viernes, 14 de diciembre de 2018

Retórica: para iniciarse en su estudio (Javier B. Seoane C.)

Los sentidos de la retórica

Retórica, sin duda una palabra usualmente cargada de mala fama por largos trechos de la historia, viene de la palabra griega “rétor”, que se traduce en latín por “orator” y que significa “orador”, siendo la retórica el estudio relativo a la oratoria. Asociada no pocas veces con engaño, sofisma, ornamento vacuo del discurso, la retórica, curiosamente, ha disfrutado de sus mayores esplendores en períodos democráticos. Así lo fue en la Grecia de Pericles, durante la consolidación de la república en Roma o después de la segunda guerra mundial. Al contrario, su mala fama frecuentemente ha marchado en conjunto con concepciones autoritarias cuando no totalitarias. Para entender mejor de qué va este asunto, pasemos revista brevemente a cinco modos de entender esta palabra:

1. Retórica como función embellecedora de los discursos hablados y escritos.

2. Retórica como uso sofístico, engañoso, del lenguaje. Así, resulta frecuente acusar a otra persona de ser puramente retórica para acusarla de querernos engatusar, o desviarnos intencionalmente de una buena discusión con el propósito de vencer erísticamente en una controversia sin mayores miramientos éticos. O hablamos de una pregunta retórica cuando ya contiene la respuesta, siendo así una falsa pregunta.

3. Retórica como disciplina cuyo objeto consiste en las formas y propiedades del discurso suasorio.

4. Retórica como arte, en el sentido de técnica, del buen decir para persuadir con eficacia.

5. Retórica como dimensión suasoria propia de todo discurso.

La significación 2 descansa en la mala fama de la retórica. Muchas veces se trata de un prejuicio de quienes creen que el decir debe ser claro, preciso y distinto. Si las ideas son claras y distintas, como gustaba a Descartes, entonces, ¿por qué no usar también el lenguaje de la forma más clara y distinta que se pueda? Si, por el contrario, el lenguaje se presenta enrarecido, confuso, los defensores de la claridad y la economía en el discurso dirán que, o las ideas no están claras o si lo están se quieren obscurecer con alguna intención inconfesada. Los cartesianos tienen como lenguaje ideal por su claridad y distinción el lenguaje matemático y ello no está mal a menos que pensemos que el lenguaje matemático puede extenderse a todo discurso humano. Y es que si lo extendemos estamos suponiendo que todo en el mundo se adapta a un lenguaje caracterizado por su univocidad y racionalidad, lo que no pasa de ser un compromiso metafísico injustificable. Ya Aristóteles señalaba que el terreno de la retórica no era la demostración, que corresponde al terreno de la matemática, sino el terrenos de la deliberación y la persuasión.

La significación 1 suele marchar pareja con la segunda. Las intenciones no loables, enrarecedoras, apelarán no pocas veces al embellecimiento de los discursos. Así, el estafador suele ser un hombre o mujer encantador que nos cautiva con palabras y modismos para después engañarnos vilmente en nuestra buena intención. El demagogo exitoso igual. El eficiente propagandista de productos dañinos otro tanto. Hay, por tanto, un uso retórico del discurso bien perjudicial.

Pero no todo embellecimiento del discurso ha de considerarse negativamente. ¿Es dañina la poesía? ¿La literatura? ¿La palabra honesta del enamorado? ¿El sincero discurso que homenajea a una mujer tan valiosa como Juana de Arco o a un hombre tan pacifista como Gandhi? No se puede asociar belleza del discurso con maldad. Subyace más bien una dimensión ética del discurso que marcará el carácter benéfico o maléfico de la presentación retórica del discurso.

La definición 3 circunscribe la retórica a una disciplina, tan antigua como Aristóteles y más. Sería, bajo esta significación, un estudio sistemático dirigido al análisis de la función suasoria del discurso que podría guardar estrecha relación con la cuarta forma enunciada: arte de la persuasión mediante el decir. Nótese que preferimos usar “decir” que “palabra”, pues no todo decir acontece mediante la palabra. También se dice mediante imágenes, señas, música y silencios.

Un reconocido estudioso de la retórica como disciplina, Heinrich Lausberg, señala que el aprendizaje de un accionar humano, y la retórica es un accionar tal, puede acontecer por imitación de un modelo o ejemplo o mediante la técnica que facilita la comunicabilidad del aprendizaje al asentarse de forma teórica, sistemática (1975, pp. 60-1). La retórica en tanto que arte o técnica puede aprenderse de modo teórico, estudiando su disciplina, sin descartar el aprendizaje por emular un ejemplo.

En la tradición formativa medieval la retórica constituía una materia o disciplina del trívium junto con la gramática y la dialéctica o lógica. Al lado de este trívium o tres caminos para llegar a los saberes se encontraba el quadrivium, otras cuatro vías importantes integradas por las disciplinas de la aritmética, la geometría, la astronomía y la música. El trívium se orientaba a la palabra y el quadrivium al cálculo. Trívium y quadrivium, las artes llamadas entonces liberales, eran la base de la educación y formación de los gentiles, base de unas competencias para aprender a aprender y que quizás hoy deberíamos revisar para repensar nuestra educación cargada de contenidos y olvidada no pocas veces de lo fundamental. De este modo, relacionar retórica con disciplina o materia tiene una larga historia entre nosotros, por lo que no se trata de un vínculo impertinente. La retórica, efectivamente, puede entenderse como una disciplina que nos dota de una técnica para decir lo que hay que decir con propiedad suasoria, bien para persuadir, bien para disuadir. Se trata de un arte psicagógico: induce el cambio de las almas mediante el decir.

Si nuestro decir tiene un sentido algo queremos comunicar con el mismo, y si queremos hacerlo con eficacia no deberíamos menospreciar la dimensión retórica del discurso. De este modo, sin menospreciar ninguna de las cinco significaciones presentadas queremos en este capítulo privilegiar el entendimiento de la retórica como dimensión inherente a todo discurso, dimensión que configura la forma suasoria de la presentación del discurso. Pues el discurso como acto de habla complejo tiene objetivos ilocucionarios y perlocucionarios, pretende algo y quiere llegar a su auditorio con un propósito determinado. Busca que su auditorio valore algo, o desprecie alguna cosa o persona, o aprenda algo, o… Sea lo que sea, el discurso lo pronuncia alguien y se dirige a alguien con un designio buscado. Su forma de organizarse y de presentarse constituye su dimensión retórica.

