viernes, 31 de enero de 2025

Más cosmos, menos universo

 Javier B. Seoane C.

Subámonos a una imaginaria máquina del tiempo y visitemos el siglo XVI europeo. No. No se trata de un ataque eurocentrista de mi parte ni tampoco un ejercicio de ficción a lo H. G. Wells. El caso es que aquella Europa conquistó y colonizó el planeta, impuso la primera globalización si se quiere. Salió de su creencia geográfica de que el Mediterráneo era el centro de todo, si bien mantuvo la creencia provinciana de que su racionalidad era la racionalidad toda. Lo del siglo XVI tampoco es un capricho. Precisamente allí se cultivó dicha racionalidad provinciana, una que todavía domina sobre el creciente desierto rojo (Antonioni, 1964) de nuestro tiempo. Pues bien, aquellas mujeres y hombres del siglo XVI europeo fueron testigos del desplome del cosmos y del nacimiento del universo. Empecemos por el primero, por el cosmos.

Los occidentales antiguos y medievales habitaban en un cosmos. A su alrededor había una preciosa luminosidad estelar supralunar. Abajo, aquí en la tierra, en el mundo sublunar, el movimiento, la necesaria búsqueda del lugar adecuado, marcaba la existencia de esta terrícola naturaleza. En su totalidad, el cosmos se concebía finito y lo que es finito centro tiene. Así, con la llegada del cristianismo se reforzó que habitábamos el centro del cosmos. La diferencia radicaba en que ahora el cosmos era creación divina mientras que para la visión dominante aristotélica era increado. En todo caso, creado o no creado, el cosmos habitado se caracteriza por su finitud y nosotros estamos en el centro. La palabra “cosmos”, como bien decía el profesor Alfredo Vallota en sus maravillosas clases, tiene aire de familia con la palabra “cosmética” en tanto que ordenamiento bello y jerarquizado de un mundo, sea este el rostro, cuerpo humano o la totalidad de las cosas. El cosmos resultaba tan ordenado y jerarquizado en lo supra y lo sublunar, en lo de arriba y lo de abajo, como ordenada y jerarquizada se nos presenta una catedral gótica desde el pórtico hasta el altar. El correlato sociológico de esta cosmovisión (Weltanschauung) fue la sociedad estamentaria medieval. Nobles, señores y siervos en su respectivo sitio, reproduciéndose entre ellos. Al margen, en los burgos, la naciente burguesía en forma de artesanado. El mundo como Dios lo ha querido y nosotros, creados a su imagen y semejanza, pero soportando el corporal castigo del pecado original, estamos en el centro.

Dividido en estamentos y partes, unas abajo y otras arriba, el cosmos se definía por su unidad. En la tónica de la ilustración ateniense y su llegar a Aristóteles es un sujeto, todos somos predicados del mismo. En el devenir del cristianismo se vuelve objeto por ser creación del sujeto supremo: la voluntad de Dios. En todo caso, conserva su unidad, unidad que sufrió una gran explosión, un Big Bang, para los europeos del siglo XVI. No podemos contar en este espacio los motivos del gran estallido, digamos que ocurrió y de allí emergió gradualmente el presente universo. El atrevido de Colón retó la planitud sub-lunar y los portugueses desafiaron el presunto infierno del África subsahariana. El planeta se volvió esférico, a pesar de los terraplanistas actuales y de otrora. No obstante, algo marchaba mal con las astrales cartas de navegación hasta que un astrónomo polaco puso a girar el planeta, junto con otros, alrededor del Sol. Luego, el alemán Kepler perfeccionó con elípticas órbitas los descubrimientos de Copérnico. Y así amigo lector, en nuestro imaginario viaje al siglo XVI la incertidumbre nos acongoja, como suele ocurrir en épocas de grandes derrumbes del mundo. Lo que nuestros abuelos y maestros nos enseñaron como cierto: la planitud y centralidad de la Tierra ahora resultaba falso. Había incluso otros lugares con extraños humanos ¿O no serán humanos? ¿Tendrán o no tendrán alma? Buscando otras rutas a indias decenas de mujeres y hombres van apareciendo con distintas costumbres. ¿En qué autoridad hemos de confiar si las que dábamos por doctas han vivido en milenario engaño? ¡Hasta el cristianismo tuvo su gran estallido a partir de Lutero en 1517! El Vaticano se volvió un centro más en un universo policéntrico. Pues en materia religiosa no dejaba de ocurrir lo que en materia astronómica ocurría. El universo que nacía ya no tenía centro ni era finito. Lo infinito que sigue en curso de su infinitud carece de centro. El terreno para Galileo ya estaba fértil, y todo a pesar de la Santa Inquisición que purificó a Giordano Bruno en la ardiente pira aquel febrero de 1600. También fértil era para el liberalismo de Locke y su exigencia del retiro de Dios de la plaza pública. Pronto, en el XVII reinarán nuevas certezas, mientras en el interín, Montaigne funda el ensayo moderno y cierra el XVI con el lamento de que ya no hay en qué creer ni en quién creer.

En el marco de este desasosiego nace propiamente la época moderna, el gran estallido da lugar al universo. Con sus diferencias pero con un mismo propósito Bacon y Descartes trazarán los caminos iniciales. Para ambos, la preocupación será la búsqueda de la certeza, de conocimientos firmemente fundados. Ya no podemos seguir creyendo en las vainas que nos contaban los abuelos y las autoridades santas y no tan santas. Y la preocupación se vuelve en ellos obsesión metodológica. Un “Novum Organon” (Nuevo Método) propone Bacon para leer bien el libro de la naturaleza y extender nuestro dominio sobre el mundo, conociendo mediante la investigación empírica las causas de los efectos para manipularlas allí donde sea posible hacerlo. Saber es poder, sentencia el sabio canciller de Inglaterra Francis Bacon en 1620. En la otra orilla de Europa, en Francia, formado por los jesuitas surge el genio de Descartes. Su preocupación es semejante. Unas reglas para dirigir bien la mente y luego un célebre “Discurso del Método”. Todos nos hemos visto con Descartes en algún momento de la enseñanza escolar. Nos topamos con la geometría cartesiana o analítica. Seguramente se nos presentó muy rara. Ya no jugábamos con figuras planas o sólidas, sino con ejes horizontales y verticales y un mundo aritmético. Descartes desconfiaba de los sentidos, su mundo no eran esferas o tetraedros hechos en cartulina. Bastaba la pizarra y la tiza para hacer geometría, para expresar lo que ya estaba en nuestra mente. Gran matemático y geómetra, Descartes traza el camino racionalista de la modernidad temprana. A partir de unos principios se deducirá todo lo demás. La primera regla de su método dirá que hay que dividir lo compuesto en sus partes más simples. El universo cartesiano, el baconiano también, el moderno por supuesto, se compone de partes simples. La actitud del conocimiento será entonces el análisis. Descomponer para construir de nuevo, descomponer para dominar. La actitud: conquistar la naturaleza y someterla a nuestra voluntad. “De lo que se trata es de conquistar el mundo”, dirá Cerebro a Pinky siglos después.

¿Puede concebirse el universo como un compuesto de partes simples que adquieren distintas formas? ¿Puede centrarse todo método para el bien conocer sólo sobre el análisis (el descomponer)? ¿Serán sinónimos “compuesto” y "complejo”? La actitud analítica de la racionalidad moderna ha descubierto en los secretos de la naturaleza un mundo que ciertamente ha permitido inventar maravillas. Habitamos un universo humanamente tecnologizado gracias a esta actitud y la creatividad de nuestro pensar. Empero, quizás hoy topamos con claridad y distinción con una serie de problemas para cuya resolución la actitud analítica nos ciega. Entre nosotros hubo quien prometió sanear el Guaire y hasta donde tenemos noticias donó varios cientos de miles de dólares para hacer lo propio con el Río Hudson en New York. Ojalá llegué el día en que efectivamente se inviertan los recursos económicos para recuperar nuestro Guaire. Pero para que la promesa se realice no serán suficientes todos los millones disponibles, hace falta recuperar más allá del Guaire los sistemas ecológicos de los que forma parte, hace falta comprender el problema del río en su complejidad. No se trata de un compuesto que el análisis dilucide en sus partes, pues aquí no hay partes sino procesos continuamente emergentes. El problema exige una actitud cognoscitiva orientada a descubrir, dar cuenta y tratar con la complejidad del asunto, una actitud sintética y holística que apunte a una unidad dinámica. Complejo viene de complexus que significa lo entrelazado, entretejido por diversas y múltiples hebras, factores que al conjugarse dan lugar a propiedades nuevas con una lógica propia. No se requiere simplemente desarmar un juego de lego, se precisa comprender la magnitud de la cantidad de factores creativos intervinientes en un proceso. Sanear el ambiente, recuperar los nichos ecológicos en los que anida la Vida, no pasa sólo por reunir a biólogos y químicos para encarar el asunto. Demanda la conjunción de equipos multi e interdisciplinarios dispuestos a interactuar entre sí y con los saberes no disciplinarios. Exige convocar una fiesta de conocimientos y saberes para celebrar el diálogo entre ellos. Demanda convocar a las comunidades que habitan en sus riberas y más allá de estas. Pasa por el autorreconocimiento de la racionalidad y los valores que nos dominan y mediante los cuales actuamos y causamos daño y nos dañamos. En consecuencia exige otra educación y una ética del cuidado, más de signo cultural femenino que masculino.

