martes, 4 de septiembre de 2007

Escuela y moral en la sociedad venezolana (1997)

He de agradecer la oportunidad que hoy me brindan para discutir con ustedes toda una serie de ideas relacionadas con la problemática social de la educación en Venezuela. Evidentemente son estos espacios, destinados al debate y a la recreación del país, los que hoy necesitamos más que nunca. La Universidad nos da un espacio, pero siempre limitado por las actividades propias de ésta: sobre todo docencia y algo de investigación; por eso es importante dentro del seno de la Universidad crear estos lugares extracátedra donde nos podamos encontrar para darle un sentido social a nuestra acción.

No obstante, es importante no caer hoy en el ejercicio del narcisismo intelectual. No debemos venir aquí para que alguien exponga su saber, los demás lo aplaudan y después todos salgamos a degustar entremeses con café. Todo lo contrario, debe ser un encuentro para la reflexión colectiva, para la participación colectiva, y para que de aquí salga algún tipo de iniciativa hacia el país; de otro modo, de no salir ninguna iniciativa, habremos simplemente hecho una práctica catártica grupal más.

Lo que a continuación voy a exponer tiene como pretensión establecer un diagnóstico aproximado de la realidad socioeducativa venezolana. Si bien voy a tratar ser lo más objetivo posible en la interpretación de nuestros problemas, no lo seré en el sentido de no esbozar algunas líneas de acción para superar la negatividad de lo existente. Y es que pienso que nuestra reflexión debe partir de aquel precepto kantiano que establecía que el fin de la educación nunca educar para el presente sino para el futuro.

El análisis de una propaganda

El pasado viernes 14 de febrero una famosa compañía de cigarrillos comenzó a repartir en todas las puertas de nuestra Universidad una propaganda con su respectiva muestra. La serie de mensajes que se incluían dentro de la misma coincidía significativamente con un conjunto de investigaciones que desde hace tiempo hemos emprendido varios investigadores adscritos al Centro de Estudios Filosóficos de la Universidad Católica Andrés Bello, y que tienen como norte el análisis de la constitución del sujeto individual y colectivo en las sociedades contemporáneas de finales de siglo, siendo el estudio de la nuestra una tarea prioritaria.

Para aquel entonces el Profesor Massimo Desiato envió por correo electrónico a toda la Universidad una opinión razonada de la problemática allí contenida. El asunto no es el acostumbrado sobre lo nocivo del cigarro para la salud. El problema que nos preocupaba era otro: el producto no era ya un fin sino que se presentaba como medio para adquirir identidad personal. Seguramente ustedes pensarán que casi todo producto se presenta en la publicidad como algo importante en relación con la identidad, algo así como que si te pones “x” zapatos entonces podrás llegar a ser un gran conquistador, o si usas la tarjeta de crédito “z” entonces pertenecerás al selecto grupo de los que si saben vivir la vida. Evidentemente los mensajes publicitarios van encaminados al gran conjunto de individuos que necesitan consumir en el mercado para reconocerse como personas. En este sentido, el mercado es buen amigo de los individuos despersonalizados, débiles.

Empero, la cuestión es que antes la “venta de la identidad personal” era algo muy solapado mientras que ahora, en la propaganda señalada, es el aspecto central. Textualmente dice “Y cero rollos de identidad… esta allí”. Y en la parte superior “cuestión personal”. Si fumas el cigarro entonces te harás portador de una positiva identidad personal. Confesión más que explícita por parte de los minuciosos estudios publicitarios de la existencia de individuos debilitados en su yo.

Identidad personal

Ahora bien, cuando hablamos de identidad personal, ¿hablamos de una entelequia o de algo efectivo? Y si es algo efectivo, ¿qué factores sociales han incidido en la crisis de la identidad personal que se manifiesta en nuestro día a día, en nuestras propagandas, en nuestros chicos consumidores de estupefacientes? Sin duda estas preguntas admiten distintas respuestas que no dejan de ser polémicas; apostaremos por una de ellas para dar cuenta de lo que entendemos por persona.

George H. Mead, Sigmund Freud y muchos psicólogos contemporáneos asumen que la identidad personal, el yo, no es una sustancia sino el reflejo en el individuo de un conjunto de relaciones sociales y naturales. Esto se podría caracterizar un poco afirmando que la personalidad no es innata sino que aparece en la ontogénesis, lo que equivale a decir que la persona emerge de lo social y en particular, de los procesos de socialización. Pongamos un ejemplo: el bebé cuando siente hambre se ve impulsado al llanto. Al principio se trata de una respuesta prácticamente instintiva. No obstante, debido a sus capacidades, el bebé humano se percatará de que el llanto también es un medio para atraer la atención de los adultos y llegará el momento en que lo usará significativamente, esto es, lo usará para procurarse el interés de los demás en un momento dado. Igual acontecerá con la sonrisa y con otros gestos; en la medida que reconozca que a través de ellos puede comunicar estados y puede cambiar actitudes y lograr respuestas deseadas de parte de los otros, los comenzará a usar intencionalmente, con conciencia. Así, muy gradualmente, su conciencia acerca de las cosas, relaciones y de sí mismo emergerá socialmente, en contacto con los otros. Su identidad dependerá en gran medida de su yoidad, de su diferencia con respecto a los demás. Tal como análogamente en la lógica el principio de identidad tiene sentido por medio de lo no-idéntico, esto es, por ser lo más ilustrativos posible, A se reconoce como A en la medida en que se enfrenta a un no-A.

La etimología de la palabra “persona” también nos da información acerca del carácter social de la identidad personal. En su origen este vocablo significaba “máscara” y hacia relación a la máscara que usaban los actores en el teatro para representar a sus personajes. De acuerdo con esta significación primigenia, podríamos decir que la persona es la forma como el individuo se presenta ante los otros a partir del ejercicio de determinados papeles (amigo, educador, esposo, médico, etc.). Estos papeles es lo que la teoría sociológica funcionalista ha denominado “roles”, fundamentales en el proceso de socialización pues, a cada papel, a cada rol, corresponde un guión determinado. Por ello podemos decir que esos roles no proceden en última instancia del individuo sino que los organiza la sociedad y, de acuerdo a la posición social (status) del individuo, este tendrá mayor o menor opciones de elección entre ellos. En todo caso, la persona se configura a partir de la relación con los demás y de los roles que va adquiriendo en esas relaciones, los cuales a pesar de tener guiones tienen que contar con la plasticidad de los actores, o lo que es lo mismo, la capacidad que cada individuo tiene desde su experiencia única de darle giros a sus actuaciones sociales.

La persona, como actor social, implica el autoreconocimiento, esto es, el ser consciente de su particularidad y ser social. No es imputable el rótulo de criminal a quien no es consciente de sí. Así, y de acuerdo a todo lo expuesto, ser persona es tener conciencia de una identidad distinta a la par que se reconoce la necesidad del otro, de que estamos juntos en el mundo. Si no adquiriera tal conciencia de este ser social entonces no sería más que un individuo despersonalizado.

Entender la persona como social es entender que su basamento estará en los primeros agentes que como la familia, la escuela, los medios de comunicación y la comunidad de grupos, se encargan de introducir al niño en el mundo social que le precede. Son los padres, los maestros y los adultos significantes quienes servirán de modelo al niño para la organización de su personalidad. El niño tenderá a imitar lo que ve a su alrededor; de allí saldrán sus primeras actitudes y saberes, aunque después tome distancia reflexionando sobre ellos.

Identidad moral

Por medio de estos agentes el niño se integra al juego social. Ahora bien, todo juego implica unas reglas y las del social descansan en la esfera ético-moral. El niño tendrá que aprender las normas que orientan el trato con los demás, el cómo compartir las cosas, el cómo respetar a los demás. Este tipo de aprendizaje no es meramente cognitivo pues para ser efectivo tendrá que encarnar en actitudes. No es suficiente saber las reglas del juego, distinguir lo deseable de lo no deseable; a diferencia de ello, lo moral implica lo actitudinal. Yo puedo decir que soy cristiano y llevar una vida disociada de mi conocimiento del cristianismo. Por lo tanto, sería errónea una educación moral, ética y política que se considere realizada a partir únicamente del saber de los principios de la acción.

La identidad moral, finalmente nuestra morada, es constitutiva de nuestra identidad personal. En ella están contenidas la idea regulativa del mundo y mi estar en ese mundo en conjunto con los demás; de esa idea encarnada saldrá mi proceder. Por medio de lo moral supero mi individualidad llegando a ser un ser humano, pues ya, cuando hablamos en términos de humanidad, hablamos en términos axiológicos. Es la idea de hombre reguladora de nuestra vida social y por tanto de los parámetros educativos, lo que me va a configurar como persona capaz de convivir. En cierta medida, cuando decimos, “Federico si es persona”, estamos diciendo que Federico es humano porque tiene una identidad definida en ese sentido que se hace agradable al trato con los demás. Por el contrario, cuando decimos que alguien no es persona, estamos diciendo entre otras cosas que ese sujeto no sabe tratarnos.

La identidad moral no es algo dado de antemano, no es innata. Ella insurge del trato con los otros y, en particular, desde nuestra niñez en el contacto con los adultos significantes. La fijamos a partir del trato que ellos nos procuran y por eso, para alcanzarla, es menester una relación educativa personalizada. La justicia, como representación colectiva, descansa en lo social. No hay una justicia por cada individuo, sino una justicia compartida. Y sólo llegamos a compartirla si alguien nos introduce en ella, pero para comprenderla es preciso sentirla. De ahí el componente emocional de toda moral. La injusticia, la que sufro y la que sufren los demás, yo la siento. Y la puede sufrir porque me ha llegado en el trato humano, personal, haciéndose a la vez parte constitutiva de mi persona.

Cuando una persona se corrompe, digamos que maltrata a los demás, se roba o maltrata los bienes públicos y empieza a hacer de los seres humanos unos meros medios, entonces estamos en presencia de una crisis en la identidad moral de esa persona. Esa crisis puede tener diversos orígenes, pero casi siempre suelen ser sociales. Puede que la moral adquirida socialmente no se corresponda con los hechos, esto es, que lo que se sanciona como bueno se quede en el discurso y no trascienda a la realidad, tal como cuando establecemos como justo que todo el mundo tenga las mismas oportunidades de realizarse pero vemos que la sociedad efectivamente existente distribuye esas oportunidades de acuerdo al azar del nacimiento en cuna de oro o barro. Sé que ustedes entienden los que le quiero decir. La televisión, la escuela y la familia puede hablar acerca de lo justo en medio de un mundo profundamente injusto. Podemos llegar a un acuerdo colectivo de que ese valor es bueno mientras que nuestra actitud lo niega. En este caso cabe hablar más de crisis de actitudes que de valores.

Empero, si las actitudes no se corresponde con los valores, si los hechos no coinciden con lo deseable, si el conocimiento está divorciado del ser, entonces es posible suponer que hay serias fallas en la educación moral, ética y política de nuestros hombres. Obviamente, este supuesto partirá de aquel otro según el cual hay hombres que conocen los principios. Ante esto, muchos de ustedes podrán llegar a decirme que hay hombre que ni tan siquiera llegan a tal conocimiento, que no tienen ni la más mínima identidad intelectual en esta materia, individuos que, como se expresaría desde los llamados planteamientos posmodernos, están fragmentados, rotos, esquizoides si se quiere. Son estos últimos los que buscan la identidad en el mercado de la propaganda, de los actores y modelos exaltados a patrón por la industria cultural. También para estos últimos algo ha fallado en la formación recibida. Por ello, pasemos revista a lo que podemos denominar la crisis de los agentes socializantes, y hagámoslo desde nuestro entorno venezolano.

Crisis de la identidad moral y crisis de los agentes socializantes en la Venezuela de fin de siglo


Cuantas veces hemos escuchado la queja de que nuestra juventud es apática, que no muestra interés alguno por el saber y la sociedad. En aquella ya demasiado famosa frase de Edmundo Chirinos según la cual nos encontramos en presencia de una “generación boba” se encierra esa queja de modo despectivo. Pero, acaso, no cabe preguntarnos, ¿por qué tienden a ser así? Pienso que esa pregunta es mucho más preocupante que la acusación de Chirinos, pues ella nos deja al desnudo en lo que respecta a nuestra responsabilidad ético-política. Hasta donde yo sé, ningún bebé es apático moralmente ni asesina a otro por un par de escarpines.

Sin pretender dar una respuesta conforme al principio de razón suficiente, quiero decirles que esta cuestión es obviamente social y hay que rastrearla desde los mismos agentes encargados de introducir al individuo en la vida social. La sociedad moderna que hasta hoy hemos conocido básicamente ha confiado los procesos de socialización a la familia como agente primario y a la escuela como órgano del Estado en esta materia. De esta manera, comencemos analizando brevemente el desarrollo que ha tenido el primero en nuestro país.