Como en el caso ya tratado de la lógica informal, el campo propio de la retórica es lo probable, lo verosímil, no la demostración matemática, geométrica o lógico formal que no precisa de mayor persuasión. La demostración de estas ciencias formales se dirige a un auditorio universal mientras que la retórica se dirige a auditorios particulares.


Res, verba y las operaciones retóricas

La primera distinción retórica importante consiste en res (cosa, materia) y verba (palabra, decir). La res trata la materia sobre la que discierne el discurso retórico, mientras que verba trata la forma cómo ha de presentarse esa materia. El discurso adecuado comprenderá el estudio y análisis tanto de la res como de las verba. Así, a la retórica le concierne tanto la estructuración interna del discurso, su organización, como la estructuración externa, la relación con el auditorio y su contexto (Albaladejo, 1991, p. 43).

La configuración de un texto retórico pasa en primera instancia por establecer bien la res, la materia del discurso. Se trata de las ideas que estructuran el discurso, la materia sobre la que este discurre. La res se divide, a su vez, en una operación semántica y otra sintáctica (Albaladejo, 1991, p. 46). La primera remite a la extensión del contenido, lo que ha de abarcar, el referente discursivo, mientras que la segunda remite a la intensionalidad de lo tratado, la cuestión del sentido y significado.

En cuanto al establecimiento de las verba, encargada de la presentación verbal del discurso, la cuestión radica en la comunicación óptima que se pueda lograr para conseguir el efecto suasorio. Resulta menester para ello el mejor conocimiento que se pueda obtener del auditorio receptor del discurso, manteniendo la vigilancia de la importante distinción entre contexto de producción y contexto de recepción del discurso. Un buen orador ha de informarse acerca de a quién se va a dirigir, de sus prejuicios, opiniones y creencias, de sus afectos y emociones, de sus valores y actitudes. Para lograr el efecto deseado no se ha de escatimar en el esfuerzo de informarse sobre el receptor del discurso.

Desde la sistematización de la disciplina realizada a partir de Aristóteles se considera que para que el hecho retórico se consume exitosamente se ha de satisfacer, además, una serie de operaciones retóricas, a saber, inventio, dispositio, elocutio, memoria, actio o pronuntiatio. Cada una de las cuales mantiene un vínculo bien con la res, bien con las verba, bien con ambas. La inventio, la dispositio y la elocutio son las operaciones propiamente constituyentes del discurso (Albaladejo, 1991, p. 58). Una vez elaborado el discurso operarán la memoria y la actio o pronuntiatio.

A la inventio le concierne encontrar y definir la materia del discurso, las ideas que ha de sustentar argumentativamente el mismo. Es la operación retórica inicial, que opera directamente con la res en cuanto al ámbito extensional de ésta, que establece las bases de todo el discurso y de su alcance referencial, de modo que la solidez o debilidad de éste dependerá directamente de este momento original. No hay fórmula o algoritmo alguno que pueda guiarnos en el proceso de la inventio, como tampoco en las operaciones retóricas subsecuentes. Habrá aquí siempre una combinación de talento, disciplina y hasta fortuna que precisarán de la virtud de la frónesis, de la prudencia, si bien la experiencia retórica será siempre la base de sabiduría que articule esa deseada combinación, del mismo modo que la experiencia lo es también para el carpintero o el orfebre. La oratoria, en este sentido, se cultiva como se cultiva cualquier oficio. Así que, de antemano, le deseamos que cultive sus talentos con disciplina y que no le falte la suerte a la hora de encontrar la materia de su discurso.

A la inventio sigue la dispositio, operación encargada de estructurar el orden, la disposición de las ideas o materia del discurso. Se trata de la operación organizadora de la res en su ámbito propiamente intensional, es decir, en lo que refiere a las relaciones entre las ideas para dotarlas de sentido y significado. Por ello, la dispositio jerarquiza la materia del discurso y establece los nexos entre las partes argumentativas del discurso. Los clásicos Cicerón y Quintiliano recomiendan disponer los argumentos más débiles en el medio de la cadena argumentativa, dejando los más fuertes para el comienzo y final de esta cadena, pues el auditorio tiende a recordar con más facilidad el comienzo y el final, ganándose con más facilidad la anuencia de los escuchas o lectores. Este factor ordenador establece las bases sobre las que discurrirá las verba, por lo que en esta operación ya comienzan a integrarse materia y forma discursivas.

Lograda la dispositio, al menos en su forma inicial, sigue la operación de la elocutio, caracterizada por la estructuración de la verbalización del discurso. Propiamente aquí se estructura el discurso en sus partes clásicas de exordio, narración, argumentación y peroración que trataremos más adelante. Se vincula la elocutio con la definición del estilo discursivo, especialmente en la busca de figuras y tropos que faciliten la actividad suasoria. A la elocutio le concierne, entonces, las verba. Con esta operación finaliza la parte constitutiva del discurso retórico.

La memoria  y la actio o pronuntiatio frecuentemente se reducen a la elocutio en muchos tratados de retórica, pues sólo operan una vez elaborado el discurso para actualizarlo en su presentación efectiva ante un auditorio. En el caso de los textos escritos nada de extraño tiene quedarse en el plano de la elocutio, pero no cabe decir lo mismo para los discursos orales. No obstante, precisamos seguidamente algunas de sus singularidades. La memoria ha sido una de las operaciones menos tratadas, mas de no memorizarse de algún modo efectivo el discurso actualizarlo en la pronuntiatio será cuesta arriba y no se logrará el efecto suasorio. La memoria está concernida con res y verba, pero se ha de privilegiar la memorización de la primera, esto es, de la materia argumentativa del discurso y su ordenamiento orgánico. En otras palabras, lo más importante de la memoria consiste en el logro de recordar la estructura lógica de razones que sustentan el acto retórico. Lo esencial ha de ser el objetivo del discurso y los nexos o transiciones entre sus ideas constituyentes. Nada hacemos memorizando palabra por palabra, lo fundamental es la cadena de argumentos. Por lo demás, abunda literatura sobre técnicas de memorización y cultivo de la memoria.

