miércoles, 12 de septiembre de 2018

Encuentro inicial con la dimensión ética (Javier B. Seoane C.)


Elaborado por
Prof. Javier B. Seoane C.
Caracas, noviembre de 1999
Segunda versión:
Caracas, septiembre de 2018

I

Puede decirse que el fundamento último de toda organización social humana descansa en un conjunto de reglas asumidas por sus integrantes, formas convencionales de proceder ante los desafíos de la vida. En este sentido, la sociedad es análoga a cualquier juego que queramos emprender. El mismo requerirá la existencia de unas reglas que establezcan cómo se ha de jugar y cuáles son los fines a lograr en el mismo.

Nuestra vida social, qué duda cabe, está repleta de reglas tanto constitutivas como regulativas[1]. ¿Cómo pensar en eso que en nuestras sociedades llamamos “Estado” sin esa noción de reglas constitutivas del mismo? ¿Cómo pensar en ese mismo “Estado” sin pensar cómo regula nuestras actividades políticas y administrativas? La misma existencia de Estados nacionales con sus fronteras imaginarias entre sí supone ese carácter constitutivo y regulativo de las reglas que nos damos los humanos. Ahora bien, a diferencia de las sociedades animales que conocemos, las reglas de nuestra sociedad no están inscritas en la naturaleza biológica humana, no son parte de una programación genética. Mientras las hormigas sí actúan conforme a una programación genética, y su sociedad, con su respectiva estratificación, es propiamente natural, nosotros tenemos opciones de organización social. Lo dicho para las hormigas vale para los demás insectos, pero también para las aves, los batracios y todas las formas de vida animal no humanas. Nuestras sociedades son históricas y por eso nos planteamos el cambio social como una posibilidad de la acción humana. En otras palabras, podemos pensar en constituir el juego social de otro modo diferente al que actualmente nos constituye y regula.

El que nuestras sociedades sean históricas nos refiere a un humano también histórico y, por lo tanto, a una antropología mutable. Podemos decir, siguiendo al antropólogo contemporáneo Arnold Gehlen, que el humano puede entenderse como un fracaso de la naturaleza. En comparación con otros animales hemos nacido prematuramente, nuestra naturaleza biológica está incompleta, sin programación genética que estructure nuestra lucha por la existencia.  Carecemos de una serie de instintos especializados que determinen nuestra conducta en las diferentes dimensiones necesarias para la autoconservación. El animal humano está inacabado. Las tortugas galápagos desovan una vez al año bajo la arena de las playas. Al cabo de un tiempo las crías rompen el cascarón y salen de la arena. Allí no existe madre alguna, pues ésta se fue una vez concluida su labor. No obstante, las crías galápagos “saben” perfectamente lo que deben hacer, “saben” dónde está el océano y cómo llegarle. Autosuficientes desde sus mismos comienzos, aquellas que logren sobrevivir al ataque de los tiburones “sabrán” también cómo alimentarse y cómo procrearse. Nada que ver con el humano, dependiente desde el mismo comienzo de sus adultos y por más años que cualquier otro espécimen. Desconoce, entre otras cuestiones, cómo alimentarse, cómo proceder ante situaciones de riesgo y cómo proceder adecuadamente en su comportamiento sexual. Sólo la socialización, en todos sus aspectos, nos permite sobrevivir. Y no se nos mal interprete. No negamos que tenemos una condición biológica, pero la misma resulta insuficiente, no nos da una carga instintiva suficiente ni tampoco nos adapta a ecosistema alguno para afrontar nuestros desafíos vitales. Se trata de una condición biológica que ha de completarse por una segunda que llamaremos cultural. Nuestra carencia de programación genética suficiente exige la emergencia de una programación sociocultural.

Al carecer de instintos especializados[2], como también de ecosistema, los humanos estamos abiertos al mundo. Tenemos que crear un mundo propio, modificar lo dado por la naturaleza. Junto con Marx llamamos trabajo a esta acción de transformación, acción vital toda vez que no encontramos en la naturaleza lo que requerimos para vivir sino que tenemos que producirlo. Así, nuestra adaptación al mundo natural es una adaptación activa. Cambiamos nuestro entorno y con él cambiamos nosotros mismos. Precisamente por eso tenemos carácter histórico. Ahora bien, un solo individuo no puede crear las condiciones necesarias para su supervivencia, a menos que nos creamos Robinson Crusoe, y como dice Marx, Robinson recrea en la isla un mundo a partir del mundo preconcebido que ya traía de su civilización. Siendo el trabajo una actividad social nosotros somos seres sociales. Empero, como ya decíamos sucintamente, nada en nuestra naturaleza nos dice cómo debemos organizarnos en nuestra vida social. Por ello, la otra actividad que, conjuntamente con el trabajo, marca nuestra existencia, es la comunicación. Debemos intercambiar con los otros hombres una forma de organización que nos permita afrontar la vida. Tenemos esa necesidad imperiosa que tiene un anclaje en nuestra propia biología, en nuestra carencia de programación genética. Por medio de la comunicación coordinamos las actividades que exigen nuestro ser en el mundo, por medio de la comunicación intercambiamos puntos de vista y creamos un mundo simbólico sin el cual no seríamos posibles.

Por todo esto podemos decir que somos un animal simbólico. Sin ecosistema carecemos de un mundo que nos haya sido dado por la naturaleza sino que tenemos que recrearlo ordenándolo, tenemos que producirlo socioculturalmente. Ningún olor nos dice qué es lo que debemos comer y qué es lo que no, tampoco ningún color ni ningún sentido táctil. Por eso podemos comer el fruto venenoso sin darnos cuenta. Es la comunicación, el intercambio de experiencias y significados, lo que nos permite ordenar el mundo bajo el concepto de realidad. Y es esa realidad construida socialmente la que nos permitirá reconocer el fruto conveniente y el que no. En este sentido, abandonemos cualquier ingenuidad con el concepto de realidad, pues el conjunto de lo real tal como se nos presenta (realidad fenoménica) no resulta independiente de la representación que construimos socialmente. Hace dos mil años las bacterias no eran una realidad, y obviamente no porque no tuvieran existencia propia sino porque no existían para nosotros, así como seguramente en la actualidad no existen para nosotros muchas otras cosas animadas e inanimadas. Existe para nosotros lo que conocemos en una u otra forma, aunque también exista otra realidad oculta, desconocida, la que Kant llamó la cosa-en-sí. Lo que llamamos realidad es el mapa del mundo en que vivimos, la representación que nos permite ubicarnos en unas coordenadas espaciotemporales, la que nos permite decir yo desempeño tal papel y ocupo tal posición, el otro desempeña otro papel y ocupa otra posición. Sin esa representación estamos perdidos como especie. Y la misma no nos viene dada por la percepción de las cosas del mundo sensible. Antes, la realidad es más simbólica que cósica. Descansa en el lenguaje que nombra. Así, ¿cómo decir que los unicornios, los centauros o los cronopios no existen? Desde el mismo momento en que compartimos una representación de tales seres imaginarios hemos de decir que tienen una existencia para nosotros. No sólo existe lo cósico, como el empirismo más bruto quiso hacer ver en una época pasada, sino que la mayor parte de nuestra vida transcurre a través de existencias simbólicas como la justicia, el amor, la lealtad, el Estado, la religión, el arte, el saber que interpreta lo dado y pare usted de contar. Todo ello posible por el lenguaje, condición ontológica de nuestro pensamiento y nuestra reflexión. Somos animales simbólicos y por eso mismo sociales, pues para que nuestros símbolos sean prácticos para nuestra sobrevivencia han de ser significantes para otros, han de comunicar algo a alguien. Sin duda puedo hacer una marca en algún sitio perdido que tenga un significado para mí, pero ese símbolo no es comunicable a menos que yo comunique a otros lo que significa. Si lo hago su significado dejará de ser individual y se volverá social, dejará de ser enteramente mío para ser propiedad colectiva, tal como este libro que, una vez publicado deja de ser sólo mío para ser mío y de quienes lo lean. Si se quiere, y en lenguaje popperiano, pasa a pertenecer a un tercer mundo.

Al pasar a ese tercer mundo yo pierdo el control total sobre mi producción. El otro le da un nuevo sentido a esa comunicación, un sentido desde su perspectiva particular. Interpreta desde su experiencia de vida y ve en la comunicación que le ofrezco algo que no veo o algo que no destaco de la manera que él lo hace. Ello no significa que su interpretación y la mía sean inconmensurables, pues como seres sociales compartimos un mundo común: el social. Vamos al cine y compartimos la misma película que no es más que una serie finita de fotogramas. Sin embargo, ese hecho tan brutalmente empírico como una serie de fotogramas cobra sentido por la interpretación que le damos los espectadores y que le dan los autores. Cuando salimos del cine hemos visto la misma película pero nuestras interpretaciones varían conforme a la experiencia vivida de cada quien. Empero, y como ya dijimos, las interpretaciones no son necesariamente inconmensurables porque resultan resignificaciones de un mismo material: la colección de los fotogramas vistos. Hay una ética de la interpretación que no valida la sobreinterpretación. Por ejemplo, nadie en su juicio correcto, sin bromear, podrá decir que la serie “Martes 13” ­—título resignificado por nuestra cultura concreta, puesto que en Estados Unidos se titula “Viernes 13”— es una historia romántica al más puro estilo del Werther de Goethe. Se puede ser temerario, pero la temeridad tiene límites, aquellos que posibilitan la comunicación.

