viernes, 27 de diciembre de 2024

Hermenéutica y política


Javier B. Seoane C.


Se cuenta que la palabra “hermenéutica” viene de “Hermes”, el Dios griego mensajero, el que traduce el lenguaje divino al humano. De modo que en tanto que traductor Hermes es intérprete. Por ello, la palabra “hermenéutica” significa arte de la interpretación de textos. No obstante, traduttore é traditore dicen los italianos, el traductor es un traidor. En la traducción se pierde siempre algo del sentido original. Como bien dijeron Herder y Humboldt, cada lengua es un mundo que no resulta conmensurable a la perfección con otro mundo. Agreguemos a ello que el arte de traducir supone la interpretación del traductor, el estar entre dos textos y la obligación de tomar decisiones no siempre lo más adecuadas. Quizás por ello, por la traición que toda traducción comporta, Hermes además de Dios mensajero es el Dios de los cuatreros. Cuentan adagios griegos que si te descuidas Hermes te hurta el ganado. El Dios intérprete es también Dios ladrón. ¿Más claro el significado de la unión de estos atributos?

Digamos también que la palabra “texto” no debemos reducirla al estrecho significado de texto escrito en un idioma como el castellano, el francés o el inglés. La hermenéutica como arte de interpretar textos no refiere sólo a textos escritos, aunque la búsqueda en el diccionario usualmente nos conduce como primera acepción a la interpretación de textos sagrados. Y claro, textos como los bíblicos dan mucho para la interpretación. Empero, la palabra “texto” tiene un maravilloso aire de familia con la palabra “tejido”. Un texto, en sentido amplio, es un tejido, un entrelazamiento de significantes que pueden ser palabras combinadas, edificaciones de un espacio urbano, la vestimenta de alguien, las artes plásticas, un filme o hasta el asa de una taza que recuerda a un conocido ensayo de Georg Simmel. Allá donde nos encontramos con la acción humana y sus producciones nos hallamos ante un entretejido de significados. En lo urbanístico Caracas, por ejemplo, tiene distintas capas históricas así como la tierra distintas capas geológicas. Una relativamente antigua está en el núcleo alrededor de la Plaza Bolívar, pero fundamentalmente la Caracas que hoy conocemos fue levantada a partir de los años cuarenta del pasado siglo. Vista cenitalmente, a vuelo de pájaro, Caracas nos habla de una ciudad hecha para automóviles, para quemar gasolina, atravesada por sendas autopistas, con pocas aceras para los peatones. Caracas habla, es una ciudad hecha a la medida de la ilusión petrolera del pasado siglo. Caracas es un texto. Del mismo modo reconozco una guiñada de ojo significando complicidad simpática conmigo, o quizás significando una travesura, o un saludo. ¿O será sólo un tic nervioso? Debo interpretar los gestos y me hago interpretar con gestos. Pero también con el vestir. El de Trino Mora me decía mucho de su personalidad, como el de un Lord inglés, el de un hippie, el de un policía o el del Papa. En fin, el texto en cuanto que entretejido de significados lo producimos cada quien constantemente en su acción y lo vivimos comprendiendo y más o menos interpretando en nuestros congéneres.

Más allá, digamos que el ser humano ha construido diversos modos de autointerpretarse, diversas concepciones del mundo. Si hubiésemos nacido al interior de un inveterado clan aislado en las estepas australianas seguramente no estuviésemos preocupados por estas cuestiones hermenéuticas. En el clan hay un mundo cerrado, una sola lengua, poco o nada dada a la polisemia. Salir del clan, el conocimiento de la pluralidad depende de unas coordenadas sociohistóricas específicas. Para las sociedades modernas la diversidad de interpretaciones resulta un hecho y, en líneas generales, el ethos democrático considera que tal hecho es positivo, que debe ser un derecho, algo a promover. En cambio, las extremas derechas e izquierdas, como las ortodoxias religiosas y de otro tipo, rechazan esta pluralidad, se acercan más a la naturaleza del clan.  Mas, para que sea posible la diversidad de interpretaciones se requiere un anclaje antropológico, humano demasiado humano. La plasticidad de la condición biológica del homo sapiens, las indigencias propias de nuestra condición, dan una apertura al mundo faltante en otras especies animales. Ello se manifiesta, sin duda, en la diversidad cultural, diversidad que resulta elocuente en sí misma en cuanto a la pluralidad de concepciones del mundo. Así, en cuanto seres arrojados al mundo (Heidegger) nuestra condición humana es una condición también hermenéutica. El oso polar o el dromedario no precisan construir un mundo, ellos pertenecen a su ecosistema, la inteligencia natural los ha dotado de una anatomía, un organismo y unos instintos especializados para sobrevivir y reproducirse en sus ecosistemas. Destruir sus nichos ecológicos es matarlos. Así pasa con la inmensa mayoría de vegetales y animales. En este marco, nosotros somos un animal raro, inadaptado, que tiene que trabajar (Marx) para construirse un ecosistema del que carece, con instintos abortados que es mejor llamar pulsiones. La monja más monja, la Madre Teresa, tiene pulsiones (impulsos) sexuales. Y el Papa como el Dalai Lama también. Pero, a diferencia del resto del zoo, esos impulsos carecen de una respuesta específica. La gata no necesita educar sexualmente al gatito y las galápagos nacen sin necesidad de adultos. Están programados genéticamente en sus respuestas. Nosotros no, nuestras respuestas a las pulsiones son culturales, debemos beberlas de nuestro entorno, aprenderlas. La monja más monja y el Papa canalizan sus energías sexuales a otro objeto no localizado genitalmente, las canalizan a una gran obra como también el artista, el obrero o el político. Ese instinto abortado que es la pulsión, abortado pues teniendo el impulso carece de la respuesta, establece el hiato que hace posible nuestra libertad relativa. Las extremas político-ideológicas como los dogmatismos al modo de un clan quieren cerrar este mundo, impedir su apertura, en cierto sentido quisieran que fuésemos como el resto del zoo. Quieren un bloqueo hermenéutico, un cierre total de la interpretación a su única interpretación de las cosas que bautizan con el nombre de LA VERDAD.

Salidos del clan y del mundo natural cerrado, digamos que sentido de la acción humana y pluralidad marchan juntos. Hay que darse un sentido, no el sentido; este último presupone una metafísica totalitaria. Si el sujeto humano se ve impelido a dar sentido a su accionar, por carecer de dispositivos biológicos genéticos que lo preprogramen, entonces en su apertura ante el mundo no sólo resulta posible un sentido sino una pluralidad de ellos, estructurándose cada uno desde las condiciones del entorno de sus sujetos productores —condiciones más inflexibles en tiempos lejanos en los que se carecía de mayor desarrollo de las fuerzas productivas, más flexibles en la medida en que se desarrollan éstas si bien con la emergencia de nuevos desafíos ante el incremento de riesgos. Ahora bien, insistimos, en el transcurso de la historia social humana se han visto siempre tentativas monopolizadoras del sentido. Esto es, la historia humana está repleta de capítulos en los que una determinada fuente de sentido, una determinada concepción del mundo, se pretende la única válida en un determinado ámbito o en más de uno. Así, por ejemplo, y por mencionar sólo un caso entre cientos de ellos, las religiones conocidas como universales (cristianismo, judaísmo, islamismo, budismo, etc.) han jugado muchas veces a la imposición de sí mismas como las únicas religiones verdaderas, válidas. Lo mismo cabe decir de las concepciones de la ciencia, de las artes, etc. Y ello ha supuesto, consecuencias prácticas: lucha por el poder político, económico, cultural, social; intolerancia; guerra; aniquilación (quema de brujas, de libros, genocidio, homicidio).

Los sentidos —constituyentes de y constituidos en concepciones del mundo, epistemes (Foucault), paradigmas (Kuhn), ideologías (Marx y muchos otros), discursos (Foucault), campos (Bourdieu)— pugnan, entonces, por el poder y muchos buscan la dominación. Se puede decir, en esta tónica, que toda lucha de poder supone una lucha entre sentidos, entre interpretaciones, y viceversa. Ambas resultan indisociables. La dominación se ha conjugado históricamente con la pretensión de ser la única verdad, la verdad verdadera. Pretensión que busca, frecuentemente, sacar del camino a los sentidos en competencia. El éxito en la consecución de la dominación implica, sin duda, que la interpretación triunfante haya resultado con un mayor poder persuasivo —poder, por demás, que en demasiados casos se ha ejercido a sangre y fuego, si bien se precisa no olvidar que la dominación no se puede sostener sólo a punta de fuego. Es una frase atribuida a Napoleón: «con las bayonetas se pueden hacer muchas cosas, menos sentarse sobre ellas». No se equivocó el genio militar que no logró convencer a españoles y rusos, dos de sus grandes derrotas. Se precisa entonces persuadir en torno a una verdad. Para decirlo con un Nietzsche que tiene muy presente a Hobbes, el de “Verdad y mentira en sentido extramoral”: “(...) pero puesto que el hombre debido a la penuria y al aburrimiento quiere existir a la vez socialmente y en rebaño, requiere de un pacto de paz y aspira a que desaparezca de su mundo por lo menos la máxima bellum omnium contra omnes (guerra de todos contra todos). Este pacto de paz trae consigo algo que aparece como el primer paso hacia la obtención de aquel enigmático instinto de la verdad. Esto es, desde ahora en adelante se establecerá lo que deba ser «verdad», es decir, se inventará una designación de las cosas válidas y obligantes en todos los casos; y también la legislación del lenguaje entrega las primeras leyes de la verdad: pues ahora surge aquí por primera vez el contraste entre la verdad y la mentira. (...) Sólo a través del olvido el hombre puede llegar a presumir poseer alguna vez una «verdad» en el grado recién señalado.”

