientas informáticas nos libran de ese peso en el morral. No obstante, adentrándonos un poco más para una mayor elaboración fenomenológica, apreciaremos que para no pocos estudiar es básicamente tomar notas del profe, copiar en el cuaderno las fórmulas y recetas respectivas para responder favorablemente la evaluación en juego, llegar a dominar el “know how”, el saber cómo responder la cosa que se me pide y ver cómo la utilizo en mi futuro trabajo. En esta tónica, la teoría solo es la paja que encubre la más o menos sencilla receta a aplicar, por consiguiente, hay que suprimirla y con ella “guetizar” a los “habladores de paja” en las escuelas de filosofía o en algún que otro departamento de teoría social o de física teórica según sea el caso. Conservarlos en sus guetos para consultar alguna aplicación de su hablar raro o hacerles una entrevista sobre cualquier asunto que se nos ocurra y que esos locuaces teóricos seguramente ayuden a resolver, aunque lo dudo.
Empero, la actitud mental alérgica a la teoría no es exclusiva de los ámbitos escolares. En realidad es la actitud de un mundo moderno devenido en civilización debilitada de cultura. El individuo de esta civilización ha sido saturado hasta tal punto en su ser que sólo le queda tiempo para las múltiples labores que los engranajes civilizatorios le demandan cotidianamente: su empleo o varios empleos (los mini jobs), las tareas domésticas, las horas en el tráfico, la reunión condominial, la ocupación de responder correos y estar in en las “redes sociales”, las tareas escolares de un entramado de asignaturas inconexas entre sí y orientadas a recetas y fórmulas irreflexivamente prácticas de una ciencia no pensante (Heidegger), el rato “libre” ocupado en la “industria cultural” o en la rasquita en la playa a ver si con eso se reponen fuerzas para la rutina semanal a comenzar cual aventura de Sísifo el lunes. En la sociedad del cansancio (Han) la teoría es paja. Pero la sociedad del cansancio llegó a ser, se gestó hace tiempo. Ya para Descartes y Bacon la finalidad del saber se encaminaba al dominio práctico (técnico) de la naturaleza. Descartes mismo escribió que en su biblioteca conservaba muy pocos ejemplares, algo así como una docena, no necesitaba más porque lo que se había escrito o era falso o impráctico, pura paja pues. Lo exigido eran unas precisas reglas para la buena dirección de la mente. Después, la ilustración, especialmente la francesa, exaltó este espíritu práctico de afán mecanicista. La oposición romántica de la época, efluvios pajísticos de poetas y filósofos intoxicados de metafísica, fue arrollada por el “tren del progreso” iluminista. El camino prosigue con el positivismo y su intento de reducir todo al arnés de la lógica matemática y el lenguaje fisicalista unificador de la ciencia, para el cual la metafísica es paja, y el significado positivista de metafísica es tan extenso que, como aquel lema publicitario de conocida pintura, cubre toda la tierra. Es decir, todo aquello no reducible a coordenadas temporoespaciales y logicistas resulta irracional y emocional. Nuestro tiempo sigue estos aspectos metafísicamente antimetafísicos del positivismo. Este espíritu cientificista, que no científico, esta reducción del conocer a informaciones puntuales, es la otra cara del espíritu de la economía industrial moderna, bien en su versión capitalista o en la del socialismo que realmente hemos conocido en el último siglo. Fordismo, taylorismo, toyotismo y pare usted de contar, articulan cientificismo, tecnología, economía y política. Conforman civilización a costa de la cultura, entendiendo por civilización la infraestructura técnica-material que sirve de arquitectura a las instituciones más diversas de una sociedad y entendiendo por cultura el universo simbólico que da sentido y significado a la vida humana en su multidimensionalidad.
La alergia a la teoría no resulta entonces patológica, es el estado normal de una civilización que se consume en sí misma a tal punto que nada quiere saber de la pregunta por el sentido de nuestro estar aquí, pues acercarse al problema es sentir el horror de la vacuidad. Aristóteles se equivocó, los humanos no siempre queremos saber, y mucho menos queremos saber cuando nos sentimos impotentes para el cambio. Ello no obsta para que haya simpatía y hasta ansiedad de consumo por ciertas teorías, las teorías de la conspiración. Me eximo de conceptualizar. Un gran profesor nuestro, Hugo Pérez Hernáiz, ha dedicado años al meticuloso estudio de las mismas. Googléalo y encontrarás varios y buenos trabajos del profe. Diremos solamente que guardan el encanto del chisme que se comparte en un rincón del pasillo del vecindario, sobre todo cuando en el vecindario las identidades de unos se conservan a costa del desprestigio de las identidades de los otros. Las teorías de la conspiración están por doquiera, cada vez más, hacen sinergías con las noticias falsas y las narrativas políticas más extremistas. Son racionalmente encantadoras. Supuestos unos supuestos, todo lo demás se desprende lógicamente. Supuesto que el tren de Aragua es una organización terrorista multinacional con tentáculos en todo tipo de empresa criminal, pues entonces, a partir de ahí se sigue cualquier cosa. Supuesto que la CIA o la sucesora de la KGB ha penetrado con su espionaje y financiamiento en los países del “tercer mundo”, se explica que los estudios sobre liderazgo del CENDES estén penetrados por la agencia en función de sus intereses ocultos y férrea voluntad de dominar el planeta. Además, las teorías de la conspiración no requieren de muchas páginas sino de resúmenes ejecutivos fácilmente tuiteables. Son teorías anticiéntíficas, irrefutables, incomprobables, y, más peligroso todavía, siendo creativas cierran la posibilidad a la creatividad clausurando el campo hermenéutico, el campo de la interpretación. Apelaciones de fe encubiertas de un manto racionalista, terminan negando lo más valioso de la teoría, aquello que la acerca a las artes, a saber, el preguntar, responder y repreguntar reiteradamente por el ser del mundo y de nuestro estar en el mismo. Juego teórico y poético muy práxico, con claras consecuencias prácticas en la formación de un êthos (carácter) sensible a la creación, el diálogo y la deliberación democratizadoras. Lo más triste es que sean los espacios escolares, desde los consagrados a la más temprana edad hasta los universitarios, y ya desde hace mucho, con intención y sin ella, los que reproduzcan la alergia a las teorías, a las artes, a la imaginación, pues son ellos espacios privilegiados para inocular la vacuna ante este virus civilizatorio.
Publicado originalmente en el portal Aporrea el jueves 04 de septiembre de 2025: Artículo

