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viernes, 7 de marzo de 2025

Mujer, mito, emancipación

Javier B. Seoane C.

Mañana sábado 8 de marzo se celebra el día de la mujer. Declaro que siempre me opuse a esa fecha bajo la razón de que no hay día de este mundo que no sea el día de la mujer, de cada mujer. Ellas son poco más de la mitad de la humanidad, y dan a luz a la otra mitad. No obstante, aprovechemos la fecha para volver a plantear la grandeza de lo femenino en todo tiempo y en el tiempo por hacer, grandeza que la dominación masculina y sus formas institucionales patriarcales ha negado una y otra vez desde tiempos inmemoriales. 

Las raíces míticas de esa vasta península cultural que es Occidente son prueba de la tradicional visión negativa de la mujer. Eva cae en la tentación y por su culpa el ingenuo de Adán queda expulsado del paraíso. A partir de ese momento tendrá que ganarse el pan con el sudor de su frente, deberá trabajar y empezar a construir civilización. La mujer será desde entonces un peligro, tal como la concibe no pocas veces Sigmund Freud, el llamado padre del psicoanálisis, una distractora de la actividad civilizatoria. Por allá, en la antigua Grecia, se cuentan que las desgracias esparcidas sobre la tierra se deben a una cierta curiosidad femenina, la de Pandora, a quien se le ocurrió abrir la caja que las contenía. De nuevo, mujer y mal van unidos en este pasado mítico. Y Freud nos dirá que estos mitos representan un preclaro inconsciente sobre la amenaza de la mujer a la civilización. Leyendo a este insigne pensador, realmente valioso a tal punto que ha marcado nuestra época, a veces imaginaba que el psicoanalista y metapsicólogo se imaginaba a todas las mujeres como Iris Chacón o la reciente desaparecida Tongolele, una especie de bomba sexual capaz de aniquilar el esfuerzo racionalista del varón por levantar los cimientos de la sociedad humana.

Pero el pasado mítico es prólogo del presente. Las ciencias biológicas han descrito por décadas que la reproducción humana acontece una vez que millones de espermatozoides, muy atléticos ellos, salen en maratón olímpico a la caza de un apendejeado óvulo que anda paseando como si nada. El ganador penetra el codiciado trofeo fertilizándolo. En los años setenta, cuando las mujeres hicieron mayor presencia en la investigación científica, pensaron que había algo sospechoso en este relato y promovieron la hipótesis de que el óvulo no era ni tan pendejo ni tan pasivo, que era selectivo. Los protocolos de observación experimental no desmienten dicha hipótesis. Poco antes, un fundador de las ciencias sociales, el valioso Émile Durkheim, se oponía al divorcio y a que la mujer se ocupara de actividades que la distrajeran del hogar. Al igual que Freud, Durkheim pensaba que la mujer era poco racional y demasiado sensible y emocional. Se valía de las ciencias naturales que para su época habían demostrado que la caja craneal de la mujer es estadísticamente más pequeña que la del varón. Concluía junto a muchos de sus colegas científicos con todo un silogismo hipotético: si la caja craneal femenina es más pequeña entonces contiene menos materia gris, si contiene menos materia gris entonces es menos racional. Brillante. Habría que estudiar las cajas craneales grandes de otras especies para conseguir la racionalidad. Quizás los elefantes serían buen objeto de estudio. 

Así, del mito a la ciencia la mujer no ha salido bien parada. Hay que agregar, del mito y la ciencia elaborada por varones. Pero la cosa para nada queda ahí. La producción cultural está llena de ejemplos. Veamos películas como Rocky, Conan, Terminator, El Club de la Pelea. La mujer sigue siendo allí un peligro, la negación de la correcta masculinidad. Hay que combatir a locas como Thelma and Louise, pues nos sacan de quicio. Podríamos seguir con otras expresiones literarias y artísticas, pero no hagamos más largo esto. La mujer ha sido históricamente excluida de los medios de producción cultural, de los medios para la producción de los mitos, la filosofía, las bellas artes, el cine o la ciencia. Apenas recientemente ha ganado espacio en esta producción y ello a costa de mucha lucha, lucha llena de sufrimiento y muerte. Gracias a esta progresiva emancipación femenina se han denunciado estas deformaciones culturales del pasado y se han abierto otras perspectivas que amplían nuestros saberes y nuestras expresiones humanas.

