viernes, 28 de noviembre de 2025

De la Escuela de Frankfurt, la emancipación, la educación y los juegos infantiles de otrora

 

En los años cuarenta Horkheimer y Adorno publicaron "Dialéctica de la ilustración", un texto que denunciaba que la dominación ideológica estaba instalada en el mismo desarrollo de la razón occidental, una razón con una clara orientación instrumental y estratégica cuya expansión exitosa transformaba el mundo en un gran objeto de manipulación, incluido el ser humano mismo. Ya in nuce en los mitos homéricos de la antigüedad, nos cuentan que esta razón "conquistó" con el advenimiento de la modernidad, por medio de la revolución científico-técnica, a la naturaleza externa y, después, con la conformación de las ciencias sociales y humanas, la naturaleza interna, la humana. Con la ayuda de estos aparatos cognoscitivos, la sociedad contemporánea se vuelve un mundo administrado y autárquico, al modo de las narrativas distópicas de Kafka, Huxley y Orwell, o en el cine la filmografía de Stanley Kubrick. Kubrick, por ejemplo, nos deja una metáfora visual de lo dicho. Su versión de "2001, Odisea del espacio" es precisamente esa odisea homérica de conquista del universo completo por el hombre y su tecnología, aunque con un final trágico. En cambio, en "La naranja mecánica" presenta el dominio de la mente humana por las ciencias humanas y sociales destinadas al estudio de la conducta y la tecnología del comportamiento. Con un final terrible en su ambigüedad, "La naranja mecánica" relata con meridiana claridad el uso de estas ciencias por el poder político, representado en la película por el Ministro del Interior y un intelectual opositor. Así, en una época previa a la presente de la posverdad y las mal llamadas redes sociales, de teorías de la conspiración y su uso pornográfico por los poderes económico-políticos de nuestras sociedades, ya se visualizó y conceptualizó una gran jaula de hierro perfectamente solidificada por una organización estratégicamente racionalizada de la sociedad.

La nueva perspectiva distanció a la Escuela de Frankfurt, término usual para agrupar a Horkheimer, Adorno y Marcuse, del campo teórico del marxismo. Al entender de la Dialektik y los posteriores escritos de Horkheimer y Adorno, la obra de Marx y de los marxistas posteriores se asentaba en la matriz de la racionalidad instrumental y estratégica occidental. La lógica del dominio sobre la naturaleza ─externa e interna─ quedaba clara en el optimismo marxista con relación al desarrollo de las fuerzas productivas. De la obra de Marx, el totalitarismo estalinista de la Unión Soviética y Europa del este, podía obtener elementos para su discurso, si bien haciendo las necesarias filtraciones para acomodar ideológicamente la obra del gran pensador a las terroríficas prácticas soviéticas, especialmente censurando conceptos "juveniles" de Marx como alienación. La Unión Soviética supo emplear bien el desarrollo de las fuerzas productivas poniéndose al día con la industrialización occidental, pero triturando aún más que las sociedades capitalistas las libertades políticas y sociales de las personas. La emancipación se usó como propaganda a favor del autoritarismo y la destrucción de cualquier esperanza democrática. Así, la teoría crítica a partir de los cuarenta se volvió cada vez más sombría en las versiones de Horkheimer, Adorno y Marcuse. Los dos primeros, en uno de los últimos fragmentos de la Dialektik, afirman que el pensamiento crítico, carente de sujeto de la emancipación, no pasaba de ser el mensaje en la botella de un náufrago: "Si el discurso debe hoy dirigirse a alguien no es a las llamadas masas ni al individuo, que es impotente, sino más bien a un testigo imaginario, a quien se lo dejamos en herencia para que no desaparezca por entero con nosotros." (Max Horkheimer y Theodor W. Adorno: Dialéctica del iluminismo, tr. H. A. Murena, Sur, Buenos Aires 1970; p. 300). Marcuse, en "El hombre unidimensional" (1964), sentenció que en la sociedad industrial avanzada (término que implica también a la Unión Soviética y sus satélites) carecía de sentido seguir usando el concepto de alienación, pues el explotado se identifica con el explotador en una especie de "conciencia feliz". De esta guisa, la teoría crítica llegó a un callejón sin salida: lo que la legitimaba era su vinculación con las fuerzas emancipadoras, así lo escribieron en los años treinta, pero su conclusión ya en los cuarenta era que tales fuerzas habían dejado de existir. Nada más lógico teniendo enfrente el apoyo de las clases trabajadoras a los movimientos fascistas y su desenlace en la barbarie de la segunda guerra. Luego, a partir de los sesenta los diagnósticos del postindustrialismo reforzaron su idea de que ya no había fuerzas emancipadoras, de que el mundo se había vuelto la mencionada jaula de hierro vivida placenteramente por los apresados. No obstante, al final de esa década, la revolución sociocultural que tiene su epicentro en 1968, tornó más optimista a Marcuse, no así a Horkheimer y Adorno. La revolución del 68, fracasada en sus pretensiones políticas, ha triunfado parcialmente en lo cultural hasta el día de hoy, cuando todos sus impulsos democratizadores están en peligro real por el crecimiento de las ultraderechas globalizadas.

