viernes, 20 de marzo de 2026

Habermas, el interés de la emancipación democrática

 

El pasado sábado ha partido de esta vida terrena Jürgen Habermas. No resulta fácil escribir sobre este pensador de larga vida y de carácter universal, pues no puede resultar más universal que quien ha pensado y escrito sobre la razón y ha hecho de la mayor inclusión posible un mandato ético. Nacido en Dusseldorf en 1929 vivió en su juventud el desastre alemán causado por los nazis. Reinstalado el Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad de Frankfurt en la década de los cincuenta, conocido por muchos como Escuela de Frankfurt, padres de la llamada teoría crítica de la sociedad, se incorpora Habermas como asistente de Theodor W. Adorno y manteniendo estrechos contactos con Max Horkheimer y Herbert Marcuse, a quien acompañará en sus últimos días.

Junto con una generación de jóvenes sociólogos venezolanos, en la Escuela de Sociología de nuestra Universidad Central de Venezuela, tuve el privilegio de estudiar tempranamente a este pensador de la mano de maestros como Heinz Sonntag, Rigoberto Lanz y Luis Gómez Calcaño. Desde entonces, desde los tempranos años ochenta, no dejé de leerlo y de nutrirme con su elaborado y complejo pensamiento. En el ejercicio de mi oficio docente y de investigador me ha acompañado por cuatro décadas. Gran parte de mis estudios sobre la democracia y la educación guardan la impronta de este gran sociólogo y filósofo. No podría ser de otro modo. Habermas junto a Karl Otto Apel y John Rawls son las grandes figuras de la teoría deliberativa de la democracia del último siglo, siendo los dos primeros los grandes teóricos de la racionalidad comunicativa.

Habermas, al igual que Apel, desataron el nudo aporético de Max Weber y la primera generación de la Escuela de Frankfurt, para quienes la razón se había vuelto irracional. Reducida a cálculo instrumental y estratégico. Y es que la racionalidad moderna diseñó el genocidio masificado del holocausto o las tecnologías para la aniquilación de toda forma de vida en el planeta. Si el crimen generalizado era racional, perfectamente calculado en su relación de medios y fines, entonces, la razón servía a la irracionalidad. Empero, a su vez, la liberación sólo podía ser resultado de la razón ilustrada. El medio de la liberación era opresivo y destructor. Goya quedaba rehabilitado: la razón produce monstruos. Habíamos llegado a un callejón sin salida hasta que entraron en escena Apel y Habermas.

Habermas llamó la atención de que la razón no se agota en el cálculo de medios y fines que conducen a una relación instrumental y estratégica con el mundo humano y extrahumano. Antes, toda relación instrumental supone el medio humano por excelencia, el lenguaje. Y la finalidad primera del lenguaje es el entendimiento y la comprensión. Por el lenguaje llegamos a ser sujeto, por el lenguaje podemos constituir comunidad humana. Así, y siguiendo a Weber, si podemos tipificar las acciones humanas como ajustadas a rituales tradicionales (por ejemplo, persignarse al entrar en una iglesia), afectivas (simpatías y antipatías), racionales ajustadas a valores como la justicia o la libertad entre otros y racionales ajustadas a fines instrumentales y estratégicos (como puede ser la lógica de la empresa capitalista o la de un equipo deportivo que busca vencer a su rival de turno), falta considerar que todas estas acciones precisan previamente el entendimiento con la tradición, con la amada, con los valores o con los fines.

Llegados aquí, es consustancial al lenguaje buscar el acuerdo. Y sin embargo, los acuerdos pueden descansar en un uso estratégico de la comunicación con propósitos de dominación, en un enrarecimiento lingüístico del entendimiento para confundir y someter voluntades. Es lo que Habermas suele denominar en su vasta obra distorsiones comunicativas, distorsiones que Marx estudió como "ideología", Nietzsche como "autoengaño", Freud como "psicopatologías" y que hoy están más vigentes que nunca en eso que a falta de un nombre mejor hemos llamado "posverdad". En un mundo donde podemos inventar las noticias y las historias, donde se puede ganar la guerra aunque se esté perdiendo, donde todo puede ser explicado en términos de teorías de la conspiración, donde las fotografías, los audios y los vídeos pueden ser creados a la medida de quien quiere convertirse en demiurgo de la realidad, en un mundo así "vale todo" para apropiarse de la mente del ingenuo que todos los días sale a la calle. Es, repetimos, el mundo de la comunicación distorsionada con fines de dominación.