Mas, hay otro peligro. El peligro de negar los tradicionales rasgos atribuidos a la mujer como una mera forma de dominación. Y es que negar la sensibilidad, su carácter protector, su vocación de cuidado, su aproximación estética al mundo es negar demasiado, es negar seguramente lo que más nos define como humanos. Negar esos rasgos es masculinizar a la mujer, volverla una especie de Rambo, sucumbir ante la tradicional dominación masculina, reproducirla de nuevo pero bajo el manto ideológico de un pretendido feminismo. No. Hay que feminizar al varón con esos rasgos, hay que permitirle al varón ser sensible, protector, cuidador del mundo, hay que permitirle que desarrolle sus actitudes estéticas. Hay que decirle desde pequeño que él sí puede llorar, que debe hacerlo ante la injusticia, ante el dolor. Pues para conseguir soluciones a los grandes temas de nuestro tiempo, el tema ecológico, el de la pobreza y el de lo democrático se requieren las cualidades que en la historia cultural se han atribuido a las mujeres. Hay que cuidar la naturaleza, hay que proteger al débil, hay que reconocer al diferente. Precisamente lo que hoy amenazan los machos alfa tipo Trump o Putin, o muchos de los que tenemos por estas latitudes. Ellos sí son un peligro, ellos nos llevan a la destrucción. Hoy los caracteres culturales que tradicionalmente se han atribuido a lo femenino, caracteres sin duda asociados con una forma patriarcal de dominación, resultan dialécticamente emancipadores, tanto como lo fue la figura de Antígona frente al masculino y autoritario poder de la antigua Grecia. Reivindiquemos esos caracteres y valores femeninos para salvar la vida en este planeta, para reconocer la maravillosa diversidad humana, para ser intolerantes ante la explotación del otro, para transitar a un mundo más razonable, más humano, más ecológico. Vivan las mujeres, y que vivan todos los días.

Publicado originalmente en el Portal Aporrea el 7 de marzo de 2025: Artículo

viernes, 21 de junio de 2024

La cuestión ecológica y el principio femenino

 Por:  | 

Las generaciones jóvenes heredan un mundo humano marcado por una serie de temas propios de este tiempo. Lamentablemente quienes tenemos más pasado que futuro no supimos dejarles una buena herencia y hoy pensamos que quizás nuestros hijos y nietos no tengan mejores condiciones de vida de las que tuvimos nosotros. Encabezan la agenda de los temas de este tiempo la cuestión democrática y la cuestión ecológica. No trataremos aquella en esta oportunidad, sólo diremos que hay una marcada tendencia de crecimiento de movimientos antidemocráticas, de ultraderecha, supremacistas. No es de extrañar que poco a poco emerjan con fuerza grupos de ultraizquierda como respuesta a esta situación. A ello cabe sumar todos los efectos de la postverdad y las crecientes teorías de la conspiración, magnificadas en su eco gracias a las llamadas redes sociales. En todo caso, el autoritarismo se extiende destruyendo la deseable eticidad democrática.

Más importante aún parece la cuestión ecológica y ello por una obviedad: la vida en el planeta está amenazada y sin vida ni democracia ni autoritarismo habrá. El tratamiento de esta cuestión resulta complejo. Por ejemplo, requiere el concurso de auténticos ejercicios inter y transdisciplinarios entre ciencias naturales, ciencias humanas y sociales y saberes muy diversos, muchos de ellos originarios. No olvidemos que las comunidades amerindias así como otras originarias de África y Asia han comprendido mejor su relación con el entorno natural. En cambio, la tecnológica voluntad de poder occidental tiene la mayor cuota de responsabilidad del desastre ecológico. Dada la complejidad del fenómeno nos circunscribimos sólo a la cuestión ética y su vinculación con la cultura femenina.

