miércoles, 29 de mayo de 2024

Socialismo expropiado

 

Javier B. Seoane C.

Pase lo que pase, y así nada pase, el 28 de julio anuncia el final de un tiempo. Que sea el comienzo de ese final o sea el final mismo está por verse. Venezuela ya no aguanta más, cual Ave Fénix regresa agotada y moribunda a su nido, volverá a renacer. El mito así lo dice y también el pensamiento más racional: las sociedades difícilmente mueren, se transforman. Preocupa mucho ese renacer de cara a las ideas progresistas, o de izquierdas, o que yo prefiero llamar inclusivas, de democratización radical. No es para menos. Gran parte del país las rechaza y no sin buenos motivos, ideas en las que nos reconocemos y que nos han comprometido desde nuestros orígenes vitales. 

“Socialismo”, vista la historia soviética, china, cubana o la nuestra más reciente suena para muchos a dictadura, a excesivo control burocrático y prolongación de una clase política autoritaria en el poder, una que con sus prácticas niega lo que expresa en su discursos de ocasión. Una clase a lo Ferrari, gustosa de alianzas de oro en el dedo anular, corbatas de seda y un buen Rolex en la muñeca izquierda, una clase que mientras dice que ser rico es malo, que la riqueza es un robo y que en nombre del feminismo critica los concursos de belleza, le encanta asistir a costosas fiestas con una chica plástica en el brazo, de esas que andan por ahí, diría el poeta Rubén. No hablemos ya de escoltas. La clase que los estudiosos de la URSS denominó “nomenklatura”.

Parte significativa del país busca desesperadamente lo que siente se opone a esas ideas que estos señores dicen sostener y promover. Ideas que creen que llevaron a la miseria a casi todo el país. Se suman a este grueso de la población muchos que otrora lucharon con todas sus fuerzas por la llamada causa progresista, que fueron cruelmente perseguidos por los cuerpos represivos de la época, que perdieron parientes y amigos. Tienen buenos motivos, insistimos. Buscan una salida a esta pantanosa vida estancada. Empero, no está de más hacer un llamado a la reflexión, a no dejarse llevar sólo por las emociones, a conjugarlas con el buen pensar. No para justificar a la “nomenkatura”. No. Nada más lejos. De esta hay que salir. Se trata de que podamos discutir que aquella causa sigue teniendo un sentido, uno muy lejos de los farsantes de la Corte. 

Al final de un conocido ensayo sobre las ideas y los grupos, Siegfried Kracauer señala: “Un tipo particular entre los grupos portadores de ideas lo constituyen aquellas unidades colectivas para las cuales desde un comienzo la idea es, de hecho, sólo una excusa para alcanzar objetivos de una índole completamente distinta. Esos grupos, como auténticos corsarios, capturan la idea que mejor sirva a sus intereses, usándola a partir de entonces como fuerza de tracción para el coche que conducen.”. No dudo de que esto ha ocurrido en Venezuela. Se usaron ideas progresistas estratégicamente para perpetuarse en el poder dominante. Puede que unos pocos en la autodenominada revolución vivieran sinceramente esas ideas, que fuesen auténticos rebeldes, pero se impusieron los farsantes, los que no eran rebeldes, los que sucumbieron al resentimiento. El sociólogo Robert Merton explicó en su dimensión psicosocial el resentimiento y su vinculación con las revoluciones. Nos dice: “En este sentimiento complejo se engranan tres elementos. Primero, sentimientos difusos de odio, envidia y hostilidad; segundo, la sensación de impotencia para expresar esos sentimientos activamente contra la persona o estrato social que los suscita; y tercero, el sentimiento constante de esa hostilidad impotente. El punto esencial que distingue el resentimiento de la rebelión es que aquel no implica un verdadero cambio de valores. (...) La rebelión (...) implica una verdadera transvaloración, en la que la experiencia directa o vicaria de la frustración lleva a la acusación plena contra los valores anteriormente estimados. La zorra rebelde se limita a renunciar al gusto general por las uvas maduras. En el resentimiento condena uno lo que anhela en secreto; en la rebelión condena el anhelo mismo. Pero aunque son dos cosas diferentes, la rebelión organizada puede aprovechar un vasto depósito de resentidos y descontentos a medida que se agudizan las dislocaciones institucionales.” El problema es que el resentimiento se haga con el poder, lo que suele ocurrir: Stalin, Ceaccescu, Pol Pot y tantos otros. 

El resentimiento, frecuentemente tan destructivo, se impuso. Y así lo que tanto se criticaba de la clase política anterior, las camionetas, las alianzas de oro, los Rolex, las chicas plásticas, los escoltas y el saqueo del país, se reprodujo en los otrora críticos dándole rienda suelta a su anhelo reprimido. El resentimiento tiene una razón histórica de ser. Descansa en la sociedad excluyente que hemos sido. Uslar lo reflejó bien en “Las lanzas coloradas” refiriendo a los cruentos comienzos de la guerra de independencia. Luego, se volverá a manifestar en la Guerra Federal y en muchos otros conflictos. Hoy hay un resentimiento nacional por lo vivido en los últimos tiempos. La historia de la exclusión genera resentimiento y hemos vivido exclusión y más exclusión. Se ofreció inclusión, participación y protagonismo. Se promovieron buenos conceptos como los consejos comunales. Se los redujo no pocas veces a maquinaría electoral. La exclusión y la falta de reconocimiento predominó. Sin embargo, no botemos al bebé con el agua sucia de la tina, sobre todo ahora que estamos prontos a salir del agua pestilente. Seamos autoconscientes del lógico resentimiento, evitemos que se siga imponiendo.

En Venezuela la idea socialista ha sido expropiada por el poder. Quién sabe por cuántos años. Vendrá su opuesto. Pero las derechas no son por esencia inclusivas, su democratización tiene claros límites en la lógica del capital. Siempre con distintos grados de exclusión, las extremas lo son en máximo grado mientras que las que tienden al centro procuran generar condiciones democrático-liberales y lo son en menor grado. No obstante, siempre están comprometidas con el orden de un régimen capitalista sustentado en la acumulación y la explotación. La fantasía de una libre competencia de Adam Smith no es realizable. Las izquierdas que han gobernado la mayoría de las veces, lo que se ha llamado el “socialismo realmente existente”, ha resultado tan excluyente y autoritario como las derechas, y a veces hasta más. Por eso nuestra lucha ha de ser por prácticas inclusivas, prácticas efectivamente democratizadoras. El medio para ello siempre será impulsar nuestra organización mediante una pedagogía social de gran alcance.

Publicado originalmente en el Portal Aporrea el 11 de mayo de 2024: Artículo

lunes, 13 de mayo de 2024

Tiempos para tejer en política

 

Javier B. Seoane C.

¿Qué modelo, muy pequeño por cierto, pero que posea la misma función que la política, crees que podríamos tomar como punto de comparación para descubrir de un modo adecuado el objeto de nuestra búsqueda? ¡Por Zeus! ¿Quieres, Sócrates, si no tenemos algún otro a mano, que escojamos, por ahora, el arte de tejer?”

(Platón, 279b).

¿A qué arte se parece la política? Ante el desconcierto de los tiempos que corren cabe preguntarse por ello. Ensayemos brevemente con tres artes diferentes a ver qué sale: el arte de los magos, el de los pastores y el de los tejedores. Veamos de qué va cada uno. 

El arte de la magia descansa en el poder del mago para convocar e invocar por medio de la palabra fuerzas sobrenaturales que producen efectos inesperados a la mayor brevedad posible. La magia, como el mito, depara toda su fuerza en el lenguaje como creador de realidades. Emitir la fórmula mágica, el mantra respectivo, o quizás el discurso clave en el momento oportuno genera el estado anhelado. La magia está muy alejada del trabajo cotidiano, del esfuerzo continuado y del buen desarrollo del sentido común. Todo esto resulta muy prosaico para la fuerza de lo extraordinario y externo al discurrir normal de la vida que ella convoca. A la inversa, el arte pastoril requiere del esfuerzo laborioso y del cuidado diario del rebaño para que crezca sano, robusto y no se descarrile. El pastor hábil sabe cómo hacerlo, conoce bien la técnica de amasar la masa para darle la forma conveniente, para hacer del borrego todo un borrego. Suele acompañarse de un buen can que ejerza de policía de la manada. El pastor quiere borregos, sin ellos él no puede ser. El inhábil también los quiere pero no logra cuidarlos y termina con un rebaño famélico, uno que no ha de llegar muy lejos.