      Al intercambiar nuestras interpretaciones, nuestros puntos de vista, aprendemos nuevas perspectivas, obtenemos nuevos datos que transforman de manera cuasi imperceptible nuestra persona. Vamos cambiando constantemente por intermedio de la comunicación. Y es por eso que comunicación y trabajo constituyen las actividades que marcan nuestra existencia humana y social. Ambas tienen un anclaje en nuestras carencias y posibilidades biológicas. Para autoconservarnos requerimos trabajar y comunicarnos, por eso son condición biológica de nuestra existencia. Pero nuestra estructura biológica no nos dice cómo hemos de organizarnos para trabajar y con qué herramientas, como tampoco nos dice qué lenguaje hemos de hablar para entendernos. Es nuestra segunda naturaleza, la sociocultural, la que nos va a dar las pautas para poder hacerlo y llevar a cabo nuestros ciclos vitales. Los procesos de socialización crean esa segunda naturaleza y los agentes socializantes sirven de medios para tal fin. Estos procesos y agentes forman nuestra personalidad, fundamento último del control social. Recuérdese que no hay vida social sin control social, esto es, sin respeto por parte de los individuos a las reglas del juego social.

II

      Nos dicen los sociólogos que el control social tiene tres instancias: la persona, el grupo y las instituciones. La persona es la última en formarse y la base misma del sistema social. Los individuos no nacen con una persona definida. Aquí tomamos posición frente a los innatismos de la personalidad, sean de origen astrológico, religioso o cualquier otro. La persona es una producción social, un resultado. Mas, ¿qué hemos de entender por persona? Nos aproximamos un tanto al concepto partiendo del origen etimológico de la palabra. El término persona significa originalmente “máscara”, y hace mención a la máscara que se ponían los actores para representar sus papeles en el teatro primero. En este sentido, persona significa representación de un papel en un escenario. Para la sociología contemporánea el significado no ha variado en demasía. Persona es aquel individuo que dentro de una sociedad dada representa un conjunto de roles (papeles) acordes con su status (posición). Para representar su papel el individuo debe ser un sí mismo (self), tiene que tener conciencia de sí mismo, de su posición, de sus funciones y de las posiciones y funciones de los otros que pertenecen a su escenario social. La base de ese sí mismo descansa sobre el lenguaje que le permite significarse, resignificarse y significar y resignificar a los otros. Partamos de un buen ejemplo dado por George Herbert Mead. Para jugar béisbol es preciso ocupar una posición dentro del campo y actuar conforme a lo que se espera de esa posición. Ser primera base implica conocer las funciones propias de tal posición, pero también conocer las funciones del resto de los jugadores, incluidos los oponentes. Para conocer esas funciones es menester que existan las reglas que definen al juego, las reglas constitutivas y regulativas. Si no hay conciencia de todos esos elementos tampoco resultará posible jugar béisbol. Toda persona está dentro de un entramado social, en el caso que nos toca el del juego del béisbol. Sabe cuál es su status y rol asignado y actúa conforme a los mismos para poder ser aceptado en el juego. Conoce también el de los demás y juega con ellos. De esta manera, cuando está defendiendo la primera base y hay un corredor oponente sobre ella, y el bateador de turno batea un rolling a primera, habiendo un solo out en la entrada, sabe, sí le llega con tiempo la pelota, que debe tomarla y disparar a segunda para que su compañero de equipo saque out al corredor que va de primera a segunda; a su vez, sabe que una vez que ha disparado debe regresar, pisar la primera base y prepararse para recibir la pelota de su compañero que está en segunda, todo con la finalidad de completar un doble play haciendo out al corredor que va desde el home a primera y cerrar exitosamente la entrada. Esta actuación que ocurre en pocos segundos es realmente complicada. El individuo es un sí mismo, se reconoce como persona jugando con otras personas al béisbol. Sabe las reglas y las estrategias a seguir. Conoce el lenguaje del equipo que los couch transmiten para coordinarlo a él y a  compañeros. Y todo ello ha sido posible por la comunicación y el trabajo conjunto. Comunicación hablada, comunicación gestual, pues no solamente nos comunicamos por palabras sino por medio del cuerpo, siendo la mayoría de las veces esta última la más transparente. Sigamos con el ejemplo, el corredor que está en primera se separa de la base para tomar una ligera ventaja en su carrera a segunda. El lanzador lo observa y él observa al lanzador. No se hablan con palabras pero sí con sus cuerpos. El lanzador saca de la posición de lanzamiento su pie izquierdo y el corredor se recoge regresando a primera. El lanzador sabe que al hacerlo el corredor se recogerá. A su vez, el corredor sabe que se debe recoger pues existe el peligro de ser sorprendido en la primera por un lanzamiento para tal fin. Una vez que el corredor ha regresado el lanzador vuelve a su posición y se concentra en las señas que emanan de su receptor, empero, el corredor vuelve a tomar ventaja y hace amagues de salir al robo de base. La intención del corredor sea posiblemente robar pero también puede ser no robar y sacar de concentración al lanzador. Y así, sucesivamente, la historia del corredor y el lanzador se repite en toda una danza de gestos que comunican intenciones. En todo esto, ser persona implica ese sí mismo que sabe que usando determinados gestos y haciendo determinados amagues obtendrá determinados resultados del otro. Es un ser consciente de sí y del otro y del uso que en un momento se le deba dar a la comunicación. Es como quien escribe estas líneas. Yo estoy consciente de que lo hago y de mis intenciones. He sido socializado en un lenguaje contentivo de un vocabulario para poder comunicar mis pensamientos. Ese lenguaje muerto, que reposa en los diccionarios, cobra vida en el sentido que yo le doy. Pero mi darle sentido está referido tanto a mí mismo como al otro que es usted, quien me está leyendo. Cuando escribo esto me lo escribo a mí mismo y a la vez se lo escribo a usted. Trato de ser pedagógico en mi explicación y para serlo me lo digo a mi mismo de la manera más sencilla que pueda para decírselo a usted. Si no tuviese esta facultad de escribírselo y a la misma vez escribírmelo, entonces no podría comunicárselo porque mi escritura sería un sinsentido. Precisamente porque me lo digo a mi mismo se lo digo a usted, precisamente porque tengo la intención y voluntad de transmitirle la concepción sociológica de la personalidad y pienso cómo hacerlo, lo hago. Mi intención y voluntad han sido esas, y pueda que no tenga éxito y no logre hacer este tema diáfano para usted, pero he tratado de hacerlo dándole un sentido a la palabra escrita para que le llegue. En síntesis, cuando le hablo a un otro me hablo a mí mismo. Y esa es una característica de toda persona. Ella se dirige a sí misma y a un otro que puede ser concreto o generalizado. Soy una persona que me dirijo a otros y no lo hago desde la nada sino desde un universo simbólico que me ubica en el mundo. En este caso como profesor universitario, en una universidad específica, que da clases de una asignatura puntual, a estudiantes que viven en Venezuela y que comparten conmigo una conciencia colectiva de nuestro mundo. Así, ser persona es ubicarse en un mapa sociocultural, un ubicarse no gratuito. Este mundo no lo he creado yo, a lo sumo lo recreo en mi pensamiento y acción. Antes, el mundo me precede porque la sociedad y cultura que me lo han dado me preceden. Toda sociedad y cultura es anterior al individuo. Para decirlo con Heidegger, he sido arrojado a este mundo. Nací en un lugar dado, en el seno de una familia dada, con unas características dadas. Y poco a poco me fui adaptando dinámicamente a este mundo aprendiendo sus lenguajes, costumbres y valores, y aportándole a él un punto de vista, aquel que dan mis coordenadas espaciotemporales específicas y el bagaje de mi experiencia personalísima.

    No quisiera finalizar este largo pasaje sin hacer mención a otra característica fundamental de la persona: su moralidad. La moral, aprovechando un cierto aire de familia terminológica, puede entenderse como la morada de la persona. En la misma descansa y desde ella se recompone y actúa teórica y prácticamente. Mi conciencia personal, mi sí mismo, implica una conciencia moral. Le escribo a usted escribiéndome a mí mismo en un sentido que procura ser pedagógico. Sé que debo ser claro en mi lenguaje para poder cumplir con el deber de mi rol docente. Actuar como docente supone actuar como debe actuar un docente, esto es, debo estudiar y transmitir reflexivamente saberes y actitudes de forma sencilla pero sin sacrificar los contenidos, debo ser puntual y atento con mis alumnos, debo estar presto a sus preguntas y dudas y responder y aclarar en la medida en que pueda hacerlo. Después tengo otros roles que implican una moralidad: soy padre, esposo, amigo, hijo, sociólogo e investigador de filosofía práctica. Cada uno de ellos porta un deber ser como también unos derechos que le son propios. Debo ser un buen padre, un buen amigo, un buen esposo, un buen profesor, un buen hijo, un buen hermano, etcétera, y siéndolo merezco ser tratado como buen profesor, padre, hijo, esposo, hermano, amigo. La persona es posible porque tiene un sentido moral. Y una vez más, y ya para finalizar, los contenidos de esa moral no son creados ex nihilo por la persona, sino que le son dados socioculturalmente y resignificados una vez vueltos conciencia de sí mismo.

        Habíamos dicho que las instancias del control social son la persona, los grupos y las instituciones. Ya nos hemos referido sucintamente a la persona. No la hemos definido pero sí delineado su concepto para hablar en el marco de unas coordenadas más o menos claras. Habíamos dicho que el origen de la persona es social. Sus pautas de actuación, de pensamiento, su sociabilidad y moralidad, le son dadas en principio por el mundo sociocultural que la precede y después, una vez interiorizadas, son resignificadas por el sí mismo. Este mundo sociocultural es un complejo de valores cuya plataforma descansa en la organización societal que se estructura en un entramado de instituciones que, siguiendo a Bronislaw Malinowski, podemos definir como unidades más o menos permanentes de organización humana, constituidas por una serie de valores relativamente tradicionales y con un fin determinado. En pocas palabras, el concepto de institución implica un tejido de relaciones de los humanos entre sí y con la naturaleza. Las instituciones están, pues, reglamentadas, bien sea a partir de unos valores éticos o a partir de la ley positiva o de ambos. La familia es una institución cuyo fin es la socialización de nuevas generaciones, además de ser unidad económica. El Estado es un orden institucional a la vez institucionalizado: el Estado regula y da jerarquía a las instituciones sociales, las legitima o no, siendo a la vez un orden institucional más o menos legítimo. Introducimos el concepto de legitimación en un sentido amplio para referirnos a la aceptación que la autoridad de una institución puede tener entre los miembros de una sociedad. Puede haber instituciones ilegítimas como la mafia, una institución para el crimen. En igual sentido, hablamos en nuestro país de “corrupción institucionalizada”. Es preciso no confundir legitimidad y legalidad. La primera, como ya dijimos, es el grado de aceptación que las personas tengan de la autoridad de una institución. La segunda trata del orden positivo que regula las relaciones entre los miembros de una institución. Una institución puede ser a la vez legal e ilegítima, como pasa actualmente en nuestro país con gran parte del orden estatal, o como pasa cuando un Presidente, rechazado y falto de credibilidad entre su población, no renuncia y argumenta su decisión diciendo que la Constitución establece que su mandato es de cinco años.