El desastre ambiental, la crisis ecológica, es el tema de nuestro tiempo, el tema de la Vida misma. Convertido el bufón estadounidense en Rey la cosa pinta peor para los próximos años. El acuerdo de París termina de desmoronarse y otros bufoncitos de corte aspiran a gobernar en Europa occidental. Estemos atentos a las elecciones alemanas de febrero. En otras latitudes el socialismo carnívoro depreda con furia la naturaleza que va quedando a su disposición. La jaula está cada vez más cagada y el poder establecido no está para limpiarla. No obstante, más allá de esto, cuando incluso el tan mentado Partido Verde alemán ha propuesto con todo cinismo quemar más carbón para cubrir el déficit energético generado por la invasión a Ucrania, parece que el problema es más de fondo. Cuando los que se suponen llamados a repensar nuestra relación con la Vida están dispuestos a seguir intoxicándonos hay que revisar la ideológica racionalidad que nos gobierna. El problema en que estamos no se solucionará con más análisis, con más atomismo o con más ratio technica. Resulta imperativo pasar a la síntesis, a la comprensión de que la naturaleza es también sujeto y no mero objeto. Tomarnos en serio el argumento de Spinoza contra Descartes de que no tiene sentido andar postulando tantas sustancias diferentes: Dios, nosotros y la naturaleza. ¿Para qué tanto? Spinoza parece hacer uso de la navaja de Ockham. Nos dice: hay un todo, no varios. Deus sive natura, Dios o naturaleza. Es lo mismo. Un sacerdote jesuita me decía semana atrás en la UCAB: nos hace falta una dosis de panteismo. Está en lo cierto. Me guardo su nombre para que no lo excomulguen.

Entendernos como parte privilegiada de este todo cósmico será parte de la solución. Parte privilegiada en tanto y en cuanto que siendo nosotros un brote de la Vida como muchos otros, sin embargo somos un brote con la capacidad de volverse autoconsciente, dotado del poder del saber y del saberse. Hijos de la naturaleza somos la naturaleza que puede despertar de su ciego ser inconsciente para autocomprenderse, para volver su sino en un destino menos doloroso, más armonioso. La ciencia, inseparable por siempre de la filosofía, constituye la más importante empresa humana para este despertar cósmico, para este volverse autoconsciente y reconocerse como parte del todo. Por ahora, está apresada en el canibalismo de la ley darwinista de la evolución, de la sobrevivencia del más apto en la competencia, del dominio del gran capital y su complejo financiero-militar, de la voluntad de poder schopenhaueriana y nietzscheana, de la actitud analítica. Por ahora la ciencia hegemónica es ciencia endeudada con el financiamiento del Pentágono y Silicon Valley, del Kremlin o de Beijing, poco sintética porque la síntesis y la actitud holística en el conocer son hoy subversivas. Y por eso hoy más que nunca requerimos universidades públicas constituidas en red así como más redes globales de investigadores independientes que conformen alternativas a la ciencia hegemónica, que articulen un tipo de empresa científica no reservada a profesionales universitarios, un tipo de empresa que vaya de la mano con aquellos saberes populares que mucho pueden decir en materia del cuido del entorno, del cuido de la Vida.

Despertemos el cosmos que el universo durmió superando cualquier atisbo de sociedad estamental. No se trata de regresar al medioevo. Confiamos en una ciencia libre. El dolor de muelas precisa de la odontología y la apendicitis de una buena cirugía. La cura del malestar ecológico precisa de la sinergia entre ciencias naturales, ciencias sociales y saberes alternativos. Sólo por medio de esta síntesis se abrirá en el horizonte otra organización social con otra racionalidad, otra educación en tanto que Bildung (formación del carácter) que dé a luz otra cultura más amable. Entonces, y sólo entonces, sanearemos el Guaire, el Hudson y el planeta. Más cosmos, menos universo.

Publicado originalmente en el Portal Aporrea el viernes 31 de enero de 2025: Artículo

viernes, 24 de enero de 2025

Auschwitz y su regreso

Javier B. Seoane C.

El próximo lunes 27 de enero se cumplen ochenta años de la liberación del complejo de Auschwitz, a pocos kilómetros de la ciudad de Cracovia en el sur de Polonia. Por ese motivo en dicha fecha se celebra internacionalmente el día en conmemoración de las víctimas del holocausto, pues lo que se descubrió en Auschwitz fue el mayor centro de despliegue del exterminio nazi sobre personas de origen judío, gitano, comunista o con problemas genéticos. Allí, en las primeras horas de ese 27 de enero de 1945 llegó el ejército rojo y documentó el horror de un amplio complejo dedicado a la producción armamentista, empresarial y centro privilegiado de los genocidios cometidos por los nazis. Todo muy ordenado, debidamente planificado, estratégicamente ubicado en el epicentro del cruce de múltiples líneas ferroviarias europeas, un punto de encuentro entre este y oeste, norte y sur. Así, los trenes cargados con las víctimas llegaban las 24 horas de cada día y las cámaras de gas trabajaban también durante el mismo tiempo. Hoy se conserva parte importante de Auschwitz como monumento a la memoria del horror, para que no se olvide.

Theodor W. Adorno, reconocido pensador crítico del pasado siglo, escribió muchas frases emblemáticas sobre este más que macabro asunto. Después de Auschwitz no es posible la poesía o interpretar de nuevo la novena sinfonía de Beethoven, decía. Señalaba también que el primer deber de la educación es evitar que Auschwitz se repita, para lo que se precisa que no se olvide. Junto con Max Horkheimer escribió en el inicio de la “Dialéctica de la Ilustración”, libro de inmenso impacto en las corrientes contemporáneas más recientes del pensamiento y escrito durante la segunda guerra mundial, que el propósito de la reflexión era tratar de responder por qué con todos los avances civilizatorios occidente ha recaído en la barbarie, en una barbarie actualizada, tecnocientífica. Como alemanes de origen judío Auschwitz en tanto que emblema del horror de la racionalidad moderna hegemónica se volvió una obsesión. Empero, la historia está repleta de horrores, probablemente menos racionales y tecnificados pero finalmente horrores. Genocidios en las Américas y África, genocidios sobre los armenios o los haitianos, otros dentro de la Unión Soviética o en Hiroshima y Nagasaki por parte del ejército estadounidense, ejército que después no necesitó reeditar el lanzamiento de bombas atómicas para repetir otro sobre Vietnam. Hoy, en Palestina, se repite uno de esos genocidios con especial dedicación a niños, mujeres y jóvenes. La historia va y viene, las víctimas se vuelven victimarios y los victimarios víctimas. Ante esta historia de la carnicería humana, ante este eterno retorno de la barbarie, cabe preguntarse, ¿habrá fracasado la educación una y otra vez? ¿O será que somos asesinos por naturaleza? ¿Seremos una especie de bichos malos incapaces de ser educados? ¿Habrán estado en lo cierto Schopenhauer, Nietzsche y luego Freud en cuanto que estamos gobernados ciegamente por una agresiva voluntad de poder? No sé. En todo caso, la barbarie no deja de retornar, si bien los antropólogos nos han dado pruebas de pueblos que habitan a lo largo de siglos sin necesidad de destruirse periódicamente.

En otras ocasiones hemos insistido que a nuestro humilde juicio tres son los temas de nuestro tiempo: la cuestión ecológica, la democrática y la pobreza. Los tres están estrechamente relacionados. El primero concierne a la vida, principio de todo. El segundo a la vida que se quiere diversa en su desplegarse. El tercero, la pobreza, es el mayor indicador de la ausencia de democracia, de una forma específica de vida que se autodestruye mediante progresivas exclusiones. La clara desatención del presente a estos temas anuncia una barbarie mayor, altamente tecnificada, con mucha inteligencia artificial pero carente de inteligencia natural, humana, social por cooperativa. El ascenso indetenible desde hace dos décadas de las extremas derechas populistas demuelen desde adentro los siempre famélicos y limitados sistemas políticos de democracia representativa. Sus adversarios, aquellos que se manejan retóricamente con un discurso progresista aunque sus prácticas resulten o bien neoliberales salvajes o bien burocrático autoritarias, o bien ambas, también los destruyen con el mismo entusiasmo. La democracia como eticidad, como modo efectivo de vida más allá del mero juego político de lucha por el poder del Estado, nunca ha existido. No obstante, las pobres y limitadas democracias políticas que hasta hoy hemos conocido están en franco retroceso en todo el planeta. Son una especie en extinción. Basta echar un ojo a Europa occidental, Alemania tiene elecciones el próximo mes. Ya sabemos lo que se proyecta sobre Francia, o lo que gobierna en Italia. Al noreste ya sabemos cuán democrática resulta la Rusia de Putin. Más al este no hablemos ya de China o Filipinas. Pero también se puede echar un ojo sobre latinoamérica, desde Argentina hasta El Salvador. Ya no digamos sobre Estados Unidos y su nuevo presidente. Este último, votado popularmente, es en realidad el auténtico representante de una oligarquía de multimillonarios surgidos con las nuevas tecnologías, ricachones que gustosamente hacen el saludo nazi, quizás emulando a aquel magnate apellidado Ford que gustosamente financió a Hitler. Como Biden que indultó a sus corruptos familiares, el señor Trump se inaugura perdonando a sus seguidores, aquellos que invadieron el capitolio y le mostraron el camino a Bolsonaro y sus secuaces para aventura semejante en Brasilia. Se inaugura Trump rompiendo con el Tratado sobre el cambio climático, se inaugura persiguiendo y expulsando a los pobres. Pues no nos llamemos a engaño, no se trata de xenofobia sino de aporofobia, no molesta el extranjero rico quien es bienvenido, molestan los pobres.