En este punto entran en escena otros caminos de la tradición crítica, entre ellos, dentro de la propia corriente frankfurtiana, el de Karl Otto Apel y Jürgen Habermas, quienes tomarán el relevo generacional-intelectual de sus maestros a partir del 68. Desde aquellos años, ambos se empeñaron en elaborar una salida a la aporía de la teoría crítica, aporía, repetimos, que se expresa en que el sentido y legitimación de la teoría crítica descansa en entrar en diálogo con las fuerzas efectivas del cambio sociohistórico mientras que la misma teoría termina sancionando la inexistencia de las mismas. Apel y Habermas elaboran nuevas síntesis teórico-epistemológicas. Acuden, entre otros, al pragmatismo de Charles Sanders Peirce, William James, John Dewey y George Herbert Mead y su centramiento en torno al lenguaje y la comunicación. Recordemos aquí que Mead, como representante de este pragmatismo filosófico y sociológico, en los últimos capítulos de "Mind, self and society", afirma que la democracia real consiste en incluir efectivamente en la comunicación a la mayor cantidad de los lenguajes de los más diversos actores actores sociales. Por oposición, el autoritarismo supone un cierre a los lenguajes diferentes del poder y el totalitarismo la clausura total de cualquier lenguaje que no sea el del poder establecido mismo. Apel y Habermas reelaboraron la teoría emancipatoria nucleando su crítica en torno a la confrontación entre dos grandes paradigmas epistémicos, el de la filosofía de la conciencia (de una modernidad autoritaria) y el de la intersubjetividad (de una modernidad sustantivamente democratizadora). Para Apel y Habermas, la tradición crítica desde Marx hasta Marcuse está transida, junto con la historia milenaria del pensamiento occidental, por el primer paradigma, por el de la conciencia, caracterizado por el menosprecio del factor lenguaje constituyente de la subjetividad y, en consecuencia, por la separación abstracta entre sujeto y objeto que da lugar al reforzamiento de la razón instrumental y estratégica.

En la Teoría de la acción comunicativa (1981), como antes Apel en su "Transformación de la filosofía" (1973), presentan sus respectivos esfuerzos de síntesis teórica que incluye principalmente las obras de Hegel, Marx, Weber, Freud, Horkheimer, Adorno, Marcuse, Durkheim, Piaget, Dewey, Mead y Toulmin. Se diseña desde allí una teoría crítica reformulada a partir de una acción y ética comunicativas dirigidas a la práctica de un modelo de democracia deliberativa emancipadora. La acción comunicativa descansa sobre criterios contrafácticos de simetría entre los capitales culturales, económico, político y sociales ─me tomo la licencia de acudir aquí al léxico de Bourdieu─ de los actores comunicativos y la base de una racionalidad argumentativa con anclaje en la evolución sociocultural occidental pero universalizable por su carácter formal y ajustado a la ontología del lenguaje y los actos de habla (Austin, Searle). Con estos flirteos neokantianos, Apel y Habermas presentan toda una idea regulativa que orienta la teoría y acción emancipadoras en clave adversa a los autoritarismos epistemológicos y políticos de las teorías que le precedieron, especialmente las de sus maestros Horkheimer, Adorno y Marcuse. Quieren Apel y Habermas una teoría crítica dialógica que retome el mandato de la undécima tesis sobre Feuerbach de Marx, aquel que reza que hasta ahora la filosofía ha interpretado la historia, lo que se trata es de transformarla. Mandato que Karl Korsch y Georg Lukács interpretaron, a mi juicio muy adecuadamente, como realización de la filosofía y no como su abandono o supresión.