La pronuntiatio o actio actualiza el discurso frente al auditorio, lo presenta definitivamente. Muchos considerandos entran aquí en juego: la voz, el cuerpo, el escenario o el vestuario juegan su papel para lograr la benevolencia del auditorio. Hay aquí una dimensión dramatúrgica y muy sociológica que no ha de despreciarse jamás, si bien no se ha de buscar artificialmente pues develará fácilmente que el orador no está convencido de lo que dice. La naturalidad de la presentación dramatúrgica marcha, sin duda, a la par del convencimiento que el rétor tenga de lo que transmite. También en cuanto a la pronuntiatio o actio hay abundante bibliografía con no menos abundantes técnicas.


Docere, delectare, movere

La dimensión retórica del discurso descansa en su función y grados suasorios. El discurso persuade y disuade, sugiere, invita, amplifica o matiza asuntos. Busca llegar a su auditorio y ganárselo para una apreciación, una idea o una acción. Para ello, el discurso debe enseñar su objeto, instruir sobre su importancia. Si el discurso quiere ganarse la voluntad del auditorio con relación a lo que enseña ha de deleitarlo y moverlo. Deleitarlo para que el auditorio aprenda con disfrute, lo que hará más fácil el aprendizaje de lo que se enseña. Y puesto que el discurso busca persuadir o disuadir trata de mover al auditorio en una de esas direcciones suasorias. La dimensión retórica del discurso, para decirlo técnicamente, se integra por docere, delectare y movere; en roman paladino, o, mejor aún en cristiano, el discurso se integra retóricamente por su enseñar algo de un modo atractivo para persuadir a su auditorio sobre lo que enseña.

Estos componentes de la dimensión retórica del discurso varían según los fines que se proponen al auditorio. Si el discurso se dirige a unos doctores a quienes presentamos nuestra tesis doctoral predominarán los argumentos que la justifiquen, con lo que el docere jugará un papel preponderante sobre el delectare y el movere, sin menosprecio de estos últimos. Si el discurso se pronuncia para agasajar un invitado honorable se realzarán los componentes del delectare y el movere, en lugar del docere, sin que este desaparezca totalmente. Un discurso óptimo considerará los tres componentes distribuidos de modo acorde con el objetivo discursivo, pues resultará deseable un provecho intelectual que resulte atractivo y persuada a pensar y actuar correctamente.


Los tres componentes retóricos se vinculan, a su vez, con el sustento en el que se quiere apoyar el discurso para influenciar al auditorio en la dirección que el orador desea. Fundamentalmente hay tres apoyos: en el logos, en el ethos y en el pathos. El apoyo en el logos descansa en razones que influyen intelectualmente en el auditorio. El ethos procura influir mediante valores reconocidos por la comunidad del auditorio o en el reconocimiento que este haga del propio orador como sujeto respetable y hasta honorable. En cambio, influir mediante el pathos apunta a exaltar sentimientos, afectos, emociones y pasiones que el orador o rétor reconoce como propios del auditorio.

Personajes como Gandhi, Mandela, Martin Luther King influían fácilmente con su misma presencia a partir del ethos, del reconocimiento moral que fácilmente obtenían en la mayor parte de los auditorios a los que se dirigían. La publicidad y los mítines en campañas electorales se dirigen usualmente a mover las pasiones y sentimientos del auditorio. No obstante, una vez más hablamos aquí de predominios, nunca de exclusiones. Un mismo discurso puede influir su auditorio empleando tanto el logos como el ethos y el pathos.

Conocer el auditorio, sus valores, actitudes, creencias y sentimientos resulta imprescindible para que el discurso resulte exitoso. Un buen orador busca, de serle posible, un conocimiento previo del auditorio que quiere persuadir. De lo contrario, dará palos de ciego. Así, el fenómeno retórico demanda mucho trabajo a aquel que quiera establecer un vínculo con sus oyentes mediante los componentes del docere, delectare y movere y apunte su influencia con base en el logos, el ethos y el pathos.


Los géneros retóricos

Desde Aristóteles, primer gran sistematizador de la disciplina retórica, se habla de tres géneros retóricos, a saber: el género forense o judicial, el género deliberativo y el género epidíctico o demostrativo. Se trata de tres formas que puede adquirir el discurso y su posicionamiento retórico bien sea para juzgar algo sucedido, decidir acerca de lo que ha de suceder o conmover sobre lo valioso o lo vituperable. Cada género tiene características propias que lo distinguen con precisión de los otros dos.

En el caso del género forense o judicial el discurso se estructura sobre la baso de un caso que se juzga, por lo que suele referirse a un tiempo pretérito, a algo que ya aconteció y sobre lo que se amerita un juicio. La persuasión atañe frecuentemente a lo justo o injusto de lo ocurrido y del papel de los responsables a los que se les imputen culpabilidad. El auditorio u oyente se considera usualmente árbitro en la disputa que suele oscilar entre una parte defensora y otra acusadora. Como señala Pujante (2003, p. 92), el discurso forense tiene un fuerte aspecto dialéctico por el carácter controversial que presentan las dos posiciones, el cómo se enfrentan una a otra y en cómo emplean los datos y testimonios disponibles para justificar su juicio.

Si bien el nombre de judicial o forense vincula este tipo de discursos retóricos con el ámbito jurídico, no hemos de ser restringidos en su consideración. Su lugar paradigmático será un tribunal de justicia en el que se esté llevando a cabo un proceso de juicio criminal, pero allí donde consigamos una disputa de juicios acerca de un acontecimiento y sus responsables estaremos ante el género judicial. Por ejemplo, cuando disfrutamos como espectadores de un partido de fútbol y disputamos acerca de si determinada jugada que ha ocurrido es penalti o no, de quien es el responsable del mismo o de si se cobró bien o no, o de si el director técnico planteó las tácticas y estrategias adecuadas para ganar al rival, sin duda la disputa transcurrirá en los terrenos del género judicial. Igual puede decirse con relación a otros tipos de controversias sobre decisiones morales, políticas o de otro tipo y su conveniencia o adecuación por parte del actor o actores que las tomaron.