Los sentidos se incorporan en instituciones sociales, instituciones que han sido resultado de fuertes contiendas históricas por el poder y la dominación. No hay institución sin sentido. En consecuencia, si bien no hay un único sentido, sino pluralidad de ellos, acontece que en el ejercicio de la dominación uno se hace pasar como si fuese el único. Si queremos romper con la dominación, si queremos construir efectivamente una democracia desde la raíz, las instituciones a construir deben tener una amplia conciencia hermenéutica, deben institucionalizar la diversidad de las formas de ser humanos. Afortunadamente, y a pesar de nuestra brutal depredación, todavía nos maravilla la naturaleza con su diversidad biológica. Pues bien, la democracia como éthos, como carácter de una sociedad, ha de maravillarse con la diversidad cultural, con las distintas formas de transitar la vida, siempre y cuando resulten al menos tolerantes. Y digo al menos pues está claro que en democracia radical se aspira más al reconocimiento que a la tolerancia. Los ultras destruyen la democracia pues ni tolerantes llegan a ser. Pero simplemente prohibir sus agrupaciones es como botar el sofá donde se acostó tu pareja con el vecino. Hay que indagar las raíces de la actitud ultra, del cierre hermenéutico, de la falta de duda, de la ausencia de modestia ante los límites que de suyo tiene toda interpretación, el hurto que supone todo interpretar, el olvido de otros sentidos. 

La actitud ultra, la intolerancia hermenéutica, resulta una síntesis de múltiples condiciones.  El fascismo rampante hoy, entre incluso muchos de los se autodenominan antifascistas, obedece a una gran crisis civilizatoria y el agotamiento cultural del occidente despótico ilustrado de los últimos siglos. No hay modo de abordar aquí ni tan siquiera unas pequeñas relaciones constituyentes de este abismo humano en que nos hallamos. Digamos, para cerrar, que la educación juega un papel primordial para reproducir este mundo agresivo o abrir los cauces para que fluyan vocaciones más democráticas. ¿Cómo enseñamos, por ejemplo, la historia humana o la de nuestro país? ¿Desde una única interpretación o abierta a diversas interpretaciones según la localización social del narrador? ¿Es la historia de los vencedores solamente? ¿Es una historia carnicera, de batallas y guerras, de sangre y más sangre? ¿Será una historia también narrada desde la afrodescendencia, desde lo femenino, desde lo indígena, desde…? ¿Será una historia con actitud hermenéutica? ¿O, insistimos, será una historia como la historia de los noticieros, del crimen, del homicidio, del genocidio y contada al modo de la Guerra de las Galaxias, donde los criminales son los otros, los malos y nosotros los buenos? Pero lo mismo puede preguntarse del concepto de las artes en que educamos, o de la educación en las ciencias, etcétera. La educación física, la educación del cuerpo que somos, ¿ha de ser sólo gimnástica? ¿Ha de consistir, a modo castrense, en lanzar balones medicinales al otro, saltar plintos y correr una hora? Obviamente nos referimos a la escuela, pero la educación no es solo escolar, es también la que recibimos primariamente de nuestros hogares, si es que los tenemos. Es la que recibimos de los medios y las redes. Es la que recibimos día a día en una sociedad agresiva e individualista basada en la competencia, en el darwiniano del triunfo del más fuerte, del más vivo, del que explota al otro y depreda sin límites la naturaleza destruyendo nuestra biósfera, aniquilando la vida. Necesitamos otra educación, una con vocación hermenéutica. Quizás así llegue el día en que la política deje de ser tan nauseabunda.

Publicado originalmente en el Portal Aporrea el 27 de diciembre de 2024: Artículo

viernes, 20 de diciembre de 2024

Nefelibatas


Javier B. Seoane C.


Ahora que estamos en el mes cristiano de los rituales de cambio de ciclo vale la pena considerar nuestra condición nefelibata, una que especialmente arraiga en latinoamérica. Agreguemos que lo de los rituales nada tiene de malo, no hay sociedad humana, por pequeña o grande que sea, que carezca de rituales. Desde un aplauso hasta saludarnos con la mano somos seres rituales. El frágil orden social los exige. En cuanto a la nefelibatia digamos que la popularización del término debe mucho al genio de nuestro poeta Rubén Darío. Por la misma época, hace un siglo, Ortega y Gasset lo emplea como nefelóbata. En todo caso, nefelibatia o nefelobatia remite en su significado a un habitar en las nubes, en un mundo de ensoñaciones alejado de la terrena realidad. En su etimología viene del griego “nephélē” que significa “nube” y del mismo origen “-bátēs” que significa “que anda”. Nefelibata es el que anda en las nubes, como el Sócrates de aquella comedia clásica de Aristófanes titulada, precisamente, “Las Nubes”. Y es que parece que los filósofos de la ilustración ateniense tenían mucho de aéreos, al punto de que se cuenta que se reunían en el monte Areópago para discutir el celestial mundo eidético de Platón.

Veamos un caso latinoamericano muy nefelibata, nuestra Universidad Central de Venezuela. Su sede es la Ciudad Universitaria de Caracas, hoy maravilloso Patrimonio de la Humanidad. El motivo de las nubes está en el mismo epicentro de este hermoso espacio: el complejo arquitectónico de su Aula Magna. Alexander Calder pobló de esculturales y coloridas nubes el techo de este recinto. Tecnología y bellas artes se conjugaron entonces para darle al gran auditorio la que todavía al día de hoy resulta una de las mejores acústicas del planeta. Los detalles no faltan. Los picaportes que abren las majestuosas puertas que conducen a su interior también son preciosas nubes. En el exterior, un bronzino Pastor de Nubes de Jean Arp custodia desde lejanos tiempos el nebuloso campus. Pastor de Nubes, lugar ritual en el que hay que tomarse la foto de rigor concluido el ceremonial acto de graduación. Aula Magna que invita a soñar futuros que hagan de nuestro sino histórico un destino deliberado, inteligente. Sin duda, el motivo de las nubes cala de lo mejor en una Ciudad que como la Universitaria apunta a un por hacer. Sin sueños es difícil salir del presente. Pero cuidado, el habitar permanentemente en las nubes puede volverse nocivo para la salud humana. Como dice la sabiduría popular, hace falta un cable a tierra. Si no, el papagayo pierde su rumbo, su destino. Ni tan en las nubes ni tanto en la tierra. La Ciudad Universitaria tiene nubes y tiene piso también. ¿Y la Universidad Central? Pues una cosa es la Ciudad y otra la Institución académica que tiene su sede allí. La Universidad, como ha dicho repetidas veces nuestro actual y apreciado Rector, no son los edificios como tales sino el espíritu que en ellos habite. Quizás a la universidad, a diferencia de su espacio arquitectónico, le falte mirar más a las nubes, salir de su medieval vocación de avestruz, romper con sus rituales burocráticos, hoy paquidérmicos por instalados en la Venezuela de los sesenta y setenta del siglo pasado. Cual Ave Fénix esa burocracia debe morir para que de sus cenizas emerja la institución universitaria ágil que el tiempo presente exige. Buena transición sea aquella que, para decirlo con Nietzsche, le caiga a martillazos a los excesos burocráticos y su consecuente fragmentación del espacio académico en compartimientos aislados. Si es un peligro andar por las nubes sin un cable a tierra, peor puede resultar enterrarse para evitar ver el horizonte.

Pero retornemos a latinoamérica, con especial dedicación a nuestra Venezuela. Nuestro ser tiene mucho de Nefelibata. Hijos de una colonia que creció espiritualmente con el barroco gustamos de lo grandilocuente, de los grandes proyectos. Como aquel personaje de “Pantaleón y las visitadoras” que una vez visitó París y deslumbrado por la Torre Eiffel quiso construir una especie de réplica habitable en Iquitos, una que resultó inhabitable por aquellas cosas de la combinación que el hierro hace con el húmedo calor selvático. Como la afrancesada Caracas y los ferrocarriles de Guzmán Blanco, que nos endeudaron a tal punto de que imposibilitados de pagar casi nos invaden las potencias imperialistas de 1902. Como el poco rentable Hotel Humboldt de Pérez Jiménez, construido en tiempo récord pero sin mayor perspectiva hotelera en una Venezuela petrolera y para nada turística. Como la Gran Venezuela del otro Pérez o la Venezuela potencia de los últimos años, incluida la base de lanzamiento espacial en el macizo guayanés próximo a un centro de gallineros verticales. Así somos, barrocos rayando en el rococó, recargados y peligrosamente nebulosos. Queriendo ser los más grandes pero con una herencia pobre para serlo, buscando una identidad cósmica por construir. Muchas nubes, poca tierra.

