viernes, 31 de octubre de 2025

Obsolescencia académica

 

La vida, la pobreza y la democracia son a nuestro juicio los grandes temas de nuestro tiempo. Hemos insistido mucho en ello. Pongo la vida en primer lugar, pues sin vida no hay nada. Por supuesto, no me refiero sólo a la vida humana sino a toda forma de vida en nuestro planeta. Estaremos perdidos mientras sigamos pensando que lo importante es el crecimiento del PIB y de los niveles de consumo. La naturaleza terráquea tiene límites y ya ha dado mucho, demasiado. Dispone de la inteligencia de los sistemas complejos y ha comenzado a deshacerse de nosotros, nos vomita como lo hace todo intoxicado. Nos expulsa mediante todo tipo de cataclismos. Mientras, la estupidez del dinero acumulado, patentizado en personajes como Elon Musk, busca emigrar a otro planeta. Seguramente para joderlo también. Los temas de la pobreza y de la democracia van de la mano. Si hay pobreza no hay mayor democracia, si acaso una pantomima de la misma. Democracia es democratizar las condiciones para la realización de la vida humana en sus diversos caminos. Ninguna democracia puede emerger y estabilizarse si la mayoría está hundida en la miseria. Sin democracia tampoco hay paz, podrá haber algún tipo de pax imperial, pero no paz.

Estos tres temas, estrechamente enlazados entre sí, conciernen a la Universidad si esta quiere ser una institución ilustrada en el mejor sentido que cabe dar a este término, es decir, una universidad en función del autorreconocimiento de las comunidades a las que pertenece en tanto que Universidad, comunidades locales, nacionales y la comunidad universal que es la humanidad. Autorreconocimiento significa autocomprender el porqué de nuestras creencias, pensamientos y actitudes, ilustrarnos en lo que somos y los peligros que corremos siéndolo. En este sentido, se espera de la Universidad que sea una institución educadora en la que la sociedad se observa a sí misma y se corrige para tornar su sino histórico en destino elegido. Lo dicho apunta a que no todo centro de instrucción que lleva el título de "universidad" sea una Universidad en el pleno sentido que le damos aquí. Muchas universidades privadas son simplemente negocios e instruyen a sus clientes para que se conviertan en buenos empresarios en función de aumentar el PIB y especialmente el bolsillo propio. Lo triste es que muchas de las que se llaman universidades públicas también son lo mismo, si bien orientadas a los negociados del partidismo político. Cabe esperar de una Universidad del Estado lo que no cabe de una que se llame así y sea del gobierno de un partido o de una empresa. Cabe esperar de ella, de una Universidad del Estado, que busque insaciablemente realizar la plenitud de su concepto ilustrado por antonomasia. Pero ello no pasa sino excepcionalmente, pues la mayor de las veces termina secuestrada por intereses partidistas, económicos, personales o simplemente entrampada en su propia racionalidad burocrática.

Si nuestra Universidad quiere realizarse en tanto tal debe vencer los obstáculos del poder dominante, y sobre todo de los poderes administrativos internos. De no hacerlo, terminará gestionando más de lo mismo, quizás sin las corruptelas usuales, pero más de lo mismo. Hoy más que nunca se exige que cambie, que se transforme, que rompa con los muros internos y externos. Aquellos separan su espacio común en departamentos estancos administrativos y académicos, mientras, los externos, la separan de las comunidades a las que pertenece cerrándole sus puertas para volverse una factoría de credenciales para aquellos que son admitidos muros adentro. Entonces, igual que sucede con el PIB, se siente orgullosa cuando exhibe que ha graduado a no sé cuántos profesionales el último año. Mas, para los grandes temas de nuestro tiempo, la vida, la democracia y la pobreza, poco cuenta la contabilidad de egresados o las posiciones en un pretendido "ranking" neutral. Para estos temas urge un considerable cambio administrativo, académico y conformar otro tipo de relaciones con su entorno social. Podemos decir que los primeros, los cambios internos, han de transformar la división interna del trabajo académico, en tanto que los cambios externos han de suponer otro tipo de ubicación de la Universidad en la división del trabajo más general de una sociedad determinada. Mencionemos una arista de cada uno.

Primero, los grandes temas de nuestro tiempo no se tratan adecuadamente enclaustrados en escuelas disciplinarias, en cajitas, como gusta decir a nuestra querida Ocarina Castillo, cajitas de biología, geografía, politología, sociología, economía, psicología, historia, etc., cajitas separadas y con frecuencia celosas de su pureza disciplinaria. Cajitas, que como las cajitas chinas, contienen otras cajitas de menor dimensión según los departamentos y cátedras de cada escuela. El tema de la vida remite a la cuestión ecológica y al sentido que le hemos dado a esa vida quienes podemos darle sentido y significado, nosotros, la especie humana. No es un asunto de las cajitas de la Facultad de Humanidades o de las cajitas de la Facultad de Ciencias o de Sociales. Ninguna por su cuenta puede tratar aisladamente el asunto de la vida planetaria en nuestro tiempo. Se precisa de otra organización, una que facilite la integración, que produzca sinergias entre humanidades y ciencias en el marco de una docencia inseparable de la investigación inter y transdisciplinaria. Pues el tema de la vida no se resuelve solo con ecólogos, geógrafos o sociólogos, cada uno por su lado, demanda el concurso de toda la universidad. Lo mismo cabe decir de la democracia y la pobreza. Tampoco estos temas se reducen a las cajitas de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales o a las de Ciencias Jurídicas y Políticas. ¡No! El problema de la pobreza, y con el mismo el de la democracia, pasa por otra relación con la naturaleza y nuestro entendimiento como parte de la misma, pasa por preguntarnos la eticidad que nos gobierna y cómo superarla en una relación más armónica con el mundo. Lo dicho aplica a problemas puntuales. Por ejemplo, el saneamiento del Guaire o la recolección de desechos en Caracas no es algo que pueda solucionar por su cuenta la Facultad de Ingeniería. Por ello, hay que reclamar con toda vehemencia que la Universidad inicie su propia reforma desde adentro, comprendiendo su situación y la de su entorno. ¿No es acaso la Universidad la institución que por excelencia está destinada a pensarlo todo, a sí misma y a su mundo, con el propósito de mostrar los caminos posibles a las soluciones?