El género judicial ha sido el más estudiado por los retóricos clásicos por su carácter paradigmático. Es el discurso que suele contar con las cinco partes típicas del exordio, la narración, la argumentación, la refutación y la perorata o epílogo, partes que más adelante explicaremos. Además, en este género suele ponerse fácilmente en evidencia la condición hermenéutica del lenguaje que presentamos en el primer capítulo, pues la defensa y la acusación suelen hacer uso de unos mismos datos para justificar sus respectivas interpretaciones.

El género deliberativo también se orienta al auditorio u oyente la más de las veces como árbitro, pero a diferencia del judicial su tiempo predominante no es el pretérito sino el futuro en tanto que apunta a la toma de decisiones para que algo acontezca o se evite, para persuadir o disuadir acerca de una elección. Hablamos aquí del género de las consultas, del ejercicio político en auditorios tipo asambleas; hablamos del género que predomino en las prácticas políticas democráticas.

No porque el género deliberativo se asocie con asambleas políticas ha de reducirse a éstas. Cuando una junta de accionistas de una empresa se reúne para nombrar una junta directiva o tomar decisiones administrativas determinadas, cuando una asociación de vecinos delibera sobre las mejoras a la comunidad u otros asuntos, cuando dos o más amigos discuten para decidir a qué cine asistir y qué película ver, estamos ante casos deliberativos. Y como estos hay infinidad de ejemplos más. En todo caso, en este género siempre nos encontraremos con decisiones a tomar para guiar cursos futuros de acción.

El género epidíctico o demostrativo hace de su auditorio un espectador. Se caracteriza por enaltecer o vituperar a alguna persona, personas, objeto u objetos. Se centra en el componente delectare más que en el docere, y, en segunda instancia, en el componente movere. Y es que el enaltecimiento o desprecio se sustenta sobre el pathos primero y el ethos después del auditorio y el orador, por lo que prevalecen consideraciones estéticas del discurso. Su tiempo es el presente, su objetivo la exaltación, su método la amplificación de los rasgos de lo que se pretende exaltar.

Para Pujante (2003, p. 87) el discurso epidíctico suele prevalecer cuando la orientación discursiva política oratoria pierde vigencia debido a contextos no democráticos. Ello guarda relación en que el discurso ya no se emplea para deliberar o juzgar responsabilidades sino para exaltar la figura de un César o distanciarse de lo político como tal hacía lo poético. Cuando damos un discurso para homenajear a un colega, cuando en una discusión exaltamos el carácter de una persona, o de una religión, o de la naturaleza, o de otra cosa u objeto, estamos moviéndonos en el género epidíctico o demostrativo.

En el desarrollo histórico de la disciplina retórica podemos encontrar otras clasificaciones de géneros retóricos, pero  casi toda obra clásica remitirá a los tres géneros aquí presentados por ser estos los básicos.


Las partes del discurso

Sin llegar a absolutizar la tradicional división retórica de las partes del discurso, hay que decir que en la mayoría de los casos, y especialmente a la hora de elaborar un discurso, se debe tener en cuenta el exordio, la narración, la argumentación y la peroración o epílogo. Se trata de una estructura lógica que organiza al discurso para su introducción, desarrollo y conclusión.

El exordio equivale al comienzo del discurso, a su introducción al auditorio. Además de señalar el objetivo del discurso tiene la función de lograr el interés y buena disposición de los oyentes o lectores. El exordio evita que el discurso inicie violentamente, prepara al auditorio para lo que se va a tratar, por lo que se recomienda brevedad en el mismo así como claridad a menos que determinadas circunstancias empujen a la insinuación. En todo caso, el exordio bien elaborado partirá del conocimiento que se tenga del auditorio, buscará ganar la atención de éste, por lo que no es de extrañar que muchas veces predomine el componente delectare, y, tratará de lograr la benevolencia de los escuchas o lectores por lo que también el movere jugará un importante papel.

La narración (narratio) consiste en la presentación de los hechos y datos pasados si se trata del género judicial, futuros si se trata del género deliberativo o relativo al personaje u objeto que se quiere exaltar en el caso del género epidíctico. El componente más fuerte aquí es el docere  en el sentido de que se busca mostrar la información que apoya al discurso. Salvo excepciones vinculadas con auditorios específicos o circunstancias dadas, la narración deseable ha de caracterizarse por la claridad, brevedad y verosimilitud (Pujante, 2003, p. 102).

La argumentación es la parte del discurso que canónicamente sigue a la narración. Su finalidad consiste en justificar la posición propia que se defiende y refutar las posiciones opuestas. Una vez más predomina aquí el componente docere en cuanto se trata de persuadir mediante el intelecto usando estrategias argumentativas, muchas de las cuales hemos tratado ya en este curso. Del mismo modo se valora en esta parte, salvo casos excepcionales, la claridad, brevedad y verosimilitud.

La peroración, epílogo o conclusión cierra el discurso. Canónicamente la peroración ha de recapitular lo más importante y valioso del discurso para reforzar la memoria del auditorio. Se busca aquí la economía yendo sólo a lo más relevante, a lo que vale la pena volver a destacar. En tanto que el cierre debe reforzar la benevolencia del oyente o lector, ha de emplear un lenguaje caracterizado por los componentes delectare y movere, basándose en el ethos  y el pathos. Se busca, al igual que en el exordio, la simpatía de a quién nos dirigimos.


Lenguaje figurado

La complejidad del hecho retórico se manifiesta en el empleo del lenguaje con propósitos suasorios. Los componentes delectare y movere, como también en segundo plano el docere, impulsan el uso estético del lenguaje con dichos propósitos. Entra en juego aquí el lenguaje figurado, aquel que recibe su nombre por estar sustentado en figuras y tropos.

Para no confundir tropos y figuras distingamos que los primeros refieren a palabras y los segundos a sintagmas, es decir, a conjunciones de palabras. La amplitud de los catálogos de unos y otros no permite tratar la variedad de figuras y tropos en estas líneas, baste como ejemplos de figuras el oxímoron, la paradoja o antilogía, el símil, la ironía, la reiteración o la hipérbole. Baste como ejemplos de tropos la metáfora, la metonimia y la sinécdoque.