Otro es el arte del tejedor. Cual pastor debe poseer la virtud de la paciencia laboriosa, pero a diferencia de este no le conciernen masas que amasar ni borregos que encarrilar. Se teje segundo a segundo, día a día, atando cabos, para tras un esfuerzo cargado de sabiduría y experiencia unir urdimbre con trama y generar una pieza consistente y no pocas veces de sobria belleza. Cual arácnido, el tejedor salva abismos, genera puentes, enlaza lo que está originalmente divorciado. Tejer es coordinar esfuerzos, entrelazar campos de fuerza, diseñar un espacio para compartir unos y otros, para habitarlo juntos. El político tejedor se legitima mediante la aceptación que sanciona el acuerdo. En cambio, el político pastoril y el mago precisan de la fuerza que otorga el carisma —fuerza que se apaga en la medida en que no logra los éxitos esperados.

El juego de metáforas y analogías del pastor y del tejedor ya fue sugerido por Platón en su diálogo El político hace más de dos mil años. Nosotros, siguiendo el mandato de Ortega y Gasset que obliga a atenernos a nuestra circunstancia, hemos agregado el mago inspirándonos en Cabrujas y Coronil. Cada una de estas figuras políticas tiene su circunstancia histórica. Acerquémenos un poquito a cada una.

El pastor, como buen caudillo, emerge de momentos marcados por cambios bruscos y la desorganización social, la falta de tejido, carencia de lazos entre los habitantes —no hay ciudadanos donde hay pastores, caudillos, hay habitantes y súbditos. Nuestra guerra de independencia, pero también nuestro tormentoso siglo XIX exigía este tipo de político, heredero del bárbaro conquistador. Hoy, cuando llevamos varias décadas de demolición institucional del país, se presenta de nuevo.

El mago se conjuga con circunstancias fantásticas. Cuando observamos que la realidad que nos rodea brota de fuerzas extrañas a nuestro trabajo desarrollamos fácilmente el sentido de que el mundo es obra de potencias que nos sobrepasan. Si esta realidad resulta esplendorosa por lo que promete quedamos a la expectativa de recibir las buenas vibras. No hacemos, esperamos. En todo caso, invocamos. Nuestro siglo XX petrolero sacó ciudades, instituciones y rangos de consumo socioeconómico de la chistera del Estado, artilugio desde el cual unos políticos magos se legitimaron en diferentes momentos distribuyendo patrimonial y clientelarmente renta entre los diferentes sectores sociales. Hemos tenido, una vez más con la afortunada expresión de Cabrujas y el arduo trabajo interpretativo de Coronil, un Estado mágico y más de un político mago.

El tejedor tiene otra circunstancia. Suele nacer de mundos sedentarizados, donde ya se han constituido en el largo devenir fuerzas diversas con poderes diferentes. Entonces, tiene lugar el atador de cabos, aquel que entreteje, que convoca a unos y otros para diseñar una arquitectónica favorable a la convivencia pacífica. El tejedor tiene la astucia de reconocer las fuerzas de unos y otros y visualiza los pliegues por los que cabe enlazarlas entre sí. Coordinarlas en un proyecto histórico. El tejedor hace su trabajo mediante el cruce de muchos hilos, mediante la conjunción de muchas tramas. Su trabajo, a diferencia del mago y el pastor, es colectivo. No es caudillo, es artífice de encuentros, gestor de pactos para dar un rumbo determinado a la nave en que vamos. López y Medina, por su circunstancia, tuvieron algo de ello. Al segundo la irrupción pastoril, en conspiración con el azar histórico, lo desplazó del poder a pocos meses del final de su período. Sin embargo, para el momento bastante había tejido con socialdemócratas, socialcristianos, comunistas, empresarios extranjeros y nacionales, trabajadores. La irrupción pastoril fue desplazada por otro pastor que se disfrazó de mago en los años cincuenta. Después, a partir del 58 y hasta el 74, los mismos actores que fueron pastores en el 45 se volvieron tejedores, y salvo la exclusión de los partidos de izquierda y ciertas violencias imperdonables, algo hicieron. Pero no hubo tiempo para más y en el 74 se impuso el mago con sus doce apóstoles.

Ni el pastor ni el mago disponen de las destrezas del tejedor para incluir. El accionar de aquellos los vuelve excluyentes e históricamente pedantes. Hoy, cuando la Venezuela mágica ya no es ni puede ser, las capas hegemónicas del gobierno y la oposición se comportan conservadoramente pastoriles. Para legitimarse prometen la magia de otrora aún viva en el recuerdo de nuestras clases medias y populares. Cuando se ven las costuras falsas de esa magia, entonces apelan al diálogo tejedor, pero cual Penélope destejen en la noche lo poco tejido en el día. Son zombis que caminan entre nosotros porque no hemos logrado enterrarlos, porque como sociedad desarticulada, desmembrada, no hemos dado a luz a los tejedores, a las tejedoras (pues las mujeres suelen ser mejor tejedoras), del futuro. 

Decía el pensador de El Escorial que si no salvamos nuestra circunstancia tampoco nos salvaremos nosotros. Ortega y Gasset lo intentó. En una época muy lamentable de la historia terminó en Argentina y luego en Portugal. Ya enfermo de gravedad regresó a su Madrid para morir. Urge tejer sociedad y Estado para salvar nuestra circunstancia. ¿O preferimos darnos bandazos históricos entre un pastor y otro? ¿Entre un mago y otro? ¿Figuras ya sin carisma, sin magia que ofrecer, figuras brutas? Figuras que sólo pueden perpetuar el sopor del presente.

Artículo publicado originalmente en el portal Aporrea el 4 de mayo de 2024: Artículo

jueves, 9 de mayo de 2024

Abril en Portugal. Sobre la revolución de los claveles

 Javier B. Seoane C.

Al amigo José Luis Franco Meneses

“El fado es el llorar / De un pueblo su cantar / Me gusta abril en Portugal.”. (José Galhardo, de la canción Coimbra, también conocida como “Abril en Portugal”, de 1947).

Pasados 25 minutos de la medianoche portuguesa del 25 de abril de 1974, hoy hace 50 años, suena una canción prohibida por la larga dictadura salazarista en la Rádio Renascença, “Grândola, Vila Morena”, canción de José Afonso asociada a los comunistas y que el MFA, el Movimiento de las Fuerzas Armadas, integrado por COMACATES (oficiales de rango intermedio), había escogido como santo y seña definitivo para dar inicio a su rebelión revolucionaria y libertadora. De repente, un  régimen autoritario de largos 48 años, cuando no fascista, se desplomaba en apenas 17 horas. 

Amanecían las calles portuguesas con decenas de tanques en las calles. Los rebeldes, liderados por el cerebro de Otelo Saraiva de Carvalho y el animoso espíritu de Fernando Salgueiro Maia, habían pedido a la población que permaneciera en sus hogares mientras se resolvía la situación. De nada sirvió. Las calles se inundaron de cientos de miles de personas, el jolgorio recorría feliz las veredas y avenidas lusitanas. Una jovencita, cuentan que gallega, miembro del clandestino partido comunista, trabajaba en un restaurante. Tenía el encargo todas las mañanas de llevar las flores para adornar las mesas de los comensales. Pero esa mañana fue infructuosa su labor. No se abriría, le dijeron que podía llevarse los rojos claveles. Al salir a la calle unos soldados le pidieron un cigarro, ella les ofreció en cambio un clavel a cada uno. Tomaron la ofrenda y taparon el cañón de sus fusiles con la misma. Así la rebelión de los jóvenes militares se hizo cívica revolución de los claveles.