Y no se trata de suprimir las disciplinas y subdisciplinas. No podemos resultar tan obcecados, tan binarios, como para verlo todo sólo en blanco o en negro. Se trata de abrir las disciplinas, de afinar los instrumentos de la orquesta de los saberes para que fluyan en las diversas corrientes sinfónicas de nuestro tiempo, para que sirvan de fondo musical a las mejores coreografías de la creación de conocimientos y autocomprensión de nuestro ser. Este trabajo académico de integración no se llevará a cabo mediante la actual organización administrativa que impera en la mayoría de las universidades, empezando por la de nuestra máxima casa de estudios, la Universidad Central de Venezuela. Se trata de una organización por cajitas, once Facultades, divididas a su vez en casi medio centenar de escuelas, divididas de nuevo en centenares de Departamentos y estos en sabrá la divinidad cuántas cátedras. Ello hasta administrativamente resulta una monstruosidad, multiplica exponencialmente los profesores de cada disciplina, y debido al costo tanto financiero como en tiempos de cada quien los confina a la docencia, los aparta de la investigación y de la relación con el entorno, los aísla a unos de otros, los reduce a un engranaje de la producción en masa de certificados y títulos. Se me dirá que poco o nada se puede hacer pues la Universidad está sometida a la ley y esta establece desde 1970 (!) esa estructura. Empero, la Universidad está para proponer soluciones, no para conformarse con lo establecido. Lo ha hecho en otras oportunidades. A comienzos de este siglo creó un Programa de movilidad estudiantil, docente y de investigación (PCI). El actual Rector fue uno de sus creadores y promotores. Eso sí, hasta el día de hoy ha sido imposible que el Consejo Universitario de la UCV armonice los calendarios de esas centenares de cajitas para que la movilidad señalada sea realmente efectiva. Ya no hablemos de los sistemas de control de estudios. La lógica administrativa de los feudos arruina los cambios académicos mientras las nubes pasan y pasan sobre las cabezas del Consejo Universitario, o quizás sea un Consejo en las nebulosas. También a comienzos de este siglo se formuló un plan estratégico que derrumbaba gran parte de los muros internos, pero pronto quedó engavetado hasta el presente. Y como que hay mucho miedo de abrir la gaveta, sacarlo, aggiornarlo y proponer incluso los cambios legislativos que se precisen de ser el caso. Se me dirá que con la inexistencia de presupuesto y la falta de salarios nada se puede hacer. Y es cierto en gran medida. Pero ¿ante la irresponsabilidad histórica de un gobierno la Universidad ha de quedarse de brazos cruzados? ¿Ha de dejarse morir de inanición? ¿Ha de jugar al simulacro de que las cosas están marchando? ¿No puede ella abrirse a otras instancias propias de su entorno social?

El temor y los celos de los administradores de cajitas se imponen igualmente para abrir la Universidad a su entorno social, para darle una apertura franca a las comunidades locales, nacionales y mundial. La Universidad puede y debe ser el foro que acoja otros saberes distintos de los tradicionales, que escuche las demandas de los distintos sectores sociales, que sirva de plataforma para el entendimiento y reconocimiento de las diferencias propias de una sociedad diversa. Por ejemplo, mucho podemos aprender de las comunidades indígenas ante el problema de la vida. El espacio universitario es el lugar ideal para la discusión y el diálogo permanente con los actores económicos, políticos, culturales de nuestro mundo. Algo han propuesto los rectores de la UCAB y de la UCV al respecto, y cada Universidad que se precie de ser tal lleva a cabo eventos de distinta índole que sirven para el encuentro social, pero hace falta más. Hace falta una Universidad abierta a todas las edades, a todos los aprendizajes, a todos los debates, más allá de los títulos o de los consabidos estudios no conducentes a título. El campus universitario siempre puede servir al picnic de los más diversos saberes, de aquellos más tradicionalmente académicos como de los menos, siempre puede servir al festín del aprendizaje para la deliberación razonable en busca de soluciones a los grandes temas de nuestro tiempo. Pero para ello urge que despierten los que allí están dormidos, que en su despertar generen las condiciones mínimas para impulsar las fuerzas creativas que toda verdadera Universidad dispone en potencia. Para mañana es tarde.