El uso figurado del lenguaje no sólo cumple una función embellecedora y suasoria en el discurso, también puede cumplir funciones heurísticas, esto es, alicientes que acrecientan el pensamiento y abren campos de investigación. El uso de tropos y figuras, por otra parte, es muy común, desde las ciencias naturales hasta las religiones, siendo transversal a todo discurso. Hablamos, por ejemplo, de corriente eléctrica en física aunque el término “corriente” procede de la hidráulica. En cierto sentido, y como decía Nietzsche, todo el lenguaje es una gran metáfora del mundo.

Por otra parte, la atención sobre el uso de tropos y figuras en el discurso descubre el modo de pensar que subyace al discurso. Un discurso sociológico que emplea metáforas procedentes de las ciencias de la salud descubre una forma de concebir la sociedad como un gran organismo animal y, seguramente, una visión del sociólogo semejante a la de un médico. Distinto será el caso si el discurso usa metáforas cibernéticas, mecánicas o astronómicas. Hay muchas familias de metáforas ―bélicas, mercantiles, lúdicas, exploradoras, marineras, constructoras, deportivas, etcétera― y cada una que se emplee dice mucho de quien la emplea. De modo que el lenguaje figurado habla por sí mismo de un estilo de pensamiento, para decirlo con Mary Douglas.

A la hora de elaborar un discurso que se manifieste como una tesis académica, una monografía, una presentación de power-point, una conferencia, un video, etcétera, no olvide la importancia del lenguaje figurado, trate de tornarse más consciente de su uso.

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Caracas, diciembre de 2018

martes, 4 de diciembre de 2018

Conocer y deber en Max Weber (Javier B. Seoane C.)


 

Prof. Javier B. Seoane C.


          Las líneas que siguen fueron elaboradas en función de estudiantes interesados en una obra tan prolífica como la de Max Weber (1864-1920). En ese sentido, a ellos van dirigidas las próximas páginas. Pretendemos aproximarnos a la concepción que este pensador tuvo sobre el conocimiento de lo social y su relación con las prácticas sociales. No buscamos la originalidad, buscamos simplemente tratar de surcar un breve lindero tomados de la mano de este genio de las ciencias de la cultura. Espero que logremos asirnos bien de su mano. Comenzaremos con una aproximación a su reflexión epistemológica sobre las ciencias de la cultura y concluiremos con un par de críticas a su postura, críticas que en todo caso jamás desmeritan tan magna obra.

La reflexión de Max Weber sobre el conocimiento de las ciencias de la cultura aparece en el contexto generado por el Methodenstreit alemán de finales del siglo XIX. Parte importante de esta disputa sobre el método en las ciencias tiene su origen en la reacción contra el positivismo de Wilhelm Dilthey, y en las respuestas que a éste dieron, sobre todo, los neokantianos Wilhelm Windelband y Heinrich Rickert.

Dilthey afirmaba que las ciencias del espíritu requerían de un método distinto del de las ciencias naturales, puesto que el objeto de estudio de las primeras era de naturaleza diferente del objeto de las segundas. El método tenía que estar en función del objeto de estudio. Luchaba contra el racionalismo uniformador del positivismo y su metafísica naturalista: mientras el mundo de la naturaleza se presenta extraño al sujeto epistémico, el mundo humano, objeto de las ciencias del espíritu, constituye a dicho sujeto y le es familiar. Dilthey dirá entonces que el estudio de lo humano demanda comprensión (Verstehen), pues se trata de un mundo significativo, lleno de vida. Las ciencias naturales no requieren comprender sino explicar los fenómenos naturales, pero las ciencias del espíritu no pueden explicar sin comprender.

          Como lo entendió la escuela neokantiana, especialmente con  Windelband y Rickert, la propuesta de Dilthey resultaba metafísica, pues tenía que postular  a priori ontologías diferentes para “la naturaleza” y para “el espíritu”. Por tal razón, para estos pensadores el problema de las ciencias del espíritu quedaba abierto. Para Windelband, la diversidad de las ciencias no remite a diferencias ontológicas de los objetos sino a la orientación marcada por los intereses cognoscitivos. Puestas las cosas así, existen explicaciones nomotéticas, cuyo conocimiento se orienta al establecimiento de leyes generales; y, explicaciones idiográficas, orientadas hacia la singularidad de los fenómenos. La oposición ontológica entre “naturaleza” y “espíritu” pierde sentido, pues tanto las ciencias naturales como las ciencias sociales pueden orientarse nomotética o idiográficamente.

          Heinrich Rickert, a diferencia de Windelband, reinstala la diferencia objetiva entre los dos tipos de ciencias sobre nuevas bases:[1] las ciencias de la cultura son ciencias de objetos valorativos, de bienes culturales, mientras que las ciencias de la naturaleza no han de considerarse de este modo. Coincide con Windelband en cuanto a la orientación general de las últimas y la orientación individual de las primeras. Por supuesto, ello introduce el problema de la objetividad, pues, ¿cómo ha de ser objetiva una ciencia que trata con valores? Rickert propone una solución: “El progreso esencial en las ciencias culturales, en lo que se refiere a su objetividad, a su universalidad y a su conexión sistemática, depende del progreso que se realice en la elaboración de un concepto objetivo y sistemáticamente organizado de la cultura; es decir, que depende de que nos acerquemos a una conciencia de los valores fundada sobre un sistema de valores válidos. En suma: la unidad y objetividad de las ciencias culturales está condicionada por la unidad y objetividad de nuestro concepto de la cultura, y ésta, a su vez, por la unidad y objetividad de los valores que valoramos.”[2] La propuesta de Rickert se encierra en un objetivismo ético, lo que la empuja nuevamente a la metafísica. Es en el marco de este contexto que cobra sentido la postura epistemológica que adoptó Max Weber.

La posición de Weber desde su concepción de sujeto epistémico


Weber se sustenta sobre las tesis neokantianas de Windelband y Rickert, a partir de las cuales es menester distinguir entre realidad fenoménica y realidad en sí. Para Weber no puede haber descripciones completas y exactas de la realidad, pues ellas siempre escapan a la finitud del sujeto epistémico. Por consiguiente, la realidad, en tanto que realidad fenoménica, es siempre un recorte, una selección hecha desde un sujeto que mantiene relaciones de valor con su cultura, tal como lo afirma Rickert.