Si bien Sócrates cae en un hueco por andar viendo las nubes, recordemos que habitar la tierra al modo de un reptil sin serlo enceguece nuestras posibilidades haciéndolas improbables. Más que en un cambio de ciclo pensemos en términos espirales. Un ciclo se repite míticamente. Y si bien los ciclos no dejan de tener su encanto sisífico, el país y continente que somos precisa superar sus miserias actuales. Tiene por delante muchos desafíos: superar la pobreza, democratizar sus instituciones, rescatar un concepto pachamámico en el cuido de nuestro gran hogar natural. Por eso, más que repetir lo mismo, caer en una especie de eterno retorno, seguir construyendo grandes proyectos inútiles pero sumamente costosos, caminar por las nubes sin más, precisamos habitar la tierra viendo a las nubes del horizonte, ampliar el radio del círculo como una espiral ascendente. Que la Universidad Central siguiendo el diseño que anuncia el espacio de su Ciudad Universitaria comience a triturar su burocracia rococó y su obsesión por las cajitas. Que quienes tienen la pasajera responsabilidad de gobierno en las instituciones estatales, en vez de hablar tanto gamelote se aboquen a cumplir con la Constitución y lo que la misma mandata en términos de participación y protagonismo de las comunidades y la sociedad civil, que auténticamente empodere a la gente y diseñe políticas priorizando a los olvidados de nuestro sociedad. Que quienes se sienten opositores olviden de una vez por todas la nefelibata política mágica, aquella que cree que las cosas cambiarán por algún artilugio o golpe de gracia venido del exterior, o por una revolución bananera, o por inundar las redes sociales con tuits o memes, o simplemente por repetir mantras. Que unos y otros, gobernantes y opositores, se pongan a trabajar palmo a palmo con la gente y no a utilizarla en el marco de una electorera razón estratégica. 

Pero no se trata solo de pedir a otros que hagan. Eso también es un mal caminar sobre las nubes. Se trata de hacer mirando a las nubes, de caminar por nuestra tierra con las miras puestas en un horizonte deseado, sin miseria, inclusivo que es decir democrático, sustentable y armonioso con la vida. Organización, palabra clave para hacer. Construir organización para realizar los cambios anhelados. En la UCV organizarse los estudiantes, los profesores, los empleados, los egresados, las autoridades para emprender la tarea de una universidad de cara a los citados desafíos de nuestro futuro. En el país político organizarse la oposición junto con las bases sociales que quieren representar, dejar de lado los egos obsesionados con sus espejos mediáticos y volver al barrio, salir de sus urbanizaciones. El gobierno no desorganizar más y contribuir a darle un sólido orden institucional a la nación si quieren ver más allá de sus entornos palaciegos. En fin, podemos hablar de cambios macro, meso y microsociales. Cambios de gran dimensión social referidos a la estructura total de la sociedad política a la que pertenecemos, cambios intermedios referidos a determinadas instituciones como las educativas o las de salud entre otras, y cambios pequeños vinculados a grupos y personas. Antes de quedarse esperando a los grandes cambios históricos podemos actuar en nuestro entorno y en nosotros mismos. Organizarse para ello, palabra clave. Un toque de voluntad ayuda mucho en esta tarea.

Con mis mejores deseos para el 2025.

Publicado originalmente el 20 de diciembre de 2024: Artículo

viernes, 13 de diciembre de 2024

Una COPRE para la Universidad


Javier B. Seoane C.


La Comisión para la Reforma del Estado (COPRE), fundada en 1984 a inicios de la administración Lusinchi y dirigida en sus inicios por Ramón J. Velásquez, puede entenderse como un intento del Estado por auto-observarse, reconocer su crisis y superarla. Una diversidad de partidos del espectro político venezolano y de organizaciones de la sociedad civil de entonces se congregaron en su seno para investigar, discutir y realizar propuestas en distintas materias con el propósito de reconducir el proceso histórico venezolano una vez agotado el modelo de crecimiento basado en la explotación y exportación de los hidrocarburos. Sus resultados se publicaron en varias decenas de libros con claras propuestas para el cambio, pero pocas se aplicaron. Lusinchi no estaba después de 1986 muy interesado en los cambios. Con la llegada de Pérez en 1989 se implementó la creación de los alcaldes y su elección directa igual que la de los gobernadores, dándole cierto oxígeno al sistema político. Pero quizás esos cambios, postergados por Lusinchi, llegaron tarde. Un país agotado por un continuo proceso de desintegración social derivado de una crisis económica estructural sin resolución política, aunada a una clase gubernamental envuelta en no pocos casos de corrupción administrativa, hicieron de las reformas políticas algo insuficiente para lo que se aspiraba. Y así, por los motivos ya sabidos, el gobierno de Pérez nació arponeado y las otras reformas se congelaron. Llegados aquí no se exagera si se dice que el balance de la COPRE resultó positivo. Cumplió con lo que se le solicitó, no tenía poder ejecutivo para implementarlo. Frenada la ley que reformaba los partidos políticos de cara a su democratización, la clase política frenó luego casi todo lo demás.

Hoy más que nunca hace falta una nueva COPRE para refundar nuestra sociedad y nuestro Estado. Usando como modelo lo que se realizó en los ochenta y tempranos noventa puede constituirse un organismo aún más amplio y democratizado que aquel. La tarea es urgente. Las universidades, tal como en aquel organismo, tendrían mucho que aportar en esta nueva empresa. No obstante, quizás las universidades, y especialmente nuestra Universidad Central de Venezuela, están urgidas de una COPRE propia, de una COPRU, una Comisión para la Reforma de la Universidad, una Comisión amplia y democratizada, que dé cabida a los diferentes sectores universitarios y también a muchos sectores extrauniversitarios que tienen mucho por decir de la Universidad para los próximos 25 años, sectores de las organizaciones no gubernamentales, sectores empresariales, sectores comunitarios y de la sociedad civil. Una Comisión que, si bien dirigida por los principales actores académicos de la comunidad universitaria, tenga una clara vocación y voluntad de escucha e inclusión. 

Esta COPRU tiene mucho trabajo adelantado. Documentos de la UNESCO hay varios. En el caso de la Universidad Central su propio Rector actual, el Dr. Víctor Rago Albujas, fue cofundador en el 2001 del Programa de Cooperación Interfacultades que abrió cada Facultad a todos los estudiantes universitarios siendo por años un ejemplo de movilidad académica, encuentros y formación de sinergias en docencia, investigación y extensión, y ello a pesar de los múltiples obstáculos burocráticos generados por la falta de compartir las distintas instancias un mismo sistema informático de control de estudios, y lo más grave, la falta de un calendario compartido y único. Los estudiantes de artes han podido cursar seminarios en ciencias, antropología, odontología o allí donde simplemente cada uno lo lleve su curiosidad e inteligencia. Del mismo modo, la Escuela de Artes ha sido un hogar académico que ha recibido en estos más de veinte años a miles de estudiantes de cada carrera de la UCV. Y esto ha pasado también en las distintas instancias de enseñanza universitaria. Quien escribe tuvo el honor de acompañar por varios semestres a la Dra. Izaskun Petralanda de la Escuela de Biología en un seminario interdisciplinario sobre ética, ciencia y tecnología. Las ciencias naturales y las sociales, junto con las humanidades, se conjugaron para repensarnos y volvernos más responsables en los impactos que tienen nuestros saberes en la sociedad así como para aprender a escucharnos unos y otros, dentro y fuera de la universidad. Después, hacia 2005 la Universidad, precisamente con una comisión, trazó un Plan Estratégico para su futuro. Lo que se había iniciado con el PCI se profundizó y se volvió una carta de navegación para el cambio inteligente. Los intercambios habrían de fluir más, la separación de carreras y Escuelas en compartimentos estancos, cajitas separadas al decir de Ocarina Castillo, daría paso a una universidad inter y transdisciplinaria, abierta a un permanente y siempre inacabado diálogo de saberes, incluidos los saberes extrauniversitarios. Ningún testimonio deberá excluirse al comienzo si la voluntad es democrática. Sólo un amplio consenso y una deliberación nutrida con buenos argumentos puede descartar alguna que otra posición. Pero el PCI sigue bloqueado en sus mayores potenciales por la paquidérmica burocracia universitaria así como el Plan Estratégico ha dormido por años en los archivos de esa burocracia.