Si la filosofía contemporánea ha llegado a ser fundamentalmente una filosofía del lenguaje, una filosofía que en diálogo con las ciencias ha llegado a la conclusión de que el lenguaje es constituyente del mundo, de nuestras representaciones e imaginarios del mundo, representaciones e imaginarios con los que pensamos y actuamos, y que ese lenguaje humano se expresa en múltiples lenguajes socioculturales, algunos de los cuales se erigen autoritariamente como los únicos verdaderos y volviéndose real poder sociopolítico ejercen la dominación sometiendo los otros lenguajes y sus respectivos cuerpos, si gran parte de la filosofía contemporánea nutrida desde diferentes fuentes ha formulado estas conclusiones, y siendo el lenguaje una realidad intersubjetiva configuradora de las conciencias, entonces, la realización de la filosofía pasa por la realización efectivamente práxica de un modelo democratizador deliberativo sustentado en el entendimiento intersubjetivo. Precisamente, y siguiendo este mandato en una clave democratizadora, quieren también Apel y Habermas que su teoría crítica supere la tradición occidental centrada en el interés meramente instrumental y estratégico, supeditando esta racionalidad al interés de una razón emancipadora, comunicativa, que amplíe la comunicación bajo un imperativo ético-político de la inclusión, uno que, palabras más, palabras menos, manda a no excluir apriorísticamente a nadie, y mucho menos a los potenciales afectados, de las decisiones a tomar dentro de un orden social determinado.

Para estos pensadores se trata de una nueva ilustración, una ilustración de la ilustración que, reconociendo los límites de la primera ilustración moderna, la de la conciencia cartesiana y kantiana, los supere en una racionalidad democrática y comunicativa, una abierta a la pluralidad, a la diversidad humana. Como la anterior ilustración, y aunque no sea de mayor tratamiento por los alemanes mencionados, la nueva ilustración supone una educación formadora, una Bildung, que tenga como eje la formación del carácter, y desde la más temprana edad posible. Pero a diferencia de la educación de la primera, la segunda ilustración se enfoca en la formación de competencias comunicativas como el razonamiento argumentativo para un diálogo en el que se expresen libremente las más distintas posiciones y, desde allí, se llegue a acuerdos lo más consensuados posibles para la solución de los problemas que nos aquejan en las circunstancias que nos han tocado vivir. Se trata de una educación emancipadora, sustentada en la comprensión de la complejidad ontológica del lenguaje, de su potencial poético que es decir creativo, y de su poder democratizador mediante una práctica dialógica con sólida base en una sincera voluntad de escucha. Los juegos infantiles de otrora, como la ere, el escondite y tantos otros, guardaban un potencial para esa formación en la medida en que la comunidad de habla de niños respectiva debían acordar entre ellos reglas como el lugar de las taimas (venezolanismo para expresar lugares de resguardo o fuera del tiempo o time-out). Digo juegos de otrora, pues el presente que nos toca marca una clausura comunicativa al encerrarnos en una pantalla y juegos en video cuyo carácter es por lo general, además de bélico, más monológico que dialógico, pantallas para una mujer y un hombre unidimensionales, placenteramente alienados.

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jueves, 20 de noviembre de 2025

Nostágicos de España 1975

El destino quiso que fuese testigo de aquel 20 de noviembre en Madrid. Como día de otoño amaneció grisáceo. La calle silenciosa, las emisoras de radio sólo emitían música clásica, una de tonos muy lúgubres. La TV no comenzaba aún su horario habitual, solo la carta de ajuste. Precisamente lúgubre era casi toda aquella España, aquella que tan bien interpretara en varias canciones la cantautora Cecilia. Que Franco se moría, que era poco menos que un cadáver buscando sepultura, ya era más que evidente desde comienzos de noviembre, por más que los partes médicos dados a diario a la prensa pretendieran ocultar la fría agonía de aquel cuerpo hecho piltrafa, partes rococó y tan oscuros en su lenguaje como oscuro, lúgubre, fue aquel período histórico facistoide. Pero, si bien Franco era ya un cadáver, ¿lo sería su régimen nacionalcatólico y falangista? Después de todo, en su mensaje de fin de año de 1969, el caudillo anunciaba a los reprimidos españoles que dejaba todo atado, bien atado para que continuará indefinidamente su terrorífico proceder. Cuatro años después, el atentado que mató a su Presidente del Gobierno. Almirante Carrero Blanco, hizo del régimen un búnker de fascistas dispuestos a acribillar cualquier tentativa aperturista. De hecho, el final físico del Caudillo por la Gracia Dios, y vaya Gracia, comenzó horas después del 27 de septiembre tras los eventos mundiales en rechazo de los fusilamientos a cinco jóvenes por rebelión política ante la tiranía. Ni Paulo VI fue atendido en sus repetidas demandas para evitar fusilar gente por causas políticas en 1975, ni la amenaza de excomunión detuvo al católico Franco. Se retiraron casi todos los diplomáticos del mundo de Madrid, marchas de protesta hubo por doquiera y en Lisboa ardió la embajada española en rechazo de la barbaridad. El primero de octubre el sanguinario caudillo atribuyó todo aquel rechazo mundial a una conspiración judeo-masónica y comunista internacional contra una España que entendía como el último reducto de los valores cristianos de occidente. Repetía lo que siempre repitió durante sus cuarenta años de tiranía: una conspiración que unía a judios, masones y comunistas para apoderarse del mundo. ¿Suena insólito? No inventamos nada y estas teorías de la conspiración hoy están más de moda que en aquellos años, y no solo en España sino en cualquier latitud, en cualquier rincón en el que se fabrica la verdad a gusto de productores y consumidores.