Si yo les dijera a ustedes, cierren los ojos y díganme cómo se compone la familia, más o menos todos me hablarían de la familia nuclear cuyos centros son los padres e hijos. Esa es nuestra representación colectiva de familia, ella regula nuestro proceder a la hora de establecer una familia, ella es nuestro referente. Sin embargo, ese modelo está efectivamente constituido sólo en una minoría de casos. Si hacemos un estudio sociológico descubriremos que en los sectores más populares de nuestras ciudades y campos la figura paterna es casi inexistente desde los criterios estadísticos. Una cierta concepción cultural machista aunada a las presiones económicas de una población pauperizada y un profundo analfabetismo sociocultural y sobre todo ético, ha hecho que la mayoría de los progenitores masculinos no se asuman como padres. Ese mismo analfabetismo y esa misma presión económica, ha llevado a que la madre entregue su vida al trabajo por la autoconservación abandonando así a sus hijos. La tendencia apunta a que estos se transformen gradualmente en “niños de la calle” y posteriormente delincuentes. Sin formación para la vida no les queda prácticamente otro camino.

Si nos trasladamos a los sectores medios nos encontraremos frente a un panorama poco alentador. La lucha por sostener el status social ante las presiones económicas, la profesionalización de la mujer (justa por lo demás) y la crisis de identidad familiar de las nuevas parejas, lleva a que la tasa de divorcios sea allí la más alta. Lo anormal ya no es el niño cuyos padres están divorciados sino, por el contrario, aquel cuyos padres se encuentran todavía casados; ¿no es acaso éste uno de los problemas que en su oportunidad enfrenta nuestra amiga Mafalda frente a sus compañeros de clase? De la “familia de la mesa comedor” pasamos a la “familia de microondas”, de la mamá a dedicación exclusiva a la televisión-niñera; es una familia con vivienda pero sin hogar, es una familia sin espacios para sí. Tampoco allí el modelo es hoy efectivo.

Con estos dos sectores cubrimos casi el 98% de nuestra población, ¿para qué hablar de un resto cuya situación no difiere mucho? La familia tradicional es poco menos que inexistente, y además, tampoco la presencia del modelo garantiza per se el éxito de la formación de nuestros hombres. La comunidad puede echar por tierra el trabajo hecho en el hogar o la familia puede ser una simple fachada social, pura apariencia. No podemos confiar al grupo familiar la educación moral de nuestro mañana, para hacerlo tendríamos que rescatar ese grupo, y eso sólo es posible como transformación radical de un sistema que consume hasta la última gota del mundo de los individuos.

Otro agente socializante relevante es la escuela. No obstante, ni nuestro Estado ni nuestros educadores organizados parecen estar muy conscientes de ello. Arranquemos del hecho de que cerca de la mitad de nuestra población en edad escolar se encuentra fuera del sistema. Ya por ahí encontramos futuros sujetos que han sido desamparados familar y socialmente. La otra mitad asiste a una escuela que funciona en promedio de cuatro horas diarias durante la mitad del año (como excepción). Durante esas cuatro horas la gran mayoría de nuestros escolares permanecen en instituciones deterioradas en todas sus condiciones pedagógicas necesarias. Los maestros se sienten incómodos y renuentes a su actividad, carecen de motivación por el esfuerzo que tienen que hacer para llevar a cabo su misión de la cual los frutos (los futuros hombres que están educando) no parecen tener muchas posibilidades de superación social; además, muchos de ellos se encuentran agobiados económicamente y muchas veces no están preparados pedagógicamente. En estas escuelas masificadas y deterioradas se práctica una pedagogía magistrocéntrica y orientada hacia la enseñanza de contenidos únicamente (educación tipo “banco de datos”, según la expresión de Paulo Freire); no queda espacio para una educación personalizada de orientación actitudinal, tal como nos propone el modelo ignaciano entre otros.

La programación y los curricula se fundan en una concepción pedagógica positivista decimonónica, sustentada en una educación de contenidos lo más próxima a la ciencia oficial. A esta educación corresponde una evaluación objetivista al estilo de la lógica binaria, esto es, una evaluación irreflexiva. Las humanidades tienden a ser vistas como contaminación subjetiva, como impureza, nunca como aquello que efectivamente nos humaniza. La moral, la ética y la política, atendiendo al principio “democrático” del libre examen y a la “neutralidad axiológica” de la ciencia oficial, es relegada al hogar, el cual se supone en su existencia efectiva. Quizá algo se dé en ciertas asignaturas como “estudios sociales”, “formación ciudadana” o “cátedra bolivariana”, pero una vez lo que allí se da es mero contenido y formalidad, nunca una educación actitudinal. Se trata de valorar positivamente la democracia representativa y de leer algún que otro artículo (seguramente el cuarto) de la Constitución Nacional.

Es una educación que ahoga al niño con contenidos y evaluaciones, que no da tiempo para la reflexión y la crítica sino para el ejercicio nemotécnico del saber; algo que transcurridos unos días se olvidará por no estar ligado a la experiencia de vida del infante. Es una educación del condicionamiento operante que sin duda causa daños poco menos que irreversibles a la inteligencia humana. Después de esto, créanme que no sé como todavía hay colegas que se alarman cuando nuestros alumnos universitarios no manifiestan capacidades para el ejercicio reflexivo.

Así, en el marco de esta escuela, que es el prototipo de casi todas las escuelas venezolanas, el receso es denominado recreo, no siendo recreo el aula, la cual nuestros niños denominan “jaula”, en lo que son juegos de lenguaje muy significativos. El maestro termina siendo el amaestrado, el individuo absorbido por la racionalidad burocrático-instrumental del programa y la planificación. La educación termina siendo domesticación, negación del hombre como ser integral.

Llegados a este punto podemos sintetizar lo dicho en la siguiente tesis, la cual propongo para una discusión mucho más profunda, tesis que reza así: los agentes socializantes básicos, la familia y la escuela, no están cumpliendo su función de educar moral y políticamente al individuo, educación constitutiva de la identidad personal y por tanto clave para el desarrollo armónico de la vida social, única capaz de hacer de la vida del individuo una vida humana.


¿Quiénes socializan hoy en Venezuela?


Una de las críticas que se puede hacer a nuestra escuela descansa sobre la base del análisis de los medios de comunicación social y todo aquello que podemos reunir bajo la definición de tecnologías mass-mediáticas. Sé que la gran mayoría de los presentes piensan que nuestra programación televisiva es realmente perjudicial para la formación integral de nuestros niños. Y efectivamente lo es. Aquí no podemos dudar, las estaciones de televisión están sometidas a las leyes del mercado capitalista. Tienen que vender propaganda para que el negocio sea rentable. Además, los canales “más exitosos” están en manos privadas y responden a la lógica de los intereses privados. Es más, podemos decir que en Venezuela todos los canales son privados, pues el que se hace llamar “canal del estado” pertenece a un “Estado privado”, esto es, a un estado capturado por los intereses de los partidos políticos autonomizados, intereses cada vez más desvinculados de nuestra precaria sociedad civil, sociedad aún demasiado débil para tomar las riendas del reordenamiento del Estado en función de los intereses colectivos realmente humanos. Pero volvamos al punto, la crítica a la escuela, ella se ha burocratizado sin adecuarse a las nuevas exigencias. Nuestras Universidades y los otros centros de educación superior, forman publicistas profesionales, conocedores de las técnicas psicológicas y sociológicas de motivación y condicionamiento. Todos ustedes habrán oído hablar de la publicidad subliminal como una de esas técnicas. Formamos profesionales para la manipulación pero no formamos la vista de nuestros niños y jóvenes que ven la televisión, no los inmunizamos contra la manipulación. De este modo, nuestra escuela contribuye por omisión a que los partidos y la industria vendan sin dificultad proyectos y productos falsos.

Y no se trata de ahorcar en una plaza pública al aparato televisor. El mal no reside en la tecnología en sí misma, sino en el uso inadecuado que se haga de ella. Además, después de todo, el gerente de programación de una estación televisiva siempre podrá argumentar que él ofrece lo que el público le demanda; nos puede decir que la televisión no fue diseñada para educar al teleespectador sino que ella supone un teleespectador educado, con criterios y por tanto con capacidad selectiva. Y en principio es cierto. ¿Para qué sino deben estar ahí la familia y la escuela? El problema es realmente serio, sobre todo porque la familia y la escuela no están ahí, porque la programación no es educativa y está sometida a la salvaje y bárbara lógica del mercado, tan alabado por muchos en nuestros días.

Sé que algunos comienzan a tener vértigo, sé que se sienten en un círculo cerrado. El niño, abandonado por la familia y la escuela, es educado por el aparato que funciona las 24 horas del día los 365 días del año, que no tiene funciones educativas y que patentiza en su programación el reflejo de un mundo amenazado por los fantasmas del horror, la violencia y la injusticia.

Una versión contemporánea del clásico de Calderón La vida es sueño podría comenzar con la representación de un padre esquizoide que consulta el I Ching, e interpreta conforme al hexagrama, que su hijo lo ha de asesinar. Envuelto en el pánico decide encerrar a su pequeño hijo en nun cuarto obscuro con un televisor para mantenerlo siempre entretenido. Al cumplir los veinte años, el padre que ahora interpreta de modo distinto el hexagrama del I Ching decide liberar al hijo de su encierro. Al salir, el joven, totalmente esquizoide por la saturación televisiva de identidades, decide que el mundo es simplemente una imagen. La guerra del golfo pérsico nunca existió, fue sólo una imagen; todo es imagen. Por lo tanto, el joven creará su mundo conforme a su imagen. Lo que quiero significar con esta ficción es que un niño socializado por la televisión pasará su vida por programas tales como D´jango, acábalo aunque esté muerto, un programa de opinión como A puerta cerrada sobre la violencia en los niños, una misa televisada, noticieros cargados de sucesos sangrientos, etc. Y así, bajo la mediación de un medio tan hipervariado, terminará por asumir al mundo como imagen, esto es, desde una distancia estética carente de emotividad; y se terminará asumiendo a sí mismo débilmente, sin un perfil definido. Su identidad será una identidad saturada de identidades. En este sentido, la película de Oliver Stone Asesino por naturaleza es una crónica de nuestros tiempos.

Vivimos en una sociedad massmediatizada donde lo personal tiende a desaparecer; nos hemos insensibilizado y ya todo parece ficción. De hecho, bien se podría afirmar que la oveja clonada es el colofón de cierre a una sociedad de individuos clonados mentalmente. En efecto, el clón humano no es algo que pueda pasar sino algo que ya aconteció.

Sé que les parezco demasiado pesimista, pero pienso que lo mejor para comenzar la reflexión y transformar nuestro entorno en un hogar, es reconocer nuestra barbarie, la cual sólo será superada a partir de la acción pedagógica. La educación tiene que comenzar a combatir el analfabetismo, el cual debe entenderse como categoría histórica. Hace cien años combatir el analfabetismo era enseñar a leer y escribir. Hoy, combatir el analfabetismo, pasa una vez más por ello, pero también por enseñar a leer y escribir la imagen y la sociedad. Para ello, tenemos que formarnos muy bien como educadores y asumir el gran reto que tenemos por delante. Para ello, es menester conocimiento, amor por la humanidad y voluntad de hierro.

Que no se diga más que no hay recursos para la educación mientras si los hay para las fuerzas armadas, las campañas de los partidos políticos, el consumo suntuario y obsceno; que no se justifique más el hambre por falta de recursos cuando se dilapidan en avionetas, mansiones, tanques, superautomóviles, etc. Hoy lo tenemos todo para realizar el mundo soñado durante milenios, tan sólo falta nuestra conciencia y disposición como sociedad. La tarea es difícil, más fácil sería hacer como la avestruz y dejarse morir de tedio. Empero, por lo pronto podemos comenzar a modificar lo que está a nuestro alcance. No rendirse en este fin es nuestro mandamiento. Si la educación aún ha de servir para el hombre será como crítica y autocrítica fundada en la esperanza de alcanzar lo otro.

