domingo, 14 de junio de 2020

Max Weber, un siglo sin ti. ¿Sin ti? (Javier B. Seoane C.)


Max Weber, un siglo sin ti. ¿Sin ti?
 Javier B. Seoane C.
Se cumple el primer centenario sin la presencia física de Max Weber y muchos estudiosos de lo social, lo político y lo económico quieren conmemorarlo. No es para menos, estamos ante un gigante de la teoría social clásica y digo más, ante el más vigente de los clásicos.
No es fácil escribir un par de páginas sobre este pensador. La primera vez que me encontré con él, hace casi 40 años, quería botar el libro a la basura. Era Economía y sociedad. Un primer capítulo de una redacción árida y cargada de conceptos. Muchos años después entendí la genialidad, sobre todo la de la primera nota al pié de página sobre la comprensión (Verstehen), una nota al pié interminable, del tamaño de un cuento de Kafka, pero que resume gran parte de lo que separa a la ciencia social de la ciencia natural. Genio pues.
Tantas cuestiones valiosas hay para tratar en su obra que no resulta fácil seleccionar una. La Venezuela actual, por ejemplo, estaría muy interesada en su tratamiento de la política como profesión, en su distinción entre una ética de la convicción, que suele guiar al revolucionario, y una ética de la responsabilidad que orienta al demócrata. Estaría muy interesada, imagino, en su explicación de cómo el político carismático y demagógico moderno reemplaza, en un mundo ya secularizado, al profeta de las grandes religiones. En un mundo en el que los dioses deben retirarse de la plaza pública a la esfera de lo privado, porque el dios único ha muerto, y en un mundo que deviene paulatinamente más técnico y burocrático, la mujer y el hombre siguen buscando sentidos trascendentes, sentidos que a veces encuentran de la mano de hábiles demagogos. ¿Le interesa? Pues lea “La política como vocación”, cortico (es una conferencia) y hasta encontrará una alusión a los gobiernos latinoamericanos que viven cambiando su Constitución.
También resultaría atractivo seguir al Weber de La ética protestante y el espíritu del capitalismo, a mi juicio una obra que contiene su propio Macondo, uno en el que Weber es Melquiades. Y ello porque el de Erfurt nos devela el origen y final de una gran odisea por reencantar el mundo: la del cristianismo protestante. En efecto, en ruptura con las corrupciones del Vaticano el protestante buscó la pureza del alma trabajando la tierra. Impulsó la ciencia para que nos mostrara los secretos maravillosos de la creación divina. Y con esta vocación económica y científica se encontró con la muerte de Dios. El mundo se volvió objeto de manipulación, artefacto humano, y Dios nunca apareció, es más, sobraba y en su sobrar le llegó la hora a la navaja de Ockham. Así, cual Gabo narrando Macondo Weber narró la historia del último intento del cristianismo por volver a ser. El volver a ser termina en “La Naranja Mecánica”, en una jaula de hierro según la buena traducción de Talcott Parsons. ¿Quiere conocer esa historia, que contiene secretos de nosotros y nuestras diferencias con los alemanes? Lea La ética protestante…
Hay también un Weber epistemólogo y metodólogo, uno que defendió la «neutralidad axiológica» de la ciencia social, y que no pocos por ello lo han confundido con un positivista. Pero no, su neutralidad está fundamentada en términos neokantianos y nihilistas, y de la misma no se sigue una «indiferencia moral», como tampoco, por cierto, de la neutralidad positivista. Resulta neokantiana pues acepta el principio del filósofo de Königsberg de que la realidad, la cosa en sí, es incognoscible. Sólo conocemos lo fenoménico y de ese conocimiento no se deriva ningún deber ser. Como gran lector de Nietzsche, y de Tolstoi, retoma también la tesis nihilista de que los valores son una creación humana. Lo real es sordo a lo axiológico. Así, piensa Weber que la ciencia originada en las necesidades prácticas, «puritana» en su búsqueda del saber como fin en sí mismo, puede cumplir al final, y debe cumplir, una función esclarecedora. La ciencia social, y no sólo la social, puede contribuir asesorando y educando para que la conciencia social se vuelva más autoconsciente, más reflexiva y autocrítica. Y si bien la ciencia puede pronunciarse sobre los medios y no sobre los fines en cuanto valoraciones, puede decirnos si esos fines resultan viables de acuerdo con los medios dispuestosy con lo que culturalmente deseamos; y una vez que se establece su viabilidad la ciencia puede también ilustrar a quienes deciden sobre el fondo sociocultural y psicológico de las motivaciones que los impulsan. También, la empresa científica está en capacidad de establecer proyecciones a partir de las decisiones que se tomen y del conjunto de metas que se esperan dados unos valores puestos en juego. Por ejemplo, si optamos por la construcción de un Estado democrático social la ciencia puede asesorarnos sobre las instituciones que convienen al mismo y puede hacer proyecciones, calcular escenarios, a partir de decisiones potenciales a tomar. Por supuesto, por el carácter infinito de la realidad intensa y extensa siempre hay consecuencias imprevistas que escapan al cálculo responsable, por lo que la historia siempre está abierta y resulta en última instancia incierta. Todo cálculo es, así, imaginario y sólo imaginario. Ahora bien, y de acuerdo con el ejemplo ofrecido, lo que no puede hacer esta empresa cognoscitiva es decirnos que la democracia social es una decisión de carácter científico. Al ayudarnos a esclarecernos, a pensar el porqué queremos lo que queremos y los riesgos previsibles que hay en lo que queremos, la ciencia impulsa socialmente el tipo de ética que la constituye: la «ética de la responsabilidad». A diferencia de la «ética de convicciones», la «de la responsabilidad» pondera las consecuencias previsibles de las acciones a tomar. Llama la atención sobre los riesgos de las decisiones y procura cuestionar las propias bases de la decisión para tornar más consciente a la sociedad. Hace, en cierto sentido, una epojé de su fe y sus creencias, de sus convicciones, antes de actuar.
La ciencia social se pensaba así como la autoconciencia social de la humanidad, aquella que podía hacernos medianamente dueños de nuestro destino. Lástima que desde entonces es perseguida, y no pocas veces por los propios cientistas sociales.
Cien años después de Weber, Weber sigue más vivo que nunca.
Caracas, junio de 2020.