Con la efervescencia social que genera el liberarse de un carcomido y asfixiante régimen dictatorial, el símbolo del clavel se extendió a lo largo de la delgada geografía de aquel país. En pocas horas no quedaba tanque ni ametralladora sin clavel en el cañón. Con el color de la sangre se evitó la sangre. Flor de primavera, estación del renacer de la vida, es en Portugal y España flor nacional y popular, símbolo del pueblo. Jamás aquellos capitanes, mayores y tenientes esperaron aquella reacción popular. Mucho menos la esperó el vetusto régimen. Reacción más civil que militar, pero también militar, honradamente militar, expulsó al exilio a aquel gobierno sin prácticamente disparar un tiro. Portugal enseñó al mundo que la revolución pacífica podía ser, que se podía vencer a los crueles asesinos con un pueblo abrazado en la calle y portando una flor. 

Aquella rebelión no fracasó, triunfó. Y sus líderes no llegaron para perpetuarse en el poder. Muchos eran hombres de izquierda. Algunos, como Saraiva de Carvalho, hasta de una izquierda radical maoista. La OTAN se asustó, y mucho. Pero su vocación no fue imponerse con el chantaje de la violencia, construir un socialismo mediante la amenaza de las armas. Aquella revolución dio apertura a la democracia portuguesa moderna, la que hoy celebra medio siglo. Seguramente el espíritu de 1968 estaba muy próximo, lo suficiente para espantarse con cualquier idea estalinista. Salgueiro Maia incluso no sólo renunció a perpetuarse como gobierno, sino que al modo del romano Cincinato, en cuyo honor hoy existe la ciudad de Cincinatti, terminada la labor de derrocar a la tiranía regresó inmediatamente a su cuartel hasta el final de su vida. Como él, hubo muchos otros.

Liberada Portugal del tirano se liberó también a las oprimidas colonias. Después del contexto que surgió en Europa a partir del 45, la empecinada dictadura salazarista seguía de espaldas a la historia con su empeño de sostener una guerra carnicera para evitar la independencia de Mozambique, Angola y Guinea-Bisáu. Aquellos militares jóvenes estaban asqueados de sacrificar a esos pueblos. Que sean soberanos, dijeron. Y así también estas antiguas colonias hoy están prontas a celebrar su medio siglo de independencia: Guinea-Bisáu en septiembre de este año y Mozambique y Angola el próximo. 

Portugal fue la esperanza de un tiempo oprobioso en el sur de Europa, particularmente para la Grecia de los coroneles y para la decrépita y asesina dictadura franquista de España. Era yo un chamito que por aquellos días finales de abril visitó Portugal llevado por la alegría de un padre que se autodenominaba marxista-leninista-pesimista. No entendía qué pasaba pero sí sentía que se respiraba otro aire, uno muy fresco. Cuentan que el fascista Franco propuso a la administración Nixon intervenir en tierras lusitanas, pero aquello afortunadamente no prosperó. Con la revolución de los claveles, casi que místicamente, se sucedieron una serie de hechos que cambiaron en pocos meses y para bien la faz de la política internacional. La dictadura de los coroneles duró apenas semanas, Nixon renunció el 9 de agosto tras el escándalo Watergate, el tirano español murió y la guerra de Vietnam concluiyó con el ridículo de Estados Unidos en Saigón un año después. Si no fuera tan descreído diría que algo mágico salió de aquella primavera portuguesa. Empero, para nuestra América Latina aquellos tiempos fueron de espinas, tiempos que ya se habían iniciado meses atrás con la masacre de Pinochet. Nos faltó una revolución de los claveles.

Aquel abril de Portugal sirvió de modelo a no pocos. Lo fue para jóvenes militares españoles que se agruparon, a partir de septiembre de 1974, en la Unión Militar Democrática (UMD) para ayudar en la transición de aquel país a la democracia. Y me temo que las revoluciones de este siglo en muchos Estados otrora autoritarios, revoluciones pacíficas y con nombres de flores o de colores alegres como el naranja, guardan cierto aroma de clavel. Hoy queremos recordar con saudade y con alegría aquellos días, celebrar su existencia y su ejemplo para la humanidad.

Publicado originalmente en el Portal Aporrea el 25 de abril de 2024: Artículo

Kant, la crítica como actitud

Javier B. Seoane C.

“Dos cosas llenan el ánimo de admiración y respeto, siempre nuevos y crecientes cuanto con más frecuencia y aplicación se ocupa de ellas la reflexión: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral en mí”. (Immanuel Kant).

Immanuel Kant nació el 22 de abril de 1724. Nos separan tres siglos de este pensador y no obstante seguimos próximos a su obra. Alguna vez utilicé en clase una analogía entre Kant y un mapa de líneas del metro. De seguro analogía muy prosaica, mas cumplía el cometido de afirmar que el filósofo de Königsberg se podía considerar para la filosofía moderna como una estación de transferencia en la que se cruzan casi todas las líneas, por no decir todas. Epistemología, ética, estética, antropología… Todas pasan por Kant. Fenomenología, pragmatismo, existencialismo, nihilismo, estructuralismo, constructivismo, marxismo y muchos más ismos pasan por él. El filósofo que celebramos hoy en todo el planeta resulta referencia obligada de nuestro tiempo.

Nos legó un trabajo que estableció los pilares de los límites de la ciencia: sólo podemos conocer lo fenoménico, lo que se nos presenta a nuestra sensibilidad y que puede conceptualizarse por la estructura de nuestro entendimiento. Todo lo que conocemos se enmarca en coordenadas espaciotemporales y se conceptualiza en categorías limitadas de relación, modo, cualidad y cantidad. Dios, la divinidad, concebido fuera de todo espacio y tiempo así como de los límites de las relaciones, la posibilidad o probabilidad existencial, la forma determinada o el número, no puede conocerse, no es objeto de ciencia alguna. Por ello, no sigamos tratando de demostrar su existencia o inexistencia. Lo podemos pensar, pero no lo podemos conocer en su ser o no ser. Desde Kant, el problema de Dios como origen ya no es tema del conocimiento. Tampoco lo será el alma o espíritu ni cualquier otro concepto que implique totalidad. Para el filósofo estas son las grandes ideas de la metafísica (Dios, universo o ser, espíritu o yo) que siempre escapan a lo fenoménico, a lo enmarcado espaciotemporalmente, y por tanto, resultan incognoscibles. ¿Significa que esas ideas carecen de sentido? No. Que no se puedan conocer no significa que no se puedan pensar, y el ser que somos tiene una insaciable sed de pensarlas. Queremos lo inalcanzable, pero lo queremos.

¿Qué puedo conocer con certeza? ¿Qué debo hacer? ¿Qué me cabe esperar? A fin de cuentas, ¿quién soy? Son las preguntas fundamentales de nuestro ser, de nuestro pensar. Sus ensayos de respuestas, nos dice el filósofo que hoy celebramos, constituyen la historia de la filosofía, la que fue, la que es, la que será, en occidente como en oriente. Simplemente son las preguntas de todo ser humano. Y nos alerta, tratar de responderlas con dogmatismo, con principios aprióricos que establezcan como acto de fe una verdad de una vez por todas, está condenado al fracaso, sólo puede conducir a antinomias: ¿el universo tiene comienzo o es eterno? ¿Tiene límites? Si los tiene, ¿qué hay del otro lado del límite? ¿Soy libre o estoy determinado y no lo soy? El pensamiento puede decir una cosa y la otra, puede decir que estoy completamente determinado y no soy libre, como puede afirmar lo contrario. Y si quisiéramos imponer una respuesta a estas grandes cuestiones como la única cierta, nuevamente en un acto de fe, sólo haríamos violencia al mismo pensar y probablemente al actuar. Sería, por ejemplo, la actitud de la quema de brujas, del fascismo.