Desde su genocida golpe de Estado contra la democracia de la segunda República, al régimen nunca le tembló el pulso para torturar y asesinar. Prolongó a propósito la guerra civil para barrer tras las líneas a cuanto republicano se consiguiese, con preferencia por poetas. Célebre fue el bombardeo sobre Guernica, a la hora de mercado y sobre el mercado como centro. Picasso lo retrató para la eternidad. En Hendaya se abrazó con su admirado Hitler. Empero, la admiración no era mutua, Franco no despertaba admiración ni al Führer. Conocida es la frase del canciller al terminar la entrevista, afirmó preferir que le sacaran cuatro muelas antes de volver a hablar con ese tipejo.

De aquella época de macabros fascistas, Mussolini, Hitler y Stalin, sólo Franco llegó a los ochenta años. No importa. Aquel régimen en que las mujeres no podían ni viajar, ni cambiar de residencia, ni tener cuenta bancaria, ni…, sin permiso de un hombre, fuese el padre o el marido, aquél régimen de terror llamado nacionalcatolicismo fue muy grato a Estados Unidos. Tras la guerra de Corea, Franco resultó gran amigo y aliado de la Casa Blanca y el pentágono, tal como grandes amigos resultaron sus camaradas Trujillo, Pérez Jiménez y cuanto dictador gorila surgiera por el mundo "libre", fuese Portugal, Grecia o Guatemala. pero Franco era especial para los gringos. Este si le daba duro a los rojos y también le daba bases en la súper estratégica península ibérica. Así, Franquito se abrazó con Hitler, con Mussolini, con Eisenhower, Nixon y Ford. Vaya que de anécdotas tendría el asesino de África y de España.

Como buen tirano, le encantaban también los magos. Se contentaba cuando algún estafador le presentaba un motor de combustión a base de agua del grifo. Destruida España por la guerra, y aislada internacionalmente entre 1945 y 1950 por su régimen filonazi, hundió en el hambre, el exilio y las emigraciones a miles de millones de españoles. Los que quedaron los usó entonces como mano de obra esclava para construir obras públicas y su faraónica tumba, irónicamente llamada el Valle de los Caídos. Eso sí, con la cruz más alta sobre el planeta tierra. Mientras, proseguía firmando penas de muerte a base del garrote vil, para que la muerte fuese más dolorosa.

Hoy hay quien dice que Franco hizo una revolución burguesa que industrializó España. Sí, a carajazo limpio y muy tarde en su régimen, a partir de 1959, cuando dejó de creer en magos y entregó los planes desarrollistas a la ultraderecha católica de los técnicos opusos. Además, con el bemol de haber sido más que todo una industrialización sustitutiva de importaciones que una vez muerto el Caudillo ya no servía para mayor cosa. En 1975 España perdía, en medio de su crisis económica y política, su última colonia en el Sahara. En 1975 murió el Caudillo y también una España vetusta. Sin embargo, se trató de una larga agonía de la que todavía permanecen algunos estertores y muchos nostálgicos, tanto en VOX como fuera de VOX. Especialmente crece una mitología de la grandeza franquista entre unos jóvenes, mayoritariamente varones violentos, de ilustración desnutrida y de economía precaria, jóvenes que culpan a la chucuta democracia española en lugar de la economía salvajemente capitalista que los condena a un trabajo cada vez más precario. Pero, ¿no fue acaso y después de todo esa misma población que en medio del caos económico de entreguerras apoyó fanáticamente a los fascistas totalitarios de hace un siglo, entre ellos Franco? Ojalá el pasado no sea el prólogo de este presente, ojalá todo se quede en unos últimos estertores.