Si la universidad del futuro quiere convertir su sino en destino elegido, si quiere llegar a algún puerto y no simplemente seguir ahí, a la deriva en altamar, debe repensar su papel en un mundo complejo, sumamente dinámico y líquido, transido por problemas sumamente graves como el cambio climático, la crisis mundial de la democracia como modo de vida y la creciente pobreza. De este repensar colectivo surgirán decisiones de transformación radical, decisiones que pongan fin a la clasificación decimonónica de los saberes, a las cajitas separadas, a la idea de que un estudiante debe ingresar a una carrera determinada desde el primer semestre, a la idea de que las carreras son un menú fijo y no legos a armar por los estudiantes en su trayectoria como investigadores. Habrán de emerger nuevas carreras que demanda la complejidad actual, por ejemplo la vinculada a la cuestión ecológica. Habrán de cerrarse otras signadas a ser desplazadas en poco tiempo por la llamada inteligencia artificial. Por otra parte, la universidad tiene que abrirse a toda la sociedad, ser el espacio que está destinado a ser, uno de encuentros múltiples y de educación permanente y para toda la vida. La universidad entonces será algo más que la institución que provee profesionales para el futuro. Y en el caso de nuestra amada UCV tendrá que superar el complejo napoleónico que la definió en la Venezuela del último siglo. El petroestado que tragaba a sus profesionales ya no existe, ya no los absorbe, y tampoco tiene con qué financiar en soledad a una institución tan vital para el país.

Así como se está retomando a la Ciudad Universitaria de Caracas, orgulloso patrimonio de la Humanidad, como espacio cultural abierto al encuentro de toda la ciudadanía venezolana mediante el cine, la música, el teatro, la plástica, las conferencias, urge la tarea de que su Consejo Universitario cree amplios mecanismos institucionales para consolidar la actual transición hacia otro concepto y práctica del ser de la Universidad. No importa que se llame COPRU o que se llame como se llame, lo importante es que la Universidad muestre al país mediante su ejemplar accionar que en su seno sigue viviendo y persistiendo el espacio que le ha sido históricamente asignado por la nación, a saber, ser un centro primordial de reunión de inteligencias para la construcción de una mejor sociedad. 

Publicado originalmente en el Portal Aporrea el 13 de diciembre de 2024: Artículo

viernes, 6 de diciembre de 2024

Las papeleras de Caracas


Javier B. Seoane C.

¿Podemos descifrar en las papeleras urbanas, en su presencia o ausencia, el sino histórico de una sociedad, su ciego destino trágico? ¿Puede apreciarse, en su presencia o ausencia, algún síntoma del grado de malestar cultural que acompaña a una comunidad humana? ¿Qué ha de significar la presencia o ausencia de este mobiliario urbano creado con el propósito de mantener el aseo de las calles? ¿Tendrá algún valor, algún sentido plantearse esta cuestión? O, ¿por qué habría de resultar tan insignificante este objeto al punto de calificar como trivial por absurda cualquier disquisición sobre el mismo? ¿Necedad de alguien sin oficio? ¿De algún pequeño burgués en tránsito?

 Pase usted en estos días decembrinos por la Avenida Vollmer de la caraqueña urbanización de San Bernardino. Un hermoso paseo peatonal con bancos y jardines a medio cuidar separa las vías vehiculares en sus sentidos norte y sur. A cierta altura se encuentran dos edificios de diferente época pero en cierta medida icónicos de la arquitectura caraqueña. Uno la Comandancia General de la Marina y otro la Torre de Corpoelec, la compañía estatal que ostenta el monopolio de la producción y distribución en Venezuela, muy recordada en días pasados por la Isla de Margarita. Curiosamente, en el paseo citado, al frente de la Torre de Corpoelec, encontrará en el espacio de esa cuadra de unos cuarenta metros una serie lo suficientemente numerosa de papeleras bastante vistosas y cómodas. A diferencia de otras que se han colocado en pretéritos tiempos en la ciudad no son armatrostres ferreteros atravesados en medio de la vía a modo de cesta recolectora de casi cualquier cosa y que la intemperie va corrompiendo hasta que apenas queda alguna base y tornillos de hierro, vestigios dejados ahí y con los que los caminantes distraídos terminamos tropezando y metiéndonos nuestro respectivo mamonazo. Las sufridas aceras de Caracas están repletas de esos entorpecedores vestigios dignos del buen oficio arqueológico si éste lo aplicamos al mundo contemporáneo. No. Las papeleras de la cuadra de Corpoelec en San Bernardino se ajustan mediante anillos a las farolas de luz, no entorpecen, son decorativamente vistosas y están fabricadas de un material sintético que no dará mayores dolores de cabeza a los transeúntes futuros. Por supuesto, no les falta en su cara frontal el anuncio de que Corpoelec se ha encargado de donarlas para el buen mantenimiento del espacio público.

Si estas papeleras llaman la atención de algunos curiosos es porque su presencia contrasta con su ausencia en las centenares de cuadras restantes de la urbe caraqueña. De hecho, en las calles de Caracas, como en las de casi cualquier otro lugar del bello país que es Venezuela, uno puede cargar sus desechos en la mano por kilómetros sin conseguir un recipiente para depositarlos. Agotados y no sin cierta pena los terminamos arrojando en el pipote de algún perro calentero o, peor aún, en alguna esquina donde los cohabitantes del espacio citadino acumulamos basura de todo tipo y que el viento esparce en cualquier dirección cuando sopla con algún rigor. Si somos algo más conscientes nos meteremos la basura en el bolsillo y la cargaremos hasta llegar a nuestros hogares. Por supuesto, ello dependerá de cuántos desperdicios, de qué naturaleza y tamaño acumulemos en nuestro transitar citadino. Hemos de agradecer a Corpoelec que se haya ocupado de esa pequeña cuadra al frente de sus instalaciones burocráticas. Algo es algo.

No se niega que en una especie de ataque convulsivo en algún que otro momento la municipalidad se preocupara de dotar de papeleras espacios urbanos. Así, hace poco más de un par de años se dotaron de papeleras semejantes las aceras de la ancha pero corta Avenida México. Eso sí, y como se diría en buen criollo pero con corrección académica: duraron lo que una flatulencia dura en un chinchorro. No hubo quién se preocupara de su mantenimiento y reposición. Es como el alumbrado de muchos de nuestros parques, y no sólo de nuestros parques. Se reponen las luminarias en fervorosos operativos, desaparecen a los pocos días y habrá que esperar meses sino años para el nuevo operativo. Viejo esquema que nunca ha visto pasar una revolución, Diego Arria lo sabe bien. Cuando fue Gobernador del Distrito Federal, durante el primer gobierno de Pérez, cerró jugoso negocio con la Leyland y pobló a Caracas de sendos autobuses que después fueron a parar a chiveras, pues nunca se trajeron los repuestos. Es más, parece que fue el último gran negocio de la Leyland antes de su quiebra. ¿Por qué esta indolencia nuestra y de nuestras autoridades? 

Spinoza pensaba que todo está en todo, que en un grano de arena se concentra la historia del universo, pues ese grano resulta de esta historia. La carencia de papeleras en las ciudades de Venezuela, como en las de latinoamérica o en casi cualquier parte del todavía llamado Tercer Mundo, resultan también de su historia. Pero quedémonos con Venezuela, con lo sufrido de nuestra historia. “Des-cubierta” por los imperios de occidente fue vista como tierra de paso (Uslar, Cabrujas y unos cuantos más), no como tierra para asentarse. Cubagua fue quizás el símbolo de la época. Para quedarse los ibéricos habían escogido otras latitudes: Perú, Colombia, México. Desde el comienzo Venezuela se convirtió en Manoa para ellos. El Dorado es el mito que nos persigue desde entonces, el mito del país rico. Pero en tanto que tierra de paso, se trata de un país para enriquecerse y llegar con éxito a la metrópolis, se llame esta según los tiempos Madrid o Miami. Terminada la colonia un siglo de sangrientas guerras internas y externas impidieron, salvo excepciones como las regiones andinas, asentarse en un territorio a las mujeres y hombres de Venezuela. Difícil permanecer por más de una generación en un lugar. Esta historia hasta aquí es en gran medida una historia del desarraigo. Lo seguirá siendo en el siglo XX, siglo que parece que aún no termina para nosotros. La boyante economía petrolera se sobrepuso sobre una tierra una y otra vez arrasada por unos y otros. De repente nos llenamos de californianas autopistas, de autos cambiados cada año y hasta de un proyectado centro comercial, hoy hecho cárcel y cuartel, del que no te bajarías del carro ni siquiera para desayunarte un cachito y un café. En tres décadas las haciendas fueron convertidas en sendas urbanizaciones. Basta que usted busque una foto cualquiera, en Facebook hay abundantes, de Plaza Venezuela o cualquier zona del este de los años treinta para que se dé cuenta de cómo violentamente se transformó Caracas. Por supuesto, el interior del país no sufrió cambios tan violentos, no llegó en suficiente cuantía la plata del petróleo para esa transformación. En todo caso, el país todo se volvió más que un lugar para el arraigo, uno para la extracción de “renta” y sacarla afuera. Desde 1492 somos exportadores de naturaleza, oro y dólares. Muchos de los palacios de Madrid objetivan  esa exportación. En el último siglo el desarrollo de Miami nos debe mucho. ¿Cómo pueden preocupar las papeleras en un sitio de paso, en una especie de no lugar (Augé), en un campo minero (Cabrujas)?