En un ensayo titulado "Lo relativo y lo absoluto en el problema de los sexos" Georg Simmel afirma: "...donde surge un tipo específicamente femenino de conducta ética (lo cual no es de ningún modo el caso en todos los individuos femeninos, dada la cantidad de estadios intermedios entre el polo masculino y el femenino) brota de aquella unidad del ser, que es unidad de uno mismo con la idea.". Para Simmel el principio de actuación femenino se caracteriza por estar orientado a la totalidad, a la unidad, a diferencia del principio de actuación masculino orientado hacia la especificidad de la relación sujeto-objeto marcada por la división del trabajo. Simmel atribuye este carácter masculino a la lucha por la existencia en la exterioridad, a su direccionalidad hacia el dominio de lo objetivo externo, mientras que la mujer por su maternidad ha estado evolutivamente vinculada con el hogar. En la medida en que retrocedemos en el tiempo histórico se reduce el dominio técnico actualmente alcanzado y se precisa más la fuerza física para lograr la sobrevivencia. Ello hizo del varón la apertura hacia lo exterior y de la mujer el cierre hacia el interior. Más allá de los condicionamientos biológico y sociocultural de lo femenino y lo masculino, lo cierto es que la mujer se asocia con el cuido y el varón con el dominio, con la voluntad de poder.

Simmel afirma que las instituciones dominantes de nuestro mundo han sido construidas por el varón. La ciencia, la política, el derecho, etc., llevan la marca objetivista masculina, de modo que cuando la mujer entra a competir en ellas entra en la lógica masculina. Thatcher será toda una dama de hierro, pues tuvo que serlo para abrirse campo en un espacio cruelmente masculino. Thatcher mujer se constituye masculinamente, igual que casi todas las mujeres políticas que hemos conocido. Pero lo mismo se puede decir, entre otras, de las abogadas, las científicas y hasta muchas de las autodenominadas feministas. En otras palabras, se trata muchas veces de mujeres con una racionalidad instrumental masculina, precisamente la que ha sometido a la mujer misma y ha edificado los aspectos más destructivos de la civilización occidental. Simmel afirma que esta adaptación competitiva que hoy llamamos igualdad de oportunidades no es neutra, es masculina. Afirma, empero, que resulta más grave aún la pérdida de aquello que la cultura femenina puede ofrecer a la humanidad entera, especialmente en lo que refiere a una visión integradora, orientada al todo. En lo concerniente a la dimensión ética el polo femenino aporta mediante esta orientación integradora la superación de la alienación entre sujeto y objeto, entre yo y mundo, entre ser humano y naturaleza. Significa repotenciar una ética del cuidado.

Esta tesis propuesta por Simmel hace más de un siglo, en los albores de la lucha feminista, llega a nuestros días de la mano de brillantes pensadoras que algunos ubican dentro del rótulo ecofeminista. Una de ellas muy destacada, Seyla Benhabib, filósofa nacida en Estambul en 1950, participa activamente en los debates éticos más recientes frente a personajes tan relevantes como Jürgen Habermas. De este toma la propuesta de una democracia ética deliberativa caracterizada por una racionalidad comunicativa ampliada a toda la sociedad e inclusiva, todo ello bajo la égida de un renovado imperativo categórico que palabras más, palabras menos, reza que a la hora de tomar decisiones deben participar todos los interesados y afectados potenciales por la cuestión a deliberar en el marco de la mayor simetría comunicativa como ideal regulativo de habla racional, adecuadamente argumentada. No vamos a desarrollar esta cuestión aquí, digamos sólo que se trata de prácticas democráticas efectivamente participativas y protagónicas. Llegados aquí, Benhabib reclama a Habermas que en su propuesta ética y política falta muchas veces explicitar la necesaria participación de lo femenino y su aporte de una ética del cuidado. En cierto modo, Benhabib reivindica la representación tradicional de lo femenino pero hay allí un giro para que dicha representación se torne subversiva para la lógica masculina de la dominación establecida. El cuidado supone detener el despilfarro, el consumo irrazonable; supone poner freno al sometimiento y depredación de la naturaleza externa e interna (humana); supone repensar la dimensión epistémico-ética de la ciencia moderna como una ciencia dirigida al sometimiento tecnológico de esa naturaleza. Supone muchas aristas más, todas muy interesantes. Digamos, para concluir, que esta ética del cuidado se asocia directamente con el entendimiento del planeta como nuestro hogar, que ha de ser preservado pues este hogar es una totalidad y sobre todo un sujeto, nunca un mero objeto. Así, feminismo efectivamente rebelde, feminismo no masculino y ecologismo, se dan la mano e impulsan una nueva sensibilidad humana para una política y economía que recree nuestro porvenir. ¿Podrán las generaciones más jóvenes superar los estrechos límites de la racionalidad imperante que no pudimos superar sus padres? Ojalá. En lo dicho se esboza una propuesta para discutir la necesaria educación del futuro.

