martes, 4 de septiembre de 2007

Sociología del aula (1998)

Uno de los aspectos más descuidado por quienes tienen la responsabilidad de llevar a cabo las reformas educativas es sin duda las relaciones sociales que se dan dentro del aula de clases. Allí nos encontramos en presencia de una microsociedad destinada a reproducir la macrosociedad. Sin obviar el papel primigenio del hogar en la socialización de los futuros hombres, queremos analizar sucintamente el fenómeno escolar en su unidad de grupo más fundamental.

Lo que se propugna como filosofía educativa de un Estado suele ser negado dentro del aula. Así, y siguiendo los planteamientos de Dewey, si proclamamos que nuestra sociedad es democrática es muy posible que en la mayoría de los salones de clase los ideales de la democracia sean negados por la práctica pedagógica. Nos encontraremos con salones ecológicamente antipáticos y repletos de alumnos, comandados por profesores agotados por exceso de trabajo y sin tiempo libre para su formación. Los pupitres individuales, pequeñas cárceles ortopédicas, aislarán a los jóvenes entre sí y darán a la vista del visitante todo un decorado de la libre competencia y de su consecuente aislamiento —también vale decir alienación— de los hombres entre sí.

El profesor llegará y reproduciendo lo que a él en su oportunidad le enseñaron, abrirá el libro de texto y repetirá y hará repetir lo que allí se dice. La Verdad es una y es la que descansa en el texto. La Verdad nunca es el producto del consenso y de la muy democrática búsqueda de soluciones a los problemas planteados por nuestra vida diaria. El muchacho, tras el consabido método de ensayo y error, aprenderá a poner en la evaluación lo que el texto dice sin aventurar nada más. Más temprano que tarde desarrollará su capacidad memorística y se acostumbrará a seguir al líder (el profesor) sin refutarlo. Y así, como en un cuento de hadas negativo, la bella democracia deviene en escandalosa dictadura y el aula en simple jaula.

El joven apreciará que por un lado va lo que se dice y por otro va lo que efectivamente ocurre. Entonces aprenderá que ésta es y ha sido siempre una sociedad del doble discurso, de la doble moral. Su ser hipócrita, anclado en lo social, aflorará y la historia volverá a repetirse, tal como se repite el disonante timbre de entrada y salida, tal como en el laberinto de la rata de laboratorio la campana anuncia que la comida está servida.

Y no obstante, esta condena del aula que presentamos no es necesariamente una condena ontológica, natural. Es algo que hemos creado los hombres que habitamos estas tierras. Por lo tanto, también es algo que podemos modificar en la medida que adquiramos la conciencia del problema y tengamos la disposición a superarla. Por qué no comenzar con reeducar y querer socialmente a los maestros que requieren reeducación y afecto; por qué no comenzar reemplazando esos pupitres —que recuerdan al garrote vil— por mesas de trabajo colectivo, donde las evaluaciones y los problemas del acontecer diario del aula puedan ser resueltos con el concurso de los grupos; por qué no comenzar con hacer del aula un lugar atractivo y hogareño, con colores que no recuerden al seguro social. ¿Acaso nuestros jóvenes no estarían prestos a la modificación de su espacio educativo? ¿Acaso nuestros hombres de las cárceles no harían con gusto de los pupitres mesas de trabajo? Es hora de que la Escuela deje de ser pensado sólo como un medio y pase a ser considerada como un fin en sí misma.

Javier B. Seoane C.
1998

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