Publicado originalmente en el portal Aporrea: Artículo 


jueves, 23 de octubre de 2025

La raza cósmica

 

Por estas fechas hace un siglo comenzó a circular un libro breve, una especie de manifiesto sobre la identidad latinoamericana, titulado "La raza cósmica". Su autor, José Vasconcelos (1882-1959), acababa de dejar su cargo de Secretario de Instrucción Pública de la más auténtica de las revoluciones latinoamericanas, quizás la única auténtica, la mexicana. Preocupado siempre por la educación, preocupado por las ideologías que hoy llamaríamos neocolonialistas, preocupado por la identidad, preocupaciones comunes a los latinoamericanos pero que en México tienen un acento especial, Vasconcelos se dispuso a elaborar su discurso que es un canto de realce del ser que nos ha tocado ser.

Como Herder en su momento en la Alemania desgarrada que clamaba por nacer, u Ortega en la España invertebrada de su tiempo, Vasconcelos no quiso hacer de la identidad una sustancia fija, una esencia a ser develada por algún aprendiz de brujo que ilumine nuestro ser puro, casto, noble. ¡No! Como Herder u Ortega vio Vasconcelos en la identidad una síntesis del devenir histórico, si bien una síntesis mayor aún que la de aquellos. Si el pueblo alemán había emergido de bárbaros, romanos, celtas y muchos más, y a la vez, cada uno de los nombrados había surgido a partir de otros pueblos que los antecedieron; si la Universidad española es, para Ortega, más universal que la inglesa o la francesa pues no está aferrada a una tradición determinada sino que las consume todas y las sintetiza creativamente, las escucha a todas, las pone en diálogo y supera sus cegueras propias; para Vasconcelos la síntesis que se ha producido históricamente en América Latina es, sencillamente, cósmica.

Vasconcelos se enfrenta cual Quijote al fiero gigante del positivismo de su época, y, vale decir, de la nuestra también. Para aquel positivismo, como para el actual, el mestizaje era el gran mal, la imposibilidad de una síntesis coherente y el gran obstáculo a vencer. Para aquel positivismo había que importar alemanes e ingleses para que nos educaran, y así se hizo en más de una ocasión, hasta unos alemanitos dejamos abandonados por tierras aragüeñas cuya semilla prendió en eso que llamamos Colonia Tovar. Nuestro positivismo actual, revestido con la blanca paloma de la paz, quiere traer a como dé lugar a los gringos como ejemplo civilizatorio (!), modelo a seguir en lo económico, lo político y lo cultural. Hasta un cantante y buen compositor como Ilan Chester padece de este positivismo tan reciente como inveterado cuando declara en conocida entrevista que nuestro problema reside en la mescolanza de razas tan disímiles como la europea, la africana y la indígena. Mientras unos producen y acumulan los otros carecen totalmente de esa vocación. Por eso, ya en un tono más intelectual, este positivismo ha justificado una y otra vez a los buenos Césares, al cesarismo. Hay césares buenos y césares malos, y eso hasta para una pretendida izquierda nuestra. Hacia la derecha el César bueno nos pondrá a trabajar productivamente, nos transformará en calvinistas de actitud. Hacia la izquierda el César bueno, Galáctico, nos organizará volviéndonos hermosamente socialistas, grandes arquitectos de falansterios modernos en el que los cultivos organopónicos urbanos coexistirán con gallineros verticales y plataformas de lanzamiento espacial muy superiores a Cabo Cañaveral. A Vasconcelos, en cambio, no se le ocurrió escribir "Cesarismo Democrático", no era amigo de los oxímora, escribió "La Raza Cósmica", la más universal de las razas, la que en su seno contiene la mayor diversidad de lo humano. La inclinación natural de su texto fue efectivamente democrática, plural y latinoamericana.

También otros pensadores se opusieron firmemente al positivismo y sus devaneos cesaristas. El venezolano Augusto Mijares lo hizo reivindicando el carácter civilista, republicano y democrático de nuestros países, especialmente Venezuela. Para Mijares el caudillo fue siempre una figura coyuntural mientras que desde la independencia lo permanente ha sido la construcción del proyecto civilista. Para nuestro pensador, el positivismo, en cambio, además de sociológicamente pesimista con relación a nuestra cultura mestiza, reivindica la mano dura de un despotismo ilustrado para disciplinar a nuestros pueblos. Mas, a diferencia de Vasconcelos, Mijares respalda la tradición española como base de lo afirmativo venezolano y su anhelo republicano. Para el mexicano la tradición española sólo adquiere toda su potencia cultural en su articulación con las bases asiáticas de nuestras razas indígenas y los aportes afrodescendientes. Precisamente por ser la unión de Asia, África y Europa en América somos la más universal de las razas.

Si los positivistas veían en el mestizaje todo lo negativo, "La raza cósmica" de Vasconcelos tiende a ver todo lo positivo. Probablemente cada uno tenga su momento de verdad, mas lo completamente cierto es que en este mundo no hay pueblos sin algún grado de mestizaje, pues herderianamente cada pueblo es una síntesis histórica de muchos otros. Lo que cada uno ha aportado a la historia ha ido construyendo la humanidad que hoy somos, para bien y para mal. Empero, el positivismo que perdura en nuestro presente sigue observando en nuestras raíces indígenas y africanas lo que debe superarse, sigue pensando que debemos seguir el camino de Europa y Estados Unidos, el camino de una modernización económica e institucional y de una modernidad cultural sustentada en una lógica individualista. El norte es el proyecto de este positivismo remozado. Vasconcelos apunta en otra dirección cuando defiende las formas comunitarias y más armónicas con la naturaleza de nuestras otras raíces culturales.