“Atrévete a pensar”, “sal de tu minoría de edad y reflexiona por ti mismo”. Es el mandato máximo que nos lega Kant. Se expresa bien en su ética. Rechaza categóricamente los mandamientos morales que se “fundamentan” en fuentes extrahumanas. Nietzsche aprendió mucho de esto: la moral es humana, demasiado humana. Lo cual no implica que en esta materia todo vale en el sentido de que todo dé lo mismo, de que los valores sean subjetivos, de que cada cabeza sea un mundo. Kant está también peleado con este subjetivismo, con este caprichoso renunciar a pensar. Tenemos que vivir juntos, por lo menos cohabitar. Propone entonces un mandamiento, un único mandamiento, un imperativo categórico como lo llama, uno que palabras más, palabras menos reza: actúa, empleando tu reflexión, de acuerdo con máximas universalizables. O, en otros términos, cuando tengas que tomar decisiones y actuar piensa qué debería hacer cualquier ser humano puesto en tu situación, no como el yo que eres, con tus simpatías y antipatías, con tus intereses y motivaciones particulares. Por ejemplo, si puedo robar el erario público pues cualquiera puede robarlo y, entonces, ya sabemos las consecuencias. “Atrévete a pensar”, pon entre paréntesis tus gustos y disgustos y conviértete en un legislador universal. Agrega, cada ser humano es un fin en sí mismo, evita utilizar al otro como medio, no lo instrumentalices. Pon límites a tu racionalidad estratégica. Tú puedes hacerlo porque eres libre. No puedo demostrarte que científicamente lo seas, pero siempre puedes decidir de otro modo. Si la libertad no es tema de la ciencia sí lo es de la ética, de la razón práctica. Pues, si no hay libertad, si el genocida lo es porque le pegó la luna o porque su carta astral así lo decidió, o porque cualquier otra fuerza extrahumana, satánica, así lo decidió, entonces bajemos la santamaría de la ética, cerremos este camino reflexivo, pero con el mismo cerremos también el juzgar al criminal, cerremos el camino del derecho. Grande Kant. Una ética con un sólo mandamiento, uno que no tiene contenido. No te dice: “no matarás”, pues quizás haya que hacerlo para salvar miles de vidas. No. No hay en Kant diez o veinte mandamientos. Hay uno solo, y te da una sola instrucción. “atrévete a pensar”. Desde entonces la reflexión ética no volvió a ser la misma.

Kant es hijo de su tiempo. Creo que fue mi maestro Alfredo Vallota quien en una clase en la Simón Bolívar señaló que su teoría de la ciencia es una perfecta sociología del conocimiento de su época. Una teoría newtoniana, de espacio y tiempo absolutos. Mucha agua ha corrido desde entonces, empezando por las corrientes de las geometrías múltiples y la física einsteniana. Pero ciertamente ya no resulta concebible en esta materia volver a antes de Kant. Como tampoco en ética o en política. Fue el filósofo de Königsberg contemporáneo de la revolución francesa y, sin duda, coqueteó y algo más con su ideario democrático. Nos dejó en lo ya comentado una serie de elementos básicos para fundar los derechos humanos y en su tratado sobre la paz perpetúa esbozó un sistema de naciones unidas, pero uno serio y no la mamarrachada que desde el 45 nos hemos dado. Las teorías más vanguardistas de nuestro tiempo a propósito de la democracia deliberativa, participativa y protagónica, tienen una clara raíz neokantiana. Nos habló en su tercera crítica de la estética, de las bellas artes, del sentimiento de lo sublime. Podríamos estar horas hablando de lo que habló sin agotarlo. No en balde llevamos trescientos años en ello.

Nuestra forma civilizatoria celebra mucho a los Napoleón, poco a los Kant. Las claves hermenéuticas de nuestra historiografía hegemónica, en Europa como en América Latina, provienen de las artes marciales. Es una historia de la belicosidad, del conflicto, del poder y la dominación, de la sangre. Una que poco se atreve a pensar, una que poco tolera la crítica. Sin embargo, y aunque pocas veces contada, nuestra historia humana, creo que nuestra mejor historia humana, está repleta de grandes artistas y pensadores, de auténticos genios que con sus obras nos muestran otros horizontes, unos que enseñan un camino posible sin tanto conflicto y sin sangre. En estos genios, en estos grandes artistas y pensadores, se sintetiza en su momento lo mejor de la humanidad. Por consiguiente, bien podemos decir que alimentan nuestro espíritu. Kant está entre ellos nutriendo la crítica. Feliz cumpleaños Señor Kant, que sean muchos más.

Publicado originalmente en el Portal Aporrea el 22 de abril de 2024: Artículo

martes, 23 de abril de 2024

Digresiones inspiradas por una Reina de Corazones en la oposición

 

Javier B. Seoane C.

De cuentos infantiles y dramas

Los cuentos infantiles resultan muy políticos. Realizados por adultos para un público infantil guardan el propósito de modelar la generación del futuro con determinadas actitudes y valores. El grueso de los mismos emerge desde las entrañas populares, desde el mismo centro cultural de un pueblo. Luego, como los hermanos Grimm o Disney, hay quienes los sistematizan con sus propios matices intelectuales y comerciales. Sin duda alguna, constituyen un material de análisis socioantropológico y psicoanalítico exquisito. Por ejemplo, llama la atención el carácter negativo que tiene la naturaleza en muchos de los mismos. Las representaciones del bosque oscuro que esconde peligrosos lobos o ancianas brujas repletas de verrugas abundan y suelen simbolizar lo hostil de la naturaleza. Buena expresión de una civilización que como la occidental ha buscado desde sus mismas entrañas míticas judeocristianas y grecorromanas ser ama y señora del mundo, ser una Reina de Corazones. 

Según cuentan, en la época de la Inglaterra victoriana Lewis Carroll ideó en poco más de un cuarto de hora un cuento infantil, y no tan infantil, dirigido a sus sobrinos durante el paseo de una plácida tarde. Antecedente poco reconocido de la literatura surrealista, se trata de un maravilloso cuento con algunas alegorías políticas, hablamos de “Alicia en el país de las Maravillas”. Uno de sus personajes, la Reina de Corazones, dispuesta con gran ego y muy adolescente en su proceder, vive insultando a sus adversarios y ordenando su decapitación. Muchos vieron que el personaje aludía a la rígida Reina Victoria. Sin embargo, parece que esta no se dió por aludida y le pidió a Carroll que le dedicara su próxima obra, obra que no desarrolló como personajes a los alacranes pues la prolífica imaginación de Carroll no dio para tanto. Suele pasar que los monarcas, tanto en el gobierno como en la oposición, no se percatan de que están desnudos. ¿Tendremos nosotros una Reina de Corazones? Después de todo en nuestro mundo hay muchas reinas de corazones así como hay reyes de bastos, ello tiene que ver con nuestro ser occidentalizado.

Y es que en la cultura occidental moderna predomina el género dramático. Reemplaza en esto al predominio de la tragedia en su raíz griega. En el género dramático se arman una serie de nudos problemáticos, de malos entendidos que se resuelven favorablemente en el último minuto, al cierre de un plazo, in extremis, en el capítulo final del culebrón de turno. Nuestra política tiene mucho de este género, hay que esperar hasta el final para ver cómo se resuelve la cosa. Tristemente a veces el drama se transforma en tragedia y entonces todo termina en un final doloroso y destructivo que se repite una y otra vez. Pasa en telenovelas, pasa en los cuentos, pasa en la vida real, pasa en nuestra política.