Hemos sido un país de operativos más que de Instituciones permanentes. Esperamos el operativo para sacar la cédula o el operativo para recoger la chatarra, pintar y sembrar hierba en una plaza. Desaparecido el operativo desaparece todo hasta el próximo ataque convulsivo de alguna autoridad. Hemos sido un país de elevados y no de pasos a desnivel, de puentes militares de hierro en lugar de puentes permanentes. Un país del mientras tanto, de paso. Precisamos otra actitud, vivenciar el cuido del hogar compartido, hacer del instinto de supervivencia institución de la conservación y reproducción en progreso. Convertir el sino histórico en destino propio e inteligente. Sé que en medio de nuestra crisis histórica y sistémica, de nuestro ser arrojado a la miseria es mucho pedir en estos momentos. No obstante, Venezuela urge de otro modelo de país, de otra economía, de una que supere la exportación de naturaleza y dólares, de otras condiciones materiales que coadyuven en la generación de un espíritu arraigado a sus entornos. Hay que superar el modelo “rentista” sustentado en el petróleo y las minas tan enemistado con el desarrollo sostenible y el arraigo, superar el modelo que hizo de nuestras casas unas “Casas muertas”. Urge una economía que empodere al ciudadano y no únicamente al Estado. Entonces, quizás, las papeleras se vuelvan parte de nuestra institucionalidad y no de un operativo de alguna empresa pública o privada.

Publicado originalmente en el Portal Aporrea el 6 de diciembre de 2024: Artículo

miércoles, 27 de noviembre de 2024

Sentido de las ciencias económicas y sociales. Un nuevo aniversario de nuestra Facultad de la Universidad Central

 Javier B. Seoane C.

 El dictador había muerto meses atrás y un nuevo amanecer se vislumbraba en el horizonte de nuestra historia. Su Ministro de Guerra y Marina lo sucedió. Y contrariamente a lo que muchos pensaron no fue un continuador del antiguo régimen. Tampoco la masa estaba para bollos, como bien expresa nuestro dicho popular. Aquel 14 de febrero de 1936 no fue ni romántico ni amistoso. La sociedad caraqueña no guardaba disposición alguna a que las cosas continuaran igual y aquella manifestación popular se vistió de sangre. ¡Calma y cordura! dijo el sucesor y se dispuso con su equipo de gobierno a elaborar un plan para torcer el destino de la nación a otros puertos. Comenzó una transición histórica. No hay que ir a España o a Sudáfrica para conseguir transiciones ejemplares. Aquí las tenemos, y más de una. Pero la mentalidad colonial siempre busca afuera. En todo caso, durante el gobierno de López Contreras se inició la construcción de instituciones modernizadoras: políticas económicas que condujeron a la creación del Banco Central y una mayor racionalización de la hacienda nacional; políticas sanitarias que incrementaron rápidamente el promedio de vida de los venezolanos; políticas laborales que condujeron a la primera Ley del Trabajo y después a la promulgación de la Ley que daría nacimiento al Instituto Venezolano de los Seguros Sociales; políticas culturales y educativas que crearon gran parte de nuestros museos actuales, el Instituto Pedagógico de Caracas, la construcción de escuelas y expansión del sistema escolar, la eliminación progresiva del analfabetismo, el impulso a la actualización de nuestra universidad. Años fervorosos de cambios que exigía la sociedad, que los gobernantes atinaron a captar y que la oposición, sin tenerlo para nada fácil, con un proyecto más radical de modernización política, apoyó en lo que apuntaba a la democratización institucional del país mientras con paciencia construyó su organización en cada rincón del país.

En este marco, en noviembre de 1938 un grupo de venezolanos encabezados por Arturo Uslar Pietri y José Joaquín Gorrondona emprendieron la tarea de fundar nuestra actual Facultad de Ciencias Económicas y Sociales (FaCES), primero como Escuela y después propiamente como Facultad en 1940. Un discurso de Uslar sobre la importancia de estas ciencias para una sociedad que se quiere moderna fue la campanada de partida para una brillante historia que se apresta a cumplir en poco tiempo su primer centenario. Poco a poco brotaron los distintos campos del saber de estas ciencias: a la economía le siguieron los estudios internacionales, la administración y contaduría, las ciencias estadísticas y actuariales, la sociología y la antropología, el trabajo social, los estudios de cuarto y quinto nivel en estos campos. Durante décadas ha formado a decenas de miles de profesionales que han contribuido como pocos a la formación institucional de la Venezuela moderna. No obstante, la tarea no ha sido sólo docente. Pronto, en la propia década de los cuarenta, se impulsó la investigación social a lo ancho y largo, a lo extenso e intenso de nuestra Venezuela. De su Instituto de Investigaciones Rodolfo Quintero, como de otras instancias de la Facultad, han salido miles de publicaciones y de proyectos que han contribuido a nuestra autocomprensión y con ella a la mejora de nuestra condición humana. Hoy habría que replicar, actualizándolo, el Estudio de Caracas, volverlo el Estudio de toda Venezuela. Replicar y actualizar “Los hombres de Venezuela, sus necesidades y aspiraciones” de Jeannette Abouhamad. Empero, no quiero seguir nombrando pues será inevitable cometer la injusticia de dejar por fuera una inmensidad de trabajos de inconmensurable valor, como incuantificable ha sido el aporte de sus mujeres y hombres en las labores de extensión de sus saberes a las distintas comunidades del país, desde las urbanas hasta las rurales, desde las indígenas hasta las que hoy están en la llamada diáspora. Como pionera, la FaCES de la Universidad Central ha sido modelo para la creación de sus Facultades hermanas en las otras universidades del país, ha colaborado con las mismas y juntas han construido sinergias del mayor impacto para nuestro pensarnos y actuar.

Las adversidades y los cuantiosos obstáculos no han faltado en los últimos tiempos. La crisis histórica y sistémica que atraviesa nuestra nación se ha padecido en todas partes y en la FaCES también. El rigor de la escasez, la miseria presupuestaria y salarial de sus docentes, empleados y obreros, la partida de nuestra juventud buscando otros destinos para su vida y una pandemia en el camino redujo su productividad pero no su potencial. Fulgurante potencial que hoy, y a pesar de todo, clama por actualizarse en interminables trayectos rizomáticos. Con renovados bríos busca vencer a las rudas contrafuerzas que se oponen a su labor ilustradora. Sus nuevas autoridades, sus nuevos cursantes de pregrado y postgrado, sus docentes, investigadores, empleados y obreros aprovechan cualquier rendija para que su impulso vital se incremente en el alba de cada día.

Un país que quiere transformar su sino histórico en destino propio no resulta posible prescindiendo de las ciencias humanas y sociales. Y es que los saberes que se reúnen en esta Facultad constituyen nuestra autoconciencia colectiva, nuestro autorreconocimiento como comunidad humana con determinadas necesidades y anhelos, con determinados valores y actitudes. Max Weber decía que estos saberes cumplen la misión de esclarecernos y asesorarnos en la toma inteligente de decisiones. Niklas Luhmann señala que estas ciencias forman un sistema social de autoobservación. Peter Berger afirma que pueden resultar peligrosas puestas en manos del poder inescrupuloso pero emancipadoras puestas en manos de una sociedad que se quiera democrática. Son saberes imprescindibles en un tiempo en que los prejuicios más excluyentes, como los patriarcales o los racistas, amenazan con volver a imponerse en nuestro mundo. Imprescindibles para un tiempo en que los negacionismos, la posverdad y las teorías de la conspiración marcan con cínico desparpajo las prácticas de la dominante amalgama del poder económico-mediático-político. Sólo estas ciencias en estrecho vínculo inter y transdisciplinario con las naturales pueden dar luz efectiva al gran tema de nuestro tiempo, el tema de la vida misma: la cuestión ecológica y el urgente cambio civilizatorio. En este nuevo aniversario damos gracias a todos aquellos venezolanos que vislumbraron en medio de la niebla estos potenciales de las ciencias humanas y sociales, a todos aquellos que contribuyeron a la fundación y desarrollo hasta el presente de sus estudios universitarios. Gracias a todos aquellos que siendo portadores de estos saberes los han aplicado a lo largo de casi un siglo en un mejor quehacer de nuestro ser colectivo. ¡Feliz cumpleaños FaCES! 

Publicado originalmente en el Portal de Aporrea el 27 de noviembre de 2024: Artículo


La alienación ecológica. Revisitar a Marx

Javier B. Seoane C.