La vida en el planeta está claramente en mayor peligro que ayer mismo, pero me temo que sabrá defenderse vomitándonos si no torcemos el rumbo que llevamos. La democracia, siempre quebrada, termina por desvanecerse en lo poco que conquistó. La pobreza se extiende mientras hay una brutal concentración de riqueza cada vez en menos individuos bastante patéticos. Emerge una nueva guerra fría, otra vez con tres grandes bloques, uno de supremacistas occidentales plutocráticos de silicona, otro de regímenes autoritarios con vocación totalitaria siguiendo el viejo paradigma de la Stasi y otro que llamamos BRICS. Se viene otro orden mundial, otro reparto mundial en el que el fascismo en cuanto actitud se impone transversalmente, aquí y allá. Muy probablemente no volvamos a ver un Auschwitz tal como el que conocimos hace ochenta años, apenas ayer, pero se viene uno de otro tipo. Los gitanos, por pobres, seguirán pagando con su dolor y la muerte. Como carecen de bienes económicos no tendrán memoriales como los judíos.  Junto a ellos tampoco los tendrán los otros miserables del planeta, la gran mayoría. Menos los tendrá la vida, nuestra biósfera. Total, los ricos de la silicona ya sueñan con resolverse en Marte. A menos, por supuesto, que logremos transformar este sino en destino razonablemente elegido. Mas, para ello habrá que organizarse internacionalmente y dejar de lado a una presunta izquierda que por perpleja resulta completamente inútil sino el peor de los obstáculos. Marx y Engels, todavía impregnados de lenguaje hegeliano, hablaron en el “Manifiesto” de clase-en-sí y clase-para-sí. La primera tiene una existencia objetiva, estadística, es un número, está ahí pero carece de fuerza por no reconocerse como clase y en consecuencia no puede organizarse. Sólo la clase-para-sí que se reconoce en su situación histórica se organiza y como gran fuerza en tanto que gran mayoría puede transformar radicalmente el modelo sociohistórico. Pasa de ser una mera existencia objetiva, como la silla que tengo enfrente, a ser una fuerza social de cambio. Contra esa organización, contra ese paso del en-sí al para-sí, se mueven todas las fuerzas conservadoras, incluida la presunta izquierda perpleja o la burocrática de cuño estalinista. Las nuevas condiciones de una sociedad postindustrial y de la nueva revolución informática ayudan a esas fuerzas conservadoras que nada conservarán de la biósfera. Urge la organización, pero hay que crear otro concepto y práctica de la organización. He ahí nuestro desafío más inmediato.

Publicado originalmente en el Portal Aporrea el 24 de enero de 2025: Artículo

viernes, 17 de enero de 2025

La irracional racionalidad que nos domina

Javier B. Seoane C.

Hablamos con frecuencia del sentido de la vida humana y casi toda persona más o menos normal se hace desde la infancia preguntas tales como, ¿en qué consiste la vida buena? ¿Qué debo querer? ¿Cómo relacionarme con los demás? ¿Qué es la amistad? ¿Qué la justicia? Preguntas que conciernen a mi subjetividad y a mi relación contigo, con los demás. Mas, cuando hablamos de vida también referimos a la vida de la fauna y de la flora, del resto del planeta que no somos nosotros, vida toda que hoy está en peligro. Los mundos socioculturales tienen mucho que decir al respecto. Los hay que no separan humano y naturaleza, mundos nirvanos que procuran integrarse en un todo vital. No es éste el recorrido que ha tomado el mundo occidental. Transitamos con nuestros saberes tecno-científicos una ruta desencantadora, que procura eliminar el mito, la magia, el prejuicio como formas oscurantistas que empobrecen la existencia. Las sombras han de ser vencidas, nos cuentan. Empero, todo este proceso racionalizador de occidente, secular y desencantador del mundo, bastante weberiano y kafkiano, ¿tendrá algún sentido que trascienda lo meramente instrumental y estratégico? Naufragadas las ilusiones que veían en la ciencia el camino hacia el verdadero ser, hacia la verdadera naturaleza, e incluso hacia una moral científica, descubrimos con Max Weber y Tolstoi que la ciencia no tiene respuesta para las únicas cuestiones que nos importan, las de qué debemos hacer y cómo debemos vivir.

Y es que la ciencia moderna surgida a partir del siglo XVI no estuvo exenta de cierto encantamiento religioso. Los reformistas después de Lutero la promovieron como un camino para descubrir la grandeza de la creación divina. Las ciencias y técnicas modernas coadyuvarían a descubrir los secretos naturales para administrar más eficaz y eficientemente los recursos terrenos que nos ha confiado Dios para la multiplicación de su reino. En esta dirección, los calvinistas, procurando revitalizar la religión cristiana, propulsaron la secularización que marginó lo religioso en el mundo occidental, impulsaron la ciencia y convirtieron al mundo en objeto al servicio de la racionalidad instrumental. En otras palabras, la naturaleza devino en instrumento para satisfacer nuestros deseos, desde las necesidades básicas hasta los que hoy sostiene Musk y la nueva oligarquía global de magnates de las altas tecnologías tras la revolución informática. Dicen Max Horkheimer y Theodor W. Adorno, siguiendo a Weber, que desde el inicio occidente lleva en su seno un impulso ilustrado, que quiso quitar el temor ante la naturaleza, la que, según su prejuicio fundante, se visualiza como amenaza, como lugar en el que acecha la oscuridad del bosque, las bestias que nos amenazan, desde los feroces lobos que le quieren quitar la virginidad a Caperucita hasta los gérmenes. La aventura occidental se volvió la conquista y dominio de la naturaleza bajo el discurso de convertirla en un hogar para la humanidad. Las objetivaciones culturales de occidente hablan al respecto por sí mismas. Odiseo, con su astuta razón, se vuelve contra la propia naturaleza humana, mutila el cuerpo de sus remeros al taparle los oídos para que no escuchen los encantadores cantos de las sirenas. Se mutila él mismo al ordenar que lo aten al mástil. Él, el amo, puede escuchar pero queda encadenado a su empresa civilizatoria. Siglos después, Tomás de Aquino estableció una pirámide ontológica, presidida por Dios, seguida por los incorpóreos ángeles, los corpóreos hombres, los animales, los vegetales y, finalmente, los corpóreos entes inanimados. Los de abajo, los inanimados, vegetales y animales, están puestos al servicio de los de arriba, en el caso terrenal, los hombres. No parece muy verde este cristianismo que se volvió canónico hasta el Concilio Vaticano II.

Ya en nuestra época Pinky y Cerebro, famosos dibujos animados, resultan una buena objetivación de esta cultura que al menos podemos seguir ya en el poema homérico. Son Pinky y Cerebro, ratones blancos con genes injertados por los laboratorios ACME, hijos de la ciencia moderna. En el primero, Pinky, el experimento fracasó, pues ha resultado un ratón hedonista y sin ninguna aptitud para las matemáticas. En cambio, el segundo, Cerebro, de cabeza desproporcionada para el tamaño de su cuerpo, resultó un éxito experimental. De gran inteligencia y dotes alfanuméricas, Cerebro quiere una sola cosa, que cual Sísifo contemporáneo intenta una y otra vez: conquistar el mundo. Para tal fin elabora grandes proyectos lógico-matemáticos, que Pinky destruye con sus torpezas. ¿Para qué conquistar el mundo? Cerebro nunca lo responde, sus tiempos posmodernos son ya demasiado cínicos. Es todo un megalómano y no tiene empacho en admitirlo. No así Bacon y Descartes, quienes en la aurora de la modernidad afirman que el pensamiento metódico conquistará la naturaleza para ponerla al servicio del hombre, para hacerla un hogar y alargar la vida del yo soberano lo más que se pueda.

En el marco de la hegemonía cultural de la racionalidad instrumental y estratégica que rige el universo tecno-científico, el mundo se fragmenta en sujeto soberano y objeto manipulable. Del objeto interesa el para qué sirve, cómo funciona, cómo se manipula. El yo soberano occidental dice: “los chinos descubren la pólvora pero su ingenuidad mítica la empleó en fuegos artificiales para festividades religiosas. En cambio, yo he hecho con ella cañones y a punta de cañonazos dominé a esos asiáticos”. Hoy los asiáticos están tan colonizados mentalmente por occidente que se disponen a conquistar el mundo, a pesar de la arrechera de Mr. Trump y su oligarquía de nuevos ricos tecnológicos. Lo mismo puede decirse de India y hasta de las franquicias terroristas que quieren acabar con occidente. Por todo el planeta se extiende la racionalidad instrumental y estratégica, la que sólo concibe a la naturaleza y al otro que no es yo como un medio, un instrumento para la nietzscheana voluntad de dominio. Mientras tanto, el calentamiento global también sigue su marcha y el 2024 batió nuevos récords de temperatura. Como cualquier intoxicado, la naturaleza intenta vomitarnos, expulsarnos. Pero ya Musk y la oligarquía tecnológica preparan el éxodo a Marte.