Javier B. Seoane C.
Caracas, 1º de marzo de 1997
Inédito

A propósito del rol del educador (1999)


1. Se me han solicitado algunas reflexiones, desde el ángulo sociológico, del rol del educador en la Venezuela de los noventa. Tal asunto no deja de ser comprometedor, sobre todo porque el rol del educador es un rol social y, por tanto, el ángulo sociológico de esta cuestión es demasiado amplio.
2. Por tal motivo, preferiría no referirme tanto a lo que debe ser o es el rol del educador, es decir, a su lado positivo, sino, más bien, a lo que no debe ser y a lo que efectivamente no es, esto es, me referiré a su rol en un sentido negativo.
3. Ahora bien, cuando hablamos del rol del educador no hablamos de un rol más entre otros, pues, si seguimos la sentencia que el novelista e historiador inglés H. G. Wells nos deja al final de su libro Breve historia del mundo, entonces comprendemos que el problema máximo en que se debate la cultura occidental es aquel que nos pone entre el regreso a la barbarie, y en este caso una barbarie ya no enteramente como antes sino con un alto grado tecnológico, o la posibilidad de salir de esta cueva por medio de la educación, como alguna vez lo pensó aquel viejo filósofo griego llamado Platón.
4. Y este dilema histórico entre educación y barbarie se nos manifiesta a los venezolanos de una manera realmente descarnada. No hace falta esforzarse mucho para percatarse el drama de nuestro aparato escolar: cerca de la mitad de la población posible está fuera de él, no asiste a clases o sólo se inscribe para cobrar las limosnitas de un gobierno que ya no quiere tener mayores problemas políticos. Esta información que ya conocen ustedes, que se ha vuelto ya un lugar común, es realmente mucho más preocupante cuando la ponemos en relación con otros aspectos sociales de nuestra población, a saber, la ausencia, en términos generales del agente socializante primario por antonomasia, me refiero a la familia estructurada; y, por otro lado, la programación de la televisión y la cultura efectivamente existente en nuestras zonas más empobrecidas.
5. Las familias venezolanas se encuentran rotas en su gran mayoría, esto es, no existe propiamente una familia que se encargue de la educación no formal del niño. En los sectores socioeconómicos más bajos porque no existe esa tradición y porque la presión económica obliga a la mujer a salir a trabajar y a abandonar dramáticamente a sus pequeñuelos. La figura del padre es allí, en términos generales, inexistente; además las herramientas culturales mínimas para poder planificar sus vidas son realmente precarias y muchas veces los hijos son considerados más como medios para el logro de algún favor que fines en sí mismos. En los sectores medios, que a duras penas han logrado sobrevivir, la familia como modelo tradicional ha cedido su lugar a una familia efímera, de microondas como suele decirse. Este modelo, a tono con los últimos desarrollos tecnológicos, se caracteriza porque los hijos se encuentran esporádicamente con sus padres; los esposos a veces conversan de algo porque se consiguen en el “hogar” sin estar dormido alguno de ellos; los hermanos suelen verse en el colegio y a veces en la casa uno que otro fin de semana. En fin, la mesa comedor, otrora lugar de reunión familiar, da paso al horno microondas. Con esta metáfora sólo queremos significar que los miembros de la familia han sido absorbidos por sus actividades económicas y propiamente sociales. Además, son precisamente los sectores medios donde el índice de divorcios es mayor. De los estratos socioeconómicos altos no vale la pena hablar mucho aquí, primero, porque estos se encuentran reducidos al 2% de la población, segundo, porque allí más o menos se repiten los fenómenos de la clase media, sólo que a mayor escala.
6. En los sectores altos y medios, así como en muchas guarderías u “hogares de cuidado diario”, la verdadera niñera es la televisión. Y entiéndase bien aquí que no estamos contra la televisión per se, esto es, no consideramos que el aparato televisor sea algún “geniecillo maligno” que debamos sistemáticamente destruir para poder redimirnos del mal; no, no se trata de eso. De lo que si se trata es de la negativa programación de televisión que nuestros canales, privados o del Estado, nos proporcionan. No creo que sea muy positivo que nuestros niños se entretengan desde la mañana hasta la noche viendo cómo D´jango arrastra el féretro de su próxima víctima; o cómo algún superpolicía norteamericano acaba con medio mundo para hacer “justicia”. Además, es sabido que la programación televisiva juega a la saturación de identidades, esto es, después de ver a D´jango usted puede seguir con “El Chavo”, después con “Dimensión”, luego con “Atracción Violenta”, más tarde con algún hermoso reportaje de la “National Geographic” y, finalmente, podrá ver algún “A puerta cerrada” que trate el interesante problema de “por qué son tan violentos nuestros niños y jóvenes” en donde seguramente se critique muy fuertemente a películas tal como “Asesinos por naturaleza”.
7. Hoy sería interesante re-escribir la obra clásica de don Calderón de la Barca La vida es sueño. ¿Se imagina el relato? El padre, guiado por el “I Ching” encierra a su hijo en el cuarto oscuro, pues el exagrama le ha vaticinado que su hijo lo asesinará. Dentro del cuarto no hay nada, sólo un televisor para que el muchacho, metido allí siendo bebé, se entretenga en su pequeño universo. Solamente tiene contacto con el mundo exterior cuando le lanzan bajo la puerta algo de comida. Pasan dieciocho años y el padre, convencido ahora de que el “I Ching” es pura supertechería, tan sólo un mito, decide soltar al mundo a su hijo. ¿Qué tenemos? No es difícil imaginar que de allí sólo pueda salir un individuo esquizoide, alguien que ahora sea “Hunter”, más tarde “Marcel Granier”, luego, “El hombre araña” y, finalmente, en pocos segundos, se transforme en “Freddy Gruber”. Y es que el punto es el siguiente, la programación televisiva no ofrece al joven que se está formando un perfil definido de personalidad como si se lo pueden ofrecer los padres, el maestro o algún otro adulto significante en su vida.
8. Así, llegamos al siguiente punto: la familia se desvanece y el niño queda sólo frente al televisor. En el otro lado, la Escuela, si acaso asiste a ella, con suerte solamente abierta 180 días al año y durante 4 horas, supone que la familia está allí, supone que la familia tiene un nivel cultural y que ha de ayudar al niño en sus tareas y en su educación general. Pero la familia, como ya vimos, difícilmente esté allí. Y así nuestro joven queda socializado fragmentariamente, siempre a medias y a medias malas.
9. Pero volvamos a nuestro punto, el rol del educador en la Venezuela de hoy. Lo primero que el educador debe hacer para desenvolverse lo mejor posible es saber dónde está pisando, tener un diagnóstico mínimo de la realidad venezolana. No debe dar por sentado que la familia está allí, no debe suponer, si en este caso es maestro de primer grado, que sus pequeñuelos han pasado por el preescolar, pues en nuestro país apenas hay la mitad de cupos de los que se necesitan para cubrir esta fase. No debe arroparse bajo el manto de que la educación debe fundarse en la enseñanza de contenidos meramente científicos y de que por tanto, debe obviar todo aquello que sea moral o político. Nuestro educador debe tratar de no atragantar a nuestros jóvenes con contenidos tales cómo qué es un batracio o similares.
10. Evidentemente, el rol del educador hoy es sumamente complejo. Dentro del aula tiene que competir con la televisión y otros artefactos massmediaticos que entretienen al niño, que lo divierten. Esto es, tiene el educador que hacer del aula un recreo y de lo que hasta hoy hemos llamado recreo un deseo por regresar al aula. Y eso lo podrá hacer en la medida en que se arme de una pedagogía lúdica, una pedagogía que enseñe jugando y que forme autodisciplina por medio de la diversión y no del castigo. Para eso el aula tiene que salir de sus cuatro paredes mal pintadas hacia el mundo.
11. A la vez que hace esto, el educador tiene que enseñar a ver la televisión, a no dejarse manipular por la propaganda o el politiquero de turno; el educador tiene que formar ciudadanos que encarnen las leyes, y eso jamás lo podrá hacer recitando la Constitución en algún grado perdido durante cuarenta y cinco minutos a la semana. La única manera de formar hombres democráticos es ejerciendo la democracia dentro del aula, como también fuera de ella. Eso lo enseñó hace mucho tiempo John Dewey, y nosotros todavía no lo aprendemos. Como dijo el actual Presidente de la República, en 1992 nuestros hombres no se inmolaron por la democracia; pero si no lo hicieron no fue, como dijo Caldera en aquel entonces, por hambre, la cual siguen pasando ahora más que en aquel entonces, pues, precisamente, si había y hay hambre es porque nunca hubo democracia en Venezuela, es porque los 200.000 millones de dólares que ingresaron en 15 años no se democratizaron. Y es menester recordar que esa ausencia de democracia comienza en el seno de nuestras familias y en el aula de clases, después continúa en la calle, en nuestro día a día.
12. Sin duda, pudiéramos seguir detallando muchos más aspectos del rol del educador en la Escuela, pero me extendería demasiado y ahogaría la rica discusión que vamos a tener. Lo que si quiero destacar en mayúsculas, negrillas, subrayado e itálicas es que, entre los múltiples papeles que tiene que llevar a cabo el educador en nuestra Venezuela, hoy parece sobresalir uno, uno que consiste en revertirse críticamente hacia el sistema educativo que tenemos, fuertemente excluyente, dividido en circuitos de escolarización, y mutilador de los potenciales intelectuales y humanos de los hombres. Esta es una tarea que no puede esperar más y prueba de ello bien podría ser un ejercicio imaginario de la Venezuela del 2010.

Javier B. Seoane C.
Caracas, noviembre de 1999
Inédito

Acercamiento a la cultura democrática en Venezuela (1998)


Primero que nada quiero agradecer la invitación que me ha hecho el Centro de Estudiantes de Filosofía a participar en este ciclo de charlas. Igualmente agradezco a todos los presentes por venir a dialogar sobre las motivaciones y los aspectos ocultos de nuestro voto. Por mi parte, seré breve en procura de dejar el mayor espacio posible para la discusión, pues, a final de cuentas, creo que es a eso que hemos venido.

En lo que sigue sólo pretendo, desde mi punto de vista estrictamente personal, tocar tres aspectos relativos a la motivación en el acto de votar. No aspiro ser exhaustivo ni dar cuenta de las diversas implicaciones que hay en el asunto. Tan sólo quiero poner tres puntos para el debate. Tampoco pretendo ser científico ni académicamente disciplinado en la reflexión, por lo que no actuaré ante ustedes ni como sociólogo ni como profesor. En este tema que nos toca no creo ser ni una cosa ni la otra puesto que no siento tener claridad, sino confusión que trato de superar en una práctica dialógica. Si de algo tengo que fungir ante ustedes no será como especialista de algo sino como político, que eso sí lo soy. Pero no demos más preámbulo a mis excusas y comencemos de una vez.

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Se aproxima el día de la elección presidencial y la correlación de fuerzas y la aceptación o rechazo de los candidatos se hace más tensa. Los que hoy aparecen como derrotados afinan sus comandos de campaña, ya destartalados, y se preparan para quemar sus últimos cartuchos, no proponiendo opciones para el país sino en la mera práctica destructiva del contendiente, satanizando al otro. Pienso que muchos de esos comandos, quizá por asesorías descontextualizadas, equivocan la estrategia. Observan el desenvolvimiento del candidato triunfante y procuran encontrar sus debilidades para atacarlas de cualquier modo, sea racional o sea afectivamente. Dicho esto asomo una primera cuestión, ¿es racional el comportamiento del elector promedio en Venezuela?

Un ejercicio de sociología electoral en Venezuela nos mostraría sin dificultades que la mayoría de los electores se conducen más afectiva que racionalmente. Y esto es tanto aquí como en gran cantidad de países occidentales. Las familias, los grupos de amigos, y finalmente gran parte de la comunidad, se hace solidaria a la hora de elegir al próximo Presidente. Podemos decir que la sensación de pertenencia grupal se extiende al candidato y la votación se convierte en un ritual que une a los miembros de la Iglesia llamada “nación”. Así lo demuestran los estudios electorales realizados en Estados Unidos y algunos países latinoamericanos. Las estadísticas demuestran que los miembros de una familia votan en su mayoría por el mismo candidato. Igual pasa con el resto de los grupos primarios. En Venezuela, de acuerdo a las circunstancias presentes, esta situación tiende a agudizarse. Por más que desde distintos flancos se ataca el proyecto de asamblea constituyente por ser impropio para un país que tiene que resolver urgentemente los problemas económicos, esto es, por ser irracional, las encuestas dicen que la aceptación de la idea crece continuamente. Igual pasa cuando se acusa al candidato por su supuesta irracionalidad, por su voluntad manifiesta de violar las leyes y de dividir al país en dos. Queremos resaltar que el acto de votar suele ser más catéxico que racional, en pocas palabras, es más pasional que elección ponderada y razonada de un ciudadano profundamente democrático.

Esta catexia del voto ha sido muy bien comprendida por quienes hoy marchan primeros en las encuestas electorales. Ellos han apelado a la solidaridad del “polo patriótico” contra el inventado “enemigo común” y hacen de la campaña una guerra. Sociológicamente, los efectos de una declaración de guerra suelen ser un aglutinante colectivo. En estos casos, la gente olvida momentáneamente su egoísmo y se enlaza en una causa común contra el Enemigo. Del otro lado están los antipatriotas (los malos), de éste los buenos, los verdaderos hijos de Bolívar. Este tipo de campaña ha sido efectiva en la misma medida en que el resto de los candidatos se han conducido de un modo similar a los electores, esto es, a partir de sus propios afectos y de anteponer sus intereses personales e inmediatos por encima de los que razonadamente marcan la estrategia electoral, la cual parece indicar que lo más efectivo sería crear otro “polo” que haga frente al candidato que domina las preferencias, cosa que ya está en marcha y bajo las mismas tónicas afectivas. Efectivamente, al candidato patriótico los autollamados demócratas le ponen palabras en su boca que nunca ha dicho y lo acusan de todos los males habidos y por haber. Como se oye en las calles de Caracas, “ahora resulta que la culpa no es de los gobiernos anteriores, sino del que vendrá”.

En fin, pocos son los que hoy solicitan preocupados los planes de gobierno y las estrategias a seguir para reconvertir la economía, la educación, la cultura, etcétera. Así, queremos abrir el diálogo criticando fuertemente la tesis de que el voto supone un acto de voluntad racional. No lo es en Estados Unidos ni en Europa occidental, y mucho menos aquí donde la cultura se inclina más hacia lo afectivo, como expondremos más adelante.