De la odisea occidental, la razón estratégica y la sospecha de la conspiración

El occidente moderno se visualiza a sí mismo como la odisea de conquista del mundo, una que no se agota en la naturaleza exterior. Hay que dominar también la naturaleza interior. La empresa para este propósito descansa en el ejercicio de una política que a partir del renacimiento se tecnifica cada vez más. Foucault hablaría de una biopolítica y un biopoder. El genial Stanley Kubrick nos dejó un legado cinematográfico al respecto. Su obra, generalmente tomada de la literatura del último siglo, muestra una y otra vez la voluntad de dominio que Nietzsche elevó a categoría ontológica. “Doctor Strangelove” describe bien la relación erótica que nuestra masculina forma civilizatoria guarda entre la guerra y el poder, la efervescencia sexual que despierta en no pocos el eyaculante hongo de la bomba atómica o las fálicas cabezas de los misiles nucleares. “2001, Odisea del espacio” nos abre la ventana de una racionalidad insaciable por hacerse con el dominio de la naturaleza exterior hasta sus últimos confines. “La naranja mecánica”, caso atípico para quien escribe de una versión fílmica que supera a la novela, nos habla de esa voluntad de dominio vuelta hacia la colonización completa de la mente, de la naturaleza interior, mediante la tecnología tangiblemente intangible de las peligrosas ciencias humanas y sociales asociadas con los intereses de control del gobierno representados por el sonriente Ministro del Interior. Como en “Pinky y Cerebro”, se trata de conquistar el mundo mediante la técnica, tanto extensiva como intensivamente.

La política venezolana no resulta extraña a esta lógica civilizatoria. Unos y otros, tirios y troyanos, con soberana obediencia siguen los consejos de sus asesores. Estos se han formado bien, sea en Harvard o en La Habana, en Oxford o en Moscú. Tecnólogos electorales que desde jovencitos se han “quemado las pestañas” con las lecturas clásicas de Maquiavelo y Hobbes o con los más recientes teóricos de la posverdad. No importa cuántas sean. Seguramente se quemaron tanto las pestañas que quedaron ciegos y ahora sólo dicen “alacranes” o “hasta el final”. Todas esas lecturas reposan en una sola racionalidad, la estratégica, el tipo de racionalidad basada en el cálculo instrumental de movilizar como medios a hombres y mujeres para que sean funcionales al objetivo que se propone la voluntad de dominio. ¿Los criterios? Eficiencia y eficacia. Los mejores medios serán los que al menor costo, con mayor rapidez y de modo más contundente movilicen a las personas en función de los intereses del amo en cuestión. Es la racionalidad de la política occidental triunfantemente planetaria. Es la misma racionalidad de la empresa capitalista, de las fuerzas armadas que buscan imponer su voluntad en la guerra así sea descargando bombas atómicas sobre ciudades enteras en nombre de la “democracia”, del equipo deportivo que con fintas engaña al rival para llevarse la copa, del enamorado que busca conocer los gustos de su objeto de deseo para ofrecérselos y cautivarlo, del publicista que procura bien que se venda el pernicioso producto para la salud del cliente, del artista que termina pintando lo que le solicita el mercado de su tiempo, del empresario que trae al profesor de filosofía para que le dé un taller de ética a sus empleados, de ética como cosmética diría Adela Cortina. Esta racionalidad instrumental-estratégica se ha vuelto transversal, atraviesa todas las esferas de la vida humana, se ha elevado a nuestra forma de entender la razón. Pues bien, esta es la racionalidad demagógica de ese fantoche llamado político profesional, obediente del asesor proveniente de las ciencias humanas y sociales, asesor dador de la tecnología retórica para persuadir a los electores a su favor. “Alacranes”. “Hasta el final”. Hace unos meses había hasta un mantra que ya olvidé.

La voluntad de dominio de la racionalidad estratégica es voluntad permanente de sospecha. Paul Ricoeur bautizó a Marx, Nietzsche y Freud como los filósofos de la sospecha. Arguye que los tres comparten mediante los conceptos de ideología, voluntad de poder e inconsciente una tesis común reinante en nuestro tiempo: la idea de que tras cualquier propuesta se esconde una desconocida trampa para someternos. Las teorías de la conspiración llevan esta tesis al paroxismo. La política se vuelve un lugar privilegiado para este análisis. Los políticos, puestos casi siempre en la posición estratégica de un jugador de dominó, desconfían unos de otros. “Alacranes”. “Hasta el final”. Pero al final, los espectadores también desconfían de ellos pues con el tiempo descubren sus argucias y hasta se cansan de las mismas. Con ello se generaliza el clima de sospecha de conspiración permanente y se disparan los mecanismos psicosociales de agresión como método de defensa y conquista. Todos somos alacranes.

Hasta el final

Paul Ricoeur, quien fue reconocido hermeneuta, afirmaba que la voluntad de sospecha es un modo de interpretación de lo real, pero no el único. Oponía a este modo la voluntad de escucha, orientada a la comprensión del sentido de lo real. Pongamos un ejemplo, de su propia cosecha: el Estado. Tanto en Maquiavelo y en Hobbes como en el marxismo y en muchas otras corrientes modernas el Estado es el aparato de Estado, un artilugio creado por las clases dominantes para someter mediante represión e ideología a los dominados. Y ciertamente el Estado tiene mucho, muchísimo, de eso. Pero, ahora en modo de escucha, el Estado es también la forma histórica que una sociedad se ha dado para organizar su complejidad. Puesto en términos hegelianos, el Estado emerge desde los conflictos de la sociedad civil para consensuar un orden imprescindible para la sobrevivencia de todos. Y ciertamente el Estado hace falta para construir y darnos un orden. Ricoeur propone una dialéctica entre sospecha y escucha, una mediación que permita entender la necesidad del Estado y la necesidad de recrearlo combatiendo sus estructuras de dominación. Obviamente, esta lana ricoeuriana se teje bien con la proveniente de Apel y Habermas en el sentido de que la voluntad de escucha ha de superar la racionalidad estratégica en una racionalidad comunicativa orientada al entendimiento, a la formación de consenso mediante un diálogo argumentado. Todo ello, que obviamente no es más que una idea regulativa, un deseo que bien puede orientar nuestra acción para aproximarnos al mismo, tiene el propósito de evitar la guerra, la destrucción, de acordar las condiciones para un mínimo de paz y mejorar la vida de la mayoría.

Pero, mientras tanto, hay que decir con la sabiduría popular que deseo no preñar. La racionalidad estratégica de la voluntad de dominio y su lógica de la sospecha y la conspiración siguen imponiéndose en el escenario político nacional. Siempre cabe esperar milagros, pero la masa no está pa’ bollos. Nuestra Reina muestra claros indicios de sordera, no escucha, sólo sospecha. ¿A dónde conducirá la razón estratégica de nuestra Cenicienta, siempre al borde del plazo de la medianoche, de nuestra Reina de Corazones de la oposición hegemónica venezolana? ¿Hasta el final? ¿Cuál final? ¿El final que es la muerte? Amanecerá y veremos.

Publicado originalmente en el portal Aporrea el jueves 18 de abril de 2024: Artículo

lunes, 15 de abril de 2024

Cien años de fascismo y más

Javier B. Seoane C.

 Una ya lejana tarde caraqueña mi hija, de alrededor de nueve años, me preguntó: “Papá, ¿qué es el fascismo?”. Atónito, no pude responder con precisión alguna. Para nada me esperaba esa interrogante. Lo curioso era la pregunta misma en una pequeña niña. ¿Cómo explicar el asunto? Hoy, cuando se habla de una ley antifascista, me invade la misma inquietud. 

Veamos algunas cosas. Historiográficamente el fascismo es un movimiento político que apareció en Italia hace poco más de un siglo, que tuvo al frente el liderazgo carismático de Benito Mussolini y que después, con sus diferencias se extendió a otros países como fue el caso de la falange española o del nacionalsocialismo alemán. Lo que suele unir a los movimientos fascistas de aquella época se caracteriza, sin ánimo de exhaustividad, por la exaltación del nacionalismo; de las tradiciones locales; en muchos casos de prejuicios raciales y patriarcales; el rechazo al modelo liberal tanto en lo económico como en lo político, dándole al Estado un papel activo en la organización de la sociedad; la aversión a los comunistas; la supresión de los sindicatos en un sindicato y partido únicos; la supresión también de otras organizaciones intermedias entre sociedad y Estado por lo que tienden al totalitarismo, a la relación directa de Estado e individuo que Émile Durkheim calificó de monstruosidad sociológica; la creación de enemigos y el ejercicio de la violencia hasta llegar incluso al exterminio de los mismos; y, por decirlo eufemísticamente, ambigüedad ideológica. Con relación a esto últimos hubo fascismos a la ultraderecha y a la ultraizquierda, desde Mussolini y Hitler hasta Stalin y Pol Pot. 

