Queremos entender la lucha por la democratización como una lucha contra las diferentes formas de dominación. ¿Podría entenderse de otro modo? Si queremos hacer una cosmética carente de ética en el rostro de una sociedad putrefacta, sí. Pero si nos tomamos en serio la democracia no lo veo de otro modo: se luchará por una democracia entendida como perpetua acción democratizadora, acción que quiebra la concentración de poder allí donde se encuentre: en lo económico, en lo político, en lo social, en lo cultural. Así, en una clave más positiva, democratizar significa distribuir el poder de decisión a los implicados y afectados por las decisiones. Expresa, entonces, empoderar al ciudadano, hacerlo partícipe de las decisiones que lo afectan, mantenerlo informado con la menor opacidad posible, dotarlo de los conocimientos básicos para ese empoderar, conocimientos que tratan sobre las fuerzas condicionantes del mundo contemporáneo: fuerzas económicas, sociales, políticas, militares, mediáticas, tecnológicas; pero también conocimientos sobre las formas de reorganizarse en una sociedad que disuelve la organización social, que diluye lo sólido, que torna líquidas (Bauman) a casi todas las instituciones sociales, que sumerge en la incertidumbre a nuestro mundo entero (Beck) y que con lo incierto nos deja a merced de conjeturas y fantasías atemorizantes. Sin cultura de la organización no hay acción democratizadora emancipatoria.
Más allá de que la democracia sea entendida bajo registros deliberativos (Rawls, Apel, Habermas), agonísticos (Mouffe), populistas (Laclau), participativos-contrademocráticos (Rosanvallon) nunca habrá democracia ni como consenso, ni como disenso, ni como ejercicio crítico, ni como procedimiento que se quiera, ni como sistema sino reposa en un ethos ciudadano, sino se constituye como un modo de vida ─diría John Dewey. No hay democracia sin ciudadanos demócratas, no al menos sustantivamente, que es lo aquí incumbe. Por tal motivo, no vamos a pisar la trampa de reducir la democracia a la institución del sufragio y, mucho menos, a alguna ley de la mayoría que arrasa a lo Jalisco. La democracia, en tanto que ethos, se encarna en la persona. De esta manera, hablamos de un ser moral y ético, de un residir individual y un comportarse socialmente. En otros trabajos hemos realizado aproximaciones a este ethos ciudadano. Contentémonos aquí con decir que el ethos ciudadano democrático requiere de aquello que Kant llamó la “mayoría de edad”, lo cual no quiere significar que dicho ethos surja por generación espontánea al cumplir la mayoría de edad legal. No nos concierne aquí la materia jurídica sino la cultural, pues un ethos es, por sobre todo, una cultura. En calidad de tal, no se hereda genéticamente ni es asignatura de la biología, sino que se aprende y es tarea de la educación. Así, nuestra rizomática y anarquista reflexión nos conduce a la educación para la democracia, a la formación (Bildung) democrática de la persona. Un ethos sólo se constituye en la educación, en el sentido más amplio de la palabra “educación”, no sólo la escolar.
Pensemos en uno de los autores mencionados al comienzo del párrafo anterior. Pierre Rosanvallon llama contrademocracia a una democracia de poderes indirectos, social y civil, de una desconfianza organizada contra la mera legitimidad de origen electoral. Piensa que se impone cada vez más una democracia del pueblo-veto, una democracia de controles que se manifiestan en la creciente fuerza de la opinión pública, aunque no exclusivamente. Se actualiza en muchos de los movimientos sociales emergentes que el autor encuadra dentro de una democracia de la expresión que no pocas veces se enfrenta a una democracia de elección, se manifiesta en la demanda creciente de rendición de cuentas (accountability). Podemos decir que al igual en el caso de Jürgen Habermas, pero también de los otros citados arriba, la vida democrática supone una robusta opinión pública. Empero, ¿cómo se alcanza la robustez de la opinión pública? ¿Especialmente en tiempos de algoritmos, “redes sociales” y posverdad? Desde luego no resulta probable que sea espontáneamente. De seguro pasa por la formación de una persona crítica, reflexiva.
Muchos de los privilegiados por el estado de cosas actual implosionan esta potencial formación democrática bien no dando importancia al tema o bien bloqueando el impensar la actual educación democrática. Omitir la discusión del tema es no darle relevancia. Por ejemplo, en la educación escolar la cuestión de la formación democrática suele relegarse al rincón de las escobas o incluso al olvido total poniendo sobrerrelieve otros temas como la educación para las ciencias o para el trabajo. En nuestro currículo escolar se objetiva este olvido cuando analizamos los contenidos que se privilegian y la forma cómo se enseñan, generalmente vinculados con las ciencias naturales y formales y con la osificación ideológica de las pocas ciencias humanas y sociales que se tratan. Sin embargo, el bloqueo a impensar la formación democrática es tan o más grave que este olvido, pues resulta hasta más invisible.
¿Qué entendemos por impensar? No pretendemos descubrir el agua tibia. Muchos otros nos han precedido en el uso del término. Se usa para afirmar que más que repensar un tema se requiere impensarlo, esto es, hacer evidentes y transformar de raíz los supuestos con que hemos venido pensando ese tema. Repensar puede ser tan solo repetir de otra forma un mismo modelo, cuando quizás lo que se precise es suprimirlo por angosto e intelectualmente desnutrido. ¿Qué hay que transformar radicalmente en la formación democrática? Sin duda muchas cosas. Usando el ejemplo escolar de nuevo, no se puede seguir pensando esta formación confinada a una asignatura que se llame “educación ciudadana” o algo por el estilo. Tampoco se puede seguir pensando que la enseñanza de las ciencias, de las humanidades y del trabajo no están concernidas con la educación democrática. Al revés, si entendemos los métodos científicos como métodos críticos, reflexivos, cuestionadores, contradogmáticos, de diálogo y consenso público dentro de las comunidades científicas, entonces la enseñanza de las ciencias contribuirá a la formación de una opinión pública crítica. Si entendemos las humanidades como un ejercicio permanente de interpretación de lo humano y de sus obras, entendiendo que las interpretaciones no son unívocas, requieren mucha voluntad de escucha y siempre comportan errores, opacidades, entonces estaremos formando en un êthos sensible ante la otredad y su reconocimiento, base de todo carácter efectivamente democrático. Si entendemos la educación para el trabajo como una forma cooperativa inteligente y no como competencias y destrezas individuales, entonces abriremos otra forma de entender nuestra labor bajo otra óptica más amable para la comunidad y nuestra relación con la naturaleza. Podríamos seguir extendiendo estas consideraciones a otras materias, como la educación física que no debería seguirse considerando desde la mentalidad de un sargento de gimnasio castrense. En todo caso, parece que la formación democrática no descansa en una asignatura sino en las actitudes pedagógicas con que pensamos todas y cada una de las asignaturas. Por ello, no resulta para nada exagerado afirmar que la educación para la democracia es entre nosotros una asignatura pendiente.
Mas, si la formación democrática es para nosotros una asignatura pendiente, de seguro será porque la democracia misma, en el sentido de nuestra forma de pensarla y practicarla, es también asignatura pendiente y no una simple materia a reparar. Y entendamos este “nosotros” no sólo como el “nosotros los venezolanos”, sino el “nosotros los humanos contemporáneos”, con contadas excepciones si las hay. Pensar la democracia reducida a un sistema político-jurídico es angostar su auténtico ser, el ser un “êthos” del reconocimiento de la maravillosa diversidad humana, tan maravillosa como la diversidad de la naturaleza.
Publicado originalmente en Aporrea: Artículo