¿Cómo combatir la distorsión comunicativa? Habermas presenta como respuesta un encuentro racional contrafáctico en tanto y en cuanto que no se da en la experiencia humana frecuente. Se trata de una situación ideal de habla caracterizada por la simetría de competencias comunicativas de todos los que participamos en un acto de comunicación. Es decir, una situación ideal, no real, en la que todos los que participamos disponemos del mismo capital cultural y de las mismas competencias argumentativas para participar en un diálogo racional conducente a la elección, o quizá construcción, del mejor argumento. En esta situación ideal de habla podríamos llegar entonces a acuerdos racionales que nos permitan lograr consensos de cara a resolver nuestros problemas, deliberar y tomar las mejores decisiones en comunidad.

¿Para qué ha de servir un contrafáctico, una situación tan ideal por irreal, tan gaseosamente platónica, para nuestras vidas? ¿Una situación tan fantástica en la que todos somos excelentes argumentadores y, además, todos estamos interesados en el diálogo más sincero para llegar a la más alta comprensión y los mejores acuerdos? ¿Para qué ha de servirnos este efluvio intelectual en un mundo tan lleno de desigualdades y asimetrías como el que nos toca habitar? Pues seguramente en lo inmediato no para mucho, pero si nos proponemos reformular el pensamiento crítico, el pensamiento interesado en la auténtica emancipación humana sin recaídas en mitologías revolucionarias, y si nos proponemos que este pensamiento conduzca a una práctica liberadora en clave democrática y democratizadora, entonces ha de servir para mucho en lo mediato y en el largo plazo. ¿Por qué? Pues porque esta situación ideal de habla puede convertirse, primero, en un ejercicio crítico para identificar las desviaciones realmente existentes en nuestras prácticas sociales y políticas, es decir, confrontamos con lo real esta situación ideal para detectar las distorsiones autoritarias de nuestras instituciones. Segundo, porque se trata de un ideal regulativo, esto es, un ideal que regula nuestro accionar en la reformulación de nuestras instituciones sociales. Si queremos reformar la escuela en aras de conseguir una ciudadanía democrática y participativa buscaremos que esta ciudadanía futura en lugar de aprender de memoria la definición de batracio adquiera las competencias comunicativas para participar en diálogos racionales conducentes a la formación de consensos deliberativos. Lo mismo haremos con medios de comunicación y de formación de la opinión pública así como con las instituciones políticas, reformulándolas en términos participativos e inclusivos. En fin, se trata de un ideal regulativo para reconstruir nuestras sociedades en un sentido sustantivamente democrático.

Visto lo visto. La razón democrática que nos propone Habermas no es monológica, no es la razón de un iluminado teórico que nos ha de caudillar con un metarrelato presuntamente liberador. No. Es una razón dialógica, comunicativa, donde el sujeto es la comunidad de habla en la que participamos todos. Pues, a su vez, esta razón viene dotada de un imperativo ético, aquel que reza que en la toma de decisiones de una comunidad han de participar todos los interesados y, especialmente, todos los afectados actuales y potenciales que sean posibles de convocar y estén concernidos con dicha toma de decisiones. Es un imperativo inclusivo regido por una racionalidad comunicativa esbozada en la situación ideal de habla ya mencionada.

Sin duda, Habermas ha sido una de las más claras manifestaciones humanas de una voluntad emancipadora construida colectivamente sin encubrimientos y sin requerir derramamientos de sangre. Por eso, ante su muerte el pasado sábado 14 de marzo, hoy queremos celebrar su vida.

Publicado originalmente en Aporrea:  Artículo