Publicado originalmente en el portal Aporrea: Artículo

viernes, 14 de noviembre de 2025

Frankenstein, entre nosotros

 

La metafísica no es una colección de filosofías que apreciamos como objetos de deleite estético, algo así como cuadros en la exposición de un museo. Nunca ha de concebirse como un pensar muerto, más bien puede decirse que no podemos vivir sin metafísica pues toda cultura descansa sobre cimientos mayormente inconscientes y prerreflexivos. La metafísica que ha reinado en esa amplia península cultural variopinta que es occidente, si bien agotada, camina por nuestros caminos, sigue incorporada en instituciones como la universidad, la escuela, los medios de comunicación o el Estado, encarnada en miles de millones de mujeres y hombres de nuestras sociedades masificadas.

La metafísica occidental dominante emergió desde la vida cotidiana a partir de una determinada forma de relacionarnos con la naturaleza, incluida la naturaleza humana. Descansa en una forma de entender caracterizada por el enfrentamiento con dicha naturaleza, por sentirla hostil frente a la preservación del yo que somos. Y es que sólo a partir de la identidad de este yo se puede presentar la naturaleza, el mundo, como lo otro, como el objeto, como lo no-yo (Fichte). Al respecto, Horkheimer y Adorno, en su análisis del canto XII de La Odisea contenido en la "Dialéctica de la Ilustración", muestran muy bien como ya en el propio mito homérico la naturaleza se presenta como el objeto hostil que hay que dominar técnicamente, naturaleza encantadora pero terriblemente aniquiladora del yo. Los dioses constantemente amenazan la empresa de Odiseo con amenazas naturales. Esta mitología se traspasa al logos de la metafísica que se funda durante la ilustración griega y que conjuga muy bien con las raíces judaicas de la expulsión del paraíso por el pecado, por el ejercicio de nuestra libertad. Esta metafísica constituye la lógica que se nos enseña desde Aristóteles, reforzando una relación abisal entre sujeto y objeto, entre humano y naturaleza, entre subjetividad y ente. Se hace cuerpo en nosotros aunque nunca hayamos estudiado a Parménides, Platón o Nietzsche, aunque nunca nos haya interesado la filosofía. Del modo menos consciente, como actitud natural, la metafísica reina en nuestra precomprensión del mundo, aquella que nos permite comprender y entender nuestro entorno de un modo determinado, aquella que facilita que algo sea un determinado algo, aquella que carga la intencionalidad con la que proyectamos los entes que nos salen al paso. Cuando asistimos al museo de arte no solemos comprender como arte los letreros que aparecen a un lado de los cuadros. Cuando hablamos de arte nuestra mirada se dirige al cuadro y difícilmente lo que lo rodea cause asombro artístico. Ya previamente hemos comprendido a partir de nuestra educación qué ha de entenderse por arte y qué no. Del mismo modo, la naturaleza se nos enseña como lo hostil, tal como nos la muestra la mayoría de los cuentos infantiles clásicos. No te internes en el bosque, allí te acechan las brujas, las serpientes, los lobos para dañarte.

La comprensión del mundo es sobre todo una condición fundamental del ser que somos, sin esa comprensión sería imposible sobrevivir incluso biológicamente. Para decirlo con un gran filósofo contemporáneo, "Lo ya-interpretado mismo no es algo que se le añadiera al existir, algo que se le endosara, se le adhiriera por fuera, sino algo a lo que el propio existir llega por sí mismo, desde lo cual vive, por lo cual es vivido (un cómo de su ser)." (Martin Heidegger). Este estar ya-interpretado desde el que vivimos constituye nuestra misma intimidad que hace posible la significatividad de unas vivencias mientras que otras pasan desapercibidas. Percibimos artísticamente el cuadro, no el letrero. Se trata del estar-ya-interpretado, de la pre-comprensión que permite que a la comprensión y al entendimiento le salgan al paso unos objetos bajo una perspectiva singular, así como otros entes que se ignoren completamente. La pre-comprensión habilita la comprensión, pero, a la par, la limita. Estoy habilitado para ver artísticamente el cuadro, limitado para ver el carácter artístico del letrero. Es su propia dualidad, la propia del prejuicio que permite el juicio pero también limita otras formas de considerar el asunto.