      Las instituciones, dependiendo del contexto histórico, político, económico y sociocultural, pueden ser más o menos fuertes. Entendemos aquí por fuerza el grado que tienen estas organizaciones para mantener su legitimidad y no sucumbir ante intereses personales o de grupo. De esta manera, y refiriéndonos a manera de ilustración al caso concreto de nuestro país, hablamos de la fragilidad de nuestro orden político institucional. Probablemente ello tiene un claro origen cultural en la debilidad misma de la sociedad civil venezolana, sociedad que ha de entenderse como la conformada por la ciudadanía organizada en función de la defensa y promoción de los intereses de grupo. Un sucinto análisis fenomenológico nos muestra esta debilidad de las instituciones políticas. Es el caso de nuestras gestiones municipales. En el lenguaje cotidiano rara vez se dice la Alcaldía o el Ayuntamiento tiene tal programa. Lo que es usual es decir el Aristóbulo  o Ledezma, o los adecos, o los chavistas, tienen tal programa. Tras ello se deja entrever que la institución municipal se mueve no con un son propio sino al son que le toquen los gerentes de turno. Cuando hay cambio de gestores, hay cambio en los colores de uniforme de la policía, de los autobuses, hay cambios en el logo que identifica al ayuntamiento, hay cambios de organización y pare usted de contar. Las instituciones están capturadas por los grupos que se hacen de ellas, careciendo de este modo de rumbo propio. Así, vemos como nuestras ciudades no tienen mayores identidades que permanezcan en el tiempo. Es como sí el nuevo alcalde de Londres le diera por cambiar el color de los trolebuses o sencillamente eliminarlos porque están asociados con gestiones pasadas. Es como sí el próximo alcalde de Madrid le diera por ocultar de los sitios públicos el símbolo de la ciudad, el oso y el madroño, y reemplazarlo por un logo asociado con su persona o grupo político. Es como si el próximo alcalde de New York le diera por cambiar el color amarillo de los taxis y pintarlos de azul y rosado. El ejemplo que ponemos referente a la institucionalidad municipal en Venezuela es extensible a otros órdenes del poder público. En todo caso, queremos expresar la importancia de la vida institucional como base indiscutible de la estabilidad de toda vida social, pues sobre su base se organiza y ordenan las reglas constitutivas y regulativas del juego social entre las personas y, por consiguiente, hay que comprenderla como una instancia de control social básica y formadora de la personalidad humana. Por los avatares de nuestra historia nacional la familia matricentrada ha sido la institución que ha tenido mayor continuidad, no así las instituciones públicas. Por ello, no extraña que la programación sociocultural de nuestra personalidad se caracterice por un familismo y afectividad acentuadas, así como debilidad en nuestra comprensión de la racionalidad de lo público.

     Entre la persona y las instituciones median los grupos. Clasificados desde Simmel en grupos menores (diadas y tríadas) y grupos mayores, son ellos los que dan vida al orden objetivo de la institución. El Estado se objetiva por medio de obra de los grupos que interactúan en su interior. La institución familiar cobra vida en la asociación de mis padres y hermanos y así sucesivamente. Son pues otra instancia, una mediadora, de control social. No siendo éste un curso de sociología, no nos extenderemos en el análisis de la conformación de los grupos. Baste decir que son los que permiten la reproducción institucional en y por la persona. Ahora bien, entrando más a fondo en el tema del control social, diremos que éste lo clasificamos en control directamente represivo y control ético-moral.

     Por control social represivo entenderemos aquel que se ejerce de manera directamente coercitivo sobre la persona. Su función es mantener el orden social en casos de violencia. Por ejemplo, ante una manifestación ilegal que rompe el orden actúan las fuerzas militares y policiales del Estado. Pero también cuando un niño pequeño es detenido por sus padres ante un peligro inminente que él desconoce. El control ético-moral se ejerce por la persona misma sobre sí una vez que ha interiorizado las pautas de conducta propias de su organización social. Es el control fundamental pues sin su existencia sería imposible la vida social. Imagínese Ud. que para que mañana el país se ponga en marcha se requiera un policía que controle a cada persona y lo saque de su casa para que cumpla con las actividades requeridas. Ello imposibilitaría el funcionamiento de la sociedad. Antes, los agentes socializantes socializan a la persona en la normatividad social. Así, cada mañana cada trabajador sale a cumplir con su trabajo por sí mismo, tal como cada estudiante hace lo propio. Nos disponemos ahora a introducir brevemente el problema de la ética.

III

     La moral está formada por el conjunto de valores y normas que configuran la persona humana y regulan la acción de ésta con respecto a sí misma y a las otras personas. La acción moral presupone que el individuo puede actuar de diferentes modos. Por eso afirmamos que la vida moral resulta inseparable de la libertad, de una entendida de manera relativa. Expliquémonos siguiendo las enseñanzas de Hegel, el gran filósofo alemán: la libertad humana es relativa pues siempre está en relación con una serie de determinaciones y condiciones. Carezco de alas para salir volando por los hermosos cielos en este momento como mi limitada programación genética no resulta tan limitada como para que me enferme y un día muera, por lo menos hasta nuevas noticias de la biotecnología. Del mismo modo vivo en una época histórica, en un marco sociocultural específico, bajo unas condiciones políticas propias de ese marco, condiciones que me limitan en mi capacidad de acción y mi habilitan también para determinadas conductas. Todos esos contextos biológicos, sociales, culturales, políticos y también económicos condicionan mi libertad, la generan y la limitan.

      Para Hegel, la libertad humana resulta de la síntesis de dos momentos, uno negativo y otro positivo. La libertad negativa ha de entenderse en el sentido de que la “(…) la voluntad (es) posibilidad de poder hacer abstracción de toda determinación, en la cual yo me encuentro o la cual he puesto en mí, la huida de todo contenido como de una limitación, lo cual es aquello a lo que la voluntad se determina, o es tomada la libertad para sí de la representación como la libertad, entonces esto constituye la libertad negativa o la libertad del entendimiento. Es la libertad del vacío, la cual erigida en figura real efectiva y en pasión y, precisamente, cuando permanece puramente teorética, se convierte en los religiosos del fanatismo de la pura contemplación india, pero cuando se dirige a la realidad efectiva, en lo político como en lo religioso, se convierte en el fanatismo de la destrucción de todo orden social existente y en la expulsión de los individuos sospechosos de querer un orden social, así como en la aniquilación de toda organización que quiera resurgir. Sólo destruyendo algo tiene esta voluntad negativa el sentimiento de su existencia.”[3] El hombre ejerce su libertad negativa cuando niega las determinaciones que recaen sobre él. Puede tener hambre y posponer el acto de saciar su apetito, puede desear y negarse a satisfacer sus deseos. Empero, se trata de un ejercicio abstracto en tanto que niega pero no pone nada. Lo interesante de este momento negativo de la libertad se entiende mejor con la palabra liberación. La libertad negativa en cuanto que liberación supone la acción de quitarse de encima los límites que reconocemos como incómodos. Liberarse es siempre liberarse de algo. Hegel la asocia con el entendimiento porque cualquier liberación comienza por el reconocimiento de aquello de lo que queremos liberarnos porque nos limita. El primer momento de la libertad, el momento negativo, está en relación con unos límites que deseamos superar porque ya los hemos hecho conscientes en tanto que límites. La libertad se inicia entonces en la conciencia y como anhelo de liberación.

     Si la libertad se quedara en su momento negativo sólo negaría indefinidamente hasta llegar quizás al nirvana budista. Mas, para el occidental y moderno Hegel el nirvana no resulta opción conveniente y, por tanto, propone un segundo momento: la libertad positiva. Nos dice que ésta es “(…) tránsito desde la indeterminidad indiferenciada hacia la diferenciación, el determinar y poner una determinidad como contenido y como objeto.”[4] La libertad positiva en cuanto que negatividad de la libertad negativa supera aquella indeterminación del primer momento poniendo algo (una determinación) en su lugar. De nuevo con Hegel: “Yo no solamente quiero, sino que quiero algo. Una voluntad que (…) sólo quiere lo universal abstracto, nada quiere, y por eso no es voluntad, para ser voluntad, tiene que limitarse en general. Que la voluntad quiera algo, es la limitación, la negación.”[5] Y esta negación lo es en un doble sentido. Por un lado, como ya se dijo, lo es en tanto que negación de la libertad negativa. Por otro lado, lo es en tanto que al poner algo niega la posibilidad de poner otra cosa en lugar de ese algo. La libertad humana siempre será relativa pues niega con relación a algo y afirma con relación a algo, a algo que pone. Aquí el adjetivo positivo de “libertad positiva” viene de los orígenes de esa palabra: positivo en el sentido de posición, de posicionar, de poner algo.