Alienación es un término muy caro a Karl Marx. Y aunque en su obra poco a poco desaparece la palabra a partir de 1845, nos atrevemos a afirmar que el concepto se mantiene, si bien con variaciones, hasta su obra tardía. El conocido apartado del primer capítulo de “El Capital” llamado “El fetichismo de la mercancía” conserva muchos elementos de ese concepto. Siguiendo la obra de Ludovico Silva podemos afirmar que en ese apartado subyace la quinta forma que toma la alienación humana, a saber la alienación ideológica. La palabra “alienación” tiene origen en el latín “alien”, significa “lo otro extraño”. Hay una conocida película con ese nombre “Alien. El octavo pasajero”, que trata un tema alienígena, de vida extraterrestre. “Alienación” significa así “extrañamiento”. Los traductores castellanos de Marx suelen usar el sinónimo de enajenación para expresarlo. Se trata de un concepto complejo, que se presta a no pocos equívocos, muchos de esencia psicológica. Sin disponer de espacio para desarrollar esta cuestión, digamos que en Marx la alienación refiere en primera instancia al no reconocimiento del ser humano con sus producciones, con sus obras. Digamos también que si bien los efectos son psicoideológicos, el origen de este fenómeno descansa para Marx en una estructura social escindida por relaciones de dominación. Esto quiere decir que se trata de un fenómeno histórico, sometido a las variaciones en el tiempo de la empresa vital humana. En otras palabras, no es un fenómeno ontológico, insuperable, sino histórico y superable. Lamentablemente los socialismos realmente existentes para nada la superaron sino que la agudizaron y cronificaron volviendo la sociedad una inmensa jaula de hierro burocrática, un panóptico Gran Hermano asfixiante de cualquier libertad posible. 

Con Ludovico Silva hemos enunciado una quinta forma que toma la alienación humana en el tiempo histórico del modo de producción capitalista. Hay otras cuatro. Las que Marx presenta en sus Manuscritos de París de 1844. La primera es la enajenación del trabajador con el producto de su trabajo. Por consecuencia de la propiedad privada sobre los medios de producción el trabajador moderno, poseedor de su fuerza de trabajo pero desposeído de los medios para producir, tiene que vender su fuerza a quien se la compre (el capitalista) a cambio de un precio que es su salario. De tal modo, el producto de su trabajo nunca es suyo sino que de quererlo tendrá que comprarlo en el mercado como cualquier otra mercancía. Igual pasa con su propia actividad como trabajador, la segunda forma en que se manifiesta la alienación. Difícilmente hace lo que le nace de sus aptitudes y vocaciones, hace simplemente lo que el patrón le manda a hacer según el trabajo que pueda conseguir. Por ello, no pocas veces se siente incómodo en su trabajo, siente que está perdiendo su vida. Más complejas resultan la tercera y cuarta formas de alienación, la genérica y la de los humanos entre sí. Marx sostiene que los humanos no solo trabajamos para cubrir necesidades biológicas básicas de autoconservación y reproducción, también trabajamos para el género humano, para satisfacer necesidades espirituales, culturales. Reinaldo Armas o Beethoven no componen música para alimentarse con el papel de las partituras. Pueden quizás ganar su sustento diario con su trabajo de compositor musical, pero el resultado de su actividad se dirige a fines trascendentales propiamente humanos. Igual puede decirse de otras actividades artísticas y realizativas de la condición humana. En el caso del trabajador moderno desposeído de sus medios de producción, el trabajo difícilmente lo realiza en la potencialidad de su género. Trabaja, más bien, nos dice Marx, como un buey que mueve un molino, trabaja porque lo obligan a hacerlo y puede hacerlo porque en su atormentadora actividad el amo le da el alimento para que se autoconserve y se reproduzca como buey. El trabajo moderno reduce al trabajador a trabajar para reproducirse como tal, lo reduce a su condición biológica básica negándole sus posibilidades. Finalmente, este tipo de estructura social capitalista divide al género humano en partes enfrentadas: trabajadores  y capitalistas, campesinos y citadinos, mujeres y hombres, jóvenes y viejos, blancos y negros, venezolanos y colombianos y así sucesivamente. No nos reconocemos como humanos, estamos alienados en nuestra humanidad común, precisamente aquella que recientemente las ciencias biológicas han confirmado mediante el genoma humano. Tampoco podemos desarrollar aquí más aristas de la riqueza compleja de este concepto de alienación. Digamos que a las cuatro formas mencionadas Ludovico Silva agregó la alienación ideológica como una quinta, una alienación que reside en nuestras representaciones y discursos aprendidos del mundo, representaciones y discursos que nos configuran subjetiva e intersubjetivamente a aceptar la condición alienada que padecemos como una condición “natural”, ontológica. “El mundo es así”, “Dios lo ha querido así” decimos, sin percatarnos que hemos sido nosotros como humanos los hacedores de este mundo histórico.

Para nada renegamos del concepto marxiano de alienación y del aporte adicional que nos ofreció Silva. Por el contrario, frente al inmenso número de marxismos creemos que una vacuna ante el marasmo existente en ese universo consiste en regresar a Marx. Por supuesto, bajo la obligación de actualizar sus conceptos, de someterlos al juicio de su vigencia con relación a los temas de nuestro tiempo. En muchas ocasiones hemos sostenido, y lo seguiremos haciendo hasta el cansancio, que el tema primero de nuestro tiempo es el tema ecológico pues en esta cuestión va sencillamente la vida, y sin vida ninguna otra cuestión hay. Pues bien, ¿puede decirnos Marx algo sobre esta cuestión primera? Creemos que sí aunque dentro de ciertos límites. Incluso el propio Marx de los “Manuscritos” hace referencia a la enajenación que padecemos con nuestro cuerpo y entorno natural, entorno que afirma que es nuestro cuerpo extendido. 

Y es que la principal alienación es la de ese cuerpo extendido del que nuestro cuerpo individual forma parte, a saber, la naturaleza. Esta alienación tan bien expresada en el supremo modo moderno, el modo cartesiano de concebir las realidades del mundo como res cogitans y res extensa, como sujeto y objeto, es una enajenación transversal a todas las demás formas de alienación. La conciencia cartesiana en tanto que conciencia alienada de la modernidad no se reconoce como parte de un sistema mayor ecológico que alteramos con nuestras acciones sino que a la manera del Dr. Frankenstein o de Pinky y Cerebro se piensa, con su saber científicotecnológico y sus prácticas productivas, soberana del mundo. De lo que se trata es de conquistar el mundo, le dice Cerebro a Pinky. Y seguidamente trama con su conocimiento tecnocientífico realizar la nietzscheana voluntad de poder. Pues bien, afirmo que todas las formas marxianas de alienación suponen originariamente esta separación falsa entre humanos y naturaleza. De hecho, la propiedad privada sobre los medios de producción descansa sobre la apropiación violenta de los entornos naturales, es originariamente propiedad sobre la tierra y sus productos. 

Nada en el planeta dice que aquí comienza Venezuela y allí termina Colombia, o que aquí nace España y allí finaliza Portugal. Las fronteras, como nos enseñaron en la geografía escolar, son imaginarias. Como imaginarios son también los linderos que separan una parcela de otra. La propiedad y las fronteras estatales descansan en acuerdos sociales resultado de algún ejercicio violento sobre la naturaleza, tanto la externa como la interna (humana). La conciencia alienada emerge históricamente del humano que para realizar su hogar, su hoguera, se enfrenta a su entorno mediante su trabajo. Se agudiza cuando las comunidades más exitosas en esta tarea someten y esclavizan a otras. Cuando la naturaleza es troceada mediante la  propiedad privada se cronifica. Cuando las fuerzas productivas se desarrollan en el marco de esta propiedad privada y se configuran como modo de producción capitalista, o en la versión socialista realmente existente, esta enajenación ecológica alcanza su cenit. La obsesión productivista y orientación al consumismo de estos modos de producción, la urgencia permanente por aumentar el P.I.B., llenan de miseria la humanidad y llevan a nuestros ecosistemas a sus límites de tolerancia. El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) ya ha declarado 2023 como el año de la historia con mayores emisiones de dióxido de carbono (CO2) desde que se llevan los registros, alcanzando una concentración en la atmósfera de 421,08 partes por millón, toda una cifra récord que seguro se superará de nuevo al cierre de este 2024. Ante esto, los sistemas ecológicos, gravemente alterados, buscan retomar su equilibrio poniéndose en peligro de modo claro la vida en el planeta. Pero la conciencia alienada prosigue en su enajenación. La COP29, la cumbre climática celebrada apenas hace poco más de una semana en Azerbaiyán, no ha contado con la participación protagónica de los principales contaminantes del mundo: China, Estados Unidos, Rusia. El lema esbozado, quien más contamina más paga, todo un absurdo, no termina de entender que de nada vale que estos países paguen más para generar políticas con el propósito de evitar el calentamiento global si continúa el mismo modelo civilizatorio que produce todos estos males. Por otra parte, la contaminación de estos países afecta a todo un planeta que no reconoce la enajenada forma de los estados nacionales modernos.

