Javier B. Seoane C. - www.aporrea.org
03/04/26 - www.aporrea.org/educacion/a351481.html
En realidad la amenaza parece ser de todas las ciencias sociales, quizás, más bien, de todo lo que sea realmente ciencia, a menos que, por supuesto, se trate de una enseñanza "caletrera" de resultados de la ciencia natural, jamás una educación en los métodos críticos de la producción científica. Me refiero a la reciente genialidad de la Junta de Gobernadores de Florida que suprime la sociología como asignatura introductoria obligatoria de las universidades públicas de ese estado. Todavía no han llegado al plano de Pinochet de eliminar todo lo que sea sociología de la educación en cualquier nivel, no se han atrevido a tanto. Por el momento, la relegan a una materia electiva, probablemente pronto ni eso será. ¿Por qué esta decisión? ¿Qué tan peligrosa puede resultar la sociología?
Las ciencias sociales, y particularmente la sociología y la antropología social, constituyen un subsistema social de autoobservación. Explico. Si concebimos toda sociedad política como un sistema complejo integrado por muchos subsistemas (económicos, políticos, culturales, científicos), las ciencias sociales forman uno de esos subsistemas cuya finalidad es observar y estudiar la constitución del sistema completo y su evolución. En tal sentido, su creación es el intento de hacerse más inteligente la sociedad humana dando cuenta de sí misma para corregir sus problemas y lograr convertir su sino en destino razonablemente elegido. El sino es el destino ciego, propio del género de la tragedia, aquel que se cumple por sí mismo y debido a nuestra ignorancia de lo que un otro ha decidido por nosotros. En cambio, la ilustración siempre ha sido la actitud que ha luchado contra el sino, los mitos y los prejuicios irracionales. La ilustración es la actitud del sujeto en lucha contra sus opacidades, en aras de autoesclarecerse para procurar conducir su vida de la mejor manera posible. La ilustración es, pues, la actitud de quien se autoobserva para vencer sus cegueras, sin la esperanza de alcanzar la luz plena, plenitud que no está reservada para nuestro ser fáctico y finito. Esta actitud ha acompañado a la humanidad siempre y al menos desde el mito platónico de las cavernas se ha vuelto consciente de sí misma.
Las ciencias sociales se hallan al final de ese largo camino que arrancó de aquella caverna hasta el día de hoy. En los últimos quinientos años de este extenso trayecto los dogmas y las mitificaciones se combatieron con el poder crítico de la ciencia y sus revoluciones. Primero fue la revolución astronómica contra el dogma geocéntrico. Siguió después la revolución de la física y, una vez establecidas las bases de la materia, se pasó luego a la revolución de la combinatoria de la materia, de la cartografía material de esta casa cósmica que habitamos, esto es, de la transformación de la alquimia en la química moderna. Entonces, ya en el siglo XIX, emergió la diferenciación que supone la materia orgánica e hizo entrada la revolución de la biología. La ciencia se encontró con la maravillosa diversidad de la vida, hoy amenazada por doquiera por unos intereses económico-políticos insaciables. Y en la fantástica diversidad de la vida la ciencia distinguió una vida menesterosa de sentido y significado, una vida que si bien enmarcada en la condición material biológica tenía aspiraciones espirituales, una vida que no sólo luchaba por la autoconservación y reproducirse sino que se preguntaba cómo sería la mejor manera de hacerlo, pues esta vida descubrió que había muchos modos de hacerlo. Se trata, sin duda, de la vida humana, una vida que ha nacido de la diversidad biológica y ha producido la diversidad cultural. Así, de la biología llegamos a las ciencias sociales modernas que, con alguna excepción, han nacido durante la última mitad del siglo XIX. Hasta la misma palabra "sociología" fue acuñada por Comte hacia mediados de aquel siglo. Estas últimas ciencias de lo humano cobraron fuerza con la psicología, pero pronto se descubrió que el individuo no se basta a sí mismo, que la persona que somos es un entramado de sentidos cargados de valores y actitudes que no hemos inventado aisladamente sino que antes, como el lenguaje mismo, son una creación social y cultural, una creación por la que damos la misma vida biológica. Por una bandera, por una cruz, por un ideal, por un amor damos la vida. ¡Qué extraño animal es el hombre!, dice cervantinamente un personaje canino en "La Niebla" de Miguel de Unamuno. Sí, extraño, pues extraña en el reino animal es la vida que no se conforma con su circunstancia biológica y sólo se completa con su circunstancia espiritual, circunstancia esta que sólo encuentra su ser en nuestro ser social. Las ciencias sociales llegan de este modo a un punto definitivo en el largo recorrer de la actitud ilustrada con el reconocimiento de que la mejor vida humana pasa por autoconocernos como sociedad para organizarnos del mejor modo posible mediante el conocimiento y su aplicación en políticas públicas.