Publicado originalmente en el portal Aporrea el viernes 24 de mayo de 2024: Artículo

viernes, 15 de mayo de 2009

Anotaciones sobre ciencia, feminismo y educación para la democracia (Por Sandibel Nunes)

Por Sandibel Nunes
Universidad Católica Andrés Bello
Mayo de 2009


En los últimos tiempos se ha producido una modificación del papel de la mujer en la sociedad, generada por su incorporación a los distintos ámbitos de la vida social, que van desde el trabajo hasta la política. Sin embargo, la igualdad social de la mujer no se ha logrado por completo. Por citar un ejemplo: La poca participación que ha tenido el género femenino en la generación de la ciencia y en su transmisión. Durante siglos, se ha pretendido expulsar a la mujer del conocimiento científico. Reflexionemos acerca de este tema…

No es un secreto que en la actualidad existen diversas dificultades para la promoción e integración de la mujer a la ciencia, por lo cual su participación resulta hoy en día muy inferior a la de los hombres. La causa por la que se puede vivenciar esta situación no tiene que ver con aspectos legales, sino con estereotipos, paradigmas, creencias y mitos que actúan en nuestro pensamiento y lo más grave, es que lo hacen de manera inconsciente. A partir de la familia, de la educación y la comunidad científica se construyen elementos discriminatorios.

La segregación de género en el personal científico, las pautas de discriminación contra las mujeres en el ámbito científico, altera el carácter y la práctica de la ciencia. De esta manera la comunidad científica es tan sólo una institución con significados y símbolos de la masculinidad. (Van den Eynde, Ángeles. 1994)

La ciencia comenzó a desarrollarse desde el siglo XVII, adoptando una imagen positivista y racional, “objetiva, analítica y neutral”. Características que casualmente se encuentran vinculadas con el género masculino, relacionando lo subjetivo, lo intuitivo y lo irracional con lo femenino. El estereotipo de la ciencia se contempla en lo duro, riguroso, racional (características que se le atribuye a los hombres), dejando a la mujer científica como una contradicción a sus propios términos. (Hading, S. 1996)

La ciencia es una construcción social y como tal, resulta un proceso inseparable de los procesos que se desarrollan dentro de la sociedad: teorías y paradigmas, los cuales a su vez dependen del contexto histórico, económico y social en el que se ubiquen.

Echándole un vistazo a como fue el papel de la mujer en los orígenes de la ciencia. Analizando la historia de la ciencia se ha podido comprobar que el género femenino ha participado en su desarrollo desde la más remota antigüedad. Sin embargo, sus aportaciones y papel han sido frecuentemente ignorados cuando no ocultados tras una figura masculina (esposo, hermano, maestros, etc.).

Por nombrar algunos casos, María Sjklodowska, conocida por Marie Curie al tomar el apellido de su marido, fue la primera en ganar premio Nobel dos veces, la primera en física junto a su marido y la segunda en química por su trabajo solitario. Rosalind Franklin fue decisiva en la estructura helicoidal del ADN. Wikins, Watson y Crick, recibieron el premio Nobel por el descubrimiento tras la muerte de esta mujer. Hay un sinfín de casos como estos en donde el reconocimiento general de estas mujeres en la ciencia ha ido desapareciendo en el recuerdo de los historiadores del pensamiento. (Van den Eynde, Ángeles. 1994).

Y que decir de Sophie Germain, quien fue uno de los tantos ejemplos de mujeres que se vieron afectadas por no poder acceder a la enseñanza universitaria, se formó de manera autodidactica fuera de la comunidad científica tras ser rechazada por la Escuela Politécnica de Francia por su condición de mujer. Esta mujer publicó una serie de trabajos con seudónimos masculinos que la llevaron a ganar el premio extraordinario de la Academia. ¿De no haber creado un seudónimo masculino nunca hubiera recibido este premio? (Van den Eynde, Ángeles. 1994).

Aunque la situación ha mejorado, puesto que en la actualidad no existen mecanismos de exclusión para las mujeres en las instituciones científicas, la limitada participación de éstas en la ciencia no ha desaparecido.