viernes, 2 de mayo de 2025

Nueve tesis para reconstruir un pensar y una práctica auténticamente emancipadoras

 

Javier B. Seoane C.

Presento seguidamente una serie de consideraciones sobre la necesidad de reformular el pensar emancipador en términos dialógicos, democráticos. El  orden de las tesis que se presentan no altera el producto. No se trata de una jerarquía ni de un sistema cerrado. Más bien, por su ánimo pluralista y pragmático, el pensar crítico dialógico carece de «voluntad de sistema» y de «voluntad de infalibilidad». No se trata de un único camino a seguir. Es, como propuesta y como esbozo, un pensar en (re)construcción permanente, siempre inacabado, siempre abierto. En consecuencia, sólo puedo ofrecer elementos para la construcción de una teoría emancipatoria que sea legítima: una teoría en diálogo con fuerzas (con actores) del cambio social. Así, propongo las nueve consideraciones siguientes:

1.) El pensar crítico dialógico trata de recrear el ideal ético y las prácticas de la emancipación en el marco de una sociedad en la que no se visualizan sujetos revolucionarios históricos, sino actores sociales que, sin tener la fuerza suficiente para llevar a cabo la construcción de «lo enteramente otro», aún tienen posibilidades de actuar a partir de los intersticios (Foucault) que las relaciones de dominación dejan en las diferentes instituciones establecidas.

2.) El actor orientado por intereses emancipatorios puede actuar en cualquier situación social. Empero, la teoría considera que hay lugares privilegiados para la práctica transformadora, lugares estratégicos por el amplio alcance socializante. Entre los mismos cabe mencionar a los medios de comunicación (información) y las instituciones educativas, puesto que actualmente constituyen importantes centros de subjetivación. En estos lugares el pensar emancipador se propone una democratización a fondo, conforme a una distribución lo más equitativa posible de los diferentes capitales económicos y culturales. En otros términos, la actitud crítica y dialógica busca incansablemente distribuir el poder entre todos los miembros de una sociedad procurando en todo momento quebrar las relaciones de dominación, es decir, se trata de empoderar a las comunidades y las personas.