Empero, no creo que la Ley refiera a los movimientos fascistas del último siglo. Por ello, redundar en ello no parece necesario, además, seguramente el lector probablemente estará bien documentado o tendrá información a la mano más enriquecedora que la mía consultando la web o la biblioteca. Interesa más la “actitud fascista”, la predisposición a actuar de un modo fascista. Me parece que una Ley antifascista en la Venezuela actual apunta en esa dirección. Creo igualmente que a eso se refería mi hija aquella tarde caraqueña. Quizás en su escuela algún compañero llamó a otro “fascista”. Y es que en los patios escolares muchas veces uno se encuentra con la actitud fascista, como también se la encuentra en programas de televisión, de radio y con mucha frecuencia en las llamadas redes sociales. La actitud fascista está por doquier. Sin embargo, poco o nada decimos, así que veamos de qué puede ir el asunto.

En estos días una amiga mencionó en una conversación a Umberto Eco, inmediatamente recordé su texto sobre el Ur-fascismo o fascismo eterno y el enlace que durante años en mis clases hacía entre este escrito de Eco y una especie de tipología de la actitud fascista sacada de “la personalidad autoritaria” de Adorno y Horkheimer. Autoritario y fascista no son sinónimos. Todo fascista es autoritario y tiende a posturas totalitaristas. No todo autoritario porta actitudes fascistas. Pero vayamos directamente al grano. Expongamos sucintamente los rasgos de la actitud fascista, primero a partir de Eco y luego complementando con Adorno y Horkheimer.

Eco, además de las características que ya señalamos arriba de los movimientos fascistas, menciona como rasgos de la actitud fascista el voluntarismo, en el sentido de sobrevalorar la acción y menospreciar la reflexión o el pensamiento; el juicio de que los desacuerdos son traición, es decir, intolerancia a otras formas de pensar y actuar diferentes a las propias, intolerancia a lo extranjero, a lo forastero; inclinación por las teorías de la conspiración, los otros en contubernio buscan destruir al grupo propio; el juicio de que el pacifismo beneficia al enemigo y es síntoma de debilidad; promoción de un elitismo popular en el sentido de exaltación del “pueblo” al que se pertenece; el heroísmo como norma; amenaza al otro mediante el uso de armas; y, la actitud democrática en tanto apertura y reconocimiento del otro se aprecia como síntoma de debilidad y decadencia. Con Adorno y Horkheimer agregamos: una personalidad estricta y orientada al deber por el deber impuesto por alguna autoridad exterior, en otros términos, moral heterónoma; estereotipación del otro; tendencias a creencias místicas y supersticiosas; y, creencia en las jerarquías con subordinación a las mismas. Cabría agregar en este diálogo imaginario a la maravillosa filósofa Hannah Arendt, pero en otra oportunidad le dedicaremos una reflexión solo a ella.

Adorno y Horkheimer junto con su instituto de investigaciones crearon una escala de actitudes autoritarias que denominaron “Escala F”. La “F” por fascismo. Buscaban investigar la extensión de la actitud fascista más allá de la Italia, la Alemania o la España de los años veinte y treinta. En los años cuarenta aplicaron la Escala a una muestra de ciudadanos estadounidenses y encontraron presencia de varios de los rasgos mencionados en un alto porcentaje. Cabe decir que no hace falta, como bien dice Eco, tener todos los rasgos. Es suficiente tener un buen número de los mismos para alarmarse por la tendencia. Tampoco es necesario concentrarse en entornos políticos profesionales, pues se trata de una actitud extendida socialmente que puede localizarse desde las pandillas de adolescentes (las patotas como decíamos antes) hasta los clubes deportivos, desde sectas religiosas hasta determinados grupos económicos. El facha puede encontrarse en cualquier sitio y en cualquier momento. Incluso dentro de la familia muchas veces en el sádico marido que somete a la mujer sólo por considerarla inferior.

Hace cien años los fascistas se sentían orgullosos de serlo. Pero dada la horrorosa historia del siglo XX, ahora se tilda de fascista al otro, es un epíteto frecuente para despreciar al otro. Lo grave es que muchas veces el propio facho acusa al otro de serlo, y lo hace también muchas veces de modo inconsciente. Günter Grass, el famoso escritor alemán, decía que el gen del nazismo seguía entre sus conciudadanos a pesar del trauma y años transcurridos desde Hitler. El gen fascista está también entre nosotros, por doquiera. A nivel mundial los partidos ultra, sobre todo a la derecha, crecen en adeptos, la democracia como idea corre sus peores tiempos, ya no digamos como práctica. Vivimos en sociedades cada vez menos integradas, las viejas formas de organización como sindicatos, partidos, movimientos sociales han sido barridas por las nuevas formas del trabajo y las nuevas tecnologías de (des)información. Del mal llamado tercer mundo huyen millones de personas cada mes. Son los herederos de un imperialismo y colonialismo que los expolió durante siglos, que sólo les dejó miseria y los lanzó a competir en una piscina llena de tiburones. Buscan entrar en el mal llamado primer mundo. En este el Estado de Bienestar viene recibiendo palos cual piñata desde la era Thatcher-Reagan. Crece el desempleo, los mini-jobs, la edad de jubilación la extienden 2 años prácticamente en cada legislatura nueva, la salud y educación públicas se privatizan o lo serán en poco. El extranjero como el progresista son vistos como amenaza, los llamados al supremacismo de un determinado grupo son bien recibidos por sus resentidos oyentes. Votaron por Trump, votaron por Meloni, votaron por Milei, probablemente lo hagan en los próximos meses por Alternativa para Alemania y por Marine Le Pen. En este mal llamado primer mundo hablamos de sociedades que fueron industriales y ahora, en la época postindustrial, en la época del gran capital financiero, sólo tienen chatarra, como lo que queda de la ciudad de Detroit. Menos ricos que son más ricos y más pobres que son más pobres. 

De vuelta al “tercer mundo”, y en cuanto a Venezuela, difícil ver mayor desintegración. Todo el modelo de desarrollo económico de la última centuria, sustentado sobre la industria petrolera, entró en crisis a finales de los años setenta. Como decía Maza Zavala, el país engordó, rebasó con nuevas necesidades lo que podía ofrecer aquel frágil músculo de los hidrocarburos y la minería depredadora. Las élites políticas, a pesar de ciertos estertores como la COPRE, prefirieron conservar sus privilegios a cambiar el rumbo. Un país estrangulado las echó en 1998. Pero después, con una nueva bonanza de la lotería petrolera, se experimentó un socialismo rentista engordando más el Estado. Con la ayuda de cierta oposición y de Estados Unidos todo estalló definitivamente a los pocos años, ahora no sólo hay estrangulamiento, hay colapso, crisis sistémica, crisis histórica de gran envergadura. Del país huye su juventud, no visualiza su futuro aquí. Partidos no hay, solo franquicias propiedad de privados, incapaces de enlazar con la sociedad, de tener bases orgánicas en el país. A los sindicatos y gremios se les puso desde el gobierno sindicatos y gremios paralelos, a las universidades otras universidades paralelas, al sistema de salud otro sistema paralelo, y así sucesivamente. El país engordó, no de buena y bella gordura, de las que pintaba el maravilloso Fernando Botero, sino de gordura mórbida por irresponsabilidad de una política antropófaga del gobierno y de una parte hegemónica de la oposición, bobalicona, ególatra y con mucho de facha. El país está invertebrado, le urge un proyecto para vertebrarse, para integrarse, para tener futuro.