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Procuremos ahora avizorar algo de los ánimos que hay tras nuestros votantes. Ya se han realizado varios estudios sobre la motivación predominante en el voto de elecciones pasadas. Se ha dicho que la segunda elección de Carlos Andrés Pérez estuvo en concordancia con el imaginario colectivo de la “Venezuela Saudita” de su primer período presidencial. Particularmente yo no tengo mayores dudas acerca de esa hipótesis. Si recordamos que los primeros casos más sonados de corrupción administrativa se dieron durante su primera presidencia, si recordamos que se salvó por un voto de ser enjuiciado en el Congreso por el famoso “Sierra Nevada”, entonces es difícil presuponer que fue elegido por su condición de hombre probo. Más bien, todo parece indicar que el votante promedio creía, consciente o inconscientemente, que los “buenos tiempos” del consumo regresarían una vez que ese hiperquinético hombrecillo asumiera las riendas del país. Pienso que en esa elección lo moral se dejó de lado frente a la inclinación consumista. Además, ¿acaso no se ha sedimentado en el lenguaje popular de nuestro país aquello de que “los adecos roban y dejan robar”?

Fracasado el proyecto de retorno al sauditismo, y sumergida Venezuela en una supuesta cruzada moral contra el “malvado” Pérez, una vez acontecidos 27-F, 4-F y 27-N, los votantes volvieron a las urnas y en una elección muy reñida, y donde la abstención salió como verdadera triunfante, Rafael Caldera ganó las elecciones. Tras la imagen de Caldera estaba el Padre pacificador que anunciaba una “Carta de Intención con el Pueblo” para luchar contra las perversidades del F.M.I. Además, se esforzó por presentarse como hombre suprapartido y vendió bien la imagen en el mercado electoral. Al contrario que en la elección de Pérez aquí se elegía a un hombre de resaltantes características morales y volvía a operar en añadido el “voto castigo”. Pero el gran Padre traicionó a sus hijos desposeídos aliándose con los chulos de siempre, con quienes firmó otra carta de intención con el F.M.I.

¿Qué imaginario predomina ahora en la mayoría de nuestros votantes? Tratemos de llegar al mismo por vía de la negación. La mayoría rechaza a los partidos tradicionales dominantes, que son vistos como culpables de todos los males existentes. La mayoría rechaza aquellas imágenes que no logran posesionarse en la opinión pública como autoritarias, cuestión que está en correlación con la afirmación generalizada de que “aquí lo que hace falta es gobierno”. Por lo tanto, un primer punto está asociado con el predominio de figuras “independientes” y autoritarias. No en balde, según todos los sondeos de opinión, Chávez y Salas son quienes encabezan las preferencias. Finalmente, entre estos dos, el primero es el que tiene mayor aceptación, quizá porque es un hombre más afín al común de la gente que el otro que es más común a la minoría económicamente privilegiada de la población, pero seguramente también porque Chávez, quien tiene en su aval el haber sido militar, protagonizó la acción más contundente contra el régimen establecido. Estos supuestos nos llevan a concluir que gran parte de los electores se muestran contrarios al sistema, siendo su conducta más negativa que afirmativa, esto es, de lo que se trata es de derrumbar lo establecido aunque no se tenga bien claro qué es lo que se va a construir. Después de todo Chávez no ha ofrecido nada concreto más allá de una Asamblea Constituyente que derrumbe el status quo. No hay ofertas positivas sino negación, y el mercado electoral está dispuesto a comprar esa negación y castigar. Una vez más, si estas hipótesis se confirman, entonces podemos concluir que poco de racional tiene el voto en Venezuela.

Detrás de esta descripción encontramos dos tesis que también quisiera aportar a la discusión: 1) la mayoría de la sociedad venezolana no se asume como responsable del porvenir sino que sigue pensando en que es un hombre dotado de cierto carácter autoritario y carismático el que puede y debe conducir las riendas del país (tesis del líder mesiánico y ahora con el añadido de vengador); y, en relación con esto último, 2) es falso que el llamado sistema democrático forme parte de la vida cultural del venezolano promedio.

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Nos proponemos discutir esta última tesis, pues, por una parte creemos que ella ilumina algo de lo oculto tras el voto; y, por la otra, nos deja entrever qué tan falsos son ciertos cánticos sobre la bondad democrática de nuestra nación. Sin embargo, antes de entrar en este punto, dejo explícita mi inclinación por el régimen democrático, pero, sobre todas las cosas, por la vida democrática.

Es sobre esta distinción de la democracia como sistema y como mundo de vida en la que me sostendré en esta última parte de la exposición. Pienso que la democracia antes que hacerse sistema debe ser mundo de vida. Entiendo por mundo de vida a aquella concepción que todos tenemos acerca de qué es y de qué finalidad tiene nuestra existencia y relación con los demás y los objetos. Entiendo también que esta concepción no es una teoría entre otras, sino que es una teoría práctica y una práctica teórica a la vez. Con ello quiero decir que es una concepción fundamental sobre la que orientamos el sentido de nuestras acciones y comprendemos el accionar de los demás. Afirmo además que sin un mundo de vida no es posible convivir ni sobrevivir, puesto que es dicho mundo el que nos proporciona el mapa para ubicarnos en la vida social y en relación con la naturaleza. Es entonces un mundo moral y ético, a la vez que epistémico, pues desde él valoramos y desde él conocemos. En síntesis, este mundo constituye nuestra sentido común y nuestra cotidianidad. Establece un orden simbólico básico que es a su vez condición de posibilidad de cualquier otro orden.

Una vez caracterizada nuestra concepción, afirmo que el mundo de vida hegemónico en Venezuela no es democrático. Lo que quiero significar es que las actitudes manifiestas en la mayoría de nuestras relaciones sociales no son actitudes caracterizadas por la tolerancia hacia la pluralidad o por la búsqueda del consenso y el trabajo en equipo ante las diferencias y dificultades. Por el contrario, la actitud predominante es la autoritaria, entendiendo por ésta a aquella que se caracteriza por ser impositiva, arrogante y portadora de una verdad no sometible a discusión. Este tipo de relaciones cruzan todo el tejido social: desde la familia matriarcal predominante hasta la escuela, desde los grupos de pares hasta la empresa, desde los distintos niveles de gobierno hasta las relaciones de pareja.

Ahora bien, si el mundo de vida, si el modo cultural no es democrático, entonces el sistema político difícilmente será algo más que una parodia de democracia. Y de facto, no pretendo extenderme sobre algo que doy por supuesto y que a toda luz se manifiesta en parlamentarios cuya conciencia es la que le pone el partido y presidentes que terminan siendo perfectos soberbios. Usted los elige cada cinco años, pero en realidad lo que les da es una carta en blanco y firmada.

Llegados aquí se entenderá un poco más mi exposición. Lo que quiero mostrar es que el acto de votar no necesariamente es un acto democrático, y mucho menos lo es en nuestras condiciones culturales y socioeconómicas. Tampoco ha de entenderse el votar como ejercicio de una voluntad libre. Quizá podríamos hablar de libre arbitrio, esto es, de elección entre lo dado, pero no propiamente de libertad como poner determinaciones el sujeto colectivo. Sé que muchos dirán que peco aquí de hegeliano, que la distinción hecha entre libre arbitrio y libertad es hegeliana, pero pienso que es viable para comunicarles que según mi punto de vista se elige para que otros elijan por nosotros, porque somos nosotros mismos como “sociedad civil” quienes no queremos asumir la responsabilidad sobre nuestras acciones como país. De ahí que nos dejamos llevar por el carisma y buscamos, consciente o inconscientemente, un padre duro pero afectuoso que nos dirija.

Así, la situación que hoy vivimos no es culpa de Chávez o del señor Salas, sino que ellos son nuestras criaturas, nuestra propia creación, y como tal, son el símbolo de nuestro estado como sociedad. Con ello, no quiero diluir las responsabilidades entre todos. Es obvio que las generaciones jóvenes, y aquellas que ya no lo son pero no han tenido cargos de dirección nacional, no son tan responsables como quienes han tenido la conducción del Estado durante cuarenta años. Pero también es obvio que a todos nos toca, aunque sea en cuota mínima, ser parte creadora de la miseria en que estamos sumergidos. Tenemos un modo cultural no democrático que reforzamos con nuestras elecciones. Y en ese sentido estamos condicionados pero a la vez somos los únicos culpables de tal condicionamiento. Como se verá soy pesimista pero también albergo la remota posibilidad de que podamos transformar esta situación aciaga si definitivamente aquellos que podemos, y en este recinto todos podemos, terminamos de asumir nuestra responsabilidad social y política. Tarea nada fácil si pensamos que el verdadero enemigo no está fuera de nosotros sino en cada uno de nosotros.

En síntesis, he tratado de aportar al debate que nuestro mayor problema es de orden cultural, esto es, de cómo hemos construido y cómo reproducimos el mapa simbólico con el que valoramos, conocemos y nos relacionamos. Y en ese sentido, somos anómicos en nuestro comportamiento social y poco tolerantes ante la diferencia. De ahí, que pienso que cualquier apelación a que vamos a perder nuestra “linda democracia” no cala en un porcentaje muy alto de la población electoral del país. Dicho esto, pienso que cualquier discusión sobre lo conveniente o inconveniente de un candidato o de un proceso electoral se queda en lo epifenoménico y no toca los puntos más sustantivos de la cuestión, allí donde realmente tenemos que desgarrarnos como individuos y como sociedad.

Muchas Gracias
Javier B. Seoane C.
Caracas, 1º de Diciembre de 1998
Inédito

Sobre el suicidio en Émile Durkheim (1996)


¿Es el suicidio un fenómeno social? Pensamos que la pregunta es pertinente, sobre todo cuando hay una larga tradición en el campo de la psicología y la psiquiatría que ha relacionado los factores suicidógenos con aspectos vesánicos, genéticos y a veces hasta geográficos. Se ha dicho durante el siglo pasado que había que buscar el acto suicida en manifestaciones estrictamente individuales. También durante ese siglo surgió la perspectiva sociológica que hizo del suicidio un objeto para su propia reflexión. Entre los primeros textos clásicos de la sociología tenemos el elaborado por Émile Durkheim, titulado El suicidio. El mismo data de 1898 y después de toda una exquisita recopilación de datos estadísticos formula la tesis central de que el fenómeno suicida es un fenómeno básicamente social.

En la obra citada se presenta el suicidio no como un fenómeno individual, tal como se había estudiado tradicionalmente, sino como un hecho sociológico. Durkheim es categórico al afirmar que, “(…) si en lugar de no ver en ellos (los suicidios) más que acontecimientos particulares, aislados los unos de los otros, y que deben ser examinados con independencia, se considera el conjunto de los suicidios cometidos en una sociedad dada, durante una unidad de tiempo determinado, se comprueba que el total así obtenido no es una simple adición de unidades independientes, o una colección, sino que constituye por sí mismo un hecho nuevo y sui generis, que tiene su unidad y su individualidad, y como consecuencia, su naturaleza propia, y que además esta naturaleza es eminentemente social.” (E. Durkheim: El Suicidio, Akal, p. 8)

Tomando como punto de partida esta tesis sociológica del suicidio, y entendiendo a éste como aquel acto voluntario hacia la muerte que se hace con conocimiento de sus consecuencias, nuestro autor excluye el suicidio que cometen los enajenados mentales. Lo que interesa es entonces cómo evoluciona el suicidio consciente en relación con determinadas situaciones sociales. Para ello, Durkheim establece tres tipos ideales de la forma suicida y los relaciona con estados sociales concretos.

En primer lugar, nos habla de una modalidad denominada suicidio egoísta. Para tratar este tipo parte de la relación estadística que hay entre los casos de suicidio y las confesiones religiosas. Los resultados obtenidos establecen que los protestantes se suicidan cuatro veces más que los católicos, y estos a su vez lo hacen en mayor cantidad que los hebreos. Estas curvas estadísticas se mantienen a lo largo de extensos períodos de tiempo en los diferentes países de Europa y América del Norte. Durkheim explica la correlación diciéndonos que mientras el hebreo y el católico son credos sustentados sobre una rigurosa tradición, el protestantismo se caracteriza por el libre examen, por la libre interpretación y, por tanto, por un individualismo que no congenia con un fuerte espíritu de comunidad. El protestantismo, producto de la crisis de la tradición católica, cuenta con menos creencias y prácticas comunes. De aquí resulta que uno de los factores que parece impulsar al suicidio de este tipo es la fuerza o debilidad de las formas de integración social, es decir, el punto sería que los individuos tienden a decidir conscientemente acabar con sus vidas cuando no encuentran un lazo que los una con alguna sociedad, sea ésta política, familiar, religiosa, económica, etc. La persona, en esta situación, pierde el sentido de su vida al no poderlo articular con un sentido en la sociedad.