Repetimos. El impulso ilustrado de occidente, constituido desde la lógica del dominio sobre la naturaleza, desencanta el mundo para que perdamos el miedo mítico y nos hagamos amos de la tierra. En este trayecto, la ciencia moderna se reduce a racionalidad instrumental, a cálculo, y ya no puede dar cuenta de las cosas que realmente interesan a la persona humana: el sentido de la vida. Y aquellos saberes que podrían contribuir a este sentido se descalifican como superchería. Juicio sólo posible desde el prejuicio de la racionalidad instrumental y estratégica y su terror mítico a lo no cuantificable. En esta racionalidad hegemónica la Vida, con mayúscula, tanto la propia como la del otro, deviene objeto de la ciencia, del comercio, del demagogo. La filosofía deviene lógica matemática y la poesía clasificación de los versos según su número de sílabas. Me dicen: los versos alejandrinos se componen de catorce sílabas divididas en dos hemistiquios heptasílabos. Y yo, chamo, debo aprenderlo para vomitarlo en un quiz. Así nos enseña la escuela básica, a menos que un auténtico maestro nos devele otro valor en la poesía. Porque curricularmente esa escuela básica padece también de terror mítico a lo no cuantificable. Nada de extraño tendrá entonces que esta razón se materialice en una acción depredadora de la Vida en el planeta, mientras crea su nuevo Frankenstein, esta vez adecuado al canon de belleza debidamente bien comercializado, con glúteos, senos, labios, piernas y demás aditamentos postizos. Frankenstein deviene Miss Universo. La razón produce monstruos, escribió Goya. La racionalidad hegemónica occidental se ha vuelto irracional, una amenaza para la Vida. Pero este juicio crítico no debe suponer el rechazo en bloque de la misma. Por el contrario occidente conserva un potencial crítico en su pasado y en su futuro para rescatar la Vida del planeta. En el pasado, escuchando las promesas culturales traicionadas. En el futuro, abriendo brecha para que estas promesas se vuelvan acciones emancipadoras. En los presocráticos, estoicos, epicúreos, Spinoza, Schelling, Teilhard de Chardin, Bergson, Marcuse hay buenas vetas para desarrollar una razón sustantiva y pluralista, de vocación democrática y exaltadora de la Vida. De lo que se trata es de transformar el mundo realizando la promesa filosófica en tanto que promesa cultural, diría Marx.

Publicado originalmente en el Portal Aporrea el 17 de enero de 2025: Artículo

viernes, 10 de enero de 2025

Socialismo a lo Durkheim

Javier B. Seoane C.


Émile Durkheim nació en la Francia de Napoleón III en 1858, hombre relevante en ciencia como uno de los fundadores y clásico de la sociología pocos conocen su faceta de político. Puede decirse que perteneció a esa pléyade de intelectuales que defendieron el proyecto democrático de la Tercera República francesa. Hizo de su política práctica participando protagonicamente en la reforma de la universidad de París, tratando de expulsar de la misma el autoritarismo retardatario de la vieja Iglesia. Su vida científica y política se entrelazan en un curso que dictó hacia 1895 en la Universidad de Burdeos a propósito del socialismo. En el mismo repasa la historia, básicamente francesa, del concepto de socialismo. Porque sí, el socialismo antes que nada trata de un concepto no de algún régimen político ubicado en algunas determinadas coordenadas histórico-espaciales.

Antes de ese curso, en su tesis doctoral sobre la división del trabajo, en las páginas iniciales de ese trabajo, Durkheim usa la expresión “monstruosidad sociológica” para caracterizar a una sociedad en la que el Estado está hipertrofiado por su extensión y frente al mismo hay una atomización de individuos compitiendo entre sí sin instituciones intermedias. Se trata de una monstruosidad en tanto y en cuanto que ese Estado cuenta con el poder de aplastar a los individuos, de abusar de ellos, de disponer de sus vidas. Así, el científico se preocupa por evitar esa monstruosidad mediante el análisis, diagnóstico y solución teórica a esta patología. A Durkheim, cabe decir, le gustaban las metáforas y analogías fisiológicas y médicas. El político con ética trata mediante la acción practicar la solución, incentivar y ayudar en la construcción de una casa para todos sin esa enfermedad. La constitución de instituciones que medien entre el individuo y el Estado es el remedio para ese mal según lo dictamina nuestro sociólogo. Aunque lejos de Hegel, Durkheim era un positivista en la fase de su pensamiento a la que nos referimos, coincide con el concepto de sociedad civil del filósofo alemán. También para Hegel debe haber mediación entre Estado e individuo, y así lo expone en su Filosofía del Derecho. Las instituciones intermedias en tanto que sindicatos, grupos políticos, ecológicos, religiosos, urbanos, rurales, feministas y un largo etcétera son las formas orgánicas por organizadas que protegerán a los individuos frente a potenciales abusos del Estado y su monopolio de las armas o del Gran Capital, para actualizar a nuestros pensadores. Hegel y Durkheim, filósofo uno sociólogo el otro, convergen en este punto contra ciertas versiones ramplonas del liberalismo y sus querencias por fábulas de abejas. También sus conceptos convergen contra un régimen que autoproclamándose socialista monopolice todos los poderes de la sociedad en el Estado y termine confundiendo los intereses de su vasto aparato burocrático con los intereses de “el pueblo”. Finalmente, sus conceptos se oponen igualmente a un Estado socio y títere del gran capital. 

Puesto que en el mundo hoy predominan Estados títeres del gran capital, o Estados llamados “socialistas” con kafkiano y aplastante aparato burocrático, o experimentos anarcocapitalistas, el concepto de sociedad civil de Hegel o el de instituciones intermedias de sociólogos como Durkheim nos resultan utópicos en un cosmos distópico. Pero la utopía tiene un cariz político en un universo distópico, se torna normativa para quienes quieren construir éticamente una casa (sociedad) que podamos habitar por amable y solidaria. Y es aquí donde vale revisitar el concepto durkheimiano de socialismo, pues pensamos que para el francés bien podría orientar la cura de la monstruosidad. En aras de la brevedad, presentaremos críticamente tres consideraciones de su propuesta conceptual.

1. Hay diversos tipos de socialismo. Dice: “En una palabra, si hay un socialismo autoritario, también hay uno que es esencialmente democrático.” (p. 23 de la traducción de Esther Benítez de la editorial Akal). Pienso, no obstante, que si el concepto de socialismo tiene entre sus directrices más importantes el empoderamiento de los miembros de una sociedad y la solidaridad, difícilmente pueda concebirse de otro modo que no sea democrático y democratizador de las relaciones sociales. Sin embargo, han pululado en la historia posterior a estas líneas de Durkheim regímenes autoritarios disfrazados con una retórica socialista, incluso totalitarios como el período estalinista de la Unión Soviética o la locura de Pol Pot. Son hechos históricos, más aquí hablamos de la lógica de un concepto y preferimos llamar capitalismo de Estado o vulgar fascismo a regímenes que siendo autoritarios se digan socialistas. No olvidemos que el partido nazi se definía nacionalsocialista.

2. Señala DurKheim que, “Se denomina socialista toda doctrina que reclama la incorporación de todas las funciones económicas, o de algunas de ellas que en la actualidad son difusas, a los centros directores y conscientes de la sociedad. Es importante observar de inmediato que decimos incorporación, y no subordinación.” (p. 30). Lo menos que hay que decir aquí es que hay cierta contradicción entre “todas” y “algunas”. Lo más es que incorporar no es subordinar. Los llamados socialismos reales subordinaron a la economía y la sociedad entera a un centro planificador, totalitario. Incorporar en el lenguaje durkheimiano significa evitar la monstruosidad sociológica citada. Serán las organizaciones económicas intermedias entre Estado e individuo, las corporaciones, las destinadas a construir en la práctica el concepto de socialismo haciendo de las empresas un auténtico capital social.

3. En consonancia con lo anterior, el socialismo que defiende Durkheim tiene una esencia corporativista. Permítaseme una larga cita: “...podemos señalar que, entre las instituciones del antiguo régimen, hay una de la que Saint Simon no habla y que, transformada, sería susceptible de concordar con nuestro estado actual. Son las agrupaciones profesionales o gremios. En todas las épocas desempeñaron ese papel moderador y, por otra parte, teniendo en cuenta que fueron brusca y violentamente destruidas, estamos en nuestro derecho de preguntar si esa destrucción radical no ha sido una de las causas del mal. En cualquier caso, la agrupación profesional podría responder muy bien a todas las condiciones que hemos planteado. Por una parte, porque es industrial, no hará pesar sobre la industria un yugo demasiado gravoso; está bastante cerca de los intereses que tendrá que regular para no oprimirlos pesadamente. Además, como toda agrupación formada por individuos ligados entre sí por vínculos de intereses, ideas y sentimientos, es susceptible de constituir para sus componentes una fuerza moral. Conviértasela en un órgano definido de la sociedad, mientras que no es todavía sino una sociedad privada, transfiéransele algunos de los derechos y deberes que el Estado es cada vez menos capaz de ejercer y asegurar; que sea la administradora de las cosas, de las industrias, de las artes que el Estado no puede administrar, por su alejamiento de las cosas materiales; que tenga el poder necesario para resolver ciertos conflictos, para aplicar, según la variedad de los trabajos, las leyes generales de la sociedad, y, poco a poco, gracias al acercamiento que de ella resultará entre los trabajos de todos, adquirirá esa autoridad moral que le permitirá un día desempeñar ese papel de freno sin el cual no puede haber estabilidad económica.” (pp. 262-263). Este pasaje amerita mucha discusión imposible aquí. Digamos sólo que en las corporaciones Durkheim encuentra la institución intermedia entre individuo y Estado en lo que refiere al ámbito económico, que las aprecia vinculadas a los intereses de los individuos y no de un grupo de poder en el Estado o del capitalista. Que, incluso, las propone como una fuerza moral, y esto en lenguaje durkheimiano significa socialmente integradoras, consolidadoras de solidaridad y organizadoras de una fuerza social protectora del individuo. 