El Marx de los Manuscritos de París contenía elementos epistemológicos y teóricos muy promisorios para comprender que la naturaleza es un sujeto y un gran sistema, para comprender que hay una alienación originaria del humano con la naturaleza. Un gran investigador como Alfred Schmidt (1931-2012) lo apreció adecuadamente. Pero el Marx posterior a 1845 tiene recaídas en el cartesianismo, en una filosofía de la conciencia diría Habermas. Su eje puesto en la economía política y el desarrollo de las fuerzas productivas desdibuja el concepto de alienación, aunque no termina de desaparecer en su obra. Después la versión leninista, voluntarista, autoritaria y surgida en un país sin mayor desarrollo capitalista, inició el trayecto de torcer muchos de los planteamientos marxianos primeros. Luego, la política del “socialismo en un solo país”, defensiva ante los fracasos revolucionarios en Europa central, sirvió de bastión a un socialismo burocrático y depredador. El mayor tema de nuestro tiempo, el tema ecológico, exige otros marcos epistemológicos, teóricos y metafísicos que den lugar a otras prácticas bien distintas de las civilizatorias actuales. El Marx más próximo a sus orígenes en el idealismo alemán, el que a mi juicio se puede actualizar en diálogo con la Naturphilosophie de ese idealismo en la versión de Schelling y antes de Goethe, puede contribuir sustancialmente a esta tarea de construir otra cosmovisión más amable con nuestro único hogar real: la Tierra. La naturaleza está gritando, la vida se apaga.

Publicado originalmente en el portal Aporrea el 22 de noviembre de 2024: Artículo

Repensar la educación para la democracia

Javier B. Seoane C.
Se puede decir que hay dos matrices conceptuales de la educación para la democracia. Una, de corte funcionalista, concibe la formación democrática como la de una ciudadanía reducida al ámbito público de las instituciones estatales y el juego de partidos políticos en la conquista de la representación y el poder. Se trata de una educación afín a una visión reducida de la democracia, una perspectiva de sistema que se entiende desde la teoría tradicional de la democracia representativa liberal schumpeteriana. Otra matriz, de corte crítica, entiende la democracia en clave sociocultural, como una cultura, como un modo de vida (Dewey), como un êthos. No reduce el término al ámbito de lo público ni lo comprime en un sermón de derechos y deberes ciudadanos vinculados a la constitución de las instituciones políticas del Estado y el respeto a la "sagrada" propiedad privada (de los medios de producción). Por el contrario, un concepto crítico de la educación para la democracia se entiende en relación con la formación de la personalidad en un mundo que se quiere diverso. En lo que sigue, me concentraré en una aproximación a este concepto.
Un concepto crítico de educación para la democracia parte del principio de la inseparabilidad de teoría y práctica pedagógicas. La teoría de una educación para la democracia ha de tornarse en práctica democratizadora de las instancias escolares y apuntar categóricamente a la democratización de las diferentes instancias sociales. Comenzando por el aparato escolar, la praxis pedagógico-democrática supone la convocatoria de todos los actores implicados en la construcción del saber y de la acción en la escuela. Directivos, trabajadores, educadores y educandos han de participar en la elaboración de las agendas escolares y la toma de decisiones, sin demeritar a priori a ningún participante y procurando enmarcarse siempre en una acción dialógica con clara voluntad de escucha (Ricoeur). Refiero directamente a agendas escolares vinculadas tanto a lo cognoscitivo como a la resolución de los problemas propios de la comunidad escolar y sus entornos, tanto a lo que se enseña y su justificación como a la identificación, discusión y resolución de los asuntos cotidianos y extraescolares.
Lo dicho tiene una dimensión epistemológica inseparable de las prácticas sociales escolares efectivamente existentes. El aparato escolar ha privilegiado el conocimiento institucionalmente calificado de científico (positivista) en desmedro de otros saberes estéticos, humanísticos, populares o del sentido común. En este vector, la escuela procura legitimar sus relaciones jerárquicas apelando al grado de dificultad y certeza de lo que enseña, afirmando un carácter de división entre funcionarios del saber e ignorantes, dando un carácter activo a los primeros e intentando reducir los segundos a la obediencia. Refuerza con ello una concepción monológica del saber y un tipo de relaciones más de corte autoritario que democrático, un tipo de relaciones que se objetivan en el campo administrativo escolar como jerarquía tecnocrática, en la cual los especialistas elaboran las políticas curriculares, los docentes las aplican y los educandos las reciben. Unos mandan, otros obedecen. Un concepto crítico de educación para la democracia debe impugnar esta lógica epistémico-social perversa, lógica que actitudinalmente nos educa para aceptar la autoridad de pequeños grupos a la hora de tomar las decisiones (políticas).
La escuela tradicional que hemos conocido, portadora de un saber monológico, fomenta por otra parte una visión competitiva en la que los individuos "mejor dotados", más disciplinados, más obedientes, mejores consumidores, ganan, obtienen el producto deseado: un certificado que sirve de pasaporte a un anhelado mundo laboral middle class. El examen individual, el pupitre individual (muy ortopédico por cierto), los utensilios siempre individuales, constituyen expresiones de un saber y unas relaciones escolares nada proclives a una construcción cooperativa y solidaria del mundo humano. En esto la escuela se mantiene acorde con la lógica imperante del mercado capitalista y su expansión global.
Este saber escolar monológico se cubre bajo el manto de la objetividad, pero no entra en los escabrosos terrenos de dar cuenta sobre qué entiende por la misma. Juega con la palabra, se vale de la socialmente extendida representación de que la objetividad es adecuación de un enunciado con la cosa enunciada, esto es, correspondencia entre lenguaje y mundo, entendiendo a éste último como materialidad externa al sujeto. Objetividad se opone aquí a subjetividad. Aquella es pura, esta está contaminada por prejuicios, prenociones, afectos, emociones, ideologías. Para alcanzar la objetividad hay que someter la subjetividad a un aparato metodológico aplicado a modo de receta para la descripción de lo real. Sabemos que esta representación resulta profundamente mítica, pero la escuela, los medios masivos de información, las redes sociales, las instituciones estatales juegan a diario con ella, procurando venderse como objetivas, como más allá del bien y del mal. Así, por ejemplo, el currículo escolar no se entiende como la construcción de los sujetos de la dominación, en nuestro caso del hombre blanco euro-norteamericano, con preferencia de credo protestante. No. En el currículo, se nos dice, está el saber de las ciencias y de la historia tal cual ellas son, como saberes purificados. Mas, sabemos que en esta historia y en esta ciencia la mirada del otro (mujer, no blanco, no europeo ni norteamericano) está marginada y la mayor de las veces omitida o simplemente vista como la ve la mirada de la dominación —es decir, una vez más, excluida. ¿Nos enseñan en la escuela por qué las mujeres, los no blancos, los no occidentales tienen tan poca participación en las artes, la literatura, las humanidades, las ciencias, la educación del cuerpo? ¿Nos enseñan a cuestionar los conceptos sustentados de artes, literatura, humanidades, ciencias o educación del cuerpo como conceptos elaborados desde un lugar de la dominación en la que lo elaborado por el otro no es arte, ni literatura, ni humanidades, ni ciencias, ni educación del cuerpo? Una educación democratizadora ha de impugnar este saber monológico para comprometerse con la otredad, especialmente la marginada, omitida, olvidada, excluida.
Una escuela democratizadora ha de hacer realidad (realizar) el cliché de que "no hay democracia sin ciudadanos informados". Pero para ello hay que romper con el socavamiento del significado de tan manida expresión, hay que darle sustancia. ¿Qué significa para los tiempos que corren un "ciudadano bien informado"? ¿De qué tendría que estar informado el ciudadano en una sociedad ampliamente mediatizada, capturada por la amalgama de grandes empresas capitalistas, partidistas, militares y mediáticas? ¿Acaso de lo qué es un batracio? Parece que la escuela tradicional realmente existente, la escuela bancaria (Freire), poco contribuye a informarnos de lo que más interesa informar para una democracia robusta en el siglo XXI: de la depredación ecológica asociada a los grandes intereses económicos, de estos mismos intereses asociados con las grandes maquinarias partidistas, con las grandes corporaciones mediáticas, con la industria militarista siempre presta a auxiliar a la lógica acumulacionista del capital globalizado.
De esta manera, una educación para la democracia, en clave crítica, siguiendo la impronta deweyana, ha de estar en función de que el ciudadano comprenda las fuerzas efectivamente dominantes en su mundo, fuerzas económicas, políticas, militares, mediáticas. Comprenderlas será el primer paso para quebrar la concentración del poder que sustentan, poder hecho dominación y opresión. Y es ésta la comprensión que precisa hoy un ciudadano bien informado.
Publicado originalmente en el portal Aporrea el 15 de noviembre de 2024: Artículo

sábado, 9 de noviembre de 2024

El aparecer y desaparecer de la naturaleza

                                                                                                                                Por Javier B. Seoane C.

En el cuarto libro de la “Metafísica” Aristóteles dice que el ente se dice de muchos modos. Lo ejemplifica con lo sano afirmando que se puede hablar de la salud en el sentido de lo que la produce, de lo que es un síntoma de la misma, de lo que la conserva, de lo que la perjudica, etcétera. En la historia del pensamiento arrancan con esta lección aristotélica muchas consideraciones y algunas corrientes relevantes como la fenomenología, que hace de las formas intencionales del aparecer de los objetos a la conciencia su campo de estudio. Siendo el gran tema de nuestro tiempo la cuestión ecológica, queremos preguntarnos por el aparecer del concepto de naturaleza ante nosotros, esto es, cómo se nos presenta conceptualmente la naturaleza. No seremos exhaustivos, estamos ante un artículo breve y quien escribe resulta más que todo novato explorador de estos caminos. Así, solo mencionaremos algunas formas de representarnos la naturaleza.