El fascismo como actitud se origina en la vida social humana, no llega en platillos voladores de Marte. El fascismo emerge desde la desintegración social con la promesa de integrar, unir. Procede con violencia, con exclusiones, se declara “anti” en muchas cosas, demasiadas. No, no es un asunto de leyes. Ya las tenemos. La ley contra el odio, la ley de no se qué y de no se cuánto. Pensar que a punta de leyes creamos realidades es, además de fantasioso, peligroso. Digamos también que una ley antifascista tiene algo de contradictoria. Como se podrá apreciar, el prefijo “anti” resulta muy querido por los propios fascistas. Se trata, más bien, de la formación del carácter moral de la persona, se trata de educación, tarea que no está confinada a la escuela y menos en un país en la que ha sido demolida. Educadores sin duda, para bien o para mal, somos todos. Eso sí, los primeros magistrados de la República, como el Presidente del Ejecutivo o el Presidente del Legislativo, por sólo citar dos, son también los primeros educadores. Pero aquí hay que preguntarse con Marx: ¿quién educa a los educadores?

Publicado originalmente en el portal Aporrea el 6 de abril de 2024: Artículo

Venezuela distópica

Javier B. Seoane C.

Como decía un conocido y querido narrador deportivo, nuestro Humberto “Beto” Perdomo: “esto está feo, muy feo”.

Venezuela se nos muere. En vía crucis, cual Ave Fénix, regresa a su nido para morir. El mito nos remite a la resurrección ya antes del cristianismo. Nos remite también a los ciclos, la hermosa ave nace, muere y resurge. Como mito supone el relato, una narrativa. Nos cuenta algo, quiere significarnos algo. ¿Qué nos puede decir en este fúnebre momento este mito? ¿Podrá Venezuela, como este mítico pájaro de fuego, renacer de sus cenizas? Veamos.

El occidente moderno se ha definido siempre en contraposición al mito. Para decirlo con un reconocido filósofo, Hans Georg Gadamer, se trata de un prejuicio contra el prejuicio, de un prejuicio “ilustrado” contra lo mítico considerado como mentira irreflexiva. Desde Bacon y Descartes hasta Habermas lo mítico es lo opuesto a la Razón. Sin embargo, la cosa no es tan sencilla y la modernidad ha sido bien ambigua con esto. Basta un pequeño análisis de sus hijos más queridos: el positivismo, el marxismo y el liberalismo. Los tres, si bien con sus matices, se presentan bien alineados con la razón científica, con teorías que pretenden ser fruto de la investigación empírica, de circunscribir la imaginación a los hechos. Pero pronto emerge la necesidad de interpretar los datos en función de una narrativa crítica y utópica. Crítica en la medida en que se opone a los prejuicios, lo mítico, las tradiciones atrapadas en la metafísica. Utópica por cuanto la crítica no se agota en la descripción de hechos sino que siempre anuncia un estadio histórico ulterior por lograr: el estadio positivo, el comunismo o la fábula de las abejas. Comte, Marx o Meldeville no se quedan en sus agudas observaciones, necesitan contar una historia, contar un relato. 

Lo real no habla, lo real es hablado por los seres arrojados al mundo que somos, seres menesterosos de significado y sentido. La modernidad occidental quiso escapar del mito siendo inconscientemente mítica, recayendo en el mito. Resumamos la mitología moderna: hay un sujeto de la historia que es humano, de carne y hueso, dotado de una facultad racional, quien con metódico uso de esta facultad devela la falsedad de los mitos y descubre los secretos de la naturaleza para adaptarse a ella cuando se requiera y someterla mediante la técnica cuando se pueda con el claro propósito de hacer del mundo un hogar en continuo progreso. Razón, ciencia, tecnología y progreso son los mitemas de este relato mítico que se presentó antimítico. No basta enumerar, describir, hace falta relacionar y dar sentido. Dar respuestas a nuestras grandes interrogantes. Para decirlo con Popper: no hay ciencia sin conjeturas. ¿O es que acaso la teoría de la creación divina o la del Big Bang no tienen mucho de mito? Al principio Dios, nos dice una. Al principio la partícula, nos dice la otra. Y la inteligencia de la niña pregunta al sacerdote:  “¿y de dónde salió Dios?” Y el prelado le responde: “misterio divino”. Y en la escuela le pregunta  al profe: ¿y de dónde salió la partícula? Y el científico le responde: “Estaba ahí”. Misterio científico. Al principio algo pero no preguntes de dónde salió ese algo. “Cállate niña, no fastidies más”.

Del mito no podemos escapar, del mito partimos. Somos seres abandonados por la programación genética de los otros seres vivos, requerimos la programación cultural que nos dé una cartografía del mundo, una que responda quiénes somos, a dónde debemos ir, qué nos cabe esperar, qué hemos de comer y por qué, cómo hemos de amarnos… El mito además cumple funciones positivas en términos de integración sociocultural: ¿Acaso ello no está presente en la idea de nación, de padres (por qué no madres) de la patria, de revolución, etc.? También tiene, lo sabemos, funciones peligrosas como sus formas de integrar por excluir, tal como el racismo, el nacionalismo, el patriarcalismo, etc. Pero al mito no se le opone la diosa Razón sino otro mito. Reconocido esto, cabe agregar que vivimos tiempos polimíticos, el tiempo de la lucha de los dioses (Weber).

Pero los dioses y los mitos también se agotan. El último siglo se ha caracterizado por la distopía. A diferencia de la utopía esta nos habla de una pesadilla, de un final apocalíptico próximo, cargado de dolor, troquelado por el mal. A diferencia del siglo XIX y hasta 1914, tiempo en que predominaban las imágenes utópicas de Julio Verne o las ya señaladas del positivismo, el marxismo o el liberalismo, el siglo XX y lo que va del XXI está marcado por el temor a la destrucción nuclear, a la lluvia ácida, a una guerra de los mundos, a la aniquilación ecológica. Basta ir al cine y ver las imágenes que predominan en el género de ciencia ficción o visitar una biblioteca para conseguirse con Kafka, Orwell o Huxley, por sólo citar unos pocos. Si vamos al teatro nos conseguiremos con el absurdo. Si consultamos un tomo de historia de la filosofía veremos muchos capítulos pesimistas: existencialismo, nihilismo y todos los “post” habidos y por haber. Las ciencias sociales giran en torno a la jaula de hierro de Weber, al sinsentido del sometimiento a una sociedad totalitaria y administrada (Horkheimer).

Oswald Spengler vislumbró este estado zombie hacia 1918 cuando publicó La decadencia de occidente, un libro monumental que se volvió best seller filosófico. Spengler, al calor de la carnicería de la Gran Guerra, decía allí que el proyecto Europa, Occidente, estaba culturalmente agotado, que lo único que quedaba era su racionalidad técnica civilizatoria convertida en arma de dominación. Occidente ya no tenía nada que ofrecer de cara al sentido y significado de la vida. Spengler vaticinó que el final sería, no obstante, largo. Hablaba de dos siglos. Nos queda, según su parecer, un siglo más. En todo caso, con Spengler inicia la distopía del último siglo, acaso el más sangriento de la historia, acaso el siglo en que el mítico progreso devino barbarie de mano de la ciencia y la tecnología. Parece que el mito se agotó, que la narrativa moderna está seriamente arponeada.

¿Y América? ¿Y Venezuela? El mundo que abrió Colón a los europeos terraplanistas de la época se les presentó como el paraíso mismo, como el lugar encontrado de aquel no lugar que es la utopía. América, y nuestra “pequeña Venecia” en particular, ha sido para la vieja Europa el “nuevo mundo” que anhelaba para poder escapar de sus dantescos infiernos medievales, la imagen amigable del buen salvaje rousseauniano o la rica de El Dorado. Para los más ecologistas o para quienes buscan el lucro, América ha sido la esperanza de occidente, su tierra de gracia. Y nosotros, los habitantes de este continente, nos lo hemos creído.