Aun en el siglo XXI, se puede evidenciar mecanismos y actitudes discriminatorias hacia la mujer. El discurso científico, sigue siendo androcéntrico situación que no sólo perjudica a las mujeres sino a la ciencia en general. La ciencia al rechazar a la mujer, está rechazando un conjunto de valores imprescindibles para su creación, el progreso humano y científico sólo será logrado a cabalidad cuando se integre a las mujeres en el eje principal de la cultura predominante. (Bonder, 1994)

Lamentablemente las mujeres no han alcanzado la igualdad social, desde el punto de vista profesional, como en el rendimiento económico y estatus. Esta aseveración se acentúa cuando nos referimos especialmente a las profesiones ligadas con la ciencia y la tecnología.

Debemos tratar de que los mitos, y estereotipos del lugar que ocupan las mujeres en la sociedad y que se encuentran en nuestro inconsciente, desaparezcan, o al menos afloren a nuestra conciencia para poder ser debatidos y criticados, puesto que esta situación afecta negativamente la opinión que tienen las sociedades sobre las mujeres así como también su propia autoestima.

Las mujeres han generado logros científicos desafiando barreras y códigos, pretendían confinarlas sólo las tareas vinculadas al hogar y al cuidado de los hijos. Podemos ver en el ramo de la biología algunas investigaciones que se empeñan en mostrar un predominio del hombre sobre la mujer. Por citar un ejemplo, el papel que juega la mujer en la concepción, es definido por muchos autores como pasivo, en donde el único papel considerado en la fecundación era el del hombre. Sin embargo, hay otras investigaciones que hablan de que la principal contribución la hace la femea, quien es la que escoge el espermatozoide más apto. ¿Cuál es la enseñada en la escuela? ¿Dan las dos teorías? ¿Por qué ocurre ello?

La educación debe asegurar el desarrollo productivo con equidad, asegurando un marco de posibilidades para integrar a las discusiones y acciones futuras la igualdad de oportunidades para la mujer, haciendo desaparecer uno de los rasgos inéditos a nuestro sistema educativo: la desigualdad, ya que excluyendo a la mujer también se está excluyendo el conjunto de valores y características sumergidas en el término feminidad. (Hading, S. 1996)

De esta manera, la ciencia nunca podrá ser considerada neutral u objetiva, si excluye sistemáticamente a ciertos grupos, esta desigualdad hará imposible la verdadera imparcialidad de la comunidad científica. La actitud que mantienen los hombres, es interiorizada por muchas mujeres, y se ven plasmadas en inseguridades y debilidades en su autoestima. Así mismo, hoy en día persisten actitudes y comportamientos excesivamente machistas, en donde una mujer preocupada por su aspecto no es tomada en serio y en caso opuesto resulta desagradable y agresiva. (Subirats, Marina, 1994).

Cambiar esta situación requiere de grandes esfuerzos. Comenzando por modificar la actitud de las mujeres hacia su propia valoración y autoestima. Cambios en la ciencia, en sus estructuras (donde existen distorsiones basadas en el género evidenciadas en sus normas y practicas), para que éstas resulten más democráticas, participativas y transparentes. Por último, se requiere un cambio en la mentalidad de la sociedad en general para acabar de una vez por todas con mitos, creencias y tradiciones que han mantenido alejada a la mujer de la ciencia.

Las diferencias sexuales han sido utilizadas por la sociedad para mantener una distribución desigual tanto del trabajo como del poder. La igualdad social de la mujer es un trabajo que requiere de tiempo y paciencia. (Hading, S. 1996) Debemos debatir acerca de la educación y la participación de las mujeres. Debemos analizar si éstas aprenden allí sobre si mismas y sobre su futuro papel en la sociedad, no es de casualidad que las mujeres se orienten a campos tradicionalmente femios, ese es el mensaje que se transmite a través del curriculum. La escuela transmite a través de él, un conjunto de valores y expectativas diferenciales según el género.

La determinada organización del contenido y del método, ha sido demostrada a través de las investigaciones anteriores que no son más que una expresión de la forma dominante de la masculinidad, de su poder sobre la feminidad.

En el currículo, se debe seleccionar los contenidos y métodos a utilizar, entre una gama ya disponibles. Sin embargo, no existe garantía de que tal selección sea acertada. El contenido es un contenido natural arbitrario, ninguna selección es neutral por que en ella está inmersa una serie de estereotipos, prejuicios, intereses, etc.

