viernes, 10 de abril de 2026

Contra la política incestuosa


Contra la política incestuosa

Por: Javier B. Seoane C. | Viernes, 10/04/2026 05:58 AM | Artículo


El descubrimiento de que las relaciones incestuosas resultan inconvenientes porque reproducen las taras genéticas es muy tardío en la historia científica de la humanidad. Miles de años antes las sociedades humanas ya evitaban estas relaciones prohibiéndolas. ¿Acaso estamos dotados de algún instinto anti-incestuoso? No parece haber una respuesta afirmativa si por “instinto” hemos de entender lo que al uso se suele entender, a saber, una disposición psicogenética biológicamente heredada, un tipo de comportamiento cuya respuesta es mecánica e inconsciente ante determinado estímulo. El homo sapiens sapiens que somos carece de tales instintos. Desde hace ya más de un siglo hablamos más bien de “pulsiones”, impulsos cuyas respuestas están mediadas culturalmente. Por ejemplo, tenemos pulsiones sexuales pero cada individuo las satisface según algún modelo cultural, llegando algunos a reprimirlas canalizando sus energías en formas sublimadas de actividades religiosas, artísticas, científicas, etc. Igual cabría decir de las pulsiones maternales o de autoconservación.

Nada instintivo pareciera inscribirse en la más universal de las prohibiciones humanas, la común a toda cultura que hemos conocido, la prohibición del incesto. Cabe agregar, además, que parte importante de los animales que conocemos sobre el planeta carecen de ese instinto contra el incesto, por lo que más que atender a razones biológicas, que las hay, pareciera que la cuestión remite a otras explicaciones. La etnología ha respondido que la prohibición se relaciona más bien con la creación de la sociedad humana. En efecto, las prácticas incestuosas cierran al grupo sobre sí mismo mientras que su prohibición obliga a establecer alianzas intergrupales, interfamiliares, de modo de reforzar vínculos para lograr éxito en la lucha por la vida. Por eso no es gratuito que llamemos al anillo matrimonial “alianza”. Las palabras guardan su sabiduría. No habría sociedad sin esta alianza que es el matrimonio tras el tabú del incesto, habría sólo clanes. Engels lo comprendió, si bien con su giro teórico propio al afirmar que la prohibición del incesto conduce a alianzas en función de expandir la propiedad territorial. Marcel Mauss, en su ensayo sobre el don, criticó esa tesis y otras al asentar que no todo intercambio entre grupos humanos se reduce al interés económico o a la mera posesión primitiva de mujeres. No todo es mero cálculo, decía Mauss. También hay generosidad, buena vecindad y amor.

Donde la generosidad, la buena vecindad y el amor parecen estar ausentes es en la política, ausencia que va in crescendo en las últimas décadas. Así, en la política internacional corren tiempos de polarizaciones, de enfrentamientos brutales entre los distintos clanes de derecha o de izquierda en los que vale todo. Estamos en tiempos de “posverdad”. Para destruir al adversario, considerado como “enemigo”, está permitido inventar cualquier cosa, desde un ataque terraplanista a la más truculenta de las teorías de la conspiración. Un buen grupo político con unos cuantos churupos monta rápido su equipo de redes, sus troles para magnificar sus mensajes provocadores y ofensivos para destruir lo que se le opone en su descarnada e insaciable voluntad de poder. Mr. Trump marcha a la cabeza junto con los Milei, los Orban o los Díaz Ayuso. En lugar de generosidad hay puro uña en el rabo esperando capturar al primer pendejo que sale a la calle.

A pesar de lo delicado de nuestro contexto venezolano actual, tampoco entre nosotros la práctica política resulta ajena a la realidad internacional que sucintamente hemos descrito. Desde hace ya mucho tiempo la polarización, la “posverdad” , las teorías de la conspiración y la obsesión por extenderlas en múltiples ecos creados ad hoc a través de las mal llamadas “redes sociales” recorre nuestro panorama nacional. Sin embargo, ello se agrava por un factor que siendo nuevo en otras latitudes ya es harto conocido en nuestro país. Me refiero a la sustitución de los partidos políticos por franquicias personales y personalistas, por clanes acaudillados por un individuo, clanes que por incapaces de establecer alianzas se vuelven sistemáticamente incestuosos. ¿En cuántos partiduchos se han fragmentado los viejos partidos? ¿Y los nuevos, entendiendo por “nuevos” los que tienen dos o tres décadas como el caso de “Primero Justicia”, “Alianza Progresista” o “Voluntad Popular”? Estamos ante franquicias, sean de un tal Leopoldo, un tal Julio o una tal María Corina. Franquicias, marcas personales cuyas decisiones se toman verticalmente, muchas veces en la penumbra de una alcoba y con fobia al diálogo y los acuerdos.

Aristóteles definía nuestra condición humana en términos de animal político. Hacía con ello referencia a la vida social, somos un animal que vive en sociedad, en la ciudad, dicho en griego, en la polis. Aristóteles tenía claro que la política ha de ser contraria al incesto, pues de lo contrario en lugar de la ciudad habrá sólo hordas de clanes o a lo sumo familias cerradas sobre sí mismas. Una vez escuché a Ramón Guillermo Avelado afirmar que el arte que más se parece a la política es la arquitectura pues ambas, si se entienden bien, buscan construir una casa para que la habitemos gustosamente. Mas, parece que Aristóteles y Aveledo hace mucho fueron olvidados y hoy la política se parece más a aquella ya clásica película de Dani DeVito, “La Guerra de los Roses” (1989), en la que los personajes de Kathleen Turner y Michael Douglas, una vez iniciado su divorcio, terminan destruyendo la casa que tanto aman para que el otro no la tenga. Lo que otrora fue un hogar se convierte en un infierno de destrucción por un pueril odio incontenible.

Seguramente nunca logramos en Venezuela hacer de nuestra casa un hogar satisfactorio para la gran mayoría, difícilmente lo hayan logrado muchos países, pero la política si conserva todavía algún sentido ha de prometer construir ese hogar. Y no lo podrá hacer con prácticas incestuosas. Requerirá de otra voluntad, aquella de tejer el mayor número de alianzas intergrupales. El desafío para ganar el juego ha de consistir en el mayor logro de vinculaciones y pactos, lo que supone estrategias en las que se ceden muchas cosas para conquistar mayores fuerzas, estrategias para ganar unos y otros, estrategias con mucha escucha del otro. Ya es hora de que los ocho o más gremios docentes del país se sienten a tejer alianzas entre ellos. Ya es hora de que la Federación Médica se renueve en su dirección. Ya es hora de que la intergremial procure una exitosa coreografía para que actúe en conjunto en pos de los intereses de todos sus agremiados. Ya es hora de que los sindicatos vuelvan a la vida nacional y se reúnan con propósitos de actuar en concordancia con las reivindicaciones de los trabajadores venezolanos. Ya es hora de que las franquicias partidistas de centroizquierda y centroderecha superen su miopía egoísta y procuren crear organizaciones más fuertes. Si queremos estabilidad el país demanda menos partiditos y más partidos grandes que se articulen con gremios, sindicatos y organizaciones civiles, partidos que se alternen en el poder y puedan actuar como partidos de Estado y no de una persona. Ya es hora de superar la cómoda política incestuosa.