Durkheim y Jean Jaurés, el gran socialista francés asesinado brutalmente por su antibelicismo en la víspera de la Gran Guerra (1914), fueron compañeros de clase en el Liceo y de allí nació una gran amistad. Puede decirse que Jaurés, si bien por cosecha propia, intentó llevar a la práctica algunas de estas ideas afines a Durkheim. Fue un catalizador y constructor del movimiento cooperativista. Lo concibió democrático y autónomo del Estado. En otras partes, en cambio, hemos asistido a cómo el Estado disfraza de “cooperativas” empresas públicas que de la forma más descaradamente neoliberal explotan a trabajadores que terminan convertidos en una especie de lumpenproletariado. Mientras, todavía quedan en Francia alguna de las cooperativas que fundó Jaurés. Lamentablemente, la transformación del capitalismo en los años treinta del pasado siglo y la nueva transformación del mismo desde comienzos de este siglo, ha trastocado las condiciones fundamentales para la organización de las instituciones intermedias. El gran capital se ha independizado de los espacios del Estado nación e impone su imperio a una atomización de gobiernos que ofertan desmontar cualquier garantía social para recibirlos. Las izquierdas, desde la socialdemócrata hasta la que Teodoro llamó borbónica, no han dado respuesta a los nuevos desafíos y se han desvanecido en un falso centro político o se han consumado como regímenes autoritarios que no hacen sino usurpar el concepto de socialismo. Son izquierdas extraviadas en una sociedad extraviada, con salvedad del gran capital y de los grupos políticos atornillados en la burocracia para nada extraviados en su voluntad de dominio. En todo caso, la organización y la organicidad seguirán siendo la clave para quebrar las formas de dominación. El concepto de socialismo seguirá vigente mientras se entienda que es inseparable de la democratización y empoderamiento de la sociedad. En tal sentido, Durkheim, Jaurés y muchos otros todavía son voces que tienen algo que decirnos.

Publicado originalmente en el Portal Aporrea el 10 de enero de 2025: Artículo

viernes, 3 de enero de 2025

Los deberes de una práctica emancipadora para el siglo XXI

Javier B. Seoane C.

Un pensar y una acción que se quieran por inclusivos pluralistas y dialógicos carecerán de esa voluntad de sistema y de infalibilidad que tanto caracteriza a la voluntad de dominación. No hay en el mundo un único camino a seguir. La libertad no se impone a fuerza de grilletes. Hay una (re)construcción permanente, siempre inacabada, siempre abierta de nuestro estar y actuar. Seguidamente ofrezco algunos elementos éticos que considero ineludibles en el planteamiento de una praxis emancipatoria al día de hoy, una praxis en diálogo con fuerzas (actores) del cambio social en aras de la mayor justicia social posible. Se trata de unas consideraciones surgidas a partir de muchas lecturas y que se proponen para el debate permanente de un hacer que se quiere liberador. Las mismas no pretenden exhaustividad y mucho menos agotar la discusión. Quieren solo servir de bocados para empezar a nutrir una acción auténticamente democratizadora. En este sentido, siempre vamos tomados de las manos de otros, de muchos otros. Vamos, entonces, con lo prometido.

1.) Un pensamiento crítico tratará de recrear el ideal ético y las prácticas de la emancipación en el marco de una sociedad en la que no se visualizan sujetos revolucionarios históricos, sino actores sociales que, sin tener la fuerza suficiente para llevar a cabo la construcción de «lo enteramente otro» (Horkheimer), aún tienen posibilidades de actuar a partir de los intersticios (Foucault) que las relaciones de dominación dejan en las diferentes instituciones establecidas. 

2.) La teoría y prácticas críticas, democráticas y dialógicas, no deben asumirse externamente a las situaciones sociales concretas ni deben presentarse como vanguardias portadoras de lo verdadero. Se trata de entrar en discusión con todos los interesados y afectados por las múltiples relaciones de dominación que transversalizan nuestra existencia social. No se debe imponer una presunta verdad liberadora, se debe convencer y persuadir —y dejarse convencer y persuadir por las que se consideren buenas razones. En otros términos, la teoría y práctica emancipatorias se han de constituir desde una clara «voluntad de escucha» (Ricoeur). A mi juicio, éste es un principio normativo para toda teoría crítica dialógica, en tanto que proporciona una manera de teorizar y analizar los modos de dominación sin que el teórico se apropie de más poder para sí que el necesario para llevar a cabo su función (Mark Poster).

3.) De la «voluntad de escucha» se sigue, como principio democrático, una firme «voluntad y ética dialógicas», una voluntad que celebra el concurso del mayor número posible de voces en la empresa de construir una vida humana. La escucha y el diálogo, si bien con un ánimo emancipatorio firme e irrenunciable, son condiciones fundamentales de la inclusión necesaria a toda práctica democratizadora. Como bien lo expresó Agnes Heller, ningún testimonio debe excluirse a priori, lo cual no quiere decir que cualquier testimonio vale. Así, y en esta tónica que se quiere abierta, democrática y de «voluntad de escucha», y en rechazo a cualquier autoritarismo epistemológico, el pensamiento y la práctica dialógicas reconocen las necesidades manifestadas por las personas como necesidades auténticas —de ello no se desprende que han de satisfacerse todas, pues la disponibilidad de recursos, la ética democrática, una profunda convicción de justicia social y el fruto del diálogo han de determinar cuáles resulten prioritarias y justas. 

4.) La justicia constituye el centro ético de la teoría y práctica propuestas toda vez que los ideales de felicidad constituyen «máximos éticos» que no deben exigirse a todos por igual dada la existente diversidad de estos en nuestras sociedades, diversidad bienvenida. En consecuencia, sólo la justicia resulta irrenunciable puesto que más que referir a la dimensión personal refiere a la dimensión intersubjetiva: la justicia atañe siempre a diferentes partes y marca las pautas de la organización social deseable. No es posible orden social humano alguno sin valores, normas y reglas construidas por humanos. Ese orden precisa de legitimación para sostenerse en el tiempo con la participación de sus miembros, legitimación que implica la idea de que ese orden resulta justo. Así, el pensamiento y la práctica críticas, dialógicas, exigen justicia y extienden invitaciones en cuanto a las concepciones de «vida buena» y «felicidad». Entre muchos otros Hannah Arendt, John Rawls, Jürgen Habermas, Karl Otto Apel, Gianni Vattimo, Boaventura de Sousa Santos, Adela Cortina resultan hoy fuentes enriquecedores para la impugnación de lógicas de la dominación encubiertas como prácticas emancipatorias. 

5.) La teoría y práctica emancipadoras en clave dialógica no suponen un «pastiche» en el que quepa, en nombre de la diversidad y del derecho de la diferencia, cualquier cosa: no vale todo. En un sentido definidamente pragmatista, se desplaza de la dimensión epistemológica a la ética, estableciendo criterios de juicio a partir de una evaluación de las consecuencias previsibles que se siguen de una determinada posición de cara a la preservación de la diversidad, de la distribución equitativa de los capitales (económico, cultural, político, social) para la formación (Bildung) de la persona —esto es, de la justicia social— y del mayor número de libertades posibles para el mayor número posible de individuos. En consecuencia, en cuanto a su tónica epistemológica sus fundamentos son «frágiles» (Vattimo), difusos, mas no se trata en absoluto de un discurso ético anoréxico.

Cualquier praxis política que se autoproclame revolucionaria o progresista y carezca de estos deberes éticos resultará de entrada, y por decir lo menos, sospechosa de autoritaria cuando no totalitaria, que es decir, sospechosa de reaccionaria. Su máscara podrá ser el socialismo o la democratización, pero su rostro oculto será el mismo de cualquier dictadura.

Publicado originalmente en el Portal Aporrea el 3 de enero de 2025: Artículo

viernes, 27 de diciembre de 2024

Hermenéutica y política


Javier B. Seoane C.


Se cuenta que la palabra “hermenéutica” viene de “Hermes”, el Dios griego mensajero, el que traduce el lenguaje divino al humano. De modo que en tanto que traductor Hermes es intérprete. Por ello, la palabra “hermenéutica” significa arte de la interpretación de textos. No obstante, traduttore é traditore dicen los italianos, el traductor es un traidor. En la traducción se pierde siempre algo del sentido original. Como bien dijeron Herder y Humboldt, cada lengua es un mundo que no resulta conmensurable a la perfección con otro mundo. Agreguemos a ello que el arte de traducir supone la interpretación del traductor, el estar entre dos textos y la obligación de tomar decisiones no siempre lo más adecuadas. Quizás por ello, por la traición que toda traducción comporta, Hermes además de Dios mensajero es el Dios de los cuatreros. Cuentan adagios griegos que si te descuidas Hermes te hurta el ganado. El Dios intérprete es también Dios ladrón. ¿Más claro el significado de la unión de estos atributos?