Weber no niega totalmente las tesis de Dilthey, lo que niega es el carácter metafísico que las mismas revisten. Por el contrario, nuestro autor asume que la acción humana, a diferencia de la “acción” de los objetos de las ciencias naturales, es una acción significativa, cultural, cargada de sentido, la cual sólo se puede explicar comprendiéndola. La peculiaridad de los fenómenos culturales conlleva un tipo de causalidad diferente de la natural. Por consiguiente, las ciencias de la cultura y las ciencias de la naturaleza varían en cuanto al tipo de explicación que tienen que construir.

La selección de los problemas a investigar y el ordenamiento conceptual de los fenómenos está condicionado desde el comienzo por las relaciones de valor del sujeto con su entorno. Obviamente, ello limita la posibilidad de conocimiento de lo social si lo que se pretende es una objetividad absoluta, total, pues el sociólogo no es Dios: ni está fuera del mundo ni es omnisciente. Por el contrario, el sociólogo forma parte de un mundo sociocultural, desde el cual ha surgido la sociología ligada a demandas prácticas.[3] Tanto el sujeto, su disciplina y sus objetos de investigación están condicionados culturalmente de modo inexorable.

Los fenómenos culturales están cargados de significaciones y sentidos dados por los actores sociales en juego, por lo que las ciencias de la cultura demandan interpretación de las acciones para la consecución de las explicaciones. Se trata de fenómenos entramados en procesos continuos, sólo recortables por ejercicios de abstracción debidos al entendimiento humano, y que son constituidos por efecto de acciones sociales previstas e imprevistas. Todo ello, impulsa a Weber a introducir el Verstehen y la interpretación como condiciones de posibilidad del conocimiento de lo social. El investigador, el sujeto epistémico, tiene que comprender los contextos significativos y de acción de los actores sociales, sus motivaciones y valores, para interpretar las acciones acontecidas. Llegados aquí, cabe preguntarse, ¿en qué se diferencia el Verstehen propuesto por Weber del propuesto por Dilthey? Sin duda, una de las diferencias fundamentales recae en el rechazo weberiano al intuicionismo diltheyano. Weber quiere un Verstehen, una comprensión, controlada por argumentos y hechos fácticos.[4]

          En todo caso, arribamos a tres puntos que aparentemente, al menos desde el paradigma epistemológico positivista, atentan contra la posibilidad de la objetividad en las ciencias de la cultura, a saber,

a.) El sujeto cognoscente está condicionado por relaciones culturales de valor, por lo que su construcción del objeto de investigación está condicionada por valores sociales y culturales.

b.) Los fenómenos culturales son fenómenos fundamentalmente singulares que no se pueden aislar, por lo que su aprehensión depende de recortes causales en el tiempo seleccionados por el sujeto cognoscente. Por consiguiente, resulta imposible dominar las múltiples determinaciones que constituyen un fenómeno. El investigador siempre tiene que llevar a cabo una selección de las causas y factores que considera más relevantes.

c.) Los fenómenos culturales son singulares y complejos por ser fenómenos significativos. Es decir, son productos de acciones humanas orientadas por un sentido, por lo que el investigador requiere llevar a cabo una comprensión interpretativa para su explicación.

          Los tres puntos remiten al proceso de selección que realiza el sujeto epistémico en la construcción de su objeto de investigación. Pero, nos dice Weber, una vez seleccionado este objeto, el investigador puede investigar sólo sobre la base de juicios de hecho. En este sentido, y por usar una terminología clásica en la filosofía de la ciencia, Weber separa el contexto de descubrimiento del contexto de justificación.

          Nos disponemos ahora a discutir las condiciones de posibilidad del conocimiento científico, objetivo, en el seno de las ciencias de la cultura. Partimos de las siguientes tesis:

1.) De que haya relaciones de valor en la construcción del objeto de la investigación, no se sigue necesidad lógica alguna de que los resultados de la investigación carezcan de objetividad.

2.) Entre el input de la investigación marcado axiológicamente, y la posibilidad objetiva del resultado, media el uso adecuado del método y el pensamiento orientado a la explicación causal de los fenómenos. La demostración lógica y la contrastación empírica, sobre todo en cuanto a las imputaciones causales, determinan la objetividad final de una investigación, si bien su punto de partida resulta siempre de una perspectiva particular.

3.) La objetividad en el marco de la reflexión weberiana es de orden procedimental, relativo a la imputación causal y las reglas de experiencia, no en orden a la correspondencia estricta entre teoría y hechos.

4.) Para el procedimiento metodológico weberiano la categoría de totalidad se vuelve muy importante, pues es la misma la que puede dar significado a los fenómenos singulares y desde la cual cabe plantearse una lógica de imputación causal. Empero, y de acuerdo con las premisas fenomenológico-kantianas de Max Weber, la idea de totalidad es sólo una idea regulativa, carente de naturaleza ontológica.

          Ad 1 y 2.) La construcción del objeto de la investigación está condicionada socioculturalmente. Se trata de un recorte subjetivo realizado sobre una realidad infinita. Ello parecería atentar contra la posibilidad del conocimiento objetivo en las ciencias sociales. Empero, Max Weber afirma que de la relación de valor cultural presente en las ciencias sociales no se sigue necesidad lógica alguna de que los resultados de la investigación carezcan de objetividad.[5]

Las normas de nuestro pensamiento, el interés en la verdad que pretende tener validez universal, valdría decir, verdad universalizable, limitan la subjetividad del investigador en el proceso de investigación y en la exposición de sus resultados. Pero, y ya que aquí reside el meollo de la posibilidad de objetividad, ¿cómo entender todo ello? En otros términos, si el proceso selectivo en el que participa la subjetividad del investigador está presente en,  a) la selección de los fenómenos a estudiar; b) la selección de la cadena causal a reconstruir; y, c) la selección de los eslabones más significativos de la cadena causal; ¿cómo posibilitar entonces la objetividad?