La precomprensión habilita y limita las posibilidades de la comprensión de los entes y las situaciones que acontecen. En tanto que apertura y cierre marca una disposición ante el mundo, una que no sólo nos predispone a actuar de determinada manera, sino también cargada de afectividad. Heidegger considera que este temple anímico es un carácter fundamental nuestro. "El estado de ánimo ya ha abierto siempre el estar-en-el-mundo en su totalidad, y hace posible por primera vez un dirigirse hacia…". La tarántula Goliath es vista y sentida de modos muy diferentes por la comprensión y disposición afectiva del indígena yanomami del Amazonas y las del caraqueño corriente. Para el primero es divina en todas las acepciones que este vocablo admite en castellano, mientras que para el segundo lo más probable es que le genere temor. El primero convive con ella, la carga entre sus manos, le permite recorrer su cuerpo. El occidental promedio tendrá la predisposición a matarla a palazos.

La metafísica occidental emerge desde su propio fondo de precomprensión, uno que acentúa la subjetividad y reduce a objeto lo otro, incluido al otro humano. Descartes lleva al paroxismo esto último, los animales y los otros seres humanos se le presentan a su meditación como mecanos. Con Descartes el yo se eleva a principio de todo, y lo que no es yo, mi yo, pues es una cosa. Y lo que es una cosa pues estará a mi disposición, a la disposición del yo. Puede decirse que el producto último de esta metafísica es la racionalidad tecno-científica absolutizada como logos. Si bien la técnica es una condición antropológica, esto es, una condición humana desde que nuestros antepasados prehistóricos sacaron filo a una piedra para emplearla como cuchillo, la tecnología ya es otra cosa, es hacer una razón de la técnica, elevarla a razón, a tecno-logos, como la misma composición de la palabra lo dice. Nuestro mundo actual es tecnológico en este profundo sentido. Heidegger llega a decir que lo tecnológico se ha instalado hasta tal punto en nuestro ADN mental que ya carece de pensamiento. La ciencia no piensa, dice este filósofo, y el arte se suprime a sí mismo al reducirse a objeto. No piensa la ciencia y el arte sucumbe por la" actitud natural" que reposa arraigada en nuestra pre-comprensión occidental del mundo. Pero esta actitud natural realmente resulta poco natural si entendemos por este ser natural alguna esencia inmutable, el carácter de esta actitud es histórico e irreflexivo. La ciencia y el arte no piensan, y lo mismo puede decirse de la política, la historia, la economía y sus respectivas prácticas al uso, pues todas resultan comprendidas desde el fondo de precomprensión que establecieron hace más de 2500 años las raíces judaicas y griegas de la metafísica occidental, una metafísica que aprecia lo que no es yo, incluidos los otros yoes, como objetos, como instrumentos del yo, como medios a dominar para que nos sirvan. Como dice Heidegger, el último gran desarrollador de esta metafísica fue Nietzsche cuando hace de la vida voluntad de poder, voluntad de dominio de todo aquello que no es yo. Y esta voluntad, cual Víctor Frankenstein (Mary Shelley), se orienta hacia el sometimiento de la naturaleza, se eleva a Dios, quiere ser como Dios, imperar. Ser el creador de la vida misma, resucitar a los muertos. Por eso también su logos (razón) es tecno-lógico, dominio técnico del mundo. Como aquella conversación reciente entre Putin y Xi Jinping, conversación grabada cuando no se sentían grabados, y en la que palabras más o palabras menos se decían:

-Viviremos 150 años, ya la medicina lo garantizará pronto.

-No, viviremos más, viviremos para siempre.

Amanecemos con la noticia de que Bezos se adelanta a Musk en la conquista de Marte. Destruida la Tierra siempre habrá más planetas por depredar. Mientras, a los pobres se les repartirá gratuitamente una banana como gran obra de caridad. Frankenstein devora la naturaleza, pero esta apenas ha comenzado a pronunciar su última palabra. Y es que el Frankenstein no es de 1818, año en que la joven Shelley publicó su "ficción". Frankenstein está entre nosotros, encarnación física de nuestra metafísica, Frankenstein soy yo. Y no piensa.

Publicado originalmente en el portal Aporrea: Artículo 

viernes, 7 de noviembre de 2025

Sittlichkeit. A propósito de socialismo y democracia

 