      La voluntad libre será síntesis de libertad negativa y positiva, de un quitarse límites y ponerse nuevos límites. Libertad relativa por cuanto el hombre es un ser finito. Pongamos un ejemplo. Tengo hambre. Mi libertad negativa se ejerce negándome a comer en este momento porque debo cumplir el deber de concluir con mi clase. Pospongo el alimentarme ahora. Después saldré de clase y comeré. Pero no comeré cualquier cosa, lo primero que se me atraviese, sino que pondré algo, esto es, pondré el tipo de alimento que he de comer dentro de las posibilidades que se me ofrecen. Ahora bien, esas posibilidades no son ilimitadas sino unas determinadas. Por eso, soy libre pero no tengo libertad absoluta. Como éste se pueden construir múltiples ejemplos. La libertad cual toma y daca de negar y poner constituye una dialéctica de la acción humana.

     Decíamos arriba que la acción moral presupone la libertad relativa de la persona puesto que puede actuar de diferentes modos. Llevados de la mano de Hegel, ya hemos explicado sucintamente en qué consiste esa libertad. Immanuel Kant estableció en sus principales textos filosóficos de ética —Fundamentación de la metafísica de las costumbres y Crítica de la razón práctica— que cualquier razonamiento y juicio práctico —ético y político— supone el concepto de libertad. No puedo juzgar mis acciones y las de los otros si no supongo que pude hacer lo que hice de otro modo, que en lugar de hacerlo bien pude hacerlo mal o regular. Igual con relación a mi juicio sobre el actuar de los otros. Sin suponer esa libertad no cabe juzgar al presidente por su mal o buen desempeño. Tampoco podrían los tribunales de administración de justicia incriminar o absolver a quien se le lleva un proceso por un determinado delito. Kant, quien, como buen hijo de la revolución física newtoniana, era proclive a pensar que los fenómenos naturales estaban determinados y que el universo era una maquinaria tan exacta como el mejor de los relojes suizos, postulaba para la acción humana la libertad, pues si estuviésemos determinados por otras fuerzas, sean éstas los genes, los dioses, los astros o cualquier otra, no seríamos responsables de nuestros actos. Habría que encarcelar a Neptuno, o extirpar el gen X, o inculpar al Dios que todo ocurre como él quiere.

      En las últimas líneas nos hemos deslizado de la libertad a la responsabilidad. En el sentido más amplio de esta palabra, seré responsable si puedo responder ante mí y ante los otros por mis actos. La libertad conlleva la responsabilidad. Soy agente libre y, en consecuencia, soy agente responsable, puedo dar cuenta y razón de mis actos. Porque soy libre y responsable puedo ser juzgado y juzgarme. El derecho tradicionalmente lo ha expresado muy bien al establecer diferentes grados en los delitos. Por ejemplo, hay homicidios accidentales y los hay intencionales, los hay con alevosía y nocturnidad, los hay sólo culposos o no premeditados, hay asesinatos y magnicidios y, en algunas partes, regicidios. Todas estas calificaciones que establece un juez o un jurado reflejan distintos grados de responsabilidad en lo sucedido. Quien atropella y mata a otro manejando borracho o bajo efecto de estupefacientes no es incriminado con la misma fuerza que quien lo atropella en pleno uso de sus facultades y con toda la intención de asesinarlo. Ser moral es ser libre y responsable porque se elige y se responde por lo que se elige.

     De lo dicho se desprende que sólo se puede ser moral si se practican actos considerados buenos de forma libre, esto es, sin hacerlo por coerción, sino por decisión propia, con responsabilidad. Llegamos así al final de este encuentro inicial a falta de muchos rudimentos para comprender mejor la dimensión ética que, sin duda, nos define como humanos. No puedo hablar de ética en los gatos, los loros, las hormigas o las sábilas. Sólo de los humanos puedo predicar la ética, pues sólo entre nosotros se da el fenómeno de la libertad y la responsabilidad. Comprender lo ético exige acercarnos a otros conceptos como el del deber y el del bien, tan intrínsecos a cualquier pensar ético. Exige introducirse en el concepto de virtud, tan querido por Aristóteles y desde entonces por la reflexión ética, pues no se puede ser bueno esporádicamente sino habitualmente, es decir, por virtud. Y entrar en la virtud sería entrar en virtudes como la justicia, la prudencia, la templanza, entre muchas otras. Exige pensar otro concepto hegeliano, tan heurístico para la ciencia social, el de eticidad (Sittlichkeit), aquel que nos remite al ethos efectivamente existente en una comunidad humana, su cultura ética, resultado de su devenir histórico y del que arranca como su punto de partida cualquier pensamiento sobre lo moral. En fin, mucho camino nos queda por andar, apenas hemos dado un pequeño paso en el mundo de la ética, un paso sobre las bases antropológicas y su vínculo con la libertad y la responsabilidad. Si hay ánimo para seguir caminando un mundo muy humano de posibilidades se nos abrirá. A caminar os invito.

Caracas, septiembre de 2018




[1] Cabe distinguir de entrada, como bien hace Searle, entre reglas regulativas y reglas constitutivas: “Algunas reglas regulan actividades previamente existentes. Así, la regla «conduzca por la mano derecha de la calzada» regula la conducción; pero la conducción puede existir antes de la existencia de esa regla. Sin embargo, algunas reglas no sólo regulan, sino que crean la posibilidad misma de ciertas actividades. Las reglas del ajedrez, pongamos por caso, no regulan una actividad previamente existente. No es verdad que antes hubiera montones de gente desplazando pedacitos de madera sobre tableros y que, para prevenir colisiones continuas y embotellamientos de tráfico, tuviéramos que regular esa actividad. Ocurre más bien que las reglas del ajedrez crean la posibilidad misma de jugar al ajedrez. Las reglas son constitutivas del ajedrez en el sentido de que lo que sea jugar al ajedrez queda en parte constituido por la actuación según esas reglas. Si ustedes no siguen al menos una buena parte de esas reglas, ustedes no están jugando al ajedrez.” John R. Searle: La construcción de la realidad social, tr. Antoni Domènech, Paidós, Barcelona 1997; p. 45.
[2] Llamamos aquí instinto a una disposición psicofísica hereditaria no aprendida y común a todos los individuos de una misma especie que hace que ante determinadas situaciones el individuo se comporte mecánica e inconscientemente. Instintos especializados son aquellos específicos que cumplen determinadas funciones programando la alimentación, la sexualidad, la protección de las crías y otras demandas propias de la sobrevivencia biológica.
[3] G. W. F. Hegel: Filosofía del Derecho, tr. Eduardo Vásquez, Universidad Central de Venezuela, 2ª edición, Caracas 1991; & 5, p. 64 (El énfasis es del autor).
[4] Op. cit., & 6, p. 65 (El énfasis es del autor).
[5] Op. cit., & 6, p. 66

jueves, 10 de mayo de 2018

Karl Marx, ¿un faro en la niebla? (Javier B. Seoane C.)

Discurso pronunciado ante la Academia Nacional de la Historia de Venezuela con motivo del bicentenario del natalicio de Karl Marx.


Javier B. Seoane C.
Al profesor Eduardo Vásquez, quien con su maestría me mostró más de un secreto sobre Marx.

     Karl Jaspers decía que el origen tiene muchos comienzos. Lo decía con relación a la filosofía, pero aplica a otra de sus grandes pasiones: la de la facticidad humana, la del carácter histórico de nuestro ser. Así, puede entenderse que cada forma civilizatoria es un nuevo comienzo del origen, un nuevo camino que emprende la aventura humana. Del mismo modo, cada filosofía particular recomienza el pensar a partir de unas preguntas originales, aquellas que Kant resumió muy bien en su Crítica de la razón pura, a saber, qué puedo conocer, qué debo hacer, qué me cabe esperar, quién soy.
La obra de Karl Marx es un origen con muchos comienzos, una fuente que aún no se agota, que todavía está en diálogo con nuestro despliegue histórico actual. Dos siglos después sigue siendo una referencia clásica, junto a la obra de Max Weber y de Émile Durkheim, para la teoría social moderna. Las ciencias histórico-sociales piensan e investigan con conceptos y categorías marxianas como las de trabajo, capital, plusvalía, alienación, ideología o clase social. Sea que los retomemos o los critiquemos, esos conceptos siempre nos esperan a la vuelta de la esquina.
Desde que recibí esta invitación de la Academia Nacional de la Historia, que mucho agradezco, para participar en una mesa redonda en torno a las dimensiones ideológica y científica del marxismo y el materialismo histórico, a propósito del bicentenario del nacimiento de Karl Marx, me asistió la duda de qué temas o problemas que resultaran interesantes podían proporcionarse a tan distinguido auditorio. Tarea demasiado difícil, pues tanto se ha escrito y hablado de Marx y del marxismo, tanta buena y mala publicidad se ha tenido sobre sus temas a lo largo de estos dos siglos, que conseguir algún punto original es misión francamente imposible. No prometo, entonces, alumbrar algo nuevo sobre el marxismo.

     A falta de originalidad sólo ofrezco retornar al origen de todos esos comienzos que cada marxismo constituye, sea el comienzo del leninismo, del gramscianismo, del maoísmo, del estructuralismo, del crítico de la Escuela de Frankfurt o de cualquier otro. El origen de todos estos comienzos es la obra de Marx, una obra con continuidades y discontinuidades, sistemática en algunos tópicos, especialmente los vinculados con la crítica de la economía política clásica, poco sistemática y más bien siempre incompleta en muchos otros tópicos como la teoría de las clases sociales, de la ideología o del problema del conocimiento. Una obra en la que se entrelazan conceptos teóricos de valor científico y posicionamientos ideológicos propios de las diatribas políticas que el hijo de Tréveris confrontó a lo largo de su existencia. Pues bien, concentrémonos en la obra de Marx a partir de tres tesis que desarrollaré brevemente, tres propuestas vinculadas con el valor heurístico que tienen para la práctica actual de la ciencia social. Por cierto, la exposición en forma de tesis no deja de ser un cierto homenaje a nuestro pensador, pues se trata de una retórica propia de la época de Marx. Hegel, Feuerbach, Schopenhauer, Nietzsche y el propio Marx escribieron muchos de sus textos en forma de Tesis. Básicamente, las tesis servían para refutar sistemas de pensamiento establecidos, al modo de una guerrilla intelectual, y para asentar las primeras bases de un nuevo sistema o elaborar un programa que conduzca a una nueva filosofía, para decirlo, en cierto modo, con Feuerbach. Sirvan pues las siguientes tesis como homenaje al gigante de Marx y, a la par, y en cuanto que homenaje a este singular pensador, como crítica de Marx.