Desde el comienzo de la sociología su categoría por excelencia ha sido la de "integración". Lógico, puesto que ha surgido en el contexto de los estruendosos cambios políticos y económicos de la revolución francesa y las revoluciones industriales, de las consecuencias desintegradoras del antiguo orden de estas revoluciones y de los problemas surgidos por la pobreza, la criminalidad y demás formas anómicas del mundo contemporáneo, problemas que han amenazado hasta la actualidad la integración social, tanto dentro de las sociedades políticas como de la propia comunidad internacional. La sociología siempre se ha preguntado si podremos vivir juntos dadas las condiciones de concentración de los poderes militar, económico y político en cada vez menos manos y a costa de la seguridad de la mayoría. La respuesta predominante es que, a menos que ocurran profundos cambios democratizadores de estos poderes, difícilmente podremos vivir juntos sin derramamientos de sangre y quizás sin aniquilar la vida misma en toda su diversidad. La sociología, en este sentido, ha sido una ciencia que nos ha ilustrado sobre las estrategias del poder y sus modos de dominación, estrategias basadas en procurar justificaciones a las exclusiones del poder de las grandes mayorías. Junto con otras ciencias, la sociología ha mostrado que estas estrategias carecen de base real más allá de prejuicios enraizados en la propia dominación como lo son, entre otros, los racismos, la misoginia, la homofobia o el mito de la pena de muerte como castigo ejemplar. Por su parte, la antropología nos ha abierto un catálogo frondoso en páginas en torno a la diversidad de las expresiones humanas, desde nuestras formas de vestir, comer, casarnos hasta nuestras formas de encarar la muerte.
Si pensamos lo dicho, estas ciencias constituyen un peligro para el estatus quo de los dominadores. Ellos las quieren, pero como una especie de surtidores de informes "top secret" para así vigilar los desafíos que enfrentan hoy y se ciernen sobre su futuro. Quieren conocer bien a sus potenciales adversarios y evitar que se empoderen. Ellos quieren sociólogos, antropólogos y demás cientistas sociales serviles a sus pretensiones acumuladoras de poder. A cambio de buenos bozales de arepas habrá quien les sirva. Lo que no quieren es la democratización de estas ciencias mediante la educación pública. Con un sólo centro formador de estos cientistas, por allá en la apartada Harvard, bastaría. No resultará extraño que califiquen estas ciencias como "progresistas", un eufemismo para acusarlas de izquierdistas, enemigas del buen "orden" establecido. Olvidan con intención que estas las mismas fueron tan críticas de sus intereses como de las aberraciones autoritarias, y cuando no totalitarias, de los llamados socialismos reales. Por más que se tongonee, a la Junta de Gobernadores de Florida se le ve el bojote de su reforma educativa, reforma que atenta contra una democracia autoilustrada al modo que gustaría al recientemente fallecido Habermas, una democracia bien informada y dotada de los mejores conocimientos y saberes para tomar sus decisiones sin exclusiones de los implicados y afectados por esas decisiones.
Veamos, sin embargo, que la decisión de la Junta de los Gobernadores de Florida no se trata de una "rara avis" . En nuestra casa, en Venezuela, la sociología fue confinada a un año del "Bachillerato en Humanidades", un bachillerato que se estudiaba en muy pocos lugares y que cierto prejuicio calificaba como "bachillerato de vagos" (seguramente faltó agregar: "y maleantes"). Luego, la revolución del socialismo real acabó con ese bachillerato guetizado y la sociología, reducida otrora a los habitantes del gueto, desapareció. Esta realidad nacional es la realidad de muchos otros países. Como en el nuestro, un bachiller, a menos que le dé por ser autodidacta, entra en muchos países a la mayoría de edad y al ejercicio de su ciudadanía desconociendo cómo funciona su realidad económica, cómo se financian sus partidos políticos, cómo son otras formas culturales, cómo funcionan sus instituciones sociales en la distribución de poder… Probablemente le hayan enseñado de memoria qué es un batracio o la fotosíntesis, y con suerte qué es un verso alejandrino (lo que para nada significa disfrutar de la creación poética), pero difícilmente le hayan informado cómo el sector financiero logra sus beneficios o las potencias mundiales imponen sus intereses. La "educación" que la dominación quiere es la de unos ciegos que creen ver, y más aún en los tiempos de la posverdad. Para esta "educación" la sociología obviamente molesta, y mucho. Es toda una amenaza.