En el parágrafo 274 de la "Filosofía del Derecho" de Hegel se lee: "En su constitución, el Estado tiene que penetrar todas las relaciones. Por ejemplo, Napoleón quiso dar a priori una constitución a los españoles, lo cual, sin embargo, funcionó harto mal. Pues una constitución no es algo meramente hecho: ella es el trabajo de siglos, la idea y la conciencia de lo racional, en cuan ampliamente ello está desarrollado en un pueblo. Es por eso que ninguna constitución es creada meramente por sujetos. Lo que Napoleón dió a los españoles era más racional que lo que ellos tenían antes, y sin embargo lo rechazaron como algo extraño a ellos, ya que no estaban cultivados hasta ese punto más elevado. El pueblo tiene que tener en su constitución el sentimiento de su derecho y de su situación, de lo contrario ella puede ser existente externamente, pero ella no tiene ninguna significación y ningún valor. Desde luego, puede encontrarse frecuentemente en singulares la necesidad y el anhelo de una constitución mejor, pero que la masa total sea penetrada por una representación semejante, es algo completamente distinto y sólo resulta posteriormente. El principio de la moralidad, de la interioridad de Sócrates, se originó necesariamente en sus días, pero se necesitó tiempo para que ello se convirtiera en autoconciencia universal." (de la traducción de nuestro siempre recordado Eduardo Vásquez, por las Ediciones de la Biblioteca de la Universidad Central de Venezuela en su segunda edición, pág. 286).

Nos hemos permitido esta larga cita por su riqueza, por todo lo contiene, especialmente el concepto hegeliano de "eticidad" (Sittlichkeit) y su distinción clave del concepto de "moralidad". Pero antes de entrar en este tema y vincularlo con otros dos conceptos, los de "socialismo" y "democracia", diseccionemos la cita brevemente en los siguientes puntos:

a.) El Estado tiene que penetrar todas las relaciones, en el sentido de que el Estado debe de emerger de las formas sociales ya establecidas para no resultar algo ajeno a las mismas, un aparato ahí que no representa a esa sociedad y su cultura. En otras palabras, el Estado debe surgir desde su pueblo y no imponerse al mismo, como Napoleón pretendió en España. Una tesis que permite entender por qué las constituciones son moribundas, incluso las que reemplazan a las moribundas.

b.) Los singulares, las personas de carne y hueso, los individuos, pueden desarrollar una conciencia distinta de la de su pueblo, por ejemplo una conciencia que apunte a superar sus propios límites actuales, tal como Sócrates con relación a la Atenas de su tiempo, empero, los individuos poco pueden hacer si su conciencia no se corresponde con la realmente existente en su pueblo.

c.) Agreguemos que Hegel denomina "moralidad" a la conciencia individual, a los valores que moran en un determinado individuo. En cambio, denominará "eticidad" a los valores que habitan efectivamente en el pueblo, en la comunidad real, en la sociedad. Si se quiere, se puede jugar con los orígenes de los términos para fijar los significados. Moralidad refiere a moral que viene del latín "mores" y se emparenta con morada. Hegel lo usará para la morada invidual, una morada que más que física es espiritual. Eticidad (Sittlichkeit) remite a ética, que viene del griego "éthos" que significa "costumbre", las costumbres en las que habita espiritualmente una comunidad determinada en una época dada. Así, la moral de un individuo puede oponerse a las costumbres de su comunidad de pertenencia. Si el mensaje de Giordano Bruno fue rechazado y el poder lo quemó en la hoguera sin mayores consecuencias ulteriores fue porque su moralidad se oponía a la eticidad dominante de su tiempo, mientras que el de Jesús fue recibido en el suyo porque hubo una comunidad que ya estaba madura para su recepción y expandirlo a otras comunidades que en su momento maduraron para hacerlo suyo también.

Marx, quien se alimentó de las dialécticas ubres hegelianas, entendía que para que la revolución triunfara se precisaba la madurez de las condiciones socioeconómicas, el mayor desarrollo de las fuerzas productivas capitalistas posible para que entrara en contradicción fatal y definitiva con las relaciones de producción, objetivadas en gran parte en las relaciones de propiedad, esto es, la propiedad privada sobre los medios de producción. La tecnología, componente fundamental de las fuerzas productivas, desplazaría el trabajo humano reduciéndolo al mínimo, así, por efectos de la propiedad sobre los medios se presentaría la mayor riqueza frente a la inmensa miseria de los trabajadores, en gran parte desalojados como desempleados del aparato productivo. No seguiremos ampliando las premisas de Marx, simplemente lleguemos a su conclusión: la revolución ocurrirá en los países de mayor desarrollo capitalista, por ser estos los que presenten la mayor contradicción señalada. En su tiempo ello apuntaba a Inglaterra y Francia, nunca a Rusia. En el nuestro apuntaría a Estados Unidos, no a Cuba o Venezuela. Más allá de lo que pensemos al respecto, Popper diría que Marx fue un gran científico pues presentó las condiciones en que se daría la revolución las cuales resultaron refutadas por la historia, nos interesa destacar que Marx nos decía en sus coordenadas teóricas lo que Hegel en las suyas: la sociedad debe estar madura para acoger las nuevas ideas, la racionalidad de estas nuevas ideas, su adecuación a las condiciones subjetivas y objetivas. La diferencia entre las coordenadas de uno y otro es que Hegel enfatiza lo espiritual y Marx las relaciones económicas como indicadores de dicha madurez sociocultural.