En este centenario de "La Raza Cósmica" cabe volver a sus páginas, revisitarlo como bálsamo que nos dote de las fuerzas espirituales necesarias para combatir la creciente ideología fascistoide y supremacista de las ultraderechas globalizadas, aquellas cuyo discurso y actuar se dirige primordialmente en clave xenófoba, y más que xenofóbica en clave aporofóbica. Cuando la realidad actual se parece cada vez más a la que hace un siglo condujo al siglo XX al mayor baño de sangre de la historia, el discurso cósmico de Vasconcelos puede ayudar a construir una paz auténtica y no una pax gringa. Debería leerse en nuestras escuelas para formar un ciudadano latinoamericano orgulloso de su diversidad universalizable. Si usted no lo ha leído anímese, y si ya lo leyó reléalo de nuevo. Hay mucho por ganar y otra manera de entendernos en sus breves páginas.

Publicado originalmente en el portal Aporrea: Artículo 

viernes, 17 de octubre de 2025

Medina

Por: Javier B. Seoane C. | Viernes, 17/10/2025 12:04 PM | 


¡Cuántas veces los prosaicos golpes de Estado se han presentado como revoluciones! La del 18 de octubre de 1945 resulta tan solo una más. Como la historiografía que arranca en esa fecha ha sido prolija con los adecos, quisiéramos dedicar estas breves letras a aquel que no gozó de la misma prolijidad, a menos que fuese para presentarlo como antihéroe de la mítica "Revolución de Octubre": Isaías Medina Angarita (1897-1953). Este tachirense, formado como soldado desde temprana edad, resultó, para romper un prejuicio arraigado, un militar con vocación democrática. Ciertamente estos casos no suelen abundar en una institución bastante cerrada, jerárquica, sustentada en la lealtad acrítica al jefe y abocada a las armas más que a las palabras, pero siempre aparece uno que otro caso como en el Portugal de 1974 o antes en Venezuela con Medina. Por supuesto, hay una historiografía para la que tildar a Medina de democrático resulta fruto de la ignorancia o una afrenta temeraria. Procuremos entonces defender nuestro argumento.

 
Acusado no pocas veces de fascista, lo que se facilitaba por su fenotipo parecido al de Mussolini, resultó otras veces acusado de flagrante comunista. El Presidente de la República (1941-1945) era General de Brigada cuando ascendió a tan alta magistratura. En aquel entonces no había tantos generales, no había ni una brigada de generales ni tampoco una división de los mismos, mucho menos se precisaba ser soleado para llegar a tan alto cargo. Medina ascendió a ese rango con muchos méritos y con un ejercicio docente en ámbitos militares y civiles que duró varios lustros. Fue profesor del Liceo Andrés Bello y participó en discusiones de círculos de estudiantes, profesores e intelectuales liberales. Se cuenta que era partidario de la autonomía universitaria. Con su presidencia se inició la magnífica obra que es hoy nuestra Ciudad Universitaria de Caracas, Patrimonio de la Humanidad.

 
En el rudo contexto de la segunda guerra mundial, Medina apoyó decididamente la creación de las Naciones Unidas, particularmente envió a la Conferencia de San Francisco de febrero de 1945 a los eminentes diplomáticos Caracciolo Parra Pérez y Gustavo Herrera para contribuir a las gestiones de su fundación. Tuvo el honor Venezuela de ser uno de los 48 firmantes del nacimiento que dieron vida a esta valiosa organización internacional. El militar venezolano que fue Medina hizo de su presidencia una invitación permanente a la paz mundial, pero también y con mayor ahínco a la paz entre los venezolanos. Abrió relaciones diplomáticas con China y la Unión Soviética sin necesidad de quebrarlas con Estados Unidos, país que visitó por invitación de Roosevelt. En pocas palabras, puso los intereses del país por delante estableciendo relaciones internacionales amplias, careció de la visión angosta de los catecismos ideológicos que hemos visto tiempo después.

 
Se esforzó desde el comienzo de su mandato en legalizar los distintos partidos políticos garantizando la no intervención del Estado en los mismos, desde AD, COPEI, URD hasta llegar al Partido Comunista, con el cual incluso, y con su venia, el Partido Democrático Venezolano (PDV), su partido, llegó a participar en alianzas electorales en una inédita elección uninominal de concejales en los comicios municipales en 1944, lo que terminó de valerle la enemistad de su predecesor López Contreras y el repetido mote de "comunista". La libertad de expresión no estuvo ausente como en el pasado, en la época nacen importantes medios como El Nacional. A la par, impulsó otra reforma electoral para hacer una elección de la mitad del Congreso a medio término del período constitucional, reconociendo el derecho de la mujer al voto. Si bien las autoridades legislativas y ejecutivas superiores todavía resultaban de elecciones de segundo grado, Medina estaba convencido de la necesidad de la reforma electoral para alcanzar el voto universal y secreto en el siguiente período constitucional. En este sentido, no propuso míticas revoluciones sino profundas y muy concretas reformas con clara vocación democratizadora.