En él (currículo), se cruzan diversas relaciones de desigualdad que tienen origen en la sociedad y que constituyen intereses sociales. Situación que genera la exclusión de la mujer a la igualdad de oportunidades, concibiendo al programa como conocimientos organizados enmarcados en bases sociales predominantes, que favorecen ciertos intereses específicos. (Connell, 2006)

No sólo eso, los materiales didácticos constituyen una pieza fundamental en el proceso de enseñanza aprendizaje, ya que a través de ellos los alumnos crean su propia concepción del saber. Los libros, representan uno de los métodos más extendidos en las escuela, si tomamos cualquier libro utilizado en cualquier año del sistema educativo evidenciaremos un gran sexismo en la educación, veremos libros estereotipados en su aparente simplicidad metodología. A modo de reflexión, ¿cuántas mujeres son nombradas en los libros de literatura, o quizás en matemáticas?... Se hace necesario, que el material escolar que se utiliza en las aulas recoja aportaciones de las últimas investigaciones en el campo feminista. (Bonder, Gloria, 1994).

El sistema educativo debe buscar un conocimiento que sea preciso, no distorsionado y mucho menos discriminatorio, que se sustenten en las personas desfavorecidas también (mujeres, pobres), ya que los diferentes puntos de vista proporcionan diferentes formas de ver el mundo, comprensivas y de mayor fuerza epistemológica que las que tenemos actualmente. No se trata de sustituir a beneficiarios antes hombres y ahora mujeres, se trata de superar diversos obstáculos que se presentan hoy en día en las estructuras de poder para nuestro progreso cultural e intelectual.

La escuela no debe inmiscuirse en cuestiones de discriminación social ni de género, su función es enseñar. Entonces si su función es enseñar ¿Por qué parece vedado o indiferente ante estos temas? ¿En realidad en nuestra educación tenemos una distribución real de los contenidos, basados en el criterio normal de la igualdad? ¿Qué clase de Educación ofrecen nuestras escuelas?

La crítica que nace de acá al sistema educativo va mucho más allá de la igualdad de oportunidades y de la distribución de sus contenidos, cuestiona también las relaciones de poder sostenibles en su estructura. Debemos desarrollar una escuela que sea capaz de involucrar el género, a la clase y a la raza no sólo en el plano teórico sino también en las estrategias de intervención.

Con este ensayo se pretende despertar la conciencia de esos docentes y funcionarios técnicos sobre los cuales recae la responsabilidad de la educación en nuestro país. Los encargados del sistema deben ser capaces de analizar la discriminación de la mujer en los ámbitos educativos. Lamentablemente, la igualdad de oportunidades para las mujeres no está en una de las prioridades de cambio en nuestra escuela. Constantemente, encontramos docentes con nociones estereotipadas y comportamientos discriminatorios. Lograr la conciencia y el cambio en este aspecto al cual no se le ha brindando gran relevancia, generará no solo equidad entre los géneros en el aula, sino también una mejor calidad en la práctica pedagógica en todos los sentidos.

Debemos generar una escuela que motive el aprendizaje en relaciones de equidad y solidaridad entre géneros, que incentive una participación activa de ambos sexos en la vida ciudadana, donde la necesidad de difundir y legitimar la igual de oportunidades para la mujer en la educación sea una preocupación frecuente.

En nuestras escuelas vemos como la docencia es ejercida por mujeres mientras los varones ejercen cargos jerárquicos como la dirección. ¿Creen que eso es por azar? O quizás, ¿hay diferencias entre el intelecto de la mujer y la del hombre? Pues no, es simplemente una educación que se encuentra envuelta por un conjunto de estereotipos.

A modo de conclusión la escuela debe ser una escuela para generar ciudadanos democráticos críticos y participativos. Para poder tener una sociedad democrática debemos fundar escuelas que propicien este pensamiento, libre de estereotipos y discriminaciones.

Debemos generar talento humano, despertar en ellos la curiosidad, la critica, dispuestos a discutir acerca de cualquier hecho de la vida cotidiana. Seres reflexivos, que constantemente se cuestionen acerca de los problemas que atañen a nuestra sociedad. Que no sólo se preocupen, sino que se ocupen de encontrar soluciones.