La primera tesis en esta visita nos dice que la obra de Marx supone uno de los más altos grados de elaboración de la autoconciencia social en el despliegue de los tiempos modernos. La sociedad humana se hace gradualmente autoconsciente mediante sus producciones culturales. Éstas, en el sentido amplio, están constituidas por las obras de las artes, de las religiones, de los mitos, de la filosofía y de las ciencias. A nuestro entender, un momento privilegiado en la adquisición de la autoconciencia social está en la obra de Marx en la misma medida en que propone no sólo una teoría social fundante de la ciencia histórico-social moderna, algo que también hicieron Durkheim, Tönnies, Simmel, Pareto o Weber, y que en cierto modo esbozaron antes que Marx Condorcet, Saint-Simon o Comte, sino en la medida en que esa teoría marxiana guarda un fuerte componente autorreflexivo. Y me refiero aquí que la teoría del conocimiento resulta para Marx muy poco comprensible sin el soporte de la teoría social, pues, para nuestro autor, se conoce siempre desde un espacio social.

Sin duda la teoría del conocimiento alcanzó con Immanuel Kant una de sus mayores elaboraciones hasta nuestro presente. Después de Kant ya no es posible la metafísica en el sentido clásico. Con Kant, la ciencia reconoce sus límites, casi todos menos uno, a saber, su límite sociológico. Las categorías del entendimiento kantiano pertenecen a una lógica ahistórica y que a duras penas se pueden sostener sobre un inmenso vacío sociológico. El idealismo alemán que sucedió a Kant trató de llenar esas carencias comprendiendo que no hay objeto sin sujeto, primero con el Yo absoluto de Fichte, luego con la Naturaleza de Schelling y, finalmente, con el Espíritu Absoluto de Hegel, este último introduciendo con fuerza la historicidad en la realización de dicho Espíritu. Para los idealistas la realidad era dialéctica, dinámica y contradictoria, el resultado de una evolución que concluía con la autoconciencia de sí misma por medio de la autoconciencia humana. Cada momento de esa evolución dialéctica debía entenderse como un resultado, como una síntesis de múltiples determinaciones. Una gota del océano es el resultado de una larga evolución, para que esa gota haya llegado a ser se precisa la historia compleja del universo. Lo mismo aplica a todo objeto de análisis, sea un grano de arena, un átomo, una obra de arte o un libro de filosofía. No obstante, los idealistas entendieron la evolución del ser todo como producto dependiente de la conciencia, privilegiaron las ideas y el saber y se abocaron a la captura intuitiva del Absoluto. Sus grandes sistemas fueron tornados especulativos que arrasaron con cualquier cosa que se les atravesaba, perdiendo finalmente el contacto con el mundo humano.

Feuerbach concentraría las principales líneas críticas contra este pensamiento del Absoluto. Lo acusaría de teología encubierta como filosofía y proclamaría al hombre de carne y hueso como el punto de partida de toda ciencia. Con Feuerbach se consuma el giro antropológico y materialista de la filosofía contemporánea. La religión y las ideas son un reflejo del humano que se aliena en ellas. La crítica feuerbachiana es una crítica de la alienación religiosa, y así la retomó el Marx joven, de allí partió su denuncia de la alienación. Pero a Feuerbach le faltaba dialéctica, su enfoque era un sensualismo individualista ahistórico, sin sociología, un naturalismo abstracto. ¿Abstracto de qué? Abstracto de la praxis. Marx introduce este concepto como una evolución a partir de Feuerbach: el hombre sensual, natural de éste, era un ser social e histórico, incluso su conciencia de ser natural era un producto de su devenir históricosocial. Y ello significa que lo que somos es un resultado, no un punto de partida, tal como resultado es la gota de mar o el grano de arena. Nuestro pensamiento y sus obras son resultado, productos de personas configuradas por una historia que reposa sobre sociedades escindidas en clases, castas, estamentos u otras formas de agrupación humana. Como personas apreciamos, valoramos y conocemos el mundo desde una ubicación sociológica, desde un lugar social que nos marca en nuestras inquietudes, necesidades e intereses.

Con Marx, después de una larga evolución en el pensamiento moderno, la conciencia humana se descubre como autoconciencia social, esto es, nos descubrimos como seres condicionados por nuestros entornos económicos, políticos, culturales, sociales. Comenzamos con mucha seriedad a dudar de lo que creemos y de nuestras ciencias porque ahora las reconocemos como producciones socioculturales marcadas por intereses, limitadas por nuestras perspectivas.

Ello nos conduce a la segunda tesis, pues la autoconciencia social supone el ascenso gradual de lo individual a lo particular y de lo particular a la totalidad. En la obra marxiana el individuo se reconoce como parte de un grupo que lo condiciona, y al reconocer al grupo reconoce que todo grupo es parte de un todo. Por ello, es que esta segunda tesis, que Marx explicitó y que destacaron intérpretes tan destacados como Georg Lukács, Lucien Goldmann o la Escuela de Frankfurt, reza que el conocimiento de lo social, entendido como autoconciencia social humana, descansa sobre la categoría epistemológica de totalidad. La existencia humana está inserta siempre en una totalidad concreta históricosocial. Mas, ¿cómo el individuo, y el individuo ubicado siempre en un espacio y tiempo físico y sociológico, puede aprehender la totalidad?

Precisamente en esta segunda tesis se encuentran, siempre a nuestro juicio, muchos de los mayores aportes como también muchos de los mayores límites del pensamiento marxiano, el origen, y de sus comienzos posteriores, los sucesivos marxismos. Para apreciar el asunto volvamos a Kant. El filósofo de Königsberg puso la totalidad del lado del en-sí, perteneciendo a un ámbito imposible para la ciencia: la metafísica. Lo que podemos conocer con ciencia son los fenómenos, y estos constituyen aquella parte de la realidad que se nos presenta a los sentidos y que las categorías lógicas de nuestro entendimiento ordena conceptualmente. Lo que no es fenómeno no es cognoscible, sostiene Kant. Dios, por ejemplo, es incognoscible porque no está sometido al tiempo y el espacio, no es un fenómeno. Pero igual pasa con cualquier totalidad llámese ésta cosmos, alma o historia. Las totalidades son inaccesibles, pertenecen, en todo caso, a la cosa-en-sí, lo nouménico, podemos concebirlas especulativamente pero nada más.

Kant no pretende suprimir o prohibir las totalidades. Si son concebibles, si podemos hablar acerca de ellas, pueden ser pensadas. Pero pensar no es lo mismo que conocer. Puedo pensar la historia, el cosmos, el alma o Dios, porque son ideas de la razón, pero no puedo conocerlos porque no son fenómenos. La razón, sobre la que fluye el pensamiento, no se satisface con lo que le ofrece el conocimiento, siempre de los fenómenos, y va más allá para darle sentido a su mundo, otra idea de totalidad. La razón tiene un impulso especulador natural, por ello existe la metafísica, aunque jamás como ciencia. Sin embargo, el conocimiento puede hacer uso de totalidades con carácter heurístico. Por ejemplo, la teoría del Big Bang o la teoría de la evolución de las especies son totalidades, grandes conjeturas que cumplen funciones hipotéticas para producir investigación y explicar, también hipotéticamente, la ubicación de determinados fenómenos. Popper nos diría que la ciencia son refutaciones y conjeturas. Eso sí, las conjeturas no son conocimiento sino especulación.

El idealismo alemán, siempre a la caza de lo Absoluto, no quiso satisfacerse con la alienación que Kant nos dejó entre conciencia y realidad. Rechazó desde el primer día la cosa-en-sí transformándola en cosa-para-sí, es decir, en una cosa que es sólo cosa de la conciencia. En Fichte la realidad se redujo a la conciencia del Yo, en Schelling a la conciencia de la naturaleza que es la nuestra una vez que nos reconocemos como hijos de ella, en Hegel como autoconciencia del Espíritu Absoluto. El Absoluto, para los idealistas, era el todo, pero a diferencia de Kant no se trataba de un todo conjetural, de una idea regulativa, sino de un todo ontológico, uno que existe, que es, que no es simple pensamiento. De inmediato los idealistas colisionaron con la dura materialidad de lo real y Feuerbach trató de solventarlo apelando al individuo sensual, pero esto retrotrajo el pensamiento a lo particular. Marx fue en este punto un heredero de los idealistas, si bien mediado por Feuerbach, por lo que postuló una totalidad concreta, real, no abstracta, no meramente pensada, una totalidad concreta sociohistórica, que en el marxismo clásico denominamos “formación social” y que el sentido común denomina sociedad. De nuevo, ¿cómo conocer la totalidad concreta, la formación social, si somos parte de ella y si nuestro conocimiento tiene una base fenoménica? La respuesta es que se trata de una totalidad estructurada, con un centro que es el factor trabajo, aquel que transforma la naturaleza para satisfacer nuestras necesidades y nos hace entrar en la historia. Siendo así, en la estructura económica de una formación social radica el centro del que tiene que partir el análisis para reconstruir la totalidad. Y en este centro está ubicada una clase en los tiempos modernos, la clase trabajo, el proletariado. Así, la ubicación sociológica privilegiada para el conocimiento es la ubicación del proletariado, el factor trabajo del mundo industrial. Marx, no cabe duda alguna, pensó y conoció la sociedad industrial.