Al ponerlo en estos términos, Durkheim relaciona el origen del suicidio con la situación moral de la vida social que rodea al individuo. De hecho, sigue correlacionando la tasa de suicidios con otros factores ligados a los compromisos morales de los sujetos. Llega a determinar que el suicidio es mayor en los solteros que en los casados y en estos últimos mayor que en los casados con hijos. Y esta correlación se mantiene en el tiempo para diferentes países de occidente. La explicación durkheimiana consiste en que la existencia de núcleos familiares sólidos establece compromisos morales entre sus integrantes y le da un sentido a la vida de cada uno de estos. La vida colectiva adquiere fuerza y sus miembros se sienten parte importante en y por ella.

De aquí, fácilmente podemos llegar a otro eslabón en el razonamiento sociológico sobre el suicidio: éste guarda una estrecha relación con factores políticos y económicos. En términos estadísticos, la tasa de suicidio se incrementa progresivamente en sociedades en vías de desintegración. De facto, en el lado contrario, las guerras tienden a aglutinar a gran cantidad de individuos bajo el ideal de defensa de la patria, y es en estos momentos bélicos en donde generalmente encontramos una reducción de los suicidios. Igual ocurre en momentos inmediatos a una fuerte revolución política. En cambio, en épocas de depresión económica y de desempleo la estadística suicida tiende a aumentar. En estas situaciones el sujeto pierde su razón de ser para la colectividad porque a su vez la colectividad lo deja de lado. Es allí que no consigue mayor fundamento a su existencia que es, nos dice Durkheim, una existencia necesariamente social. En este sentido, vale acotar que, para la tradición sociológica, el sentido de la vida del individuo no se puede abstraer del sentido de la vida colectiva. Lo que el individuo es en sí mismo no es más que un reflejo de las condiciones sociales que lo rodean y lo han formado como tal. Se llega a ser persona no desde la nada sino desde la relación con los otros significativos.

En resumen, el suicidio egoísta insurge cuando el individuo no se identifica con la colectividad no encontrando tampoco en sí mismo un ideal que dé significado a su existencia. Sin embargo, con ello no queremos decir que todos los ideales sociales conducen a la integración societal del individuo. Puede que la organización social difunda un ideal que haga débiles los vínculos comunales. Éste sería el caso de nuestra sociedad de consumo. Y es en este marco que puede surgir otro tipo de suicidio que llamaremos, siguiendo la nomenclatura de Durkheim, suicidio anómico.

El estado anómico se caracteriza por una pérdida de sentido de los límites que un individuo puede tener en la satisfacción de sus necesidades. Robert Merton diría que el origen de la anomia radica en un desfase entre las metas culturales que imperan en una organización social y los medios institucionalizados existentes para satisfacer tales metas. La sociedad industrial de consumo viene a ser el prototipo de una sociedad fomentadora de anomia. En ella se difunde a todos sus miembros una meta que se refleja en un alto estándar de vida, rodeada de lujos y confort. Los medios publicitarios se encargan de que esa meta cultural llegue, se imponga y se retroalimente en todos los sectores sociales. No obstante, la estructura de la sociedad no dispone de medios legales para que cada miembro pueda satisfacer ese modelo de vida. Así, el individuo medio se ve condicionado por un sistema que le vende cada vez nuevas mercancías y modelos pero que, o no puede satisfacer o si efectivamente puede hacerlo termina no reconociendo los límites de sus posibilidades reales. De aquí que el sujeto se torna anómico y propende a manifestar conductas delictivas o autodestructivas, como puede ser el consumo indiscriminado de estupefacientes o el mismo suicidio.

Para que el individuo pueda sobreponerse a ese bombardeo constante del consumo conspicuo elevado a valor cultural requerirá de una “personalidad fuerte” que le haga resistencia a esas metas culturales. Por “personalidad fuerte” entendemos a aquel individuo que ha sido formado de tal modo que puede ejercer un pensamiento reflexivo para tomar distancia de lo que se le ofrece en lo inmediato. Se trata de un sujeto crítico, selectivo y capaz de elaborar un proyecto de vida que le otorgue identidad personal. Todo ello supone que el individuo ha estado rodeado por unos agentes socializadores que, actuando coherentemente en cuanto a un fin moral, han procurado esa formación personal. Empero, el mismo principio de actuación de la sociedad industrial de consumo tiene como consecuencia la destrucción de esa posibilidad al reducir considerablemente la capacidad performativa de agentes como la familia nuclear tradicional o la escuela. El sujeto, abandonado en gran medida por estos agentes, queda a expensas de otros electrónicos que lo saturan de estímulos y no le proporcionan modelos coherentes. Por todos estos puntos el tipo societal en que vivimos alimenta constantemente el comportamiento anómico.

Tanto el suicidio egoísta como el anómico son los predominantes en nuestras sociedades. Durkheim expone un tercer modelo de suicidio al que denomina altruista. Éste acontece cuando la individualidad está eclipsada por la comunidad. Es un tipo opuesto a los anteriores. Se da en sociedades o grupos fuertemente integrados en donde el individuo está en función de la colectividad. Un ejemplo lo constituyen los kamikaze japoneses durante la segunda guerra mundial. Como se sabe, estos individuos, una vez que se acababan las municiones de su bombardero, dirigían el mismo contra las naves enemigas para estrellarlo con plena conciencia. Su acto suicida se consideraba un honor para preservar el Imperio del Sol. Se hacía, inclusive, toda una ceremonia a los seleccionados, mientras que muchos de los que no lo habían sido se sentían compungidos. El suicidio altruista responde a la necesidad de salvar el grupo por encima de todo.

Por supuesto que éste no es el suicidio más común en nuestras sociedades. Aquí, por el contrario, y como ya se ha expuesto, predomina la anomia y el egoísmo, es decir, la ruptura del individuo con los valores que exaltan al grupo. En este sentido, Durkheim, como gran parte de la teoría sociológica contemporánea, concluye que las tendencias suicidógenas aumentarán progresivamente en el modelo social instaurado en el occidente contemporáneo. Esta visión sociológica del suicidio puede ser también extraída desde algunas premisas de las teorías de Marx y Simmel.

De acuerdo con Marx, una de las características más resaltantes de la sociedad capitalista es la alienación del hombre. Este concepto se hace presente tanto en sus escritos de juventud como en los de madurez. En estos últimos, si bien el término alienación no aparece se conserva el concepto cuando hace referencia al fetichismo de la mercancía, fetichismo caracterizado por el carácter reificante que toman los objetos e instituciones de la vida social frente al individuo. Nos dice Marx que la alienación se manifiesta como un incómodo estado psicológico de autoextrañamiento. El hombre no se identifica ni con sus obras ni con sus semejantes pues se le presentan como entes ajenos que le imponen su voluntad. En la mayoría de los casos el individuo no realiza el trabajo que quiere realizar sino el que le es posible llevar a cabo para poder sobrevivir. Igualmente, las relaciones que entabla con sus congéneres están mediadas por el interés de la autoconservación y por el juego de roles preestablecidos socialmente. La familia, la pareja y la amistad tienden a sucumbir frente a la forma mercantilista que se expande sobre todos los ámbitos humanos. Lo emotivo pierde terreno por la irracional racionalización de la vida social.

Ahora bien, si la alienación se manifiesta psicológicamente su origen descansa en la estructura social. No se trata de una manifestación vesánica. Es, en última instancia, el reflejo de una sociedad alienada y alienante en la que la existencia individual se torna desagradable. En estas circunstancias, el individuo puede perder el apego a la vida y decidir renunciar a ella, sobre todo cuando no encuentra mayor opción con sus congéneres para la transformación de la sociedad, cuando ve que el mundo se ha tornado en intransformable y desdichado.

En Georg Simmel también nos hallamos frente a un análisis parecido. Sus estudios sobre el individuo en la metrópolis nos conducen hacia una visión sociológica pesimista. En este respecto nos dice: “Los problemas más profundos de la vida moderna surgen de que los individuos pretendan conservar la autonomía e individualidad de su existencia frente a las arrolladoras fuerzas sociales, a la herencia histórica, a la cultura externa y a la técnica de la vida.” (Georg Simmel: “Metrópolis y vida mental” en La soledad del hombre, Monte Ávila, p. 101) El individuo se vuelve cada vez más dependiente de los demás mientras al mismo tiempo pierde su importancia para el orden estatuido que lo aplasta. Las formas administrativas de la burocracia, el desarrollo tecnológico que sobresatura de estímulos y la racionalización de la vida, dejan al sujeto sin la base emocional que podría hacer más soportable esta existencia. Así, el hombre se encuentra en el medio de una gran maquinaria social que puede prescindir de él y reemplazarlo fácilmente por otro, tal como un fusible fundido es reemplazable por otro fusible.

La vida metropolitana arrolla al individuo, quien para defenderse no le queda otra opción que volcarse en un severo racionalismo que aparta de sí toda la dimensión emocional de la existencia. La única forma de poder organizar la metrópolis es haciendo caso omiso de las particularidades individuales. El ritmo mecánico viene marcado por el reloj pulsera que pone a tono todas las actividades requeridas: desde el funcionamiento del metro hasta la hora del almuerzo, el café, el baño y las relaciones sexuales. Todo termina siendo encuadrado en espacios y tiempos mecánicos, pasando a ser la vida humana una vida administrada y una rutina mecanizada. Por todo ello, muchos individuos se hunden en el hastío. En palabras de Simmel podemos decir que, “La esencia de la actitud de hastío consiste en el embotamiento de la capacidad de discriminar. Esto no quiere decir que no se perciba a los objetos, como sucede con el imbécil, sino que el significado y los diferentes valores de las cosas, y por ende las cosas mismas, son percibidos como insustanciales. Le aparecen al hastiado en un tono igualmente gris y chato; ningún objeto exige preferencia sobre los demás.” (Op. cit., p. 107) Tal como nos expresa Marx, al decirnos que el valor de uso sucumbe ante el valor de cambio, podemos decir que en una sociedad racionalizada a su máximo grado toda relación personal se torna en una relación entre cosas indiferenciadas. El hombre deja de ser un fin en sí mismo para convertirse en un medio instrumentalizado. Lo exterior diluye, cuando no aniquila, la riqueza sensitiva de la vida interior.

Los espacios para la formación y expresión de la personalidad son absorbidos por el sistema social. En la terminología de Schutz y Habermas podríamos decir que el sistema conquista el mundo de la vida, lo afectivo sucumbe ante lo sistémico. La familia y los grupos de amigos son absorbidos por una sociedad de saturación tecnológica y económica. Y cuando logran un espacio para encontrarse, entonces los individuos están juntos sin estarlo: frente al televisor, la pantalla de cine, la drogadicción en grupo o la discoteca. Están juntos pero tienen muy poco que decirse, su proximidad es apenas física. Conviven en grandes edificaciones pero no conocen a sus vecinos, pues carecen del tiempo y de la disposición para ello. En comparación con la vida pueblerina, la vida urbana aparece como una vida fría y de neurasténicos. Por algo la tasa de suicidios es proporcionalmente cinco veces mayor en la ciudad que en el campo. En términos de Simmel una vez más: “El individuo se ha convertido en un mero engranaje, en una inmensa organización de cosas y poderes que arrancan de sus manos todo progreso, espiritualidad y valor para transformarles su forma subjetiva en la forma de una vida puramente objetiva. Es necesario subrayar simplemente que la metrópolis es el terreno genuino de esta cultura que crece más que la personalidad. En los edificios e instituciones educacionales, en las maravillas y adelantos de la tecnología espacial, en las estructuras de la vida comunitaria y en las instituciones visibles del Estado se muestra una totalidad tan sobrecogedora de espíritu cristalizado y despersonalizado que la personalidad, digamos así, no puede sostenerse frente a su impacto.” (Op. cit., p. 117) No es de extrañar que en estas circunstancias muchos individuos pierdan su apego a la existencia. Si la vida del hombre es esencialmente social, y si esa vida social se torna en hastío, entonces el sujeto puede llegar a considerar su propia existencia como algo totalmente intrascendente.

Vemos en Durkheim, Marx y Simmel un punto en común que remite a la pérdida de significación de la vida humana en la sociedad moderna. Sin duda, este consenso lo encontraríamos también en otros sociólogos de nuestro tiempo como Tönnies, Weber, el período intermedio de Parsons o Marcuse. Por el momento nos es imposible desarrollar estos pensamientos. En todo caso, lo que ellos nos dicen coincide en gran medida con lo que en la literatura nos han dicho Balzac, Tolstoi, Kafka, Orwell y Huxley. Esto es, muy grosso modo, que el individuo promedio de nuestra sociedad no vive por sí sino por las apariencias que son impuestas desde la socialización, y que en ese vivir fantasmagórico termina a veces por quebrarse su sentido de la existencia por el sinsentido de lo social.

En síntesis, el suicidio es una de las tantas manifestaciones de una vida social que se ha deshumanizado y que ya no deja espacios para la formación de una persona reflexiva y sólidamente moral. Frente a esta situación la mayor parte de los sociólogos se muestran pesimistas y en gran medida nostálgicos por la unidad perdida. La muerte anunciada de una formación social anuncia la muerte voluntaria de muchos de sus integrantes que ya no encuentran sentido a una existencia cuyo fin radica en la otredad. Se salvaguardarán aquellos que tengan una personalidad fuertemente definida, o aquellos que puedan autoengañarse efectivamente, o aquellos que puedan encontrar un grupo humano que les permita desarrollar su dimensión emotiva. De lo contrario, las crecientes tendencias al suicidio marcarán el suicidio de la sociedad misma. También en esto la teoría sociológica es pesimista, y no le falta razón para serlo. Pero, y para terminar, es preciso recordar que la esencia del pesimismo es despertar las conciencias para la movilización recreativa del mundo.