 
En 1943 aprovechó el contexto mundial para impulsar una nueva Ley de Hidrocarburos y darle a Venezuela una participación sustancialmente mayor en los beneficios provenientes de la producción y venta del petróleo, en un tiempo en que el país pasó a ser el principal exportador mundial de este rubro. Se creó por aquellos años la Ley del Impuesto sobre la Renta, una Ley de Reforma Agraria que suspendieron los golpistas y la creación de la Junta de Fomento que pasaría a llamarse luego Corporación Venezolana de Fomento. Importantes obras públicas se inauguraron en el ámbito de acueductos o vialidad como la Avenida Victoria, llamada así en homenaje al día de la victoria contra los nazis, al igual que la zona de Caracas llamada Lídice en honor al pueblo checo masacrado por los mismos nazis en junio de 1942. Se reurbanizó El Silencio. Se profundizaron las políticas sanitarias para erradicar los males que aquejaron a nuestra población más pobre desde tiempos inmemoriales.

 
Hombre campechano en el mejor de los sentidos, salía caminando con su esposa de Miraflores hacia el centro de La Candelaria para ir al cine, al que era aficionado. Llevaba sólo un edecán atrás y distante. Cuenta su señora que un día en el cine un espectador que estaba en la fila trasera, pensando que era un ciudadano más, lo increpó con cierta impertinencia para que se hiciera a un lado pues le estorbaba la visión. Medina se disculpó y se hizo a un lado. Aquel increpante palideció al darse cuenta de que se trataba del mismo presidente de la República, pero aquel Presidente sólo se disculpó, no abusaba de su poder y por eso podía caminar tranquilamente por las calles. No necesitaba un ejército de escoltas salidos de una película de Rambo, ni cargar par de ambulancias en la caravana presidencial para atender sus ataques de acidez o alguna uña enconada. No fue hombre de dar discursos altisonantes, vociferantes. Vestía de civil y ofrecía discursos breves que solían llamar al concilio y la concordia.

 
Fue entonces cuando unos golpistas civiles, ávidos de poder, se asociaron con unos golpistas militares, tan ávidos o más que aquellos. Aquel día de octubre de 1945, hace ochenta años, Medina fue derrocado por unas armas insuficientes para hacerlo. Ochoa Antich le avisó que la Guarnición de Caracas, junto con otras importantes del país, eran leales al orden constitucional. No obstante, prefirió retirarse al Ministerio de la Defensa para entregar la Presidencia y evitar cualquier derrame de sangre en el país. Faltaban apenas pocos meses para las elecciones y tan solo seis para entregar el cargo al nuevo mandatario. Nunca pretendió modificar constituciones para perpetuarse en Miraflores. Tres años después los militares derrocaron a sus socios civiles bajo la corta presidencia de otro insigne venezolano, Rómulo Gallegos, sobre el que esperamos escribir en otra oportunidad. El panorama se ensombreció por una década y más, quizás hasta hoy. En 1959, los golpistas civiles regresaron a Miraflores, volvieron a llamar a su pasado golpe "revolución" y escribieron su historia con importantes olvidos, como el de los logros de Medina.

 
Sin presos políticos, con libertades ciudadanas y para las organizaciones políticas, con una prensa sin mayores restricciones, con políticas económicas prósperas y construcción de obras civiles de envergadura, con políticas sanitarias y educativas exitosas, sin corruptelas ni terror policial, de seguro el período de Medina debería estudiarse más en nuestras instituciones educativas. Tiene todavía mucho por contarnos.

Publicado originalmente en el portal Aporrea: Artículo

viernes, 10 de octubre de 2025

¿Cuál oposición?

 

Javier B. Seoane C.