Para lograr el progreso en nuestra nación y generar cambios, debemos formar personas que sepan hacia donde van, qué es lo que buscan y que sepan qué pueden hacer para mejorar. Sin duda, para lograr esto debemos darle un giro al sistema educativo, protestando así contra el modelo tradicional de la educación, modelo enmarcado en la transmisión verbal de conocimiento, en la repetición de conceptos.

Resulta cuestionable decir que vivimos en democracia. Si queremos vivir en democracia, debemos trabajar desde nuestras escuelas para ello. No porque ejerzamos el derecho al voto ya estamos en democracia, eso sería reducir su concepto, el acto electoral es un pequeño e insuficiente aspecto para hablar de democracia. En realidad podemos decir que vivimos en democracia. ¿Qué pasa con la violencia, el racismo y el machismo? Es un problema que va más allá del voto.

Es importante preguntarse, ¿cuál es la escuela que queremos? ¿Estamos formando personas activas y criticas? ¿Son nuestras escuelas flexibles? La verdad es que tenemos un mosaico de contenidos autoritarios, autoritarismo que esta en lo más profundo del “conocimiento”; y ¿qué decir de los textos? En ellos también hay un profundo autoritarismo y lo más grave es que todo esto se hace invisible. En la ciencia, en la historia, en las artes e incluso en la lengua está en peligro la educación para la democracia.

¿Por qué no nos enseñan los aportes y legados de las mujeres? Debemos sospechar de todo aquello que no se nos ha enseñando. Quizás la respuesta esté en que a la sociedad no le conviene plantear esta situación, pues pone en peligro la relación de dominación y no hay mejor manera de dominar que haciéndola invisible. Sin embargo creo que resulta relevante recordarle a la sociedad que ninguno es dueño de la verdad como para imponerla sobre otro.

¿En realidad podemos hablar de democracia en nuestras escuelas, cuando vemos por ejemplo la exclusión de la mujer en ella? La democracia emerge de la diversidad, y si la escuela no educa para la diversidad esta se vuelve un obstáculo para la formación de ella. Por esta razón, resulta urgente que las instituciones educativas se democraticen, para ello debemos superar la resistencia al cambio.

Anhelamos una escuela crítica, flexible libre de dominaciones y estereotipos, que responda a las demandas de un mundo que vive en constantes cambios. Si queremos una sociedad libre, debemos fundarlo desde nuestras escuelas. Nosotros como futuros educadores tenemos una gran tarea. Aportemos soluciones y seamos generadores de cambio, rompiendo esquemas, estereotipos y prejuicios.

REFERENCIAS

Bonder, Gloria (1994). Género y Educación. Revista Iberoamericana de Educación N°6. Mujer y Educación en América Latina: hacia la igualdad de oportunidades. Disponible en: http://www.rieoei.org/oeivirt/rie06a01.htm (14/04/2009) p. 30

CONNELL, R.W (2006). Escuelas y Justicia Social. Madrid .Morata
García, Menchu. (1994).Revista Iberoamericana de Educación
Número 6. Género y Educación. Cooperación internacional, género y desarrollo. Disponible en: http://www.rieoei.org/oeivirt/rie06a04.htm (10/05/2009) p.30

Hading, S (1996) Ciencia y Feminismo. Madrid. Morata

Morín, Edgar (2000). Los siete saberes necesarios a la educación del futuro. Caracas. CIPOST.

Subirats, Marina. (1994). Revista Iberoamericana de Eduiación. N|6. Genero y educación. Conquistar la igualdad: la coeducación hoy. Disponible en: http://www.rieoei.org/oeivirt/rie06a02.htm (10/05/2009) p. 22

Van den Eynde, Ángeles. (1994). Revista Iberoamericana de Educación. N°6. Género y Ciencia ¿términos contradictorios? Un análisis sobre la contribución de las mujeres al desarrollo científico. Disponible en: http://www.rieoei.org/oeivirt/rie06a03.htm (14/04/2009) p. 17

Vázquez, María Jesús.(1994). Revista Iberoamericana de Educación Número 6. Género y Educación. Mujeres progresistas: una apuesta por la igualdad desde la educación informal. Disponible en: http://www.rieoei.org/oeivirt/rie06a07.htm (10/05/2009) p.6