Weber responde que en cuanto al punto “a” no se puede limitar al investigador en sus objetos de estudio. No obstante, obviamente estos últimos tendrán mayor o menor impacto en la medida en que los problemas trasciendan el mero ámbito psicológico del sujeto epistémico. La cuestión metodológica entra en juego precisamente cuando han sido seleccionados los objetos y ha comenzado la investigación. Por consiguiente, la posibilidad objetiva se juega en las selecciones que acontecen en los puntos “b” y “c”, esto es, en las imputaciones causales, pues es allí donde interviene el proceso de pensamiento y su lógica.

          Una vez realizadas las imputaciones causales, es menester, nos dice Weber, tratar de probarlas. Para ello, y en cuanto a reglas metodológicas, propone nuestro autor,  “(...) la primera y decisiva consiste en que, entre los componentes causales reales del proceso, suponemos uno o varios modificados en determinado sentido y nos preguntamos si, en las condiciones del curso de los acontecimientos transformados de este modo, ‘cabría esperar’ el mismo resultado (en cuanto a puntos ‘esenciales’) o bien cuál otro.”.[6]        

          Entonces, para la imputación causal, el proceso de pensamiento modifica los órdenes causales y experimenta imaginariamente los resultados de acuerdo con reglas de experiencia. ¿Qué entiende la metodología weberiana por reglas de experiencia? Dejemos que Weber hable: “De lo dicho no se sigue, naturalmente, que el conocimiento de lo general, la formación de conceptos de género abstractos, el conocimiento de regularidades y el intento de formular conexiones ‘legales’ carezcan de justificación científica en el ámbito de las ciencias culturales. Todo lo contrario; si el conocimiento causal (...) consiste en la imputación de resultados concretos a causas concretas, sería totalmente imposible, respecto de cualquier resultado individual, una imputación válida que no recurriese al conocimiento <<nomológico>>, es decir, el conocimiento de las regularidades de las conexiones causales.”[7]

De esta manera, siguiendo la experiencia sobre el conocimiento de las regularidades causales, y realizando el experimento imaginario señalado, resulta posible determinar dentro del modelo construido cuáles causas imputadas son accidentales y cuáles son adecuadas. Mientras la supresión o modificación de las primeras no cambiaría sustancialmente el fenómeno en estudio, las segundas sí lo harían.[8]

Ad 3.) Así mismo, este seguimiento de imputación causal, su reflexión lógica y su correspondencia con reglas de experiencia, podría ser seguido y comprobado o no por otros investigadores que se colocaran en la misma perspectiva. Es importante resaltar, entonces, que Weber valora el papel de la imaginación en el quehacer de las ciencias de la cultura. Además, es preciso recordar que, a pesar de la posibilidad objetiva en los procedimientos de investigación de estas ciencias, Weber mantiene su posición agnóstica con referencia al conocimiento pleno de la realidad. La lectura de ésta siempre es una interpretación. Así, la posibilidad objetiva en Weber no significa la correspondencia absoluta o muy próxima con los hechos. La objetividad, para nuestro autor, se dirige hacia los procedimientos de investigación, explicación y establecimiento de conclusiones.

          Ad 4.) Lo dicho se manifiesta de manera contundente en el problema relativo a la totalidad. Para captar la individualidad de los fenómenos es preciso tener una idea de la totalidad en la que están insertos.[9] Pero, obviamente, se trata de la categoría de totalidad como idea regulativa, no como afirmación ontológica sino metodológica. También aquí Weber es kantiano, pues, siguiendo a Trino Márquez, “La ciencia no estudia ni pretende atrapar intelectualmente ‘totalidades’. Su interés no es construir cosmovisiones.”[10]

La relación con la razón práctica. Neokantismo, ascesis científica y Modernidad.


           Para Weber resulta imposible derivar de lo que es lo que debe ser. Su epistemología de raíz kantiana marca también el camino hacia la ética, también de cuño kantiana, aunque mediada por Nietzsche. El terreno de los valores no científicos no es racional, lo que responde a su concepto de racionalidad teleológica. Por ello, se mantiene firme en lo que atañe a la separación entre razón teórica y razón práctica.

A la par, se mantiene consecuente con su teoría de la modernidad, conforme a la cual, se aprecian los procesos de autonomización de las esferas culturales y sociales: lo estético, lo ético, lo cognitivo, lo religioso, lo económico, lo político, etc., se autonomizan unos de otros desarrollando sus propios criterios de valor. Lo bueno puede resultar falso y lo verdadero puede tornarse feo, lo más económico puede resultar dañino y lo favorable en términos políticos puede resultar éticamente perjudicial.

Por otro lado, concibe la ética del científico desde el terreno ascético propio del protestantismo. El científico tiene una misión que lo aparta del contacto afectivo con el mundo como tal: el saber como fin en sí mismo. El análisis científico sólo puede darnos cuenta de los mejores medios para un fin dado, y hasta puede decirnos si el fin es o no viable, y si lo es a qué costo probable lo es y cuáles son sus posibles consecuencias. El juicio sobre fines sólo puede, entonces, decirnos los costos y consecuencias probables de cada uno de ellos dadas las condiciones existentes, pero no puede decirnos cuál se debe escoger. No obstante, en este sentido, la ciencia puede cumplir una función asesora y educativa.

La ciencia también puede ilustrar al actor que toma decisiones sobre el fondo cultural de las motivaciones que lo impulsan. El análisis puede permitir comprender los fines deseados por el actor, y en ese sentido, puede informar y educar, lo que no puede es emitir juicios de valor en lugar de juicios de hecho.

De acuerdo con lo dicho, y siguiendo la terminología de Robert Friedrichs, se puede decir que la sociología weberiana pertenece al modo sacerdotal. Para Weber la ciencia es el terreno de la racionalidad, mientras que la política es el terreno de la lucha de las pasiones y de la irracionalidad. En este sentido, Weber resulta un defensor a ultranza de la neutralidad axiológica, según la cual los juicios de hecho deben estar separados radicalmente de los juicios de valor. Hereda esto último de los positivistas decimonónicos, pero no su fe en que haya un patrón del progreso social que las ciencias puedan impulsar.