En nuestro país se ha repetido hasta el cansancio que las instituciones no existen o son muy débiles. Empero, cabe preguntarse, cuando hablamos de institución, ¿qué entendemos por tal cosa? Las ciencias humanas y sociales ofrecen varias respuestas, si bien hay una que en lo personal me parece primordial, a saber, una institución consiste en un conjunto de actitudes configuradas y a la vez configurantes de roles y estatus relativamente complementarios que permanecen en un tiempo social largo y con uno o más propósitos determinados. Ha de resaltarse que nuestra estructura de personalidad está, al mismo tiempo, ordenada por ese conjunto de roles y estatus. Importa anotar que los roles vienen siendo papeles que representamos en escenarios sociales concretos y los estatus son las jerarquías que se establecen entre esos papeles. Así, por ejemplo, yo o usted representamos los papeles de hijo, padre, madre, hermano, hermana mayor, sobrino en el marco de la institución que llamamos familia. Allí hay una jerarquía que descansa en una legitimidad que emana de las costumbres que vienen desde hace un tiempo distante, si bien sometido a cambios evolutivos, muchos imperceptibles en lo inmediato. Los padres ordenan, los hijos pequeños obedecen, los hermanos guardan cierta jerarquía también conforme a su rango etario. Y así vamos. Cuando no se cumplen estos papeles conforme a lo socialmente establecido entonces aparecen los juicios de valor, de buen o mal padre, buena o mala madre, buen o mal hermano. Esto aplica al escenario escolar, partidista, deportivo, etcétera, etcétera. Se juzgará de buen o mal presidente o de buen o mal alcalde según los estándares de legitimidad asociados a los respectivos papeles.
Hasta aquí hemos hablado de papeles (roles) y también de escenarios, pues la vida social, estructurada en instituciones y estas en actitudes ordenadas por roles y estatus, tiene mucho de teatro. Tan es así que en ciencias sociales hay hasta un enfoque teórico-metodológico dramatúrgico que debemos a Erving Goffman, es decir, se analizan las situaciones sociales utilizando la terminología del teatro. De la misma manera que Hamlet es un papel de una obra de Shakespeare que ordena a la persona que llamamos actor a actuar de determinada manera, y en relación con los otros papeles que contiene la pieza, el papel de padre, maestro, portero o presidente se atienen también a un libreto muchas veces tácito que se complementa en relación con otros papeles en determinadas situaciones sociales: el portero con el vecino, el presidente con los ministros, el maestro con los alumnos, la madre con los hijos. Cuando arriba decíamos que estos papeles estructuran parte de nuestra personalidad ello obedece a que la persona que somos se desempeña a partir de su serie particular de papeles (padre, hijo, hermano, profesor, amigo, chofer, vecino, jugador de dominó…), con los que se identifica más o menos, y a partir de los cuales elabora su proyecto de vida. Resaltemos que la etimología de “persona” nos señala que la palabra también procede de las artes dramatúrgicas. En el teatro antiguo, especialmente el etrusco y el griego, los actores representaban sus papeles mediante una máscara, a esa máscara llamaban “persona”. Nosotros heredamos en cierto medida todo esto cuando decimos “el personaje que representa el actor fulano de tal en la obra X”. Igualmente las ciencias humanas y sociales suelen reservar el nombre de “persona” a aquel individuo que ha alcanzado la suficiente madurez biológica y social para representar responsablemente sus papeles en el marco de las instituciones en que hace vida (familia, escuela, club de fútbol, pandilla del vecindario, etc.). Sería patológico para la sociedad y la psiquiatría que usted se comporte en clases como hijo en lugar de alumno y que exija de su madre que lo trate como alumno de castellano y literatura. Por eso, y por mucho más, los roles o papeles estructuran nuestra personalidad.