Digamos también que la palabra “texto” no debemos reducirla al estrecho significado de texto escrito en un idioma como el castellano, el francés o el inglés. La hermenéutica como arte de interpretar textos no refiere sólo a textos escritos, aunque la búsqueda en el diccionario usualmente nos conduce como primera acepción a la interpretación de textos sagrados. Y claro, textos como los bíblicos dan mucho para la interpretación. Empero, la palabra “texto” tiene un maravilloso aire de familia con la palabra “tejido”. Un texto, en sentido amplio, es un tejido, un entrelazamiento de significantes que pueden ser palabras combinadas, edificaciones de un espacio urbano, la vestimenta de alguien, las artes plásticas, un filme o hasta el asa de una taza que recuerda a un conocido ensayo de Georg Simmel. Allá donde nos encontramos con la acción humana y sus producciones nos hallamos ante un entretejido de significados. En lo urbanístico Caracas, por ejemplo, tiene distintas capas históricas así como la tierra distintas capas geológicas. Una relativamente antigua está en el núcleo alrededor de la Plaza Bolívar, pero fundamentalmente la Caracas que hoy conocemos fue levantada a partir de los años cuarenta del pasado siglo. Vista cenitalmente, a vuelo de pájaro, Caracas nos habla de una ciudad hecha para automóviles, para quemar gasolina, atravesada por sendas autopistas, con pocas aceras para los peatones. Caracas habla, es una ciudad hecha a la medida de la ilusión petrolera del pasado siglo. Caracas es un texto. Del mismo modo reconozco una guiñada de ojo significando complicidad simpática conmigo, o quizás significando una travesura, o un saludo. ¿O será sólo un tic nervioso? Debo interpretar los gestos y me hago interpretar con gestos. Pero también con el vestir. El de Trino Mora me decía mucho de su personalidad, como el de un Lord inglés, el de un hippie, el de un policía o el del Papa. En fin, el texto en cuanto que entretejido de significados lo producimos cada quien constantemente en su acción y lo vivimos comprendiendo y más o menos interpretando en nuestros congéneres.

Más allá, digamos que el ser humano ha construido diversos modos de autointerpretarse, diversas concepciones del mundo. Si hubiésemos nacido al interior de un inveterado clan aislado en las estepas australianas seguramente no estuviésemos preocupados por estas cuestiones hermenéuticas. En el clan hay un mundo cerrado, una sola lengua, poco o nada dada a la polisemia. Salir del clan, el conocimiento de la pluralidad depende de unas coordenadas sociohistóricas específicas. Para las sociedades modernas la diversidad de interpretaciones resulta un hecho y, en líneas generales, el ethos democrático considera que tal hecho es positivo, que debe ser un derecho, algo a promover. En cambio, las extremas derechas e izquierdas, como las ortodoxias religiosas y de otro tipo, rechazan esta pluralidad, se acercan más a la naturaleza del clan.  Mas, para que sea posible la diversidad de interpretaciones se requiere un anclaje antropológico, humano demasiado humano. La plasticidad de la condición biológica del homo sapiens, las indigencias propias de nuestra condición, dan una apertura al mundo faltante en otras especies animales. Ello se manifiesta, sin duda, en la diversidad cultural, diversidad que resulta elocuente en sí misma en cuanto a la pluralidad de concepciones del mundo. Así, en cuanto seres arrojados al mundo (Heidegger) nuestra condición humana es una condición también hermenéutica. El oso polar o el dromedario no precisan construir un mundo, ellos pertenecen a su ecosistema, la inteligencia natural los ha dotado de una anatomía, un organismo y unos instintos especializados para sobrevivir y reproducirse en sus ecosistemas. Destruir sus nichos ecológicos es matarlos. Así pasa con la inmensa mayoría de vegetales y animales. En este marco, nosotros somos un animal raro, inadaptado, que tiene que trabajar (Marx) para construirse un ecosistema del que carece, con instintos abortados que es mejor llamar pulsiones. La monja más monja, la Madre Teresa, tiene pulsiones (impulsos) sexuales. Y el Papa como el Dalai Lama también. Pero, a diferencia del resto del zoo, esos impulsos carecen de una respuesta específica. La gata no necesita educar sexualmente al gatito y las galápagos nacen sin necesidad de adultos. Están programados genéticamente en sus respuestas. Nosotros no, nuestras respuestas a las pulsiones son culturales, debemos beberlas de nuestro entorno, aprenderlas. La monja más monja y el Papa canalizan sus energías sexuales a otro objeto no localizado genitalmente, las canalizan a una gran obra como también el artista, el obrero o el político. Ese instinto abortado que es la pulsión, abortado pues teniendo el impulso carece de la respuesta, establece el hiato que hace posible nuestra libertad relativa. Las extremas político-ideológicas como los dogmatismos al modo de un clan quieren cerrar este mundo, impedir su apertura, en cierto sentido quisieran que fuésemos como el resto del zoo. Quieren un bloqueo hermenéutico, un cierre total de la interpretación a su única interpretación de las cosas que bautizan con el nombre de LA VERDAD.

Salidos del clan y del mundo natural cerrado, digamos que sentido de la acción humana y pluralidad marchan juntos. Hay que darse un sentido, no el sentido; este último presupone una metafísica totalitaria. Si el sujeto humano se ve impelido a dar sentido a su accionar, por carecer de dispositivos biológicos genéticos que lo preprogramen, entonces en su apertura ante el mundo no sólo resulta posible un sentido sino una pluralidad de ellos, estructurándose cada uno desde las condiciones del entorno de sus sujetos productores —condiciones más inflexibles en tiempos lejanos en los que se carecía de mayor desarrollo de las fuerzas productivas, más flexibles en la medida en que se desarrollan éstas si bien con la emergencia de nuevos desafíos ante el incremento de riesgos. Ahora bien, insistimos, en el transcurso de la historia social humana se han visto siempre tentativas monopolizadoras del sentido. Esto es, la historia humana está repleta de capítulos en los que una determinada fuente de sentido, una determinada concepción del mundo, se pretende la única válida en un determinado ámbito o en más de uno. Así, por ejemplo, y por mencionar sólo un caso entre cientos de ellos, las religiones conocidas como universales (cristianismo, judaísmo, islamismo, budismo, etc.) han jugado muchas veces a la imposición de sí mismas como las únicas religiones verdaderas, válidas. Lo mismo cabe decir de las concepciones de la ciencia, de las artes, etc. Y ello ha supuesto, consecuencias prácticas: lucha por el poder político, económico, cultural, social; intolerancia; guerra; aniquilación (quema de brujas, de libros, genocidio, homicidio).

Los sentidos —constituyentes de y constituidos en concepciones del mundo, epistemes (Foucault), paradigmas (Kuhn), ideologías (Marx y muchos otros), discursos (Foucault), campos (Bourdieu)— pugnan, entonces, por el poder y muchos buscan la dominación. Se puede decir, en esta tónica, que toda lucha de poder supone una lucha entre sentidos, entre interpretaciones, y viceversa. Ambas resultan indisociables. La dominación se ha conjugado históricamente con la pretensión de ser la única verdad, la verdad verdadera. Pretensión que busca, frecuentemente, sacar del camino a los sentidos en competencia. El éxito en la consecución de la dominación implica, sin duda, que la interpretación triunfante haya resultado con un mayor poder persuasivo —poder, por demás, que en demasiados casos se ha ejercido a sangre y fuego, si bien se precisa no olvidar que la dominación no se puede sostener sólo a punta de fuego. Es una frase atribuida a Napoleón: «con las bayonetas se pueden hacer muchas cosas, menos sentarse sobre ellas». No se equivocó el genio militar que no logró convencer a españoles y rusos, dos de sus grandes derrotas. Se precisa entonces persuadir en torno a una verdad. Para decirlo con un Nietzsche que tiene muy presente a Hobbes, el de “Verdad y mentira en sentido extramoral”: ““(...) pero puesto que el hombre debido a la penuria y al aburrimiento quiere existir a la vez socialmente y en rebaño, requiere de un pacto de paz y aspira a que desaparezca de su mundo por lo menos la máxima bellum omnium contra omnes (guerra de todos contra todos). Este pacto de paz trae consigo algo que aparece como el primer paso hacia la obtención de aquel enigmático instinto de la verdad. Esto es, desde ahora en adelante se establecerá lo que deba ser «verdad», es decir, se inventará una designación de las cosas válidas y obligantes en todos los casos; y también la legislación del lenguaje entrega las primeras leyes de la verdad: pues ahora surge aquí por primera vez el contraste entre la verdad y la mentira. (...) Sólo a través del olvido el hombre puede llegar a presumir poseer alguna vez una «verdad» en el grado recién señalado.”