Lenin introdujo relevantes cambios en la teoría marxiana de la revolución. Nuestro querido y siempre recordado Heinz Sonntag, en otro libro publicado por la UCV, "Marx y Lenin, acerca de una sociología de la revolución", presentó un excelente balance de las diferencias entre el pensador de Tréveris y el de Uliánovsk. Prescindiendo de que el pensamiento de Lenin pasó por varias etapas, destaquemos el carácter voluntarista y vanguardista de su tesis. Voluntarista en tanto que la revolución la pueden llevar a cabo como toma del poder un sujeto a pesar de que no estén dadas las condiciones de desarrollo capitalista señaladas por Marx. Vanguardista por cuanto este sujeto se expresa como un grupo ilustrado que en determinadas condiciones sociohistóricas puede conducir a las masas básicamente no proletarias a una transición al socialismo mediante una dictadura de partido. Esto permite una práctica revolucionaria en una sociedad inmadura para el socialismo desde un punto de vista capitalista. O, para decirlo con la cita de Hegel, Lenin es a Rusia lo que Napoleón fue a España. La imposición armada de un modelo a la eticidad desde la moralidad.

Si Rusia era para 1917 un puzzle de culturas euroasiáticas a lo largo de su vasta extensión territorial, integradas mediante la figura autoritaria del zarismo y su sistema semifeudal, su eticidad se correspondería entonces con esta visión tradicional, patriarcal, semitribal, nada democrática. En consecuencia con lo planteado por Hegel, y dada la visión vanguardista de los jerarcas de la revolución, se terminaría estableciendo una continuidad nada democrática entre el zarismo y la secretaría del partido, entre el Zar y el Secretario General, una continuidad autoritaria con grados ascendentes a totalitarismo en la medida en que aquel "socialismo" se tendría que desarrollar en un solo país asediado desde el exterior, lo que ocurrió durante el período estalinista. El momento democrático expresado en la formación autónoma de los soviets sería barrido por su inadecuación epocal con la eticidad y las circunstancias de aquel periodo.

Quienes han usado el "Manifiesto del Partido Comunista" como catecismo en el mal sentido de esta palabra, quienes han hecho catequesis burda en pretendidos círculos de lectura de esta obra, como de otras de un auténtico calado revolucionario democratizador, han sido los llamados a reproducir la historia rusa en sus prácticas políticas, y de tener éxito en las mismas, hacer como Napoleón en España. Han hecho del Estado un aparato violento, autoritario y ajeno al sentir extendido socialmente. Un mero aparato represivo, diría Althusser. Y más allá, fácilmente habrán sometido a toda la sociedad a su contrario dialéctico también en lo económico, la habrán reducido a algún tipo de esclavismo o, en un tiempo 4.0, al más salvaje de los neoliberalismos.

Para terminar, pensamos que separar los conceptos de socialismo y democracia es, o propaganda ideológica de derechas en la medida en que intencionalmente confunde socialismo con dictadura, o propaganda ideológica de tiranías pseudoizquierdistas que a propósito confunden democracia con modelos estreñidos de democracia representativa. Conceptualmente socialismo significa democratización, democratización que va más allá del derecho formal y el resto de formalidades de la democracia representativa usual. Sin duda, es un concepto que tiene la importante tarea de corregir importantes dimensiones de su tradición como las relativas a la cuestión ecológica o la problemática de la gubernamentalidad, pero de seguro resulta un concepto más afín a democracia que aquel que defiende la unión de capitalismo y democracia, de acumulación de capital y distribución social del poder. No obstante, las derechas han sido exitosas en imponer la visión dictatorial del socialismo, se han nutrido con los llamados socialismos realmente existentes. De este modo, los referentes históricos las ayudan en su propaganda, se sustentan en lo que efectivamente ha ocurrido en aquellas sociedades surgidas de eticidades muy distantes de la pluralidad democrática y democratizadora, por lo que vale la pena apostar más bien por los términos de democracia radical, democracia profundamente inclusiva y empoderadora de las comunidades y sus personas. Más allá del discurso de izquierdas o de derechas que en su retórica exhiba un poder gubernamental, hay que exigir que tan realmente inclusivo resulte en sus actos.

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