Volviendo a las instituciones. Las definimos como un conjunto de actitudes configuradas por roles y estatus complementarios que permanecen en el tiempo y con uno o más propósitos determinados. Puesto que no hay instituciones sin seres humanos que actúen de determinada forma, y dado lo dicho de los roles o papeles y estatus, papeles y estatus que regulan nuestra acción, se entenderá porque parece una definición tan fundamental. Lo de los propósitos o metas se comprende pues estas formas de proceder, estas predisposiciones de acción humana, son organizaciones que buscan satisfacer un fin, una meta. La familia, por ejemplo, reproduce mediante la educación ciertas pautas sociales y morales, además de cumplir funciones económicas. Y así, cada institución satisface algo requerido por el ser humano y su sociedad. Llegados aquí, se entenderá porque no hay sociedad humana sin instituciones, ello sería una sociedad que en cada amanecer tendría que empezar de cero a organizarse, y así día tras día, lo tejido en la mañana se destejería en la noche. Otra cosa es que las instituciones sociales realmente existentes no se ajusten al imaginario social de algunos actores o incluso resulten disfuncionales a determinados logros generales que se esperen.
En nuestra Venezuela hay instituciones sociales, culturales, económicas, políticas. Dado la brevedad esperada por estos artículos, me concentraré en las instituciones políticas de gobierno, ejecutivas y me centraré por hoy, con el propósito de concretar y cerrar pronto, en el caso de la Alcaldía de Chacao, siempre pensando que no se trata de un caso aislado sino más bien uno muy común en nuestro mapa político. En Venezuela hay, sin duda, una institucionalidad política. Otra cuestión es que no se ajuste a los parámetros evaluativos de algunos grupos de actores que sostienen un imaginario moderno de las mismas, un imaginario asociado con una racionalidad basada en la ciudadanía articulada por la ley universal, la misma e igual para todos. Este imaginario está conflictuado con el uso de las instituciones gubernamentales para beneficio propio de sus administradores de turno. Por ejemplo, critican al gobierno por sus abusos de poder, porque se dispone de la hacienda pública arbitrariamente y sin control o de las instituciones jurídicas y represivas a discreción, porque se hace uso de lo público para beneficio privado, porque las ambulancias del Estado llevan el rostro del Presidente y alguna nota que dice “Gracias a Súper Bigote tenemos ambulancias”, o camiones de bomberos, o el bono X o la bolsa de alimento Z, y quizás hasta una baranda en el hipódromo.
Los opositores que enarbolan un imaginario moderno, racionalista, universalista, democrático, basado en derechos humanos y todo el ideario moderno formalista ponen no pocas veces algunos de sus municipios como ejemplo a seguir. Se dice que en Chacao se respeta la ley y las autoridades son pulcras en el uso de lo público. No obstante, basta caminar unas cuadras por el pequeño municipio de Chacao, visualizar las actitudes de conductores y peatones en el tráfico, en aquel semáforo de la esquina o en este otro de acá, incluso de los conductores en patrullas policiales, para preguntarse de qué estamos hablando, preguntarse si puede afirmarse realmente que Chacao puede resultar un ejemplo diferente al resto de las instituciones públicas del país, para preguntarse si esa oposición que gestiona allí es tal oposición a las prácticas del gobierno central. Basta detenerse en postes de alumbrado público para leer cartelitos municipales sobre servicios de emergencia que, curiosamente, en lugar de llevar el nombre oficial de la Alcaldía llevan el nombre personal del alcalde en ejercicio. Hasta los adornos y obsequios de carnaval suelen llevar el nombre del alcalde.
En realidad, el Chacao de los pretendidos opositores con imaginario moderno no es paradigma alguno del imaginario de modernidad sino más de lo mismo en sus formas institucionales, quizás en un espacio con menor densidad demográfica y mayor poder adquisitivo, pero más de lo mismo. La cultura, queridos lectores, si bien intangible en su estructura simbólica resulta más difícil de torcer que el tangible acero más grueso. Por ello, en materia de lo que muestran los comportamientos e instituciones concretas de sectores opositores en ejercicio gubernamental no hay mayor diferencia con quien permite que su rostro y nombre se estampe en cualquier bien público. Tampoco podría decirse que hay mayores diferencias en los partidos opositores, perdón, quise decir, las franquicias personales que fungen como partidos políticos. Aunque no estén en ejercicio gubernamental, dichas franquicias deciden todo en las cavilaciones de su alcoba antes de que los alcance el sueño. En este sentido pues sí, quizás Chacao sí resulte modelo de país. Lo que allí pasa también pasa en el resto del país, como lo que pasa en Baruta, en Lecherías o en Miraflores. Quizás más que opositores hay tan solo disputantes por quién ha de firmar con su nombre los bienes públicos, por quién ha de privatizarlos usando la plata ajena, la suya y la mía.
Publicado originalmente en el portal Aporrea el viernes 10 de octubre de 2025: Artículo