Los sentidos se incorporan en instituciones sociales, instituciones que han sido resultado de fuertes contiendas históricas por el poder y la dominación. No hay institución sin sentido. En consecuencia, si bien no hay un único sentido, sino pluralidad de ellos, acontece que en el ejercicio de la dominación uno se hace pasar como si fuese el único. Si queremos romper con la dominación, si queremos construir efectivamente una democracia desde la raíz, las instituciones a construir deben tener una amplia conciencia hermenéutica, deben institucionalizar la diversidad de las formas de ser humanos. Afortunadamente, y a pesar de nuestra brutal depredación, todavía nos maravilla la naturaleza con su diversidad biológica. Pues bien, la democracia como éthos, como carácter de una sociedad, ha de maravillarse con la diversidad cultural, con las distintas formas de transitar la vida, siempre y cuando resulten al menos tolerantes. Y digo al menos pues está claro que en democracia radical se aspira más al reconocimiento que a la tolerancia. Los ultras destruyen la democracia pues ni tolerantes llegan a ser. Pero simplemente prohibir sus agrupaciones es como botar el sofá donde se acostó tu pareja con el vecino. Hay que indagar las raíces de la actitud ultra, del cierre hermenéutico, de la falta de duda, de la ausencia de modestia ante los límites que de suyo tiene toda interpretación, el hurto que supone todo interpretar, el olvido de otros sentidos. 

La actitud ultra, la intolerancia hermenéutica, resulta una síntesis de múltiples condiciones.  El fascismo rampante hoy, entre incluso muchos de los se autodenominan antifascistas, obedece a una gran crisis civilizatoria y el agotamiento cultural del occidente despótico ilustrado de los últimos siglos. No hay modo de abordar aquí ni tan siquiera unas pequeñas relaciones constituyentes de este abismo humano en que nos hallamos. Digamos, para cerrar, que la educación juega un papel primordial para reproducir este mundo agresivo o abrir los cauces para que fluyan vocaciones más democráticas. ¿Cómo enseñamos, por ejemplo, la historia humana o la de nuestro país? ¿Desde una única interpretación o abierta a diversas interpretaciones según la localización social del narrador? ¿Es la historia de los vencedores solamente? ¿Es una historia carnicera, de batallas y guerras, de sangre y más sangre? ¿Será una historia también narrada desde la afrodescendencia, desde lo femenino, desde lo indígena, desde…? ¿Será una historia con actitud hermenéutica? ¿O, insistimos, será una historia como la historia de los noticieros, del crimen, del homicidio, del genocidio y contada al modo de la Guerra de las Galaxias, donde los criminales son los otros, los malos y nosotros los buenos? Pero lo mismo puede preguntarse del concepto de las artes en que educamos, o de la educación en las ciencias, etcétera. La educación física, la educación del cuerpo que somos, ¿ha de ser sólo gimnástica? ¿Ha de consistir, a modo castrense, en lanzar balones medicinales al otro, saltar plintos y correr una hora? Obviamente nos referimos a la escuela, pero la educación no es solo escolar, es también la que recibimos primariamente de nuestros hogares, si es que los tenemos. Es la que recibimos de los medios y las redes. Es la que recibimos día a día en una sociedad agresiva e individualista basada en la competencia, en el darwiniano del triunfo del más fuerte, del más vivo, del que explota al otro y depreda sin límites la naturaleza destruyendo nuestra biósfera, aniquilando la vida. Necesitamos otra educación, una con vocación hermenéutica. Quizás así llegue el día en que la política deje de ser tan nauseabunda.

Publicado originalmente en el Portal Aporrea el 27 de diciembre de 2024: Artículo

viernes, 20 de diciembre de 2024

Nefelibatas


Javier B. Seoane C.


Ahora que estamos en el mes cristiano de los rituales de cambio de ciclo vale la pena considerar nuestra condición nefelibata, una que especialmente arraiga en latinoamérica. Agreguemos que lo de los rituales nada tiene de malo, no hay sociedad humana, por pequeña o grande que sea, que carezca de rituales. Desde un aplauso hasta saludarnos con la mano somos seres rituales. El frágil orden social los exige. En cuanto a la nefelibatia digamos que la popularización del término debe mucho al genio de nuestro poeta Rubén Darío. Por la misma época, hace un siglo, Ortega y Gasset lo emplea como nefelóbata. En todo caso, nefelibatia o nefelobatia remite en su significado a un habitar en las nubes, en un mundo de ensoñaciones alejado de la terrena realidad. En su etimología viene del griego “nephélē” que significa “nube” y del mismo origen “-bátēs” que significa “que anda”. Nefelibata es el que anda en las nubes, como el Sócrates de aquella comedia clásica de Aristófanes titulada, precisamente, “Las Nubes”. Y es que parece que los filósofos de la ilustración ateniense tenían mucho de aéreos, al punto de que se cuenta que se reunían en el monte Areópago para discutir el celestial mundo eidético de Platón.

Veamos un caso latinoamericano muy nefelibata, nuestra Universidad Central de Venezuela. Su sede es la Ciudad Universitaria de Caracas, hoy maravilloso Patrimonio de la Humanidad. El motivo de las nubes está en el mismo epicentro de este hermoso espacio: el complejo arquitectónico de su Aula Magna. Alexander Calder pobló de esculturales y coloridas nubes el techo de este recinto. Tecnología y bellas artes se conjugaron entonces para darle al gran auditorio la que todavía al día de hoy resulta una de las mejores acústicas del planeta. Los detalles no faltan. Los picaportes que abren las majestuosas puertas que conducen a su interior también son preciosas nubes. En el exterior, un bronzino Pastor de Nubes de Jean Arp custodia desde lejanos tiempos el nebuloso campus. Pastor de Nubes, lugar ritual en el que hay que tomarse la foto de rigor concluido el ceremonial acto de graduación. Aula Magna que invita a soñar futuros que hagan de nuestro sino histórico un destino deliberado, inteligente. Sin duda, el motivo de las nubes cala de lo mejor en una Ciudad que como la Universitaria apunta a un por hacer. Sin sueños es difícil salir del presente. Pero cuidado, el habitar permanentemente en las nubes puede volverse nocivo para la salud humana. Como dice la sabiduría popular, hace falta un cable a tierra. Si no, el papagayo pierde su rumbo, su destino. Ni tan en las nubes ni tanto en la tierra. La Ciudad Universitaria tiene nubes y tiene piso también. ¿Y la Universidad Central? Pues una cosa es la Ciudad y otra la Institución académica que tiene su sede allí. La Universidad, como ha dicho repetidas veces nuestro actual y apreciado Rector, no son los edificios como tales sino el espíritu que en ellos habite. Quizás a la universidad, a diferencia de su espacio arquitectónico, le falte mirar más a las nubes, salir de su medieval vocación de avestruz, romper con sus rituales burocráticos, hoy paquidérmicos por instalados en la Venezuela de los sesenta y setenta del siglo pasado. Cual Ave Fénix esa burocracia debe morir para que de sus cenizas emerja la institución universitaria ágil que el tiempo presente exige. Buena transición sea aquella que, para decirlo con Nietzsche, le caiga a martillazos a los excesos burocráticos y su consecuente fragmentación del espacio académico en compartimientos aislados. Si es un peligro andar por las nubes sin un cable a tierra, peor puede resultar enterrarse para evitar ver el horizonte.

Pero retornemos a latinoamérica, con especial dedicación a nuestra Venezuela. Nuestro ser tiene mucho de Nefelibata. Hijos de una colonia que creció espiritualmente con el barroco gustamos de lo grandilocuente, de los grandes proyectos. Como aquel personaje de “Pantaleón y las visitadoras” que una vez visitó París y deslumbrado por la Torre Eiffel quiso construir una especie de réplica habitable en Iquitos, una que resultó inhabitable por aquellas cosas de la combinación que el hierro hace con el húmedo calor selvático. Como la afrancesada Caracas y los ferrocarriles de Guzmán Blanco, que nos endeudaron a tal punto de que imposibilitados de pagar casi nos invaden las potencias imperialistas de 1902. Como el poco rentable Hotel Humboldt de Pérez Jiménez, construido en tiempo récord pero sin mayor perspectiva hotelera en una Venezuela petrolera y para nada turística. Como la Gran Venezuela del otro Pérez o la Venezuela potencia de los últimos años, incluida la base de lanzamiento espacial en el macizo guayanés próximo a un centro de gallineros verticales. Así somos, barrocos rayando en el rococó, recargados y peligrosamente nebulosos. Queriendo ser los más grandes pero con una herencia pobre para serlo, buscando una identidad cósmica por construir. Muchas nubes, poca tierra.

Si bien Sócrates cae en un hueco por andar viendo las nubes, recordemos que habitar la tierra al modo de un reptil sin serlo enceguece nuestras posibilidades haciéndolas improbables. Más que en un cambio de ciclo pensemos en términos espirales. Un ciclo se repite míticamente. Y si bien los ciclos no dejan de tener su encanto sisífico, el país y continente que somos precisa superar sus miserias actuales. Tiene por delante muchos desafíos: superar la pobreza, democratizar sus instituciones, rescatar un concepto pachamámico en el cuido de nuestro gran hogar natural. Por eso, más que repetir lo mismo, caer en una especie de eterno retorno, seguir construyendo grandes proyectos inútiles pero sumamente costosos, caminar por las nubes sin más, precisamos habitar la tierra viendo a las nubes del horizonte, ampliar el radio del círculo como una espiral ascendente. Que la Universidad Central siguiendo el diseño que anuncia el espacio de su Ciudad Universitaria comience a triturar su burocracia rococó y su obsesión por las cajitas. Que quienes tienen la pasajera responsabilidad de gobierno en las instituciones estatales, en vez de hablar tanto gamelote se aboquen a cumplir con la Constitución y lo que la misma mandata en términos de participación y protagonismo de las comunidades y la sociedad civil, que auténticamente empodere a la gente y diseñe políticas priorizando a los olvidados de nuestro sociedad. Que quienes se sienten opositores olviden de una vez por todas la nefelibata política mágica, aquella que cree que las cosas cambiarán por algún artilugio o golpe de gracia venido del exterior, o por una revolución bananera, o por inundar las redes sociales con tuits o memes, o simplemente por repetir mantras. Que unos y otros, gobernantes y opositores, se pongan a trabajar palmo a palmo con la gente y no a utilizarla en el marco de una electorera razón estratégica. 