Javier B. Seoane C.
Caracas, abril de 1996
Inédito

Conocer y deber en Max Weber (2002)



Las líneas que siguen fueron elaboradas en función de estudiantes interesados en una obra tan prolífica como la de Max Weber (1864-1920). En ese sentido, a ellos van dirigidas las próximas páginas. Pretendemos aproximarnos a la concepción que este pensador tuvo sobre el conocimiento de lo social y su relación con las prácticas sociales. No buscamos la originalidad, buscamos simplemente tratar de surcar un breve lindero tomados de la mano de este genio de las ciencias de la cultura. Espero que logremos asirnos bien de su mano. Comenzaremos con una aproximación a su reflexión epistemológica sobre las ciencias de la cultura y concluiremos con un par de críticas a su postura, críticas que en todo caso jamás desmeritan tan magna obra.

La reflexión de Max Weber sobre el conocimiento de las ciencias de la cultura aparece en el contexto generado por el Methodenstreit alemán de finales del siglo XIX. Parte importante de esta disputa sobre el método en las ciencias tiene su origen en la reacción contra el positivismo de Wilhelm Dilthey, y en las respuestas que a éste dieron, sobre todo, los neokantianos Wilhelm Windelband y Heinrich Rickert.

Dilthey afirmaba que las ciencias del espíritu requerían de un método distinto del de las ciencias naturales, puesto que el objeto de estudio de las primeras era de naturaleza diferente del objeto de las segundas. El método tenía que estar en función del objeto de estudio. Luchaba contra el racionalismo uniformador del positivismo y su metafísica naturalista: mientras el mundo de la naturaleza se presenta extraño al sujeto epistémico, el mundo humano, objeto de las ciencias del espíritu, constituye a dicho sujeto y le es familiar. Dilthey dirá entonces que el estudio de lo humano demanda comprensión (Verstehen), pues se trata de un mundo significativo, lleno de vida. Las ciencias naturales no requieren comprender sino explicar los fenómenos naturales, pero las ciencias del espíritu no pueden explicar sin comprender.

Como lo entendió la escuela neokantiana, especialmente con Windelband y Rickert, la propuesta de Dilthey resultaba metafísica, pues tenía que postular a priori ontologías diferentes para “la naturaleza” y para “el espíritu”. Por tal razón, para estos pensadores el problema de las ciencias del espíritu quedaba abierto. Para Windelband, la diversidad de las ciencias no remite a diferencias ontológicas de los objetos sino a la orientación marcada por los intereses cognoscitivos. Puestas las cosas así, existen explicaciones nomotéticas, cuyo conocimiento se orienta al establecimiento de leyes generales; y, explicaciones idiográficas, orientadas hacia la singularidad de los fenómenos. La oposición ontológica entre “naturaleza” y “espíritu” pierde sentido, pues tanto las ciencias naturales como las ciencias sociales pueden orientarse nomotética o idiográficamente.

Heinrich Rickert, a diferencia de Windelband, reinstala la diferencia objetiva entre los dos tipos de ciencias sobre nuevas bases:
[1] las ciencias de la cultura son ciencias de objetos valorativos, de bienes culturales, mientras que las ciencias de la naturaleza no han de considerarse de este modo. Coincide con Windelband en cuanto a la orientación general de las últimas y la orientación individual de las primeras. Por supuesto, ello introduce el problema de la objetividad, pues, ¿cómo ha de ser objetiva una ciencia que trata con valores? Rickert propone una solución: “El progreso esencial en las ciencias culturales, en lo que se refiere a su objetividad, a su universalidad y a su conexión sistemática, depende del progreso que se realice en la elaboración de un concepto objetivo y sistemáticamente organizado de la cultura; es decir, que depende de que nos acerquemos a una conciencia de los valores fundada sobre un sistema de valores válidos. En suma: la unidad y objetividad de las ciencias culturales está condicionada por la unidad y objetividad de nuestro concepto de la cultura, y ésta, a su vez, por la unidad y objetividad de los valores que valoramos.”[2] La propuesta de Rickert se encierra en un objetivismo ético, lo que la empuja nuevamente a la metafísica. Es en el marco de este contexto que cobra sentido la postura epistemológica que adoptó Max Weber.

La posición de Weber desde su concepción de sujeto epistémico

Weber se sustenta sobre las tesis neokantianas de Windelband y Rickert, a partir de las cuales es menester distinguir entre realidad fenoménica y realidad en sí. Para Weber no puede haber descripciones completas y exactas de la realidad, pues ellas siempre escapan a la finitud del sujeto epistémico. Por consiguiente, la realidad, en tanto que realidad fenoménica, es siempre un recorte, una selección hecha desde un sujeto que mantiene relaciones de valor con su cultura, tal como lo afirma Rickert.

Weber no niega totalmente las tesis de Dilthey, lo que niega es el carácter metafísico que las mismas revisten. Por el contrario, nuestro autor asume que la acción humana, a diferencia de la “acción” de los objetos de las ciencias naturales, es una acción significativa, cultural, cargada de sentido, la cual sólo se puede explicar comprendiéndola. La peculiaridad de los fenómenos culturales conlleva un tipo de causalidad diferente de la natural. Por consiguiente, las ciencias de la cultura y las ciencias de la naturaleza varían en cuanto al tipo de explicación que tienen que construir.

La selección de los problemas a investigar y el ordenamiento conceptual de los fenómenos está condicionado desde el comienzo por las relaciones de valor del sujeto con su entorno. Obviamente, ello limita la posibilidad de conocimiento de lo social si lo que se pretende es una objetividad absoluta, total, pues el sociólogo no es Dios: ni está fuera del mundo ni es omnisciente. Por el contrario, el sociólogo forma parte de un mundo sociocultural, desde el cual ha surgido la sociología ligada a demandas prácticas.
[3] Tanto el sujeto, su disciplina y sus objetos de investigación están condicionados culturalmente de modo inexorable.

Los fenómenos culturales están cargados de significaciones y sentidos dados por los actores sociales en juego, por lo que las ciencias de la cultura demandan interpretación de las acciones para la consecución de las explicaciones. Se trata de fenómenos entramados en procesos continuos, sólo recortables por ejercicios de abstracción debidos al entendimiento humano, y que son constituidos por efecto de acciones sociales previstas e imprevistas. Todo ello, impulsa a Weber a introducir el Verstehen y la interpretación como condiciones de posibilidad del conocimiento de lo social. El investigador, el sujeto epistémico, tiene que comprender los contextos significativos y de acción de los actores sociales, sus motivaciones y valores, para interpretar las acciones acontecidas. Llegados aquí, cabe preguntarse, ¿en qué se diferencia el Verstehen propuesto por Weber del propuesto por Dilthey? Sin duda, una de las diferencias fundamentales recae en el rechazo weberiano al intuicionismo diltheyano. Weber quiere un Verstehen, una comprensión, controlada por argumentos y hechos fácticos.
[4]

En todo caso, arribamos a tres puntos que aparentemente, al menos desde el paradigma epistemológico positivista, atentan contra la posibilidad de la objetividad en las ciencias de la cultura, a saber,

a.) El sujeto cognoscente está condicionado por relaciones culturales de valor, por lo que su construcción del objeto de investigación está condicionada por valores sociales y culturales.

b.) Los fenómenos culturales son fenómenos fundamentalmente singulares que no se pueden aislar, por lo que su aprehensión depende de recortes causales en el tiempo seleccionados por el sujeto cognoscente. Por consiguiente, resulta imposible dominar las múltiples determinaciones que constituyen un fenómeno. El investigador siempre tiene que llevar a cabo una selección de las causas y factores que considera más relevantes.

c.) Los fenómenos culturales son singulares y complejos por ser fenómenos significativos. Es decir, son productos de acciones humanas orientadas por un sentido, por lo que el investigador requiere llevar a cabo una comprensión interpretativa para su explicación.

Los tres puntos remiten al proceso de selección que realiza el sujeto epistémico en la construcción de su objeto de investigación. Pero, nos dice Weber, una vez seleccionado este objeto, el investigador puede investigar sólo sobre la base de juicios de hecho. En este sentido, y por usar una terminología clásica en la filosofía de la ciencia, Weber separa el contexto de descubrimiento del contexto de justificación.

Nos disponemos ahora a discutir las condiciones de posibilidad del conocimiento científico, objetivo, en el seno de las ciencias de la cultura. Partimos de las siguientes tesis:

1.) De que haya relaciones de valor en la construcción del objeto de la investigación, no se sigue necesidad lógica alguna de que los resultados de la investigación carezcan de objetividad.

2.) Entre el input de la investigación marcado axiológicamente, y la posibilidad objetiva del resultado, media el uso adecuado del método y el pensamiento orientado a la explicación causal de los fenómenos. La demostración lógica y la contrastación empírica, sobre todo en cuanto a las imputaciones causales, determinan la objetividad final de una investigación, si bien su punto de partida resulta siempre de una perspectiva particular.

3.) La objetividad en el marco de la reflexión weberiana es de orden procedimental, relativo a la imputación causal y las reglas de experiencia, no en orden a la correspondencia estricta entre teoría y hechos.

4.) Para el procedimiento metodológico weberiano la categoría de totalidad se vuelve muy importante, pues es la misma la que puede dar significado a los fenómenos singulares y desde la cual cabe plantearse una lógica de imputación causal. Empero, y de acuerdo con las premisas fenomenológico-kantianas de Max Weber, la idea de totalidad es sólo una idea regulativa, carente de naturaleza ontológica.

Ad 1 y 2.) La construcción del objeto de la investigación está condicionada socioculturalmente. Se trata de un recorte subjetivo realizado sobre una realidad infinita. Ello parecería atentar contra la posibilidad del conocimiento objetivo en las ciencias sociales. Empero, Max Weber afirma que de la relación de valor cultural presente en las ciencias sociales no se sigue necesidad lógica alguna de que los resultados de la investigación carezcan de objetividad.
[5]

Las normas de nuestro pensamiento, el interés en la verdad que pretende tener validez universal, valdría decir, verdad universalizable, limitan la subjetividad del investigador en el proceso de investigación y en la exposición de sus resultados. Pero, y ya que aquí reside el meollo de la posibilidad de objetividad, ¿cómo entender todo ello? En otros términos, si el proceso selectivo en el que participa la subjetividad del investigador está presente en, a) la selección de los fenómenos a estudiar; b) la selección de la cadena causal a reconstruir; y, c) la selección de los eslabones más significativos de la cadena causal; ¿cómo posibilitar entonces la objetividad?

Weber responde que en cuanto al punto “a” no se puede limitar al investigador en sus objetos de estudio. No obstante, obviamente estos últimos tendrán mayor o menor impacto en la medida en que los problemas trasciendan el mero ámbito psicológico del sujeto epistémico. La cuestión metodológica entra en juego precisamente cuando han sido seleccionados los objetos y ha comenzado la investigación. Por consiguiente, la posibilidad objetiva se juega en las selecciones que acontecen en los puntos “b” y “c”, esto es, en las imputaciones causales, pues es allí donde interviene el proceso de pensamiento y su lógica.

Una vez realizadas las imputaciones causales, es menester, nos dice Weber, tratar de probarlas. Para ello, y en cuanto a reglas metodológicas, propone nuestro autor, “(...) la primera y decisiva consiste en que, entre los componentes causales reales del proceso, suponemos uno o varios modificados en determinado sentido y nos preguntamos si, en las condiciones del curso de los acontecimientos transformados de este modo, ‘cabría esperar’ el mismo resultado (en cuanto a puntos ‘esenciales’) o bien cuál otro.”.
[6]

Entonces, para la imputación causal, el proceso de pensamiento modifica los órdenes causales y experimenta imaginariamente los resultados de acuerdo con reglas de experiencia. ¿Qué entiende la metodología weberiana por reglas de experiencia? Dejemos que Weber hable: “De lo dicho no se sigue, naturalmente, que el conocimiento de lo general, la formación de conceptos de género abstractos, el conocimiento de regularidades y el intento de formular conexiones ‘legales’ carezcan de justificación científica en el ámbito de las ciencias culturales. Todo lo contrario; si el conocimiento causal (...) consiste en la imputación de resultados concretos a causas concretas, sería totalmente imposible, respecto de cualquier resultado individual, una imputación válida que no recurriese al conocimiento <>, es decir, el conocimiento de las regularidades de las conexiones causales.”
[7]

De esta manera, siguiendo la experiencia sobre el conocimiento de las regularidades causales, y realizando el experimento imaginario señalado, resulta posible determinar dentro del modelo construido cuáles causas imputadas son accidentales y cuáles son adecuadas. Mientras la supresión o modificación de las primeras no cambiaría sustancialmente el fenómeno en estudio, las segundas sí lo harían.
[8]

Ad 3.) Así mismo, este seguimiento de imputación causal, su reflexión lógica y su correspondencia con reglas de experiencia, podría ser seguido y comprobado o no por otros investigadores que se colocaran en la misma perspectiva. Es importante resaltar, entonces, que Weber valora el papel de la imaginación en el quehacer de las ciencias de la cultura. Además, es preciso recordar que, a pesar de la posibilidad objetiva en los procedimientos de investigación de estas ciencias, Weber mantiene su posición agnóstica con referencia al conocimiento pleno de la realidad. La lectura de ésta siempre es una interpretación. Así, la posibilidad objetiva en Weber no significa la correspondencia absoluta o muy próxima con los hechos. La objetividad, para nuestro autor, se dirige hacia los procedimientos de investigación, explicación y establecimiento de conclusiones.