3.) La teoría crítica, democrática y dialógica, no debe asumirse externamente a las situaciones sociales concretas ni debe presentarse como vanguardia portadora de lo verdadero, problema típico de los socialismos realmente existentes que surgieron del marxismo leninismo, el maoísmo y otros cuantos. Las posiciones teóricas emancipatorias han de intentar entrar en discusión con todos los interesados y afectados que sean posibles, y es allí, y de acuerdo a las condiciones existentes para cada momento, que debe convencer y persuadir —y dejarse convencer y persuadir por las que considere buenas razones. En otros términos, la teoría crítica se constituye con una clara «voluntad de escucha» (Ricoeur) conjugadora de intereses cognoscitivos hermenéuticos y emancipatorios (Habermas). A mi juicio, éste es un principio normativo para todo pensar y toda práctica emancipatoria dialógica, en tanto que proporciona una manera de teorizar y analizar los modos de dominación sin que el teórico se apropie de más poder para sí que el necesario para llevar a cabo su función.

4.) De la «voluntad de escucha» se sigue, como principio democrático, una firme «voluntad y ética dialógicas», una voluntad que celebra el concurso del mayor número posible de voces en la empresa de construir una vida humana. La escucha y el diálogo, si bien con un ánimo emancipatorio firme e irrenunciable, son condiciones fundamentales de la inclusión necesaria a toda práctica democratizadora.

5.) En la tónica abierta, democrática y de «voluntad de escucha», y en rechazo al autoritarismo epistemológico, el pensar y la práctica emancipadora y dialógica reconoce las necesidades manifestadas por las personas como necesidades auténticas —de ello no se desprende que han de satisfacerse todas, pues la disponibilidad de recursos, la ética democrática, una profunda convicción de justicia social y el fruto del diálogo han de determinar cuáles resulten prioritarias y justas, tal como en su tiempo planteó Agnes Heller.

6.) La justicia constituye el centro ético de la teoría y práctica propuestas toda vez que los ideales de felicidad constituyen «máximos éticos» que no deben exigirse a todos por igual dada la existente diversidad de estos en nuestras sociedades, diversidad bienvenida. En consecuencia, sólo la justicia resulta irrenunciable puesto que más que referir a la dimensión personal refiere a la dimensión intersubjetiva: la justicia atañe siempre a diferentes partes y marca las pautas de la organización social deseable. No es posible orden social humano alguno sin valores, normas y reglas construidas por humanos. Ese orden precisa de legitimación para sostenerse en el tiempo con la participación de sus miembros, legitimación que implica la idea de que ese orden resulta justo. Así, una teoría crítica dialógica exige justicia y extiende invitaciones en cuanto a las concepciones de «vida buena» y «felicidad», pero jamás las impone.

7.) En tanto que heredera del liberalismo crítico, filosófico y político, la teoría y práctica que se proponen apunta en la dirección de eliminar los obstáculos que adversan la constitución de personas más autónomas y reflexivas. Si bien no hay autonomía absoluta —pues la persona es siempre relacional, se constituye desde la otredad, desde unas condiciones sociales— sí se pueden alcanzar mayores espacios de reflexividad y restar campo a la heteronomía.

8.) La teoría y la práctica propuestas no constituyen un sistema; forman, más bien, una actitud elaborada desde distintas síntesis críticas, síntesis de muchas corrientes, saberes y pensadores siempre en constante reelaboración.

9.) La teoría crítica en clave dialógica no supone un «pastiche» en el que quepa, en nombre de la diversidad y del derecho de la diferencia, cualquier cosa: no vale todo. En un sentido definidamente pragmatista, se desplaza de la dimensión epistemológica a la ética, estableciendo criterios de juicio a partir de una evaluación de las consecuencias previsibles que se siguen de una determinada posición de cara a la preservación de la diversidad, de la distribución equitativa de los capitales para la formación del individuo —esto es, de la justicia social— y del mayor número de libertades posibles para el mayor número posible de comunidades e individuos. En consecuencia, en cuanto a su tónica epistemológica sus fundamentos son «frágiles» (Vattimo), difusos, mas no se trata en absoluto de un discurso ético anoréxico.

En un tiempo marcado por el auge de las tendencias autoritarias cuando no fascistoides, tanto a la derecha como a la izquierda del espectro político mundial, en un tiempo en que la vida del planeta está amenazada por doquiera, creo que hoy más que nunca se precisa tener en mente las tesis mencionadas. Es hora de pasar del monólogo autoritario al diálogo con auténtica escucha.

Publicado originalmente en el portal Aporrea el viernes 2 de mayo de 2025: Artículo