Para finalizar: dos críticas generales a las tesis de Max Weber


En primer lugar cabe resaltar que gran parte de la reflexión de Max Weber se ve limitada por su concepción estrecha de la racionalidad, la cual, considerada en su forma más acabada, está escrita en términos instrumentales teleológicos. No cuestiona esta noción de racionalidad ni parece plantearse posibilidades alternativas a la misma. Ello lo lleva a negar el juicio sobre los fines en el marco de la práctica científica. Pero también, en una crítica reciente de Jürgen Habermas,[11] lo lleva a considerar los tipos de acción social de una forma limitada, pues no comprende la acción comunicativa, u orientada al entendimiento, como un modo especial de acción. Weber parte del sujeto, del actor, pero no de la relación social. En su tipología piensa en términos de fines utilitarios, axiológicos o afectivos, pero no de la comunicación, del entendimiento. Así, en su esquema de los tipos de la acción social termina haciéndose trampa él mismo, pues presenta la acción racional con arreglo a fines como la racionalmente más acabada por atender a medios, fines, valores y consecuencias, mientras que la racional con arreglo a valores no atiende a las consecuencias, partiendo de esta manera de una ética de la intención y no de la responsabilidad.[12]

La crítica weberiana a las abstracciones positivistas y la recuperación de la comprensión para las ciencias sociales resulta de gran vigencia, sobre todo a la luz de la hermenéutica contemporánea. No obstante, su disrupción epistemológica entre ciencias naturales y ciencias sociales se encuentra superada, pues la misma se realiza desde el modelo newtoniano de ciencia, que ya en tiempos de Weber Albert Einstein estaba quebrando al darle al observador una posición activa en la construcción del objeto. En este sentido, tanto las ciencias naturales como las sociales responden a relaciones de valor y los científicos son activos en la construcción de la realidad. Weber aún mantiene una concepción dura y algo ingenua de las ciencias naturales.

Empero, y sin duda pudiendo establecer muchas otras críticas, la obra de Max Weber sigue siendo un punto de referencia obligado para una gran parte del quehacer de las ciencias sociales. Sus categorías sociológicas, su análisis de la modernidad, su epistemología y su sociología de las religiones siguen manteniéndose casi incólumes.




[1] H. Rickert: Ciencia cultural y ciencia natural, Austral, Buenos aires 1943; pp. 50-51. Nos dice en un conocido pasaje: “Una división en ciencias naturales y ciencias culturales basada en la especial significación de los objetos de la cultura podría manifestar mejor la oposición de intereses que separa en dos grupos a los investigadores; por eso la distinción entre ciencia natural y ciencia cultural me parece propia para substituir la división corriente de ciencia de la naturaleza y ciencia del espíritu.” Ahora bien, ¿cuál es la base de la distinción para Rickert? Al respecto nos dice: “Por mucho que estiremos esta oposición, siempre supondrá necesariamente que en los procesos culturales está incorporado algún valor, reconocido por el hombre y en atención al cual el hombre los produce o, si ya existen, los cuida y cultiva. En cambio, lo que ha nacido y crecido por sí, puede considerarse sin referencia a valor alguno; y debe considerarse así si realmente no ha de ser otra cosa que naturaleza en el indicado sentido. (...) Los procesos naturales no son pensados como bienes y están libres de toda relación con los valores. Por lo tanto, si de un objeto cultural se retira el valor, queda reducido a mera naturaleza. Por medio de esta referencia a los valores, referencia que existe o no existe, podemos distinguir con seguridad dos especies de objetos; y sólo por ese medio podemos hacer la distinción, porque todo proceso cultural, si prescindimos del valor que en él resida, tendrá que considerarse como relacionado con la naturaleza y, por ende, como naturaleza.”
[2] H. Rickert: Ciencia cultural y ciencia natural, pp. 223-224.
[3] Max Weber: Ensayos sobre metodología sociológica, Amorrortu, Buenos Aires 1973; p. 41.
[4] “Afirmar que las ciencias histórico-sociales deben emplear un procedimiento de comprensión adecuado a su objeto es plenamente legítimo, si tal procedimiento no es ya un Verstehen inmediato, un acto de intuición, sino que se convierte en la formulación de hipótesis interpretativas que esperan su verificación empírica, y, por lo tanto, que se las asuma sobre la base de una explicación causal. La comprensión ya no excluye la explicación causal sino que coincide ahora con una forma específica de esta: con la determinación de relaciones de causa y efecto individuadas. Las ciencias histórico-sociales son, por lo tanto, aquellas disciplinas que, sirviéndose del proceso de interpretación, procuran discernir relaciones causales entre fenómenos individuales, es decir, explicar cada fenómeno de acuerdo con las relaciones, diversas en cada caso, que lo ligan con otros: la comprensión del significado coincide con la determinación de las condiciones de un evento.” (Pietro Rossi: Introducción a los Ensayos sobre metodología sociológica de Max Weber, pp. 19-20).
[5] “Pero de esto no se sigue, evidentemente, que la investigación en las ciencias de la cultura solo pueda tener resultados <<subjetivos>>, en el sentido de válidos para una persona y no para otras. Antes bien, lo que varía es el grado en que interesan a diversas personas. En otras palabras, qué pase a ser objeto de la investigación, y en qué medida se extienda esta en la infinitud de las conexiones causales, estará determinado por las ideas de valor que dominen al investigador y a su época. En cuanto al <<cómo>>, al método de investigación, el <<punto de vista>> orientador es determinante ---como hemos de ver--- para la construcción del esquema conceptual que se empleará en la investigación. En el modo de su uso, sin embargo, el investigador está evidentemente ligado, en este caso como en todos, por las normas de nuestro pensamiento. Pues la verdad científica es lo que pretende valer para todos aquellos que quieren la verdad.” (Max Weber: Ensayos sobre metodología sociológica, p. 73).
[6] Ibid, p. 158.
[7] Ibid, p. 68.
[8] Trino Márquez: Max Weber: metodología y ciencias sociales, Universidad Central de Venezuela, Caracas 1988; p. 46.
[9] Ibid., p. 49.
[10]Ibid., pp. 49-50.
[11] Cf. Teoría de la acción comunicativa, Taurus, Barcelona 1999.
[12] Ibid., tomo I, p. 362.