Ad 4.) Lo dicho se manifiesta de manera contundente en el problema relativo a la totalidad. Para captar la individualidad de los fenómenos es preciso tener una idea de la totalidad en la que están insertos.
[9] Pero, obviamente, se trata de la categoría de totalidad como idea regulativa, no como afirmación ontológica sino metodológica. También aquí Weber es kantiano, pues, siguiendo a Trino Márquez, “La ciencia no estudia ni pretende atrapar intelectualmente ‘totalidades’. Su interés no es construir cosmovisiones.”[10]
La relación con la razón práctica. Neokantismo, ascesis científica y Modernidad.

Para Weber resulta imposible derivar de lo que es lo que debe ser. Su epistemología de raíz kantiana marca también el camino hacia la ética, también de cuño kantiana, aunque mediada por Nietzsche. El terreno de los valores no científicos no es racional, lo que responde a su concepto de racionalidad teleológica. Por ello, se mantiene firme en lo que atañe a la separación entre razón teórica y razón práctica.

A la par, se mantiene consecuente con su teoría de la modernidad, conforme a la cual, se aprecian los procesos de autonomización de las esferas culturales y sociales: lo estético, lo ético, lo cognitivo, lo religioso, lo económico, lo político, etc., se autonomizan unos de otros desarrollando sus propios criterios de valor. Lo bueno puede resultar falso y lo verdadero puede tornarse feo, lo más económico puede resultar dañino y lo favorable en términos políticos puede resultar éticamente perjudicial.

Por otro lado, concibe la ética del científico desde el terreno ascético propio del protestantismo. El científico tiene una misión que lo aparta del contacto afectivo con el mundo como tal: el saber como fin en sí mismo. El análisis científico sólo puede darnos cuenta de los mejores medios para un fin dado, y hasta puede decirnos si el fin es o no viable, y si lo es a qué costo probable lo es y cuáles son sus posibles consecuencias. El juicio sobre fines sólo puede, entonces, decirnos los costos y consecuencias probables de cada uno de ellos dadas las condiciones existentes, pero no puede decirnos cuál se debe escoger. No obstante, en este sentido, la ciencia puede cumplir una función asesora y educativa.

La ciencia también puede ilustrar al actor que toma decisiones sobre el fondo cultural de las motivaciones que lo impulsan. El análisis puede permitir comprender los fines deseados por el actor, y en ese sentido, puede informar y educar, lo que no puede es emitir juicios de valor en lugar de juicios de hecho.

De acuerdo con lo dicho, y siguiendo la terminología de Robert Friedrichs, se puede decir que la sociología weberiana pertenece al modo sacerdotal. Para Weber la ciencia es el terreno de la racionalidad, mientras que la política es el terreno de la lucha de las pasiones y de la irracionalidad. En este sentido, Weber resulta un defensor a ultranza de la neutralidad axiológica, según la cual los juicios de hecho deben estar separados radicalmente de los juicios de valor. Hereda esto último de los positivistas decimonónicos, pero no su fe en que haya un patrón del progreso social que las ciencias puedan impulsar.

Para finalizar: dos críticas generales a las tesis de Max Weber

En primer lugar cabe resaltar que gran parte de la reflexión de Max Weber se ve limitada por su concepción estrecha de la racionalidad, la cual, considerada en su forma más acabada, está escrita en términos instrumentales teleológicos. No cuestiona esta noción de racionalidad ni parece plantearse posibilidades alternativas a la misma. Ello lo lleva a negar el juicio sobre los fines en el marco de la práctica científica. Pero también, en una crítica reciente de Jürgen Habermas,
[11] lo lleva a considerar los tipos de acción social de una forma limitada, pues no comprende la acción comunicativa, u orientada al entendimiento, como un modo especial de acción. Weber parte del sujeto, del actor, pero no de la relación social. En su tipología piensa en términos de fines utilitarios, axiológicos o afectivos, pero no de la comunicación, del entendimiento. Así, en su esquema de los tipos de la acción social termina haciéndose trampa él mismo, pues presenta la acción racional con arreglo a fines como la racionalmente más acabada por atender a medios, fines, valores y consecuencias, mientras que la racional con arreglo a valores no atiende a las consecuencias, partiendo de esta manera de una ética de la intención y no de la responsabilidad.[12]

La crítica weberiana a las abstracciones positivistas y la recuperación de la comprensión para las ciencias sociales resulta de gran vigencia, sobre todo a la luz de la hermenéutica contemporánea. No obstante, su disrupción epistemológica entre ciencias naturales y ciencias sociales se encuentra superada, pues la misma se realiza desde el modelo newtoniano de ciencia, que ya en tiempos de Weber Albert Einstein estaba quebrando al darle al observador una posición activa en la construcción del objeto. En este sentido, tanto las ciencias naturales como las sociales responden a relaciones de valor y los científicos son activos en la construcción de la realidad. Weber aún mantiene una concepción dura y algo ingenua de las ciencias naturales.

Empero, y sin duda pudiendo establecer muchas otras críticas, la obra de Max Weber sigue siendo un punto de referencia obligado para una gran parte del quehacer de las ciencias sociales. Sus categorías sociológicas, su análisis de la modernidad, su epistemología y su sociología de las religiones siguen manteniéndose casi incólumes.
[1] H. Rickert: Ciencia cultural y ciencia natural, Austral, Buenos aires 1943; pp. 50-51. Nos dice en un conocido pasaje: “Una división en ciencias naturales y ciencias culturales basada en la especial significación de los objetos de la cultura podría manifestar mejor la oposición de intereses que separa en dos grupos a los investigadores; por eso la distinción entre ciencia natural y ciencia cultural me parece propia para substituir la división corriente de ciencia de la naturaleza y ciencia del espíritu.” Ahora bien, ¿cuál es la base de la distinción para Rickert? Al respecto nos dice: “Por mucho que estiremos esta oposición, siempre supondrá necesariamente que en los procesos culturales está incorporado algún valor, reconocido por el hombre y en atención al cual el hombre los produce o, si ya existen, los cuida y cultiva. En cambio, lo que ha nacido y crecido por sí, puede considerarse sin referencia a valor alguno; y debe considerarse así si realmente no ha de ser otra cosa que naturaleza en el indicado sentido. (...) Los procesos naturales no son pensados como bienes y están libres de toda relación con los valores. Por lo tanto, si de un objeto cultural se retira el valor, queda reducido a mera naturaleza. Por medio de esta referencia a los valores, referencia que existe o no existe, podemos distinguir con seguridad dos especies de objetos; y sólo por ese medio podemos hacer la distinción, porque todo proceso cultural, si prescindimos del valor que en él resida, tendrá que considerarse como relacionado con la naturaleza y, por ende, como naturaleza.”
[2] H. Rickert: Ciencia cultural y ciencia natural, pp. 223-224.
[3] Max Weber: Ensayos sobre metodología sociológica, Amorrortu, Buenos Aires 1973; p. 41.
[4] “Afirmar que las ciencias histórico-sociales deben emplear un procedimiento de comprensión adecuado a su objeto es plenamente legítimo, si tal procedimiento no es ya un Verstehen inmediato, un acto de intuición, sino que se convierte en la formulación de hipótesis interpretativas que esperan su verificación empírica, y, por lo tanto, que se las asuma sobre la base de una explicación causal. La comprensión ya no excluye la explicación causal sino que coincide ahora con una forma específica de esta: con la determinación de relaciones de causa y efecto individuadas. Las ciencias histórico-sociales son, por lo tanto, aquellas disciplinas que, sirviéndose del proceso de interpretación, procuran discernir relaciones causales entre fenómenos individuales, es decir, explicar cada fenómeno de acuerdo con las relaciones, diversas en cada caso, que lo ligan con otros: la comprensión del significado coincide con la determinación de las condiciones de un evento.” (Pietro Rossi: Introducción a los Ensayos sobre metodología sociológica de Max Weber, pp. 19-20).
[5] “Pero de esto no se sigue, evidentemente, que la investigación en las ciencias de la cultura solo pueda tener resultados <>, en el sentido de válidos para una persona y no para otras. Antes bien, lo que varía es el grado en que interesan a diversas personas. En otras palabras, qué pase a ser objeto de la investigación, y en qué medida se extienda esta en la infinitud de las conexiones causales, estará determinado por las ideas de valor que dominen al investigador y a su época. En cuanto al <>, al método de investigación, el <> orientador es determinante ---como hemos de ver--- para la construcción del esquema conceptual que se empleará en la investigación. En el modo de su uso, sin embargo, el investigador está evidentemente ligado, en este caso como en todos, por las normas de nuestro pensamiento. Pues la verdad científica es lo que pretende valer para todos aquellos que quieren la verdad.” (Max Weber: Ensayos sobre metodología sociológica, p. 73).
[6] Ibid, p. 158.
[7] Ibid, p. 68.
[8] Trino Márquez: Max Weber: metodología y ciencias sociales, Universidad Central de Venezuela, Caracas 1988; p. 46.
[9] Ibid., p. 49.
[10]Ibid., pp. 49-50.
[11] Cf. Teoría de la acción comunicativa, Taurus, Barcelona 1999.
[12] Ibid., tomo I, p. 362.
Javier B. Seoane C.
Caracas, abril de 2002

Semblanza de Herbert Marcuse (2004)


Herbert Marcuse nació en Berlín en 1898, en el seno de una familia económicamente estable. Su niñez y juventud son poco conocidas. Se sabe que a los veinte años era activista político de la socialdemocracia alemana, pero, en 1919, tras el asesinato de Rosa Luxemburgo y Karl Liebneckt decide retirarse de la militancia.[1] Desde entonces, y hasta su muerte el 29 de julio de 1979, no militó en ninguna organización partidista.

Realizó estudios de filosofía en la Universidad de Berlín y luego se traslada a Friburgo para concluir el doctorado bajo la dirección de Martin Heidegger. Concluidos sus estudios de doctorado en 1932, va a formar parte del Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad de Frankfurt, dirigido para ese entonces por Max Horkheimer, Instituto que reúne a una serie de prominentes pensadores que posteriormente serán reconocidos como Escuela de Frankfurt. Además de Horkheimer allí conoce a Theodor W. Adorno, Walter Benjamin, Leo Löwenthal, Erich Fromm y otros colaboradores.

En 1933, con el ascenso de Hitler al gobierno, sale del país junto a Horkheimer y Adorno. Comienza así un periplo de peregrinación por Europa —primero Ginebra y luego París— hasta que en 1934 fijó su residencia definitiva en Estados Unidos. En 1949 sus compañeros retornan a Alemania, mas Marcuse se queda definitivamente en norteamérica. En los años sesenta salta al reconocimiento del mundo cultural por su vinculación con los movimientos estudiantiles de protesta. En más de una ocasión se vieron en los muros de París las pintas que decían “Marx, Mao y Marcuse”.

Durante la mayor parte de la década de los treinta y cuarenta, Marcuse participa activamente en las investigaciones y publicaciones del Instituto. Es en estos años que, bajo la influencia de Horkheimer, construye los planteamientos fundamentales de la teoría crítica de la sociedad de la Escuela de Frankfurt; entre los cuales cabe destacar:

a) El “Progreso” continuo de la Historia, sobre todo en su versión técnica, como idea-fuerza de la modernidad, es un mito que se articula con los intereses de la dominación capitalista establecida.
b) La razón occidental, devenida en mera razón instrumental, es la base de la lógica de tal dominación.
c) La lógica del dominio técnico de la naturaleza se trastoca en lógica del dominio técnico sobre el ser humano y su acción emancipadora.
d) La dimensión estética constituye un lugar privilegiado en el cual se condensa una relevante fuerza emancipadora frente al orden social estatuido.
e) La acción emancipadora comienza con un cambio en el conjunto de las necesidades humanas, pues la lógica del capital y su racionalidad instrumental presuponen la creación y manipulación de necesidades acordes con los imperativos de la sociedad de consumo.

Todas estas tesis las comparte Marcuse con el núcleo de la Escuela de Frankfurt. Las mismas se elaboran durante los años treinta, época en que los intelectuales de izquierda se hallaban frente al dilema de dos marxismos: por un lado el marxismo de Marx, en específico el “Marx maduro”, que propugnaba el derrumbe del modo de producción capitalista a partir de la contradicción fatal e insoslayable entre fuerzas productivas y relaciones de producción, suceso final que acontecería en aquellos países de mayor desarrollo capitalista; por otro lado, se presentaba el marxismo proveniente de la revolución rusa de 1917, esto es, la versión leninista, y posteriormente estalinista, según la cual la revolución socialista acontecía en primera instancia bajo el comando de una vanguardia partidista, en un país de precario desarrollo capitalista. Los acontecimientos históricos de Rusia marcaban un abismo con la prognosis teórica de Marx.