La naturaleza se nos puede presentar como espectáculo sublime. Kant cierra la “Crítica de la Razón Práctica” expresando su asombro por la inmensidad del cielo estrellado que nos cubre. Hay aquí un dirigirse a la naturaleza cósmica, supralunar diría Aristóteles. Pero el cosmos de Aristóteles ya no es el universo que habita Kant. Y aunque usemos como sinónimos “cosmos” y “universo” el primero se aplica mejor a la concepción antigua y cristiana medieval del mundo que a aquella otra que ya ha comenzado con todo derecho con Galileo y llega hasta el Big Bang de nuestros días. El “cosmos”, diría mi maestro Alfredo Vallota, recientemente ido, es pariente de “cosmética” en tanto que orden jerarquizado, finito, armónico y bello de todo lo que hay. En Tomás de Aquino, por ejemplo, hay un completo ordenamiento de los seres que van desde la perfección de Dios, pasando por los ángeles, el humano, los animales, vegetales y finalmente los inanimados como las piedras. El cosmos creado por Dios es un orden que en su totalidad tiende a la perfección, tiene un centro (muy terráqueo) y se lo concibe básicamente finito. los seres inferiores sirven de instrumento a los superiores. En cambio, el universo de la ciencia moderna se nos aparece como energía, como sometido a las mismas leyes en cualquier parte, sea supralunar o sublunar, como infinito y por consiguiente sin centro, en constante expansión y devenir. La fórmula E=m.c2 es una clara expresión de este universo que para nada expresa el cosmos antiguo y medieval. Nosotros, en nuestro tiempo, tenemos buenas razones para creer en el universo, tanto como los antiguos tenían buenas razones para creer en el cosmos. ¿Cuál es el verdadero? ¿Ninguno de los dos quizás? Puesto que verdad también se puede decir de muchos modos, suspendamos la respuesta. Digamos sólo que son conjeturas, que la teoría de la creación divina y la teoría del Big Bang tiene semejante estructura lógica. Al comienzo Dios y luego todo lo demás que está debidamente ordenado, o al comienzo el gran estallido y luego lo demás que sigue en constante expansión, en contante reordenamiento. Un niño de seis años torturaría al sacerdote con la pregunta ¿y de dónde salió Dios?, como torturaría al astrofísico con la pregunta ¿y de dónde salió aquello que estalló? El sacerdote y el astrofísico probablemente se pongan de acuerdo para mandar al carajito a jugar . 

Quedémonos con la naturaleza sublunar, con nuestro planeta Tierra, con este mundo tan nuestro y tan maltratado por nosotros, por este mundo terrenal que parece que nos está vomitando del mismo modo que nosotros vomitamos aquello que nos intoxica. Pues bien, esta naturaleza se nos puede aparecer también como contemplación estética tal como se expresa en las artes plásticas o en la poesía. El pintor hispano-venezolano Manuel Cabré (1890-1984) nos dejó maravillosos cuadros sobre El Ávila, o el Guraira Repano, pues esta cordillera montañosa, este Sultán de la ciudad de Caracas como lo denominó el poeta Pérez Bonalde, se dice también de muchos modos. En sus cuadros El Ávila aparece majestuoso, inmenso, elevándose sobre un valle muy botánico, con cuantiosos árboles y arbustos, con maravillosos y verdes prados. En sus cuadros Cabré nos hace aparecer un Ávila imponente a la vista, hermoso, bello. Como en las pinturas del romántico alemán Casper David Friedrich (1774-1840), lo humano y sus producciones se presentan pequeñas frente a la grandeza de nuestro entorno ecológico. También El Ávila resulta esplendoroso para la actitud del turista o la del deportista que lo recorre con placer. Son estas unas representaciones optimistas y hermosas de la naturaleza. 

También podemos conseguir representaciones pesimistas en las artes, negativas de lo natural. El Goya tardío es un maestro genial del horror, en otro tiempo quizás habría inventado el género del terror en el cine. Precisamente otro aparecer de la naturaleza, otra forma de decir lo natural es como amenaza. Generalmente la mitología está repleta de estas representaciones horrorosas. Igualmente, muchos de los tradicionales cuentos infantiles nos presentan lo natural como peligro, como mundo inhóspito. El bosque de esos cuentos es oscuro, los árboles toman formas monstruosas, los lobos nos acechan, se quieren comer a Caperucita. Allí están alojadas ancianas brujas, con verrugas en la nariz, que endulzan a Hansel y Gretel para luego cocinarlos en su olla mondonguera. También en la filosofía tenemos este aparecer negativo. Para Thomas Hobbes la naturaleza es un estado permanentemente salvaje, de imposición del más fuerte. También en Freud hay una naturaleza agresiva y destructiva. No pocos documentales sobre la vida silvestre parecen creados por auténticos sádicos, nos muestran como un gran felino apresa una joven cebra y tiñe de rojo su blanquinegro cuerpo tras hincarle los colmillos. En esta perspectiva, el Ávila no es el de Cabré sino el de la tragedia de La Guaira en 1999. Más que brotes verdes de vida es muerte. La representación de una naturaleza inhóspita, amenazante, sanguinaria está por doquiera en nuestra cultura y en otras también.

Pero si hay una naturaleza sangrienta, roja, también hay otra que se aparece verde y amable. Los partidos ecológicos se llaman partidos verdes. Rousseau piensa que la guerra de todos contra todos la genera la civilización y no nuestro primigenio estado natural. Ya vimos que algo de ello hay en Cabré o Friedrich. Muchos documentales de la vida silvestre, seguramente la mayoría, nos muestran animales que cohabitan sin mayores problemas, sinergias vegetales y animales, solidaridad natural. La literatura universal está repleta de imágenes bucólicas. Goethe escribe una “Teoría de la Naturaleza” demasiado verde, botánica hasta los tuétanos, pero no de plantas que destruyen plantas sino de plantas que se cobijan entre sí. El romanticismo hasta la época comeflor de los años sesenta ni se diga. Verde, que te quiero verde.

Finalmente vemos el aparecer de la naturaleza como instrumento, muy capitalista este ver, como muy socialista y lamentablemente latinoamericano urbano. El Ávila del geólogo, del farmacéutico o del agrónomo se presenta como un conjunto de propiedades. Cuando pasamos a la aplicación científica pues surge la moderna tecnología y la naturaleza aparece como instrumento al servicio humano. La filosofía moderna fundada en Bacon y Descartes sostiene este concepto instrumental, busca los métodos adecuados para el control y dominio de la naturaleza. Al comienzo de la era moderna esta instrumentación y afán de dominio tenía un propósito ético, hacer más amable la vida humana, curar las enfermedades, hacer del mundo un gran hogar. Con el transcurrir del tiempo parece que se tornó borroso este fin. Tenemos entonces a Pinky y Cerebro tratando de conquistar el mundo para saciar su sed de poder. Ya antes, Mary Shelley, lo denunció en su Frankenstein, el Prometeo moderno. Hoy el potencial de la ingeniería genética confirma su relato.

Ciertamente la naturaleza es sangrienta y es también botánica, es maravilla para la contemplación tanto como instrumento para realizar nuestros deseos, los sanos y los insanos. Pero sobretodo la naturaleza es vida y por eso la cuestión ecológica es hoy cuestión de vida o muerte. Sin vida desaparecerán los apareceres de la naturaleza. Vida es aquí no una representación más  sino una condición necesaria de la existencia, una condición ontológica insoslayable. Hacer que prevalezca la vida tiene como tarea urgente superar nuestra alienación con la naturaleza, nuestra balurda forma de entender la realidad como confrontación de sujeto y objeto, de hombre y mundo. Somos sus hijos, nacimos de ella, fuimos engendrados en su histórico desplegar. Naturaleza viene de “nato”, nacer. En el griego antiguo la palabra para ella es Physis y significa también nacer, brotar. Naturaleza se asocia en casi toda cultura con fertilidad para la vida, su signo es por ello femenino. Superar la alienación es reconocernos como parte de esa totalidad y construir un hogar en esta Tierra no contra ella sino con ella. Ahora que Trump regresa anunciando la vuelta al fracking para producir petróleo y más petróleo, para consumir más y más, ahora que hasta el partido verde alemán impulsa la explotación de carbón como solución al problema energético generado por Rusia, ahora que sabemos que en 2023 se batió el récord de emisiones de CO2 a la atmósfera, ahora que la española comunidad de Valencia está bajo las aguas, ahora que el niño y la niña se tornan más agresivos, ahora que en vez de aparecer la naturaleza amenaza con desaparecer, resulta más urgente que nunca actuar para preservarla, actuar en un efectivo cambio civilizatorio. Organizarnos para ello constituye la clave del futuro.

Publicado originalmente en el portal Aporrea el viernes 8 de noviembre de 2024: Artículo