Marx, junto con Engels, creyó develar la realidad social de nuestros tiempos, la totalidad histórica concreta, al posicionarse en el lugar del proletariado. Su obra fue en la ciencia social naciente lo que la obra de Charles Dickens fue a la literatura de aquellos tiempos: la conciencia de las gracias y desgracias del mundo industrial. Con Marx, la ciencia social se volvió autoconsciente de ese mundo y para ese mundo, siendo además el caso de que la ciencia social es la autoconciencia de la historicidad moderna. ¿Para qué otra cosa inventamos esa forma de ciencia? Después de la revolución francesa nos volvimos más históricos que nunca y quisimos apropiarnos de la historia, hacernos propietarios de nuestro destino. Sin esa base no resulta posible ni el idealismo alemán ni Marx, ni ninguna otra forma de ciencia social. Por eso surgió en el paso del siglo XVIII al XIX y se consolidó en las figuras del positivismo y del marxismo. De estas dos, la última llegó más lejos al concebir al propio positivismo y a sí mismo como resultado del despliegue histórico de los tiempos modernos. Por eso, no se exagera cuando se afirma que el marxismo resulta el hijo más querido de la Ilustración.

Así llegamos a nuestra última tesis, que prácticamente no es otra que la ya mítica onceava Tesis sobre Feuerbach de Marx, aquella que nos convoca a la transformación del mundo. ¿Para qué conocer el mundo? ¿Para qué volvernos autoconscientes de quiénes somos, de lo que nos condiciona, de lo que nos domina? Pues, para decirlo con un famoso ratón de laboratorio de unos clásicos dibujos animados, “para conquistar el mundo”. La autoconciencia nos hace conscientes de nuestro ser resultado de la historia, pero también la autoconciencia nos proyecta, nos permite construir una imagen de nuestro destino, especialmente cuando se trata de la autoconciencia de la Ilustración.

El marxismo pensó y buscó organizar la transformación del mundo, pensó y buscó apropiarse de la historia, que la humanidad se adueñara de su futuro mediante la razón y la ciencia. El origen lo conseguimos en aquella última parte de la onceava tesis, aquella que dice, “de lo que se trata es de transformar el mundo”. Los comienzos variaron. Unos pensaron que esa transformación se centraba en una voluntad esclarecida que operaba en la historia a modo de vanguardia, es el caso del leninismo, del guevarismo, del maoísmo entre otros. Otros pensaron que había que esperar que las contradicciones llevaran a la implosión del sistema, es el caso de Engels, de Rosa Luxemburg, de Althusser, también entre otros. Muchos comienzos tuvo el origen de Marx. Mas, muchos de ellos coadyuvaron sin querer a generar algunas de las pesadillas totalitarias del último siglo.

Estas pesadillas, este terror político no resulta indisociable del pensamiento original. Marx creyó, repetimos, aprehender la totalidad de la sociedad capitalista moderna al concebirla como sociedad industrial con centro en el trabajo. Su pensamiento se enseñoreo con la totalidad. En este caso una de esencia epistemológica. Tuvo una vocación práxica y comprendió que la transformación pasaba por la organización de las fuerzas explotadas para la toma del poder, bien partiendo de la voluntad esclarecida o bien esperando la implosión sistémica. Su totalitarismo epistemológico allí donde algunos de los comienzos llegaron al poder se trastocó en totalitarismo político. La liberación se volvió una mayor dominación y se incrementó la explotación. La razón esclarecida lo quiso planificar todo y se impuso una voluntad ordenadora que aborrecía cualquier dejo de azar y de libertad. Los que llegaron al poder fueron los comienzos en clave voluntarista y lo hicieron en sociedades que Marx no concibió para hacerse socialistas: países industrialmente atrasados. Pues los países más avanzados, aquellos que Marx predijo como los primeros socialistas, cada vez se alejaron más de lo pensado por el hijo de Tréveris.

Esas sociedades industriales corrigieron su desintegración social, expulsándola al exterior de las mismas. Hoy lo vemos en los flujos migratorios del mundo y en el cierre de fronteras. Los explotados, los olvidados siguen existiendo, pero más que a escala nacional a escala global. Marx todavía puede decirnos mucho si cambiamos el lado del escalímetro hacia lo planetario, si cambiamos la unidad de análisis. Por otra parte, estas sociedades industriales se transformaron. Hoy son postindustriales, pues ya el sector secundario de la economía no absorbe la mayor cantidad de fuerza de trabajo. Marx tuvo razón: la tecnología desplazó a los trabajadores. Hoy hablamos de industria 4.0, robotizada por doquier. Lo que no creció fue la masa de desempleados pauperizados en los Estados nacionales, creció hacia afuera, hacia los márgenes de los grandes centros capitalistas. Y si bien la sociedad sigue siendo capitalista, repetimos, ya no es industrial. Carece de un centro definido. No es sólida, es una sociedad líquida, en el decir de Zygmunt Bauman. Por cierto, también tenía aquí razón Marx cuando señaló que en el capitalismo todo lo sólido se desvanece en el aire, sólo que se desvanecieron también las organizaciones de los trabajadores. Los partidos de la izquierda y los sindicatos carecen desde hace ya tiempo de la fuerza que una vez tuvieron en la sociedad industrial, porque cada vez hay menos militantes, porque cada vez la gente cambia más de trabajo, o tiene más de uno, colecciona “minijobs” y opera en el sector de los servicios, en las telecomunicaciones, en el mundo financiero, en los emprendimientos de todo tipo. El mundo de Marx desapareció, la sociedad industrial ya no es.

Para volver industrial la sociedad atrasada que conquistó el marxista voluntarista tuvo que someter a toda la población con la promesa de que un día llegara el anhelado comunismo. Nunca llegó. Se industrializaron algunas de ellas y hoy son capitalistas y post-industriales. Otras, las más pobres, siguen sometidas. Hay que tener mucho cuidado con Marx dos siglos después. Su totalitarismo epistemológico sigue amenazándonos como totalitarismo político. El mundo de hoy no tiene centro claro y la totalidad de nuestro conocimiento es mejor que siga siendo kantiana, una idea regulativa para la acción pero sin pretensiones ontológicas. Hay que enfrentar a Marx contra Marx para reivindicarlo, y el mejor modo de hacerlo es volviendo una y otra vez a una de sus grandes categorías conceptuales, la de praxis. Nuestra actual praxis líquida exige pensar la emancipación, para todos aquellos que sostenemos un interés emancipatorio, en otra clave, en una que ya no pretenda someter la naturaleza a la voluntad tecnológica de la industrialización ni someter a los actores sociales al mandato de un Partido esclarecido. Hay que liberalizar al marxismo sosteniendo una de sus máximas más rescatables hoy: la democratización de las relaciones sociales, el empoderamiento de los individuos, la voluntad de darle un golpe mortal a las concentraciones de los poderes en pocas manos, a veces sólo en dos. En ello, y para pensar en ello, estimo que la obra de Marx sigue siendo una conjetura heurística, hacedora de ciencia. Vista así sigue siendo un faro en la niebla, mas como un acto de fe, como iglesia y dogma, es la niebla misma.

Muchas gracias.
Caracas, Academia Nacional de la Historia, 10 de mayo de 2018

sábado, 4 de febrero de 2017

Mujiquita ascendió a la sala constitucional

Javier B. Seoane C.
A Luis Fernando

En no pocas de sus abundantes y "barrocas" alocuciones Hugo Chávez mentó a Mr. Danger, aquel personaje de Doña Bárbara que representa al norteamericano que se asocia con la caudilla ―valga la palabra para estar a tono con la Constitución― para sacar pingües ganancias de la explotación del territorio nacional. Era, para el supremo líder que contribuyó como ninguno a conducirnos hasta la Venezuela actual, expresión literaria del ominoso imperialismo yanqui en nuestras tierras. En cambio, no solía mencionar el fallecido presidente a la propia Doña Bárbara, aunque quizás al mirar su propio rostro en el espejo del baño más de una vez la sintiera cerca, muy cerca. Del mismo modo, otros personajes fueron sistemáticamente obviados en el discurso del Yo, el Supremo. Acaso Santos Luzardo con aquello del respeto de las leyes y la necesidad de establecer cercas (límites) al caudillo le parecía insulso; acaso Marisela demasiado bucólica para sus planes de hacer Historia; acaso Lorenzo Barquero se le presentaba muy prosaico en más de uno de sus "seguidores" que, adormecido por el alcohol, “hacia el paro” de escucharlo en uno de sus acostumbrados mítines electorales de la Avenida Bolívar.


Otro personaje de la novela de Gallegos ausente en el discurso del Comandante Eterno fue Mujiquita. Recordemos por un momento de quién se trata. Para la época en que se desarrolla la novela, se presenta como todo un académico pues ostenta título de bachiller. Sin duda, el hombre hasta algo de epistemología nos contaría, siendo que al coincidir con la época del auge del positivismo lógico ―la novela se publica el mismo año que el manifiesto del Círculo de Viena― seguramente nos daría buenos argumentos críticos contra esos europeos de la derecha internacional. En todo caso, Mujiquita es hombre de leyes pues desempeña funciones en la jefatura civil, funge como el asistente del militar que ostenta el cargo de jefe civil. Si hubiese pertenecido a la Venezuela rentista, a la Gran Venezuela de las becas Gran Mariscal de Ayacucho, o a la Venezuela de la revolución bolivariana que quiso reeditarlas pero en clave del flamante socialismo del Siglo XXI, de seguro el bachiller habría optado por estudios de Doctorado en Europa y hasta en la silla de algún renombrado filósofo escocés de la ilustración se hubiese sentado, aunque por admirar tantas maravillas imperialistas le impidieran por distracción traer el título de Doctor a pesar de consumirse un quinquenio de beca sueldo.