Con relación a este debate, Marcuse mantuvo siempre un espíritu de crítica radical. Si bien los primeros trabajos fueron muy cercanos al pensamiento marxiano, los últimos marcaron un distanciamiento de Marx por considerar que su obra se apoyaba en la racionalidad técnico-instrumental del dominio sobre la naturaleza. Además, Marcuse denunció la farsa autoritaria de los socialismos reales, especialmente en su Marxismo soviético.

Como se puede apreciar, Horkheimer y Marcuse concibieron la teoría crítica como denuncia de la irracionalidad humana de las sociedades modernas. Se trata para ellos de sociedades que sólo pueden ser conservadas a costa del sacrificio injusto de una gran cantidad de personas. La crítica tiene como misión orientar su transformación. Podemos decir, siguiendo a Habermas, que la teoría crítica tiene un interés emancipador.

La teoría crítica de la sociedad de Marcuse y Horkheimer tiene esa pretensión orientadora, ese fin de ayudar a encaminar la transformación. Para hacerlo, se asume en sus comienzos y gran parte de su desarrollo como científica. Sin embargo, es menester recordar que su carácter científico difiere del de la ciencia positivista. Su sentido es más bien hermenéutico, es decir, se centra en torno a una interpretación de los hechos sociales que resalta las posibilidades subjetivas y objetivas, intelectuales y materiales, para el cambio social en función de estatuir una “sociedad racional”.

En este sentido, la teoría crítica marcusiana no se reduce a posturas utópicas, si bien su obra parece toparse con fuertes contradicciones en este aspecto, especialmente en lo que refiere a Eros y civilización. De todas formas, el carácter de la teoría crítica consiste en denunciar el sufrimiento existente demostrando las posibilidades reales de superarlo. Bajo este norte, Marcuse realizará una exégesis de distintos autores, y entre ellos, muy específicamente, una exégesis crítica a los aportes de metapsicológicos de Freud. Se trata de interpretar lo que esos autores pueden aportar a una hermenéutica de la emancipación social.

Por ello podemos decir que la teoría crítica se mantiene en diálogo abierto con muchas tradiciones teóricas. La misma ubicación sociohistórica en sociedades contemporáneas plurales y la caída de las grandes autoridades intelectuales de Occidente, le reclamaron a los frankfurtianos el diálogo con distintos autores sin importar sus inclinaciones políticas —Nietzsche, Freud, Spengler y tantos otros. No se trataba de comprometerse con sus posiciones, sino de construir una síntesis que pudiera dar cuenta, desde una perspectiva crítica, de los hechos contemporáneos.

La teoría crítica de la sociedad considera que el individuo aislado no tiene ninguna potencia para la transformación social. Se niega a defender cualquier tesis del hombre carismático
[2] como reconfigurador social. Para transformar la sociedad se requiere de una fuerza comandada por un acuerdo racional común, esto es, por un acuerdo suscitado a partir del diagnóstico de la sociedad opresora, del interés común en superarla y de la evaluación de las posibilidades reales de superación. Quienes lleguen a ese acuerdo no podrán actuar cada uno por su cuenta, sino que parte de la racionalidad del mismo implica la conciencia de la necesidad de actuar organizadamente. Es aquí donde entra el punto de la organización, fundamental para la configuración del sujeto colectivo de la emancipación. Al respecto, Marcuse es claro, “Ciertamente, en la sociedad represiva, y contra su aparato omnipresente, la espontaneidad no puede ser en sí misma una posible fuerza radical y revolucionaria. Puede convertirse en tal solamente como resultado de la ilustración, la educación, la práctica política —es decir, en este sentido, como resultado de organización.”[3]

Sujetos colectivos son siempre aquellas fuerzas sociales que por su organización pueden llegar a determinar en gran medida la configuración de una sociedad dada. Estas fuerzas son el producto del reagrupamiento de individuos a partir de unas motivaciones y unos intereses comunes de diversa índole (económicos, políticos, estéticos, ecológicos, afectivos, etc.). Así, en principio el sujeto colectivo no es reducible a clase alguna, movimiento o grupo social. Cualquiera de ellos puede ser un sujeto social. Un grupo ecológico puede ser un sujeto colectivo cuya acción no implique cambios de fondo en la sociedad (puede ser un grupo que simplemente presione porque se comercie, bajo las condiciones capitalistas de producción y circulación, con productos biodegradables). Ahora bien, la teoría crítica marcusiana de la sociedad se plantea en relación con el sujeto colectivo de la emancipación. El sujeto emancipador es un contrapoder a las relaciones de dominación establecidas en un momento sociohistórico determinado. Su carácter es negativo por su criticidad, a tal punto que una vez alcanzado el grado de fuerza necesario dirige su acción hacia la superación de la sociedad. Mientras ese momento llega, el sujeto colectivo emancipador pugna por romper el marco de la dominación, empuja en esa dirección. Esta idea de sujeto colectivo de la emancipación cobra su mayor expresión teórica en los planteamientos marxianos sobre el proletariado como clase social revolucionaria. Mas, en la obra de Marcuse, como en la de Horkheimer, Adorno o Godelier, el proletariado se vuelve con el desarrollo del capitalismo una clase integrada y reaccionaria, por lo que se precisa pensar el sujeto en términos de aquellos que aún se mantienen marginados del sistema capitalista de producción, tales como los estudiantes, las feministas o los movimientos subversivos del tercer mundo, obviamente todo ello pensado desde la lógica de los sesenta, ya hoy muy distante para nosotros.

La teoría crítica cobra sentido por este carácter práxico-emancipatorio: su búsqueda consiste en entrar en diálogo con el sujeto o los sujetos de la emancipación. Podemos decir que su sentido fundamental es ése, de lo contrario sería políticamente infértil. No obstante, no hay que entender esto último como una subordinación de la teoría a la praxis. Ello significaría el sacrificio de la criticidad, tal como se puede observar en la evolución del pensamiento de Lenin. La teoría crítica no debe sacrificar sus convicciones en procura de la organización revolucionaria bajo la promesa de postergarlas para el futuro. La teoría, si bien quiere orientar la acción emancipadora, no se subordina al “pragmatismo” de una política meramente oportunista. De otro modo, la ética emancipatoria sucumbiría ante el imperio de la racionalidad instrumental.

La obra de Herbert Marcuse, tal como la de Horkheimer y Adorno, es en su gran mayoría asistemática. De este modo responde al principio formal de la dialéctica negativa consistente en no formular obras que puedan presentar pensamientos acabados, pensamientos que se erijan como “la última Verdad del Saber”. También la finalidad de esa dialéctica negativa iba encaminada a evitar caer en las trampas de la razón instrumental, que constantemente había transformado los grandes sistemas, como el de Hegel o el de Marx, en justificación represiva
[4] (v.g. el Estado prusiano o el marxismo soviético). En todo caso, el hecho es que la obra de estos autores, con muy contadas excepciones, se nos presenta bajo el formato de ensayos cortos.

Empero, la obra no sólo es poco sistemática por el aspecto formal de su presentación. También lo es en sus contenidos mismos. Pocos temas son tratados in extenso. Quizá Horkheimer desarrolló más la crítica de la racionalidad instrumental, mientras que Adorno y Marcuse se dedicaron más a la crítica de la industria cultural. Pero en cuanto a la mayoría de los temas tratados, estos aparecen vertidos esporádicamente en diferentes momentos de la obra.

En lo que respecta a Marcuse, sus obras más organizadas son las de interpretación de Hegel, Freud y Marx. En primer lugar, tendríamos los dos momentos de su interpretación de la filosofía hegeliana: Ontología de Hegel y Razón y Revolución. El primero muy apegado al pensamiento de Heidegger, quien dirigió ese texto como tesis doctoral. El segundo, más independiente desde el punto de vista intelectual, trata de reconstruir la influencia de Hegel en el desarrollo de las vertientes marxista y positivista de la teoría social contemporánea. En segundo lugar, estaría el esfuerzo de síntesis freudomarxista presentado en Eros y Civilización. Allí sí hay propiamente un trabajo sistemático destinado a justificar la síntesis en cuestión. Se tratan primero las tesis que Marcuse considera centrales en Freud y luego se las corrige desde una perspectiva marxista. La idea es elaborar una teoría psicológica que sirva de sustento al marxismo. Al final de ese texto, Marcuse toma distancia de los restantes intentos de síntesis freudomarxista. Finalmente, en tercer lugar, se presenta la crítica que nuestro autor elabora a las demasiado sesgadas interpretaciones soviéticas oficiales del pensamiento de Marx, todo desde una postura que procura rescatar las raíces hegelianas del marxismo marxiano.

Son esos cuatro libros señalados los que conservan las presentaciones más sistemáticas de la obra de Marcuse. El resto de su obra conserva, como ya se ha dicho, un carácter fragmentario orientado al rescate de los grandes conceptos de la filosofía como legítimos anhelos humanos de una sociedad por hacer.

Para finalizar, quizá quepa decir de Marcuse lo mismo que muchas veces se ha dicho de Nietzsche, a saber, que la gran valía de su obra consiste en la actitud y los contenidos de la crítica social y cultural que nos ha legado.

[1] “Pregunta: ¿Cómo te politizaste tú?
Marcuse: Fue más bien por casualidad (no quisiera decir que por suerte). Tuvo mucho que ver con mi vivencia directa de la revolución alemana de 1918. En aquella época podía tocarse con las manos lo que estaba sucediendo. Yo tome parte en la última concentración de masas en la que habló Rosa Luxemburg; yo estaba en Berlín cuando Karl Liebnecht y Rosa Luxemburg fueron asesinados. Ya en 1919 estaba claro para mí que la revolución estaba perdida. El Partido Socialdemócrata había contribuido a ello. La consecuencia que saqué fue: ponte a estudiar e intenta determinar cómo ha podido suceder esto en un país en el que una gran parte de los trabajadores organizados pertenecían o estaban cerca de un partido comunista entonces aún revolucionario y militante. De hecho, en 1919 había una relación fifty-fifty entre socialdemócratas y comunistas. Lo que yo quería comprender era cómo en esas condiciones, con la presencia de unas masas auténticamente revolucionarias, pudo ser derrotada la revolución. Significativamente, empecé no por estudiar precisamente a Marx, sino filosofía y a Freud. En conexión con estos estudios volví luego a Marx, pero a un Marx que debía ser repensado en muchos sentidos. No basta sólo con los libros, las experiencias —experiencias trabajadas y elaboradas— son indispensables. Pero para orientarse políticamente en base a esas experiencias la teoría es indispensable e insustituible.” (Herbert Marcuse, Jürgen Habermas et al: Conversaciones con Marcuse, Gedisa, p. 125) Las cursivas son del autor. Igualmente, en lo subsiguiente, todas las cursivas y subrayados son del autor.
[2] En este punto hay que recordar que esa tesis la defiende Max Weber entre otros. El sociólogo alemán pensaba que sólo un hombre con ese fuerte rasgo de personalidad e influencia social podía romper con la “jaula de hierro” de los procesos de racionalización modernizadora: “La dominación carismática se opone, igualmente, en cuanto fuera de lo común y extracotidiana, tanto a la dominación racional, especialmente la burocrática, como a la tradicional, especialmente la patriarcal y patrimonial o estamental. (…) La dominación tradicional está ligada a los precedentes del pasado y en cuanto tal igualmente orientada por normas; la carismática subvierte el pasado (dentro de su esfera) y es en este sentido específicamente revolucionaria.” (Max Weber: Economía y sociedad, Fondo de Cultura Económica, p. 195) Los pensadores de la Escuela de Frankfurt no podían aceptar, por principio, que la voluntad de un hombre sea la que transforme la sociedad. Allí la dominación de la minoría (el uno) sobre la mayoría seguiría prevaleciendo sin ninguna garantía del buen uso ético de la misma.
[3] (“To be sure, within the repressive society, and against its ubiquitous apparatus, spontaneity by itself cannot possibly be a radical and revolutionary force. It can become such a force only as the result of enlightenment, education, political practique —in this sense indeed, as a result of organization.”) Herbert Marcuse: An essay on liberation, p. 89.
[4] “La falta de sistema de la teoría crítica de la Escuela de Frankfurt simbolizaba la busca de la ruptura en una sociedad sin fisuras. Una busca sistemática, por su naturaleza, estaría sujeta a las fuerzas de una sociedad que convirtió el sistema en represión. La teoría crítica representaba la guerra de guerrillas teóricas, la guerra de los combatientes milicianos contra el ejército regular. En cuanto tal, la teoría crítica era la busca de la solución de un problema insoluble; la problemática misma era antisistemática.” (George Friedman: La filosofía política de la Escuela de Frankfurt, Fondo de Cultura Económica, p. 214).

Javier B. Seoane C.
Caracas, julio de 2004
Inédito