Pero no se trata solo de pedir a otros que hagan. Eso también es un mal caminar sobre las nubes. Se trata de hacer mirando a las nubes, de caminar por nuestra tierra con las miras puestas en un horizonte deseado, sin miseria, inclusivo que es decir democrático, sustentable y armonioso con la vida. Organización, palabra clave para hacer. Construir organización para realizar los cambios anhelados. En la UCV organizarse los estudiantes, los profesores, los empleados, los egresados, las autoridades para emprender la tarea de una universidad de cara a los citados desafíos de nuestro futuro. En el país político organizarse la oposición junto con las bases sociales que quieren representar, dejar de lado los egos obsesionados con sus espejos mediáticos y volver al barrio, salir de sus urbanizaciones. El gobierno no desorganizar más y contribuir a darle un sólido orden institucional a la nación si quieren ver más allá de sus entornos palaciegos. En fin, podemos hablar de cambios macro, meso y microsociales. Cambios de gran dimensión social referidos a la estructura total de la sociedad política a la que pertenecemos, cambios intermedios referidos a determinadas instituciones como las educativas o las de salud entre otras, y cambios pequeños vinculados a grupos y personas. Antes de quedarse esperando a los grandes cambios históricos podemos actuar en nuestro entorno y en nosotros mismos. Organizarse para ello, palabra clave. Un toque de voluntad ayuda mucho en esta tarea.

Con mis mejores deseos para el 2025.

Publicado originalmente el 20 de diciembre de 2024: Artículo

viernes, 13 de diciembre de 2024

Una COPRE para la Universidad


Javier B. Seoane C.


La Comisión para la Reforma del Estado (COPRE), fundada en 1984 a inicios de la administración Lusinchi y dirigida en sus inicios por Ramón J. Velásquez, puede entenderse como un intento del Estado por auto-observarse, reconocer su crisis y superarla. Una diversidad de partidos del espectro político venezolano y de organizaciones de la sociedad civil de entonces se congregaron en su seno para investigar, discutir y realizar propuestas en distintas materias con el propósito de reconducir el proceso histórico venezolano una vez agotado el modelo de crecimiento basado en la explotación y exportación de los hidrocarburos. Sus resultados se publicaron en varias decenas de libros con claras propuestas para el cambio, pero pocas se aplicaron. Lusinchi no estaba después de 1986 muy interesado en los cambios. Con la llegada de Pérez en 1989 se implementó la creación de los alcaldes y su elección directa igual que la de los gobernadores, dándole cierto oxígeno al sistema político. Pero quizás esos cambios, postergados por Lusinchi, llegaron tarde. Un país agotado por un continuo proceso de desintegración social derivado de una crisis económica estructural sin resolución política, aunada a una clase gubernamental envuelta en no pocos casos de corrupción administrativa, hicieron de las reformas políticas algo insuficiente para lo que se aspiraba. Y así, por los motivos ya sabidos, el gobierno de Pérez nació arponeado y las otras reformas se congelaron. Llegados aquí no se exagera si se dice que el balance de la COPRE resultó positivo. Cumplió con lo que se le solicitó, no tenía poder ejecutivo para implementarlo. Frenada la ley que reformaba los partidos políticos de cara a su democratización, la clase política frenó luego casi todo lo demás.

Hoy más que nunca hace falta una nueva COPRE para refundar nuestra sociedad y nuestro Estado. Usando como modelo lo que se realizó en los ochenta y tempranos noventa puede constituirse un organismo aún más amplio y democratizado que aquel. La tarea es urgente. Las universidades, tal como en aquel organismo, tendrían mucho que aportar en esta nueva empresa. No obstante, quizás las universidades, y especialmente nuestra Universidad Central de Venezuela, están urgidas de una COPRE propia, de una COPRU, una Comisión para la Reforma de la Universidad, una Comisión amplia y democratizada, que dé cabida a los diferentes sectores universitarios y también a muchos sectores extrauniversitarios que tienen mucho por decir de la Universidad para los próximos 25 años, sectores de las organizaciones no gubernamentales, sectores empresariales, sectores comunitarios y de la sociedad civil. Una Comisión que, si bien dirigida por los principales actores académicos de la comunidad universitaria, tenga una clara vocación y voluntad de escucha e inclusión. 

Esta COPRU tiene mucho trabajo adelantado. Documentos de la UNESCO hay varios. En el caso de la Universidad Central su propio Rector actual, el Dr. Víctor Rago Albujas, fue cofundador en el 2001 del Programa de Cooperación Interfacultades que abrió cada Facultad a todos los estudiantes universitarios siendo por años un ejemplo de movilidad académica, encuentros y formación de sinergias en docencia, investigación y extensión, y ello a pesar de los múltiples obstáculos burocráticos generados por la falta de compartir las distintas instancias un mismo sistema informático de control de estudios, y lo más grave, la falta de un calendario compartido y único. Los estudiantes de artes han podido cursar seminarios en ciencias, antropología, odontología o allí donde simplemente cada uno lo lleve su curiosidad e inteligencia. Del mismo modo, la Escuela de Artes ha sido un hogar académico que ha recibido en estos más de veinte años a miles de estudiantes de cada carrera de la UCV. Y esto ha pasado también en las distintas instancias de enseñanza universitaria. Quien escribe tuvo el honor de acompañar por varios semestres a la Dra. Izaskun Petralanda de la Escuela de Biología en un seminario interdisciplinario sobre ética, ciencia y tecnología. Las ciencias naturales y las sociales, junto con las humanidades, se conjugaron para repensarnos y volvernos más responsables en los impactos que tienen nuestros saberes en la sociedad así como para aprender a escucharnos unos y otros, dentro y fuera de la universidad. Después, hacia 2005 la Universidad, precisamente con una comisión, trazó un Plan Estratégico para su futuro. Lo que se había iniciado con el PCI se profundizó y se volvió una carta de navegación para el cambio inteligente. Los intercambios habrían de fluir más, la separación de carreras y Escuelas en compartimentos estancos, cajitas separadas al decir de Ocarina Castillo, daría paso a una universidad inter y transdisciplinaria, abierta a un permanente y siempre inacabado diálogo de saberes, incluidos los saberes extrauniversitarios. Ningún testimonio deberá excluirse al comienzo si la voluntad es democrática. Sólo un amplio consenso y una deliberación nutrida con buenos argumentos puede descartar alguna que otra posición. Pero el PCI sigue bloqueado en sus mayores potenciales por la paquidérmica burocracia universitaria así como el Plan Estratégico ha dormido por años en los archivos de esa burocracia.

Si la universidad del futuro quiere convertir su sino en destino elegido, si quiere llegar a algún puerto y no simplemente seguir ahí, a la deriva en altamar, debe repensar su papel en un mundo complejo, sumamente dinámico y líquido, transido por problemas sumamente graves como el cambio climático, la crisis mundial de la democracia como modo de vida y la creciente pobreza. De este repensar colectivo surgirán decisiones de transformación radical, decisiones que pongan fin a la clasificación decimonónica de los saberes, a las cajitas separadas, a la idea de que un estudiante debe ingresar a una carrera determinada desde el primer semestre, a la idea de que las carreras son un menú fijo y no legos a armar por los estudiantes en su trayectoria como investigadores. Habrán de emerger nuevas carreras que demanda la complejidad actual, por ejemplo la vinculada a la cuestión ecológica. Habrán de cerrarse otras signadas a ser desplazadas en poco tiempo por la llamada inteligencia artificial. Por otra parte, la universidad tiene que abrirse a toda la sociedad, ser el espacio que está destinado a ser, uno de encuentros múltiples y de educación permanente y para toda la vida. La universidad entonces será algo más que la institución que provee profesionales para el futuro. Y en el caso de nuestra amada UCV tendrá que superar el complejo napoleónico que la definió en la Venezuela del último siglo. El petroestado que tragaba a sus profesionales ya no existe, ya no los absorbe, y tampoco tiene con qué financiar en soledad a una institución tan vital para el país.

Así como se está retomando a la Ciudad Universitaria de Caracas, orgulloso patrimonio de la Humanidad, como espacio cultural abierto al encuentro de toda la ciudadanía venezolana mediante el cine, la música, el teatro, la plástica, las conferencias, urge la tarea de que su Consejo Universitario cree amplios mecanismos institucionales para consolidar la actual transición hacia otro concepto y práctica del ser de la Universidad. No importa que se llame COPRU o que se llame como se llame, lo importante es que la Universidad muestre al país mediante su ejemplar accionar que en su seno sigue viviendo y persistiendo el espacio que le ha sido históricamente asignado por la nación, a saber, ser un centro primordial de reunión de inteligencias para la construcción de una mejor sociedad. 

Publicado originalmente en el Portal Aporrea el 13 de diciembre de 2024: Artículo