Hemos hablado de la inexorabilidad del mito, hemos afirmado que desde su magma partimos. Todo pueblo tiene sus mitos. Los estadounidenses colonos se han creído sus mitos de partida, protestantes, el de la tierra de gracia y el individualista self made man (el hombre que se hace a sí mismo). Hasta en Los Simpsons lo conseguimos en la figura del fundador del pueblo, Jeremías Springfield. Y aquel individuo que no tiene éxito en el hacerse a sí mismo, el que fracasa de acuerdo con los estándares culturales hegemónicos, es apartado socialmente, despreciado. Ser rico es bueno, ser pobre es malo. El muchacho que se hace en la esquina con una ametralladora y entra a la escuela para masacrar a quien sea tiene mucho de ese individuo apartado socialmente, “fracasado”. La América anglosajona heredó de la Europa protestante sus mitos. Hispanoamérica hereda los suyos de España. La mitología de esta última está asociada con los reyes católicos como figuras que comandaron una santa cruzada para expulsar a los infieles moros y reunir a los reinos ibéricos bajo la cruz de Santiago, la cruz santa que a su vez es espada militar. En ese símbolo, en esa cruz, se concentra el mito español. Con esa narrativa llegaron a América, con la Iglesia por una mano y la espada por la otra, con sus misiones evangelizadoras para vestir católicamente a los “salvajes” nativos y las espadas para apropiarse de la naturaleza dorada. Siglos después ese mito sigue constituyendo a un buen grupo de españoles. Franco interpreto su carnicería en la guerra civil como una cruzada para salvar a España de los rojos, masones y judíos. El partido Vox no parece pensar muy diferente.

En hispanoamérica Venezuela está perseguida por El Dorado. Para los españoles fue por mucho tiempo tierra de paso y de explotación, desde las perlas de Cubagua hasta el cacao. Con la cruenta independencia y los ideales republicanos llegó el mito de la Revolución, heredado de Francia y la época napoleónica y conjugado con la necesidad histórica de justificar la guerra con España rompiendo radicalmente con ella, con la premodernidad que representaba. Este mito, el de comenzar el mundo de nuevo, ex nihilo, lo compartimos con el resto de latinoamérica. A partir de la independencia nuestro continente está lleno de revoluciones amarillas, azules, rojas, de marzo, de abril, de julio, de octubre, restauradoras, liberadoras y pare usted de contar. Briceño-Iragorry en los años cuarenta contaba varias decenas de ellas tan solo en nuestro país. Cuando los mitos de la revolución y de El Dorado se conjugan tenemos el relato mítico que nos ha dominado en las últimas décadas, aquel que responde a la pregunta de ¿por qué vivimos en medio de la miseria si el país es tan rico? ¿Cómo se explica nuestra pobreza extendida si nuestra tierra tiene las mayores reservas de petróleo del planeta además de otras innumerables riquezas? Y que el relato responde más o menos así: “somos pobres en medio de la riqueza porque ésta está mal distribuida, porque unos traidores se han apropiado de ella, nos la han arrebatado”. Cuando a este caldo se añade el mito del caudillo mesiánico, figura de integración social frecuentemente necesaria en sociedades devastadas por guerras, entonces la narrativa mítica concluye: “Empero, llegará un líder que combatirá y vencerá a estos sátrapas y repartirá la riqueza con justicia entre todos los hijos de la Patria”.

Hemos pasado una sucinta revista a parte de la mitología estadounidense, española y venezolana. Se trata de muestras cercanas que evidencian la inexorabilidad del mito. Los mitos nos son buenos y malos en sí mismos, cualquier juicio de valor supone al menos un criterio de valoración y una relación. Así, en relación con la producción de riquezas en una tónica capitalista el mito estadounidense del “self made man” es bueno en tanto que funcional a la competencia, acumulación e inversión. El de El Dorado es disfuncional. La cruzada española resulta funcional a la conquista y reconquista de tierras pero es disfuncional a la paz. El mito del caudillo es funcional a la integración en un mundo socialmente roto mas frecuentemente disfuncional a la construcción de redes solidarias comunales autónomas, disfuncional a prácticas democratizadoras. Y por ahí vamos. Los mitos hay que ponerlos en relación con objetivos, fines, metas. Sé, por supuesto, que tras este juicio mío ya hay algo de mito ilustrado. Lo único que he querido decir es que del mito no escapamos, del mito partimos.

El último siglo venezolano ha reforzado nuestro relato mítico de El Dorado, la revolución y el caudillo. La economía política de las minas y los hidrocarburos lo ha nutrido bien. Pero hoy El Dorado está quebrado, la revolución agotada y traicionada y el caudillo ya no está. Max Weber decía que en cierto sentido el político moderno es el heredero del profeta. Si hacemos caso a Spengler, las culturas suelen ser como estrellas solares. En su fulgurante nacimiento encontramos fácilmente la figura del profeta, aquel caudillo religioso carismático que da sentido y llena de significado la vida de todo un colectivo. En el declinar de las culturas, cuando la estrella va perdiendo su combustible, lo que fulguró con el profeta ya no mueve a la sociedad. Entramos en una era nihilista. Pero mujeres y hombres, máxime en grandes crisis, siguen buscando sentidos, significados, razones de ser, razones para estar, o irse. Aquí entra el político demagogo, el que ejerce de canto de sirena para prometer nuevos paraísos, edades doradas. Suele ser una figura carismática, no con la fuerza del profeta pero sí con la suficiente para movilizar masas enteras. Tiene una narrativa, para usar el lenguaje de nuestro tiempo. Encuentra adhesiones porque tiene algo que contar, algo que ofrecer, un destino al que llegar. Su signo puede ser negativo o positivo, puede ser Mussolini o Gandhi, Hitler o Mandela. En todo caso, lo más deseable es que la mujer y el hombre de la calle tengan las condiciones necesarias para poderse formar en su propio sentido, en sus propios significados. No obstante, mientras construimos esas condiciones acaso se precise cierto liderazgo carismático constructivo. 

Venezuela se muere porque está al final de un ciclo. Regresa a su nido, a su origen, para morir. En el inicio está el mito. El Dorado rentístico se agotó. El modelo de “desarrollo” económico que impulsó aquel relato ya no satisface las necesidades de un país que creció. La revolución ya no ilusiona. Se quedó vacía con el vano intento de construir desde arriba un socialismo a base de renta y despilfarro, un Dorado socialista. Quebrado el sistema económico, agotado el sistema político y con un mito disfuncional, Venezuela se acerca a su nido para finalizar un ciclo. En el horizonte unas elecciones, el 28 de julio según lo programado. Los oferentes parecen carecer de narrativa para un electorado sediento de un nuevo sentido para sus vidas en Venezuela. Hasta el momento, poco o nada tienen para ofrecer. Quienes ostentan el gobierno dicen, después de un cuarto de siglo, que tienen un proyecto en mente. No muestran contenido alguno. ¿Tendrán alguno para mostrar? Quienes ostentan la oposición en su fragmentación no dicen sino lo de siempre: “si se van ellos (el gobierno) todo cambiará”. Parece que el cambio será por arte de magia. ¿Será que no tienen narrativas atractivas porque sus relatos pertenecen a nuestros mitos ya desgastados? ¿Será que en realidad unos y otros de estos oferentes, de estos candidatos, son sólo expresiones de sectores sociales privilegiados en busca de permanecer disfrutando el botín de los recursos del Estado o de quitárselo a sus actuales usufructuarios para recapturarlo? ¿Será esto lo que diferencia a oficialismo y oposición? ¿No es lo que han mostrado los dos gobiernos, el oficial y el fantasioso pero costoso paralelo? ¿O emergerá en estos tiempos funestos, distópicos, un discurso que le dé significado a un auténtico empoderamiento económico, político y sociocultural de los venezolanos en el marco de un nuevo horizonte fuera del campo minero, un horizonte sustentable, uno que nos haga resurgir de nuestras cenizas? Ojalá comience este resurgir tan pronto como el próximo domingo de resurrección. Ojalá.

Publicado originalmente en el portal Aporrea el 27 de marzo de 2024: Artículo