viernes, 3 de octubre de 2025

Fellini, entre orquestas y la Venezuela posible


 



Javier B. Seoane C.

En estos días que despedimos a Claudia Cardinale difícil no recordar a ese gran director de la historia del séptimo arte de calidad que fue Federico Fellini. En su gran película de 1963, “8 ½” (Otto e mezzo), Claudia es un personaje central que poco aparece. Con su propio nombre de la vida real, Claudia expresa el encanto de la belleza, la espontaneidad, a veces la pureza santa, otras la tremendura, a veces de blanco, como tantas mujeres fellinianas, otras de negro, Claudia es en 8 ½ quien termina diciéndole una gran verdad a Guido (Marcelo Mastroianni), el doble del propio Fellini: “no sabes amar porque tienes miedo de hacerlo”. A lo largo de toda la película Guido expresa una profunda crisis de sentido de la vida que se manifiesta como crisis de creatividad del director fílmico cuyo personaje representa. También nosotros parecemos sumergidos en una crisis de sentido cuando en Venezuela alzamos la mirada hacia el futuro y lo vemos tan borroso, lejano e incierto. Y pareciera del mismo modo que cuando buscamos las narrativas de las fuerzas políticas del país para superar las crisis que enfrentamos sólo encontramos que padecen una crónica crisis de creatividad, pareciera que estamos ante unos zombies que todavía caminan por estos senderos porque no se han percatado de que hace tiempo ya no viven y no hay quien los entierre por ahora. Como en el concepto gramsciano de crisis: lo antiguo no termina de ser enterrado y lo nuevo no nace aún.
Ahora bien, si Claudia nos recuerda a Fellini, el propio Fellini nos evoca otra película suya, breve, de 1978, “Ensayo de Orquesta”. El argumento nos habla de una orquesta que se declara en huelga contra el Director de la misma, todo bajo el fondo de un escenario muy deteriorado, empobrecido. Los músicos, reunidos sindicalmente, acusan al Director de mediocre y autoritario, de dictador. Estos músicos, a veces incluso enfrentados entre sí, paralizan la representación orquestal e incluso grafitan pintadas revolucionarias en las paredes del auditorio. ¡Abajo el Director! Al poco tiempo llegan a enfrentarse a tiro limpio y en un intento de demolición muere el arpista aplastado. Afortunadamente no se trataba del buen Víctor Rago. Pero no contemos más, si no la ha visto o no la recuerda procure verla, satisfacción garantizada. Como en “La Guerra de los Roses” (1989) y otras buenas pelis, “Ensayo de Orquesta” puede interpretarse como una gran metáfora sobre las prácticas políticas de nuestro tiempo, y muy vigente en la actualidad de las ultras globales y nacionales. No en vano el Director tiene acento germánico, como los ultras de hoy tienen añoranzas de la Alemania de los treinta. No hay modo de lograr nada sin un proyecto resultado del acuerdo social, y para lograr estos acuerdos hay que aguzar el oído para desarrollar una voluntad de escucha que nos lleve a otra de cooperación. No hay orquesta viable si no hay acuerdo, lo que hay es una demolición permanente hasta que no quede nada por demoler. Toda orquesta demanda una partitura que interpretar.
En el país hay un conjunto de orquestas que resultan ejemplo de un buen funcionamiento, una buena cooperación, todas bajo el paraguas del Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela, usualmente conocido como El Sistema, sistema tomado como modelo en muchas latitudes de este planeta, incluidos países de larga tradición orquestal como Alemania. Con nuestras orquestas y coros juveniles e infantiles los venezolanos hemos construido un hito cultural del que podemos estar orgullosos. Ya con medio siglo de funcionamiento, el Sistema ha contado con apoyos de gobiernos muy diferentes desde 1974 hasta hoy. Cada quien, también organizaciones privadas, han contribuido con su ladrillo en esta magnífica edificación artística. Cuando pienso en este gran logro venezolano rápidamente recuerdo otro tan grande que es hasta Patrimonio de la Humanidad: la Ciudad Universitaria de Caracas, donde orgullosamente tiene su sede nuestra Universidad Central de Venezuela. En este caso, el primer aporte lo puso el gobierno de Medina Angarita y después los siguientes fueron contribuyendo en levantar esta joya arquitectónica del modernismo en clave tropical. Frente a estos dos monumentos venezolanos, y se pueden mencionar más, hay un conjunto de obras fracasadas, que nunca llegaron a realizarse o que se convirtieron en dolores de cabeza del país, por no haber tenido la fortuna de continuarse por quienes tomaron el testigo para hacerlo. Resultan simbólicos de esto último el Helicoide, la última etapa de la Avenida Boyacá o Cota Mil, los ferrocarriles nacionales y tantos otros proyectos abandonados porque fueron formulados por adversarios o simplemente porque la estupidez aunada a la corrupción quebró el país y nos dejó sin recursos. Las partituras de esos fracasos, fueron rotas, cada quien tocó su instrumento como le vino en gana logrando así ruido en lugar de melodía, tal como los músicos de “Ensayo de Orquesta”.
Cuando nos unimos y cooperamos en la construcción de una obra determinada los venezolanos llegamos lejos, cuando disponemos de una partitura acordada, nos volvemos exitosos. No somos menos que nadie, seguramente tampoco más que nadie. Somos humanos, demasiado humanos. Y el ser humano que somos, como bien acentuó el existencialismo del último siglo, sólo se define a partir de un proyecto que dé sentido a sus acciones en el mundo. El resto de la vida animal y vegetal no necesita de proyectos, está programada genéticamente, atada instintivamente, no padece, hasta nueva noticia, de crisis de sentido. Nosotros sí. Pero el sentido que se articula a un proyecto no es una creación individual sino colectiva. El ser que soy, lo que cuento de mi y lo que quiero llegar a ser nace del seno de las comunidades que he habitado, que habito y que habitaré. Los valores que me cobijan, mi morada (moral), así como el sentido que me proyecta emergen desde mis pertenencias a la familia, al equipo deportivo, a los scouts, a la pandilla infantil… Se gesta entre los pares de la escuela, con los colegas en el trabajo, en la peña de dominó con los jubilados hermanos del alma… Y el sentido de país lo construimos y adoptamos colectivamente también a través de narrativas y acciones con las que nos identificamos, con una partitura acordada. Allí la política y lo político juegan un papel primordial, sus actores son los primeros llamados a escuchar a su sociedad para formular proyectos que articulen nuestra accionar nacional. De eso creo que carecemos. Gobierno y oposición poco ofrecen y lo que ofrecen no resulta creíble por inviable o por agotado. Parecieran querer que todos toquemos el mismo instrumento en esta orquesta, que todos seamos trombón o violín. Gustan de ponerle el mismo logotipo a toda institución cultural, sea que se dedique a las artes plásticas, la música o la poesía. Gustan de los uniformes y en materia orquestal no pasan de marchas militares. No son demócratas, no gustan de las diferencias y la diversidad. Hacen imposible la vida orquestal y orquestada. ¿Cómo pensar una orquesta sin diversidad, sin que cada quien aporte su talento al todo? La política debería estudiar más las artes coreográficas y los deportes en equipo, especialmente el relevo en el atletismo o la esencia de las orquestas y los coros.
Parte de este vacío nacional de proyecto quizá repose en nuestro empeño de destruir la orquesta, en nuestra incapacidad actual de una escucha que nos permita llegar a un acuerdo, a una partitura acordada. Se patentiza patéticamente en la falta de voluntad de un gobierno para dar muestras de que está dispuesto a enrumbar el país, a corregir terribles errores que nos han llevado a este grisáceo presente, a enmendar lo hecho, por ejemplo, con una amnistía nacional. Próximos a cumplirse ochenta años del golpe a Medina Angarita, este gobierno no quiere ostentar el valor histórico de aquel General que, con vocación civilista, pudo enorgullecerse de que entregaba su gobierno sin un preso político. Empero, por otra parte, las oposiciones, lo sabemos, son un saco de hienas, pues amo mucho a los gatos para seguir el dicho popular. Unas medran en una Asamblea, otras invocan al mismísimo demonio para deponer a sus “enemigos”, las primeras callan y sin dejar constancia de queja alguna aprueban presupuestos que no contemplan ni la más mínima mejora salarial al venezolano, las segundas son altisonantes y aventureras en el mal sentido. No hay orquesta posible entre las oposiciones ni entre estas y ese búnker que llamamos gobierno. ¡Y para colmo se nos fue Claudia!
Publicado originalmente en el portal Aporrea el viernes 3 de octubre de 2025: Artículo