Mujiquita es un personaje muy interesante. Representa el derecho torcido. Es un buen servidor de la caudilla ―una vez más con la lógica constitucional― y del militar de turno, siempre atento a sus demandas, agradecido a ella y a él por haber llegado sin méritos al cargo logrado ―el bachiller no había ejercido la abogacía como carrera pues, probablemente, su inclinación era la lectura del Novum Organon (Bacon) y mantener una lucha titánica, cual Don Quixote, contra el positivismo antidialéctico. Me recuerda tanto a un exministro de Turismo del actual presidente, de apellido Izarra, quien en entrevista de “Vladimir a la 1” mostró su agradecimiento infinito al heredero del Supremo por nombrarlo en tan honorable cargo a pesar de desconocer completamente la materia. No importa, somos países de echaos pa´lante, por lo que el nuevo ministro prometió ante el Villegas meterse un puñal de la materia turística durante la semana que corría por esos días (si no ha ocurrido algún accidente en los archivos de Globovisión).


Sepa disculpar el amigo lector las digresiones de mi memoria. Volvamos a Mujiquita. Podríamos versionarlo en los tiempos que corren. Nuestra Venezuela socialista cuenta ya con innumerables profesionales. Seguramente Mujiquita sería ya no bachiller sino abogado, aunque tampoco habría ejercido la profesión pues pronto habría descubierto su vocación y firme convicción revolucionaria. Tal vez nuestro hombre se habría unido a una Escuela de Sociología para contribuir a la revolución mientras llegan los tiempos de hacer Historia. Allí habría tenido de alumnos a Ministros de cualquier cartera con aspiraciones reiteradamente frustradas de gobierno mirandino o a más de una rectora en materia electoral próximas –muy próximas― al alcalde capitalino. Con el carisma de quien es hábil con el lenguaje demagógico, y de quien llega a la universidad en motota BMW-1000, tendría a más de una carajita enamorada tras él, muchachitas de esas que andan buscando un padre ―aunque se racionalice bajo la figura de “hombre maduro”. Con esos credenciales, Mujiquita habría llegado a vicerrector de Universidad recién creada y pronto a Magistrado de Sala Constitucional para…


El Mujiquita del Siglo XXI es el mismo del galleguiano de inicios del Siglo XX, pero ahora no está en la jefatura civil de un perdido pueblo araucano sino en la Sala Constitucional de la nación, con el firme propósito de seguir sus convicciones, porque los pueblos siempre se equivocan y terminan sobrando, como bien anunció aquel dramaturgo marxista y revolucionario autor de Madre Coraje. Fue profesor mío, contribuyó a mi vocación filosófica como pocos, carismático, creo que por momentos amaba lo que hacía en su trabajo universitario. Hoy, a mis cincuenta años, sigue enseñándome, si bien por el lado de la negación, de lo que no debe ser. Como él, son muchos los mujiquitas que hoy empujan a la tragicomedia venezolana, ―lo que recuerda al Marx de El dieciocho brumario ¿Cuántos mujiquitas más hemos de padecer?
@99javier
4 de febrero de 2017

miércoles, 15 de abril de 2015

Ratio technica y mundo moderno (Javier B. Seoane C.)

Prof. Javier B. Seoane C.

El mundo moderno puede definirse como el mundo de la ratio technica. Si mundo es, fenomenológicamente, lo que está a nuestro alrededor, pues no cabe duda de que a nuestro alrededor la ratio technica cobra vida en cientos de artículos de consumo, pero también en la misma constitución del pensamiento que se expresa en la filosofía, gran parte de las humanidades y todo el conglomerado de las ciencias formales y fácticas. Por ejemplo, en el caso de las ciencias sociales, en las políticas públicas de cualquier orden y en la propia teoría de sistemas. Esta ratio hunde sus raíces en los mismos orígenes de las fuentes culturales de occidente (aunque no sólo de occidente) como son el mundo griego, hebreo y romano.

No obstante, en los últimos siglos, a menos desde las corrientes románticas hasta nuestros días, ha estado presente una razón crítica al proyecto sociohistórico de la ratio technica. Por ejemplo, la teoría crítica de la sociedad de la “Escuela de Frankfurt” representa, en su contexto del siglo XX, un intento de recrear la teoría social de cara a una acción práxica emancipatoria que supere la dominación alienante de esta ratio hegemónica. Se puede decir que el programa de la teoría crítica, tal como fue diseñado por el núcleo de sus fundadores ―especialmente Max Horkheimer (1895-1973), Theodor W. Adorno (1903-1969) y Herbert Marcuse (1898-1979)― constituye una síntesis de diferentes corrientes filosóficas y sociológicas, entre las que caben destacar la dialéctica hegeliana, la teoría social marxiana, la crítica cultural de Friedrich Nietzsche, la teoría psicoanalítica de Sigmund Freud, los marxismos tempranos de Georg Lukács y Karl Korsch, el debate en torno a la revolución entre Vladimir Lenin y Rosa Luxemburg, la teoría de la racionalización social de Max Weber. La Escuela de Frankfurt, en tanto que esfuerzo sintético de dichas corrientes, y en tanto que propuesta de diseño de la teoría social frente a las proposiciones del positivismo lógico y el marxismo ortodoxo oficial, marca un capítulo relevante en el desarrollo del pensamiento sociológico del último siglo y, especialmente, de la crítica de la razón instrumental (terminología acuñada por el propio Max Horkheimer en relación crítica con Max Weber). A su vez, no poco debe este ejercicio crítico de la Escuela de Frankfurt a la obra de Martin Heidegger e, incluso, del español José Ortega y Gasset, como antes a los escritos de Oswald Spengler. Otros nombres destacados en esta reflexión sobre la técnica son Jürgen Habermas, Jan Patocka, Hannah Arendt, Hans Jonas, Jacques Ellul, Peter Sloterdijk o Josep Esquirol. Igualmente, en Venezuela, un pensador de la talla de Ernesto Mayz-Vallenilla, montado sobre todos estos precedentes y otros no mencionados aquí, construyó toda una valiosa reflexión sobre la ratio technica, llegando a una reconocida mundialmente crítica de la meta-técnica.

Por otra parte, cientos de películas, entre las que destaca la filmografía de Stanley Kubrik y antes de Charles Chaplin, como muchas obras de la literatura (Huxley, Orwell, Camus, etc.) han tenido el conflicto humano con la técnica como eje narrativo.

       Mucho se ha dicho entonces sobre la crítica de la ratio technica como principio racional hegemónico de las sociedades modernas, de sus logros y de sus problemas, de sus posibilidades y de sus límites. Y en el caso de Martin Heidegger, ha existido el intento claro de generar las condiciones de posibilidad para repensar toda la metafísica occidental, obsesionada por lo óntico, objetivo, instrumental. La ratio technica sigue siendo el tema de nuestro tiempo.

martes, 10 de febrero de 2015

Popper y Heidegger: dos caminos adversos para fundamentar epistemológicamente la educación para la democracia (Javier B. Seoane C.)

Javier B. Seoane C.

La educación se entiende no pocas veces como una profesión técnica, obsesionada con las tecnologías educativas, la didáctica y la planificación. Ello se manifiesta cartesianamente en el terreno curricular que modelan estas ciencias pedagógicas como predominio de asignaturas separadas entre sí, con énfasis en las ciencias naturales y en la reducción instrumentalista de las humanidades. El lenguaje se reduce a gramática; la poesía a métrica; la historia a una colección de fechas, sucesos y personajes, preferentemente militares; las ciencias sociales se confunden con higiene y la educación ciudadana con derecho memorizado. Se impone el lenguaje matemático y de lo ético no cabe hablar mucho llegando, en algunos casos, a desaparecer del currículo escolar. Lo ético es cuestión de valores, de preferencias, hasta de gustos, no objeto de observación experimental.

Muchas voces se opusieron a esta colonización de las ciencias pedagógicas por la racionalidad instrumental y cartesiana. Entre ellas, especial referencia cabe dar a John Dewey (1859-1952), faro que orienta el concepto de educación para la democracia que nutre al trabajo que proponemos. Dewey entendió que la educación ética y política transita todo el sistema curricular. En su Democracia y educación (1916) sustentó que no hay materia que carezca de vínculos con valores y acciones democráticas. Así, por ejemplo, la enseñanza de las ciencias naturales y formales, si se entiende en términos de acción intelectual y práxica, de proceso, y no en términos de productos acabados (reificados) para el consumo del estudiante, proporciona una racionalidad que hoy, habermasianamente, denominamos comunicativa.

Y es que la ciencia moderna constituyó una revolución contra el autoritarismo de los dogmas de fe, de las verdades reveladas que sobrevivieron en el devenir de los siglos por ejercicio de una dominación originada, la más de las veces, militarmente. Se trató de una revolución con una definida actitud crítica, emancipadora, con vocación persuasiva, dialógica. La argumentación, con sus demostraciones y pruebas sometidas a lo público, fue el medio para enfrentar el autoritarismo. Su racionalidad, como señala Dewey, tuvo un notorio énfasis comunicativo universalizable. Sólo después, tras la Ilustración, la razón positivista dio trocó autoritaria aquella ciencia, la volvió logocéntrica y «logocida», excluyente de las otredades cognoscitivas, Se precisa descosificar esa ciencia de la razón positivista, recuperaría como actitud reflexivo-crítica, democrática, universalizable, para que resulte, como quería Dewey, indisociable de una educación democrática.

Lo ejemplificado con las ciencias naturales Dewey lo hace también con otros saberes, los cuales no escapan de ser portadores de una dimensión ética al responder siempre a fines humanos. Su carácter normativo se manifiesta en la propia justificación que los legitima. Obviar este condición conduce a un saber recetado que se copia en un cuaderno como fórmula para sobrevivir en el ejercicio de una profesión o, simplemente, para responder al examen de rigor.

