Por: Javier B. Seoane C. | Jueves, 16/07/2026 11:48 PM |
¿Qué pasó con el informe que produjo aquella comisión encabezada por el Ingeniero Genatios tras el deslave de Vargas en 1999? ¿Se aplicó? ¿Se hizo caso omiso de la misma? Al poco tiempo todo aquello se encomendó a funcionarios militares y políticos leales al gobierno. Pasados los trágicos terremotos del 24 de junio, habrá que investigar oportunamente lo que ocurrió en cada zona, lo que ocurrió en cada edificio, lo que ocurrió con cada permiso y con cada supervisión, si es que las hubo oportunamente. Más allá de estas investigaciones, afirmamos que hay un divorcio histórico entre el Estado, siempre capturado por un gobierno, y los saberes y conocimientos que han producido y produce nuestra sociedad por medio de sus distintos entes institucionales y organizaciones civiles.
No han faltado reconocimientos de los especialistas internacionales que hoy nos visitan a nuestros investigadores y profesionales. Alguno hasta se ha llegado a preguntar qué podría aportar si ya disponemos socialmente de los mejores y más actualizados conocimientos y saberes para emprender la larga tarea de reconstrucción de nuestras vidas. Y, sin embargo, el divorcio entre el Estado venezolano y las instituciones educativas y de investigación científica viene de larga data, agudizándose en el último cuarto de siglo en el que los méritos han sido despreciados con todo tipo de aspavientos. Si bien Universidad pública y Estado han permanecido muchas veces en las antípodas, en los últimos tiempos el estrangulamiento de los centros de investigación y la educación superior autónomos se ha elevado como nunca antes. Hubo un tiempo en que un Estado que comenzaba a andar el camino de su modernización se asoció con los saberes, acompañado por figuras como Arnoldo Gabaldón (1909-1990) se transformó la realidad sanitaria del país aumentando las expectativas de vida de su población a más del doble de años en muy poco tiempo, o con educadores de primera se hizo toda una revolución que elevó la calidad de la educación básica pública muy por encima de los estándares que ofrecían las instituciones privadas. Por aquellos años llovieron loas y aplausos de todas las latitudes a lo que Venezuela había realizado en pocas décadas. Empero, hoy la realidad es otra. En materia económica ya sabemos el desastre. Los responsables del gobierno siguieron tozudamente consejos de "consultores" buscados en Cataluña, Cuba, Ecuador y otras partes distantes de Venezuela, más que consultores fueron ideólogos obcecados, para nada especialistas en materia económica. En materia educativa han sobrado experimentos para ver cómo salen, siempre de espaldas a los sujetos de la educación, los docentes. Se han creado universidades de maletín por doquier, hoy se replica el modelo de la Simón Bolívar por los Altos de Pipe, pero al original le han caído a palazos como si fuera piñata y de la copia poco cabe esperar. En materia sismológica parece que lo que una vez estuvo muy bien articulado y con profesionales de altura, hoy se encuentra en desarticulado silencio y hasta las malas lenguas cuentan que ha desaparecido parte valiosa de su capital tecnológico. No sigamos explorando las instituciones estatales, la inoperancia ante las emergencias habla por sí misma.
La universidad y las instituciones deben repensarse, el Estado también. Hace cuarenta años se creó una Comisión Presidencial para la Reforma del Estado (COPRE). En su seno se dió una interesante asociación entre universidades, sociedad civil y políticos de las más diversas tendencias. Se produjo abundante investigación que se publicó en más de una decena de tomos abarcando los diferentes sectores de la vida nacional. Poco se aplicó, los intereses partidistas se impusieron y las reformas se abortaron. Hoy urge reeditar una COPRE para el país. Si el Estado no lo hace, pues quizás debamos emprender la tarea desde la sociedad civil, tal como ocurrió en la terrible madrugada del 25 de junio cuando ante la ausencia de apoyo estatal los vecinos salieron con sus manos a salvar a sus vecinos. Hace falta crear un Colegio de Venezuela, que emule al de México, al de Francia, un órgano que reúna lo mejor de nuestros investigadores en todas las áreas con la obligación de formar al público venezolano en las mismas. Si el Estado actual no lo hace, pues ¿por qué no emprender tan valiosa empresa desde las universidades mismas? Probablemente la Universidad Central pueda encabezarla en conjunto con sus otras hermanas. En fin, no esperemos más, empujemos nosotros desde las más distintas localizaciones lo que el pesado Estado no puede hacer, la aplicación de la inteligencia social a la reconstrucción nacional. Si nos ponemos en la tarea, de seguro los gobiernos y las oposiciones, cuyas agendas parecen ocupadas por otros menesteres, así como más interesadas en falsas lealtades que en críticas, nos sigan. Para mañana es tarde.