Con Dewey arribamos también a la tesis, hoy más vigente que nunca, de que distintos lenguajes teóricos dan lugar a distintos mundos; a descubrir, diría Heidegger, distintos caminos del Ser. Cada lenguaje, al constituir un mundo, tiene consecuencias para la acción. Describir el mundo de un modo supone actuar en consonancia. De esta manera, se desvanece la ilusión positivista de que hay un lenguaje privilegiado para describir los hechos del mundo; esto es, se derrumba el sueño del lenguaje como espejo de la naturaleza (Rorty). Por ello, los lenguajes disciplinarios de los conocimientos, al suponer la esencia selectiva de todo sujeto dotado de lenguaje, o quizás de un lenguaje dotado de sujetos, tiene necesariamente un carácter normativo. Lo peligroso es que este carácter sea autoritario o incluso totalitario, la negación de un ethos democrático imprescindible para el desarrollo pacífico de una sociedad que es plural y se quiere plural. Un ethos que en cuanto tal exige entender la democracia más allá de un mero sistema político, y que, en consecuencia, no puede comprimirse a una asignatura aislada en el sistema escolar. Por el contrario, este ethos descansa en una plataforma epistémica transversal y transdisciplinaria que comprende a los saberes inexorablemente vinculados con tomas de posición ante el mundo.

II

Llegados aquí, la investigación que se propone quiere explorar en las obras de Karl Popper y Martin Heidegger dos caminos para fundamentar epistemológicamente la educación para la democracia en la clave ya expuesta. Seguidamente, se busca establecer un diálogo entre ambos pensadores a propósito de esta educación.

A Popper se lo reconoce por su defensa de la sociedad abierta, liberal y democrática. Una de sus bondades, sin duda, a pesar de las confusiones de unos pocos, fue tempranamente enfrentar los cierres dogmáticos del positivismo verificacionista del círculo de Viena, el marxismo y el psicoanálisis dogmáticos. Todos estos lenguajes caracterizados por erigirse en absolutismos epistemológicos, resultan perniciosos más allá de la ciencia al encarnarse en sujetos políticos constructores de sociedades cerradas, de dictaduras con vocación totalitaria. En este sentido, Popper aprecia nexos de implicación entre las adopciones de posturas epistemológicas y determinadas actitudes ético-políticas. Consideró que su propuesta de racionalismo crítico era el camino para el progreso, siempre limitado, del quehacer científico, siendo, a la par, una actitud epistémica apuntaladora de actitudes políticas democráticas.

Para Popper, la ciencia es una práctica de conjeturas y refutaciones. No hay lenguajes teóricos privilegiados para hablar del mundo. Existen, al revés, lenguajes diversos que descubren la diversidad de mundos en el mundo. Para Popper, cualquier conjetura es legítima para ensayar respuestas a las cuestiones fundamentales. Mitos, religiones, ciencias ocultas y demás especies nutren a las conjeturas que forman parte vital del descubrimiento científico, siendo así la ciencia una empresa abierta a la escucha de múltiples lenguajes. De ello, por supuesto, no se sigue que todo sea justificable. Por el contrario, el método de la práctica refutadora acompaña a la voluntad conjetural. Todo enunciado científico será tal siempre y cuando establezca las condiciones de su refutación, convirtiendo este quehacer en una actividad esencialmente crítica y abierta.

Hasta aquí la lógica de la investigación científica popperiana luce coherente y casi resulta una obviedad que serviría de alimento a una educación para un ethos democrático en la clave deweyana ya asomada. Pero aquí arrancan también una serie de problemas en el planteamiento de Popper. Por ilustrar uno de ellos. Willard O. Quine, incrustó una estocada fatal en el cuerpo del positivismo que por rebote golpeó a Popper. Dijo y mostró que se pueden verificar o falsear muy pocos enunciados en el campo observacional científico, con el agravante de que estos enunciados protocolares pertenecen a los anillos exteriores de las teorías científicas, jamás a sus núcleos. En otras palabras, lo que en ciencia se puede refutar es enteramente marginal a la teoría. Si con Locke la unidad de significación fue la palabra y se quedó muda, a partir de Frege la unidad significativa lo fue el enunciado. El positivismo y Popper suscribieron a Frege en este punto. Empero, para Quine el enunciado se quedó demasiado corto. Para él, y para el postpositivismo, la unidad significativa son las teorías científicas inscritas en un contexto sociocultural dado. Y estas teorías tienen sus propias defensas frente a las falsaciones. En palabras de Quine:

"…el todo de la ciencia es como un campo de fuerza cuyas condiciones límite da la experiencia. Un conflicto con la experiencia en la periferia da lugar a reajustes en el interior del campo: hay que redistribuir los valores veritativos entre algunos de nuestros enunciados. (…) Una vez redistribuidos valores entre algunos enunciados, hay que redistribuir también los de otros que pueden ser enunciados lógicamente conectados con los primeros o incluso enunciados de conexiones lógicas. Pues el campo total está tan escasamente determinado por sus condiciones-límite ─por la experiencia─ que hay mucho margen de elección en cuanto a los enunciados que deben recibir valores nuevos a la luz de cada experiencia contraria al anterior estado del sistema."
(Quine: Desde un punto de vista lógico, pp. 86-87).

¿Qué nos lleva, entonces, a inclinarnos más por una teoría que por otra? Seguidamente, la respuesta de Quine:

"…en cuanto a fundamento epistemológico, los objetos físicos y los dioses difieren sólo en grado, no en esencia. Ambas suertes de entidades integran nuestras concepciones sólo como elementos de cultura. El mito de los objetos físicos es epistemológicamente superior a muchos otros mitos porque ha probado ser más eficaz que ellos como procedimiento para elaborar una estructura manejable en el flujo de la experiencia."
(Quine: Desde un punto de vista lógico, p. 89).

En resumen, la solución a ciertos problemas que se plantean dentro de un contexto sociocultural es lo que hace que una teoría cobre legitimidad pragmática frente a otras. Queda, de este modo, señalado el vector postpositivista desde Quine hasta Rorty. Queda, igualmente, señalado un punto neurálgico para las pretensiones popperianas de anclar un criterio para el progreso de la ciencia. Conjeturas sí, refutaciones siempre tangentes. Pareciera que ni verificacionismo ni falsacionismo, sino relativismo es lo que se impone. Y el relativismo puede ser el vale todo que se anula a sí mismo. ¿Puede responder la obra de Popper a estas y otras críticas cruciales? Y, de responder, ¿pueden sus respuestas servir de asidero a una educación para la formación democrática? Veremos en los próximos meses qué conjeturas podemos formular para dar respuesta a estas interrogantes. Por lo pronto, digamos que en su última etapa, a partir de la formulación de la teoría del mundo 3, encontramos elementos fructíferos para ello.

Célebre, y no exento de polémica, es la obra del otro polo de este diálogo imaginario que hemos planteado, Heidegger. Escribió el filósofo de la Selva Negra que la ciencia no piensa. De modo que ya de entrada los caminos de Popper no son los suyos. Pero, además, ¿tiene sentido plantearse que la obra de un filósofo perseguido por el fantasma del nazismo pueda servir de asidero nada menos que a una formación democrática? ¿Tiene sentido plantearse este trabajo en un pensador acusado de irracionalista, en un filósofo impugnador del humanismo y que dejó como mensaje en su botella de náufrago que “sólo un Dios podrá salvarnos”? Heidegger postuló una diferencia ontológica denunciante de que estamos sumergidos en lo óntico, en los entes y las cosas, en la separación sujeto-objeto; un sumergirse que olvida el Ser, al cual, por cierto, jamás tendremos acceso por vía del discurso lógico, racional, de las ciencias y la filosofía. Más nos aproximamos al mismo por los caminos de la poesía.

Rector de la Universidad de Heidelberg durante los inicios de la intervención nazi, cuyo discurso inaugural de ese rectorado coqueteó con el ideario temprano del Partido y sin sombra de remordimientos por ello, no parece Heidegger buen compañero de viaje para demócratas. Y seguramente ello se agrave con su feroz crítica a la sociedad moderna de masas y sus regímenes políticos y no sólo políticos. Con Sloterdijk cabe decir que Heidegger no conduce ni a la democracia, ni al socialismo, ni a la teoría crítica y tampoco al capitalismo, sino al retiro monacal. Y si de educación se trata, tampoco nos lleva a credo pedagógico alguno. Así que, ¿educación y democracia en Heidegger?

Si bien no hay pocos obstáculos para encontrar en Heidegger fundamentos para la formación de un ethos democrático, sostendré que en su obra conseguimos claves importantes para repensar esta formación. No en balde estamos ante el precursor de la hermenéutica ontológica y uno de los críticos más mordaces de la filosofía objetivista de la presencia y de la ratio technica moderna, así como el pensador que concibió que el Ser se manifiesta en una pluralidad de caminos, de develamientos que no son exclusividad de saber alguno. Pocas veces la filosofía occidental ha resultado tan terrenal, y quizás nunca tan terrenal, como en la obra de Heidegger. ¿Terrenal quien abandona lo óntico en pos de lo ontológico? Suena paradójico. Y hasta puede aumentarse esa paradoja si decimos que en su coqueteo descarado con el nazismo, es decir, en su discurso sobre la Universidad, se pueden encontrar elementos para sustentar un discurso para la democracia en la educación. Después de todo, ¿no encontramos allí una actitud impugnadora con una educación que en lugar de preguntarse por el sentido se reduce a un tratamiento instrumental de conocimientos e informaciones parcializadas de cara a conformar profesionales ciegos con su entorno y consigo mismos? El desafío está en juego, las cartas están echadas. Sólo queda mostrar, convencer y persuadir sobre la posibilidad de un Heidegger bastión de la educación para la democracia. Para ello, y al igual que en el caso de Popper, tomaremos una muestra significativa, bastante grande, de la obra del filósofo, ya leída y en proceso de análisis (aunque esto último, quizás, disguste al espíritu de su autor).

Es entre estos dos pensadores, entre Popper y Heidegger, que queremos entablar un diálogo imaginario. La agenda está pautada: la educación para la democracia hoy.

Muchas gracias.
Ciudad Universitaria de Caracas, febrero de 2015